Leyendas de la Ciudad de México

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda

Leyendas mexicanas[editar]

La calle del puente del clérigo[editar]

Ilustración (1856) de la leyenda del Puente del Clérigo, realizada por Walter Appleton Clark.

En 2018, don Duarte Zarrazda, caballero portugués de buena presencia, conoció a doña Margarita Jáuregui, ya en edad núbil, en una fiesta virreinal y la cortejó hasta hacerse novios. Ella era cuidada por su tío, el sacerdote don Juan Marcos. Él investigó la vida del caballero portugués, y descubrió que tenía una vida disipada, muchas deudas y se había casado con dos mujeres. Así que le prohibió a su sobrina seguir el noviazgo, pero ella hizo caso omiso para tener un romance furtivo. Al caballero portugués también le prohibió lo mismo, ni acercarse a la casa ni al puente cercano. Como el sacerdote siempre se opuso al romance, don Duarte tuvo deseos de matarlo.

Un día don Marcos fue a casa de su amada para convencerla de escapar, donde se casarían, pero repentinamente vio a don Juan caminando por el puente. Don Duarte, ya iracundo, llegó al puente, discutió con el sacerdote hasta que, fuerza de sí, con muchísima fuerza le clavó el puñal en la frente. Aquel cayó muerto y don Duarte lo tiró al agua. Como muchos sabían de la oposición del sacerdote, Don Duarte se ocultó durante casi un año.

Una noche regresó por Doña Juana y para llegar a su casa tuvo que pasar por aquel puente. A la mañana siguiente fue encontrado muerto, con mueca de terror, estrangulado por un esqueleto sucio, vestido con una sotana hecha jirones, que tenía clavado un puñal en el cráneo.

Tiempo después, debido a esa leyenda, al puente y a la calle que después se formó se le llamó «La Calle del Puente del Clérigo», y después se renombró a «7a. y 8a. de Allende».

La piedra encantada[editar]

En la Delegación de Tlalpan ―al sur de la Ciudad de México― en la población actualmente llamada Fuentes Brotantes se encuentra un arroyo que la atraviesa. Es un lugar en donde los pobladores nativos son fervorosos creyentes católicos.

A mitad del poblado, junto al arroyo, se encuentra una piedra de dimensiones enormes, la piedra realmente es una roca, pero los pobladores le han llamado siempre la piedra. Cada dos años, el 24 y el 31 de diciembre, la piedra desaparece y en su lugar aparece una tienda miscelánea. Si alguna persona ingresa a comprar algo, la tienda se cierra y nuevamente aparece la piedra encantada. Se dice, que en el interior de dicha roca se encuentran cavernas que conducen a distintos destinos y han sido pocos los que han logrado salir de allí, eligiendo la caverna correcta.

También se cuenta que allí es el refugio de la Llorona, que sale por las noches a caminar por la orilla del arroyo y llega hasta el pequeño lago que se encuentra en el poblado. En el islote se sienta en las noches en espera de un enamorado; antes del amanecer se refugia en la piedra encantada.[1]

La Mulata de Córdoba[editar]

Cuando la Santa Inquisición y el Santo Oficio tocaron tierras mexicanas, en la villa de Córdoba existía una mujer mulata de reconocida belleza, quien se dedicaba a curar mediante hierbas, lo cual alertó a sus vecinos; sin embargo como seguía asistiendo a misa, los rumores contra ella se calmaron.

Sin embargo el alcalde de Córdoba se enamoró de ella y al no ser correspondido la denunció al Santo Oficio, este la juzgó y encontró culpable de brujería, por lo que su sentencia fue la muerte, probablemente en la hoguera. Mientras esperaba a que se cumpliera su sentencia en la cárcel, pidió al vigilante de la celda un gis, el cual consiguió y se puso a dibujar un barco en la pared de la celda, una vez que terminó le pregunto al vigilante:

―¿Qué le hace falta al barco? ―Navegar ―respondió el vigilante. La mujer sonrió: ―Pues navegará. La mulata brincó hacia la pared y para sorpresa del vigilante, el barco en la pared se movió y desapareció junto con la mulata.

