Historia de Barcelona

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La historia de Barcelona se extiende a lo largo de 4000 años, desde finales del neolítico, con los primeros restos hallados en el territorio de la ciudad, hasta la actualidad. El sustrato de sus habitantes aúna a los pueblos íberos, romanos, judíos, visigodos, musulmanes y cristianos. Como capital de Cataluña y segunda ciudad en importancia de España, la Ciudad Condal ha forjado su relevancia con el tiempo, desde ser una pequeña colonia romana hasta convertirse en una ciudad cosmopolita valorada internacionalmente por aspectos como su economía, su patrimonio artístico, su cultura, su deporte y su vida social.

Existen escasos vestigios anteriores a la fundación de la ciudad por los romanos en el siglo i a. C.. El área del llano de Barcelona y zonas colindantes conserva restos de finales del neolítico y principios del calcolítico. Posteriormente se desarrolló la cultura de los layetanos, un pueblo íbero. La ciudad romana, fundada en tiempos de Augusto, fue una colonia próspera aunque de escaso tamaño. A partir del siglo iii se introdujo el cristianismo y, entre los siglos v y viii, formó parte del reino visigodo. Tras una breve ocupación musulmana, Barcelona entró en la órbita del Imperio carolingio, hasta que se constituyó como condado y se independizó en el siglo x.

En época medieval, el Condado de Barcelona adquirió preminencia sobre el resto de condados catalanes y, con la formación de la Corona de Aragón, la ciudad se convirtió en uno de los centros políticos, económicos, sociales, culturales y comerciales de un vasto territorio que se extendió por todo el Mediterráneo (Cataluña, Aragón, Valencia, Baleares, Rosellón, Cerdeña, Sicilia, Nápoles, Atenas y Neopatria).

La crisis económica y social de la época bajomedieval se prolongó en buena medida durante la Edad Moderna: la unión de Castilla y Aragón en la Monarquía Hispánica conllevó el traspaso del poder real a tierras castellanas, lo que trajo un período de cierta decadencia, agravada por conflictos militares como la Guerra de los Segadores (1640-1651) o la Guerra de Sucesión (1701-1714), si bien a partir del siglo xviii comenzó una etapa de pujanza económica.

El siglo xix fue de un gran crecimiento para la ciudad, tanto a nivel demográfico como económico y urbanístico. El plan de Ensanche y la anexión de varios municipios colindantes supusieron una gran ampliación del perímetro urbano. La ciudad vivió un proceso de industrialización y modernización de sus estructuras urbanas, económicas y sociales, aunque, en el ámbito social, se vivió una época de gran conflictividad provocada por la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. Se experimentó también un renacimiento cultural y, a finales de siglo, surgió el modernismo como la expresión artística por excelencia de la nueva sociedad barcelonesa.

El siglo xx comenzó con las mismas agitaciones políticas con que acabó el siglo anterior, que cristalizarían en la Guerra Civil. La dictadura franquista significó un período de cierta decadencia, aunque la posterior llegada de la democracia revitalizó de nuevo la ciudad. El continuo progreso tanto económico como social llevaron a Barcelona a ser una urbe de gran relevancia tanto en el contexto español como europeo, mientras que diversos acontecimientos sociales, como los Juegos Olímpicos de 1992 y el Fórum Universal de las Culturas de 2004, situaron a la Ciudad Condal como una metrópoli de reconocido prestigio internacional, importante foco turístico y cultural, así como un pujante centro financiero y congresístico.

Geografía y localización[editar]

Plano de Barcelona.

Barcelona, capital de la comunidad autónoma de Cataluña, se encuentra en el Levante español, en la costa mediterránea. Su situación geográfica se ubica entre los 41° 16' y 41° 30' norte de latitud y entre los 1° 54' y 2° 18' este de longitud.[1] Con una superficie de 102,16 km², está situada en una llanura de unos 5 km de ancho, limitada en sus costados por el mar y por la sierra de Collserola —con la cima del Tibidabo (516,2 m) como punto más alto—, así como por los deltas de los ríos Besós y Llobregat. Por encima de la línea de la costa y separando la ciudad del delta del Llobregat se encuentra la montaña de Montjuïc (184,8 m).[2]

El llano de Barcelona no es uniforme, sino que presenta diversas ondulaciones originadas por los múltiples torrentes que antaño surcaban el terreno, y tiene asimismo una inclinación uniforme desde el mar hasta la sierra de Collserola, con una ascensión de unos 260 m.[3] El terreno está formado por un sustrato de pizarras y formaciones graníticas, así como arcillas y rocas calcáreas.[4] La costa estaba ocupada antiguamente por marismas y albuferas, que desaparecieron al ir avanzando la línea de costa gracias a los sedimentos aportados por los ríos y torrentes que desembocaban en la playa; se calcula que desde el siglo vi a. C. la línea de costa ha podido avanzar unos 5 km.[5]

El clima es mediterráneo, de inviernos suaves gracias a la protección que la orografía del terreno ofrece al llano, que queda resguardado de los vientos del norte. La temperatura suele oscilar entre los 9,5 °C y los 24,3 °C, como media. Presenta poca pluviometría, unos 600 mm anuales, y la mayoría de precipitaciones se produce en primavera y otoño. La vegetación propia de la zona está compuesta principalmente por pinos y encinas, y sotobosque de brezo, durillo, madroño y plantas trepadoras.[6]

Barcelona es también capital de la comarca del Barcelonés y de la provincia de Barcelona, y es el núcleo urbano más importante de Cataluña a nivel demográfico, político, económico y cultural. Es la sede del gobierno autonómico y del Parlamento de Cataluña, así como de la diputación provincial y del arzobispado, y cuenta con un puerto, un aeropuerto y una importante red de ferrocarriles y carreteras.[7] Con una población de 1 604 555 habitantes en 2015,[8] es la segunda ciudad más poblada de España después de Madrid, y la undécima de la Unión Europea.[9]


Gráfica de evolución demográfica de Historia de Barcelona entre 1842 y 2014

     Población de derecho según los censos de población del INE.[10]      Población según el padrón municipal de 2014.[11]

Toponimia[editar]

Estela romana de mármol con el nombre de Barcino (110-130 d. C.), Museo de Historia de Barcelona.

El origen y significado del topónimo Barcelona es incierto. Parece provenir de un poblado ibérico denominado Barkeno (Barkeno.png), que se menciona en unos dracmas ibéricos del siglo ii a. C.[12] Esta forma evolucionó al latín Barcino cuando la ciudad fue fundada como colonia romana en el siglo i a. C.[12] Algunas leyendas apuntan a un posible origen cartaginés, derivado de Amílcar Barca, pero parece poco probable,[13] como la leyenda que atribuye la fundación de la ciudad a Hércules, que habría recalado en ella en el noveno de una flota de barcos, por lo que la habría llamado Barca-nona.[14]

La primera mención escrita sobre Barcino procede del siglo i, efectuada por Pomponio Mela, mientras que en el siglo ii el astrónomo Claudio Ptolomeo la menciona en griego como Βαϱϰινών (Barkinṓn) en su Geografía.[15] El topónimo evolucionó entre los siglos iv y vii: en el siglo iv Avieno la llama en su Ora Maritima como Barcilo, aunque aparecen entonces numerosas variantes, como Barcilona, Barcinona, Barcinonem, Barchinon o Barchinonam.[16] Por otro lado, ya en el año 402 el poeta Persio la denomina Barcellone, un genitivo que hace suponer la existencia del nominativo Barcellona.[17] Isidoro de Sevilla la nombra en el siglo vii como Barcinona, mientras que ya en ese siglo aparece por primera vez la forma actual Barcelona.[18]

El topónimo Barcelona se halla presente en otros países del mundo, con unas 50 entidades de población que llevan ese nombre, la mayoría en Latinoamérica —la más relevante la Barcelona venezolana—, pero también en Francia, Italia, Estados Unidos, Filipinas, Australia y Camerún.[19]

Símbolos[editar]

El escudo de Barcelona se divide en cuatro cuarteles: el primero y el cuarto presentan la cruz de San Jorge llena de gules sobre plata, y el segundo y tercero el señal real de la Corona de Aragón, de cuatro palos de gules en campo de oro; lleva por timbre una corona real. El escudo está documentado por vez primera en 1329, mientras que, en 1345, el rey Pedro III concedió a la ciudad el privilegio de llevar signo nostro et signo dicte civitatis, es decir, el señal real y el municipal juntos. Cabe señalar que, entre los siglos xiv y xviii, no había un número fijo de palos, que podían variar de dos a cinco.[20] También el timbre ha tenido varias versiones a lo largo del tiempo, pudiendo ser una corona condal o real, o bien una cimera real en forma de dragón alado o de murciélago, a veces con lambrequines.[21]

Por su parte, la bandera de Barcelona es heráldica, ya que proviene de la conversión del escudo en bandera. Su representación más antigua es en una carta náutica de 1339, obra del cartógrafo mallorquín Angelí Dulcert. Como el escudo, ha tenido varias versiones en el tiempo, con dos o cuatro palos, siendo estos verticales u horizontales.[22] Otra bandera usada históricamente fue la de Santa Eulalia, patrona de la ciudad, con una imagen de la santa con los símbolos de su martirio (palma y cruz en aspa), sobre fondo carmesí. Como pendón o estandarte militar, fue usada en numerosos conflictos bélicos en los que la ciudad se vio inmersa, especialmente por la Coronela.[23] Su primera mención proviene de 1588.[24]

Antigüedad[editar]

Prehistoria[editar]

Existen escasos vestigios de época prehistórica en la ciudad. Durante el mioceno (hace unos 13 millones de años) probablemente habitó la zona el Pierolapithecus catalaunicus, una especie extinta de primate hominoideo cuyos primeros fósiles fueron descubiertos en diciembre de 2002 en Els Hostalets de Pierola (Anoia).[25] Los primeros restos vinculados a una especie homínida son del Homo neanderthalensis, que vivió durante el pleistoceno medio y superior: así lo atestiguan unos restos de árboles fosilizados hallados cerca de Barcelona, que demuestran la capacidad para utilizar el medio natural por parte de esta especie.[26] Sin embargo, probablemente a causa de una glaciación ocurrida hace unos 21000 años, el neandertal se extinguió, y ocupó su lugar el Homo sapiens, una especie más inteligente.[27] Ambas especies convivieron por un tiempo, pero la nueva estaba mejor adaptada al territorio y al frío polar.[28] Durante el paleolítico superior el hombre de Cromañón se dispersó por la región, llevando una vida nómada dedicada a la caza y la recolección. En este período se desarrollaron el arte y el lenguaje, fabricaban herramientas y confeccionaban tejidos y pieles.[29] Los primeros restos arqueológicos del paleolítico son unos primitivos instrumentos de piedra hallados en las terrazas del río Llobregat y algunas localidades del entorno.[30]

En el neolítico el ser humano se volvió sedentario. En este período, probablemente, se comenzó a poblar el llano de Barcelona con cabañas construidas con madera de árbol. Se empezó a cultivar la tierra, se consiguió la domesticación de animales (ganadería), y se desarrolló la cerámica.[31] Del neolítico inicial (5000 a. C.-3500 a. C.) se han hallado algunos restos de cerámica epicardial y de tallas de sílex y jaspe en la ladera sudoriental de la montaña de Montjuïc.[32]

Recipiente carenado con decoración epicampaniforme (edad del bronce), asentamiento de La Riba, Sant Just Desvern.

En el neolítico medio (3500 a. C.-1800 a. C.) se encuentran los primeros restos arquitectónicos, que se manifiestan principalmente por las prácticas funerarias con sepulcros de fosa, que solían ser de bastante profundidad y revestidas de losas. Un exponente de ello es la tumba descubierta en 1917 en la vertiente sudoeste de la colina de Monterols, entre las calles de Muntaner y Copérnico; de datación imprecisa, tiene 60 cm de alto y 80 de ancho, y estaba formada por losas planas de forma irregular. También se encontraron allí un cuchillo de sílex de 10 cm y otro fragmento de sílex, probablemente de otro cuchillo. Por lo que respecta a habitáculos, de esta época solo se ha encontrado un fondo de cabaña en lo que es la actual estación de San Andrés Condal.[33] También se han encontrado restos de piedra pulida en el parque Güell, la colina de la Rovira y la travesera de Gracia, así como unos pedazos de jaspe y fragmentos de cerámica en el monte Táber, y una punta de sílex y un hacha de piedra pulida en el subsuelo de la catedral.[34]

De la edad del bronce (1800 a. C.-800 a. C.) se conservan igualmente pocos restos por lo que respecta al llano de Barcelona. Los principales proceden de un yacimiento descubierto en 1990 en la calle de San Pablo, donde se hallaron restos de hogares de fuego y sepulturas de inhumación individuales. También son seguramente de este período los restos hallados en 1931 en Can Casanoves, detrás del Hospital de San Pablo, donde se encontraron restos de murallas de piedra y los fondos de tres cabañas circulares de unos 180 cm de diámetro, así como diversos vasos de cerámica.[35] Existen por otro lado testimonios escritos de dos monumentos megalíticos, situados en Montjuïc y Campo del Arpa, de los que, sin embargo, no ha quedado ningún rastro material. Por último, del calcolítico final existen unos escasos restos de la denominada cultura de los campos de urnas, hallados en la masía de Can Don Joan, en Horta, donde se encontraron unos pedazos de cerámica con decoración de acanalados; y, en la vertiente sudoriental de la montaña de Montjuïc, entre los caminos del Molí Antic y la Font de la Mamella, donde se hallaron restos de cerámica, incluidos dos pedazos de cerámica a torno de producción fenicia.[36]

Período ibérico[editar]

Territorio de los layetanos.

