Imperio romano de Occidente

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IMPERIVM ROMANVM OCCIDENTALE
Imperium Romanum Occidentale
Imperio romano de Occidente

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395-476

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Extensión del Imperio romano de Occidente
Capital Milán (395402)
Rávena (402476)
Idioma principal Latín
Otros idiomas Griego y otros idiomas bárbaros
Gobierno Monarquía absoluta
Emperador
 • 395423 Flavio Honorio
 • 475476 Rómulo Augústulo
Historia
 • Reformas administrativas de Diocleciano. 395
 • División del Imperio romano en Oriente y Occidente 395
 • Deposición de Rómulo Augústulo 476

El Imperio romano de Occidente es el nombre que recibió la parte occidental del Imperio romano tras la división administrativa iniciada con la tetrarquía del emperador Diocleciano (284-305) y consolidada por el emperador Teodosio I (379-395), quien lo repartió entre sus dos hijos: Arcadio fue designado emperador de Oriente y Honorio de Occidente.

Historia[editar]

Cambios en el ejército romano[editar]

El principal cambio sufrido entre las épocas de la paz romana y la división del Imperio romano se vio sobre todo en el ejército romano. Tras la Batalla de Adrianópolis, el imperio dejó de basar su estrategia en la formación de las legiones en favor de la caballería; las armas empleadas por las legiones, como la gladius o el scutum, dejaron paso a la más larga spatha y a escudos con forma redonda, al estilo bárbaro; las populares armaduras romanas conocidas como lorica segmentata dieron paso a las más baratas y menos eficaces cotas de malla, que antiguamente solo eran usadas por las tropas auxiliares. Esto se debió a que el ejército romano comenzó a introducir a guerreros bárbaros en el ejército, denominados foederati, también debido a la escasez de oro en las arcas imperiales, lo que obligó al ejército romano a abaratar el coste de sus materiales.

Aparte de los cambios materiales y estratégicos del ejército, la escasez de líderes militares capaces también fue un factor decisivo. En los últimos compases del Imperio Romano de Occidente, casi la totalidad del ejército romano estaba compuesta por foederatis (bárbaros). La disciplina táctica y militar que tanta fama había dado a las legiones en el pasado era solo eso, pasado. Y, como ya se mencionó, la escasez de líderes militares hacía que los ejércitos estuvieran bajo el mando de generales incompetentes, que más que por sus méritos, estaban allí por su cercanía a los gobernantes romanos. Había contados líderes capaces, que con habilidad y destreza conseguían méritos para el imperio, luchando principalmente contra los bárbaros o las rebeliones internas, como fueron Flavio Aecio, Estilicón o Flavio Ricimero; pero debido al exceso de popularidad que llegaban a alcanzar gracias a sus éxitos, o bien eran asesinados por aquellos en los que despertaban envidias, o bien se aprovechaban del poder que amasaban para gobernar en nombre de otros.

Decadencia occidental y prosperidad oriental[editar]

A la muerte del emperador Teodosio I, se dividió el Imperio Romano en dos mitades. A su hijo mayor, Arcadio, le dio el trono del Imperio Romano de Oriente, mientras que a su hijo menor, Honorio, lo nombró emperador del imperio en occidente. Sabiendo que su hijo era muy joven, nombró al general Estilicón como su tutor. Después de la división del Imperio Romano, Occidente quedó conformado por Hispania, Italia, Galia, Britania, el Magreb y las costas de Libia, mientras que Oriente estaba conformado por la península de los Balcanes, Anatolia, Oriente Próximo y Egipto. Posteriormente, los historiadores occidentales llamaron a esta entidad Imperio bizantino, denominación tomada de Bizancio, antiguo nombre griego de su capital Constantinopla.

