La prostitución sagrada en Mesopotamia

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La prostitución sagrada hace referencia al oficio de la prostituta sagrada o Hieródulo -palabra utilizada por los asiriólogos de educación clásica, familiarizados con Herodoto, para traducir las palabras sumerias nugig, nu-bar y lukur-, quien, en cuanto que encarnación de la diosa de la fertilidad, es la portadora de la alegría sexual y el recipiente por el cual los instintos animales se transforman en humanidad y amor sagrado. Es en este sentido que Hesíodo dijo “la magia sensual de las prostitutas sagradas suavizó el comportamiento de los hombres”.[1]

Este oficio surge de la profunda preocupación, dada en las sociedades matriarcales, por la fertilidad de la tierra, la cual guiaba la actividad ritual en las antiguas culturas del Mediterráneo oriental, así como también las relaciones sexuales, que constituían la expresión mítica y ritual de aquella preocupación.[2]

Introducción[editar]

La preocupación por la fertilidad de la tierra fue fundamental para la actividad ritual en las antiguas culturas de Mesopotamia y del Mediterráneo oriental. En este sentido, las relaciones sexuales de culto constituían la expresión mítica y ritual de esa preocupación.  Al relacionar esta preocupación con la fertilidad y su expresión sexual, los estudiosos a menudo afirman que estas antiguas religiones promovieron la promiscuidad y contaron con prostitutas sagradas entre el personal del templo.  De ahí que esta sea "una práctica que involucró a las mujeres y en ocasiones a los devotos masculinos de las deidades de la fertilidad, los cuales presumiblemente dedicaron las ganancias a su deidad ". [2]

La prostituta lleva a cabo en el acto sexual una versión microcósmica del acto de creación, que no culmina en un parto, pero sí en el engendramiento del juicio y la sabiduría humanas, esto es, en el engendramiento de una persona. Bajo la figura de la madre divina, la prostituta colma de cuidados y atenciones a lo suyo, a lo engendrado a partir de sí misma.  

Por ejemplo, en la Epopeya de Gilgamesh, la prostituta sagrada Samhat, quien llevó a cabo una unión sexual de siete días y seis noches con el semihombre Enkidu, humanizó al salvaje y realizó tal labor casi como una tarea de alumbramiento. Ella, mediante el acto sexual, hizo del semihombre un hombre con juicio y sabiduría, al colmarlo de cuidados, darle pan, cerveza, lavar su piel y ungirla con óleos. A partir de estas acciones lo convirtió en una “persona” capaz de trabajar y caminar entre los otros hombres.

Se aflojó Samhat la faja, abrió su vulva, y él le tocó el sexo. No le hizo ella ascos, aguantó su hedor; extendió su manto: él se acostó sobre ella. Hizo con el semihombre la tarea de mujer: su sexo la acarició. Seis días y siete noches se mantuvo Enkidu erguido y apareado son Samhat

Trad. Joaquín San Martín, Epopeya de Gilgames Rey de Uruk

Además de esto “lo asió y, / -como si él fuera un dios-/ [lo condujo]/ al tugurio de los pastores”, acción que consistiría en un “calco literario de la llamada escena de conducción de estatuas divinas en procesión, [ en la cual] la prostituta lleva a cabo la acción propia de una sacerdotisa o reina que ‘toma de la mano’ la imagen divina”[3]​.

Así, la prostituta sagrada es entendida como la encarnación de la diosa portadora de la alegría sexual y el recipiente por el cual los instintos animales primarios dan lugar al hombre en su humanidad. En las civilizaciones posteriores, las prostitutas sagradas a menudo se conocían como Charites o Graces, ya que consistían enuna combinación única de belleza y bondad llamada charis (del latín, caritas), que más tarde se tradujo 'caridad'. Esta dimensión 'caritativa' de la prostitución sagrada puede ser relacionada también con el karuna hindú, una combinación de amor materno, ternura, comodidad, iluminación mística y sexo.[1]

La prostituta sagrada se involucra con el sexo en cuanto que actor de un rito mágico, en el contexto de un culto a la fertilidad o en los ritos de Inanna / Istar. La prostitución no se presentaba entonces como algo totalmente opuesto a los ritos de adoración de las divinidades, sino que más bien, gracias a su carácter sagrado, jugaba un papel sumamente importante en el buen desarrollo y fertilidad de los campos y los hombres[4]​.

[...] la religión, lejos de ser contraria a la prostitución, podía regular sus modalidades, tal como lo hacía con otras formas de transgresión. Las prostitutas estaban en contacto con lo sagrado, residían en lugares también consagrados; y ellas mismas tenían un carácter sagrado análogo al sacerdotal.