Entre el siglo VI a. C. y el siglo I a. C. el llano de Barcelona estaba ocupado por los layetanos, un pueblo íbero que ocupaba las actuales comarcas del Barcelonés, el Vallés, el Maresme y el Bajo Llobregat.[37] Los layetanos vivían de la agricultura, la ganadería y la minería —principalmente hierro, plata, cobre y oro—, y tenían contactos comerciales con las colonias griegas de Emporion (Ampurias).[38] Utilizaban un alfabeto de 28 signos, aunque su lenguaje no ha sido aún descifrado.[38]

En Barcelona no quedan apenas restos arqueológicos ibéricos: los principales vestigios de esta cultura se encontraron en las colinas de la Rovira, de la Peira y del Putget, así como en Santa Cruz de Olorde —en el Tibidabo—, pero no han permitido establecer unas especiales características por lo que respecta a habitáculos o sepulcros funerarios.[39] Los principales restos proceden de la Rovira, donde en 1931 se encontraron vestigios de un poblado ibérico que, desgraciadamente, fueron destruidos al instalarse unas baterías antiaéreas durante la Guerra Civil. Al parecer, tenía una muralla con dos accesos, mientras que, situado extramuros, se halló un conjunto de silos con 44 depósitos excavados en la roca. También se encontraron varios vasos de cerámica.[40]

Según parece, el principal asentamiento ibérico de la zona estuvo en Montjuïc —posiblemente el Barkeno que nombran dos monedas acuñadas a finales del siglo III a. C.—, aunque la urbanización de la montaña en fechas recientes y su uso intensivo como cantera de piedra durante toda la historia de la ciudad ha provocado la pérdida de la mayoría de restos. En 1928 se descubrieron en la zona de Magòria nueve silos de gran capacidad, que probablemente formarían parte de un almacén de excedentes agrícolas, además de restos de cerámica y dos llantas de rueda de carro elaboradas en hierro. Por otro lado, en 1984 se hallaron restos de un asentamiento en la vertiente sudoeste de la montaña, en un terreno de unas 2 o 3 hectáreas.[41]

Posiblemente hubo otro asentamiento en el monte Táber, pero el único indicio es una estela de piedra con una inscripción ibérica hallada en una casa de la calle Arc de Sant Ramon del Call, encontrada en el siglo xix y hoy ya perdida.[42] Algunas referencias a un asentamiento ibérico llamado Laie o Laiesken parecen legendarias; la inscripción Laiesken encontrada en algunas monedas probablemente haría referencia al nombre de todo el territorio layetano, no de un poblado.[38]

Barcelona romana[editar]

Plano de Barcino superpuesto al plano actual del Barrio Gótico.

La República romana entró por primera vez en la península ibérica en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica (218 a. C.), para contrarrestar el poder de los cartagineses en la zona, lo que acabó por devenir en el inicio de la conquista del territorio, un lento proceso que duraría casi dos siglos, hasta que el año 19 a. C. el emperador Augusto daría por concluido el control de la península. Las bases de actuación romana en la zona fueron inicialmente Emporion y Rhodae (actuales Ampurias y Rosas), así como la principal fundación romana en el territorio, Tarraco (Tarragona).[43] Durante este período, los romanos seguramente ocuparían el enclave íbero situado en Montjuïc, para controlar la desembocadura del Llobregat, un importante centro estratégico. Cabe suponer igualmente que durante este período se produciría una aculturación entre la población autóctona y los recién llegados.[44]

Restos arqueológicos romanos, Museo de Historia de Barcelona.

Según parece, fue durante el reinado de Augusto (27 a. C.-14 a. C.) —el cual supuso la conversión de la República romana en imperio— cuando se fundó la colonia que daría origen a la ciudad, bautizada como Barcino, seguramente como latinización del nombre íbero Barkeno. Fundada entre el 15 a. C. y el 10 a. C., el asentamiento se ubicó en un pequeño promontorio del llano de Barcelona cercano a la costa, el monte Táber (25 msnm).[45] El principal motivo de la elección de este lugar debió ser seguramente su puerto natural, si bien los aluviones de las torrenteras y la sedimentación de arena de las corrientes litorales irían dificultando el calado del puerto.[46] El nuevo poblado recibió el nombre completo de Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino.[47] [nota 1] Los primeros pobladores parecen haber sido legionarios licenciados de las guerras cántabras, libertos de la Narbonense y colonos itálicos.[52]

Mosaico de las Tres Gracias, el más antiguo hallado en la ciudad (siglos iii-iv), Museo de Arqueología de Cataluña (Barcelona).[53]

Barcino tomó la forma urbana de castrum inicialmente, y oppidum después, con los habituales ejes organizadores cardo maximus (actuales calles Llibreteria y Call) y decumanus maximus (calles Obispo, Ciudad y Regomir); [nota 2] en la confluencia de ambos se hallaba el forum (plaza de San Jaime), la plaza central dedicada a la vida pública y a los negocios.[55] Desde este centro, la ciudad seguía un trazado ortogonal, con manzanas cuadradas o rectangulares, siguiendo una disposición de mallas que partía de dos ejes principales: un orden axial horizontal (noroeste-sudoeste) y otro vertical (sudeste-nordeste), los cuales marcarían el futuro trazado de la ciudad, y sería recogido por Ildefonso Cerdá en su Plan de Ensanche de 1859.[56] El papel estratégico de Barcino, punto de llegada de los grandes ejes norteño —Vía Augusta— y mediterráneo, otorgó a la ciudad desde muy pronto un activo desarrollo comercial y económico; desde muy pronto también disfrutó de exención de impuestos.[52] El máximo esplendor de la época romana se dio durante los siglos ii y iii, con una población que debía oscilar entre los 3500 y 5000 habitantes.[57] Por otro lado, hacia el siglo iv Barcino había ya desplazado a Tarraco como referente de la región.[58]

Portal del Bisbe, antigua puerta Praetoria de la Barcino romana, con las dos torres de defensa y restos de la muralla y del acueducto.

La principal actividad económica era el cultivo de tierras circundantes, especialmente la vid, que tenía buena fama y se exportaba a otras áreas del imperio como la Galia, Italia, el norte de África e incluso en la frontera germánica.[59] Además del vino, se exportaba cerámica, sal de las minas de Cardona y salazón de pescado (garum).[60] Por el valor de los restos arqueológicos (tamaño del templo, abundancia de esculturas, mosaicos, ánforas) se ha determinado que los habitantes gozaron de un buen nivel de vida; sin embargo, no hay evidencias de que la ciudad tuviese teatro, anfiteatro ni circo.[59]

El gobierno de la ciudad seguía el modelo que el imperio otorgaba a las colonias, que era relativamente autónomo. El municipio tenía jurisdicción sobre la ciudad (urbs) y el área rural que la rodeaba (territorium). La curia municipal (ordo decurionum), formada por un centenar de miembros (curiales), administraba todos los aspectos de la ciudad, tanto políticos como administrativos y judiciales.[61] Las clases sociales se dividían entre ciudadanos (cives), domiciliados sin ciudadanía (incolae), residentes transitorios (hospites) y esclavos.[62] Entre los pocos barcinoneses con nombre propio conocido destaca Lucio Minicio Natal (siglo ii), tribuno militar, cuestor, pretor, senador, cónsul y augur, y ganador además de una medalla en los antiguos Juegos Olímpicos (año 129), en carreras de cuadrigas.[63]

Necrópolis romana, plaza de la Villa de Madrid.
Restos de las columnas del templo de Augusto.

El recinto de Barcino estaba amurallado, con un perímetro de 1,5 km, que protegía un espacio de 10,4 ha.[64] La primera muralla de la ciudad, de fábrica sencilla, se comenzó a construir en el siglo i a. C. Tenía pocas torres, solo en los ángulos y en las puertas del perímetro amurallado, de las que había cuatro: la Praetoria (plaza Nueva), la Decumana (calle Regomir), la Principalis Sinistra (plaza del Ángel) y la Principalis Dextra (calle del Call).[65] Sin embargo, las primeras incursiones de francos y alamanes a partir de los años 250 suscitaron la necesidad de reforzar las murallas, que fueron ampliadas en el siglo iv. La nueva muralla se construyó sobre las bases de la primera, y estaba formada por un muro doble de 2 metros, con espacio en medio relleno de piedra y mortero. El muro constaba de 81 torres de unos 18 m de altura, la mayoría de base rectangular (diez con base semicircular, situadas en las portaladas).[66]

En el foro de la ciudad se concentraban las construcciones dedicadas a los negocios, la justicia, las termas o baños públicos, y era el lugar donde las autoridades se reunían en la Curia y la Basilica.[61] Aquí se hallaba el templo de Augusto, construido pocos años después de la fundación de la ciudad, probablemente a finales del siglo i a. C. Era un edificio de planta rectangular, sobre podio, hexástilo y períptero, con una columnata de orden corintio, de unos 35 m de largo por 17,5 de ancho, unas dimensiones considerables para la ciudad. Actualmente solo se conservan cuatro columnas y partes del podio y del arquitrabe, conservadas en el interior de la sede del Centro Excursionista de Cataluña.[67]

Del resto de elementos urbanos conservados de época romana conviene resaltar la necrópolis, un conjunto de tumbas situado en el exterior del área amurallada, en la actual plaza de la Villa de Madrid: cuenta con más de 70 tumbas de los siglos ii y iii, descubiertas casualmente en 1954.[68] También hay restos de dos acueductos que conducían las aguas hacia la ciudad, uno de ellos desde la sierra de Collserola, al noroeste, y otro desde el norte, tomando agua del río Besós; ambos se unían enfrente de la puerta Praetoria de la ciudad (actual plaza Nueva).[69] Otros restos son los de una domus (casa familiar) situada en la calle San Honorato, en el subsuelo del edificio del Departamento de Presidencia de la Generalidad de Cataluña, originarios del siglo iv y excavados en 2003. Una parte significativa de la antigua Barcino es visible en el subsuelo arqueológico del Museo de Historia de Barcelona, donde también se encuentran testimonios de sus monumentos y de la vida cotidiana de sus habitantes.[70]

Barcelona paleocristiana[editar]

Las primeras comunidades cristianas comenzaron a establecerse pronto en la región: en 259 se creó la diócesis de Tarraco. En Barcino, hay constancia de una primitiva comunidad y obispo propio entre 260 y principios del siglo iv, período en el que surgieron las primeras veneraciones a cristianos martirizados durante la persecución de Diocleciano. Es el caso de san Cucufate, que fue martirizado en Castrum Octavium (actual San Cugat del Vallés);[71] o de santa Eulalia, martirizada en Barcelona el año 303, a los 13 años. Fue canonizada en 633 y, más o menos en esa fecha, fue declarada patrona de Barcelona; la catedral de la ciudad está consagrada a ella, además de a la Santa Cruz, su primera advocación como basílica paleocristiana.[72]

El cristianismo fue legalizado el año 313 por el emperador Constantino, a través del edicto de Milán.[73] Por estas fechas aparece como obispo legendario de la ciudad san Severo, el cual sin embargo no está documentado; el primer obispo conocido de Barcino fue Pretextato, quien en el año 347 asistió al sínodo antiarriano de Sárdica (Bulgaria), con Osio de Córdoba. Le sucedió san Paciano (c. 360-390), considerado Padre de la Iglesia.[74]

A finales del siglo iv, los municipios bajo el poder de Roma comenzaron a perder poder, en demanda por el Imperio de más recursos económicos, lo que finalmente derivó en la ruralización de parte de la población y un moderado autogobierno de la ciudad. Finalmente, tras la muerte de Teodosio I (395), se produjo la separación definitiva del Imperio romano en dos: el Imperio romano de Oriente y el Imperio romano de Occidente. Durante este período Barcelona fue la capital de dos usurpadores al trono imperial: Máximo (409-411), un noble hispano que tomó el control de la Tarraconense, hasta ser capturado y ejecutado por el emperador Honorio;[75] y Sebastián (444).[76] Máximo llegó a acuñar unas monedas con la marca SMBA (Sacra Moneta Barcinonensis).[77]

Alta Edad Media[editar]

Ataúlfo, rey visigodo que situó la capital de su reino en Barcelona.

Barcelona visigoda[editar]

El inicio del siglo v supuso el principio del fin del Imperio romano de Occidente. Los visigodos, una rama de los pueblos godos, irrumpieron en el imperio por los Balcanes y se afincaron hacia el oeste. Otros pueblos bárbaros, como los vándalos, los suevos y los alanos, entraron en la península ibérica por el Pirineo oriental en 409, y tomaron varias provincias del oeste y sur de Hispania. Posteriormente, al mando de Alarico I, los visigodos saquearon Roma en agosto de 410.[78]

El sucesor de Alarico, su hermanastro Ataúlfo (410-415), se casó en 414 con Gala Placidia, hija de Teodosio I, y estableció en Barcelona su corte.[79] La capitalidad apenas duró unos meses, pues Ataúlfo murió asesinado en su palacio de la ciudad por un esclavo de Sigerico; a su vez, Sigerico fue asesinado al cabo de una semana también en Barcelona.[80] Hacia 416 se permitió a los visigodos entrar en Hispania para controlar a los otros pueblos bárbaros establecidos, en calidad de fœderati de Roma. Walia reconquistó gran parte de Hispania, por lo que el emperador Honorio permitió a los visigodos acceder a Aquitania y Gallia Narbonensis para establecer su territorio, a partir de 417. Walia estableció su corte en Toulouse.[81] Durante el reinado de Eurico (466-484), el reino de los visigodos se declaró independiente de Roma. Eurico tomó la Tarraconense (470-475), y forzó con el hérulo Odoacro deponer al último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, en 476.[82]

A la muerte de Alarico II en lucha contra los francos en 507, su hijo ilegítimo y sucesor, Gesaleico (507-511), replegó su reino y lo concentró en Hispania, con capital nuevamente en Barcelona.[83] Una vez depuesto, la lucha entre sus partidarios y los del ostrogodo Teodorico el Grande dio lugar a la batalla de Barcelona (512), que dio el reino a Amalarico, hijo de Alarico II y nieto de Teodorico, el cual fue asesinado en Barcelona en 531.[79] Su sucesor, Teudis, volvió a establecer la corte en Barcelona, hasta el año de su muerte en 548.[84] Finalmente, tras sedes poco estables, Leovigildo fijó capital estable en Toledo en 573.[85] Aun así, Barcelona continuó teniendo una gran relevancia económica, como demuestra el documento De fisco Barcinonensis (592), y el mantenimiento de una ceca hasta el final de este período.[76]

