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Juan José Castelli

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Juan José Castelli
Castelli.jpg

Vocal de la Junta de Gobierno
24 de mayo de 1810-24 de mayo de 1810

Vocal de la Primera Junta y de la Junta Grande
25 de mayo de 1810-22 de septiembre de 1811
Predecesor Hipólito Vieytes
Sucesor se abolió el cargo

Representante de la Primera Junta en el Ejército Auxiliar del Perú
6 de agosto de 1810-20 de julio 1811

Información personal
Nacimiento 19 de julio de 1764
Buenos Aires,
Gobernación del Río de la Plata,
Virreinato del Perú Bandera del Imperio español (entonces parte del Imperio español, actualmente Argentina).
Fallecimiento 12 de octubre de 1812 (48 años).
Buenos Aires,
Provincias Unidas del Río de la Plata Bandera de Argentina
Causa de la muerte Cáncer Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Argentina
Partido político
Educación
Educado en
Información profesional
Ocupación Político, periodista y abogado Ver y modificar los datos en Wikidata
Firma Firma de Castelli.jpg

Juan José Antonio Castelli (Buenos Aires, 19 de julio de 1764 - ibídem, 12 de octubre de 1812) fue un abogado y funcionario del Virreinato del Río de la Plata. Participó activamente en el movimiento juntista que se produjo en Buenos Aires en el mes de mayo de 1810. Por su discurso en el Cabildo Abierto del día 22 se le atribuyó el sobrenombre de «el Orador de Mayo». Fue designado por el Cabildo como vocal de la efímera junta de gobierno del 24 de mayo y de la Primera Junta de gobierno de la actual República Argentina.

Fue también el representante de la Junta en el Ejército Auxiliar del Perú. Tras la derrota en la batalla de Huaqui, el 20 de junio de 1811, fue destituido y se le ordenó regresar a Buenos Aires, donde el llamado Primer Triunvirato le inició un juicio que nunca finalizó, ya que falleció durante el proceso debido a un cáncer en la lengua.

Familia y educación[editar]

Juan José Castelli nació en Buenos Aires, el 19 de julio de 1764, en ese entonces parte integrante del Virreinato del Perú. Fue el primero de los ocho hijos del médico veneciano Ángel Castelli Salomón y María Josefa Villarino. A través de su abuela materna estaba emparentado con Manuel Belgrano, de quien era su primo segundo.

El 17 de febrero de 1779, Castelli ingresó al prestigioso Real Colegio de San Carlos, institución que había iniciado su actividad docente seis años antes. Lo hizo en el curso de Lógica. Una vez aprobado, al año siguiente, ingresó al curso de Física pero al final del periodo lectivo su nombre no figuró entre los egresados.[Libro de Matrícula Colegio San Carlos 1773-1818, BNBA, manusc. 2157, t. I] Según una tradición familiar, un pariente rico había dispuesto en su testamento un legado o manda para un hijo del matrimonio Castelli que quisiera ordenarse de sacerdote. Para aprovechar esta oportunidad, los padres decidieron que Juan José fuera a estudiar a Córdoba, en el famoso Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, que dependía de la Universidad Real de Córdoba del Tucumán y a donde convergían alumnos de distintos lugares del virreinato. Como el nombre lo indica, era un colegio donde los alumnos podían vivir mientras estudiaban. Para ingresar, Castelli cumplió con los requisitos de ser cristiano viejo, estar limpio de toda sangre de herejes y ser hijo de matrimonio legítimo. Fueron sus compañeros: Pedro y Mariano Medrano, Manuel Alberti, Juan Ignacio y José Ignacio Gorriti, Nicolás Laguna, José Gaspar Francia. También compartió el colegio con Saturnino Rodríguez Peña y Antonio de Esquerrenea que serán sus amigos toda la vida.

Durante los años 1781 y 1782 Castelli cursó las materias de gramática y latinidad. En febrero de este último año, el colegio Monserrat se trasladó al edificio donde funcionará desde entonces hasta la actualidad. Castelli fue uno de los alumnos que inauguró esa nueva sede. Una vez completado este ciclo pasó al universitario cursando filosofía y teología durante tres años. Luego de permanecer cinco años en Córdoba, en octubre de 1785, volvió a Buenos Aires, con la decisión de no seguir la carrera sacerdotal por la que no sentía ninguna vocación.[1]

Por razones que no se conocen, Castelli no siguió los pasos de su primo Manuel Belgrano que fue enviado a continuar sus estudios a la Universidad de Salamanca en España. En octubre de 1786, Belgrano desembarcó en La Coruña y al mes siguiente intentó inscribirse en Salamanca. Dos meses antes, en agosto de 1786, Castelli llegó a Chuquisaca y, tras aprobar el difícil examen de ingreso, juró como recipiendario ante el ministro director de la Real Academia Carolina de Practicantes Juristas de Charcas y demás autoridades. Una de las cuatro promesas que hizo fue: "[...] defender la sanción XV del Concilio Constantiense en que se proscribe el regicidio y el tiranicidio" lo que obligaba a los futuros doctores, no solo a defender y conservar la justicia, sino también la fidelidad al Rey.[2]​ Durante dos años estudió y realizó prácticas en la Real Academia Carolina, una institución para universitaria de asistencia obligatoria donde, mediante el método de estudio de "casos", los alumnos realizaban prácticas diarias en la que desempeñaban diversas funciones procesales. Esta institución había sido fundada en 1776 tras la expulsión de los jesuitas y constituía "un espacio donde se encontraban y tensionaban la Universidad y la administración política" lo que la constituía en un espacio libre del ámbito eclesiástico.[3]​ Castelli recibió una educación que estructuró su universo jurídico-conceptual en tres niveles: el primero fue el escolástico, basado en textos teológicos y políticos españoles: Vitoria, Francisco Suárez, etc.; el segundo fue una mezcla de saber técnico-jurídico con una práctica sobre casos reales. La base teórica de este nivel no abandonó el tradicional Código de Justiniano, la Recopilación de Leyes de las Indias, Juan de Solórzano Pereira, etc., lo novedoso fue la forma y los objetivos cómo se encaraban esos contenidos. El tercer nivel fue el Iluminismo. Los iluministas españoles, Feijoo, Campomanes o el napolitano Gaetano Filangieri eran consultados por alumnos y examinadores. El Espíritu de las Leyes de Montesquieu se citó con frecuencia en los alegatos, y su concepción de una monarquía constitucional que pudiera limitar el despotismo de los ministros tuvo muchos adherentes. La Ilustración estuvo "indudablemente de moda [...] en su versión elitista, como signo, código de reconocimiento entre gente cultivada, entre los hombres de buena compañía".[4]​ Todos estos conocimientos le permitieron a Castelli desempeñarse con eficacia en puestos administrativos y políticos. Entre marzo y abril de 1788, con 24 años de edad, regresó a Buenos Aires pasando por Potosí, ciudad donde pudo comprobar la enorme riqueza de los azogueros y la gran miseria de miles de indios que eran explotados en las minas.[5]

De regreso a Buenos Aires, se estableció como abogado, abriendo un estudio en su casa familiar. Representó a la Universidad de Córdoba en distintas causas, y a su tío Domingo Belgrano Peri. Su relación con Saturnino Rodríguez Peña se extendió a su hermano, Nicolás Rodríguez Peña y a su socio Hipólito Vieytes. La casa de Rodríguez Peña sería, posteriormente, la sede de reuniones frecuentes de los criollos revolucionarios.

