Hortensio Félix Paravicino

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Hortensio Félix Paravicino y Arteaga
ElGreco-HortensioParavicino.jpeg
Hortensio Félix Paravicino de El Greco c. 1609
Nacimiento 12 de octubre de 1580
Madrid
Fallecimiento 12 de diciembre 1633
Madrid
Ocupación religioso de la Orden de la Santísima Trinidad, orador y poeta

Hortensio Félix Paravicino y Arteaga (Madrid, 12 de octubre de 1580 - 12 de diciembre 1633), fue religioso calzado de la Orden de la Santísima Trinidad y destacó especialmente como orador y poeta. Se le considera dentro del grupo poético del Siglo de Oro por su estética culterana del Barroco.

Notas biográficas[editar]

Hortensio Félix Paravicino y Arteaga nació en Madrid el 12 de octubre de 1580, hijo de Mucio Paravicino y María de Arteaga. Su familia paterna era de origen italiano, de hecho estaba emparentada con el cardenal Antonio Pallavicino. Estudió gramática, retórica y letras en el colegio de los jesuitas de Ocaña. Los estudios superiores los realizó en Alcalá de Henares y después se trasladó a Salamanca para estudiar Cánones. Una muestra de su ingenio y agudeza es que a los 17 años ya defendió las Conclusiones públicas. El 18 de abril de 1600, cuando contaba con 19 años, pide su ingreso en el convento de los trinitarios calzados de Salamanca, siendo recibido por el famoso catedrático fr. Juan de la Estrella. Pronto tuvo ocasión de demostrar sus cualidades de orador, ya que el rey Felipe II visitó Salamanca y el orador a quien se había designado para ofrecer el discurso de bienvenida cayó enfermo, decidiendo entonces encomendar el discurso al joven trinitario, fr. Hortensio, que con sólo 21 años había obtenido ya la cátedra de retórica en la Universidad de Salamanca. Fue tal el entusiasmo que generó en todos que su fama aumentó, no sólo en la ciudad sino hasta en la misma corte, llamó especialmente la atención de Felipe, Príncipe de Asturias (que después sería Felipe III).


Por ese tiempo fr. Juan Bautista de la Concepción había conseguido de Roma los permisos para la constitución de una Provincia Trinitaria de Descalzos, eran muchos los trinitarios que seguían su ejemplo de austeridad y vuelta a la Regla Primitiva de San Juan de Mata, entre ellos nuestro fr. Hortensio, que en 1605 conoce en Salamanca al santo reformador trinitario y pide ingresar en el recién fundado convento descalzo de Salamanca, tomando el nombre de fr. Félix de San Juan, no duró mucho, sin embargo, así es como nos lo cuenta en sus escritos el mismo Juan Bautista de la Concepción:

«En aquella sazón había, entre los padres del Paño (trinitarios calzados), un religioso de cosa de 25 años, llamado Félix Hortensio, maestro por aquella universidad. Pienso se graduó de cosa de 22 años. Pudiera contar su vida, porque en materia de letras y virtud, sanctas y buenas inclinaciones, pudiera scribir muchos pliegos de papel. Confieso que en mi vida traté ni vi ni conocí hombre con semejantes partes naturales y sobrenaturales, porque yo pienso tenía, para todo lo que hacía y decía, al cielo muy favorable y de su parte. Antes de que yo fuese a Salamanca, había oído decir algo de que tenía voluntad y deseo de nuestro hábito. Aunque yo no lo había visto en mi vida ni conocido, me parece dende que oí decir su nombre estaba perdido por él; y, siempre que me acordaba de aquella fundación de Salamanca, me prometía este sujeto para bien y ayuda de la Religión. En entrando en Salamanca, fue Dios servido de lo enpezar a labrar para esta obra y a disponerlo, de suerte que en orden a eso, aunque no pidiendo el hábito, nos visitó en el mesón donde estábamos. Después perficionó y acabó su sancta vocación la muerte del padre maestro Estrella, ministro y catedrático en la universidad y en su casa, de suerte que, dentro de 20 días como allí entramos, él pidió nuestro sancto hábito. Y yo se lo di con particular gozo y contento mío y estraño sentimiento de su convento y de toda la universidad. Las diligencias que hicieron para sacarlo no fueron por fuerza, por ser él hombre, pero fueron las más estrañas y esquisitas que yo en mi vida he visto. Porque de parte de sus frailes eran tantas las lágrimas que derramaban m, los requiebros que le decían, que confieso me hicieron llorar muchas veces y a mí me convirtieron, de suerte que no me diera pena que se fuera. Acudieron todos los catredáticos de la universidad y con razones y persuasiones le procuraron combatir, pero, como él tenía un ingenio tan lindo, jamás se daba por concluido. Pedíanle la restitución de su persona a la universidad y a su religión. Poníanle escrúpulo de peccado mortal en ello. Finalmente, de todo se defendió con ayuda de nuestro Señor. Conservóse un mes en nuestro hábito, dando prendas de un angélico sancto Thomás en letras y en virtud. Confieso que me parece no vi en mi vida semejante humildad y rendimiento como el hombre mostraba, rigor y aspereza en sus penitencias; y muestras que habíe dado de que a la Religión ayudaría como sancto y siervo de Dios».[1]