Después de la desaparición de la mujer nadie creyó la historia del vigilante y lo creyeron demente por no poder comprobar lo que él había experimentado.

El Difunto Ahorcado[editar]

El domingo 7 de marzo de 1749, en la Ciudad de México, por el Palacio del Arzobispado; los habitantes vieron pasar a una mula, en la que iba montado un indígena y este sostenía a un caballero para que no se cayera. Tal caballero era el cadáver de un portugués y haciéndoles compañía iba a su lado el pregonero, a la usanza de la época, tocando la trompeta para hacer público el delito que dicho hombre había cometido.

Los habitantes de México se enteraron que hoy día domingo, a las siete horas de la mañana, mientras oían misa los presos en la cárcel de la Corte, este hombre se hizo el enfermo, y se quedó en la enfermería; el cuál estaba en la cárcel porque había asesinado al alguacil del penal de Iztapalapa, y sin que nadie lo sospechara ni lo viera se ahorcó.

Cuando terminó la misa, lo buscaron los carceleros encontrándolo sin vida; informaron esto a los alcaldes de la Corte, los cuales hicieron las averiguaciones correspondientes para saber si había algún cómplice en este delito, se pidió licencia al Arzobispado para que se ejecutara la pena capital, a la que había sido condenado por el crimen que había cometido.

Pero ese día se festejaba el Día de Santo Tomás de Aquino y no se permitían las ejecuciones; pero por los delitos cometidos, concedió la comunidad eclesiástica se realizara en la plaza Mayor, como escarmiento para todos aquellos que cometieran los mismos actos. Todo lo presenció el pueblo, pues bien sabían que la Inquisición ponía en manos de la autoridad civil al reo, pues quemaban la imagen si se encontraba ausente, o en su caso, se desenterraban los huesos si ya estaba muerto. Después de pasear el cadáver por toda la ciudad, la comitiva y el portugués hicieron alto en la Plaza Mayor y el difunto fue ahorcado frente al Palacio Real.

Todo el procedimiento se ajustó al ajusticiamiento de los vivos, a excepción de no llevarles el Cristo de Misericordia, que era costumbre para ejecutar a los sentenciados, pero siempre y cuando no fueran suicidas o impenitente como era el caso del portugués. Después de realizada la ejecución, comenzó a soplar un viento tan fuerte que las campanas de la iglesia se tocaban solas, las capas y los vestidos de las personas presentes, así como los sombreros volaban con fuerza.

Era tal la superstición de la gente diciendo que ese aire tan fuerte era porque el portugués tenía pacto con Satanás y que ese caballero era el mismísimo diablo. La gente curiosa, se acercaba y le hacía cruces, los jóvenes lo apedrearon toda la tarde, hasta que los ministros dieron la orden de llevarse al ahorcado a San Lázaro, donde fue arrojado a las aguas sucias y pestilentes del lago.[2]

Panteón Jardines del Recuerdo[editar]

Aunque este panteón se encuentra en las afueras de la Ciudad de México (Tlalnepantla), y la siguiente leyenda se desarrolla en ese lugar, es un relato bastante increíble.

La noticia de la muerte del padre Anselmo Martínez se extendió rápidamente por toda la colonia donde vivía. Tenía 84 años de edad, de los cuales los diez últimos los había pasado en México, pues quería morir allí, de manera que pidió a su orden permiso para vivir los años de su jubilación en nuestro país. Fue quizás el sacerdote más querido; continuamente se le veía visitando enfermos y caminando por las calles de la colonia saludando a su rebaño, pues era un pastor de almas. Hasta el último día de su vida se preocupó por cumplir con sus obligaciones, repartiendo las despensas y dinero a los necesitados; en la noche entregó su alma al Creador. Fue un funeral memorable, asistió mucha gente, incluso aquellos que no formaban parte activa de la iglesia. La tristeza en el ambiente era generalizada y casi tangible. El cuerpo del padre Anselmo fue colocado cuidadosamente en el centro de la iglesia, al pie del altar, para que los feligreses rindieran un último homenaje a tan buen hombre. Toda la colonia se movilizó en autobuses, microbuses, taxis y autos particulares para acompañar al padre Anselmo a su última morada en el Panteón Jardines del Recuerdo. Nadie había visto un cortejo tan numeroso, incluso los sepultureros pensaron que el fallecido era un político, otros que un narcotraficante, pero no supieron su identidad hasta que días después, ya acomodada la tierra, se colocó la lápida que decía: «R. P. Anselmo Martínez, mantenemos sus restos entre nosotros, su alma ya con Dios está».