En 1794 se casó con María Rosa Lynch y tuvieron como hijos a Ángela, Pedro (el futuro coronel), Luciano, Alejandro, Francisco José y Juana.

Su desarrollo profesional le permitió comprar en agosto y tomar posesión el 7 de diciembre de 1798, de la chacra que perteneciera al obispo Azamor y Ramírez en las afueras de la capital virreinal, en el actual barrio de Núñez a la que trasladó su vivienda después de algunos años, a principios de 1808. Eran sus vecinos en la zona, Cornelio Saavedra, Juan Larrea, Miguel de Azcuénaga y José Darregueira. En dicha chacra tuvo sembrados y una fábrica de ladrillos.

Actuación como funcionario colonial[editar]

Manuel Belgrano compartió con su primo Castelli la labor en el consulado y en el periodismo.

En 1794 regresó Manuel Belgrano de sus estudios en Europa, con el cargo de secretario perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires. Ambos compartían ideas similares sobre el monopolio comercial español y los derechos de los criollos. Belgrano intentó nombrar a Castelli secretario interino o suplente suyo en el Consulado pero debió enfrentar una fuerte oposición de los comerciantes españoles que demoró dicha designación hasta 1796.[6]

El 15 de octubre de 1795, invocando razones de salud, Belgrano solicitó al monarca el nombramiento de Castelli como secretario interino del consulado. El 6 de marzo del año siguiente, una orden real comunicó la aceptación de esa solicitud y nombró a Castelli como exclusivo sustituto de Belgrano. Esta orden real llegó a Buenos Aires a fines de julio de 1796, casi simultáneamente con el retorno de Belgrano desde la Banda Oriental a donde se había retirado por prescripción médica. Esto no apaciguó la crisis que se venía dando dentro del Consulado. En noviembre de 1796, llegaron dos nuevas órdenes reales. La primera se refería a la reducción de los sueldos de los funcionarios del consulado salvo el del secretario, que se mantuvo. La segunda orden autorizó a Belgrano a tomarse un año de licencia con goce de sueldo, para viajar a España, determinando el monarca que el cargo quedara en manos del doctor Castelli. La disparidad de criterios y la lucha interna dentro del Consulado pretendió incumplir o modificar esta orden. El consiliario Antonio García López propuso aceptar la disposición pero adujo que Castelli no debería recibir “premio ni extipendio alguno” por la tarea a desempeñar. Otros propusieron que Belgrano actualizara los certificados médicos sobre su estado de salud porque, por su “aspecto externo”, no parecía estar enfermo y los informes médicos que presentaba no tenían la correspondiente certificación. Juan Esteban de Anchorena fue más lejos aún. Adujo que Castelli ejercía su oficio de abogado, con estudio abierto, y era pariente del secretario, tutor de su herencia, apoderado general de los albaceas de su padre y defensor del mismo en los juicios que se habían y/o se estaban substanciando en el propio Consulado. Anchorena propuso a Juan Roxo, un escribiente que había ordenado el archivo, para suplir ese interinato pero la votación favoreció a Castelli confirmando así que se desempeñaría como interino cada vez que Belgrano se ausentara de sus funciones.[7]

Dos años después tuvo lugar un conflicto entre el Cabildo y el Consulado durante la elección de los integrantes del Cabildo de Buenos Aires para el año 1799. Desde tiempo atrás, el Cabildo de Buenos Aires sufría la carencia de "sujetos hábiles e idóneos" para los cargos consejiles debido a que los posibles candidatos, para eludir lo que llamaban "carga", se acogían a privilegios y exenciones de todo tipo para eludirlos. Esto se acrecentó con la creación del Consulado que demandó puestos de prior, cónsules, síndico, tenientes y otros empleados. Además existían casos de vecinos que, usando "informaciones falsas, [...] habían logrado del Soberano o de la Real Audiencia [...] ser declarados libres de desempeñar oficios consejiles", pero que luego aceptaron desempeñar los empleos consulares.[8]

En este contexto fue que el alcalde de primer voto, Antonio García López, propuso a Castelli como regidor tercero. También fueron propuestos Antonio de la Cagijas, dueño de barracas en el puerto, y Tomás Antonio Romero, importante traficante de esclavos. Todos eran funcionarios interinos del Consulado. Rápidamente, esta institución se opuso mediante una representación ante el virrey Avilés con el argumento de que los tres citados debían permanecer "expeditos" o libres para sustituir inmediatamente a los respectivos titulares.[9]​ El virrey derivó la representación al cabildo.

El pleito duró tres meses, hasta que finalmente el virrey aceptó el dictamen del síndico procurador del Cabildo Cornelio Saavedra que decía que la exoneración no correspondía cuando no se estaba desempeñando efectivamente el cargo consular, y rechazó la pretensión del Consulado. Por orden real, en mayo de 1800, el monarca confirmó lo actuado por el virrey. Mucho antes Castelli se había excusado de asumir dicho cargo, ya que las funciones del Consulado ocupaban todo su tiempo. Esto fue considerado como un insulto por algunos miembros del Cabildo, entre ellos Martín de Álzaga.

Al llegar de España Francisco Cabello y Mesa, Belgrano y Castelli lo apoyaron en dos proyectos: la creación de una Sociedad Patriótica, Literaria y Económica y la publicación del Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, que fue el primer periódico porteño. Ambos proyectos tuvieron corta duración: la Sociedad no llegó a constituirse y sus actividades fueron prohibidas por una orden real, mientras que la Corona ordenó al Consulado retirar su apoyo al periódico, que dejó de publicarse. En dicha publicación se mencionó por primera vez el concepto de patria y se habló de los habitantes como «argentinos».[10]​ Además de Castelli, Cabello y Belgrano, quien fuera el secretario de la publicación, trabajaron Manuel José de Lavardén, Miguel de Azcuénaga y el fray Cayetano Rodríguez.

