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Juan José Castelli

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Juan José Castelli
Castelli.jpg

Vocal de la Junta de Gobierno
24 de mayo de 1810-24 de mayo de 1810

Vocal de la Primera Junta y de la Junta Grande
25 de mayo de 1810-22 de septiembre de 1811
Predecesor Hipólito Vieytes
Sucesor se abolió el cargo

Representante de la Primera Junta en el Ejército Auxiliar del Perú
6 de agosto de 1810-20 de julio 1811

Información personal
Nacimiento 19 de julio de 1764
Buenos Aires,
Gobernación del Río de la Plata,
Virreinato del Perú Bandera del Imperio español (entonces parte del Imperio español, actualmente Argentina).
Fallecimiento 12 de octubre de 1812 (48 años).
Buenos Aires,
Provincias Unidas del Río de la Plata Bandera de Argentina
Causa de la muerte Cáncer Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Argentina
Partido político Carlotismo Ver y modificar los datos en Wikidata
Educación
Educado en
Información profesional
Ocupación Político, periodista y abogado Ver y modificar los datos en Wikidata
Firma Firma de Castelli.jpg

Juan José Antonio Castelli (Buenos Aires, 19 de julio de 1764 - ibídem, 12 de octubre de 1812) fue un abogado y funcionario del Virreinato del Río de la Plata. Participó activamente en el movimiento juntista que se produjo en Buenos Aires en el mes de mayo de 1810. Por su discurso en el Cabildo Abierto del día 22 se le atribuyó el sobrenombre de «el Orador de Mayo». Fue designado por el Cabildo como vocal de la efímera junta de gobierno del 24 de mayo y de la Primera Junta de gobierno de la actual República Argentina.

Fue también el representante de la Junta en el Ejército Auxiliar del Perú. Tras la derrota en la batalla de Huaqui, el 20 de junio de 1811, fue destituido y se le ordenó regresar a Buenos Aires, donde el llamado Primer Triunvirato le inició un juicio que nunca finalizó, ya que falleció durante el proceso debido a un cáncer en la lengua.

Familia y educación[editar]

Juan José Castelli nació en Buenos Aires, el 19 de julio de 1764, en ese entonces parte integrante del Virreinato del Perú. Fue el primero de los ocho hijos del médico veneciano Ángel Castelli Salomón y María Josefa Villarino. A través de su abuela materna estaba emparentado con Manuel Belgrano, de quien era su primo segundo.

El 17 de febrero de 1779, Castelli ingresó al prestigioso Real Colegio de San Carlos, institución que había iniciado su actividad docente seis años antes. Lo hizo en el curso de Lógica. Una vez aprobado, al año siguiente, ingresó al curso de Física pero al final del periodo lectivo su nombre no figuró entre los egresados.[Libro de Matrícula Colegio San Carlos 1773-1818, BNBA, manusc. 2157, t. I] Según una tradición familiar, un pariente rico había dispuesto en su testamento un legado o manda para un hijo del matrimonio Castelli que quisiera ordenarse de sacerdote. Para aprovechar esta oportunidad, los padres decidieron que Juan José fuera a estudiar a Córdoba, en el famoso Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, que dependía de la Universidad Real de Córdoba del Tucumán y a donde convergían alumnos de distintos lugares del virreinato. Como el nombre lo indica, era un colegio donde los alumnos podían vivir mientras estudiaban. Para ingresar, Castelli cumplió con los requisitos de ser cristiano viejo, estar limpio de toda sangre de herejes y ser hijo de matrimonio legítimo. Fueron sus compañeros: Pedro y Mariano Medrano, Manuel Alberti, Juan Ignacio y José Ignacio Gorriti, Nicolás Laguna, José Gaspar Francia. También compartió el colegio con Saturnino Rodríguez Peña y Antonio de Esquerrenea que serán sus amigos toda la vida.

Durante los años 1781 y 1782 Castelli cursó las materias de gramática y latinidad. En febrero de este último año, el colegio Monserrat se trasladó al edificio donde funcionará desde entonces hasta la actualidad. Castelli fue uno de los alumnos que inauguró esa nueva sede. Una vez completado este ciclo pasó al universitario cursando filosofía y teología durante tres años. Luego de permanecer cinco años en Córdoba, en octubre de 1785, volvió a Buenos Aires, con la decisión de no seguir la carrera sacerdotal por la que no sentía ninguna vocación.[1]

Por razones que no se conocen, Castelli no siguió los pasos de su primo Manuel Belgrano que fue enviado a continuar sus estudios a la Universidad de Salamanca en España. En octubre de 1786, Belgrano desembarcó en La Coruña y al mes siguiente intentó inscribirse en Salamanca. Dos meses antes, en agosto de 1786, Castelli llegó a Chuquisaca y, tras aprobar el difícil examen de ingreso, juró como recipiendario ante el ministro director de la Real Academia Carolina de Practicantes Juristas de Charcas y demás autoridades. Una de las cuatro promesas que hizo fue: "[...] defender la sanción XV del Concilio Constantiense en que se proscribe el regicidio y el tiranicidio" lo que obligaba a los futuros doctores, no solo a defender y conservar la justicia, sino también la fidelidad al Rey.[2]​ Durante dos años estudió y realizó prácticas en la Real Academia Carolina, una institución para universitaria de asistencia obligatoria donde, mediante el método de estudio de "casos", los alumnos realizaban prácticas diarias en la que desempeñaban diversas funciones procesales. Esta institución había sido fundada en 1776 tras la expulsión de los jesuitas y constituía "un espacio donde se encontraban y tensionaban la Universidad y la administración política" lo que la constituía en un espacio libre del ámbito eclesiástico.[3]​ Castelli recibió una educación que estructuró su universo jurídico-conceptual en tres niveles: el primero fue el escolástico, basado en textos teológicos y políticos españoles: Vitoria, Francisco Suárez, etc.; el segundo fue una mezcla de saber técnico-jurídico con una práctica sobre casos reales. La base teórica de este nivel no abandonó el tradicional Código de Justiniano, la Recopilación de Leyes de las Indias, Juan de Solórzano Pereira, etc., lo novedoso fue la forma y los objetivos cómo se encaraban esos contenidos. El tercer nivel fue el Iluminismo. Los iluministas españoles, Feijoo, Campomanes o el napolitano Gaetano Filangieri eran consultados por alumnos y examinadores. El Espíritu de las Leyes de Montesquieu se citó con frecuencia en los alegatos, y su concepción de una monarquía constitucional que pudiera limitar el despotismo de los ministros tuvo muchos adherentes. La Ilustración estuvo "indudablemente de moda [...] en su versión elitista, como signo, código de reconocimiento entre gente cultivada, entre los hombres de buena compañía".[4]​ Todos estos conocimientos le permitieron a Castelli desempeñarse con eficacia en puestos administrativos y políticos.

En Córdoba, compartió el colegio con Domingo Belgrano, hermano de Manuel. En Chuquisaca estuvo con otro de los hermanos que también estudiaba allí: José Gregorio Belgrano. En las cartas, que tanto Domingo como José Gregorio, enviaban a su familia, aparecen noticias del primo Castelli, de los avances en sus estudios y los saludos que este enviaba a la familia Belgrano. El dinero y otros recursos requeridos por Juan José para solventar su estadía y educación en Chuquisaca fueron proporcionados por comerciantes de esa ciudad relacionados con Domingo Belgrano Pérez y que eran cancelados en Buenos Aires por el padrastro de Castelli, José Joaquín Terreros.[5]​ Entre marzo y abril de 1788, con 24 años de edad, regresó a Buenos Aires pasando por Potosí, ciudad donde pudo comprobar la enorme riqueza de los azogueros y la gran miseria de miles de indios que eran explotados en las minas.[6]​ Ya en Buenos Aires, se estableció como abogado, abriendo un estudio en la casa familiar. Representó a la Universidad de Córdoba en distintas causas, y a su tío Domingo Belgrano Peri. Su relación con Saturnino Rodríguez Peña se extendió a su hermano, Nicolás Rodríguez Peña y a su socio Hipólito Vieytes. La casa de Rodríguez Peña sería, posteriormente, la sede de reuniones frecuentes de los criollos revolucionarios.

En 1794 se casó con María Rosa Lynch y tuvieron como hijos a Ángela, Pedro (el futuro coronel), Luciano, Alejandro, Francisco José y Juana. A través de su cuñado, Justo Pastor Lynch, de importante fortuna, pudo relacionarse con altos funcionarios coloniales y clero.

Su desarrollo profesional le permitió comprar en agosto y tomar posesión el 7 de diciembre de 1798, de la chacra de 335 hectáreas que perteneciera al obispo Azamor y Ramírez en las afueras de la capital virreinal, en el actual barrio de Núñez a la que trasladó su vivienda después de algunos años, a principios de 1808. Eran sus vecinos en la zona, Cornelio Saavedra, Juan Larrea, Miguel de Azcuénaga y José Darregueira. En dicha chacra tuvo sembrados y una fábrica de ladrillos.

Actuación como funcionario colonial[editar]

Manuel Belgrano compartió con su primo Castelli la labor en el consulado y en el periodismo.

Quince años antes de la creación del consulado, los comerciantes de Buenos Aires lograron constituir una Junta que se formalizó como cuerpo representativo o corporación el 18 de mayo de 1779.[7]​ Constituuían un grupo heterogéneo que se diferenciaban:

a) por el lugar de residencia permanente (España, "golondrinas" y Buenos Aires) y,

b) por la actividad más importante a la que se dedicaban.

A estas características, y como variable dependiente de ellas, se agregaba el hinterland geográfico donde cada grupo desarrollaba su actividad y que, obviamente, afectaba en forma directa sus decisiones comerciales. Este último factor también dividió a los comerciantes entre si y a todos estos del grupo de los hacendados.[8]​ El 12 de septiembre de 1791, a pedido de los hacendados, el virrey Arredondo publicó un bando que aumentó los controles sobre el mercado de los cueros: prácticas de acaparamientos, ventas sin marca o robados, e impuso penas más severas a los infractores. Los comerciantes protestaron por la posibilidad de perder un embarque que tuviera un solo cuero fuera de regla o que apoderados de los hacendados pudieran inspeccionar sus depósitos y, en general, por la intromisión del gobierno y terceros, en un ámbito que era exclusivo de la corporación que a su vez se atribuía la representación de los intereses no solo de los comerciantes sino de toda la comunidad y de la misma Corona. El conflicto entre las partes se mantuvo pese a que el virrey atenuó algunas de las penas y una orden real de que la Real Audiencia interviniera en el asunto.