Tiempo después los sepultureros empezaron a notar actividad extraña cerca de la tumba del padre Anselmo, pues pese a poner tanto empeño en cuidar el pasto de la tumba, este siempre aparecía maltratado por pasos. A menudo se observaban también dos círculos, los sepultureros pensaron que quizás la gente que visitaba la tumba era la responsable de estas marcas y por ello se quedaban cerca para revisar que no pisaran el pasto. No obstante, nunca vieron a algún visitante pisar la tumba ni maltratar el pasto y mucho menos el objeto con el que marcaban los misteriosos círculos. Una noche, Vicente Cortés uno de los jardineros encargados de la sección del padre Anselmo, decidió quedarse a cuidar, pues todos creían que las marcas eran de un bromista. Nada raro vio Vicente.

Cuando casi eran las 2 de la mañana, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, algo helado había pasado a su lado, su piel se había erizado, sus pies inmóviles no respondieron a sus impulsos de correr. La sombra que había pasado junto a él se detuvo frente a la tumba del padre Anselmo, ante la mirada aterrorizada de Vicente, esta se arrodilló y se mantuvo así un gran rato. Vicente estaba parado en un rincón del muro donde terminaba el jardín en el que reposaban los restos del padre. Observaba en dirección a la tumba; su terror había pasado y se había convertido en curiosidad, pues ahora que sus ojos ya se habían acostumbrado a diferenciar la sombra de la oscuridad del panteón, pudo distinguir que parecía pertenecer a un hombre, pues era esbelta y alta. Después de lo que a Vicente le pareció una eternidad, la sombra se levantó y regresó; cuando paso junto a él, sintió ese frío que se colaba en sus huesos. Fue entonces que Vicente se pasó a retirar a su casa, en la parte superior del panteón. Al día siguiente, todo lo que había visto le pareció un sueño, o quizá el fruto de su imaginación. No quiso contar la historia por miedo. Al llegar al jardín para podar el pasto, se acercó a la tumba del padre Anselmo, ya no se sorprendió al encontrar los círculos y supuso que correspondían al lugar donde permanecían hincados. La noche siguiente Vicente salió de su casa, eran las 11, y así dieron las 12 en su reloj, a su lado volvió a pasar una sombra oscura, nuevamente sintió miedo, la sombra se arrodilló ante la tumba del padre Anselmo. Él se armó de valor y se acercó a escuchar, pero al oír algunos murmollos, su miedo pudo más y se echó a correr. Se dice que la bondad y el espíritu de servicio característicos del padre Anselmo, son la causa por la que muchas almas vecinas que comparten el mismo lugar de descanso buscan la confesión con el sacerdote, y entre algunos sepultureros aseguran que el alma del padre Anselmo todavía sirve a su prójimo, aún después de muerto.[3]

El Cocay[editar]