En el año 673, una rebelión iniciada por el duque Paulo para hacerse con el poder a título de rey en Narbona incluyó aproximadamente los territorios de Septimania y Cataluña —y, por tanto, Barcelona—, aunque fue apaciguada por el rey visigodo Wamba.[79] El reino visigodo se derrumbó con el desembarco musulmán de Gibraltar en 711, que dio origen a la formación de al-Ándalus.[86]

Desde el final del Imperio romano la ciudad había destacado en la Tarraconense, y parece que tuvo bastante importancia entre los visigodos por establecer corte y capital en varios períodos (Ataúlfo, Gesaleico, Teudis).[87] En general, el período visigodo es bastante desconocido. Parece que la ocupación del territorio fue pacífica, y que los ciudadanos no abandonaron la forma de vida romana y paleocristiana de forma agresiva, en parte porque los visigodos también estaban bastante romanizados.[88] En la ciudad, los visigodos no constituyeron una población importante, y solo ocuparon puestos de poder, como la guarnición militar y las autoridades, formadas por el conde (comes civitatis) y su vicarius.[89]

Los primeros visigodos que ocuparon la ciudad eran arrianos, mientras que la ciudad, por tradición hispanorromana, era católica. Según parece, hasta la conversión de Recaredo al catolicismo (589) la catedral de la Santa Cruz fue de credo arriano, mientras que el culto católico se practicaba en la iglesia de San Justo.[87] Durante el obispado de Nebridio se celebró en Barcelona un concilio católico de la provincia eclesiástica de la Tarraconense (540); un segundo Concilio católico se celebró en 599, en la catedral, bajo el obispado de Ugern.[74]

Hay pocos restos del período visigodo, en que la ciudad se mantuvo intramuros. La mayor parte de lo conservado es visible en el subsuelo arqueológico del Museo de Historia de Barcelona. Se conocen restos de un palacio edificado en el siglo v sobre el antiguo foro romano, posteriormente Palacio Episcopal. Otro palacio, tal vez donde fuera asesinado Ataúlfo, se descubrió bajo el actual Salón del Tinell, en la plaza del Rey, donde también se descubrió una necrópolis de la época (siglos vi-vii).[90] Además de la catedral, que evolucionó de la basílica paleocristiana, y de la mencionada iglesia de San Justo, hay constancia de que existían otras iglesias, como San Pablo del Campo y Santa María de las Arenas —posteriormente del Mar—.[91]

Barcelona musulmana[editar]

El califato de Córdoba hacia el año 1000.

Los musulmanes entraron en la península en 711. Durante ese año, en la parte norte de la Tarraconense estaba en el poder Agila II, un líder enemigo del también visigodo Rodrigo, por lo que se sirvió de los musulmanes para combatirle, hecho que evitó la conquista de la ciudad en el primer momento de la entrada musulmana a la península.[92] Le siguió Ardón, quien fijó residencia en Narbona y, tras oponer resistencia a los musulmanes, estos, bajo el mando de Al-Hurr ibn Abd ar-Rahman al-Thaqafi, conquistaron definitivamente el territorio entre 717 y 718.[93] La entrada en Barcelona fue pactada y sin resistencia.[94]

El valí de Barcelona Sulayman ben al-Arabí, junto a otros valíes contrarios a Abderramán I, buscaron la ayuda de Carlomagno para contrarrestar el poder del emirato de Córdoba en 777.[95] El acuerdo no prosperó, y Sulayman fue capturado en Saraqusta (Zaragoza). Durante la batalla de Roncesvalles fue liberado y, de vuelta a Zaragoza, envió a su hijo Matruh ben Sulayman al-Arabí a controlar Barcelona y Gerona. A la muerte de su padre en 780, por el valí Husayn de Zaragoza, dispuso la ciudad a favor del emirato de Córdoba, al que ayudó sitiando Zaragoza en 781. En 789 se rebeló de nuevo y tomó el control de Zaragoza y Wasqa (Huesca).[96]

A la muerte de Matruh en 792 tomó el poder en Barcelona Sadun al-Ruayni. En 797 viajó a Aquisgrán para solicitar ayuda contra el emirato de Córdoba —entonces bajo el control de Al-Hakam I— a Carlomagno, al que ofreció la ciudad. Este envió a su hijo Ludovico Pío, quien, junto a otros nobles, pretendía tomar la ciudad pacíficamente, en otoño de 801. Sadun no cumplió su palabra y se negó a entregar la ciudad, por lo que los francos atacaron Barcelona. El asedio fue largo, y Sadun escapó en busca de ayuda de Córdoba. Fue capturado, y tomó el poder Harun, último valí de Barcelona. Partidario de seguir defendiéndose del ataque franco, fue destituido por sus allegados y entregado a los francos el 3 de abril de 801.[97]

El poder musulmán en la ciudad duró algo más de 83 años. Durante la ocupación musulmana, la ciudad fue conocida como برشلونة (Barshilūna). Los ocupantes no intentaron convertir a la población local, y permitieron la libertad de culto.[98] Los valíes musulmanes habilitaron una guarnición militar en la ciudad, y cobraron impuestos especiales a los no musulmanes; quizá por ello muchos ciudadanos se convirtieron a la nueva religión, para no pagar impuestos: eran los llamados muladíes.[94] El principal templo cristiano, la catedral, fue probablemente convertida en mezquita, aunque no hay vestigios de ello; el culto cristiano pasó a la iglesia de San Justo.[94] El gobierno civil fue respetado y la ciudad conservó las autoridades tradicionales (conde y obispo). Se reactivó la economía gracias al comercio con Oriente, de donde llegaban perfumes, joyas y esclavos, mientras que se exportaba lino, miel y aceite.[99]

Barcelona carolingia[editar]

El período histórico de la ciudad bajo dependencia de la dinastía carolingia abarca desde la entrada a la ciudad de Ludovico Pío en 801 hasta la ofensiva dirigida por Almanzor en 985. Tras la entrada en la ciudad, Ludovico designó a un godo local, Bera, como conde de Barcelona.[100] Este recibió también el título de marqués, al hacerse cargo del territorio fronterizo o marca (Marca Hispánica).[nota 3] El obispado pasó a depender de la sede metropolitana de Narbona.[74] En 815, un ejército comandado por Abd Allah al-Balansí, tío de Al-Hakam I, se dispuso a conquistar la ciudad, pero antes de atacarla un ejército godo reclutado por Bera frustró el intento y obligó a los atacantes a retirarse.[101] A la muerte de Odilón, conde de Gerona —que incluía los pagus de Besalú y Ampurias—, Bera recibió el poder sobre esos territorios. Hacia 820 Bera y sus seguidores godos se sublevaron contra el poder carolingio, por lo que fue depuesto y sus territorios pasaron a manos del conde Rampón.[100]

Durante este período hubo numerosas incursiones musulmanas: en 827 asaltaron la ciudad sin éxito, al igual que en 841, 842 y 845; sin embargo, en 852 sí consiguieron tomar la ciudad, la cual devastaron.[102] Hubo nuevos ataques en 856 y 861, fecha esta última en que conquistaron territorios próximos y asediaron la ciudad, aunque el conde Hunifredo consiguió una tregua. Aún hubo nuevas campañas entre 911 y 914, y en 935, 940 y 956.[103]

La unión del condado al Imperio carolingio ya estaba debilitada a finales del siglo ix. Tras ser depuesto el conde Bernardo II, el título lo recibió Wifredo el Velloso (Guifré el Pilós), hijo de Sunifredo I, de origen hispanogodo.[104] Enemistado con el valí de Lérida, Lop ibn Muhammad ibn Lop, Barcelona fue atacada en 897. El conde Wifredo murió poco después en lucha con Lop en las inmediaciones de Navès.[105] Tras Wifredo, el condado fue heredado por sus hijos Wifredo II Borrell y Suniario I, ya sin designación real franca. Con Wifredo comenzó una dinastía que regiría las tierras catalanas durante varios siglos, la Casa de Barcelona.[106]

El año 985, el caudillo musulmán Almanzor arribó a las inmediaciones de Barcelona, tras varias incursiones por otros reinos y condados cristianos del norte de la península ibérica.[107] Tras un asedio de ocho días, el 6 de julio tomó la ciudad, la cual saqueó y prendió en llamas. Muchos de los habitantes de la ciudad fueron hechos prisioneros, esclavos o asesinados. La ocupación duró unos seis meses.[108] Pese a las peticiones de auxilio a los reyes francos, Barcelona fue abandonada a su suerte, por lo que, en 988, el conde Borrell II rehusó rendir vasallaje al nuevo rey, Hugo Capeto, e hizo efectiva la independencia de la marca, la cual fue de facto, pero no reconocida por Francia hasta 1258, en que se firmó el tratado de Corbeil entre Luis IX de Francia y Jaime I de Aragón.[109]

Lápida conmemorativa de la fundación del hospital judío del Call (siglo xiii), MUHBA.

Durante la etapa carolingia, el condado era dirigido y gobernado directamente por el conde, que se ayudaba por un vizconde, mientras que las cuestiones de gobierno local de la ciudad las administraba un vicario (veguer), que también regía sobre el ámbito militar y la dirección de los alguaciles.[110] Durante los aproximadamente dos siglos que duró la influencia carolingia en Barcelona, la ciudad contaba además de la catedral con las iglesias urbanas de San Justo, San Miguel y San Jaime, además de las localizadas extramuros de Santa María del Pino, Santa María del Mar, San Julián de Montjuïc, el monasterio benedictino de San Pablo del Campo y de monjas benedictinas de San Pedro de las Puellas).[111]

Durante este período prosperó el barrio judío (el Call), situado entre las actuales calles de Ferran, Baños Nuevos, Palla y Obispo. Fundado en el 692, pervivió hasta su destrucción en 1391 en un pogromo. Los judíos constituían un núcleo activo que se dedicaba a la medicina, el comercio y la pequeña industria, y potenciaron las relaciones con al-Ándalus. Estaba separado del resto de la ciudad por una muralla, y tenía dos sinagogas (Mayor, actualmente un museo, y Menor, hoy en día parroquia de San Jaime), baños, escuelas y hospitales.[112]

Fuera de los muros de la ciudad, el llano de Barcelona estaba dedicado a la agricultura, especialmente dedicada a abastecer a la ciudad: era el conocido como hort i vinyet de Barcelona («huerto y viñedo»), que producía fruta, verdura y vino, en un área comprendida entre las rieras de Horta y Sants, y entre la sierra de Collserola, el Puig Aguilar y el Coll de Codines hasta el mar.[113] Este desarrollo agrícola se consolidó con la construcción, a mediados del siglo x —y seguramente por el conde Miró—, de dos canales que dirigían las aguas del río Llobregat y del Besós a las inmediaciones de la ciudad: la del Besós era conocida como Acequia Condal (Rec Comtal o Regomir), y era paralela a la Strata Francisca, una vía que suponía una variante de la antigua Via Augusta romana, y que fue construida por los francos para aproximar mejor la ciudad al centro del Imperio carolingio.[114]

Por otro lado, en el llano de Barcelona fueron surgiendo entre los siglos x y xii diversas aldeas y núcleos de población, generalmente en torno a parroquias y de carácter eminentemente agrícola: San Andrés de Palomar, San Ginés dels Agudells, San Vicente de Sarriá, San Gervasio de Cassolas, Santa Cecilia de Pedralbes, Santa María de Sants, Santa María de Vallvidrera, San Martín de Provensals, Santa Eulalia de Vilapicina, San Juan de Horta, Santa María de Font-rúbia, Santa Eulalia de Provençana, Santa María de Bellvitge y San Adrián de Besós.[115]

Baja Edad Media[editar]

Plano de la Barcelona medieval con el perímetro amurallado correspondiente al siglo xv.

Tras la expansión territorial del condado de Barcelona, la ciudad pasó a formar parte de la Corona de Aragón, convirtiéndose en uno de los centros políticos, económicos y sociales de un vasto territorio que incluía posesiones por todo el mar Mediterráneo. El recinto de la ciudad fue creciendo desde el primitivo núcleo urbano —lo que hoy día es el Barrio Gótico— y, en el siglo xiv, surgió el barrio del Raval. Barcelona tenía entonces unos 25 000 habitantes.[116]

Barcelona medieval[editar]

Origen del escudo del condado de Barcelona, óleo de Claudio Lorenzale (1843-1844), Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge.

En el contexto del feudalismo medieval, Barcelona gozó de unos notables privilegios, concedidos primero por los reyes francos y, posteriormente, por los condes catalanes. Los barceloneses eran hombres libres, pudiéndose dedicar sin trabas a sus actividades artesanales y comerciales. Este hecho, junto al factor protector de su muralla y una envidiable situación geográfica, convirtieron a la ciudad en motor del Principado de Cataluña.[nota 4]

A lo largo del siglo xi el condado de Barcelona efectuó una rápida expansión territorial con los territorios ganados a los musulmanes, lo que otorgó una gran prosperidad a la ciudad con los tributos de estos terrenos feudatarios. El conde Ramón Berenguer I unificó los condados de Barcelona, Gerona y Osona tras la renuncia de sus hermanos, sofocó la rebelión del noble Mir Geribert y logró la sumisión del resto de condados catalanes, adquiriendo el de Barcelona la hegemonía sobre el resto. En 1068 compró además los condados de Rasés y Carcasona, en Occitania, con lo que se convirtió en el señor de un vasto territorio.[121] Sus hijos Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II mantuvieron la supremacía del condado, incrementaron las parias que le tributaban los reinos musulmanes de Tortosa y Zaragoza y las extendieron a otros reinos, como Denia y Granada.[122] Por su parte, Ramón Berenguer III incorporó los condados de Besalú (1111) y Cerdaña (1117) y, gracias a su matrimonio con Dulce de Provenza (1112), pasó a gobernar igualmente en este condado.[123] Por otro lado, en 1118, la Iglesia catalana logró independizarse del arzobispado de Narbona, gracias a la autorización del papa para restaurar la sede de Tarragona.[123]

Ramón Berenguer III clavando la enseña de Barcelona en el castillo de Fos, de Mariano Fortuny (1857), Palacio de la Generalidad de Cataluña.