En forma paralela, e independiente del bando de Arredondo, la Corona sancionó la Real Cédula del 24 de noviembre de 1791 que autorizó la importación de esclavos y que el retorno pudiera hacerse con frutos del país lo que generó otro reclamo de la corporación diciendo que los cueros no podían ser considerados como frutos del país. La realidad era que esta nueva situación afectaba a los "comerciantes cargadores o mayoristas" porque debían competir en el mercado de cueros con los comerciantes esclavistas cuyos intereses coincidían y se complementaban más con la de los productores o hacendados. La presión que ejercieron los comerciantes cargadores para que se creara un Consulado que defendiera sus intereses y los representara directamente ante la Corona coincidió con la política del gobierno central de controlar América mediante lo que se ha llamado "centralización corporativa". Esta política consistía en la institucionalización de individuos con intereses semejantes, a los que se otorgaban reconocimiento y visibilidad para negociar con la Corona, en especial el cobro de impuestos, préstamos y donativos, en un momento de permanentes conflictos bélicos internacionales y modificaciones importantes en la economía occidental por el cambio ["take off"] del capitalismo que encabezaba Inglaterra. De esta manera, la Corona estableció, en 1793, consulados en Caracas y Guatemala, en 1794 en Buenos Aires y La Habana y en 1795 en Veracruz, Chile, Guadalajara y Cartagena de Indias.

En 1794 regresó Manuel Belgrano de sus estudios en Europa, con el cargo de secretario perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires.

El 15 de octubre de 1795, invocando razones de salud, Belgrano solicitó al monarca el nombramiento de Castelli como secretario interino del consulado. El 6 de marzo del año siguiente, una orden real comunicó la aceptación de esa solicitud y nombró a Castelli como exclusivo sustituto de Belgrano. Esta orden real llegó a Buenos Aires a fines de julio de 1796, casi simultáneamente con el retorno de Belgrano desde la Banda Oriental a donde se había retirado por prescripción médica. Esto no apaciguó la crisis que se venía dando dentro del Consulado. En noviembre de 1796, llegaron dos nuevas órdenes reales. La primera se refería a la reducción de los sueldos de los funcionarios del consulado salvo el del secretario, que se mantuvo. La segunda orden autorizó a Belgrano a tomarse un año de licencia con goce de sueldo, para viajar a España, determinando el monarca que el cargo quedara en manos del doctor Castelli. La disparidad de criterios y la lucha interna dentro del Consulado pretendió incumplir o modificar esta orden. El consiliario Antonio García López propuso aceptar la disposición pero adujo que Castelli no debería recibir “premio ni extipendio alguno” por la tarea a desempeñar. Otros propusieron que Belgrano actualizara los certificados médicos sobre su estado de salud porque, por su “aspecto externo”, no parecía estar enfermo y los informes médicos que presentaba no tenían la correspondiente certificación. Juan Esteban de Anchorena fue más lejos aún. Adujo que Castelli ejercía su oficio de abogado, con estudio abierto, y era pariente del secretario, tutor de su herencia, apoderado general de los albaceas de su padre y defensor del mismo en los juicios que se habían y/o se estaban substanciando, algunos en el propio Consulado. Anchorena propuso a Juan Roxo, un escribiente que había ordenado el archivo, para suplir ese interinato pero la votación favoreció a Castelli confirmando así que se desempeñaría como interino cada vez que Belgrano se ausentara de sus funciones.[9]

Dos años después tuvo lugar un conflicto entre el Cabildo y el Consulado durante la elección de los integrantes del Cabildo de Buenos Aires para el año 1799. Desde tiempo atrás, el Cabildo de Buenos Aires sufría la carencia de "sujetos hábiles e idóneos" para los cargos consejiles debido a que los posibles candidatos, para eludir lo que llamaban "carga", se acogían a privilegios y exenciones de todo tipo para eludirlos. Esto se acrecentó con la creación del Consulado que demandó puestos de prior, cónsules, síndico, tenientes y otros empleados. Además existían casos de vecinos que, usando "informaciones falsas, [...] habían logrado del Soberano o de la Real Audiencia [...] ser declarados libres de desempeñar oficios consejiles", pero que luego aceptaron desempeñar los empleos consulares.[10]

En este contexto fue que el alcalde de primer voto, Antonio García López, propuso a Castelli como regidor tercero. También fueron propuestos Antonio de la Cagijas, dueño de barracas en el puerto, y Tomás Antonio Romero, importante traficante de esclavos. Todos eran funcionarios interinos del Consulado. Rápidamente, esta institución se opuso mediante una representación ante el virrey Avilés con el argumento de que los tres citados debían permanecer "expeditos" o libres para sustituir inmediatamente a los respectivos titulares.[11]​ El virrey derivó la representación al cabildo.

El pleito duró tres meses, hasta que finalmente el virrey aceptó el dictamen del síndico procurador del Cabildo Cornelio Saavedra que decía que la exoneración no correspondía cuando no se estaba desempeñando efectivamente el cargo consular, y rechazó la pretensión del Consulado. Por orden real, en mayo de 1800, el monarca confirmó lo actuado por el virrey. Mucho antes Castelli se había excusado de asumir dicho cargo, ya que las funciones del Consulado ocupaban todo su tiempo. Esto fue considerado como un insulto por algunos miembros del Cabildo, entre ellos Martín de Álzaga.

Este era el contexto general al momento en que Belgrano y Castelli desempenaron sus cargos en el Consulado. Las ideas innovadoras que ambos sostenían desde el punto económico encontraron resistencias y apoyos en los diferentes grupos que integraban esa corporación. Un caso importante sucedió el 4 de marzo de 1797 cuando a pedido del conde de Liniers se otorgó la Real Orden (en adelante RO) para comerciar frutos con las colonias extranjeras. Estos no debían ser los que se exportaban a la metrópoli y los que se importaban de ellas tampoco debían ser similares a las que se producían en España. Como incentivo la Corona los liberó de pagar derechos. Cuando llegaron dos barcos procedentes de la isla Mauricio, algunos miembros del consulado se reunieron en Junta y solicitaron la intervención del Virrey porque aducían que habían traído productos no autorizados por la Real Orden de 1797. En una segunda reunión, que iba a tratar el mismo asunto, el consiliario Francisco Antonio de Escalada, un importante comerciante con gran conocimiento práctico del comercio en Buenos Aires, con el apoyo doctrinario de Belgrano y Castelli, leyó un escrito en defensa del libre comercio y contra la elite de los comerciantes ligados al sistema monopólico. Esta presentación ha sido considerada como antecedente de la Representación de los Hacendados escrita por Moreno en 1809. En su alegato, Escalada rechazó las interpretaciones fuera de contexto que hicieron los defensores del monopolio, que aunque eran "muchos no constituyen la mayoría", denunció a los que tenían intereses particulares con el comercio de Lima, La Habana y Cádiz y el perjuicio general que hacían al virreinato, tanto a los pobladores como al gobierno y como consecuencia a la Corona en cuanto a los recursos y prosperidad. En palabras de Escalada:

Nosotros no somos apoderados de Cádiz, de del de Lima, ni Habana, ni tenemos representación para reclamar sus fantásticos derechos. [Que pesan] sobre nosotros, ante nosotros y contra nosotros mismos. Así que cualquiera que lo haga bajo este especioso velo se pase [de bando], y desde ahora lo denuncio; que otro interés propio y particular es el que lo anima y no el común [de esta corporación] ni el ajeno [del pueblo y la Corona].(Bestene, 1985, p. 51)

El 31 de marzo de 1797, el Rey, siguiendo su política de "centralización administrativa", incorporó a los hacendados al Consulado. Esto puso término a lo que algunos historiadores denominan "etapa exclusivamente mercantil" del Consulado (1794-1797) y dio lugar a la última etapa denominada "transformación y declive" (1794-1809).[12]

Otra intervención de Castelli en materia económica se produjo el 4 de octubre de 1809 cuando el virrey Cisneros, aprovechando las discusiones generadas por la petición de dos comerciantes ingleses para desembarcar sus mercaderías, convocó a una reunión en el fuerte "inteligentemente seleccionada" para lograr la aprobación del libre comercio en general. El objetivo era solucionar el grave déficit que sufría la Tesorería, en especial por los movimientos juntistas del Alto Perú que cortaron las remesas de plata hacia Buenos Aires y el costo de ese "ejército" de milicianos, herencia de la ocupación inglesa de Buenos Aires. Cisneros acudió a Castelli, abogado de la Real Audiencia y que actuaba como su asesor particular, para que terminara de convencer "a los que ya estaban convencidos".[13]​ Castelli manifestó "con razones convincentes lo útil que era a la patria dar el comercio libre, no solo al inglés sino a todas la naciones que no estuvieran en guerra con nosotros [...] en atención a haberse conformado [a] todos los de la junta con el dictamen del dicho Castelli, el señor virrey declaró el libre comercio [...]".[14]

Actuación como periodista[editar]

Ejemplar del Telégrafo Mercantil, en donde se observa un soneto en honor del recién nombrado virrey Joaquín del Pino.

Las ideas de la Ilustración, en especial el saber práctico y utilitario para mejorar la calidad de vida, penetraron tardíamente en España por el aislamiento, las ideas tradicionalistas y la Inquisición peninsular. Pero fue la necesidad de sacar a España de su creciente atraso frente al desarrollo de las otras potencias europeas lo que hizo que los ministros y consejeros reales transformaran esas ideas en "política de Estado".[15]​ Los cambios económicos, sociales, administrativos y políticos "ilustrados" debían venir de arriba hacia abajo: "Todo por el pueblo pero sin el pueblo". En este contexto se creó, en 1776, el Virreinato del Río de la Plata; la Audiencia en 1785 y el Consulado de Buenos Aires, en 1794. El crecimiento demográfico, económico y burocrático de Buenos Aires dio lugar al nacimiento de una elite heterodoxa tanto dentro de la Iglesia como en los sectores laicos donde abundaron los abogados y otros letrados. Varios americanos españoles viajaron a España para estudiar: Manuel José de Lavardén(1770-1778), el Deán Gregorio Funes (1775-1779) y Manuel Belgrano (1786-1793). En 1783 se inauguró el Real Colegio de San Carlos a iniciativa del Virrey Vértiz y la conducción del canónigo reformista Juan Baltazar Maciel, poseedor de una amplia y ecléctica biblioteca que miembros de la elite podían consultar. Todos estos cambios no solo apuntaron a aumentar los recursos fiscales de la Corona, también se mejoraron las condiciones de vida de los habitantes: la salud a través de la institución del Protomedicato en 1780, la iluminación de las calles y la reutilización de la imprenta de los jesuitas abandonada en Córdoba que, a principios de 1780, fue trasladada por orden del virrey Vértiz a Buenos Aires y dada en propiedad a la Casa de los Niños Expósitos para la impresión de documentos gubernamentales o catones y cartillas usadas por la Ilustración católica.[16]

