Juana de Mendoza

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Juana de Mendoza y Ayala (Guadalajara, 1360 - Guadalajara, 1431), conocida como «la ricahembra de Guadalajara», fue una noble castellana.

Familia[editar]

Era hija de Pedro González de Mendoza, IX señor de Mendoza, y de Aldonza de Ayala, hija de Fernán Pérez de Ayala y de Elvira Álvarez de Ceballos y hermana de, entre otros, el canciller Pero López de Ayala. Era bisabuela del rey Fernando II de Aragón y hermana de Diego Hurtado de Mendoza (almirante mayor de Castilla).

Matrimonios y descendencia[editar]

Casó en primeras nupcias alrededor de 1380 con Diego Gómez Manrique de Lara y Leyva, hijo de Garci II Fernández Manrique de Lara y Urraca de Leyva, III señor de Treviño, VII señor de Amusco y de otros lugares, entre ellos, Villadamían, Las Amayuelas, Villoslada, Navarrete, San Pedro de Yanguas y Ocón, esta última villa dada por Enrique II de Castilla por un albalá del 2 de enero de 1379. También fue repostero mayor del infante Juan (después, Juan I de Castilla). Diego y Juana fueron padres de:

Enviudó de su primer marido y quedó huérfana al mismo tiempo por causa de la Batalla de Aljubarrota en agosto de 1385.

Contrajo un segundo matrimonio con Alfonso Enríquez de Castilla de quien tuvo trece hijos, criando también a Juan, hijo ilegítimo de su marido:

Algunos autores, basándose en las afirmaciones de Balbina Martínez Caviró,[20][21]​ afirmaron que el almirante Alonso Enríquez y su esposa tuvieron una hija llamada Juana que fue abadesa en el convento de Santa Clara la Real de Toledo,[22]​ en cuyo coro estaría sepultada.[23][24]​ Los historiadores Margarita Cuartas Rivero y Jesús Antonio González Calle, sin embargo, han demostrado que dicha abadesa fue realmente Juana Enríquez, hija ilegítima del conde Alfonso Enríquez y de Inés de Soto de los Infantes y nieta del rey Enrique II de Castilla.[25][22]​ El heraldista Faustino Menéndez Pidal de Navascués señaló que el escudo colocado sobre la tumba de esta abadesa es idéntico al que utilizó su padre, el conde Alfonso Enríquez.[26]​ Además, ni el almirante ni Juana de Mendoza en sus testamentos otorgados en 1426 y en 1431, respectivamente, mencionan a una hija llamada Juana.[27]

Testamento y muerte[editar]

Juana testó la noche del 22 de enero de 1431 en Palacios de Campos, cerca de Meneses de Campos, documento que refleja su inmensa fortuna. Mandó que su cuerpo fuese sepultado en el hábito de San Francisco en el Monasterio de Santa Clara (Palencia), ante el altar de la capilla mayor que manda construir, al lado de su señor, el almirante. Pide que se hagan dos tumbas de alabastro, llanas para los dos, y que la suya sea dos dedos más baja que la de su señor, ambas sin ninguna figura, solamente llevando las armas de ella y de su difunto marido, y también pide que «ninguno sea osado de hacer llanto por mi».

Aparte de las muchas mandas que deja a dicho monasterio, a sus criados, a su hermana María, deja cuantiosas mandas para todos sus hijos a los que menciona. Dice que como su hijo de su primer matrimonio ha sido muy heredado, igual que todas sus hijas y su hijo Fadrique, y teniendo cargo de conciencia, ordena que todo los bienes que quedasen después de cumplir su testamento, los herede su hijo Enrique a quien constituye por su legítimo heredero universal.

Juana falleció dos días después de testar. Los datos sobre su muerte figuran en la Crónica del Halconero de Juan II de Castilla:

Partiendo la dicha Jhoana con su nieta la esposa del condestable de Torre de Lobatón, para facer las bodas en Calauaçano e vinieron a Palacios de Meneses; e dióle allí dolor de costado, e fino martes a 24 de henero, año del Señor de 1431 Esta era la más enparentada dueña que auia en Castilla e más generosa e (que) mayor casa e estado traxiese a la saçon en Casstilla e muy buena. Lo qual fino de hedad de setenta años.

Notas[editar]

  1. Juana de Mendoza legó al deán Rodrigo Enríquez en su testamento, a quien mencionó como hijo suyo, «media docena de escudillas, e media de palteles de cado dos marcos que tien Alvar Gonzalez, platero; mas cuatro copas doradas con sus pies; mas dos jarros llenos de los que yo trayo; e un salero de mi mesa; e un bacín pequeño de hasta cinco marcos de las armas del Señor Almirante». Cfr. Castro y Castro (1983), p. 26.

Referencias[editar]

Bibliografía[editar]