Georges Bataille, El erotismo

Rivkah Harris y otros estudiosos han identificado muchos nombres semíticos y algunos sumerios para las clases de sacerdotisa, entre ellos:  entu, naditu, ishtaritu y qadishtu. Estos términos para designar a las sacerdotisas de Mesopotamia provienen de varios lugares y períodos, por lo cual algunos historiadores y fuentes suelen, en general, contradecirse en su lectura e información sobre las funciones que tenían tales mujeres y hasta en la existencia de la institución de la prostitución religiosa. 

Contexto Cultural y Social[editar]

Durante la existencia de las antiguas sociedades mesopotámicas, las culturas se construyeron sobre un sistema matriarcal. El matriarcado aquí no significaba simplemente que las mujeres ocupaban los puestos de autoridad en lugar de los varones, sino que la sociedad estaba dirigida por valores culturales diferentes. El matriarcado, según algunos estudiosos, como Nancy Qualls-Corbett , establece la costumbre, la autoridad religiosa y fomenta la cohesión tradicional del colectivo.

En los antiguos matriarcados, la naturaleza y la fertilidad eran el núcleo de la existencia. La gente vivía cerca de la naturaleza, de ahí que sus dioses y diosas fueran divinidades ligadas al mundo natural. Las deidades ordenaban el destino humano al proporcionar o negar la abundancia de la tierra. Así, los actos naturales como la pasión erótica eran inherentes a la naturaleza humana del individuo, y el deseo y la respuesta sexual se experimentaban como un poder regenerativo y eran reconocidos como un regalo o una bendición de lo divino. La naturaleza sexual del hombre y la mujer y su actitud religiosa eran inseparables.

En sus alabanzas de acción de gracias y en sus súplicas, ofrecieron el acto sexual a la diosa venerada. La práctica de la prostitución sagrada evolucionó dentro de este sistema religioso matriarcal y, por lo tanto, no hizo separación entre la sexualidad y la espiritualidad.[1]

Origen[editar]

Si se tiene en cuenta el anterior contexto sociocultural, podría afirmarse que la prostitución sagrada creció, como lo hacen muchas costumbres, desde una simple necesidad. Principalmente, eran las mujeres quienes realizaban las tareas domésticas en los lugares sagrados, con el tiempo, al estar asociadas con estos espacios fuera del mundo profano, posiblemente adquirieron cierta santidad. Al volverse independientes, estas mujeres fueron buscadas por los hombres, gracias a los poderes religiosos que les eran atribuidos. Se pensaba que tenían una relación cercana con los dioses, por lo que a menudo una mujer con estas características era considerada como la esposa de una deidad masculina. Por lo tanto, ella estaba dotada con el poder de interpretar su voluntad o conceder una bendición o maldición. [1]

Otra hipótesis sobre la institucionalización de la prostitución sagrada se deriva de un rito civil. En las sociedades primitivas, una jovencita se ofrecía a un miembro de la tribu, designado con el fin de llevar a cabo ceremonias de desfloración. Este fue un rito de iniciación a la membresía tribal. A medida que la tribu se desarrolló culturalmente, este acto se le ofreció al dios tribal para obtener el favor divino.[1]

No obstante, independientemente de sus orígenes, la prostitución sagrada seguramente respondía al culto a la Gran Madre o Madre Tierra. Ella era la diosa de toda fertilidad, su bendición para la reproducción de las cosechas, las crías y los niños eran vitales para las primeras culturas agrarias. 

Sacerdotisas y mujeres del templo[editar]

Las sacerdotisas y las mujeres del templo estaban divididas en distintas clases. Las sacerdotisas eran de dos tipos: entu (Nin-An) y natitu (Sal-Me).[5]​ Un estudio de la literatura contractual del período parece hacer pensar que, así como un ciudadano ordinario pudiente podría tener una esposa principal y muchos inferiores y como concubinas, también el dios tendría a su esposa principal (entu), sus muchos inferiores (natitu) y sus concubinas (zikru). Las sacerdotisas podrían vivir en la gagum (claustro) contigua al templo o en sus propias casas. Si elegían lo último, tenían prohibido, bajo pena de ser quemadas vivas, el poseer o ingresar a una tienda de vinos, ya que debían mantener gran prestigio. Tanto las sacerdotisas entu como las natitu eran ricas y poseían propiedades.

Las sacerdotisas entu (novias del dios) se consideraban como la clase más alta de la tierra. Sin embargo, no está claro si se casaron con maridos mortales o no.