A pesar del cierre del Telégrafo Mercantil, los criollos aún deseaban expresarse a través de un periódico, por lo que Vieytes fundó el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio. Castelli, al igual que los otros miembros del grupo que se reunía en la casa de Rodríguez Peña, colaboró con el proyecto. En dicho periódico se proponían ideas para la mejora técnica de la agricultura, la quita de las restricciones al comercio, el desarrollo de manufacturas, entre otras. También se presentaron biografías de los autores de la revolución estadounidense, como Benjamín Franklin.

Las Invasiones Inglesas[editar]

Ejemplar del Telégrafo Mercantil, en donde escribió Castelli.

A través de Saturnino Rodríguez Peña, Juan José Castelli entró en contacto con James Florence Burke, quien decía representar a Gran Bretaña y que, en apoyo a las propuestas de Francisco de Miranda, impulsaba la emancipación de Hispanoamérica de la corona española. Pero Burke era en realidad un espía británico, con la misión de obtener información sobre la situación de América.[11]

Con su intervención ―y gracias a las promesas de apoyo británico― se creó la primera sociedad secreta criolla organizada para tales fines, que más adelante fue conocida como «partido de la independencia», en donde se encontraban Castelli, Burke y los principales colaboradores del Semanario... de Vieytes. El espía fue finalmente descubierto por Rafael de Sobremonte y expulsado del virreinato.

Las reuniones de la sociedad secreta continuaron sin verse afectadas por la ida de Burke. El 2 de junio de 1806 murió su madre. Castelli aún estaba de luto cuando, ese mismo mes, llegaron noticias del desembarco británico en Quilmes, dando comienzo a la primera de las Invasiones Inglesas al Río de la Plata.

El partido de la independencia fue tomado por sorpresa por los acontecimientos; en primer lugar, no habían sido avisados de que aquella expedición fuera a tener lugar, luego, la proclama británica hablaba de respeto a la religión, las propiedades, el orden, la libertad y el comercio, pero no se había emitido una palabra relativa a los proyectos de Francisco de Miranda. Para aclarar dichos puntos se formuló una entrevista con el jefe invasor, William Carr Beresford, a quien se le solicitó aclarar si las promesas de Burke seguían en pie y si el gobierno de Londres apoyaría la independencia. Beresford respondió con evasivas, argumentando que no tenía instrucciones en dicho sentido y que con la reciente muerte de William Pitt y el ascenso de los liberales al poder británico, debía aguardar nuevas órdenes.[12]

Durante la breve ocupación inglesa de Buenos Aires en 1806, los cabildantes de la ciudad aceptaron que el gobernador Beresford los confirmaran en sus cargos. Belgrano no accedió y salió de Buenos Aires hacia la Capilla de Mercedes, en la Banda Oriental. Seguidamente, el 10 de julio de 1806, Beresford propuso que los principales vecinos podían en forma voluntaria prestar juramento de lealtad a Su Majestad Británica. A tal efecto habilitó una oficina a cargo del capitán Alexander Gillespie y un libro para registrar el respectivo juramento. Cincuenta y ocho personas firmaron el libro. A principios del siglo XX, el abogado, traductor y diplomático Carlos A. Aldao viajó al Foreign Office en Londres para acceder al citado documento e identificar a los firmantes. Lamentablemente en el legajo del periodo 1803-1811 referido a Buenos Aires y con relación al tema solo encontró un recibo y dos cartas. El recibo, fechado el 4 de septiembre de 1810, dejaba constancia que el capitán Gillespie había entregado un libro "conteniendo el juramento de lealtad a Su Majestad Británica, firmado en Buenos Aires en el curso de julio de 1806 por 58 habitantes de esa ciudad". En una de las cartas a Spencer Perceval del 3 de septiembre de 1810, el capitán Gillespie le hacía notar que tres miembros de los que integraban la nueva junta de Buenos Aires figuraban entre los firmantes que se habían adherido a S.M. Británica en 1806. De los tres mencionó solo a dos: Saavedra y Castelli.[13]

Desde el punto de vista de los criollos, aquello implicaba que los ocupantes sólo aspiraban a anexar la ciudad al Reino Unido; lo cual hubiera significado cambiar una metrópoli por otra. A pesar de ello, intentaron un último golpe de mano: tras la reconquista de Buenos Aires lograda por Santiago de Liniers, Saturnino Rodríguez Peña ayudó a Beresford a fugarse, con el propósito de que este convenza al jefe de la nueva invasión de aplicar los proyectos de Burke y Miranda. La segunda invasión inglesa sepultó las últimas esperanzas de los patriotas criollos en la estrategia de acercamiento que impulsaba el venezolano Miranda. Castelli, al igual que Belgrano, Martín Rodríguez, Domingo French y Antonio Beruti, combatió contra quienes poco antes consideraban sus posibles aliados.[14]

Producida la segunda Invasión Inglesa, en 1807, y tras la exitosa defensa de la ciudad por los criollos, crecieron las disputas entre Santiago de Liniers, nombrado como virrey interino, y el Cabildo de Buenos Aires, liderado por Martín de Álzaga. El grupo criollo también vio aumentado su poder de influencia: de los ocho mil hombres armados de la ciudad, cinco mil correspondían a las milicias criollas.[15]

Los cuerpos más poderosos eran los de Patricios y Arribeños, y también tenían una fuerte injerencia en los de Húsares y Artilleros. Álzaga, por su parte, contaba con unidades de españoles peninsulares, entre ellas las de Vizcaínos, Gallegos y Catalanes. Tanto Álzaga como Liniers representaban a facciones con intereses opuestos a la separación de la metrópoli: Álzaga y el Cabildo, a los comerciantes ligados con Cádiz, y Liniers a los funcionarios del poder monárquico. Aun así, ambos procuraban utilizar la creciente influencia criolla en su favor. Álzaga se abstuvo de denunciar a Castelli y Rodríguez Peña como cómplices de la fuga de Beresford, y Liniers se apoyaba en las milicias criollas para contrarrestar la oposición de Álzaga y el Cabildo.

El carlotismo[editar]

La infanta Carlota Joaquina de Borbón aspiró a gobernar los pueblos españoles en América.

