Leyendas de la Ciudad de México

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La ciudad de México, por su antigüedad y el sincretismo cultural que la caracteriza, posee gran variedad de leyendas sobre personajes mitológicos, fantasmas, apariciones, espectros sin reposo y sitios embrujados, historias algunas de las cuales se remontan hasta el pasado prehispánico, enriquecidas por el color local que caracteriza al folclor mexicano. El siguiente es un listado no exhaustivo sobre algunas de las leyendas más conocidas de la capital federal de la República mexicana.

Leyendas de México[editar]

El puente del clérigo[editar]

Ilustración (1856) de la leyenda del Puente del Clérigo, realizada por Walter Appleton Clark.

En 1856, Duarte de Zarraza, caballero portugués de buena presencia, conoció a doña Margarita Jáuregui, ya en edad núbil, en una fiesta virreinal y la cortejó hasta hacerse novios. Ella era cuidada por su tío, el sacerdote Don Juan de Nava, quien investigó la vida del caballero portugués, y descubrió que tenía una vida disipada, muchas deudas y se había casado con dos mujeres. Así que le prohibió a su sobrina seguir el noviazgo, pero ella hizo caso omiso para tener un romance furtivo. Al caballero portugués también le prohibió lo mismo, ni acercarse a la casa ni al puente cercano. Como el sacerdote siempre se opuso al romance, Duarte tuvo deseos de matarlo.

Un día Duarte fue a casa de su amada para convencerla de escapar, y para casarse, pero repentinamente vio a don Juan caminando por el puente. Duarte, ya iracundo, llegó al puente, discutió con el sacerdote hasta que, fuera de sí, con muchísima fuerza le clavó un puñal en la frente. Aquel cayó muerto y Duarte lo tiró al agua. Como muchos sabían de la oposición del sacerdote, Duarte se ocultó durante casi un año.

Una noche regresó por Doña Margarita y para llegar a su casa tuvo que pasar por aquel puente. A la mañana siguiente fue encontrado muerto, con una mueca de terror, estrangulado por un esqueleto sucio, vestido con una sotana hecha jirones, que tenía clavado un puñal en el cráneo, obviamente era el sacerdote que se vengó de don Gustavo.

Tiempo antes, debido a esa leyenda, al puente y a la calle que después se formó se le llamó «La Calle vieja», y después se renombró a «7a. y 8a. de Allende».[1]

La piedra encantada[editar]

En la Delegación de Tlalpan ―al sur de la Ciudad de México― en la población actualmente llamada Fuentes Brotantes se encuentra un arroyo que la atraviesa. Es un lugar en donde los pobladores nativos son fervorosos creyentes católicos.

A mitad del poblado, junto al arroyo, se encuentra una piedra de dimensiones enormes, la piedra realmente es una roca, pero los pobladores le han llamado siempre la piedra. Cada dos años, el 24 y el 31 de diciembre, la piedra desaparece y en su lugar aparece una tienda miscelánea. Si alguna persona ingresa a comprar algo, la tienda se cierra y nuevamente aparece la piedra encantada. Se dice, que en el interior de dicha roca se encuentran cavernas que conducen a distintos destinos y han sido pocos los que han logrado salir de allí, eligiendo la caverna correcta.

También se cuenta que allí es el refugio de la Llorona, que sale por las noches a caminar por la orilla del arroyo y llega hasta el pequeño lago que se encuentra en el poblado. En el islote se sienta en las noches en espera de un enamorado; antes del amanecer se refugia en la piedra encantada.[2]

La Mulata de Córdoba[editar]

Cuando la Santa Inquisición entro en México, en la villa de Córdoba existía una mujer mulata de reconocida belleza, quien se dedicaba a curar mediante hierbas, lo cual espanto sus vecinos; sin embargo como seguía asistiendo a misa, los rumores contra ella se calmaron.

Sin embargo el alcalde de Córdoba se enamoró de ella y al no ser correspondido la denunció al Santo Oficio, este la juzgó y encontró culpable de brujería, por lo que su sentencia fue la muerte, probablemente quemada. Mientras esperaba a que se cumpliera su sentencia en la cárcel, pidió al cuidador de la celda un gis, el cual consiguió y se puso a dibujar un barco en la pared de la celda, una vez que terminó le pregunto al cuidador:

―¿Qué le hace falta al barco?