En este contexto, en septiembre de 1800 llegó a Buenos Aires, procedente de Lima, Francisco Antonio Cabello y Mesa, en camino a España. Con el pseudónimo de Jayme Bausate Mesa, había publicado, en Lima, el Diario de Lima, curioso, erudito, económico y comercial que apareció el 1 de octubre de 1790 pero la competencia del Mercurio peruano, que apareció a los dos meses con el importante apoyo de la Sociedad de Amantes del País limeña, determinó su decadencia y cierre tres años después. Debido a las dificultades para seguir su viaje a España y a problemas de salud, el 26 de octubre de 1800 solicitó al virrey Avilés una licencia para editar un periódico en Buenos Aires. Todo el trámite tuvo una rápida resolución por parte del virrey, la Audiencia y el Consulado a cargo interinamente de Castelli. Al mismo tiempo, Cabello y Mesa propuso la fundación de una Sociedad Patriótica-Literaria y Económica o Real Sociedad Universal inspirándose en las existentes en Madrid, Oviedo, Vera y otras ciudades españolas. Con fecha 30 de marzo de 1801, el Consulado comisionó a Belgrano para que colaborara en la formación de dicha entidad. Cabello y Mesa pensaba que:

Los que entren en esta Sociedad, han de ser españoles nacidos en estos reinos o en los de España, cristianos viejos y limpios de toda mala raza pues no se han de admitir en ella ningún extranjero, negro, mulato, chino, zambo, cuarterón o mestizo [...] porque se ha de procurar que esta Sociedad Argentina(sic) se componga de hombres de honrados nacimientos y buenos procederes [...].(Telégrafo Mercantil, 1801, p. 11 Nª 2)

Estos miembros "de profunda erudición" serían la fuente de conocimientos que se volcaría en el periódico. Cabello y Mesa recurrió a Miguel de Azcuénaga para que lo ayudara a confeccionar la lista de candidatos. En la comisión directiva de la futura Sociedad, en la que Cabello y Mesa se adjudicó el puesto de director y fundador, figuraron relevantes funcionarios de la administración colonial: Belgrano como secretario, Julián de Leyva y Castelli como censores, entre otros. De todas formas, la Sociedad nunca logró constituirse y, un año después, el 12 de abril de 1802, la Corona, si bien autorizó la subscripción de 19 ejemplares que hizo el Consulado ordenó que no le prestaran ninguna ayuda. El 1 de abril de 1801 se publicó el primer número de El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata. Los artículos misceláneos del periódico se basaron en gran parte en publicaciones de distintos orígenes seleccionados de acuerdo con los intereses locales. Los colaboradores transcribieron sus lecturas sin mencionar las fuentes ni sus nombres o escondiéndolos detrás de siglas, pseudónimos o anagramas. Así el Deán Funes figuró como Patricio Saliano, Eugenio del Portillo como Enio Tullio Grope, Domingo Azcuenaga como D.D.D.A., José Joaquín Araujo como el Patricio de Buenos Aires y el propio director del periódico como Narciso Fellobio Cantón. [17]​ No existen pruebas fehacientes que Castelli haya colaborado como redactor del periódico.[18]

El periódico tuvo una vida de año y medio, periodo en el que se publicaron 110 ejemplares, dos suplementos y trece números "extraordinarios". La publicación de ciertos artículos de escaso interés o conflictivos y de poemas sicalípticos influyeron en su evidente declive. Pero el artículo anónimo que colmó al gobierno fue, aparentemente, el del 8 de octubre de 1802 titulado Política. Circunstancias en que se halla la Provincia de Buenos Aires e Islas Malvinas y modo de repararse que fue considerado como una exagerada crítica social de la actualidad sin que se advirtiera a los lectores de que se trataba de un texto escrito cuatro años antes por Juan de la Piedra. Otros historiadores atribuyeron la clausura a la falta de buen gusto del poema firmado por El poeta médico de las almorranas o a la molestia que produjo, en cierto sector, la publicación, el 2 de mayo de 1802, de una carta proveniente de España en la que se cuestionaba el valor de un oficial de la marina española. El virrey Loreto anuló las licencias, según el Consulado, debido al "abuso de ellas y poca pericia en la elección de las materias para el desempeño de las atenciones que había ofrecido al público". El último número del Telégrafo Mercantil, "Extraordinario", fue publicado el 17 de octubre de 1802.

A pesar del cierre del Telégrafo Mercantil, los criollos aún deseaban expresarse a través de un periódico, por lo que Vieytes fundó el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio. Castelli, al igual que los otros miembros del grupo que se reunía en la casa de Rodríguez Peña, colaboró con el proyecto. En dicho periódico se proponían ideas para la mejora técnica de la agricultura, la quita de las restricciones al comercio, el desarrollo de manufacturas, entre otras. También se presentaron biografías de los autores de la revolución estadounidense, como Benjamín Franklin.

Las Invasiones Inglesas[editar]

A través de Saturnino Rodríguez Peña, Juan José Castelli entró en contacto con James Florence Burke, quien decía representar a Gran Bretaña y que, en apoyo a las propuestas de Francisco de Miranda, impulsaba la emancipación de Hispanoamérica de la corona española. Pero Burke era en realidad un espía británico, con la misión de obtener información sobre la situación de América.[19]

Con su intervención ―y gracias a las promesas de apoyo británico― se creó la primera sociedad secreta criolla organizada para tales fines, que más adelante fue conocida como «partido de la independencia», en donde se encontraban Castelli, Burke y los principales colaboradores del Semanario... de Vieytes. El espía fue finalmente descubierto por Rafael de Sobremonte y expulsado del virreinato.

Las reuniones de la sociedad secreta continuaron sin verse afectadas por la ida de Burke. El 2 de junio de 1806 murió su madre. Castelli aún estaba de luto cuando, ese mismo mes, llegaron noticias del desembarco británico en Quilmes, dando comienzo a la primera de las Invasiones Inglesas al Río de la Plata.

El partido de la independencia fue tomado por sorpresa por los acontecimientos; en primer lugar, no habían sido avisados de que aquella expedición fuera a tener lugar, luego, la proclama británica hablaba de respeto a la religión, las propiedades, el orden, la libertad y el comercio, pero no se había emitido una palabra relativa a los proyectos de Francisco de Miranda. Para aclarar dichos puntos se formuló una entrevista con el jefe invasor, William Carr Beresford, a quien se le solicitó aclarar si las promesas de Burke seguían en pie y si el gobierno de Londres apoyaría la independencia. Beresford respondió con evasivas, argumentando que no tenía instrucciones en dicho sentido y que con la reciente muerte de William Pitt y el ascenso de los liberales al poder británico, debía aguardar nuevas órdenes.[20]

Durante la breve ocupación inglesa de Buenos Aires en 1806, los cabildantes de la ciudad aceptaron que el gobernador Beresford los confirmaran en sus cargos. Belgrano no accedió y salió de Buenos Aires hacia la Capilla de Mercedes, en la Banda Oriental. Seguidamente, el 10 de julio de 1806, Beresford propuso que los principales vecinos podían en forma voluntaria prestar juramento de lealtad a Su Majestad Británica. A tal efecto habilitó una oficina a cargo del capitán Alexander Gillespie y un libro para registrar el respectivo juramento. Cincuenta y ocho personas firmaron el libro. A principios del siglo XX, el abogado, traductor y diplomático Carlos A. Aldao viajó al Foreign Office en Londres para acceder al citado documento e identificar a los firmantes. Lamentablemente en el legajo del periodo 1803-1811 referido a Buenos Aires y con relación al tema solo encontró un recibo y dos cartas. El recibo, fechado el 4 de septiembre de 1810, dejaba constancia que el capitán Gillespie había entregado un libro "conteniendo el juramento de lealtad a Su Majestad Británica, firmado en Buenos Aires en el curso de julio de 1806 por 58 habitantes de esa ciudad". En una de las cartas a Spencer Perceval del 3 de septiembre de 1810, el capitán Gillespie le hacía notar que tres miembros de los que integraban la nueva junta de Buenos Aires figuraban entre los firmantes que se habían adherido a S.M. Británica en 1806. De los tres mencionó solo a dos: Saavedra y Castelli.[21]

Desde el punto de vista de los criollos, aquello implicaba que los ocupantes solo aspiraban a anexar la ciudad al Reino Unido; lo cual hubiera significado cambiar una metrópoli por otra. A pesar de ello, intentaron un último golpe de mano: tras la reconquista de Buenos Aires lograda por Santiago de Liniers, Saturnino Rodríguez Peña ayudó a Beresford a fugarse, con el propósito de que este convenza al jefe de la nueva invasión de aplicar los proyectos de Burke y Miranda. La segunda invasión inglesa sepultó las últimas esperanzas de los patriotas criollos en la estrategia de acercamiento que impulsaba el venezolano Miranda. Castelli, al igual que Belgrano, Martín Rodríguez, Domingo French y Antonio Beruti, combatió contra quienes poco antes consideraban sus posibles aliados.[22]

Producida la segunda Invasión Inglesa, en 1807, y tras la exitosa defensa de la ciudad por los criollos, crecieron las disputas entre Santiago de Liniers, nombrado como virrey interino, y el Cabildo de Buenos Aires, liderado por Martín de Álzaga. El grupo criollo también vio aumentado su poder de influencia: de los ocho mil hombres armados de la ciudad, cinco mil correspondían a las milicias criollas.[23]

Los cuerpos más poderosos eran los de Patricios y Arribeños, y también tenían una fuerte injerencia en los de Húsares y Artilleros. Álzaga, por su parte, contaba con unidades de españoles peninsulares, entre ellas las de Vizcaínos, Gallegos y Catalanes. Tanto Álzaga como Liniers representaban a facciones con intereses opuestos a la separación de la metrópoli: Álzaga y el Cabildo, a los comerciantes ligados con Cádiz, y Liniers a los funcionarios del poder monárquico. Aun así, ambos procuraban utilizar la creciente influencia criolla en su favor. Álzaga se abstuvo de denunciar a Castelli y Rodríguez Peña como cómplices de la fuga de Beresford, y Liniers se apoyaba en las milicias criollas para contrarrestar la oposición de Álzaga y el Cabildo.

El carlotismo[editar]

La infanta Carlota Joaquina de Borbón aspiró a ser Regente de la Corona en América.

A fines de 1807 tuvo lugar un acontecimiento que revolucionó la política española: luego de invadir Portugal, Napoleón Bonaparte ocupó también España. El 19 de marzo de 1808 el rey Carlos IV de España abdicó en favor de su hijo Fernando VII, pero Napoleón obligó a ambos a abdicar en su favor para después nombrar como rey a su hermano José Bonaparte, en una serie de traspasos de la corona que se conocen como Abdicaciones de Bayona. Las ilegales abdicaciones determinaron, en buena medida, la quiebra de la monarquía y las emancipaciones americanas.