Honorio situó su capital en Mediolanum. Ya desde hacía tiempo, la mitad occidental del Imperio Romano había estado sumida en continuas guerras civiles por el poder, con generales que se rebelaban cada pocos meses y se auto-coronaban emperadores alternativos, especialmente en Britania y Galia. A este complicado cuadro que hacía tremendamente difícil mantener el gobierno sobre el Imperio de Occidente se unían las continuas injerencias de los pueblos bárbaros, que se oponían alternativamente a las órdenes de unos u otros contendientes o rompían con todos entregándose al saqueo según les convenía.

Por todo ello, Occidente sufrió de forma mucho más contundente las consecuencias de la crisis del siglo III, mientras que Oriente lograba recuperarse poco a poco, a pesar de las amenazas fronterizas de los godos y los persas, debido a los ingresos procedentes de los ricos campos de Anatolia y Egipto, su mayor cohesión interna y su población más abundante y menos golpeada por las guerras civiles, la corrupción y las pestes como ocurría en Occidente.

Invasiones bárbaras[editar]

Las invasiones germánicas[editar]

La crisis se apoderó de forma definitiva de Occidente cuando los visigodos bajo el mando de Alarico I se dirigieron hacia Italia en el año 402. En un primer momento, el general romano de origen vándalo Estilicón, una de las últimas grandes figuras militares de Occidente, logró derrotar a Alarico I en la Batalla de Pollentia. Sin embargo, las tropas romanas ya no eran tan abundantes como en tiempos anteriores y Estilicón sólo pudo reunir los hombres suficientes retirando buena parte de los que vigilaban la frontera del río Rin. A resultas de ello, en la Navidad del 406 los vándalos, suevos, francos y en menor medida los gépidos, alanos, sármatas y hérulos, cruzaron de forma masiva el río helado y se extendieron como una plaga por toda la Galia y luego por Hispania, saqueando todas las ciudades a su paso.

Poco después Alarico I volvió a amenazar a Roma exigiendo el pago de importantes tributos, mientras en Britania un nuevo usurpador se coronaba a sí mismo como Constancio III. Estilicón fue incapaz de atajar la crisis y, víctima de las conjuras de los cortesanos de Honorio, fue ejecutado en el 408. Las tropas romanas abandonaron Britania mientras era invadida por nuevos contingentes bárbaros con el fin de apaciguar la situación en la Galia, pero poco pudieron hacer. En todo el Imperio la autoridad romana se desmoronaba, y sólo las sucesivas capitales de Milán y Rávena contaban con las fuerzas suficientes para defenderse adecuadamente.

Invasiones germánicas y de los hunos en el Imperio Romano, 100–500 d.C.

Con este cuadro, a Alarico le fue relativamente fácil chantajear a la abandonada ciudad de Roma al sitiarla sucesivamente en 408 y 409, retirándose cuando obtenía el oro convenido con el Senado. Pero en el 410 no le pudieron entregar las 4.000 piezas exigidas y Alarico ordenó saquear la ciudad. Tal hecho fue visto por los propios romanos como el fin de una era y un ultraje inimaginable, pues la antigua gran capital del viejo Imperio caía ahora saqueada por los bárbaros. Y mientras Alarico saqueaba la ciudad, Honorio se encontraba en Rávena rodeado de sus aduladores cortesanos y no hizo nada para evitar el saqueo. Hacía más de siete siglos que en Roma no entraba un ejército extranjero.

Alarico se dirigió luego a Nápoles con intención de embarcar hacia África, pero murió en el camino. Sorprendentemente, Gala Placidia, hermana del emperador Honorio (refugiado en Ravena), que había sido capturada en Roma, consiguió convencer a los visigodos para que firmasen la paz y se aliaran con los romanos. Selló esta alianza casándose con el nuevo rey visigodo, Ataúlfo, al cual se le cedió la Aquitania en 412 con el fin de que restableciera la autoridad romana sobre la Galia, y lo consiguió tras largas guerras con otros pueblos bárbaros.