En un terremoto, mota de cualquier mal a los que se lo pidieran, fuese por calor o viento, por caída o herida, por edad o sentimiento. Los animales del monte convivían con él cuando buscaba la hoja o la flor para un emplasto o para masticarla o tomarla hervida en agua. Sus huellas se unían bajo los árboles, y en las cuevas los murciélagos batían sus alas para refrescarlo en los días de canículas. El Venerable Ser traía en el pecho, colgada de un hilo, una piedra verde, con cuya luz realizada las curaciones más delicadas. Una ocasión que había llovido durante horas, resbaló en un charco, y al caer, el hilo se reventó al atorarse en una rama. Y la piedra se perdió. Él no se dio cuenta sino hasta mucho tiempo después, cuando llegó a su morada en los acantilados del espejo de agua subterráneo. Regresó al monte y trató de recordar dónde había resbalado. No pudo establecer el sitio con precisión y empezó a examinar con cuidado los lugares por donde había pasado. La piedra era un pequeño jade y no emitía destellos más que en sus manos. Levantó una a una las hojas húmedas; fue infructuoso. Los animales, viéndole en tal apuro, le ayudaron. La vegetación estaba alta y tupida y no fue fácil. Un venado creyó encontrarla y la tomó, entusiasmado; luego vio que en el lugar había más y llamó al dios. El Venerable Ser le agradeció profundamente la ayuda, pero se sorprendió de que la piedra no fuese verde, sino ¡roja! Y las demás también. No era común que los venados confundieran los colores, pero este padecía un mal que el dios se aprestó a corregir. Sin embargo, para completar su trabajo era indispensable la piedra. Las liebres eran tan veloces que no buscaban con detenimiento; las alas de las aves se enredaban en los bejucales y varias plumas quedaron atoradas en los abrojos. El jaguar, soñoliento, se dio por vencido. Los monos se distraían y no lograban hallar nada. Las culebras también contribuyeron, pero asustaban a los roedores, que temiendo algún exabrupto de los reptiles, mejor se escondían. Y llegó la noche.

Bajo la penumbra[editar]

No había luna; el resplandor que emite la tierra estaba tan reducido a causa de la humedad, que solamente los insectos continuaron la búsqueda. Hubo uno que insistía apresuradamente. Cansado, se detuvo sobre una hoja de caimito para pensar. Y de tanto pensar y pensar con una determinación tan firme para encontrar la piedra, sintió que de su ser emanaba una chispa. Y luego otra, y otra. Sus diminutos ojos brillaron. Se convenció de que ahora sí hallaría la piedra curativa. Buscó bajo las hojas, junto a las rocas, en los rincones más inimaginables; tenía suficiente luz para iluminar hasta la gruta más oscura. Y por fin encontró la piedra. El Venerable Ser tomó el trocito de jade entre sus manos, que resplandeció. Solo él tenía ese maravilloso poder. Le preguntó al pequeño insecto qué deseaba como recompensa, pues por su hallazgo los que sufrían alguna enfermedad sanarían y hasta el venado podría ver bien los colores.
―¡Oh, no pensé en eso al buscar la piedra! La más grande satisfacción para mí es que puedas seguir haciendo tus curaciones tan importantes ―dijo el animalito.
―Eres un ser pequeño de grandes sentimientos ―respondió el dios―, y has conseguido brillar por ti mismo al crear tu propia luz. En adelante no tendrás que esforzarte para hacerlo. Bastará con que lo desees. Iluminarás las noches más oscuras, y a todo el que te vea le recordarás con tu presencia que la luz es fantástica.

Por qué el zopilote se volvió negro[editar]

El zopilote, como se le conoce actualmente ―o ch'oom, en maya, no siempre fue negro y feo. En el tiempo en que los mayas estaban en su esplendor, su plumaje era verde. Tenía un aspecto tan alegre, que recordaba el tono fresco de las grandes hojas de plátano y en la cabeza lucía un haz de plumas irisadas. De alas vigorosas, vuela tan alto que se ve diminuto y hasta parece que se esfuma. Dominando el aire se mantiene en las alturas sin mover las alas, o parecer ir de lado, usando un ala como timón. Traza parábolas y elipses en el cielo y al divisar su alimento, da vueltas cada vez más cercanas hasta descender. A causa de su tamaño come bastante, casi puede decirse que es insaciable, pero no es egoísta y le gusta compartir.

Los dioses lo castigaron por comer lo que no le correspondía.