Nunca se había dado un caso semejante en la historia de las monarquías europeas.[24]​ Las doctrinas que sustentaban el regalismo europeo se basaron siempre en un principio indeclinable: un rey no podía renunciar voluntariamente a su reino. En Bayona se vulneraron no solo el pactum traslationis sino también el juramento que hacía el rey de conservar el reino al momento de ser coronado. Los juristas y políticos españoles tuvieron que recurrir a la figura del "rey cautivo" como la solución menos dañina para capear esta crisis.[25]​ El pueblo español organizó juntas de gobierno para resistir la ocupación francesa y a los pocos meses la Junta Central de Sevilla se atribuyó la autoridad suprema sobre España e Hispanoamérica.

Esta solución permitió que se generalizara la aceptación de la fidelidad a Fernando VII y el reconocimiento a la Junta Central, lo que produjo diversas variantes de cómo instrumentar el "depósito" de la soberanía en el bienio 1808-1809. La constitución de juntas fue una de las alternativas posibles, tanto en la península como en América. Se apoyaron en el principio de la retroversión de la soberanía a los pueblos, doctrina conocida de antes pero con la novedad de que el pactum traslationis nunca se había teorizado que pudiera aplicarse hacia atrás, o sea transferir la soberanía del rey al pueblo aunque sea interinamente.[26]​ Otra de las alternativas posibles fue constituir una regencia. La infanta Carlota Joaquina de Borbón, hija mayor de Carlos IV y esposa del príncipe regente de Portugal Joao VI, reclamó esa posibilidad para "salvar del naufragio y la tiranía de Francia la porción de mi futuro patrimonio en esta parte del Atlántico" ya que ni Fernando ni la línea masculina podían ocupar el trono vacante. El 19 de agosto de 1808, publicó un Manifiesto en el que, en primer lugar, no reconoció explícitamente a Fernando como rey; en segundo lugar, tampoco reconoció a las juntas constituidas en España ya que éstas violentaban las leyes del reino y, en tercer lugar, se presentó cómo la única poseedora de legitimidad y legalidad jurídica.[27]

Esta pretensión no fue aceptada por las autoridades de los dominios americanos. Los argumentos, no muy convincentes, fueron que ya habían jurado fidelidad a Fernando y, más tarde, a la Junta Central. Preferían la autonomía y libertad de gestión que les otorgaba esa junta. Además, en caso de colapso de la península ante la invasión napoleónica, los virreyes serían la única alternativa para mantener la unidad de los dominios americanos. Todo esto se alteraría si Carlota asumía como regente. La sospecha generalizada era que esa regencia podía conducir a América hacia un protectorado portugués o inglés. Además, la idea de instalarla en Buenos Aires aumentaría las disputas jurisdiccionales dentro del virreinato, tal como quedó demostrado en las primeras juntas americanas formadas en el virreinato del rio de la Plata en 1808 y 1809 donde la propuesta de Carlota incidió de manera directa.[28]

De las pocas adhesiones que tuvo Carlota en América, pese a la campaña de manifiestos y cartas personales a personajes importantes realizada a partir de agosto de 1808, sobresale el grupo de "ilustrados" españoles americanos de Buenos Aires: Belgrano, Castelli, los hermanos Nicolás y Saturnino Rodríguez Peña, Vieytes, Beruti y otros. En la Memoria del 20 de septiembre de 1808 que enviaron a Carlota, firmada por la mayoría de ellos, supuestamente redactada por Castelli aunque el contenido fue consensuado por todos, expusieron las ventajas del proyecto.[29]​ En primer lugar, rechazaron la postura de las autoridades americanas y de la Junta Suprema de Sevilla de no querer reconocer a Carlota como legitima representante de la Casa de Borbón. La representación de aquellos, afirmaron, no se podía comparar pues era "de mero hecho" pero en ningún caso "de reconocido derecho". En segundo lugar, rechazaron el pretendido pacto de sumisión a esa junta dado que América era parte de la Corona de Castilla y ninguna legislación "precisa que unos reinos se sometan a otros". En tercer lugar, aceptaron que si bien el juntismo peninsular podía justificarse por la resistencia al ejército francés y la falta del soberano eso no ocurría en América donde la vacatio se podía cubrir con Carlota. Finalmente, la Memoria proponía nuevos vínculos reformistas entre Carlota y los súbditos americanos para eliminar la corrupción de los "mandones" que gobernaban con arbitrariedad, venalidad, malversación e impunidad.[30]​Esta propuesta competía con la Junta Central en tres cuestiones relacionadas con la soberanía: 1) Dónde debía ser ubicada "en depósito"; 2) Quién y cómo la tenía que representar y 3) Cuáles eran lo límites al abuso del poder.[31]​ La adhesión de este grupo a los planes de Carlota contó en un principio con la del almirante inglés Sidney Smith pero éste fue desplazado por lord Strangford, embajador en la Corte de Río, para quien ese proyecto implicaba la unión de dos coronas que Inglaterra no podía aceptar en el marco estratégico de las luchas interimperiales del momento.

En Río de Janeiro, el 6 de noviembre de 1808, momentos antes de embarcarse rumbo a Buenos Aires, Saturnino Rodríguez Peña entregó al médico Diego Paroissien una "circular" en la que proponía que la regencia de la infanta Carlota Joaquina en el Río de la Plata era el único "partido" para eliminar la burocracia corrupta y codiciosa que dominaba en el virreinato, alcanzar la "feliz independencia" y enfrentar los desfavorables sucesos que estaban ocurriendo en la península por el avance de las tropas napoleónicas. También entregó cartas para su hermano Nicolás Rodríguez Peña, Castelli, Martín de Alzaga y otros. En unas "Instrucciones reservadas a mister Paroissien" aclaraba que el plan no contenía propósitos de "causar revoluciones ni cosas semejantes" y de que contarían con la "declarada protección de la Inglaterra".[32]​ Lo que Rodríguez Peña ignoraba era que entre los viajeros iba Julián de Miguel con una orden confidencial firmada por Carlota en la que denunciaba a Paroissien como portador de documentos "revolucionarios y subversivos" que atentaban contra Fernando VII sugiriendo que debía ser capturado a su llegada a Buenos Aires para así descubrir al resto de los conspiradores. No quedan claras las razones que tuvo Carlota para tomar esta medida: Según Biedma, Smith había recibido nuevas instrucciones de su gobierno y para no quedar al descubierto convenció a Carlota para que denunciara a sus cómplices.[33]​ Wasserman lo atribuyó a un intento de Carlota de dar una señal amistosa a las autoridades de Buenos Aires, a la sospecha de un doble juego de Rodríguez Peña pero, fundamentalmente, a la negativa del gobierno inglés a cualquier plan que afectara su relación con las autoridades españolas.[34]

Sin embargo, la fragata atracó en Montevideo el 19 de noviembre y Paroissien fue detenido con toda su documentación. El gobernador Elío inició un sumario donde se lo acusó, junto con Saturnino Rodríguez Peña, de "alta traición". Cuando Liniers fue informado, nombró al oidor Manuel de Velasco juez comisionado para conducir la causa. Velasco, con el expediente iniciado por Elío, y sin esperar que Paroissien fuera enviado a Buenos Aires, inició el interrogatorio de los que aparecían mencionados en los documentos o eran destinatarios de las cartas. Castelli fue interrogado el 20 y 23 de diciembre de 1808 sobre las relaciones personales o de otro tipo con los hermanos Rodriguez Peña, Bork (sic)[Burke] y Paroissien pero de resultas no recibió ninguna acusación formal. En cambio Nicolás Rodríguez Peña, hermano de Saturnino, fue interrogado tres veces y cómo sus declaraciones no convencieron al juez fue encarcelado, se embargó la jabonería de su propiedad la que fue puesta bajo la custodia de su socio Vieytes. La disputa entre Montevideo y Buenos Aires favoreció a Paroissien a quien Elío retuvo bajo su custodia lo que impidió que el proceso avanzara en Buenos Aires. Con la llegada de Cisneros como nuevo virrey se modificó la situación del procesado que fue trasladado a Buenos Aires a principios de octubre de 1809. Recién al mes siguiente, Antonio Caspe y Rodríguez, fiscal del crimen de la Real Audiencia, elevó las acusaciones de "alta traición o lesa majestad" contra los hermanos Rodríguez Peña y Paroissien. En este contexto, Juan José Castelli y Martín de Álzaga conversaban la posibilidad de expulsar a Santiago de Liniers y constituir una Junta de gobierno propia, similar a las de la metrópoli. Dicho proyecto no era compartido por la mayoría de los criollos ni por el jefe del Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra. El 1 de enero de 1809 Álzaga reunió a los batallones de Vizcaínos, Gallegos y Catalanes e intentó una revuelta para destituir a Liniers. Unos pocos criollos —especialmente Mariano Moreno y Julián de Leyva— depositaron sus esperanzas independentistas en la misma, pero la mayoría se opuso: los cuerpos de Patricios, Arribeños, Húsares, Artilleros, Pardos y Morenos, acompañados de los Montañeses y Andaluces, fieles a Liniers, ganaron la plaza y obligaron a las tropas complotadas a retirarse. Castelli apoyó a Liniers y acusó a Álzaga de independentismo. La aparente contradicción radica en que Álzaga no buscaba lo mismo que los criollos: buscaba destituir al virrey que se oponía a sus intereses, pero manteniendo la supremacía social de los españoles peninsulares por sobre los criollos sin cambios.[35]

Álzaga fue derrotado y el poder de los criollos aumentó: Álzaga y Sentenach fueron desterrados a Carmen de Patagones y las milicias españolas que intentaron la asonada fueron disueltas.

En julio arribó al Río de la Plata el nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros y los independentistas no se ponían de acuerdo sobre el curso a seguir. Castelli hablaba de retomar la idea de Álzaga de crear una junta de gobierno pero no dirigida por españoles; Belgrano insistía con el plan carlotista y Rodríguez Peña proponía un golpe militar, con o sin Liniers a la cabeza. Pero quien se impuso fue Saavedra, quien sostenía la necesidad de postergar las acciones:

Aún no es tiempo, dejen ustedes que las brevas maduren y entonces las comeremos.