El matrimonio de Ramón Berenguer IV con Petronila de Aragón (1137) unificó los dos territorios bajo una misma dinastía, con lo que se formó la Corona de Aragón, de la que Barcelona fue una de las ciudades más importantes y sede práctica de la corte.[124] La unión de los dos reinos no fue jurisdiccional, ya que ambos mantuvieron sus instituciones, fueros y privilegios.[125] [126] Por otro lado, Ramón Berenguer IV conquistó Lérida y Tortosa, con lo que alcanzó un territorio similar al de la actual Cataluña. En 1165 reincorporó además el condado de Provenza.[127] Los territorios conquistados —la Cataluña Nueva— fueron repoblados con población cristiana, la cual gozó de ciertos privilegios respecto a la Cataluña Vieja, que seguía bajo el régimen feudal.[128]

En el siglo xii se construyeron diversas fortificaciones para reforzar las defensas de las puertas de la muralla: el Castell Nou, en el Call; el castillo de Regomir, en la puerta del Mar; y el castillo del Ardiaca en el Portal del Bisbe (plaza Nueva).[129] La prosperidad ganada con la expansión territorial propició los primeros asentamientos extramuros de la ciudad, una vez alejado el peligro de las incursiones musulmanas. Se crearon diversos núcleos de población (vila nova), generalmente en torno a iglesias y monasterios: así ocurrió alrededor de la iglesia de Santa María del Mar, donde se creó un barrio de carácter portuario; igualmente en la iglesia de San Cucufate, de carácter agrario; el barrio de San Pedro en torno a San Pedro de las Puellas; el barrio del Pino surgió alrededor del iglesia de Santa María del Pino; el de Santa Ana junto a la iglesia homónima; el barrio de Arcs se asentó alrededor del Portal del Bisbe; y el Mercadal, en torno al mercado del Portal Mayor.[130] También se fue formando poco a poco el barrio del Raval («arrabal»), inicialmente un suburbio poblado de huertos y algunos edificios religiosos, como el monasterio de San Pablo del Campo (914), la iglesia de San Antonio Abad (1157), el convento de los carmelitas calzados (1292), el priorato de Nazaret (1342) o el monasterio de Montalegre (1362).[131]

Muralla y puerta de la Portaferrissa, en un mosaico de la fuente homónima.

La creación de estos nuevos barrios obligó a ampliar el perímetro amurallado, por lo que en 1260 se construyó una nueva muralla desde San Pedro de las Puellas hasta las Atarazanas, cara al mar. El nuevo tramo era de 5100 m, y englobaba un área de 1,5 km².[132] El recinto contaba con ochenta torres y ocho puertas: San Daniel, Campderà —posterior Portal Nuevo—, Jonqueres, Orbs —luego Portal del Ángel—, Santa Ana, Portaferrissa, Boquería y Trentaclaus.[133] También se construyó en la periferia urbana un entramado de fortificaciones para la defensa de la ciudad, como el castillo del Puerto, en Montjuïc; los de Martorell y Castellví de Rosanes, en la entrada del río Llobregat; los de Eramprunyà (Gavà) y Castelldefels en el delta del mismo río; y el de Montcada en la entrada del río Besós.[134]

La ciudad fue durante la Edad Media un importante enclave comercial, tanto por su situación entre Francia y los dominios musulmanes —que fue disminuyendo conforme avanzaba la Reconquista—, como en su proyección hacia el mar. En el área portuaria era corriente la ubicación de mercaderes de variada procedencia, sobre todo genoveses, pisanos, griegos, egipcios y norteafricanos.[133]

Cabe remarcar también la importancia que en la era medieval tuvo la Iglesia católica, presente en la vida de la ciudad a través de diversas órdenes monásticas que erigieron multitud de conventos y monasterios por todo el perímetro urbano: benedictinos (San Pablo del Campo, San Pedro de las Puellas, Valldaura, Santa María de Valldonzella, Santa María de Jonqueres), templarios (establecidos en lo que luego sería el Palacio Real Menor), hospitalarios (Hospital de la Santa Cruz), franciscanos (convento de San Francisco, llamado Framenors), dominicos (convento de Santa Catalina), trinitarios (convento de Nuestra Señora de la Buenanueva), agustinos (convento de San Agustín), carmelitas (convento del Carmen), orden del Santo Sepulcro (monasterio de Santa Ana), etc.[135] En Barcelona surgió además la orden mercedaria, tras la aparición según la leyenda de la Virgen de la Merced a Jaime I, san Raimundo de Peñafort y san Pedro Nolasco en 1218, a los que impuso la redención de cristianos cautivos de musulmanes; establecidos en el convento de la Merced (actual Capitanía General), su culto se difundió rápidamente y, en 1687, la Merced fue declarada patrona de la diócesis de Barcelona.[136]

Nuevas instituciones[editar]

El crecimiento económico y social de la ciudad propició desde el siglo xii el establecimiento de diversos órganos de autogobierno y de fuentes propias de legislación urbana. Así, en 1228 se promulgaron los Usatges de Barcelona, un código legislativo que sería la base jurídica para el gobierno de la ciudad, regido hasta entonces por los viejos códigos romano y visigodo. Los Usatges pasaron posteriormente de la ciudad al resto del territorio, y sentaron las bases del derecho catalán. Se conserva un manuscrito en latín, del siglo xii, y una versión catalana del siglo xiii.[137]

El gobierno de la ciudad estaba en manos del vicario (veguer), ayudado por el alguacil o baile (batlle), y asesorado por un consejo de notables, así como —en ocasiones— una asamblea de vecinos, el consell de ple. Pero, al ir creciendo la ciudad, aumentó la representación ciudadana, hasta que en 1258 Jaime I creó una nueva estructura de gobierno municipal, compuesta por cuatro veguers, que estaban asistidos por ocho consejeros y una asamblea de jurados —ciudadanos que representaban los diversos estamentos y gremios de la ciudad—. Inicialmente, esta asamblea contaba con doscientos jurados, pero, en 1265, fue reducida a cien, dando nombre al gobierno municipal desde entonces: Consell de Cent (Consejo de Ciento), que perduró hasta 1714.[138] El Consejo gozaba de amplia autonomía para ejercer el poder municipal, la cual fue reconocida en 1284 por Pedro III con el privilegio Recognoverunt proceres.[139] Esta entidad operaba en un campo de actuación que iba desde Montcada hasta Molins de Rei, y desde Castelldefels hasta Montgat. Entre otras cosas, se encargaba del suministro de víveres y agua, del mantenimiento de los caminos, del censo de la población y de la demarcación territorial. También estableció los primeros patrones de edificación urbana, conocidos como Consuetuds de Sanctacilia y promulgados por Jaime I.[140]

Portada de los Usatges de Barcelona.

En el ámbito comercial, en 1258 se creó el Consulado del Mar, agrupación de armadores y comerciantes que regulaba el comercio marítimo y la reglamentación portuaria. Esta asociación creó su propia legislación mercantil, recogida en el siglo xiv en el Llibre del Consolat de Mar, el primer código marítimo conocido a nivel mundial, que sentó las bases del comercio marítimo en todo el Mediterráneo.[141] [nota 5]

La máxima institución del Principado eran las Cortes, instituidas en 1283 por Pedro III con una función principalmente legislativa.[nota 6] Estaban formadas por tres estamentos o «brazos»: el eclesiástico (presidido por el arzobispo de Tarragona), el militar (presidido por el conde de Cardona) y el real (presidido por el síndico primero de Barcelona). En ellas, tanto el rey como los diversos estamentos hacían peticiones y presentaban quejas y, después de varias deliberaciones, votaban los acuerdos a que hubiesen llegado. La base de este sistema era el pactismo, lo que mermaba la autoridad absoluta del rey, que debía ceder ante los estamentos si quería la colaboración de sus súbditos.[142] Las Cortes eran itinerantes, por lo que se celebraban en diversas localidades del Principado según la ocasión. Cada reino tenía sus propias cortes, pero en ocasiones se convocaban unas Cortes Generales de la Corona de Aragón, que solían celebrarse en Fraga o Monzón. Sin embargo, el carácter oligárquico de las Cortes, que solo representaban a los estamentos privilegiados, provocó fricciones sociales en el futuro.[143]

Apoteosis heráldica del Condado de Barcelona (1681), Museo de Historia de Barcelona.

En 1365 estableció su sede en Barcelona la Generalidad de Cataluña,[nota 7] un organismo encargado de recaudar tributos y supervisar el cumplimiento de los acuerdos tomados en Cortes, lo que en la práctica equivalía al gobierno ejecutivo del reino. Aunque su ámbito era todo el territorio catalán, su ubicación en Barcelona comportó un cierto control sobre los asuntos urbanos. Entre otras funciones de la Generalidad figuraban cometidos militares vinculados a la defensa, orden público y mediación en disputas judiciales —algo parecido a un Tribunal Supremo— y, por lo general, fue un instrumento de la oligarquía para mantener sus privilegios frente a la monarquía. Su presidencia solía recaer en altos cargos de la jerarquía eclesiástica.[145]

En 1401 se creó la Taula de Canvi de Barcelona («mesa de cambio»), el primer banco público creado en Europa. La Taula tenía por objetivo favorecer el cambio de moneda para las transacciones comerciales, al tiempo que servía de depósito de todos los caudales públicos y judiciales. Estaba regida por dos administradores elegidos por dos años, que debían depositar una fianza de 6000 florines de oro para garantizar su buena gestión. La Taula mantuvo sus funciones con éxito hasta ser disuelta por Felipe V en 1714.[146]

Todas estas instituciones requirieron un número cada vez mayor de funcionarios públicos. Los principales eran: advocats (asesores), clavari (responsable de hacienda), mestre racional (contable), escrivà major (notario), procuradors (administradores de las posesiones de la ciudad), síndics (síndicos), obrers (responsables de obras públicas), mostassaf (policía de mercados) y cap de guaita (responsable de orden público).[147]

Por otro lado, en época medieval apareció el escudo de la Corona de Aragón, origen de la bandera catalana o senyera. El escudo presenta cuatro palos de gules en campo de oro, y la leyenda establece su origen en la imposición de cuatro dedos manchados en sangre del rey franco Carlos el Calvo sobre el escudo dorado de Wifredo el Velloso. Sin embargo, esta leyenda aparece por primera vez en la Crónica general de España, y especialmente de Aragón, Cathaluña y Valencia de Pedro Antón Beuter (1551), y no hay indicios medievales de ello, aunque el escudo está documentado por primera vez en 1150. Por otro lado, las primeras evidencias no tenían un número fijo de barras, que quedaron fijadas en cuatro en el siglo xiv, durante el reinado de Pedro el Ceremonioso. Cabe remarcar igualmente que el emblema era en origen dinástico, de la Casa de Barcelona, no territorial.[148]

Esplendor medieval[editar]

Los sucesivos reyes de la Corona de Aragón fueron ampliando el reino paulatinamente: Alfonso II incorporó los condados de Rosellón y Pallars Jussà, y amplió las tierras aragonesas por Teruel y Caspe;[149] Pedro II ganó por matrimonio el señorío de Montpellier;[149] Jaime I conquistó Mallorca (1229) y Valencia (1232-1245);[150] Pedro III ocupó Sicilia (1282);[151] Alfonso III reincorporó Mallorca y ocupó Menorca (1287);[152] Jaime II recibió Cerdeña de la Santa Sede (1295), y ocupó Murcia (1296);[153] y Pedro IV recibió la soberanía de los ducados de Atenas (1311) y Neopatria (1318), conquistados por la Gran Compañía Catalana, formada por almogávares.[154] Esta expansión territorial forjó un auténtico imperio, hegemónico en el Mediterráneo occidental durante buena parte de la Edad Media.[108]

Pinturas murales góticas que representan la conquista de Mallorca (salón del Tinell).

Desde el siglo xiii, Barcelona gozó de un período de gran esplendor económico, social y cultural, motivado por la expansión territorial y comercial por el Mediterráneo: Túnez y Argel, donde se comerciaba en oro y esclavos; Sicilia y Cerdeña, que aportaban trigo y sal; Constantinopla, donde se obtenía algodón, especias y esclavos; Chipre, Damasco y Alejandría, otra fuente de especias.[155] Durante este período, la ciudad rivalizó con Génova y Florencia en cuanto a volumen comercial y potencia marítima.[156] Jaime I favoreció especialmente la economía barcelonesa: en 1227 prohibió la carga de mercancías en barcos extranjeros mientras hubiese naves catalanas disponibles; en 1230 otorgó la libertad de comercio con Mallorca; y, en 1232, el comercio barcelonés fue exento de cualquier imposición real en los territorios de la Corona.[129] Gracias a sus privilegios, la ciudad gozaba de gran autonomía, y su volumen de recaudación de impuestos era superior al de la corona; además, obtenía capitales gracias a emisiones de obligaciones.[156] Era también el punto neurálgico de un abundante tráfico terrestre (trigo, aceite, vino, productos lácteos, madera, hierro), y un importante centro manufacturero (textiles, armas, hierro forjado, cuero).[156]

Entrada de Roger de Flor en Constantinopla (1888), de José Moreno Carbonero, Palacio del Senado, Madrid.