A fines de 1807 tuvo lugar un acontecimiento que revolucionó la política española: luego de invadir Portugal, Napoleón Bonaparte ocupó también España. El rey Carlos IV de España abdicó en favor de su hijo Fernando VII, pero Napoleón obligó a ambos a nombrar como rey de España a su hermano José Bonaparte, en una serie de traspasos de la corona española conocida como Abdicaciones de Bayona. El pueblo español organizó juntas de gobierno para resistir la ocupación francesa y a los pocos meses la Junta Central de Sevilla se atribuyó la autoridad suprema sobre España e Hispanoamérica. Esta situación alentó a la infanta Carlota Joaquina de Borbón, la hermana del rey cautivo, a reclamar la regencia de las colonias americanas.

En este contexto, Juan José Castelli y Martín de Álzaga conversaban la posibilidad de expulsar a Santiago de Liniers y constituir una Junta de gobierno propia, similar a las de la metrópoli. Dicho proyecto no era compartido por la mayoría de los criollos ni por el jefe del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra. Manuel Belgrano propuso como alternativa apoyar al carlotismo, siguiendo los planes de la infanta Carlota, a lo cual adhirieron Castelli y varios de los criollos. Belgrano, de ideas monárquicas, sostenía que el proyecto carlotista sería la forma más práctica de lograr la emancipación de España en las circunstancias vividas. El 20 de septiembre de 1808 Castelli redactó un documento dirigido a Carlota, con las firmas de Antonio Luis Beruti, Vieytes, Miguel Mariano de Villegas, Belgrano y Nicolás Rodríguez Peña.

Sin embargo, Carlota rechazó ese proyecto que aspiraba a establecer una monarquía constitucional con ella a la cabeza porque prefería una monarquía de tipo tradicional. En consecuencia, denunció el proyecto y mediante su agente Julián de Miguel logró que se detuviera y acusara de alta traición a Diego Paroissien, portador de diversas cartas que Saturnino Rodríguez Peña, desde Río de Janeiro, envió a varios compatriotas y amigos de Buenos Aires. Castelli fue su abogado defensor.

Castelli logró la absolución de Paroissien amparándose en la doctrina de la retroversión de la soberanía de los pueblos, que sostenía que las tierras americanas eran una posesión personal del Rey de España pero no una colonia española. Dicho criterio ya existía de antaño y se utilizaba para legislar en forma diferenciada en ambos distritos, pero en el nuevo contexto Castelli argumentaba que ni el Consejo de Regencia, ni ningún otro poder de España que no fuera el del rey legítimo, tenía autoridad sobre América. Decía Castelli que

No basta la mera voluntad de los pueblos de España para traer a su obediencia los de las Indias.[6]

Bajo estas premisas, Castelli sostuvo exitosamente que ofrecer la regencia a la hermana del rey cautivo, mientras no se negara la legitimidad de Fernando VII, no constituía un acto de traición sino un proyecto político legítimo que debía ser resuelto por los pueblos americanos sin intervención de los españoles.

El 1 de enero de 1809 Álzaga reunió a los batallones de Vizcaínos, Gallegos y Catalanes e intentó una revuelta para destituir a Liniers. Unos pocos criollos —especialmente Mariano Moreno y Julián de Leyva— depositaron sus esperanzas independentistas en la misma, pero la mayoría se opuso: los cuerpos de Patricios, Arribeños, Húsares, Artilleros, Pardos y Morenos, acompañados de los Montañeses y Andaluces, fieles a Liniers, ganaron la plaza y obligaron a las tropas complotadas a retirarse. Castelli apoyó a Liniers y acusó a Álzaga de independentismo. La aparente contradicción radica en que Álzaga no buscaba lo mismo que los criollos: buscaba destituir al virrey que se oponía a sus intereses, pero manteniendo la supremacía social de los españoles peninsulares por sobre los criollos sin cambios.[16]

Álzaga fue derrotado y el poder de los criollos aumentó: Álzaga y Sentenach fueron desterrados a Carmen de Patagones y las milicias españolas que intentaron la asonada fueron disueltas.

En julio arribó al Río de la Plata el nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros y los independentistas no se ponían de acuerdo sobre el curso a seguir. Castelli hablaba de retomar la idea de Álzaga de crear una junta de gobierno pero no dirigida por españoles; Belgrano insistía con el plan carlotista y Rodríguez Peña proponía un golpe militar, con o sin Liniers a la cabeza. Pero quien se impuso fue Saavedra, quien sostenía la necesidad de postergar las acciones:

Aún no es tiempo, dejen ustedes que las brevas maduren y entonces las comeremos.

La Revolución de Mayo[editar]

Castelli demanda ante el virrey Cisneros por la realización de un Cabildo Abierto. Bajorrelieve de Gustavo Eberlein.

Cuando el 14 de mayo de 1810 llegaron a Buenos Aires noticias que en el mes de enero las tropas napoleónicas habían ocupado Sevilla y que la Junta Suprema Central se había disuelto, el grupo de Castelli y Belgrano dirigió el proceso que desencadenó la Revolución de Mayo.

Castelli y Saavedra eran los líderes más notorios de esos días y en primer lugar descartaron el plan de Martín Rodríguez de expulsar al virrey Cisneros por la fuerza. Luego de varias discusiones, se decidió demandar la realización de un cabildo abierto. Castelli y Belgrano negociaron con el alcalde de primer voto Juan Lezica y el síndico procurador, Julián de Leyva. Aunque lograron convencerlos, aún hacía falta la autorización del propio Cisneros, para lo cual acudieron Castelli y Rodríguez a la sala del Fuerte de Buenos Aires. Previo a ello, Cornelio Saavedra le había negado a Cisneros el apoyo del Regimiento de Patricios, bajo la premisa de que al desaparecer la Junta de Sevilla que lo había nombrado como virrey, ya no poseía legitimidad para ejercer dicho cargo. Tras dicha entrevista acudieron a la casa de Rodríguez Peña, a informar a sus partidarios de lo ocurrido.

Las memorias de los testigos y protagonistas de esos días lo mencionaron en multitud de sitios y actividades: negociando con los hombres del Cabildo, en casa de los Rodríguez Peña participando de la planificación de los pasos a seguir por los criollos, en los cuarteles arengando a las milicias, visitando el Fuerte para presionar a Cisneros. El propio Cisneros, al describir los acontecimientos al Consejo de Regencia, llamó a Castelli «el principal interesado en la novedad», es decir, en la revolución.[17]

Cabildo abierto (22 de mayo de 1810). Óleo realizado por Pedro Subercaseaux bajo la dirección de Adolfo Carranza. Muestra el instante en que Paso se dirige a una respetuosa audiencia. La presencia de la iglesia es importante: el obispo Lué (con alfombra roja) y tres órdenes. Detrás de Paso esta Castelli. A la derecha, sentado en actitud pensativa, Moreno aparece como aislado del resto.