Defensa de Paroissien[editar]

El 14 de marzo de 1810, Paroissien presentó un detallado "Memorial" de 18 fojas, escritos en anverso y reverso, firmados por el acusado, su defensor el doctor Castelli y el procurador Andrés José de Acosta. La defensa del doctor Castelli se basó en demostrar que no existía ningún delito en la documentación que Rodríguez Peña había escrito y que Paroissien había traído a Buenos Aires con lo cual pretendió liberar de culpa a los tres imputados. En primer lugar, analizó la acusación de "alta traición" que se basaba en la palabra "independencia" asociada con cambios en la constitución y en la integridad de los territorios que, en última instancia, implicaban delitos contra el rey. Demostró que el contenido semántico de "independencia", que usaba la acusación, se correspondía con las ideas que Rodríguez Peña había tenido en otra época, antes de partir hacia Río de Janeiro, pero que ahora, en 1808, con todos los cambios políticos que se habían producido desde entonces, significaba algo muy diferente. Bajo la hipótesis de que España caería bajo el dominio francés, la "independencia" de América implicaba ahora que bajo la "regencia" de Carlota Joaquina estos territorios se mantendrían precisamente dentro del dominio del rey Fernando y del orden hispánico, salvándolos así, no solo de caer bajo la dinastía francesa sino de cualquier otra dominación europea.[36]​ En segundo lugar, analizó que la propuesta de nombrar a Carlota Joaquina como regente, para lo cual ésta contaba con los derechos correspondientes, no equivalía a nombrarla reina, por lo que no se trataba de unir los dominios americanos a Portugal. En tercer lugar, Castelli analizó la situación de acefalía que existía ante la ausencia del rey. Como el rey no había determinado en quien delegaba su potestad, las autoridades existentes ya no obraban con el poder soberano detrás sino en "representación de" siendo así dudosa su legitimidad. Y en esta situación, no solo se encontraban las autoridades en América sino todas las juntas españolas. La representación que éstas habían asumido eran "de hecho" pero no "de derecho". En este punto la defensa trascendió lo meramente jurídico e ingresó al campo político en favor de la figura de la "regencia". Si el rey no había realizado ninguna delegación era lógico presumir que su soberana decisión era mantener la vigencia de la ley de sucesión. Se deducía entonces que el proyecto de nombrar a Carlota Joaquina como regente era la mejor opción frente a la vacatio regis que en este caso extraordinario iba acompañada de una vacatio legis por la falta de antecedentes legales. Castelli adujo que la propuesta de Rodríguez Peña aislaba a América de lo que ocurría en España, impedía cambios de gobiernos ya sea de tipo democrático, aristocrático o juntistas, que si bien estos últimos buscaban legitimarse sobre el principio de la retroversión de la soberanía a los pueblos, una antigua tradición jurídica española, tenían consecuencias negativas al producir una multiplicación de gobiernos con intenciones autonómicas que afectaban la concentración del poder y el territorio. A estas opciones Saturnino Rodríguez Peña las había calificado de "imposibles", "criminosas", "sanguinarias" y nada "durables".[37]​ Castelli también señaló que el plan preveía una convocatoria a Cortes en la que se establecerían las reglas "compatibles con la dignidad de una y la libertad de los otros".[38]​ En ningún momento se mencionó la nota del 20 de septiembre de 1808 enviada a Carlota, muchos de cuyos argumentos se repitieron en este Memorial.

Paroissien siguió preso hasta que finalmente, sin sentencia y mediante un decreto firmado por Saavedra y Moreno, fue liberado el 14 de julio de 1810.

La Revolución de Mayo[editar]

Castelli demanda ante el virrey Cisneros por la realización de un Cabildo Abierto. Bajorrelieve de Gustavo Eberlein.

Cuando el 14 de mayo de 1810 llegaron a Buenos Aires noticias que en el mes de enero las tropas napoleónicas habían ocupado Sevilla y que la Junta Suprema Central se había disuelto, Castelli, Belgrano y Saavedra eran los líderes más notorios en esos días. Luego de varias discusiones, se decidió demandar la realización de un cabildo abierto. Castelli y Belgrano negociaron con el alcalde de primer voto Juan Lezica y el síndico procurador, Julián de Leyva. Aunque lograron convencerlos, aún hacía falta la autorización del propio Cisneros. Antes de otorgarla, Cisneros convocó a los militares para constatar si apoyaban a su gobierno. En esa reunión, Cornelio Saavedra le negó a Cisneros el apoyo del Regimiento de Patricios, bajo la premisa de que al desaparecer la Junta de Sevilla que lo había nombrado como virrey, ya no poseía legitimidad para ejercer dicho cargo. Los demás oficiales hicieron lo mismo. Tras dicha entrevista acudieron a la casa de Rodríguez Peña, a informar a sus partidarios de lo ocurrido.

Las memorias de los testigos y protagonistas de esos días mencionaron a Castelli en multitud de sitios y actividades: negociando con los hombres del Cabildo, en casa de los Rodríguez Peña participando de la planificación de los pasos a seguir, en los cuarteles arengando a las milicia. El propio Cisneros, al describir los acontecimientos al Consejo de Regencia, llamó a Castelli «el principal interesado en la novedad […] cual era de examinar si debía yo cesar en el gobierno superior y reasumirlo el cabildo".[39]

Cabildo abierto (22 de mayo de 1810). Óleo realizado por Pedro Subercaseaux bajo la dirección de Adolfo Carranza. Muestra el instante en que Paso se dirige a una respetuosa audiencia. La presencia de la iglesia es importante: el obispo Lué (con alfombra roja) y tres órdenes. Detrás de Paso esta Castelli. A la derecha, sentado en actitud pensativa, Moreno aparece como aislado del resto.

El cabildo abierto se celebró el 22 de mayo de 1810. En él se discutió si el virrey debía seguir o no en su cargo y en caso negativo quién lo debería reemplazar. El primero en opinar fue el obispo Benito Lué y Riega, quien sostuvo el principio de indivisibilidad que ya había propuesto Cisneros en su autorización a celebrar el cabildo abierto. Según un testigo, que escribió el 25 de mayo, sus palabras fueron: “aunque hubiera quedado un solo vocal de la Junta Central y arribase a nuestras playas, lo deberíamos recibir como a la soberanía [Fernando VII]”. Sin embargo, en su voto, reconoció la ya probable inexistencia de la Junta Central, por lo que propuso la continuidad del virrey “sin más novedad que la ser asociado [en sus funciones] […] con el “señor regente y [el] señor oidor de la Real Audiencia don Manuel Velazco”.[40]​ Castelli tomó la palabra para responderle al obispo y basó su argumentación en la doctrina de la retroversión de la soberanía de los pueblos que ya había empleado en la defensa de Paroissien. Insistía con la idea de que, a falta de una autoridad legítima, la soberanía regresaba al pueblo y este debía gobernarse a sí mismo. Más adelante se impuso la idea de destituir al virrey, pero como Buenos Aires no tenía autoridad para decidir unilateralmente la nueva forma de gobierno, se elegiría a un gobierno provisorio, en tanto se solicitaban diputados a las demás ciudades para tomar la decisión definitiva. Sin embargo, hubo diferencias sobre quién debía ejercer ese gobierno provisorio: algunos sostenían que debía hacerlo el cabildo, y otros que debía elegirse una junta de gobierno. En su voto, Castelli se plegó a la propuesta de Saavedra añadiendo una moción, que al momento de emitir su voto, tenía ya 38 adherentes y tendría más al finalizar el escrutinio: “con calidad de tener voto decisivo durante el gobierno, en el Excelentísimo Cabildo, el señor Sindico”. Al final agregó que “la elección de los Vocales de la Corporación [Junta] se haga por el pueblo junto, en Cabildo General, sin demora”. Esta última propuesta, que excluía al Cabildo en la elección de los miembros de la Junta, no tuvo ninguna adhesión.[41]

Terminado el recuento de votos el día 23, el resultado fue que "a pluralidad con exceso" el virrey debía cesar en el cargo y, provisionalmente, asumir el cabildo en su calidad de Cabildo Gobernador. También por mayoría, y para darle más ejecutividad al Cabildo, se había otorgado al Síndico Procurador General la capacidad de tener "voto decisivo" o sea, poder desempatar en caso necesario en las votaciones de los diez integrantes del Cabildo. También por mayoría quedó establecido que esa institución "en la medida que estime conveniente", nombraría los integrantes de la Junta provisoria que gobernaría hasta tanto los diputados de las provincias interiores se reunieran y determinaran la forma de gobierno definitiva.

En el oficio dirigido a Cisneros donde se comunicaba el cese de sus funciones, etc. el Cabildo proponía que, para "conciliar el respeto de la autoridad con la tranquilidad pública”, había deliberado, como único medio, su nombramiento en dicha Junta provisoria acompañado de consocios. Cisneros respondió que aceptaba la propuesta o se allanaba a no tener participación alguna pero que consideraba, recordando lo ocurrido el día en que se reunió con los militares, que debía consultarse a estos porque la propuesta del Cabildo no le "parecía conforme con los deseos del pueblo". Los militares fueron convocados y tomaron conocimiento de todo lo anterior y dijeron que el "pueblo" se aquietaría publicando la cesación del virrey. El cabildo emitió entonces el bando del dia 23.

De esta manera, el día 24, el cabildo determinó quienes serían los consocios o vocales que acompañarían a Cisneros en su calidad de vocal presidente. La elección seguía la idea de distribución corporativa enunciada en el voto del doctor Bernardo de la Colina: un representante del estado militar (Saavedra), otro del judicial (Castelli), otro del clero (Juan Nepomuceno Solá) y otro del comercio (José Santos de Inchaurregui). El Cabildo convocó por segunda vez a los militares (entre los cuales estaba Saavedra) quienes dieron su aprobación. Los elegidos fueron citados a las tres de la tarde. A la “hora señalada” juraron ante Dios y Fernando VII. El Cabildo dispuso que se comunicara el suceso en seis bandos manuscritos que fueron colocados al anochecer en los lugares acostumbrados.

El grueso de los criollos rechazó el proyecto: no aceptaban que Cisneros permaneciera en el poder ni siquiera bajo otro título; desconfiaban de las intenciones de Saavedra y estimaban que Castelli, solo en la junta, poco y nada podría lograr.[42]

Castelli y Saavedra juraron su incorporación a la junta pero renunciaron ese mismo día, y la Junta organizada por Leyva no llegó a gobernar.

Mariano Moreno compartía varios puntos de vista con Castelli.

Esa misma noche los dirigentes criollos ―entre los que se encontraban Domingo French, Feliciano Antonio Chiclana y Eustoquio Díaz Vélez― se reunieron en la casa de Rodríguez Peña, mientras que French, Beruti, Donado y Aparicio ocuparon con gente armada la plaza y sus accesos. Lezica informó finalmente a Cisneros que había dejado de mandar. En su lugar asumió una nueva Junta presidida por Cornelio Saavedra e integrada por representantes de las distintas extracciones de la política local

Castelli encabezó junto a Mariano Moreno las posturas más radicales de la Junta. Ambos se habían vuelto amigos íntimos y se visitaban a diario. Julio César Chaves los describió de la siguiente manera:

Apasionados al extremo, leales hasta el sacrificio con el amigo o el correligionario, e implacables en su oposición al enemigo; decisión firme, santa, al servicio de una causa imponderable y noble; valor moral, conciencia de la responsabilidad; energía, tenacidad e indeclinable resolución en el servicio: Juan José Castelli y Mariano Moreno.
(Chaves, 1957, p. 158)

Como ambos compartían los ideales rousseaunianos y la determinación de tomar las medidas más extremas en favor de la revolución, se les adjudicó el calificativo de «jacobinos».

Una de las primeras medidas de Castelli en la Junta fue la expulsión de Cisneros y los oidores de la Real Audiencia de Buenos Aires, que fueron embarcados rumbo a España con el pretexto de que sus vidas correrían peligro.