La fiscalidad barcelonesa estaba repartida entre la real y la municipal. La real se basaba principalmente en impuestos indirectos, que grababan principalmente las mercancías: lleudes, sobre la compraventa; passatges, sobre la circulación; y mesuratges, por la medición pública durante las transacciones. La fiscalidad municipal era por lo general directa, a través de tallas, colectas o repartos, recaudados en función de la riqueza de cada ciudadano.[157] En cuanto al sistema monetario, al dinero carolingio sucedió tras la independización del condado el dinero de vellón, con un 75 % menos de plata. En el siglo xi apareció el mancús de oro, inspirado en el dinar califal, aunque al siglo siguiente desapareció. En tiempos de Jaime I la moneda de Barcelona pasó a ser de toda Cataluña. En 1285 apareció el cruzado (croat), con un valor de doce dineros; pervivió hasta 1707. Por último, en tiempos de Pedro IV, apareció el florín de oro.[158]

El continuo crecimiento urbanístico propició una nueva prolongación del recinto amurallado, con la construcción de la muralla del Raval, en la zona occidental de la ciudad, que englobó una superficie de 218 ha, con un perímetro de 6 km. Las obras duraron alrededor de un siglo, desde mediados del siglo xiv hasta mediados del xv. El nuevo recinto urbano partía de las Atarazanas, siguiendo las actuales rondas (San Pablo, San Antonio, Universidad y San Pedro), bajando por el actual paseo de Lluís Companys hasta el monasterio de Santa Clara (en el actual parque de la Ciudadela), hasta el mar (por la avenida Marqués de la Argentera). Actualmente solo se conserva el Portal de Santa Madrona, en las Atarazanas.[159]

La decadencia[editar]

Desde mediados del siglo xiv Barcelona vivió una crisis demográfica motivada por la escasez de alimentos y una prolongada sucesión de pestes que diezmaron la población. El comercio decayó debido a la piratería y la apertura de la ruta a Oriente por el Atlántico, hecho que, junto al endeudamiento de la monarquía y las revueltas campesinas, generalizaron un ambiente de crisis económica. La llegada al poder de los Trastámara tras el compromiso de Caspe relegó a Barcelona como centro político y comercial de la Corona de Aragón. El rey Alfonso el Magnánimo fijó la corte en Nápoles, alejándose de los intereses peninsulares e iniciando una política imperialista situada muy por encima de sus posibilidades, que agravó la crisis.[160]

Desde 1333, primer año de hambre debido a unas malas cosechas, se sucedieron los desastres: en 1348 la peste negra asoló la ciudad, reapareciendo cíclicamente hasta finales del siglo xv: 1363, 1371, 1396, 1410, 1429, 1439, 1448, 1466, 1476, 1483, 1494 y 1497. En siglo y medio, la población se redujo en unos 10 000 habitantes.[161] En 1359, Barcelona fue asediada por mar por parte de la flota castellana de Pedro I el Cruel, en el contexto de la Guerra de los Dos Pedros (1356-1375).[162] Además, el terremoto del 2 de febrero de 1428 dejó un saldo de veintidós fallecidos.[163] Por otro lado, en 1391 se produjo un asalto al barrio judío del Call, debido a la acusación infundada de originar la peste, que se saldó con una matanza de buena parte de la población judía. El barrio ya no se recuperó, hasta que, en 1401, el rey Martín el Humano lo clausuró; la expulsión total de los judíos se materializó en 1492, ordenada por los Reyes Católicos.[164]

La crisis económica, de escala europea desde mediados del siglo xiv, afectó gravemente a Barcelona, que tuvo que recurrir a emisiones de deuda pública para financiarse: se emitieron títulos de rentas perpetuas (censals, con un interés del 7,14 %) o vitalicios (violaris, con un interés del 14,28 %), lo que, unido al descenso de los ingresos por impuestos municipales (del 84 % en 1359 al 34 % en 1414), provocó una grave recesión económica.[165] También perjudicó a la economía el cambio de moneda del cruzado al florín, ordenado por Pedro IV en 1346, una medida contraproducente por las fuertes cargas necesarias para mantener la solidez de la nueva moneda, lo que produjo continuas devaluaciones.[165]

Joan Fiveller exige a Fernando I que pague el vectigal (óleo de Ramon Tusquets, 1885).

La relación con la nueva dinastía reinante fue tensa, lo que se reflejó en el conflicto del vectigal (1416), un impuesto sobre las transacciones de carne y pescado fresco, que enfrentó al Consejo de Ciento con el rey Fernando I. En una estancia en la ciudad, los emisarios del rey compraron vituallas y se negaron a pagar el impuesto, lo que motivó una enérgica protesta del conseller segon, Joan Fiveller, ante el rey. Finalmente, hubo una solución de compromiso: el rey no pagó, pero lo hizo en su nombre uno de sus subordinados, Bernat de Gualbes.[166]

Durante este tiempo se sucedieron las revueltas populares, lo que propició la creación de dos facciones enfrentadas: la Biga, un grupo ligado a la oligarquía noble y eclesiástica; y la Busca, un estamento de las clases populares, mercaderes y artesanos. En 1453, la Busca accedió al gobierno municipal, y propulsó una serie de reformas como la democratización del gobierno municipal, la devaluación de la moneda y el proteccionismo comercial. Tras siete años de gobierno, la Biga, apoyada por la Generalidad, retomó el poder municipal, e inició una política revanchista que conllevó la ejecución de diversos dirigentes de la Busca.[167]

Por otro lado, la ciudad se vio involucrada en el conflicto entre Juan II y su hijo, Carlos de Viana, enemistados por la sucesión al reino de Navarra tras la muerte de la reina Blanca, esposa de Juan y madre de Carlos. Esta rivalidad se reflejó en el terreno político: Juan, enfrentado a la oligarquía que pretendía recortar los derechos reales, se apoyó en las clases populares, especialmente los remensas, campesinos ligados a la tierra por lazos de vasallaje, cansados de los malos usos ejercidos por los terratenientes sobre ellos; en contrapartida, Carlos se apoyó en la oligarquía. Así, una vez recuperado el control de la ciudad por la Biga, apoyaron al príncipe en sus pretensiones, y fue recibido triunfalmente en la ciudad en 1460. Poco después, el príncipe fue encarcelado en Lérida acusado de traición, por lo que las Cortes levantaron un ejército contra el rey y le obligaron a liberarlo. De vuelta en Barcelona, al poco tiempo el príncipe falleció, pero ya había una situación tensa entre la monarquía y los dignatarios catalanes.[168]

Prisión de la Inquisición en Barcelona, grabado de Gustave Doré (1874).

En 1462 estalló la revuelta de los remensas, a los que combatió la Generalidad. La reina Juana Enríquez buscó el apoyo de la Busca, que fue inmediatamente disuelta por la Generalidad, por lo que la reina tuvo que huir a Gerona, donde fue sitiada por las tropas de la Generalidad. Al ser socorrida por el rey Juan II, quien al entrar militarmente en el Principado transgredió un acta constitucional, se inició una guerra civil entre el rey y la Generalidad (1462-1472), que involucró a otros países: Juan II contó con el apoyo de Francia, mientras que la Generalidad obtuvo la ayuda de Castilla, a cambio de ofrecer la corona a Enrique IV.[169] Más adelante, tras la renuncia de Enrique IV, la Generalidad ofreció la corona al condestable Pedro de Portugal; y, tras la muerte de este, a Renato de Anjou, con lo que se invirtieron las tornas: Francia pasó a ayudar a la Generalidad, y Castilla a Juan II, tras el matrimonio de su hijo Fernando con Isabel.[170] Finalmente, la contienda acabó con la toma de Barcelona por el ejército real en 1472. La Paz de Pedralbes (1472) preservó los privilegios del gobierno municipal, pero diez años de guerra supusieron el hundimiento económico de la ciudad.[171]

Recepción en Barcelona de Cristóbal Colón por los Reyes Católicos.

El hijo de Juan, Fernando II —apodado el Católico—, buscó la pacificación general, e introdujo el proceso de insaculación en la designación de cargos en la Generalidad y el Consejo de Ciento. En las Cortes de 1480-1481 se introdujo la Constitució de l'Observança, que instauró el equilibrio entre las pretensiones reales y las de la oligarquía catalana. También propició la Sentencia arbitral de Guadalupe (1486), que abolió los malos usos feudales.[172] Por otro lado, estimuló la economía con su política de Redreç, por la que reservaba a la marina catalana los mercados de Sicilia y Cerdeña, al tiempo que estipulaba una protección arancelaria para las manufacturas catalanas.[173]

Fernando se casó con Isabel I de Castilla, una unión dinástica que no implicó la unidad de los reinos, que mantuvieron sus instituciones y particularidades, incluida una moneda diferente.[174] En 1486 se estableció en Barcelona la Inquisición, y se nombró primer inquisidor al dominico Alfonso de Espina, quien en 1488 realizó su primer auto de fe, que llevó a la hoguera a cuatro personas.[175] Fernando sufrió un atentado en 1492 durante su estancia en Barcelona, por parte de un campesino, Juan de Cañamares, probablemente perturbado mental, quien le hizo una herida en el cuello.[176] Los Reyes Católicos recibieron en Barcelona a Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje a América, en 1493.[174] Ese mismo año firmaron con Carlos VIII de Francia el tratado de Barcelona, por el que recuperaban Rosellón y Cerdaña, tomadas por Francia durante la guerra civil, a cambio de reconocer los derechos del francés sobre el reino de Nápoles.[177]

Territorio[editar]

Mapa de Cataluña dividida en veguerías (1694), publicado en el Atlas royal contenant les cartes generales du monde, de Jean-Baptiste Nolin.

El territorio de la ciudad durante la época medieval excedía el de su recinto urbano, delimitado por sus murallas. Entre los siglos viii y xiv Barcelona fue delimitando un área de influencia con las localidades de su entorno, que llegó a englobar una superficie de unos 275 km². En el siglo xi el territorio de la ciudad se hallaba aproximadamente entre Molins de Rei, Collserola y Vallvidrera hasta el mar, por un lado, y entre Badalona y Cornellá. Posteriormente se amplió este territorio hasta Montgat y hasta Castelldefels, en el otro extremo de la costa, tal y como recogen los Usatges en el siglo xii. Hasta el siglo xiv este territorio se amplió hasta Mataró y Caldes d'Estrac, además de Montcada y Abrera; ese siglo se amplió provisionalmente con Rubí, Vilamajor y Les Franqueses, pero estos no llegaron a consolidarse. El dominio institucional de la ciudad sobre este territorio desapareció en 1716, con el decreto de Nueva Planta.[178]

Este territorio se estructuró jurisdiccionalmente como veguería, un tipo de demarcación establecida alrededor de una ciudad o vicus, y administrada por un vicario (veguer), usual en Cataluña durante la Edad Media. Por el oeste delimitaba con la veguería del Penedés, a través de los términos de Eramprunyà, Cervelló, Corbera, Castellví y Martorell; por el norte y el este delimitaba con la veguería del Vallés, con frontera en las localidades de El Papiol, Molins de Rei, Vallvidrera, Santa Coloma de Gramenet, la Conreria y Montgat. Posteriormente se amplió esta demarcación con las localidades de Abrera, Sant Esteve Sesrovires, Castellbisbal, Alella, Teià, Vilassar, Burriac, Cabrils, Argentona, Mataró, Llavaneres y Caldes d'Estrac.[179]

Vilamajor fue una de las localidades convertidas en «calles» de Barcelona, por lo que añadió el blasón de la ciudad a su escudo.

Por otro lado, a lo largo del período medieval Barcelona adquirió diversas baronías, por lo que se convirtió en señora feudal. Estas adquisiciones, generalmente por compra, respondían a intereses estratégicos de la ciudad, para asegurarse centros de abastecimiento o controlar ciertas rutas viarias. Así, en 1390, la ciudad compró el castillo y lugar de Montcada, así como la señoría alodial del castillo de Cervelló; y, en 1400, el castillo de Flix y el lugar de la Palma. Otras adquisiciones se hicieron para ayudar económicamente al monarca: en 1391 se compró a carta de gracia —con retroventa— el castillo de Arraona y las villas de Sabadell, Terrassa, Tárrega, Vilagrassa, Elche y Crevillente, estas dos últimas retornadas en 1473; y, en 1409, una parte del condado de Ampurias (Castelló y el valle de Banyuls). Otras compras, por distintos intereses, fueron: la señoría alodial del castillo de Montornés (1390), Caldes d'Estrac (1396), la bailía de Fortià (1445) y la baronía de Montbui (1490). Barcelona conservó estas baronías hasta el siglo xvii.[180]

Cabe señalar también un privilegio que la ciudad podía conceder a otras localidades por el cual pasaban a ser consideradas como «calles» de Barcelona, y así quedaban bajo la protección institucional de la ciudad: el carreratge. En estos casos, la jurisdicción de estas localidades se compartía entre la ciudad y el monarca: la primera mantenía la titularidad y, el segundo, el usufructo. Barcelona llegó a tener 74 localidades consideradas como calles, entre ellas: Igualada, Cardedeu, Vilamajor, Lliçà d'Amunt, l'Ametlla del Vallès, Sant Feliu de Codines, Mollet del Vallès, Cerdanyola del Vallès, Granollers, Caldes de Montbui, Montmeló, Sant Cugat del Vallès, Santa Perpètua de Mogoda, Vallvidrera, Martorell, Molins de Rei, Olesa de Montserrat, Mataró, Vilassar de Dalt, Argentona, Premià de Mar, Vilanova i la Geltrú, Moià, Palamós, Sant Sadurní d'Anoia, Ripoll y Cambrils.[181]

En cuanto a la división administrativa de la ciudad, la primera delimitación se estableció en 1389, fecha en que se dividió el recinto urbano en cuatro cuarteles (quarters): Framenors, Pi, Mar y Sant Pere. Esta división se efectuó estableciendo una cuadrícula con la plaza del Trigo como centro geométrico, con una separación de los cuarteles del norte y del sur fijada en el antiguo cardo maximus romano. En el siglo xv se añadió otro cuartel, el del Raval, con lo que se estableció una división que llegó hasta el siglo xviii.[182]

Por último, cabe remarcar que Barcelona tenía plena autonomía para actuar incluso con las armas en defensa de su territorio y sus intereses, ante cualquier conflicto planteado con otros señores feudales de su entorno. Así, la ciudad tenía una milicia formada por los diversos estamentos de la ciudad, el sometent u host reial, bien preparado y organizado, que actuaba según requiriese la situación.[183]

Sociedad[editar]

Representación de los tres estamentos: quien reza (oratores), quien lucha (bellatores) y quien trabaja (laboratores).