El cabildo abierto se celebró el 22 de mayo de 1810. En él se discutió si el virrey debía seguir o no en su cargo y en caso negativo quién lo debería reemplazar. El primero en opinar fue el obispo Benito Lué y Riega, quien sostuvo el principio de indivisibilidad que ya había propuesto Cisneros en su autorización a celebrar el cabildo abierto. Según un testigo, que escribió el 25 de mayo, sus palabras fueron: “aunque hubiera quedado un solo vocal de la Junta Central y arribase a nuestras playas, lo deberíamos recibir como a la soberanía [Fernando VII]”. Sin embargo, en su voto, reconoció la ya probable inexistencia de la Junta Central, por lo que propuso la continuidad del virrey “sin más novedad que la ser asociado [en sus funciones] […] con el “señor regente y [el] señor oidor de la Real Audiencia don Manuel Velazco”.[18]​ Castelli tomó la palabra para responderle al obispo y basó su argumentación en la doctrina de la retroversión de la soberanía de los pueblos que ya había empleado en la defensa de Paroissien. Insistía con la idea de que, a falta de una autoridad legítima, la soberanía regresaba al pueblo y este debía gobernarse a sí mismo. Más adelante se impuso la idea de destituir al virrey, pero como Buenos Aires no tenía autoridad para decidir unilateralmente la nueva forma de gobierno, se elegiría a un gobierno provisorio, en tanto se solicitaban diputados a las demás ciudades para tomar la decisión definitiva. Sin embargo, hubo diferencias sobre quién debía ejercer ese gobierno provisorio: algunos sostenían que debía hacerlo el cabildo, y otros que debía elegirse una junta de gobierno. Para unificar criterios, Castelli se plegó a la propuesta de Saavedra de formar una junta, pero con el añadido de que el síndico procurador del cabildo, Julián de Leyva, tuviese voto decisivo en su formación. Con esto buscaba sumar a los antiguos partidarios de Álzaga, como Mariano Moreno, Domingo Matheu y el propio Leyva.[19]

Sin embargo, la reiteración de votos favorables a la incorporación del síndico dio a éste la oportunidad de realizar una maniobra que Castelli no había previsto: aunque se había aprobado el cese de Cisneros como virrey, Leyva conformó una junta de gobierno con Cisneros como presidente, quien de dicha forma conservaría el poder. Los otros miembros habrían sido el cura Juan Nepomuceno Solá, el comerciante José Santos de Inchaurregui, del partido español, y Saavedra y Castelli en representación de los criollos. El grueso de los criollos rechazó el proyecto: no aceptaban que Cisneros permaneciera en el poder ni siquiera bajo otro título; desconfiaban de las intenciones de Saavedra y estimaban que Castelli, solo en la junta, poco y nada podría lograr.[20]

Castelli y Saavedra juraron su incorporación a la junta pero renunciaron ese mismo día, y la Junta organizada por Leyva no llegó a gobernar.

Mariano Moreno compartía varios puntos de vista con Castelli.

Esa misma noche los dirigentes criollos ―entre los que se encontraban Domingo French, Feliciano Antonio Chiclana y Eustoquio Díaz Vélez― se reunieron en la casa de Rodríguez Peña y redactaron una lista de integrantes para una junta de gobierno que se presentó el 25 de mayo, mientras que French, Beruti, Donado y Aparicio ocuparon con gente armada la plaza y sus accesos. La lista agrupaba a representantes de las distintas extracciones de la política local. Lezica informó finalmente a Cisneros que había dejado de mandar. En su lugar asumió la Primera Junta presidida por Cornelio Saavedra.

Castelli encabezó junto a Mariano Moreno las posturas más radicales de la Junta. Ambos se habían vuelto amigos íntimos y se visitaban a diario. Julio César Chaves los describió de la siguiente manera:

Apasionados al extremo, leales hasta el sacrificio con el amigo o el correligionario, e implacables en su oposición al enemigo; decisión firme, santa, al servicio de una causa imponderable y noble; valor moral, conciencia de la responsabilidad; energía, tenacidad e indeclinable resolución en el servicio: Juan José Castelli y Mariano Moreno.
(Chaves, 1957, p. 158)

Como ambos compartían los ideales rousseaunianos y la determinación de tomar las medidas más extremas en favor de la revolución, se les adjudicó el calificativo de «jacobinos».

Una de las primeras medidas de Castelli en la Junta fue la expulsión de Cisneros y los oidores de la Real Audiencia de Buenos Aires, que fueron embarcados rumbo a España con el pretexto de que sus vidas correrían peligro.

El fusilamiento de Liniers[editar]

Santiago de Liniers, fusilado tras organizar una contrarrevolución contra la Primera Junta.

Al conocer las noticias del cambio de gobierno en Buenos Aires por una Junta, el exvirrey Santiago de Liniers preparó una contrarrevolución en la ciudad de Córdoba. El jefe del Ejército Auxiliar del Perú , Francisco Ortiz de Ocampo, capturó a todos los cabecillas. La orden del 17 de julio de 1810 era traerlos a Buenos Aires, pero tras su captura se decidió condenarlos a muerte. Dicha decisión se tomó en una resolución firmada por todos los integrantes de la Junta, excepto Manuel Alberti, que por ser sacerdote no podía dar conformidad a la pena capital. La medida firmada el 28 de julio no fue aceptada en Córdoba, y Francisco Ortiz de Ocampo y Feliciano Chiclana decidieron proseguir con las órdenes originales de enviar a los prisioneros a Buenos Aires.

El 18 de agosto, la Junta ratificó la orden, aunque excluyendo al obispo de Córdoba Rodrigo de Orellana quien, en cambio, fue sentenciado a destierro. Castelli fue comisionado por la Junta para cumplir la ejecución que el general no había obedecido. Mariano Moreno le dijo: «Vaya usted, Castelli, y espero que no incurrirá en la misma debilidad que nuestro general; si todavía no cumpliese la determinación, irá Larrea, y por último iré yo mismo si fuese necesario».[21]

Entre sus colaboradores para la misión, Castelli eligió a Nicolás Rodríguez Peña como secretario, a su antiguo cliente Diego Paroissien como médico de campaña y a Domingo French como jefe de una pequeña escolta del regimiento Estrella.