―Avanzar, respondió el cuidador. La mujer sonrió:

―Pues avanzara. La mulata brincó hacia la pared y para sorpresa del cuidador, el barco en la pared se movió y desapareció junto con la mulata.

Después de la desaparición de la mujer nadie creyó la historia del vigilante y lo creyeron demente por no poder comprobar lo que él había visto.

El Difunto muerto[editar]

El domingo 17 de marzo de 1746, en la Ciudad de México, por el Palacio del Arzobispado; los habitantes vieron pasar a una mula, en la que iba montado un indígena y este sostenía a un caballero para que no se cayera. Tal caballero era el cadáver de un portugués y haciéndoles compañía iba a su lado el pregonero, a la usanza de la época, tocando la trompeta para hacer público el delito que dicho hombre había cometido.

Los habitantes de México se enteraron que hoy día domingo, a las siete horas de la mañana, mientras oían misa los presos en la cárcel de la Corte, este hombre se hizo el enfermo, y se quedó en la enfermería; el cuál estaba en la cárcel porque había asesinado al alguacil del penal de Iztapalapa, y sin que nadie lo sospechara ni lo viera se ahorcó.

Cuando terminó la misa, lo buscaron los carceleros encontrándolo sin vida; informaron esto a los alcaldes de la Corte, los cuales hicieron las averiguaciones correspondientes para saber si había algún cómplice en este delito, se pidió licencia al Arzobispado para que se ejecutara la pena capital, a la que había sido condenado por el crimen que había cometido.

Pero ese día se festejaba el Día de Santo Tomás de Aquino y no se permitían las ejecuciones; pero por los delitos cometidos, concedió la comunidad eclesiástica se realizara en la plaza Mayor, como escarmiento para todos aquellos que cometieran los mismos actos. Todo lo presenció el pueblo, pues bien sabían que la Inquisición ponía en manos de la autoridad civil al reo, pues quemaban la imagen si se encontraba ausente, o en su caso, se desenterraban los huesos si ya estaba muerto. Después de pasear el cadáver por toda la ciudad, la comitiva y el portugués hicieron alto en la Plaza Mayor y el difunto fue ahorcado frente al Palacio Real.

Todo el procedimiento se ajustó al ajusticiamiento de los vivos, a excepción de no llevarles el Cristo de Misericordia, que era costumbre para ejecutar a los sentenciados, pero siempre y cuando no fueran suicidas o impenitente como era el caso del portugués. Después de realizada la ejecución, comenzó a soplar un viento tan fuerte que las campanas de la iglesia se tocaban solas, las capas y los vestidos de las personas presentes, así como los sombreros volaban con fuerza.

Era tal la superstición de la gente diciendo que ese aire tan fuerte era porque el portugués tenía pacto con Satanás y que ese caballero era el mismísimo diablo. La gente curiosa, se acercaba y le hacía cruces, los jóvenes lo apedrearon toda la tarde, hasta que los ministros dieron la orden de llevarse al ahorcado a San Lázaro, donde fue arrojado a las aguas sucias y pestilentes del lago.[3]

Panteón Jardines del Recuerdo[editar]

Aunque este panteón se encuentra en las afueras de la Ciudad de México (Tlalnepantla), y la siguiente leyenda se desarrolla en ese lugar, es un relato bastante increíble.

La noticia de la muerte del padre Anselmo Martínez se extendió rápidamente por toda la colonia donde vivía. Tenía 84 años de edad, de los cuales los diez últimos los había pasado en México, pues quería morir allí, de manera que pidió a su orden permiso para vivir los años de su jubilación en nuestro país. Fue quizás el sacerdote más querido; continuamente se le veía visitando enfermos y caminando por las calles de la colonia saludando a su rebaño, pues era un pastor de almas. Hasta el último día de su vida se preocupó por cumplir con sus obligaciones, repartiendo las despensas y dinero a los necesitados; en la noche entregó su alma al Creador. Fue un funeral memorable, asistió mucha gente, incluso aquellos que no formaban parte activa de la iglesia. La tristeza en el ambiente era generalizada y casi tangible. El cuerpo del padre Anselmo fue colocado cuidadosamente en el centro de la iglesia, al pie del altar, para que los feligreses rindieran un último homenaje a tan buen hombre. Toda la colonia se movilizó en autobuses, microbuses, taxis y autos particulares para acompañar al padre Anselmo a su última morada en el Panteón Jardines del Recuerdo. Nadie había visto un cortejo tan numeroso, incluso los sepultureros pensaron que el fallecido era un político, otros que un narcotraficante, pero no supieron su identidad hasta que días después, ya acomodada la tierra, se colocó la lápida que decía: «R. P. Anselmo Martínez, mantenemos sus restos entre nosotros, su alma ya con Dios está».