La sociedad de la época era estamental, con clases sociales bien definidas y poca movilidad vertical ascendente. Había tres estamentos: la nobleza, el clero y el general (o «brazo real»). Este último se dividía a su vez en tres categorías o «manos»: la mà major, formada por el patriciado urbano, la burguesía económica, altos funcionarios y otros personajes relacionados con el poder económico, llamados en general ciutadans honrats («ciudadanos honrados»); la mà mitjana, compuesta por mercaderes y profesionales (notarios, juristas, cirujanos, farmacéuticos, escribanos); y la mà menor (o poble menut), en que se englobaban las clases populares, formadas por obreros, artesanos, peones, pequeños comerciantes y otros. Fuera de estos estamentos se encontraban los excluidos de la sociedad: esclavos, mendigos y prostitutas, además de los judíos, aunque algunos de estos tuviesen gran poder adquisitivo.[184] Las diferencias sociales y el monopolio del gobierno municipal por la oligarquía urbana provocaron tiranteces en ciertos momentos, y ocasionalmente se vivió alguna rebelión popular, como la protagonizada por Berenguer Oller en 1285 en demanda de una distribución del poder municipal.[185]

La vida diaria se centraba en los trabajos artesanales y el comercio, que se celebraba en los escasos espacios públicos de la ciudad: en la plaza del Aceite se vendía aceite, huevos, queso y aves de corral; en la plaza del Trigo, trigo y harina; y en las plazas Nueva y de las Coles se vendían frutas y verduras. Había diversas carnicerías por toda la ciudad, pero solo una pescadería, en el barrio costero de la Ribera. Había también esparcidas por la ciudad diversas tiendas de víveres como legumbres, manteca y salazones, tabernas donde se servía vino y tiendas de especieros, que despachaban especias, dulces y azúcar.[186] Pese a todo, el alimento básico era el pan, que se solía preparar en el hogar, y luego se llevaba a cocer a los hornos públicos, que también lo vendían. Se solía hacer de harina de trigo, cebada, cereales o legumbres (garbanzos o habas), aunque el más caro era el de trigo, por lo que solo estaba al alcance de las clases pudientes.[138] Los trabajos artesanales estaban agrupados en gremios, cada uno de los cuales ocupaba una zona específica de la ciudad, hecho palpable aún hoy en día por el nombre de diversas calles del casco antiguo.[nota 8]

Las casas solían ser del «tipo artesanal», con una planta baja destinada al taller y uno o dos pisos de vivienda, generalmente con unas medidas de 4 m de ancho y 10-12 de profundidad, a veces con un pequeño huerto en la parte posterior.[188] No tenían baño, ya que la higiene no era una costumbre muy extendida; algunas casas tenían retrete en el patio o huerto, que daba a un pozo ciego, pero sino las necesidades se efectuaban en un orinal, que a menudo se vaciaba en la calle.[146]

La actividad diaria quedaba frenada por la noche, horario en que se cerraban las puertas de la ciudad y la gente se quedaba en sus casas. En esas horas no se podía gritar, andar disfrazado o sin llevar alguna luz, pues era motivo de sospecha y denuncia.[138] En esa época apenas había iluminación nocturna pública, tan solo algunos tederos esparcidos por la ciudad, con combustible de madera resinosa o alquitrán; aún se conserva alguno, como los de la plaza del Rey o los de la iglesia de Santa María del Mar.[189] La única actividad se centraba en los burdeles: en esa época se reguló la prostitución, actividad que solo se podía ejercer de los doce a los veinte años, y bajo un férreo control por parte de las autoridades; las prostitutas debían vestir de blanco y con un cinturón azul cuando salían a la calle y, en Semana Santa, eran confinadas en conventos. La mayor parte de los burdeles se hallaba en las Ramblas.[190]

En el ámbito festivo, desde 1319 se inició la procesión de Corpus Christi, que pasó a ser la festividad más popular de la ciudad tanto en el ámbito religioso como social. Barcelona fue la segunda ciudad de todo el mundo cristiano en celebrar esta procesión, tras Roma. En la procesión participaban, además del clero y las autoridades civiles y militares, los principales gremios de la ciudad y, además de la comitiva, se celebraban unas comparsas teatrales llamadas entremeses.[191] De estas comparsas surgieron algunas figuras tradicionales que aún perduran en las festividades de la ciudad, como los gigantes y cabezudos, los correfocs, diablos y dragones de fuego.[192] Otra tradición del Corpus era L'ou com balla, consistente en hacer bailar un huevo sobre un surtidor de agua, que aún se practica en la catedral de Barcelona.[192]

Cultura[editar]

La cultura medieval se forjó con diversos sustratos procedentes de las diversas civilizaciones que dejaron su impronta en el territorio catalán desde la antigüedad, desde la sociedad hispanorromana, pasando por la visigoda, judía y musulmana, hasta la franca, además de otras influencias como la occitana.[193] Las relaciones con el emirato de Córdoba, pese a la enemistad y las múltiples campañas militares entre ambos reinos, fueron fructíferas, tanto en el terreno económico como en el cultural: gracias al contacto con la civilización islámica llegaron a tierras catalanas —y, a menudo, sirvió de puente con Europa— adelantos culturales y descubrimientos científicos como la numeración arábiga, el álgebra, el astrolabio, el papel, la pólvora y la brújula; las técnicas médicas y los descubrimientos farmacéuticos; la filosofía y el pensamiento islámico, principalmente el averroísta; y también fue significativa la recuperación del legado cultural grecolatino, preservado por los musulmanes en un período de decadencia occidental.[194]

Uno de los hechos más relevantes de este período a nivel cultural fue el surgimiento del catalán como idioma, a través de su evolución del latín vulgar local. En Barcelona, como capital del condado y de la Corona de Aragón, se forjó el catalán más normativo, especialmente por la labor realizada por los escribanos de la Cancillería Real. En el siglo xv surgió uno de los primeros escritos normativos del catalán, Les regles de esquivar vocables o mots grossers i pagesívols, que aconsejaba un modelo de lengua basado en los dialectos de Barcelona y Valencia.[195]

Durante la época medieval se consolidó el catalán como idioma literario: los primeros vestigios del catalán como lengua escrita aparecen en frases sueltas y pequeños textos en documentos jurídicos, administrativos o económicos, entre los siglos xi y xii; el primer texto escrito íntegramente en catalán es una traducción del Liber Iudiciorum del siglo xii; de comienzos del siglo xiii son las Homilies d'Organyà, una colección de sermones cuaresmales.[196] Durante buena parte del período medieval la poesía se escribió en lengua de oc, mientras que el catalán proliferó en las crónicas, como el Llibre dels feits de Jaime I o las crónicas de Bernat Desclot y Ramon Muntaner.[197] Uno de los principales escritores barceloneses de la época fue Bernat Metge, introductor del estilo renacentista en la literatura catalana (Lo somni, 1399).[198]

Durante este período la filosofía fue indisoluble de la teología, y floreció en los scriptoria monásticos. El dominico Ramon Martí estudió en París con Alberto Magno, y fue condiscípulo de Tomás de Aquino. Arnau de Vilanova fue discípulo suyo. Joan Bassols estudió también en París, con Juan Duns Escoto. Ramon Llull pasó algunas estancias en Barcelona, donde recibió la protección de Jaime II; en 1392 se fundó la Escuela Luliana de Barcelona. De esta época cabe destacar también la filosofía judía, representada por Abraham Bar Hiyya, Bonastruc ça Porta —protagonista en 1263 de la Disputa de Barcelona con Pau Cristià—, Shlomo ben Adret y Hasdai Cresques.[199]

Durante la Edad Media se dieron dos principales estilos artísticos: el románico y el gótico. El románico se desarrolló desde cerca del año 1000 hasta el siglo xiii: en arquitectura destacan el monasterio de San Pablo del Campo (siglos xii-xiii),[200] el monasterio de Santa Ana (siglo xii), [201] y el Palacio Episcopal de Barcelona (siglo xiii).[202] En escultura destacaron los talleres de San Pablo del Campo y del Palacio Episcopal, responsable este último probablemente del portal del claustro de la catedral.[203] En cuanto a pintura, los primeros artífices conocidos son Arnau de Terrassa y el maestro Martí, ya a finales del siglo xiii.[204]

El gótico se desarrolló entre los siglos xiii y xvi. En arquitectura destaca la Catedral de Barcelona, reformada entre 1298 y 1405 (la fachada es del siglo xix),[205] además de las iglesias de Santa María del Pino (1319-finales del siglo xiv),[206] Santa María del Mar (1329-1384),[207] y Santos Justo y Pastor (1342-1360);[208] en el terreno civil destacó el Palacio Real Mayor,[209] la Casa de la Ciudad,[210] el Palacio de la Generalidad de Cataluña,[211] las Atarazanas,[212] la Lonja[213] y el Hospital de la Santa Cruz.[214] En escultura, los primeros ejemplos destacados son los sepulcros de santa Eulalia de la Catedral de Barcelona y el de Elisenda de Moncada en el monasterio de Pedralbes;[215] posteriormente destacaron Jordi de Déu y Aloi de Montbrai y, en el gótico internacional, Pere Ça Anglada y Pere Johan.[216] En pintura hubo diversas fases: «gótico lineal» o «francogótico» (pinturas murales del Salón del Tinell y del Palacio Aguilar);[217] «gótico italianizante» (Jaume Ferrer Bassa);[218] «gótico internacional» (Joan Mates, Bernat Martorell);[219] y «gótico flamenquizante» (Lluís Dalmau, Jaume Huguet, Bartolomé Bermejo).[220]

La música en esta época era preferentemente religiosa o cortesana, interpretada por cantores, organistas y ministriles, que tocaban instrumentos como flautas, laúdes, tambores, cornetas, chirimías, sacabuches y bajones. La Capilla de Música de la Corona de Aragón fue durante el siglo xiv uno de los centros musicales más relevantes de Europa.[221]

Durante la Edad Media la ciencia estuvo circunscrita a los círculos monacales que preservaban los conocimientos legados por griegos y romanos, aunque no se avanzó especialmente en cuanto a investigación. En el siglo x el arcediano Sunifred Llobet tradujo un tratado astrológico del árabe al latín. También destacaron algunos estudiosos judíos del Call, especialmente en medicina y matemáticas. La primera universidad, el Estudi General, se fundó en 1450. Por otro lado, en 1474 se introdujo la imprenta, que ayudó enormemente a la difusión científica.[222] En cuanto a medicina, en 1401 se creó el Estudi de Medicina para la docencia de esta actividad y, ese mismo año, se inició la construcción del Hospital de la Santa Cruz. Como médicos destacaron Pere Gavet, Semuel ben Benvenist y Antoni Ricard.[223]

Edad Moderna[editar]

Barcelona en 1563, grabado de Anton van den Wyngaerde.

En este período Barcelona pasó a formar parte de la Monarquía Hispánica, surgida de la unión de las coronas de Castilla y Aragón. Fue una época de alternancia entre períodos de prosperidad y de crisis económicas, especialmente por las epidemias de peste en el siglo xvi y por conflictos sociales y bélicos como la Guerra de los Segadores y la Guerra de Sucesión entre los siglos xvii y xviii, aunque en este último siglo repuntó la economía gracias a la apertura del comercio con América y al inicio de la industria textil. La ciudad seguía encorsetada en sus murallas —la única ampliación fue en la playa, el barrio de La Barceloneta—, pese a que al final del período tenía casi 100 000 habitantes.[224]

La Barcelona gremial[editar]

Durante la primera mitad del siglo xvi continuaron las pestes y las hambrunas: en 1530 Barcelona perdió 6250 habitantes en cuatro meses por la peste; la falta de trigo era crónica, y representaba una preocupación constante para las autoridades de la ciudad, pese a que la Sentencia arbitral de Guadalupe benefició a la agricultura, que contó con nueva mano de obra gracias a la llegada de inmigrantes del sur de Francia, especialmente de Occitania, lo que palió el descenso demográfico.[225]

Barcelona hacia 1535, grabado de Georg Braun y Frans Hogenberg publicado en Civitates Orbis Terrarum (1572).

En este período se instituyó la figura del virrey —o lugarteniente—, generalmente de la nobleza castellana, el cual representaba al monarca y tenía funciones militares, administrativas, financieras y judiciales. El virrey estaba ayudado por un capitán general para el ejército destinado en Cataluña, y un gobernador encargado del orden público; también se creó una Tesorería para las finanzas, y la Real Audiencia para la administración de justicia. Las relaciones de los sucesivos virreyes con la Generalidad fueron tensas, ya que esta recaudaba la mayor parte de los impuestos en Cataluña, y preservaba celosamente los intereses de la oligarquía catalana.[226] En el siglo xvi se estableció en la ciudad la orden jesuita, fundadora del Colegio de Cordellas (1593), dedicado a la educación de los nobles, por lo que se contrapuso al Estudi General, patrocinado por el consistorio.[93]

Durante los siglos xvi y xvii adquirieron cada vez mayor relevancia en la actividad económica de la ciudad —y, consiguientemente, en el gobierno municipal— los gremios y cofradías, instituciones de origen medieval pero que cobraron protagonismo en este período de la historia. Los gremios, surgidos a partir del siglo xiii, eran asociaciones profesionales que regulaban la práctica de los diversos oficios artesanales de la época, tanto a nivel profesional como económico y social, instaurando un estricto reglamento para controlar la producción y los precios, así como para evitar la competencia y el monopolio. También controlaban la formación y la graduación de sus miembros —por orden jerárquico: aprendices, oficiales y maestros—. Con el tiempo fueron adquiriendo peso en el gobierno municipal y, en 1641, lograron una representación de dos consejeros en el consistorio.[227]

Salida del Emperador Carlos V del puerto de Barcelona con poderosa Armada, para la conquista de Túnez, uno de los hechos más gloriosos de su reinado (año 1535), de Vicente Urrabieta (1854).
Plaza Nueva (1614).