Al amanecer del domingo 26 de agosto de 1810, el comandante Domingo French llegó a la Esquina de Lobatón, en la frontera entre Córdoba y Santa Fe, donde acampaba la columna que trasladaba a los prisioneros y reemplazó en el mando al capitán Garayo. A las diez los prisioneros llegaron a un lugar llamado Cabeza de Tigre donde encontraron al teniente coronel de húsares Juan Ramón Balcarce quien separó a los reos de sus equipajes y ordenó que se internaran en un bosque vecino llamado Monte de los Papagayos. Allí estaban Castelli y Rodriguez Peña al frente de una compañía de húsares ya formada. Castelli leyó la sentencia, que excluyó al obispo Rodrigo de Orellana que fue desterrado a la Guardia del Luján (actual Mercedes, provincia de Buenos Aires), y les otorgó tres horas para confesarse y escribir a sus familiares, plazo que extendió una hora más. A las dos y media de la tarde Balcarce ejecutó la sentencia. French se encargó de rematar a los que aun estaban vivos. Castelli ordenó que se los enterrara en una zanja lindera a la iglesia de Cruz Alta.[22]

Bando realista llamando a desconocer a la Primera Junta.

Tras fusilar a Liniers y a los otros contrarrevolucionarios cordobeses, Castelli regresó brevemente a Buenos Aires y se reunió con Moreno. Este lo felicitó por su proceder y el 6 de septiembre de 1810, la Junta Provisional Gubernativa lo nombró vocal representante de la Junta, con plenos poderes para dirigir las operaciones del ejército.[23]​ También le entregó instrucciones, entre ellas poner las administraciones en manos patriotas, ganar el favor de los indios, y arcabucear al gobernador de Chuquisaca -Vicente Nieto-, al gobernador de Potosí -Francisco de Paula Sanz-, al general José Manuel de Goyeneche y al obispo de La Paz -Remigio La Santa y Ortega-. También se le encargó sumar al Ejército Auxiliar a "todos los soldados patricios que encuentre en el camino fugitivos del Perú" [Art. 7], enviados en 1809 por el virrey Cisneros, al mando de Vicente Nieto, para reprimir los movimientos juntistas de Chuquisaca y La Paz.[24]

(Ver Instrucciones a Castelli)

La campaña al Alto Perú[editar]

Ocampo y Chiclana fueron apartados de sus cargos. Juan José Castelli no fue bien recibido en Córdoba, en donde los fusilados eran populares, pero sí en San Miguel de Tucumán. En Salta, pese a ser bien aceptado, tuvo dificultades para obtener tropas, mulas, víveres, dinero o artillería.

Asumió el mando político de la Primera expedición auxiliadora al Alto Perú, reemplazó a Hipólito Vieytes, destinado a otras funciones, y a Ocampo por el coronel Antonio González Balcarce. En Salta recibió noticias de que Cochabamba había adherido al movimiento patriótico, aunque enfrentando fuerzas realistas provenientes de La Paz. Tenía también en su poder una carta de Nieto para Gutiérrez de la Concha, ya fusilado, donde relataba que un ejército realista dirigido por Goyeneche avanzaba sobre Jujuy.

Balcarce, en camino a la Villa Imperial de Potosí, fue rechazado por las fuerzas de José Córdoba y Rojas en la batalla de Cotagaita, lo que motivó a Castelli a enviar doscientos hombres y dos cañones a marchas forzadas para reforzarlos. Con dichas fuerzas Balcarce logró la victoria en la batalla de Suipacha, primer triunfo de las fuerzas revolucionarias argentinas, que les permitió controlar todo el Alto Perú sin oposición.

En Potosí, uno de los sitios más prósperos del Alto Perú, un cabildo abierto reclamó a José Manuel Goyeneche que se retirase del territorio, a lo cual debió acceder ya que no contaba con las fuerzas suficientes para imponerse. El obispo de La Paz, Remigio La Santa y Ortega, huyó junto a él.

Castelli fue recibido en Potosí, en donde exigió a la Junta un juramento de obediencia y la entrega de Francisco de Paula Sanz y del general José de Córdoba, quienes fueron fusilados. En su marcha hacia Potosí, luego de la batalla de Suipacha, el ejército auxiliar fue incorporando oficiales y soldados del regimiento Patricios que Nieto había llevado al Alto Perú en 1809 y que en junio de 1810, sospechando de su lealtad, los disgregó en otros regimientos con excepción de unos 50 o 60 individuos, elegidos por sorteo, que los envió a trabajar en las minas de Potosí. A los pocos meses solo dos tercios lograron sobrevivir al trabajo insalubre en los socavones. Este castigo produjo un gran malestar en Buenos Aires por lo que la Junta Provisional Gubernativa introdujo una clausula especial en las instrucciones dadas a Castelli para que todos estos soldados fueran incorporados al ejército auxiliar a medida que fueran apareciendo. A su vez, la Gaceta del 6 de septiembre de 1810, no ahorró improperios contra Nieto:

Este vejamen inaudito ha sido un desahogo propio del soez, del incivil, del indecente viejo Nieto. Este hombre asqueroso [...].(Fitte, 1961, p. 464)

Balcarce consideró "interesante" que los sobrevivientes de las minas repararan el agravio sufrido y con los que estaban en mejores condiciones organizó una partida bien armada y con las mejores cabalgaduras para que salieran en persecución de Nieto. Como ayuda complementaria envió por separado baqueanos de la zona que por senderos desconocidos debían localizar a los fugitivos. En las cercanías de Oruro, en la aldea de San Antonio de Lipes, Nieto fue capturado y conducido a Potosí.

Por su parte, Goyeneche y el obispo paceño también fueron condenados, pero la sentencia no llegó a ejecutarse ya que se encontraban a salvo en tierras realistas. Bernardo Monteagudo, preso en la Real Cárcel de la Corte de Chuquisaca por su participación en la fracasada revolución de 1809, se enteró del acercamiento del ejército y logró fugarse para poder unirse a sus filas. Castelli, que ya conocía los antecedentes de Monteagudo, no dudó en nombrarlo su secretario.

Instaló su gobierno en Chuquisaca, desde donde presidió el cambio de régimen en todo el Alto Perú. Proyectó la reorganización de la Casa de Moneda de Potosí, planeó la reforma de la Universidad de Charcas y proclamó el fin de la servidumbre indígena en el Alto Perú, anulando el tutelaje y otorgándoles calidad de vecinos y derechos políticos iguales a los de los criollos. También prohibió que se establecieran nuevos conventos o parroquias, para evitar la práctica frecuente de que, bajo la excusa de difundir la doctrina cristiana, los indios fueran sometidos a servidumbre por las órdenes religiosas.