El fusilamiento de Liniers[editar]

Santiago de Liniers, fusilado tras organizar una contrarrevolución contra la Primera Junta.

Al conocer las noticias del cambio de gobierno en Buenos Aires por una Junta, el exvirrey Santiago de Liniers preparó una contrarrevolución en la ciudad de Córdoba. El jefe del Ejército Auxiliar del Perú , Francisco Ortiz de Ocampo, capturó a todos los cabecillas. La orden del 17 de julio de 1810 era traerlos a Buenos Aires, pero el 28 de julio se decidió condenarlos a muerte. Dicha decisión se tomó en una resolución firmada por todos los integrantes de la Junta, excepto Manuel Alberti, que por ser sacerdote no podía dar conformidad a la pena capital. Esa medida no fue aceptada en Córdoba. Francisco Ortiz de Ocampo decidió proseguir con las órdenes originales y envió, el 10 de agosto, una nota pidiendo el perdón de los prisioneros. Por nota del 17 de agosto, Moreno, ordenó a Balcarce que saliera hacia Tupiza con 500 hombres y 4 cañones donde debía mantenerse hasta "la llegada del grueso del ejército […] tomando las preocupaciones y fortificación que enseña el arte".[43]​ Balcarce partió para el norte el primero de septiembre. Por otra parte, a Ortiz de Ocampo se le ordenó que fuera a Salta y a Vieytes a Tucumán para "reunir a todos los hombres aptos" de la zona.

El 18 de agosto, la Junta ratificó la orden, aunque excluyendo al obispo de Córdoba Rodrigo de Orellana quien, en cambio, fue sentenciado a destierro. Castelli fue comisionado por la Junta para cumplir la ejecución que el general no había obedecido. Mariano Moreno le dijo: «Vaya usted, Castelli, y espero que no incurrirá en la misma debilidad que nuestro general; si todavía no cumpliese la determinación, irá Larrea, y por último iré yo mismo si fuese necesario».[44]

Entre sus colaboradores para la misión, Castelli eligió a Nicolás Rodríguez Peña como secretario, a su antiguo cliente Diego Paroissien como médico de campaña y a Domingo French como jefe de una pequeña escolta del regimiento Estrella.

Al amanecer del domingo 26 de agosto de 1810, el comandante Domingo French llegó a la Esquina de Lobatón, en la frontera entre Córdoba y Santa Fe, donde acampaba la columna que trasladaba a los prisioneros y reemplazó en el mando al capitán Garayo. A las diez los prisioneros llegaron a un lugar llamado Cabeza de Tigre donde encontraron al teniente coronel de húsares Juan Ramón Balcarce quien separó a los reos de sus equipajes y ordenó que se internaran en un bosque vecino llamado Monte de los Papagayos. Allí estaban Castelli y Rodriguez Peña al frente de una compañía de húsares ya formada. Castelli leyó la sentencia, que excluyó al obispo Rodrigo de Orellana que fue desterrado a la Guardia del Luján (actual Mercedes, provincia de Buenos Aires), y les otorgó tres horas para confesarse y escribir a sus familiares, plazo que extendió una hora más. A las dos y media de la tarde Balcarce ejecutó la sentencia. French se encargó de rematar a los que aun estaban vivos. Castelli ordenó que se los enterrara en una zanja lindera a la iglesia de Cruz Alta.[45]

La ejecución de Cruz Alta desató una fuerte campaña contra la Junta Provisoria y sobre todo contra Castelli. Teinta y tres años después, en 1843, su amigo y pariente, Nicolás Rodríguez Peña, en una carta dirigida al historiador Vicente Fidel López, justificó en forma retrospectiva aquellos sucesos

Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque así estábamos comprometidos a obrar todos. Cualquier otro, debiéndole a la patria lo que nos habíamos comprometido a darle, habría obrado como él.[...] Repróchennos ustedes que no han pasado por las mismas necesidades ni han tenido que obrar en el mismo terreno. Que fuimos crueles. ¡Vaya con el cargo! Mientras tanto, ahí tienen ustedes una patria que no está ya en el compromiso de serlo. La salvamos como creímos que había que salvarla. ¿Había otros medios? Así sería; nosotros no los vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos [...] Arrójennos la culpa a la cara y gocen los resultados... nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres.(Chaves, 1944, p. 170)

:

Bando realista llamando a desconocer a la Primera Junta.

Tras cumplir la orden Castelli regresó brevemente a Buenos Aires y se reunió con Moreno. Este lo felicitó por su proceder y el 6 de septiembre de 1810, la Junta Provisional Gubernativa lo nombró, en reemplazo de Vieytes, vocal representante de la Junta, con plenos poderes para dirigir las operaciones del ejército.[46]​ También le entregó instrucciones, entre ellas poner las administraciones en manos patriotas, ganar el favor de los indios, y arcabucear al gobernador de Chuquisaca -Vicente Nieto-, al gobernador de Potosí -Francisco de Paula Sanz-, al general José Manuel de Goyeneche y al obispo de La Paz -Remigio La Santa y Ortega-. También se le encargó sumar al Ejército Auxiliar a "todos los soldados patricios que encuentre en el camino fugitivos del Perú" [Art. 7], enviados en 1809 por el virrey Cisneros, al mando de Vicente Nieto, para reprimir los movimientos juntistas de Chuquisaca y La Paz.[47]

(Ver Instrucciones a Castelli)

La campaña al Alto Perú[editar]

El 22 de septiembre de 1810, Castelli partió de Buenos Aires para dirigir el Ejército Auxiliar del Perú cuya vanguardia, al mando de Balcarce, ya se encontraba en Jujuy. La primera etapa de su rápido viaje fue la ciudad de Córdoba. En su oficio al gobierno del 30 de septiembre, Castelli informó que había tomado conocimiento de algunos aspectos generales de la administración pública entrevistando personas importantes y al gobernador provisorio Pueyrredón sin entrar en pormenores para no dilatar la premura de su viaje. Solicitó a la Junta provisional gubernativa que reinstaure la pena de azotes para aplicarla a los desertores; pidió que no se envíen oficiales porque pensaba reemplazar a los malos con hijos de las provincias que aprenderían de los buenos oficiales y serviría como un reconocimiento al esfuerzo que hacían; también solicitó la aprobación de las modificaciones que había hecho en el camino para mejorar el funcionamiento de las postas, es decir, de las comunicaciones. Finalmente, pidió el envío de vacunas para las ciudades de la carrera y el ejército.[48]​ El 4 de octubre, Castelli partió rumbo a Santiago del Estero. En el camino fue sobrepasando fuerzas del ejército que se dirigían hacia ese mismo destino. El 9 de octubre, al amanecer, ingresó a Santiago. Allí se encontró con Ortiz de Ocampo y Vieytes que estaban organizando la compleja logística que exigía el tránsito del ejército en una zona de escasos recursos.

Juan José Castelli fue bien recibido en San Miguel de Tucumán. En Salta, pese a ser bien aceptado, tuvo dificultades para obtener tropas, mulas, víveres, dinero o artillería.

En Salta recibió noticias de que Cochabamba había adherido al movimiento patriótico, aunque enfrentando fuerzas realistas provenientes de La Paz. Tenía también en su poder una carta de Nieto para Gutiérrez de la Concha, ya fusilado, donde relataba que un ejército realista dirigido por Goyeneche avanzaba sobre Jujuy.

Dos hechos políticos de importancia se produjeron en el Alto Perú. El 14 de septiembre de 1810, Francisco del Rivero depuso al gobernador de Chuquisaca y se adhirió a la junta de Buenos Aires. Lo mismo ocurrió en Oruro el 6 de octubre. El 22 del mismo mes, ambas intendencias unieron sus fuerzas para cerrar por el norte toda ayuda que Goyeneche pudiera enviar a Nieto. El 27 de octubre de 1810, Balcarce fue rechazado por las fuerzas de José Córdoba y Rojas en el llamado Combate de Cotagaita que Castelli definió como "falso ataque". La vanguardia volvió a Tupiza y para acercarse más al ejército que avanzaba desde el sur se desplazó hacia Nazareno. Castelli envió doscientos hombres y dos cañones a marchas forzadas. El 7 de noviembre de 1810, reforzado con esas fuerzas que llegaron el día anterior, Balcarce logró derrotar a Córdoba y Rojas en la batalla de Suipacha, primer triunfo del Ejército Auxiliar del Perú. "Suipacha no fue más que un combate parcial entre dos pequeñas divisiones de vanguardia".[49]​ Una semana después de Suipacha, el 14 de noviembre, las fuerzas combinadas de Chuquisaca y Oruro, al mando de Esteban Arze, derrotaron a la columna de Fermín Piérola en la planicie de Aroma. La acumulación de todos estos hechos pulverizó el dominio del virrey Abascal sobre el Alto Perú.

En Potosí, uno de los sitios más prósperos del Alto Perú, un cabildo abierto reclamó a José Manuel Goyeneche que se retirase del territorio, a lo cual debió acceder ya que no contaba con las fuerzas suficientes para imponerse. El obispo de La Paz, Remigio de La Santa y Ortega, huyó junto a él.

En su marcha hacia Potosí, luego de la batalla de Suipacha, el ejército auxiliar fue incorporando oficiales y soldados del regimiento Patricios que Nieto había llevado al Alto Perú en 1809 y que en junio de 1810, sospechando de su lealtad, había disgregado en otros regimientos con excepción de unos 50 o 60 individuos, elegidos por sorteo, que había enviado a trabajar en las minas de Potosí. A los pocos meses solo dos tercios habían logrado sobrevivir al trabajo insalubre en los socavones. Este castigo produjo un gran malestar en Buenos Aires por lo que la Junta Provisional Gubernativa introdujo una cláusula especial en las instrucciones dadas a Castelli para que todos estos soldados fueran incorporados al ejército auxiliar a medida que fueran apareciendo. A su vez, la Gaceta del 6 de septiembre de 1810, no ahorró improperios contra Nieto:

Este vejamen inaudito ha sido un desahogo propio del soez, del incivil, del indecente viejo Nieto. Este hombre asqueroso [...].(Fitte, 1961, p. 464)

Balcarce consideró "interesante" que los sobrevivientes de las minas repararan el agravio sufrido y con los que estaban en mejores condiciones organizó una partida bien armada y con las mejores cabalgaduras para que salieran en persecución de Nieto. Como ayuda complementaria envió por separado baqueanos de la zona que por senderos desconocidos debían localizar a los fugitivos. En las cercanías de Oruro, en la aldea de San Antonio de Lipes, Nieto fue capturado y conducido a Potosí.

Castelli fue recibido en Potosí, en donde exigió a la Junta un juramento de obediencia y la entrega de Francisco de Paula Sanz y del general José de Córdoba, quienes fueron fusilados.