Durante esta época la Monarquía Hispánica floreció con el comercio con América, monopolizado por la Corona de Castilla, pero en el que intervino indirectamente Cataluña —y, por ende, Barcelona—, a través del comercio de cabotaje con Cádiz y Sevilla, principalmente de productos como paños, vidrio, cuero y libros, además de vino, aguardiente y frutos secos.[228] También se reactivó el comercio con Zaragoza, como puerta de entrada hacia Castilla de los productos catalanes.[228] Sin embargo, la crisis económica y un cierto vacío de autoridad propiciaron durante estos años el auge del bandolerismo por las tierras catalanas.[229] Por otro lado, la ciudad tuvo un papel destacado en la política mediterránea de Carlos I, y fue el centro organizativo de la expedición a Túnez en 1535, donde trabajaron sin parar las cecas y las atarazanas.[230] En 1529 se firmó la Paz de Barcelona entre Carlos I y el papa Clemente VII, por la que el monarca reconocía los derechos de la familia Médicis —a la que pertenecía el papa— sobre la ciudad de Florencia y otras plazas italianas, al tiempo que el pontífice reconocía a Carlos como rey de Nápoles.[231]

Es de remarcar que durante la Edad Moderna, al contrario que en el resto de Europa, donde predominaban las clases aristocráticas, en Barcelona destacaba la clase media, que gozaba de prestigio y prosperidad, y donde un simple artesano podía llegar a regir el gobierno de la ciudad.[232] El humanista italiano Lucio Marineo Sículo, de visita en Barcelona a finales del siglo xv, escribió lo siguiente:

Las personas de cualquier edad se daban a las artes, ya fuesen liberales o mecánicas, que registraban un gran florecimiento. No había paseantes, es decir, gentes ociosas y sin oficio, pues todas tenían su ocupación y por eso no había hombres de mala vida ni pobres, y los ciudadanos vivían correctamente y les sobraba caudal.[232]

Esta época no fue de excesivas reformas urbanísticas, ya que la pérdida de la capitalidad de Barcelona comportó la disminución de proyectos de gran envergadura. En la primera mitad del siglo xvi se construyó la muralla del Mar, donde se emplazaron los baluartes de Levante, Torre Nueva, San Ramón y Mediodía.[233] En el siglo xvii se amplió nuevamente la muralla de la ciudad con la construcción de cinco nuevas puertas (San Severo, Talleres, San Antonio, San Pablo y Santa Madrona, esta última una reconstrucción de la del siglo xiv).[234] Durante los siglos xv y xvi se construyó un puerto artificial que cubriese por fin las necesidades del importante centro mercantil que era Barcelona: paradójicamente, durante la época de esplendor del comercio catalán por el Mediterráneo, Barcelona no contaba con un puerto preparado para el volumen portuario que era habitual en la ciudad. El antiguo puerto al pie de Montjuïc había sido abandonado, y la ciudad contaba únicamente con la playa para recibir pasajeros y mercancías. Los barcos de gran calado debían descargar mediante barcas y mozos de cuerda (bastaixos). Por fin, en 1438, se obtuvo el permiso real para construir un puerto: en primer lugar, se hundió un barco cargado de piedras para servir de base al muro que unió la playa con la isla de Maians; reforzado el muro en 1477, se alargó en forma de espigón en 1484. A mediados del siglo xvi se amplió el puerto ante la campaña iniciada por Carlos I contra Túnez. A finales de siglo, el muelle contaba con una longitud de 180 m por 12 de ancho. Nuevas obras de mejora en el siglo xvii dieron por un fin un puerto en condiciones para la ciudad.[235]

Guerra de Separación[editar]

Desde la unión de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos, Barcelona perdió la primacía que tenía durante la época medieval, una vez trasladada la corte e instaurada una lugartenencia para el gobierno del Principado. Las relaciones con la nueva casa reinante, los Austrias, fueron bastante buenas en un principio: en 1519 Carlos I fue recibido triunfalmente en la Ciudad Condal, y fue en ella donde recibió la noticia de la muerte de su abuelo el emperador Maximiliano I, por lo que convocó una reunión de la Orden del Toisón de Oro y, días más tarde, fue elegido emperador; las autoridades barcelonesas fueron las primeras en rendirle honores por su nombramiento.[236] Felipe II asistió a algunas Cortes, y contó como uno de sus hombres de confianza con el barcelonés Luis de Requesens, quien participó en la batalla de Lepanto (1571) y fue gobernador de los Países Bajos (1574-1576).[237]

Sin embargo, con los reinados de Felipe III y Felipe IV estas relaciones empezaron a ser algo tensas y, paulatinamente, los monarcas dejaron de asistir a las Cortes Catalanas. Este clima de enfrentamiento entre la monarquía y las clases dirigentes catalanas tuvo su apogeo durante el reinado de Felipe IV: hastiados de los abusos cometidos por las tropas mercenarias del rey establecidas en Cataluña para la guerra con Francia, y sofocados por los impuestos abusivos dictados por el conde-duque de Olivares, el 7 de junio de 1640 se produjo en Barcelona una rebelión popular conocida como el Corpus de sangre, en la que fue asesinado el virrey, conde de Santa Coloma.[238]

Este fue el origen de la llamada Guerra de Separación o de los Segadores (1640-1651), llamada así por contar mayoritariamente entre sus miembros con el campesinado catalán, al que se unió el poble menut, las clases bajas urbanas. El alzamiento fue inicialmente una insurrección popular contra las injusticias sociales y los abusos cometidos por las tropas mercenarias, pero sin ninguna reivindicación política o territorial; de hecho, los amotinados, junto a lemas como Visca la terra i muira lo mal govern («viva la tierra y muera el mal gobierno»), gritaban igualmente Visca lo rei («viva el rey»), y muchos de los ajusticiados fueron funcionarios catalanes.[239] Sin embargo, el proceso fue pronto patrimonializado por la Generalidad, dirigida por su presidente, Pau Claris, quienes, en defensa de sus privilegios, se rebelaron contra la Corona.[240] Cabe remarcar que también existió en Cataluña un bando realista, por lo que la contienda tuvo también un componente de guerra civil.[241]

La Generalidad logró la ayuda de Francia, a cambio de reconocer a Luis XIII como conde de Barcelona.[242] Pese a los éxitos iniciales de las tropas felipistas, el 26 de enero de 1641 fueron derrotadas en la batalla de Montjuic. Sin embargo, tras la muerte de Claris, los franceses tomaron el rumbo de la guerra, como se vio en su victoria en la batalla en el puerto de Barcelona el 30 de junio de 1642. En el transcurso de la guerra, Francia ocupó el Rosellón; esto, junto a los excesos de las tropas francesas, similares a los anteriormente cometidos por las españolas, provocó el desafecto catalán respecto a sus aliados, lo que, unido a los gestos conciliadores del rey Felipe IV, propició la capitulación de Barcelona en 1652.[243] El rey promulgó una amnistía general y acató la constitución catalana, aunque Barcelona perdió la gestión de sus recursos militares: las murallas, los baluartes, las atarazanas y el castillo de Montjuïc pasaron a la corona, que estableció guarniciones en ellos.[244]

Sin embargo, la guerra con Francia continuó hasta 1659, fecha en que se firmó la paz de los Pirineos, por la que la Monarquía Hispánica perdió el Rosellón, Conflent, Vallespir y el norte de la Cerdaña.[245] La paz de los Pirineos duró poco tiempo, y los conflictos entre España y Francia en el contexto europeo continuaron (Guerra de los Nueve Años, 1688-1697), afectando a Cataluña y su capital: en 1691 una flota francesa bombardeó Barcelona y, en 1697, ocuparon la ciudad tras un asedio de dos meses, hasta ser liberada tras la paz de Ryswick.[246]

Posteriormente a la contienda, el reinado de Carlos II fue una etapa de reconciliación entre Cataluña y la corona, al tiempo que se vivió un período de recuperación económica, gracias a la mejora de los procesos manufactureros, el aumento del tráfico mercantil y la expansión de nuevos cultivos.[247] Todo ello llevó a denominar esta etapa como de «neoforalismo».[248]

La Guerra de Sucesión[editar]

Asalto final de las tropas borbónicas sobre Barcelona el 11 de septiembre de 1714.

En 1700, la muerte sin descendencia del rey Carlos II provocó un conflicto sucesorio que dio origen a la Guerra de Sucesión (1701-1714), donde intervinieron las principales potencias europeas: Francia en defensa del pretendiente Felipe de Borbón —futuro Felipe V—, y el Sacro Imperio Romano Germánico, Gran Bretaña, Países Bajos y Portugal a favor de Carlos de Austria —futuro emperador Carlos VI—.[249]

Cataluña optó inicialmente por Felipe, el cual juró las constituciones catalanas ante las Cortes (1701). En 1704, hubo un intento de desembarco aliado en Barcelona, comandado por Jorge de Darmstadt, el cual fracasó. Sin embargo, algunos excesos cometidos por el virrey Francisco Antonio de Velasco —entre ellos, la expulsión del obispo de Barcelona, Benet de Sala— provocó un giro en las simpatías de algunos dirigentes catalanes, los cuales en 1705 se pasaron al bando de Carlos.[250] La mayoría eran nobles, eclesiásticos y comerciantes ricos, generalmente antifranceses y partidarios de un sistema no absolutista, con un modelo económico inspirado en el capitalismo holandés.[251] Un prohombre barcelonés, Antoni de Peguera, junto a miembros del partido austriacista de Vic —los llamados vigatans—, firmaron con Inglaterra el pacto de Génova, que comprometía a esta a ayudarles militarmente a cambio de su apoyo al archiduque.[252] En 1705, las tropas aliadas ocuparon Barcelona, tras tomar el castillo de Montjuïc y asediar y bombardear la ciudad durante un mes. En la batalla hubo contingentes catalanes por ambos bandos, hecho que continuó durante toda la contienda, que fue de nuevo una guerra civil en el contexto del Principado. En 1706 el archiduque fue proclamado rey Carlos III por las Cortes Catalanas.[253]

Felipe V intentó denodadamente recuperar la capital catalana y, en 1706, comandó personalmente un ejército que sitió Barcelona por tierra y mar; tras un mes de intensos combates logró capturar el castillo de Montjuïc, pero cuando comenzaba a asaltar las murallas de la ciudad fue atacado por mar por una flota aliada y obligado a retirarse.[254] Sin embargo, el éxito de la ofensiva francesa en las batallas de Almansa (1707), Brihuega y Villaviciosa (1710), con la ocupación de Valencia y Aragón, y la retirada del pretendiente austríaco tras su entronización como emperador en 1711 (tratado de Utrecht, 1713), dejaron sola a Cataluña.[255] Barcelona sufrió un asedio prolongado (14 meses), pero mantuvo una fuerte resistencia pese a sus escasos efectivos —unos 5500 hombres, de ellos solo 500 soldados, junto a voluntarios castellanos, aragoneses y valencianos, además de la Coronela, una milicia gremial que contaba con unos 3000 efectivos—, liderada por el conseller en cap Rafael de Casanova y el general Antonio de Villarroel.[256] Finalmente, la ciudad fue tomada el 11 de septiembre de 1714,[257] fecha que fue elegida posteriormente (desde 1901) como diada nacional.[258] Las bajas entre los defensores fueron de unos 7000 hombres, y el posterior clima de represión provocó numerosos exilios.[259]

La Barcelona borbónica[editar]

Plano francés de Barcelona (1698).

La derrota supuso para Barcelona la pérdida de sus fueros y sus órganos de autogobierno: con los Decretos de Nueva Planta (1716) se abolieron las Cortes, la Generalidad y el Consejo de Ciento. Se suprimió la figura del virrey, que fue sustituida por el capitán general, que reunía la figura de jefe del ejército, gobernador y presidente de la Real Audiencia.[260] El gobierno de la ciudad pasó al nuevo Ayuntamiento, dirigido por una junta de 24 regidores, presidida por un corregidor, todos de designación real y generalmente de carácter vitalicio y, a veces, hereditario —el cargo se podía alquilar en la figura del «teniente»—; el primer ayuntamiento se constituyó el 6 de diciembre de 1718.[261] También se suprimieron las veguerías, y el Principado fue dividido en doce corregimientos, uno de ellos con sede en Barcelona, que tenía una demarcación similar a la antigua veguería, a la que tan solo se había segregado el Maresme.[262] Las poblaciones del entorno de Barcelona —excepto Gracia[nota 9] se desligaron de la jurisdicción de la ciudad, y establecieron ayuntamientos propios.[263] En esta época se creó el cuerpo de Mozos de Escuadra, una fuerza de orden público.[264]

Se clausuró la universidad (el Estudi General), y se trasladaron los estudios superiores —excepto medicina— a la Universidad de Cervera, ciudad que se había mantenido fiel a Felipe V.[265] Asimismo, se prohibió el uso del idioma catalán a nivel de la administración pública y la justicia y, medio siglo después, de la enseñanza.[266] El propio rey envió instrucciones a los corregidores para la imposición del castellano:

Pondrá el mayor cuidado en introducir la lengua castellana, a cuyo fin dará las providencias más templadas y disimuladas para que se consiga el efecto, sin que se note el cuidado.[267]

Mapa de corregimientos de Cataluña (1719).