Las causas por las que dejó la reforma trinitaria no se han llegado a conocer, él mismo no lo mencionó nunca. Algunos han querido ver orgullo y deseos de grandeza, poco acordes con el cuarto voto de humildad que los descalzos estaban obligados a hacer, otros una llamada de la corte que truncó sus deseos de apartarse de las glorias humanas. El caso es que en 1606 fr. Hortensio es ya Definidor Provincial, y por tanto es trasladado a la Casa de la Trinidad de Madrid. Allí conoció a fr. Simón de Rojas, con quien le unió hasta su muerte una profunda y sencilla amistad personal. Su fama de orador y predicador iba en aumento, promocionada ahora por su cercanía a la corte. En 1609 El Greco pinta su retrato[2] , expuesto en el Museo de Bellas Artes de Boston, y conocido como ejemplo de retrato psicológico, al que Luis Cernuda dedicó estos versos: «Tú no puedes hablarme, y yo apenas/ si puedo hablar. Mas tus ojos me miran/como si a ver un pensamiento me llamaran».[3] Desde que llegó a Madrid les había unido una amistad muy cercana, y de los muchos sonetos que nuestro fr. Hortensio dedicó al pintor, el que escribió con motivo de su muerte es, tal vez, el más famoso: «Creta le dio la vida, y los pinceles / Toledo, mejor patria donde empieza / a lograr con la muerte eternidades».[4]

Durante este período se relacionó con los más destacados escritores y artistas del Siglo de Oro. El carácter afable de Paravicino fue capaz de conciliar una relación de amistad con talantes tan diferentes como los poetas Luis de Góngora y Argote, Francisco de Quevedo y Lope de Vega, pero también con El Greco, como ya hemos comentado, con el dramaturgo y poeta Salas Barbadillo, el poeta Anastasio Pantaleón de Ribera, el poeta y crítico Bartolomé Leonardo de Argensola, el poeta, pintor y crítico literario Juan de Jáuregui, el humanista y cronista real Pedro de Valencia y el historiador y filólogo aragonés Pellicer de Tovar.