Sucedió que el halach-uinic de Uxmal preparó un gran festejo para Zamná y las deidades que gobiernan los vientos del oriente, que ayudan a mantener la tierra dispuesta a dar sus exquisitos frutos para los hombres y los animales.

La isla de las muñecas[editar]

Murió el señor Julián Santana Barrera, nativo del Barrio de la Asunción falleció a la edad de 80 años, fue un personaje muy pintoresco. En los años cincuenta me tocó conocerlo y convivir con él, pues en esa época el señor asistía a la pulquería Los Cuates ubicada en la Plazuela de la Asunción. Yo era el hijo del jicarero y el señor Julián comenzó a hablarme porque yo lo atendía, entre la gente del barrio era conocido con el mote de La Coquita (pajarito avado que existe en la zona

debido a que ese pájaro era muy pequeñito.

Él pasaba con su carretilla llena de verduras y hortalizas que él cultivaba, las llevaba a vender al tianguis de Xochimilco y siempre iba con su calzón blanco amarrado hacia las rodillas y con un jorongo. Al término de sus ventas se iba a Los Cuates a tomar su pulque, pero a nadie de los presentes en la pulquería les hablaba, ya que era muy retraído, aunque después le dio por andar en los Barrios pregonando la palabra de Jesús y en cada esquina se ponía a rezar y a hablar de Dios. En esa época hablar de Dios sin ser sacerdote significaba blasfemar, ya que se aplicaba a toda persona que no tenía autoridad sacerdotal para lo mismo y era mal visto en Xochimilco, por lo que más de tres veces fue agredido por el pueblo. Después le dio por recoger en todos los barrios las muñecas que estaban tiradas en la basura, más tarde se perdió, pues nadie preguntaba por él, por lo que no se sabía si aún vivía. Pero cuando se realizó el rescate ecológico de Xochimilco en los años noventa y el lago estaba totalmente cubierto de lirios acuáticos, llamó la atención que su chinampa estaba rodeada de muñecas y en esa zona nadie vivía. Era una choza hecha de chinami, carrizo, ramas de ahuejote y zacatón, y él a nadie recibía, vivía como un ermitaño. Con el tiempo comenzaron a llegar periodistas que lo querían entrevistar y yo fui la persona afortunada a quien aceptó con los mismos, porque él se acordaba de mi persona cuando lo atendía en la pulquería Los Cuates. Él no quería hablar sobre las muñecas que tenía en su chinampa, pero después él aceptó darnos su versión sobre las mismas. Él decía que estaba allí para ahuyentar a los malos espíritus y para que se dieran mejor sus cosechas. Platicaba que las muñecas aparecían por todos lados de repente y que ellas lo acompañaban por las noches. Tenía una muñeca preferida que era La Muñeca, de todas las chozas que tenía, siempre la trasladaba de una a otra. Una de las chozas estaba llena de mulitas que él hacía con hojas de maíz y las tenía colgando, también tenía cruces que hacía con pedazos de madera de ahuejote, recortes y fotografías de personajes de la política, delegados de Xochimilco, artistas, estudiantes y gente que lo iba a visitar. Su cocina estaba al aire libre y tenía un tecuil hecho con lodo, un comal de fierro, tenía en su cocina alrededor, colgados carpas secas que pescaba frente a su chinampa, también tenía recortes de periódicos que los periodistas le regalaban de los reportajes que le hacían Las personas que se encargaban de cuidarlo estaba su hermana y su sobrino El Chope, quien era el encargado de llevarle diariamente su comida y su desayuno, también era el que bajaba a Xochimilco a vender sus cultivos de su tío don Julián. Platicando con su sobrino, se le preguntó que cómo había sido el accidente y comentó que para él y su tío era un día común y corriente: Temprano habían sacado agua lodo (lodo del fondo del canal para hacer el chapín (composta de lirio acuático en donde encima se coloca el lodo, se deja reposar tres días y con un cuchillo hacen cuadros y en cada uno se depositan la semilla) para hacer sus siembras). Después fue a realizar otras cosas a la parte de atrás y se puso a pescar con anzuelo como siempre lo hacía y le comentó a su sobrino y le comentó que un pez se le había escapado dos veces. Después le llamó don Julián a su sobrino mostrándole el pescado que agarró, grande de por lo menos 4 o 5 kilos y dijo:
―Ya lo tengo, él que se me había escapado.
―Está bien ―le contestó el sobrino.
―La sirena me ha estado llamando porque me quería llevar ―comentó don Julián―. Yo le voy a cantar para que no me lleve Porque al parecer anteriormente ya don Julián había comentado que cantándole a la sirena no se lo llevaba y le dijo su sobrino que tuviera cuidado.
―Yo voy a ordeñar las vacas y ahorita regreso. Entonces cuando el sobrino regresó con la leche, buscó a su tío, y descubrió que se había ahogado, lo que sucedió muy rápido. Sus familiares, están muy dolidos de haber perdido a don Julián, pero dentro de su tristeza ellos están conformes pues su tío murió donde él quería, junto con sus muñecas y la sirena de la que tanto hablaba se lo había llevado.