Posteriormente, los godos recibirían también el encargo de restablecer el orden en Hispania, lo que consiguieron con una consecuencia: al expulsar a los vándalos de Hispania en 429, éstos se dirigieron a África y la arrasaron, tomando Cartago. Allí se apoderaron de lo que quedaba de la flota romana y aprendieron el arte de navegar, extendiendo su nuevo Imperio marítimo sin problemas por Córcega, Cerdeña, parte de Sicilia y las Baleares. Saquearon también muchas ciudades, incluida de nuevo Roma en 455. Los romanos perdían el dominio del mar y su principal reserva de cereales, la del Norte de África.

Los hunos[editar]

Reducido a la Galia, Italia y parte de Hispania, el decadente Imperio vivió una nueva amenaza, peor todavía que las de los pueblos germánicos. Con la llegada de los hunos de Atila en 451, los romanos conocieron la destrucción total, los saqueos sistemáticos y el genocidio de poblaciones enteras. El Ejército huno sólo pudo ser expulsado de la Galia gracias al genio militar del último gran general romano, Flavio Aecio, que al aliarse con los visigodos, los francos y los alanos, logró derrotar a los hunos y sus vasallos ostrogodos en la Batalla de los Campos Cataláunicos.

Sin embargo, Atila se recuperó e invadió Italia en 452, deteniéndose sólo ante las puertas de Roma cuando el papa León I Magno se entrevistó con él. Dos años más tarde, el Emperador Valentiniano III, envidioso y celoso de los éxitos de Aecio, decidió ejecutar a Aecio, deshaciéndose de su mejor general y condenando de forma definitiva al Imperio occidental a la destrucción y la falta de recursos.

La agonía final del Imperio romano de Occidente[editar]

La división del Imperio después de la muerte de Teodosio I (c. 395) superpuestas en las fronteras modernas.

En el año 451, el debilitamiento del Imperio era evidente. El rey huno Atila, había estado arrasando Europa y el Imperio de Oriente. Una carta de amor por parte de la hermana del emperador occidental, (Valentiniano III), Honoria, pedía al bárbaro que la rescatara de los muros de Roma y se casara con ella. Atila, viendo las ventajas que ello podría conllevar, marchó contra Roma.

El general romano Flavio Aecio, conocido como «el último gran romano», marchó hacia la frontera, en Galia, y estableció alianzas con diferentes tribus bárbaras (Visigodos, francos, alanos, burgundios y sármatas) en lo que se estima un ejército de alrededor de entre 100.000 y 200.000. Atila, con un ejército numéricamente superior, formado por hunos, ostrogodos, gépidos, hérulos y turingios, de medio millón de hombres, avanzó. Fue así como el 20 de junio del año 451, se enfrentaron en Châlons. La Batalla de los Campos Cataláunicos sería épica. Se calcula que las bajas fueron cuantiosas en ambos bandos, siendo un total de 300.000 muertos. La victoria se inclinaría a favor de Aecio, tras derrotar moralmente a un, hasta entonces, invencible Atila.

En el año 452 Atila lanzaría una poderosa contraofensiva que lo llevaría hasta las mismas puertas de Roma. Allí, el papa León I se reunió en secreto con él, y tras esto, Atila ordenó la retirada de sus tropas sin ninguna explicación. Todavía no se sabe qué pasó entre ellos dos, aunque probablemente Atila se retirara debido a las hambrunas y epidemias que sufría su ejército, y que le impediría mantener un asedio sobre Roma.

Poco después, las fuerzas de Atila serían aniquiladas por una gran peste y los hunos desaparecerían. Tras la desaparición de Atila, Valentiniano III comenzó a dudar de la importancia de Aecio y de su lealtad, asesinándolo a traición en 454. Un año después, en 455, el senador Petronio Máximo, junto a amigos de Aecio, asesinaron a Valentiniano III y tomaron el poder. En 455, el rey bárbaro Genserico desembarcó en Italia y saqueó Roma, matando a Petronio Máximo.