Autorizó el libre comercio y repartió tierras expropiadas entre los antiguos trabajadores de los obrajes. El decreto fue publicado en español, guaraní, quechua y aimara; y también se abrieron varias escuelas bilingües. Festejó el 25 de mayo de 1811 en Tiahuanaco con los caciques indios, donde rindió homenaje a los antiguos incas, incitando a los pobladores a revelarse en contra de los españoles. Sin embargo a pesar del acogimiento recibido, Castelli era consciente de que la mayor parte de la aristocracia lo apoyaba debido al temor que les provocaba el ejército auxiliar, más que por un auténtico apoyo a la causa de Mayo.

Las órdenes recibidas de la Junta fueron ocupar con criollos todos los cargos de importancia y quebrar la alianza entre la élite criolla y la española. Entre otras, se le ordenaba que

no quede un solo europeo, militar o paisano, que haya tomado las armas contra la capital.

En noviembre de 1810 envió a la Junta un plan: cruzar el río Desaguadero, frontera entre el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú, y tomar el control de las intendencias peruanas de Puno, Cuzco y Arequipa. Castelli sostenía que era urgente sublevarlas contra Lima, la capital del virreinato perunano, ya que su economía dependía en gran medida de dichos distritos y si perdía su poder sobre ellos, el principal baluarte realista se vería amenazado. El plan fue rechazado por considerárselo demasiado temerario y se le requirió a Castelli atenerse a las órdenes originales. Castelli obedeció lo ordenado.[25]

En diciembre envió a 53 españoles al destierro en Salta y sometió la decisión a aprobación de la Junta. El vocal Domingo Matheu, que tenía tratos comerciales con Salvador Tulla y Pedro Casas, gestionó la anulación del acto, aduciendo que Castelli habría actuado influido por calumnias y acusaciones infundadas. «Siento que por cuatro borrachones se tratase de descomponer una obra tan grande como la que tenemos para coronar».[26]

En cambio, el médico Juan Madera, integrante del ejército de Castelli, no compartió el criterio de la Junta:

Sucedió que fueron perdonados y mandados volver a Potosí por orden del gobierno de Buenos Aires contra el sentimiento de todos los buenos patriotas y con notable perjuicio de la causa pública; pues en el mes de mayo de 1811 formaron estos una horrorosa conspiración, en que fueron sorprendidos en el lugar que llaman el Beaterío de Copacabana, habiendo hecho fuego y resistencia y estos individuos no se castigaron y lo mismo sucedió en Charcas con los expatriados europeos enemigos y lo mismo hubiera sucedido con los insurgentes Sanz, Nieto y Córdova, si don Juan José Castelli no los hubiera ejecutado
Juan Madera. Declaración juicio de Residencia iniciado a Saavedra (1813) en (De Gandía, 1960, p. 328)

El apoyo a Castelli comenzaba a disminuir en la población realista y criolla, principalmente por el buen trato dado a los indios y la actitud hostil que el secretario de Castelli, Bernardo Monteagudo, tenía hacia la Iglesia por su postura contraria a la independencia, actitud que Castelli también hizo manifiesta en el Alto Perú. Tanto los realistas de Lima como los saavedristas en Buenos Aires los comparaban a ambos con Maximilien Robespierre. El Deán Funes los consideraba «esbirros del sistema robesperriano de la Revolución francesa».[27]

Por su parte, en Buenos Aires, Moreno ya había sido alejado de la Junta, que con la incorporación de los diputados del interior se transformó en la Junta Grande. Sin que Castelli estuviera en Buenos Aires para mediar entre ellos, las disputas entre morenistas y saavedristas habían recrudecido. La Junta le reclamaba a Castelli que moderara sus acciones, pero este siguió adelante con las posturas que compartía con Moreno.

Varios oficiales saavedristas —entre ellos José María Echaurri, José León Domínguez, Matías Balbastro, el padre capellán Manuel Antonio Azcurra y el sargento mayor Toribio de Luzuriaga— planearon secuestrar a Castelli y también a Balcarce, remitirlos a Buenos Aires para juzgarlos y otorgar el mando del Ejército del Norte a Juan José Viamonte. Sin embargo, Viamonte no se prestó a dicho plan cuando le fue informado por los complotados ni informó a sus superiores. El plan no llegó a ejecutarse.[28]

Les escribió a Vieytes, Rodríguez Peña, Juan Larrea y Miguel de Azcuénaga solicitándoles que viajasen al Alto Perú y que —tras la derrota de Goyeneche— marcharían sobre Buenos Aires, pero la carta —enviada por el servicio de postas— fue interceptada por el jefe de correos de Córdoba, José de Paz, que la envió a Saavedra.

La batalla de Huaqui[editar]

General realista José Manuel de Goyeneche, vencedor en la batalla de Huaqui.

La orden de la Junta de no avanzar sobre el Virreinato del Perú produjo un armisticio de hecho, que duraría mientras Manuel de Goyeneche no atacase. Juan José Castelli procuró convertir la situación en un acuerdo formal, lo cual implicaría el reconocimiento de la Junta como un interlocutor legítimo. Goyeneche aceptó firmar un armisticio por 40 días, hasta que Lima se expidiera y utilizó ese tiempo para reforzarse. El 19 de junio, con dicha tregua aún en vigencia, una avanzada realista de exploración cruzó el río Desaguadero y ocurrió un breve combate cerca de la quebrada de Yuraicoragua. Castelli declaró roto el armisticio.[29]

El ejército de Goyeneche cruzó el río Desaguadero el 20 de junio de 1811, iniciando la batalla de Huaqui. El Ejército del Norte aguardaba cerca de Huaqui, entre la pampa del Azafranal y el lago Titicaca. El flanco izquierdo patriota, comandado por Eustoquio Díaz Vélez, afrontó el grueso de las fuerzas realistas, mientras que el centro fue arrollado por los soldados del realista Pío Tristán. Los coroneles Viamonte y Díaz Vélez, enfrentados políticamente, se negaron a colaborar entre sí, y hubo numerosas deserciones y cambios de bando en las fuerzas reunidas en el Alto Perú.[29]

Aunque las bajas del Ejército Auxiliador no fueron sustanciales, este se dejó ganar por el terror y se desbandó. Los habitantes del Alto Perú abandonaron a los revolucionarios y abrieron las puertas de sus ciudades a los realistas, de modo que el ejército tuvo que abandonar rápidamente las provincias altoperuanas.[29]

Si la persecución no fue un desastre y los invasores no atacaron rápidamente las provincias del Río de la Plata, fue por la heroica resistencia de Cochabamba. Castelli llegó hasta la Posta de Quirbe el 26 de agosto de 1811, y allí recibió órdenes de bajar hacia Buenos Aires para su enjuiciamiento. Sin embargo, cuando se enteró de tales órdenes, ya habían sido reemplazadas por otras: Castelli debía quedar confinado en Catamarca, mientras el propio Saavedra se haría cargo del ejército del Norte. Pero poco después de abandonar Buenos Aires, Saavedra fue depuesto en su cargo y confinado a San Juan mientras el Primer Triunvirato asumía el gobierno, reemplazando a la Junta Grande. Castelli fue nuevamente requerido en Buenos Aires.