Tiempo después los sepultureros empezaron a notar actividad extraña cerca de la tumba del padre Anselmo, pues pese a poner tanto empeño en cuidar el pasto de la tumba, este siempre aparecía maltratado por pasos. A menudo se observaban también dos círculos, los sepultureros pensaron que quizás la gente que visitaba la tumba era la responsable de estas marcas y por ello se quedaban cerca para revisar que no pisaran el pasto. No obstante, nunca vieron a algún visitante pisar la tumba ni maltratar el pasto y mucho menos el objeto con el que marcaban los misteriosos círculos. Una noche, Vicente Cortés uno de los jardineros encargados de la sección del padre Anselmo, decidió quedarse a cuidar, pues todos creían que las marcas eran de un bromista. Nada raro vio Vicente.

Cuando casi eran las 2 de la mañana, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, algo helado había pasado a su lado, su piel se había erizado, sus pies inmóviles no respondieron a sus impulsos de correr. La sombra que había pasado junto a él se detuvo frente a la tumba del padre Anselmo, ante la mirada aterrorizada de Vicente, esta se arrodilló y se mantuvo así un gran rato. Vicente estaba parado en un rincón del muro donde terminaba el jardín en el que reposaban los restos del padre. Observaba en dirección a la tumba; su terror había pasado y se había convertido en curiosidad, pues ahora que sus ojos ya se habían acostumbrado a diferenciar la sombra de la oscuridad del panteón, pudo distinguir que parecía pertenecer a un hombre, pues era esbelta y alta. Después de lo que a Vicente le pareció una eternidad, la sombra se levantó y regresó; cuando paso junto a él, sintió ese frío que se colaba en sus huesos. Fue entonces que Vicente se pasó a retirar a su casa, en la parte superior del panteón. Al día siguiente, todo lo que había visto le pareció un sueño, o quizá el fruto de su imaginación. No quiso contar la historia por miedo. Al llegar al jardín para podar el pasto, se acercó a la tumba del padre Anselmo, ya no se sorprendió al encontrar los círculos y supuso que correspondían al lugar donde permanecían hincados. La noche siguiente Vicente salió de su casa, eran las 11, y así dieron las 12 en su reloj, a su lado volvió a pasar una sombra oscura, nuevamente sintió miedo, la sombra se arrodilló ante la tumba del padre Anselmo. Él se armó de valor y se acercó a escuchar, pero al oír algunos murmollos, su miedo pudo más y se echó a correr. Se dice que la bondad y el espíritu de servicio característicos del padre Anselmo, son la causa por la que muchas almas vecinas que comparten el mismo lugar de descanso buscan la confesión con el sacerdote, y entre algunos sepultureros aseguran que el alma del padre Anselmo todavía sirve a su prójimo, aún después de muerto.[4]

El Cocay[editar]