Por aquel entonces, estaba claro que el destino del Imperio Romano de Occidente estaba más que sellado. Valentiniano había muerto sin ningún heredero, el saqueo de Roma había supuesto un golpe brutal, sobre todo a la moral romana, los ejércitos carecían de un líder capaz tras el asesinato de Aecio a manos de Valentiniano, y los romanos descubrieron que los hunos y los visigodos no eran sus mayores enemigos (no es de extrañar que historiadores contemporáneos como Hidacio dieran por finiquitado el Imperio). Tras el autoproclamado emperador Petronio Máximo, llegó el saqueo de Genserico, que fue más brutal que el del godo Alarico, esclavizando a los habitantes y saqueando todo aquello que poseyera riquezas, aunque gracias al Papa León I Magno, los vándalos de Genserico no cometieron las acciones que acompañaban a los saqueos, como incendios o violaciones.

Tras el saqueo y con la marcha de Genserico, fue elegido emperador Avito, que ya había sido magister militum con Petronio Máximo. Avito nombró magister militum a Ricimero y este llevó a cabo algunas campañas exitosas en Panonia y contra los vándalos en nombre del emperador, aunque ni de lejos consiguió bloquear el poderío naval de estos. Aprovechando una serie de revueltas en Roma, y sabiendo lo que le solía ocurrir a los militares exitosos, además de contar con el apoyo del Senado, Ricimero y su asociado, Mayoriano, se rebelaron contra Avito y lo depusieron.

Tras el depuesto Avito, llegó Mayoriano, que había sido coronado por Ricimero, pero resultó ser demasiado independiente para lo que Ricimero quería y después del fracaso de Mayoriano en dirigir una expedición contra los vándalos que culminó en el desastre de la Batalla de Cartagena (el fracaso tuvo mucho que ver con Ricimero y muchos oficiales romanos), Mayoriano fue obligado a abdicar por sus propios soldados.

Tras deponer a Mayoriano, Ricimero coronó a Libio Severo que resultó ser más manipulable que su antecesor, aunque este moriría pronto, bien envenenado por Ricimero o bien por causas naturales. Le sucedería el considerado último emperador capaz, Antemio. El reinado de Antemio comenzó bien, ya que era el candidato del emperador oriental y con la buena predisposición de Ricimero. Ricimero dirigió junto al Imperio Romano de Oriente una expedición contra los vándalos que acabó en fracaso, poco después, Antemio enfermó, y según se dice, entró en un estado de locura, Ricimero lo aprovechó para levantarse contra él. Ricimero ejecutó a Antemio tras derrotarlo y le sucedió Anicio Olibrio, el candidato de Ricimero, y su ahora aliado, Genserico. En aquellos días, en que Ricimero nombraba emperadores a su antojo, y en el que las funciones de estos eran meramente nominales, estaba claro que las funciones del emperador habían dejado de tener sentido, y un único hombre fuerte, en este caso, Ricimero, únicamente mantenía viva la farsa de los emperadores para poder actuar con total libertad y sin oposición.

El reinado de Anicio Olibrio solo duraría unos meses, tras este llegaría Glicerio, que había sido designado emperador por el nuevo magister militum, Gundebaldo, sobrino del fallecido Ricimero, pero como Glicerio era un usurpador para el emperador oriental, León I, este designó como emperador a Julio Nepote, gobernador de la Dalmacia, este llegó a Rávena y expulsó a Glicerio, aunque le perdonó la vida y se hizo nombrar emperador, inmediatamente trató de firmar la paz con Genserico, pero a este no le interesaba. Julio Nepote alzó a un bárbaro llamado Flavio Orestes como magister militum, pero este, tomó Rávena y depuso a Nepote, para nombrar a su propio hijo, Rómulo Augústulo, como emperador, aunque este solo contaba con poco más de 10 años. Julio Nepote regresó a Dalmacia siendo considerado por Oriente como el auténtico emperador legítimo.