Instaló su gobierno en Chuquisaca, desde donde presidió el cambio de régimen en todo el Alto Perú. Proyectó la reorganización de la Casa de Moneda de Potosí, planeó la reforma de la Universidad de Charcas y proclamó el fin de la servidumbre indígena en el Alto Perú, anulando el tutelaje y otorgándoles calidad de vecinos y derechos políticos iguales a los de los criollos. También prohibió que se establecieran nuevos conventos o parroquias, para evitar la práctica frecuente de que, bajo la excusa de difundir la doctrina cristiana, los indios fueran sometidos a servidumbre por las órdenes religiosas.

Autorizó el libre comercio y repartió tierras expropiadas entre los antiguos trabajadores de los obrajes. El decreto fue publicado en español, guaraní, quechua y aimara; y también se abrieron varias escuelas bilingües. Festejó el 25 de mayo de 1811 en Tiahuanaco con los caciques indios, donde rindió homenaje a los antiguos incas, incitando a los pobladores a revelarse en contra de los españoles. Sin embargo a pesar del acogimiento recibido, Castelli era consciente de que la mayor parte de la aristocracia lo apoyaba debido al temor que les provocaba el ejército auxiliar, más que por un auténtico apoyo a la causa de Mayo.

Las órdenes recibidas de la Junta fueron ocupar con criollos todos los cargos de importancia y quebrar la alianza entre la élite criolla y la española. Entre otras, se le ordenaba que

no quede un solo europeo, militar o paisano, que haya tomado las armas contra la capital.

En noviembre de 1810 envió a la Junta un plan: cruzar el río Desaguadero, frontera entre el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú, y tomar el control de las intendencias peruanas de Puno, Cuzco y Arequipa. Castelli sostenía que era urgente sublevarlas contra Lima, la capital del virreinato peruano, ya que su economía dependía en gran medida de dichos distritos y si perdía su poder sobre ellos, el principal baluarte realista se vería amenazado. El plan fue rechazado por considerárselo demasiado temerario y se le requirió a Castelli atenerse a las órdenes originales. Castelli obedeció lo ordenado.[50]

El apoyo a Castelli comenzaba a disminuir en la población realista y criolla, principalmente por el buen trato dado a los indios y la actitud hostil que el secretario de Castelli, Bernardo Monteagudo, tenía hacia la Iglesia por su postura contraria a la independencia, actitud que Castelli también hizo manifiesta en el Alto Perú. Tanto los realistas de Lima como los saavedristas en Buenos Aires los comparaban a ambos con Maximilien Robespierre. El Deán Funes los consideraba «esbirros del sistema robesperriano de la Revolución francesa».[51]

A mediados de enero de 1811, la Junta Provisoria advirtió a Castelli que "atendiendo a la variación de las circunstancias" debía suspender las ejecuciones sustituyéndolas por penas pecuniarias o de otra índole. El 15 de enero, Saavedra, en carta personal a Chiclana, justificó los cambios en el rumbo político tras la expulsión de Moreno. Afirmó que la reunión de las provincias del Virreinato(sic) modificaron "las circunstancias" por lo que debían atenuarse "los rigores" vigentes hasta el momento. En clara alusión a Moreno afirmó que "El sistema Robespierriano(sic) que se quería adoptar en ésta, la imitación de revolución francesa que intentaba tener por modelo, gracias a Dios que han desaparecido". Casi al final de la carta pidió a Chiclana que si veía a Castelli le informara lo que pasaba en Buenos Aires "y que procure venirse cuando las circunstancias lo permitan".[52]

Preocupado por estas novedades, Castelli decidió enviar a su secretario, Nicolás Rodríguez Peña, a Buenos Aires para ver lo que estaba sucediendo. En su carta a Chiclana del 17 de enero explicó que todas las medidas que había tomado lo hizo cumpliendo órdenes de la Junta y expresó su desazón por tener que separarse de su secretario. El 21 de enero informó al gobierno la partida de Rodríguez Peña que lo hacía "fingiendo obedecer" a problemas de salud. El puesto vacante lo ocupó el auditor de guerra Norberto del Signo pero, por estar éste excedido de trabajo, Castelli tuvo que recurrir a Bernardo de Monteagudo que así inició su actuación pública.[53]

La Junta, a propuesta del Dean Funes, nombró al español Matías Bernal como presidente de la Junta subordinada de Potosí. Bernal, un funcionario de segunda línea era, según Funes, un "chapetón y esto acredita aun más al gobierno de su integridad". Esto provocó la protesta del sindico procurador del Cabildo de Buenos Aires: es un error enviar a Potosí "cabalmente la llave del Perú [Alto Perú] un jefe que trae en su nacimiento la sospecha y desconfianza". El ayuntamiento de Potosí hizo lo mismo. Domingo Matheu calificó a Bernal como "hombre muy justificado y de muy buenas costumbres".[54]

A fines de enero de 1811, el gobierno instruyó a Castelli para que ordene el regreso de los cincuenta y tres expulsados de Potosí que en diciembre de 1810 habían sido transferidos a Oran, Salta. El gobierno justificó la medida diciendo que las familias de los expulsados terminarían bendiciendo "la misma mano [de Castelli] que firmó su separación".[55]​ En primera instancia, la Junta había aprobado la medida que cumplía las instrucciones dadas a Castelli el 18 de noviembre de 1810, pero al cambiar el rumbo político, Domingo Matheu pudo interponer su influencia para salvar a dos de ellos, Salvador Tulla y Pedro Casas, con quienes mantenía relaciones comerciales. En carta a Chichana, del 28 de enero, sostuvo que fueron desterrados solo por estar en "una lista" que le entregaron a Castelli. Insistió el 27 de febrero pidiendo a Chiclana que recordara a Castelli "como de amigo" que efectivizara la medida. En otra carta a Chiclana, Matheu justificó que "por cuatro borrachones se tratase de descomponer una obra tan grande como la que tenemos para coronar". [54]​En cambio, el médico Juan Madera, integrante del ejército de Castelli, no compartió el criterio de la Junta:

Sucedió que fueron perdonados y mandados volver a Potosí por orden del gobierno de Buenos Aires contra el sentimiento de todos los buenos patriotas y con notable perjuicio de la causa pública; pues en el mes de mayo de 1811 formaron estos una horrorosa conspiración, en que fueron sorprendidos en el lugar que llaman el Beaterío de Copacabana, habiendo hecho fuego y resistencia y estos individuos no se castigaron y lo mismo sucedió en Charcas con los expatriados europeos enemigos y lo mismo hubiera sucedido con los insurgentes Sanz, Nieto y Córdova, si don Juan José Castelli no los hubiera ejecutado
Juan Madera. Declaración juicio de Residencia iniciado a Saavedra (1813) en (De Gandía, 1960, p. 328)

En el bando del 5 de enero, publicado en Chuquisaca, a nombre de la "Junta provisional gubernativa por el señor don Fernando Séptimo" y, en nombre de ella, por "su representante en el ejército auxiliador", se notó la preocupación de Castelli por el accionar que hacía la oposición en las sombras. En los considerandos expuso que la "moderación y templanza" del gobierno en sus primeros pasos habían resultado insuficientes para "inducir los ánimos a la reconciliación" y que, por el contrario, había producido en algunos la "obcecación y la dureza". Afirmó que el recurso a otros medios previstos por la política fue necesario para los que, "endurecidos en la arbitrariedad y el despotismo", no cumplían con los deberes del cargo y solo querían mantenerlos para continuar enriqueciéndose, explotando al pueblo.[56]​ A principios de febrero, Castelli desarrolló una intensa propagada contra los enemigos exteriores e interiores. En una carta abierta fechada el 5 de febrero, en castellano y quechua, dirigida a los indígenas, expuso los objetivos de la Junta Provisoria para desprestigiar a Abascal. Al día siguiente comunicó a Buenos Aires la crítica situación política en la que se encontraba el Alto Perú. Otro bando, el del 8 de febrero, repitió los mismos conceptos que en los considerandos del anterior pero su objetivo central fue cortar los rumores que circulaban contra el gobierno previendo para los responsables penas como "reos del más alto crímen" y amenazando con proceder "contra ellos militarmente".[57]

El 11 de febrero, y para que no se repitiera la anulación de las medidas de seguridad interior realizada por la nueva Junta provisoria el mes anterior, Castelli nombró a Monteagudo como juez instructor para dar mayor legalidad a las medidas que pensaba tomar. Su misión era investigar a los autores que, con Nieto a la cabeza, produjeron el desmembramiento del Alto Perú en favor del Virreinato de Lima. Monteagudo conocía a la sociedad chuquisaqueña por haber convivido con ella y haber estado preso hasta tres semanas antes de la llegada de Castelli a Potosí. En solo cuatro días identificó a las personas comprometidas y a los que jugaron el rol de cabecillas. Entre estos figuraban Lorenzo Córdoba y José Calvimonte, nombrados por el gobierno como oidores de la Audiencia un mes atrás. La lista de los treinta sospechosos y las evidencias que los inculpaban fueron enviadas a Buenos Aires el 28 de febrero con copia al gobernador de Salta.[58]

Dos días antes, Castelli había enviado un oficio a Buenos Aires en el que advertía que las resoluciones que tomaba el gobierno no sofocaban la oposición, la correspondencia clandestina con Goyeneche, ni los rumores y que era peligroso no tener la retaguardia asegurada mientras el ejército auxiliar avanzaba hacia el Desaguadero. Al final agregó "Mas vuestra excelencia, con mejores conocimientos a la distancia que tengo yo a la presencia, lo ha resuelto; queda obedecido y yo en irresposición(sic) [irresponsabilidad] de toda resulta".[55]

La crisis política se infiltró en el Ejército Auxiliar. El 7 de marzo, en Oruro, se apersonaron al alojamiento de Montes de Oca un grupo de oficiales, de cuyos nombres se conocen seis más el capellán fray Manuel Antonio Ascurra. Como invitado a la reunión, figuró Toribio de Luzuriaga. Los oficiales trataron de convencer a Montes de Oca y Luzuriaga de la necesidad de apresar a Castelli y Balcarce y enviarlos a Buenos Aires. El motivo: las quejas por las expulsiones de personajes importantes hechas por Castelli. Según Montes de Oca la propuesta lo tomó por sorpresa y no supo si era una broma o iba en serio pero reaccionó inmediatamente y junto con Luzuriaga, les advirtieron que cesaran en esa idea, que los pueblos tenían medios de reclamo, que no estaban autorizados para tales hechos y que los documentos probatorios que mostraban nada contenían. Luego de una discusión acordaron que Montes de Oca y Luzuriaga llevarían la representación de los oficiales a Viamonte, a primera hora del día siguiente. Montes de Oca lo hizo esa misma noche. Viamonte manifestó que habían hecho bien en aquietar y sacarlos de aquella "locura" y que él se encargaría de transmitir estos hechos a Castelli y Balcarce. Tiempo después Montes de Oca supo por Castelli que "jamás el coronel Viamonte les dio a entender" lo sucedido el 7 de marzo.[59]​ El intento de motín trascendió dentro del ejército. Monteagudo lo mencionó en su declaración del 10 de diciembre de 1811 y lo atribuyó a Viamonte, a través de su agente Ascurra, "que habló como un energúmeno" en esa reunión. Agregó que, a partir de entonces, todos miraban a Viamonte con sospecha sabiendo "sus maquinaciones" con Saavedra y que Castelli y Balcarce estaban al tanto pero que habían decidido no darse por enterados para no dar mal ejemplo a los soldados ni escandalizar a la población. El médico Diego Paroissien se enteró por Juan Antonio Argerich y otros oficiales de que el principal "agente y orador" fue el padre Ascurra. Balcarce, en su descargo, dijo que no recibió ningún parte del episodio y que se enteró tiempo después en una conversación amistosa. Se justificó diciendo que por el tiempo transcurrido y no existir "ningún disgustado" no hizo averiguaciones ni trató de enterarse de lo ocurrido para que los autores no "entrasen en algunos recelos lo que podía traer funestas consecuencias.[60]