En 1617 el rey Felipe III lo nombra Predicador Real, cargo que mantuvo con el nuevo rey Felipe IV. Tras la muerte de Felipe III pronunció un famoso sermón panegírico que fue el comienzo de su más conocida enemistad, la que mantuvo hasta su muerte con el dramaturgo Pedro Calderón de la Barca. La controversia había comenzado a raíz de una disputa entre el hermano de Calderón y el cómico Pedro de Villegas, en la que salió herido el hermano de Calderón. En su huída, Pedro de Villegas pidió refugio en el Monasterio de las Trinitarias Descalzas, que dieron cobijo al agresor perseguido por la justicia. Los alguaciles, considerando que se había quebrantado la clausura papal, entraron por la fuerza en el monasterio pero no encontraron a Villegas, aunque se produjeron ciertos altercados y trataron desconsideradamente a las monjas trinitarias. El escándalo se amplió con la queja que Lope de Vega dirigió al Duque de Sessa, ya que su hija, Marcela de San Félix, era una de las monjas agraviadas.[5] Paravicino encontró el momento oportuno para levantar su voz cuando, unos días después del suceso, el 11 de enero de 1629, pronunciaba ante Felipe IV el panegírico en honor de los padres del monarca, e inculpó a los ministros de la justicia real del atropello infringido a las trinitarias. Calderón de la Barca se sintió aludido y ofendido, en cuanto afectaba al agresor de su hermano y porque Paravicino aprovechaba el momento para atacar a comediantes y a poetas dramáticos. En su obra El Príncipe constante dio la réplica burlándose de la oración funeral pronunciada por el fraile trinitario, citándole por su nombre en tono jocoso. Fr. Hortensio se dejó llevar por la indignación y una ira desconocida en él, primero se quejó al juez protector de teatros, consiguiendo que se condenara a arresto domiciliario por seis días al dramaturgo Pedro Calderón, y que se retiraran los versos de la obra, pero continuó su diatriba con Calderón que seguía mofándose en público del religioso, y escribió un memorial al rey Felipe IV afirmando que la ofensa no era sólo al que pronunció el sermón sino también a sus padres, los reyes Felipe III y Margarita de Austria-Estiria. El rey, que había aplaudido la obra de Calderón, consideró desmedido el incidente y mandó reprender en privado a Paravicino, aunque mantuvo la obligación de eliminar los versos ofensivos de la obra de Pedro Calderón. Juan de Jáuregui publicó una Apología de la verdad en defensa de Paravicino y el círculo de poetas y críticos amigos del religioso trinitario hicieron en todo momento público testimonio de apoyo y cercanía al famoso orador.

En la Orden Trinitaria fue Visitador de la Provincia de Andalucía, en dos ocasiones Ministro Provincial de Castilla, 1618-1621 y 1627-1630. Con 53 años sufrió una enfermedad hipocondriaca que se complicó con la falta de sueño y dificultades para la respiración, y que finalmente le llevó a la muerte el 12 de diciembre de 1633. Cuando el rey se enteró de su enfermedad mandó un mensajero para ofrecer a Paravicino los mejores médicos de su cámara y mandó celebrar misas ofreciendo la promesa de dar a fr. Hortensio las más altas dignidades eclesiásticas si Dios lo sanaba. Por su parte, fr. Hortensio, en la celda de su convento trinitario, ante un crucifijo, hizo voto de que de sanar no aceptaría dignidad alguna. Había dejado el hábito descalzo casi treinta años antes pero aún conservaba el espíritu de humildad que aprendió directamente de san Juan Bautista de la Concepción en Salamanca.

A su muerte recibió no pocos elogios de sus amigos. Lope de Vega le dedicó estos versos: «Aquel nuevo africano,/ Crisóstomo español con labios de oro./ Que nunca ingenio humano /del intelectual celeste coro / tanta parte alcanzó, pues parecía / éxtasis de su misma jerarquía».[6] Y por su parte Quevedo escribió: «El que vivo enseñó, difunto mueve,/ y el silencio predica en él difunto:/ en este polvo mira y llora junto/ la vista cuanto al pulpito le debe».[7]

Obra poética y oratoria[editar]

Compuso un centenar de sermones. De ellos se conserva la colección reunida en seis volúmenes por el trinitario fr. Alonso Cano Nieto en 1766 Oraciones evangélicas o discursos panegíricos y morales. La mayor parte son piezas cuaresmales, pero también hay oraciones fúnebres y sermones de santos. Destacan los de San Francisco Javier, el del Niño perdido, el de La soledad de la Virgen, el de Santa Isabel de Portugal, el de Santa Teresa etc. Entre las oraciones fúnebres, la ya mencionada por los reyes Felipe III y Margarita de Austria y la de Fray Simón de Rojas.

Su producción poética se publicó en Obras posthumas, divinas y humanas (1641), donde se incluye además una pieza teatral, Gridonia o Cielo de Amor vengado, y una loa. La posteridad, ya en su misma época, se ensañó contra la oscuridad de su estilo oratorio, sobre todo los ilustrados y neoclásicos del siglo XVIII, quienes rechazaron su oratoria alambicada, llena de alusiones, elusiones, hipérbatos y antítesis, porque se constituyó en modelo de toda la oratoria sagrada posterior y privó a la predicación de parte de su eficacia al distanciar su mensaje de la gente más inculta y humilde, que no comprendía lo encerrado y cubierto por tan difíciles excesos formales.