Las natitu eran mucho más numerosas y se les permitía casarse, sin embargo, no se esperaba que tuvieran hijos, una criada era provista para este propósito. Las sacerdotisas natitu incluían mujeres reales y nobles.​ [6]​ La naditu (la baldía, la sin cultivar), del verbo nadu, arrojar, abandonar, lo que significaba que no podían tener hijos con su marido[7]​. Tal vez esta prohibición se derivaba de la posibilidad de que fueran altas sacerdotisas. El deber principal de una natitu sacerdotisa parece haber sido el de dirigir las oraciones y ofrendas diarias a la pareja divina de su templo. En Sippar hizo ofrendas dos veces al día y una ofrenda mensual especial. Además, participó en las iniciaciones anuales de nuevas sacerdotisas natitu.​ [6]

Las mujeres consagradas conocidas como zikru o zermashitu eran también acomodadas y respetadas. La mujer zikru o "jurada" no está incluida en la literatura religiosa, ni es zermashitu (purificadora de semillas). Tanto las mujeres zikry como las zermashitu podían casarse y tener hijos.

Las zikru parecen ser ligeramente superiores a las zermashitu debido al hecho de que en las leyes relativas a la herencia de la propiedad se afirma que si el padre de una zikru moría y nada le quedaba en su testamento, ella debía heredar por igual con sus hermanos, pero si ella era un zermashitu o una kadishtu recibiría solo un tercio de la parte de sus hermanos.

Las kadishtu, aunque clasificadas junto con las zermashitu en lo que respecta a la herencia de la propiedad, ocupaban una posición subordinada. Su nombre significa "mujer sagrada" y no hay registro de su matrimonio. Su especialidad, aparte de sus deberes en el templo, era amamantar a los hijos de las damas de Babilonia, por lo que recibió un pago, junto con una tableta de arcilla que registra el contrato. Varios ejemplos de tales tabletas se pueden ver en el Museo Británico.[5]

Sacerdotisas o prostitutas sagradas en torno al culto a Ishtar[editar]

Imágen de la diosa Ishtar. Madre de la fecundidad en los campos y en las mujeres, de la libido y el amor.

Además de las diversas mujeres del templo, había otras mucho más relacionadas con la adoración de Ishtar. En la época de Hammurabi, el centro de este culto estaba en Erech, aunque tenía un santuario en el templo de Marduk en Babilonia, donde, bajo el nombre de Sarpanit, aparece en los textos posteriores como la esposa de Marduk. Es indudablemente Sarpanit a quien Heródoto se refiere en su conocido relato de la prostitución temporal de cada mujer babilónica.

"De Erech, hogar de Anu y de Ishtar, la ciudad de las prostitutas, las prostitutas y las hetairas, cuyos hombres (de alquiler) le pagan a Ishtar, y rinden su mano "

Leyenda de Girra

Las denominadas kezretu, samhatu y harimatu fueron, según fuentes históricas, las tres principales clases de prostitutas sagradas con culto a Ishtar en la tradición mesopotámica.

La kezretu, una mujer con el pelo rizado, encuentra su origen en el verbo kezeru (rizarse el pelo) lo cual podría sugerir que estas prostitutas posiblemente tenían un modo distintivo de llevar el cabello[8]​.

Las samhatu y harimatu eran mujeres sagradas, las samhatu, las voluptuosas, parecen ser la denominación común de las prostitutas y las harimatu eran “tabuizadas”, que vivían al parecer en un burdel vinculado al templo [9]​.

Los tres oficios eran consagrados y protegidos por la diosa Ishtar. En La Epopeya de Gilgamesh se hace presente la existencia de las llamadas prostitutas sagradas en la figura de Samhat y la mujer de Uta-napisti, ambas encuentran su protección y rinden culto a la diosa Ishtar.

Amparadas bajo la ley[editar]

Monumento que simboliza la entrega del Código de Hammurabi al rey por parte del dios solar.

El código de Hammurabi era una legislación especial que, entre otras cosas, protegía los derechos y el buen nombre de la prostituta sagrada. Esta se encontraba protegida de la calumnia, como lo estaban también sus hijos.

Por ley, la prostituta sagrada podía heredar propiedades de su padre y recibir ingresos de la tierra trabajada por sus hermanos. De no estar satisfecha, la prostituta sagrada podría deshacerse de la propiedad de la forma que ella considerara conveniente. Teniendo en cuenta el papel de las mujeres en ese momento, este era un derecho extraordinario.

También existían casas especiales donde las prostitutas sagradas solían vivir, aunque su residencia no era obligatoria. Si una mujer opta por vivir fuera del acuerdo de vivienda provista, se le prohíbe, bajo pena de muerte, asistir a una tienda de vinos. Tal vez se pensó que tal establecimiento sería demasiado similar a las tabernas habitadas por la prostituta profana. [10]

Vestigios literarios[editar]

Se encuentran algunos vestigios literarios de lo que podrían ser poemas escritos por algunas sacerdotisas y prostitutas sagradas a la unión sexual y al culto a Ishtar y al dios lunar Nannar.