El señor Julián era el clásico nativo de Xochimilco, delgado, lampiño, de barbita y bigote ralo, su cuerpo fue velado en la casa de su hermana en el Barrio de Xaltocan, en la calle prolongación 16 de septiembre con el número 136. Su misa de cuerpo presente se llevó a cabo en la iglesia de barrio de La Asunción y fue sepultado en el panteón municipal de Xochimilco Jilotepec.

La muñeca malévola[editar]

Hace mucho tiempo existía una bella doncella, quien se había casado con el joven más guapo del pueblo. Todos decían que eran la pareja ideal. Cierta mañana su compadre le preguntó:
―¿Qué tal es tu mujer?
―Excelente. Además de bella es una estupenda cocinera. Lo que no me acaba de agradar es que desde que nos casamos me prepara moronga.
Esto extrañó al compadre, quien al día siguiente regresó y le dijo:
―Compadre, no es por chismear, pero a mí me dijeron que es malo comer moronga. Pregúntele a la comadrita el porqué.
Acto seguido, el hombre fue y cuestionó a su mujer:
―Oye, amor, ¿por qué siempre desayunamos moronga?
―Es porque mi padre es dueño del rastro y lo que no se vende nos lo repartimos entre los hijos: a mi hermano mayor le tocan las vísceras, a mi hermana las patas, y a mí la sangre... Por eso.
El hombre quedó complacido con dicha explicación. Sin embargo el compadre se presentó asustado, comentándole que en el pueblo todos sabían que ella era una bruja y que por ello nadie la había desposado.
―Mejor espíela, compadre, espíela... y verá de dónde saca la moronga.
Así lo hizo y tempranito en la mañana antes de que el sol saliera, vio cómo su mujer se levantó y camino hacia la cocina. A través del fogón vio la figura de su esposa, la cual ante sus ojos y sin percatarse de ser vista, se empezó a quitarse la piel y convertirse en una bola de fuego. El hombre quedó impactado, sin habla. Corrió a ver a su compadre y le contó lo que había visto:
―Compadre... compadre... salga rápido por favor.
Gritaba el joven, quien al ver a su compadre sin mediar palabra le tomó del brazo y se lo llevó a su casa. Ahí encontraron la piel de su esposa. El compadre al verla se quedó sin habla, más en un momento de lucidez le dijo: ―Quemémosla, así no podrá regresar y ya no seguirá matando a más niños. Y así lo hicieron: quemaron la piel de la joven, quien al regresar y no encontrar su piel gritaba enfurecida y al mismo tiempo asustada pues la mañana se acercaba y el sol empezaba a verse en el horizonte. El joven escondido y muy asustado vio cuando los primeros rayos del sol quemaron a su esposa. …y este fue el fin de la nahual de Coyoacán.