Su amistad con Luis de Góngora y Argote le permitió aprender del mejor maestro del culteranismo, tantas horas pasaba el poeta cordobés en coloquios con el trinitario que cuando finalmente se decidió, animado por fr. Hortensio, a publicar toda su obra poética, tuvo que rebuscar en la biblioteca de éste los originales de la mayor parte de sus sonetos. La admiración del uno por el otro mantuvo siempre una amistad, favorecida por el carácter afable del trinitario, que dejó para la historia un famoso duelo de sonetos. Este es uno de los que Paravicino dedicó a su maestro y que es ejemplo de su dominio de la poesía conceptual:

«Ya que obediente, ó a interior respeto,

ó, entera admiración venera mudo,
Córdova, quanto atenta a usurpar pudo,
sed mía estudiosa a tu mayor sujeto.

Recibe para el tan leve afecto
de gratitud, como este acento rudo,
de quien azeros ya colgó, y escudo,
siervo, sino del ozio, del secreto.

De cisnes jamás vistos, genio oculto
las plumas pareció, si bien menores
estas, qual breve arroyo a largo río.

Rinda pues al mayor, el menor culto,
y en grata niebla, en pompa igual de olores

tus aras cubra ofrecimiento mío»

Fuentes bibliográficas[editar]

  • CANO NIETO, A. (ed.), Oraciones evangélicas o discursos panegíricos y morales del M. Fr. Hortensio Félix Paravicino, Madrid, Joachin Ibarra, 1766, 6 vols.
  • CERDÁN, F. (ed.), Honras fúnebres y fama póstuma de Fray Hortensio Paravicino, Texto reunidos y presentados por..., Toulouse, Ed. Hélios, 1994.
  • CERDÁN, F. (ed.), Fray Hortensio Paravicino. Sermones cortesanos, Madrid, Ed. Castalia, 1994.
  • CERDÁN, F., Catálogo general de los sermones de Fray Hortensio Paravicino, Toulouse, Ed. Hélios, 1990.
  • CERDÁN, F., Paravicino y Arteaga, H. F.: Dictionnaire de Spiritualité XII (1984) 295‑207;
  • MILLÁN, P.G., «Paravicino y el Greco», Revista de la Universidad de Valladolid, Cast. I, 194041, págs. 119-142

Enlaces externos[editar]

Notas y referencias[editar]

  1. San Juan Bautista de la Concepción, Memoria de los orígenes de la descalcez trinitaria, Obras II, 492-493
  2. http://www.mfa.org/collections/object/fray-hortensio-f-lix-paravicino-31236
  3. Luis Cernuda, Antología poética. Con las horas contadas (Madrid, Rialp)
  4. Oraciones evangélicas o discursos panegíricos y morales del M. Fr. Hortensio Féllix Paravicino, 6 vols., Madrid, por Joaquín Ibarra, 1766
  5. Este es el texto de la carta de Lope de Vega al Duque de Sessa: «Grande ha sido el rigor buscando a Pedro de Villegas; el monasterio rota la clausura y aun las imágenes, que hay alcalde que se traga más excomuniones que un oidor memoriales. Ana de Villegas con guardas; el Mozo en Osuna y la justicia buscándole entre las monjas, a quien sacrílegamente han dado los golpes que pudieran a Cristo si la hallaran en la defensa de sus esposas. Yo estoy lastimado tanto por todas como por mi hija. El delito es grande; pero ¿qué culpa tienen las inocentes? Mas ¿cuándo no la tuvieron los corderos de la hambre de los lobos?». Cfr. EMILIO COTARELO, «Ensayo sobre don Pedro Calderón de la Barca» B.R.A.E., t. IX, 1922, págs. 44-61.
  6. «Obras no dramáticas de Lope de Vega», B. R. A. E., t. XXXVIH, pág 334-335.
  7. Francisco de Quevedo, Poemas escogidos, (Madrid, Catalia 1972) 145-146.