Cuando los hérulos, esciros y mercenarios turingios exigieron tierras en Italia, Orestes se negó y fue capturado y ejecutado por el caudillo bárbaro Odoacro. Este depuso a Rómulo Augústulo y envió las insignias imperiales a Constantinopla, a cambio, el emperador oriental, Zenón, nombró a Odoacro patricio. Julio Nepote seguiría reclamando sus pretensiones al trono imperial hasta su muerte en el año 480. Pese a que el año 476 es considerado el fin del Imperio Romano de Occidente, este ya había desaparecido hacía ya tiempo y solo se conservaba la dignidad imperial de manera únicamente nominal.

Tiempo después, y ya con el imperio occidental desaparecido, el rey ostrogodo Teodorico el Grande, por orden del Imperio Romano de Oriente derrotaría y asesinaría a Odoacro, fundando así el Reino ostrogodo. En la Galia, los visigodos estarían asentados en el Reino visigodo de Tolosa, aunque tras su derrota contra los francos, se retirarían hacia Hispania dando así lugar el Reino visigodo de Toledo. Los vándalos permanecieron en el Norte de África hasta que el Reino vándalo fue conquistado por el general bizantino Belisario. Y por último, en Britania, se asentarían los anglos y los sajones, que en el siglo XI serían derrotados por Guillermo el Conquistador.

Principales motivos de la desaparición del imperio[editar]

El Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente en 476.
  • Constantes revueltas sociales y rebeliones internas denominadas comúnmente como bagaudas, contra las que muchas veces, las autoridades imperiales no podían hacer nada, ya que debían reservar sus ejércitos para luchar contra los bárbaros.
  • Las invasiones hunas de Atila supusieron un punto de inflexión, ya que los romanos jamás habían visto semejante nivel de destrucción y arrasamiento, como el que Atila sometió a la Galia y al norte de Italia y debido a eso se ganó el apodo de El azote de Dios.
  • Constante devaluación de la moneda romana. El tráfico comercial, que se daba principalmente en el Mediterráneo se paralizaba continuamente a causa de las razias piratas, (los vándalos hicieron de la piratería su principal arma contra el imperio).
  • Las plagas y hambrunas afectaban constantemente a la población, la cual cada vez se veía más desplazada hacia el campo, que significaba la despoblación de las ciudades.
  • La barbarización de los ejércitos romanos, que perdieron la disciplina militar y su incomparable equipamiento militar, además de la escasez de líderes militares competentes.
  • Los dos saqueos de Roma por parte de los reyes Alarico y Genserico, supusieron un golpe terrible para la moral romana, ya que hacía más de siete siglos que ningún ejército extranjero penetraba en Roma e hicieron perder al imperio su aura de invencibilidad.

División del imperio[editar]

Pese a que generalmente se considera que el derrocamiento de Rómulo Augústulo determinó el fin del Imperio Romano, en sentido estricto esto es inexacto: el Imperio Romano de Oriente sobreviviría casi 1.000 años más.

Los territorios comprendidos en el antiguo Imperio Romano de Occidente fueron gobernados por distintas tribus bárbaras, incluidas las responsables de su caída. A grandes rasgos, la distribución de los pueblos de origen bárbaro que gobernaron territorios dentro de las antiguas fronteras del Imperio de Occidente sería la siguiente:

Véase también[editar]

Bibliografía[editar]

  • Henning Börm: Das weströmische Kaisertum nach 476. In: Josef Wiesehöfer et al. (eds.), Monumentum et instrumentum inscriptum. Stuttgart 2008, pp. 47–69.
  • Sandberg, K., The So-Called Division of the Roman Empire. Notes On A Persistent Theme in Western Historiography, Arctos 42 (2008), 199-213.


Enlaces externos[editar]