Juicio y muerte[editar]

Una vez en Buenos Aires, Juan José Castelli quedó en una situación de soledad política. El Triunvirato y el periódico la Gazeta de Buenos Aires lo acusaban de la derrota en Huaqui y buscaron realizar un castigo ejemplificador, mientras que el antiguo partido de la independencia se encontraba dividido entre quienes se habían unido a las corrientes del Triunvirato y quienes ya no gozaban de poder efectivo.

El juicio tardó en iniciarse, por lo que en enero de 1812 reclamó que se realizara con rapidez. Dos semanas después recusó al juez Echeverría, antiguo abogado de Liniers. Por ese entonces supo que padecía un cáncer de lengua, que le dificultaba progresivamente el habla.

El proceso no dejaba en claro si era un juicio político o un juicio militar, ni cuál era la acusación exacta sobre Castelli.[30]​ Las preguntas formuladas no analizaban sólo su responsabilidad en la derrota de Huaqui, sino también otros temas como si «mantuvo trato carnal con mujeres, se entregó al vicio de bebidas fuertes o al juego». Bernardo de Monteagudo fue el principal defensor de Castelli. Nicolás Rodríguez Peña también lo defendió:

Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque así estábamos comprometidos a obrar todos. Cualquier otro, debiéndole a la patria lo que nos habíamos comprometido a darle, habría obrado como él... Repróchennos ustedes que no han pasado por las mismas necesidades... Que fuimos crueles. ¡Vaya con el cargo! Mientras tanto, ahí tienen ustedes una patria que no está ya en el compromiso de serlo. La salvamos como creímos que había que salvarla... nosotros no vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos. Arrójennos la culpa a la cara y gocen los resultados... nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres.
Nicolás Rodríguez Peña[31]

Afectado por un cáncer de lengua, Castelli falleció el 12 de octubre de 1812, con el juicio aún abierto. Momentos antes de su deceso pidió papel y lápiz, y escribió

Si ves al futuro, dile que no venga.

Tuvo un pequeño y modesto entierro en la iglesia de San Ignacio, en la ciudad de Buenos Aires, sin honras oficiales.

Tras su muerte, la viuda María Rosa Lynch debió vender su chacra para pagar deudas y pasó años reclamando los sueldos impagos a su difunto esposo. Dicha suma ascendía a 3.378 pesos, que se terminaron de pagar 13 años después. La causa abierta en su contra jamás fue sentenciada.

Homenajes[editar]

Monumento a Juan José Castelli en la Plaza Constitución, ciudad de Buenos Aires.

Una de las características que se suelen destacar de Juan José Castelli son sus capacidades de oratoria y se lo suele conocer como «el Orador de Mayo» o «el Orador de la Revolución».

En la novela La revolución es un sueño eterno, de Andres Rivera, un Castelli que recuerda los días en que lo nombraron «orador de la revolución», vive sus últimos días con un cáncer que le lacera la lengua. El personaje de Castelli escribe en su cuaderno de tapas rojas sus recuerdos de la revolución, sus discusiones con revolucionarios y traidores, siempre desde la tristeza de ver peligrar la revolución y el proyecto de país que había gestado junto con Moreno, Belgrano y Monteagudo.

El siguiente es un fragmento que muestra una forma particular de acercamiento a la historia de Castelli y la Revolución de Mayo:

Castelli sabe, ahora, que habló por los que no lo escucharon, y por los otros, que no conoció, y que murieron por haberlo escuchado. Castelli sabe, ahora, que el poder no se deshace con un desplante de orillero. Y que los sueños que omiten la sangre son de inasible belleza.

Tres localidades argentinas, ubicadas en las provincias de Chaco, Buenos Aires y La Rioja, recuerdan al orador de Mayo.

Muchas localidades lo honran con el nombre de sus calles y plazas. Cabe destacar que la calle Castelli de Buenos Aires no parece guardar proporción con la importancia histórica del homenajeado, ya que tiene apenas cuatro cuadras de longitud. Empero los porteños también honran su memoria con un monumento levantado en la Plaza Constitución.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Chaves, 1944, p. 27-33.
  2. Chaves, 1944, p. 40.
  3. De Gori, 2009, p. 173.
  4. Thibaud, 2015, p. 39-60.
  5. Chaves, 1944, p. 43-44.
  6. a b Luna, 2001, p. 16-19.
  7. Tjarks, 1962, p. 141-143.
  8. Seoane, 1992, p. 215.
  9. Chaves, 1944, p. 50.
  10. Luna, 2001, p. 20-21.
  11. Luna, 2001, p. 25-26.
  12. Luna, 2001, p. 33-36.
  13. Lozier Almazán, 1994, p. 287.
  14. Luna, 2001, p. 41-43.
  15. Luna, 2001, p. 43-44.
  16. Luna, 2001, p. 54-57.
  17. Luna, 2001, p. 73-74.
  18. Marfany, 1981, p. 46-47 y 55.
  19. Luna, 2001, p. 74-78.
  20. Luna, 2001, p. 78-81.
  21. Luna, 2001, p. 93-95.
  22. Groussac, 1901, p. 404-407.
  23. Biblioteca de Mayo, 1963, p. 12921.
  24. Soux, 2010, p. 16.
  25. Luna, 2001, p. 107-110.
  26. Domingo Matheu, Memorias, tomo II, Buenos Aires, Biblioteca de Mayo de 1966
  27. Pigna, 2007, p. 281.
  28. Pigna, 2007, p. 293.
  29. a b c Ferla, Salvador (1977). «Huaqui, el desastre inicial». Revista Todo es Historia (125). 
  30. Luna, 2001, p. 136-139.
  31. Andrés Rivera (Junio de 1990). Página 12, ed. «La vida es sueño». Archivado desde el original el 13 de octubre de 2009. Consultado el 29 de agosto de 2009. 

Bibliografía[editar]

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Enlaces externos[editar]


Predecesor:
Hipólito Vieytes
Representante de la Junta de Buenos Aires en el Ejército Auxiliar del Alto Perú
1810-1811
Sucesor:
Cargo abolido
  1. «Perspectivis». www.perspectivis.com. Consultado el 15 de septiembre de 2016.