En un terremoto, mota de cualquier mal a los que se lo pidieran, fuese por calor o viento, por caída o herida, por edad o sentimiento. Los animales del monte convivían con él cuando buscaba la hoja o la flor para un emplasto o para masticarla o tomarla hervida en agua. Sus huellas se unían bajo los árboles, y en las cuevas los murciélagos batían sus alas para refrescarlo en los días de canículas. El Venerable Ser traía en el pecho, colgada de un hilo, una piedra verde, con cuya luz realizada las curaciones más delicadas. Una ocasión que había llovido durante horas, resbaló en un charco, y al caer, el hilo se reventó al atorarse en una rama. Y la piedra se perdió. Él no se dio cuenta sino hasta mucho tiempo después, cuando llegó a su morada en los acantilados del espejo de agua subterráneo. Regresó al monte y trató de recordar dónde había resbalado. No pudo establecer el sitio con precisión y empezó a examinar con cuidado los lugares por donde había pasado. La piedra era un pequeño jade y no emitía destellos más que en sus manos. Levantó una a una las hojas húmedas; fue infructuoso. Los animales, viéndole en tal apuro, le ayudaron. La vegetación estaba alta y tupida y no fue fácil. Un venado creyó encontrarla y la tomó, entusiasmado; luego vio que en el lugar había más y llamó al dios. El Venerable Ser le agradeció profundamente la ayuda, pero se sorprendió de que la piedra no fuese verde, sino ¡roja! Y las demás también. No era común que los venados confundieran los colores, pero este padecía un mal que el dios se aprestó a corregir. Sin embargo, para completar su trabajo era indispensable la piedra. Las liebres eran tan veloces que no buscaban con detenimiento; las alas de las aves se enredaban en los bejucales y varias plumas quedaron atoradas en los abrojos. El jaguar, soñoliento, se dio por vencido. Los monos se distraían y no lograban hallar nada. Las culebras también contribuyeron, pero asustaban a los roedores, que temiendo algún exabrupto de los reptiles, mejor se escondían.

Bajo la penumbra[editar]

No había luna; el resplandor que emite la tierra estaba tan reducido a causa de la humedad, que solamente los insectos continuaron la búsqueda. Hubo uno que insistía apresuradamente. Cansado, se detuvo sobre una hoja de caimito para pensar. Y de tanto pensar y pensar con una determinación tan firme para encontrar la piedra, sintió que de su ser emanaba una chispa. Y luego otra, y otra. Sus diminutos ojos brillaron. Se convenció de que ahora sí hallaría la piedra curativa. Buscó bajo las hojas, junto a las rocas, en los rincones más inimaginables; tenía suficiente luz para iluminar hasta la gruta más oscura. Y por fin encontró la piedra. El Venerable Ser tomó el trocito de jade entre sus manos, que resplandeció. Solo él tenía ese maravilloso poder. Le preguntó al pequeño insecto qué deseaba como recompensa, pues por su hallazgo los que sufrían alguna enfermedad sanarían y hasta el venado podría ver bien los colores.
―¡Oh, no pensé en eso al buscar la piedra! La más grande satisfacción para mí es que puedas seguir haciendo tus curaciones tan importantes ―dijo el animalito.
―Eres un ser pequeño de grandes sentimientos ―respondió el dios―, y has conseguido brillar por ti mismo al crear tu propia luz. En adelante no tendrás que esforzarte para hacerlo. Bastará con que lo desees. Iluminarás las noches más oscuras, y a todo el que te vea le recordarás con tu presencia que la luz es fantástica.

Por qué el zopilote se volvió negro[editar]

El zopilote, como se le conoce actualmente ―o ch'oom, en maya, no siempre fue negro y feo. En el tiempo en que los mayas estaban en su esplendor, su plumaje era verde. Tenía un aspecto tan alegre, que recordaba el tono fresco de las grandes hojas de plátano y en la cabeza lucía un haz de plumas irisadas. De alas vigorosas, vuela tan alto que se ve diminuto y hasta parece que se esfuma. Dominando el aire se mantiene en las alturas sin mover las alas, o parecer ir de lado, usando un ala como timón. Traza parábolas y elipses en el cielo y al divisar su alimento, da vueltas cada vez más cercanas hasta descender. A causa de su tamaño come bastante, casi puede decirse que es insaciable, pero no es egoísta y le gusta compartir.

Los dioses lo castigaron por comer lo que no le correspondía.

Sucedió que el halach-uinic de Uxmal preparó un gran festejo para Zamná y las deidades que gobiernan los vientos del oriente, que ayudan a mantener la tierra dispuesta a dar sus exquisitos frutos para los hombres y los animales.

La isla de las muñecas[editar]

Muñecas deterioradas en la isla de las muñecas, Xochimilco, Ciudad de México.

La isla de las muñecas es una chinampa localizada en la laguna de Teshuilo, parte de los canales de Xochimilco. Su nombre se debe a que en ella se encuentran gran cantidad de muñecas rotas y deterioradas de varios estilos y colores, colocadas allí por quien fuera su dueño, Julián Santa Ana Barrera.