Aquí hay una breve canción dedicada a Nannar, que consiste en un breve diálogo entre un hombre y una mujer.[11]

"Ven conmigo, mi hermana, ven conmigo, ven conmigo desde la entrada de la habitación (o cella), Cuando hablas con un hombre, ¡qué mujer! Cuando miras a un hombre, ¡qué mujer! Cuando te apoyas contra la pared, tu desnudez es dulce. Cuando (tú) te inclinas, las caderas son dulces. "Cuando estoy parado contra la pared, ese es un cordero, cuando me inclino, es un siclo y medio "

El texto relacionado está antecedido por una lista larga de precios. En el tercer pasaje, la mujer habla así: [11]

"No caves un [canal], déjame ser tu canal, No ares [un campo], déjame ser tu campo. Granjero, no busques un lugar húmedo, Mi precioso, déjame ser tu lugar mojado. (…) ¡Deje que nuestras pequeñas manzanas sean su deseo! "

Estos textos a menudo aluden a situaciones eróticas en un entorno social más o menos definido. Este caso parece carecer de sentimiento romántico y pasión, ya que el acto sexual se convierte en una transacción para pagar. Los precios mencionados en los primeros textos parecen bastante sustanciales para una participación mínima en el coito, aunque se ha sugerido que el cordero especialmente puede constituir una donación tradicional al templo. Sin embargo, es importante recordar que estos donativos son cobrados por las prostitutas como dones u ofrendas a la divinidad.[11]

La mujer en la ventana es uno de los símbolos de la diosa Ishtar. Es también utilizado para referenciar a las prostitutas sagradas que constituían su séquito.

Se encuentran también composiciones escritas como poemas de adoración a la diosa Ishtar:

El estándar, el carcaj, el manejo del pene, el beso del pene, el arte de la prostitución, el arte de la velocidad (...)

El "estándar" y el "carcaj" son metáforas para el pene y la vagina; el poema refiere luego a la actividad sexual masculina y hace posiblemente una referencia a la felación.[11]

Ishtar es también identificada con la libido [11]​:

Eres Inanna (quien) en las calles de Kullab hace ( la gente) copular.

Posiciones controversiales[editar]

Westenholz concluyó en un artículo de 1989 que "no había ninguna institución tal como la prostitución sagrada en Mesopotamia".

El capítulo del libro de Frymer-Kensky que lleva como subtitulo "El mito de la orgía", concluye que en Mesopotamia "no hay evidencia de que [ las mujeres del templo] realizaban actos sexuales como parte de sus deberes sagrados”

También [null McClure, Laura] y [null Faraone, Christopher A.] observan cómo existen varias categorías de personal de culto femenino –la mayoría de ellas certificadas principalmente durante la época babilónica antigua (alrededor del siglo XIX al XVII aC)–, de las cuales se sabe sobre su vida privada sexual, productiva y doméstica que, sin embargo, no incluye un contacto sexual ritualizado o institucionalizado asociado con las religiones o templos de Mesopotamia. Así, ni el personal de culto femenino ni masculino se puede identificar como servidores sexuales[12]​. 

Referencias[editar]

  1. a b c d e Qualls-Corbett, Nancy (1988). The sacred prostitute : eternal aspect of the feminine (en inglés). Inner City Books. ISBN 9780919123311. 
  2. a b Stuckey, Johanna H. (1997). Priestesses and sacred prostitutes in the ancient eastern Mediterranean. Canadian Woman Studies. Consultado el 6.12.2017. 
  3. San Martín, Joaquín. Epopeya de Gilgames, Rey de Uruk. Trotta. ISBN 9788481647327. 
  4. Bataille, Georges. El erotismo. Tusquets editores. ISBN 8472230619. 
  5. a b Penzer, N. M. (2016). Poison damsels : thieves, sacred prostitution and the romance of betel chewing. Routledge. ISBN 9780710307446. 
  6. a b Stuckey, Johanna H. (1997). Priestesses and sacred prostitutes in the ancient eastern Mediterranean. Canadian Woman Studies. Consultado el 6.12.2017. 
  7. Rubio, G. (1999). ¿Vírgenes o meretrices? La prostitución sagrada en el Oriente antiguo. The Ohio State University. 
  8. Riegner, I. (2000). The adventures of the hebrew stem znw. Peter Lang. 
  9. San Martín, Joaquín. Epopeya de Gilgames, Rey de Uruk. Trotta. ISBN 9788481647327. 
  10. Qualls-Corbett, Nancy (1988). The sacred prostitute : eternal aspect of the feminine (en inglés). Inner City Books. ISBN 9780919123311. 
  11. a b c d e Gwendolyn, Leick (1994). Sex and Eroticism in Mesopotamian Literature. Routledge. ISBN 9780415065344. 
  12. McClure, Faraone, Laura, Christopher A. (2006). Prostitutes and Courtesans in the Ancient World. University of Wisconsin Press. ISBN 9780415065344.