La Llorona Ciudad de Mexico[editar]

En Mexico , Ahora ciudad de mexico se relata que hace más de dos siglo , al ser la medianoche, corre por sus calles una mujer vestida de blanco, es la leyenda de la llorona , es una mujer gimiendo aterradoramente. Se trata de Luisa, una bella joven que vivía sola en una pequeña casa que permanecía siempre cerrada a sus múltiples admiradores. Sus puertas se abrían solo en las noches sin luna y salía ella silenciosa y cubierta a encontrarse con un apuesto joven envuelto en su capa.Para escándalo de todas las gentes del lugar, una mañana aparecieron abiertas las puertas y ventanas de aquella casita, sin embargo paulatinamente se fue olvidando el suceso, mientras Luisa, feliz, vivía su pasión con don Nuño de Montes-Claros y sus tres hijos.

Poco a poco, sin embargo, él se alejaba del hogar hasta que al fin no regresó más.Una noche, mientras Luisa mecía al menor de sus hijos, la luna iluminaba su triste semblante, lo colocó en la cuna y se lanzó a la calle sin saber que sus pasos la conducían al palacio de Montes Claros que lucía hermoso y muy animado. Ella enloqueció al enterarse que se trataba del matrimonio de don Nuño a quien pudo ver con su dama, desde la escalera. Fuera de sí, regresó a su casa y con un puñal le dio muerte a sus hijos. La justicia la condenó a morir en garrote vil. Luisa caminó sin la belleza de antes hacia la muerte, subió las gradas sin zapatos y al encontrarse con su casa enfrente gritó y elevando las manos,cayó al suelo.
La justicia del cielo cayó primero y ese mismo día en el palacio fue el entierro de don Nuño. Desde entonces se escucha por la noche el grito agudo que es el alma en pena de Luisa, sin consuelo ni descanso. Que al dar muerte a sus hijos tan despiadadamente por un mal de amores.

Bibliografía recomendada[editar]

  • Fernández del Castillo, Francisco en (1987)los Apuntes para la historia de San Ángel y sus alrededores. México: Porrúa.
  • Fernández del Castillo, Francisco (1991): Tacubaya. Historia, leyendas y personajes. México: Porrúa.
  • González Obregón, Luis (1988): Las calles de México. México: Porrúa, Col. Sepan Cuantos núm. 568.
  • González Obregón, Luis (1992): México viejo. México: Alianza Editorial.
  • Scheffler, Lilian (1999): Cuentos y leyendas de México. México: Panorama.
  • Trejo Silva, Marcia (2009): Fantasmario mexicano. México: Trillas. ISBN 978-607-17-0069-8
  • Trejo Silva, Marcia (2004): Guía de seres fantásticos del México prehispánico. México: Vila. ISBN 968-5414-24-6
  • Valle Arizpe, Artemio de (1978): Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. México: Diana.
  • Varios autores (1963): Historia y leyendas de las calles de México. México: El libro español.
  • Varios autores (1963): Leyendas y sucedidos del México Colonial. México: El libro español.
  • Varios autores (2002): Leyendas Mexicanas . México: Editores mexicanos unidos.
  • Armando Ayala Anguiano. Serie: «México de Carne y Hueso», en la revista Contenido.
  • Esteban Israel Bustos Santos (1998): México: Sabinas N.L. El libro en español.
  • Alejandra Erbiti (2004): Mitos y leyendas de México. Buenos Aires, Rep. Argentina: Círculo Latino Austral. [1]

Enlaces externos[editar]

Referencias[editar]

  1. Historia relatada por pobladores de las Fuentes Brotantes de Tlalpan.
  2. Valenzuela, Teresa (2000): Leyendas mexicanas. México D. F. (México): Editores Mexicanos Unidos, primera edición, 2000, 93 págs. ISBN 968-15-1180-8.
  3. Tovilla, Asmara (2014): Las leyendas más tenebrosas en iglesias, panteones y conventos de México, ilustración de interiores: Mónica Galván. México: Editores Mexicanos Unidos, primera edición, 2014, 95 págs. ISBN 978-607-14-1393-2.