Santa Ana, que llevaba vida de ermitaño y se dedicaba al cultivo de hortalizas, flores y cereales, empezó a colocar estas muñecas por toda la isla en 1950. Por algún tiempo, no se supo porqué Santa Ana realizaba esto, hasta que un sobrino suyo, Anastasio Santa Ana, contó que se debía a que Julián decía que, recién llegado a la isla, se había ahogado allí una joven, y que desde ese momento, en la isla se escuchaban voces y lamentos de mujer, por lo que usaba las muñecas para protegerse de los espíritus.

Julián también dijo a su sobrino que, cuando iba a pescar, veía a una sirena que se lo quería llevar. Según Anastasio, un día que ambos fueron a pescar, él se retiró un momento para revisar a sus animales, y cuando volvió, encontró a su tío muerto en el sitio donde, supuestamente, veía a la sirena, y que se supone también había sido el sitio donde se había ahogado la joven de la leyenda. Luego de la muerte de Julián, su sobrino Anastasio ha continuado incrementando la colección de muñecas.

En la actualidad, la isla de las muñecas es un sitio famoso entre los turistas que visitan los canales de Xochimilco, atraídos por la leyenda, además de por las historias de que algunas de las muñecas son milagrosas. La isla de las muñecas ha sido objeto de reportajes y programas documentales de numerosos medios internacionales como Discovery Channel, The Huffington Post, Travel Channel, ABC News y otros.[5][6][7][8][9]

La Bruja de Coyoacán[editar]

Hace mucho tiempo existía una bella doncella, quien se había casado con el joven más guapo del pueblo. Todos decían que eran la pareja ideal. Cierta mañana su compadre le preguntó:
―¿Qué tal es tu mujer?
―Excelente. Además de bella es una estupenda cocinera. Lo que no me acaba de agradar es que desde que nos casamos me prepara moronga.
Esto extrañó al compadre, quien al día siguiente regresó y le dijo:
―Compadre, no es por chismear, pero a mí me dijeron que es malo comer moronga. Pregúntele a la comadrita el porqué.
Acto seguido, el hombre fue y cuestionó a su mujer:
―Oye, amor, ¿por qué siempre desayunamos moronga?
―Es porque mi padre es dueño del rastro y lo que no se vende nos lo repartimos entre los hijos: a mi hermano mayor le tocan las vísceras, a mi hermana las patas, y a mí la sangre... Por eso.
El hombre quedó complacido con dicha explicación. Sin embargo el compadre se presentó asustado, comentándole que en el pueblo todos sabían que ella era una bruja y que por ello nadie la había desposado.
―Mejor espíela, compadre, espíela... y verá de dónde saca la moronga.
Así lo hizo y tempranito en la mañana antes de que el sol saliera, vio cómo su mujer se levantó y camino hacia la cocina. A través del fogón vio la figura de su esposa, la cual ante sus ojos y sin percatarse de ser vista, se empezó a quitarse la piel y convertirse en una bola de fuego. El hombre quedó impactado, sin habla. Corrió a ver a su compadre y le contó lo que había visto:
―Compadre... compadre... salga rápido por favor.
Gritaba el joven, quien al ver a su compadre sin mediar palabra le tomó del brazo y se lo llevó a su casa. Ahí encontraron la piel de su esposa. El compadre al verla se quedó sin habla, más en un momento de lucidez le dijo: ―Quemémosla, así no podrá regresar y ya no seguirá matando a más niños. Y así lo hicieron: quemaron la piel de la joven, quien al regresar y no encontrar su piel gritaba enfurecida y al mismo tiempo asustada pues la mañana se acercaba y el sol empezaba a verse en el horizonte. El joven escondido y muy asustado vio cuando los primeros rayos del sol quemaron a su esposa. …y este fue el fin de la bruja de Coyoacán.

La llorona[editar]

En la Ciudad de México, se relata que hace más de dos siglos al ser las 2 am, corre por sus calles una madre vestida de blanco, es la leyenda de la llorona, es una mujer gimiendo aterradoramente. Se trata de Luisa, una bella joven que vivía sola en una pequeña casa que permanecía siempre cerrada a sus múltiples admiradores. Sus puertas se abrían solo en las noches sin luna y salía ella silenciosa y cubierta a encontrarse con un apuesto joven envuelto en su capa. Para escándalo de todas las gentes del lugar, una mañana aparecieron abiertas las puertas y ventanas de aquella casita, sin embargo paulatinamente se fue olvidando el suceso, mientras Luisa, feliz, vivía su pasión con don Nuño de Montes-Claros y sus tres hijos.