Cinco días después, el 12 de marzo, Castelli salió de Oruro rumbo a Cochabamba. Debía averiguar las razones por las cuales Rivero no había cumplido la orden de venir con sus tropas a Oruro. Encontró una provincia adicta pero desorganizada, sin jefes. Con un empréstito compró equipos, armas y pagó el sueldo de los soldados. Nombró autoridades civiles y militares. Fue entonces que recibió el oficio de la Junta Provisional del 10 de febrero con el pedido de que "en mérito de haberse otorgado el grado de brigadier" a Rivero, éste debía venir Buenos Aires con su regimiento. La idea de trasladar a Rivero y su caballería a Buenos Aires obedecía al temor del gobierno a las unidades militares porteñas favorables a los morenistas.[61]

Les escribió a Vieytes, Rodríguez Peña, Juan Larrea y Miguel de Azcuénaga solicitándoles que viajasen al Alto Perú y que —tras la derrota de Goyeneche— marcharían sobre Buenos Aires, pero la carta —enviada por el servicio de postas— fue interceptada por el jefe de correos de Córdoba, José de Paz, que la envió a Saavedra.

La batalla de Huaqui[editar]

Retrato del General José Manuel de Goyeneche, pintado por Federico Madrazo.

La orden de la Junta de no avanzar sobre el Virreinato del Perú produjo un armisticio de hecho, que duraría mientras Manuel de Goyeneche no atacase. Juan José Castelli procuró convertir la situación en un acuerdo formal, lo cual implicaría el reconocimiento de la Junta como un interlocutor legítimo. Goyeneche aceptó firmar un armisticio por 40 días, hasta que Lima se expidiera y utilizó ese tiempo para reforzarse. El 19 de junio, con dicha tregua aún en vigencia, una avanzada realista de exploración cruzó el río Desaguadero y ocurrió un breve combate cerca de la quebrada de Yuraicoragua. Castelli declaró roto el armisticio.[62]

El ejército de Goyeneche cruzó el río Desaguadero el 20 de junio de 1811, iniciando la batalla de Huaqui. El Ejército del Norte aguardaba cerca de Huaqui, entre la pampa del Azafranal y el lago Titicaca. El flanco izquierdo patriota, comandado por Eustoquio Díaz Vélez, afrontó el grueso de las fuerzas realistas, mientras que el centro fue arrollado por los soldados del realista Pío Tristán. Los coroneles Viamonte y Díaz Vélez, enfrentados políticamente, se negaron a colaborar entre sí, y hubo numerosas deserciones y cambios de bando en las fuerzas reunidas en el Alto Perú.[62]

Aunque las bajas del Ejército Auxiliador no fueron sustanciales, este se dejó ganar por el terror y se desbandó. Los habitantes del Alto Perú abandonaron a los revolucionarios y abrieron las puertas de sus ciudades a los realistas, de modo que el ejército tuvo que abandonar rápidamente las provincias altoperuanas.[62]

Si la persecución no fue un desastre y los invasores no atacaron rápidamente las provincias del Río de la Plata, fue por la heroica resistencia de Cochabamba. Castelli llegó hasta la Posta de Quirbe el 26 de agosto de 1811, y allí recibió órdenes de bajar hacia Buenos Aires para su enjuiciamiento. Sin embargo, cuando se enteró de tales órdenes, ya habían sido reemplazadas por otras: Castelli debía quedar confinado en Catamarca, mientras el propio Saavedra se haría cargo del ejército del Norte. Pero poco después de abandonar Buenos Aires, Saavedra fue depuesto en su cargo y confinado a San Juan mientras el Primer Triunvirato asumía el gobierno, reemplazando a la Junta Grande. Castelli fue nuevamente requerido en Buenos Aires.

Juicio y muerte[editar]

Después de Huaqui, Juan José Castelli quedó en una situación de soledad política. El llamado "Triunvirato" y el periódico la Gazeta de Buenos Aires lo acusaban de la derrota y buscaron realizar un castigo ejemplificador, mientras que el antiguo partido de la independencia se encontraba dividido entre quienes se habían unido a las corrientes del nuevo gobierno y quienes ya no gozaban de poder efectivo.

Una vez llegado Castelli a Buenos Aires, el 4 y 5 de diciembre de 1811, el Triunvirato tomó dos medidas para iniciar el juicio con especial atención a la "desgraciada dispersión" ocurrida en Huaqui y todo lo relacionado con ella. La primera fue ordenar que Castelli se presentara detenido en el cuartel del regimiento Patricios cuyo cumplimiento informó su comandante, Manuel Belgrano, el 5 de diciembre. La segunda fue designar al conjuez de la Audiencia doctor Vicente Anastasio Echevarría y al asesor del gobierno José Miguel Carvallo como conjueces del proceso judicial. El escribano Francisco Antonio Sayas fue designado para llevar el registro de todas las actuaciones y las comunicaciones pertinentes entre las partes.[63]

Recién el 15 de enero los jueces solicitaron al gobierno una lista de los militares y civiles en condiciones de declarar y un soldado de caballería como auxiliar para las diligencias. Dos días después, el gobierno reprendió a los jueces ya que se había enterado con "sumo dolor y sorpresa" que el doctor Castelli se presentaba públicamente por las calles pese a la orden de arresto impartida. El 21 de enero, con motivo de la notificación recibida, Castelli envió una "representación" en el que aclaró que nadie le había notificado que debía estar arrestado y relató que estando en tal situación en el regimiento Patricios, el 7 de diciembre a la madrugada, se le ordenó que saliera del mismo y que voluntariamente fue al Fuerte desde donde con conocimiento del gobierno se retiró a su domicilio. Reclamó por la inacción del proceso y mencionó que el 16 de enero, en una conversación informal con Carvallo, este le había dicho que su causa "aun estaba por comenzar".

Tres días después recusó a Echevarría por tener "en sus relaciones con personas y sobre hechos de incidencia de mi causa motivos de hacerme temer parcialidad". Los historiadores suponen que uno de los motivos fue que Echevarría había actuado años atrás como asesor y abogado de Liniers aunque era amigo de Belgrano y lo había acompañado en su reciente misión diplomática al Paraguay. De Carvallo solo objetó que su tarea como asesor del gobierno podría dificultar "activar el curso del asunto". Esta recusación dio lugar a una nueva demora. El gobierno nombró al doctor Antonio Álvarez Jonte, quien se excusó dos veces por falta de conocimiento y tiempo en una "causa que [...] es un problema que envuelve necesariamente la opinión de Buenos Aires". El 6 de febrero, el gobierno nombró "sin que se oiga excusa alguna" al doctor Tomás Antonio Valle. Entre la recusación y el nombramiento de Valle, Castelli presentó tres representaciones insistiendo sobre distintos problemas procesales de los cuales los principales eran la demora, no saber las causas y la razón de las sucesivas órdenes de detención.[64]

Por ese entonces supo que padecía un cáncer de lengua, que le dificultaba progresivamente el habla.

El proceso no dejaba en claro si era un juicio político o un juicio militar, ni cuál era la acusación exacta sobre Castelli.[65]​ Las preguntas formuladas no analizaban solo su responsabilidad en la derrota de Huaqui, sino también otros temas como si «mantuvo trato carnal con mujeres, se entregó al vicio de bebidas fuertes o al juego». Bernardo de Monteagudo fue el principal defensor de Castelli.

Afectado por un cáncer de lengua, Castelli falleció el 12 de octubre de 1812, con el juicio aún abierto. Momentos antes de su deceso pidió papel y lápiz, y escribió

Si ves al futuro, dile que no venga.

Tuvo un pequeño y modesto entierro en la iglesia de San Ignacio, en la ciudad de Buenos Aires, sin honras oficiales.

Tras su muerte, la viuda María Rosa Lynch debió vender su chacra para pagar deudas y pasó años reclamando los sueldos impagos a su difunto esposo. Dicha suma ascendía a 3378 pesos, que se terminaron de pagar 13 años después. La causa abierta en su contra jamás fue sentenciada.

Homenajes[editar]

Monumento a Juan José Castelli en la Plaza Constitución, ciudad de Buenos Aires.

Una de las características que se suelen destacar de Juan José Castelli son sus capacidades de oratoria y se lo suele conocer como «el Orador de Mayo» o «el Orador de la Revolución».

En la novela La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera, un Castelli que recuerda los días en que lo nombraron «orador de la revolución», vive sus últimos días con un cáncer que le lacera la lengua. El personaje de Castelli escribe en su cuaderno de tapas rojas sus recuerdos de la revolución, sus discusiones con revolucionarios y traidores, siempre desde la tristeza de ver peligrar la revolución y el proyecto de país que había gestado junto con Moreno, Belgrano y Monteagudo.

El siguiente es un fragmento que muestra una forma particular de acercamiento a la historia de Castelli y la Revolución de Mayo:

Castelli sabe, ahora, que habló por los que no lo escucharon, y por los otros, que no conoció, y que murieron por haberlo escuchado. Castelli sabe, ahora, que el poder no se deshace con un desplante de orillero. Y que los sueños que omiten la sangre son de inasible belleza.

Tres localidades argentinas, ubicadas en las provincias de Chaco, Buenos Aires y La Rioja, recuerdan al orador de Mayo.

Muchas localidades lo honran con el nombre de sus calles y plazas. Cabe destacar que la calle Castelli de Buenos Aires no parece guardar proporción con la importancia histórica del homenajeado, ya que tiene apenas cuatro cuadras de longitud. Empero los porteños también honran su memoria con un monumento levantado en la Plaza Constitución.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

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Bibliografía[editar]

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Enlaces externos[editar]


Predecesor:
Hipólito Vieytes
Representante de la Junta de Buenos Aires en el Ejército Auxiliar del Alto Perú
1810-1811
Sucesor:
Cargo abolido
  1. «Perspectivis». www.perspectivis.com. Consultado el 15 de septiembre de 2016.