Poco a poco, sin embargo, él se alejaba del hogar hasta que al fin no regresó más. Una noche, mientras Luisa mecía al menor de sus hijos, la luna iluminaba su triste semblante, lo colocó en la cuna y se lanzó a la calle sin saber que sus pasos la conducían al palacio de Montes Claros que lucía hermoso y muy animado. Ella enloqueció al enterarse que se trataba del matrimonio de don Nuño a quien pudo ver con su dama, desde la escalera. Fuera de sí, regresó a su casa y con un puñal le dio muerte a sus hijos. La justicia la condenó a morir en garrote vil. Luisa caminó sin la belleza de antes hacia la muerte, subió las gradas sin zapatos y al encontrarse con su casa enfrente gritó y elevando las manos, cayó al suelo.

La justicia del cielo cayó primero y ese mismo día en el palacio fue el entierro de don Nuño. Desde entonces se escucha por la noche el grito agudo que es el alma en pena de Luisa, sin consuelo ni descanso. Que al dar muerte a sus hijos tan despiadadamente por un mal de amores.

Bibliografía recomendada[editar]

  • Fernández del Castillo, Francisco en (1987)los Apuntes para la historia de San Ángel y sus alrededores. México: Porrúa.
  • Fernández del Castillo, Francisco (1991): Tacubaya. Historia, leyendas y personajes. México: Porrúa.
  • González Obregón, Luis (1988): Las calles de México. México: Porrúa, Col. Sepan Cuantos núm. 568.
  • González Obregón, Luis (1992): México viejo. México: Alianza Editorial.
  • Scheffler, Lilian (1999): Cuentos y leyendas de México. México: Panorama.
  • Trejo Silva, Marcia (2009): Fantasmario mexicano. México: Trillas. ISBN 978-607-17-0069-8
  • Trejo Silva, Marcia (2004): Guía de seres fantásticos del México prehispánico. México: Vila. ISBN 968-5414-24-6
  • Valle Arizpe, Artemio de (1978): Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. México: Diana.
  • Varios autores (1963): Historia y leyendas de las calles de México. México: El libro español.
  • Varios autores (1963): Leyendas y sucedidos del México Colonial. México: El libro español.
  • Varios autores (2002): Leyendas Mexicanas . México: Editores mexicanos unidos.
  • Armando Ayala Anguiano. Serie: «México de Carne y Hueso», en la revista Contenido.
  • Esteban Israel Bustos Santos (1998): México: Sabinas N.L. El libro en español.
  • Alejandra Erbiti (2004): Mitos y leyendas de México. Buenos Aires, Rep. Argentina: Círculo Latino Austral. [1]

Enlaces externos[editar]

Referencias[editar]

  1. Jiménez González, Victor Manuel (2014). Libros en Google Play Ciudad de México (Distrito Federal): Guía de Viaje del Distrito Federal (DF). Solaris Comunicación. p. 172. Consultado el 7 de diciembre de 2017. 
  2. Historia relatada por pobladores de las Fuentes Brotantes de Tlalpan.
  3. Valenzuela, Teresa (2000): Leyendas mexicanas. México D. F. (México): Editores Mexicanos Unidos, primera edición, 2000, 93 págs. ISBN 968-15-1180-8.
  4. Tovilla, Asmara (2014): Las leyendas más tenebrosas en iglesias, panteones y conventos de México, ilustración de interiores: Mónica Galván. México: Editores Mexicanos Unidos, primera edición, 2014, 95 págs.
  5. «Island of the Dolls». Travel Channel. Consultado el 29 de julio de 2015. 
  6. «Creepy Doll Island May Be Possessed, But Tourists Still Come». abc news. 
  7. «Island of the Dolls». The Huffington Post. 14 de agosto de 2014. 
  8. Delegación de Xochimilco. «LA ISLA DE LAS MUÑECAS Mística experiencia». Delegación de Xochimilco. Consultado el 23 de septiembre de 2015. 
  9. «Los canales de Xochimilco». Piso de exhibición. Febrero del 2009. Consultado el 23 de septiembre de 2015.