En el ámbito económico, se instauró el Real Catastro, un impuesto sobre las propiedades inmuebles y las actividades económicas.[256] La Taula de Canvi se convirtió en un banco privado, y el Consulado de Mar continuó como entidad, pero perdiendo casi todos sus recursos financieros. El cambio de moneda al real español comportó un grave perjuicio a la economía ciudadana, provocando la caída de precios y salarios.[265]

Con el fin de controlar militarmente la ciudad y sofocar posibles disturbios, se reconstruyó el castillo de Montjuïc y se levantó una nueva fortaleza, la Ciudadela, para la que se derruyeron 1200 casas del barrio de la Ribera —quedando 4500 personas sin casa y sin indemnización—, así como los conventos de San Agustín y Santa Clara, y se desvió la Acequia Condal. Para su construcción se empleó a los prisioneros que habían participado en la defensa de la ciudad.[268] Obra de Jorge Próspero de Verboom, era un baluarte amurallado de forma pentagonal, con una fosa de protección y una explanada de 120 m de separación entre las murallas y las construcciones de alrededor. Derribado en la Revolución de 1868, en su perímetro se instaló el parque de la Ciudadela.[269] También, en 1720, se creó la Real Academia Militar de Matemáticas, para la formación de ingenieros militares; y, en el recinto del Hospital de la Santa Cruz, se fundó el Colegio de Cirugía.[270]

Pese a todo, durante esta centuria se produjo una creciente reactivación económica, basada en el crecimiento demográfico (de 30 000 habitantes en 1717 a 130 000 a finales de siglo) y en los nuevos procedimientos industriales que comportó la Revolución Industrial, de la que Cataluña fue pionera en la península. También coadyuvó la mejora de las técnicas agrícolas, como la especialización y la rotación de cultivos, lo que permitió generar excedentes y alejar el peligro de las hambrunas. Creció la exportación de productos a todo el ámbito nacional, preferentemente vino, aguardiente, frutos secos y manufacturas (tejidos, sombreros y papel).[271] Comenzó en este período la industrialización de los procesos textiles, el primer sector que incorporó nuevos procesos de fabricación basados en las nuevas tecnologías y el uso intensivo de mano de obra de la clase obrera. La primera fábrica de indianas (tejidos de algodón estampados) fue creada en 1737 por Esteve Canals, a la que siguieron otras muchas durante esta centuria y la siguiente.[272]

El esplendor y la riqueza de Barcelona se debe principalmente a su actividad y a sus numerosas fábricas. Las más notables son las de indianas, de las que se cuentan ciento cincuenta. Las de encajes, blondas, cintas y telas de hilo ocupan a doce mil obreros, y otros tantos se dedican a trabajar la seda, produciendo galones, cintas y tejidos diversos.

Un paseo por España, Jean-François de Bourgoing, 1789.[272]
Acción de la Real Compañía de Comercio de Barcelona (1759).

Otro factor que ayudó a la economía fue la apertura del comercio con América, que resultó muy fructuoso para la ciudad: en 1745, la fragata Nostra Senyora de Montserrat fue la primera nave catalana en recalar en América. En 1756 se fundó la Real Compañía de Comercio de Barcelona, que obtuvo el monopolio comercial con Puerto Rico, Santo Domingo y la isla de Margarita y, en 1764, la Junta Particular de Comercio, que consiguió de Carlos III la autorización de comerciar directamente con el Caribe y, posteriormente, con Luisiana (1765) y toda América (1778), dando origen a una intensa relación comercial sobre todo con la isla de Cuba, donde muchos comerciantes catalanes —conocidos como indianos— se hicieron ricos, una riqueza que trajeron de vuelta a la ciudad. Barcelona exportaba productos agrícolas y manufacturas textiles, e importaba azúcar, café, cacao, algodón y tabaco.[273] Por otro lado, la paz firmada por Carlos III con el Imperio otomano en 1785 permitió la llegada de mercancías procedentes de China.[274] En 1763 se inauguró un servicio bisemanal de diligencias entre Barcelona y Madrid.[275] A finales de siglo se creó igualmente la Real Compañía de Pesca de Barcelona, que estableció factorías en Patagonia.[276]

Pese a esta bonanza económica, en 1789 unas malas cosechas provocaron el aumento del precio del pan, por lo que se produjo una revuelta popular conocida como Rebomboris del pa: se quemaron varios despachos de pan y, al grito de Visca el Rei, mori lo general («viva el rey, muera el general»), la multitud se dirigió hacia el Pla de Palau, donde se hallaban las principales instituciones estatales de la ciudad; aunque el capitán general, el conde del Asalto, se había refugiado en la Ciudadela, hubo diversos enfrentamientos con la tropa, que provocaron la muerte de un soldado y un sargento, así como numerosos heridos. Finalmente, tras dos días de rebelión, se impuso el orden, con una dura represión que causó un centenar de deportados y seis condenados a muerte.[277]

Rebomboris del pa (1789).

A final de siglo, las consecuencias de la Revolución francesa llegaron a la península: tras entrar España en la coalición antirrevolucionaria, en 1793 Francia le declaró la guerra. La llamada en Cataluña Guerra Gran («guerra grande», 1793-1795) tuvo distintas ofensivas y contraofensivas, hasta desembocar en la paz de Basilea (1795), por la que España pasó a ser aliada de Francia. Este giro provocó dos guerras contra el anterior aliado, Gran Bretaña (1796-1801 y 1804-1808), que afectaron gravemente a la economía catalana.[278]

En el ámbito urbano, hay que remarcar la construcción en 1753 del barrio de la Barceloneta, promovida por el marqués de la Mina, el cual también reparó y amplió el puerto y fomentó la instalación del primer alumbrado público. El barrio de la Barceloneta se emplazó en una pequeña península de terrenos ganados al mar, con un trazado diseñado por el ingeniero Pedro Martín Cermeño, caracterizado por una trama de calles ortogonales y manzanas de casas de planta alargada, que supuso un claro exponente del urbanismo académico barroco.[279] Entre 1776 y 1778 se efectuó la reurbanización de la Rambla, un antiguo torrente que durante la Edad Media marcaba el límite occidental de la ciudad, que se fue poblando desde el siglo xvi, principalmente por teatros y conventos. En estas fechas se derribó la muralla interior, se realinearon los edificios y se diseñó un nuevo paseo ajardinado, al estilo del boulevard francés.[280] También se proyectaron los paseos de San Juan y de Gracia, aunque no se realizaron hasta el cambio de siglo el primero y 1820-1827 el segundo.[281] Durante este siglo se establecieron los mercados del Borne y la Boquería como los dos únicos de abastecimiento general y, en 1752, se regularon aspectos como pesos y medidas para la comercialización de productos alimentarios, además del carbón.[282]

En 1769 se hizo una reforma administrativa de la ciudad por la que se crearon cinco cuarteles subdivididos cada uno en ocho barrios: I-Palacio comprendía el puerto y el nuevo barrio de la Barceloneta; II-San Pedro era una zona eminentemente industrial; III-Audiencia se correspondía con el centro de la ciudad; IV-Casa de la Ciudad era una zona sobre todo residencial; y V-Raval acogía el terreno al oeste de la Rambla.[283]

Sociedad[editar]

Fiesta de los plateros (1677), aguafuerte de Francesc Via.

Los inicios de la Edad Moderna estuvieron marcados por las grandes diferencias sociales procedentes del período medieval, aunque poco a poco comenzó a instaurarse un cierto ascenso vertical originado en la prosperidad económica. Durante el siglo xvi la clase alta seguía estando formada por la nobleza de origen terrateniente, el clero y los prohombres de la ciudad, mientras fue creciendo una cierta clase media, formada por mercaderes y artesanos; en la clase baja se hallaban obreros y peones, además de ciertos grupos sociales ajenos a los estamentos clásicos, como los esclavos, los gitanos y los extranjeros y, más abajo aún, pobres y marginados.[229]

En el siglo xviii la sociedad experimentó importantes cambios en sus estructuras sociales: pese a la pervivencia de los tres estamentos de origen medieval (nobleza, clero y tercer estado), en este último empezó a haber ciertas diferenciaciones, ya que algunos segmentos comenzaron a destacarse del pueblo llano, tales como comerciantes, fabricantes, campesinos acomodados, funcionarios y profesionales liberales; este sería el germen de la burguesía, la nueva clase social que adquiriría el predominio en el siglo xix. Igualmente, dentro del tercer estamento surgió una capa intermedia formada por tenderos, menestrales y campesinos autosuficientes. Por último, en las capas inferiores se hallaban obreros, peones, jornaleros, criados y marginados sociales.[284]

El mercado del Borne en el siglo xviii.

En cuanto a costumbres sociales, en el siglo xviii la moda era elegante y ostentosa: los hombres vestían casaca, camisa, charreteras, calzas y medias hasta la rodilla; las mujeres, cotilla, corpiño y vestido, y era usual llevar pelucas, generalmente empolvadas. La nobleza solía fumar polvo de tabaco (rapé), mientras que las clases populares fumaban cigarros y pipas.[285] En su obra Viaje a España (1787), el escritor inglés Henry Swinburne testimonió que:

En Barcelona no se permite que la gente lleve armas por la calle, (…) está prohibido el uso de sombreros caídos y capas largas de color oscuro; (…) se puede transitar por las calles a cualquier hora, sin armas y sin ningún miedo, a condición de que se lleve un farol, pues de no ser así se corre el riesgo de ser detenido por la patrulla.[286]

Durante este período una de las fiestas más populares era la de Carnaval, en la que se celebraban bailes, mascaradas y mojigangas. Según el diario de la ciudad, el año 1702 Felipe V participó en la rúa de la Rambla. El barón de Maldá describió pormenorizadamente esta fiesta en su Calaix de sastre; detalla por ejemplo los más de 90 saraos que hubo en 1778.[287] En cuanto a espectáculos, uno de los más populares era el de la tauromaquia, del que se tienen noticias en la ciudad desde finales de la Edad Media: en 1387 el rey Juan I organizó una corrida de toros en el patio de su palacio (actual plaza del Rey). Durante este período hay referencias esporádicas: en 1560 hubo un toreo a caballo en la plaza del Ángel con motivo de la boda de Felipe II; en 1629 hubo un correbou en la plaza de San Agustín Viejo para celebrar el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos. Hasta el siglo xviii la mayoría de corridas se hacían en el paseo del Borne, hasta que, en 1758, se erigió una plaza de toros en la Barceloneta.[288]

Siglo XIX[editar]

Vista del puerto de Barcelona con la montaña de Montjuïc al fondo (1850). Grabado de Alfred Guesdon.

El siglo XIX fue de un gran crecimiento para la ciudad, tanto a nivel demográfico como económico y urbanístico. El plan de ensanche y la anexión de varios municipios colindantes supusieron una gran ampliación del perímetro urbano. El proceso de industrialización y modernización de las infraestructuras y los servicios urbanos comportaron un cambio radical en el nivel de vida (electrificación, alumbrado público, canalizaciones, transportes), que ganó en confort y calidad de vida. Sin embargo, a nivel social, se vivió una época de gran conflictividad social, provocada por la lucha de clases originada por la gran diferencia de nivel de vida entre la clase obrera y la burguesía. La cultura experimentó una gran revitalización, resurgiendo el idioma catalán a nivel literario, mientras que el modernismo fue la expresión artística por excelencia de la nueva sociedad barcelonesa.

Guerra de Independencia y fin del Antiguo Régimen[editar]

Plano de Barcelona (1806).

Los sucesos de la Revolución Francesa tuvieron amplia difusión en la capital catalana, cercana a la frontera con el país galo. La guerra contrarrevolucionaria iniciada por Carlos IV afectó la buena marcha de la economía barcelonesa. Tras la ocupación de la península por las tropas de Napoleón en 1808, que dio origen a la guerra de la Independencia (aquí llamada guerra del Francés), Barcelona fue declarada capital del Departamento de Montserrat. Es de destacar el episodio sucedido el 9 de marzo de 1809, cuando la ciudad estaba a punto de ser liberada por Joan Clarós, cuando un temporal lo impidió. Tras la derrota de las tropas napoleónicas, el reinado de Fernando VII supuso la reinstauración del absolutismo.[289]

Sin embargo, las ideas liberales aportadas por los franceses calaron en la población, siendo desde entonces Barcelona un importante centro difusor del liberalismo. En 1820, una revuelta popular en la Plaza del Palau obligó al general Castaños a proclamar la Constitución. Sin embargo, en 1823, con ayuda francesa, el rey retornó de nuevo al absolutismo, aunque esta nueva singladura –que se prolongó por diez años– evidenció lo caduco de un sistema superado por nuevos factores sociales como el auge de la burguesía y el inicio de la era industrial, que sucedía al sistema preferentemente agrario en que se basaba el Antiguo Régimen. Finalmente, el advenimiento de Isabel II, apoyada por los sectores liberales frente a los más conservadores de la facción carlista que se opuso a su entronización, favoreció el avance social y la democratización del sistema político.[290]

Bombardeo desde el castillo de Montjuïc (3 de diciembre de 1842).

Pese a ello, las disputas entre los sectores moderados y progresistas dentro del partido liberal provocaron diversos enfrentamientos. En Barcelona, este clima de tensión produjo numerosos disturbios, que se solían traducir en una abierta hostilidad hacia la nobleza y el clero: en 1835, a raíz de una protesta popular por la mala calidad de los toros de una corrida, los sublevados quemaron los conventos de Santa Catalina, San José, San Francisco, San Agustín, los Trinitarios y el Carmen, así como el asesinato del general Bassa. En 1842, debido a la disputa por el poder entre la reina Isabel y el general Espartero, se produjo una revuelta que fue sofocada por este último con un bombardeo desde el castillo de Montjuic (3 de diciembre de 1842), que duró doce horas y destruyó 400 casas. Igualmente, en 1843, hubo varios bombardeos desde el 7 de septiembre hasta el 19 de noviembre, a cargo del general Prim, que no cesó hasta que se rindió la Junta que había tomado el poder en la ciudad.[291]

Industrialización[editar]

Tranvía de la línea Barcelona-Gracia (1872).

La Revolución Industrial tuvo una rápida implantación en Cataluña, siendo pionera en el territorio nacional en la implantación de los procedimientos fabriles iniciados en Gran Bretaña en el siglo XVIII. En 1737 se creó en Barcelona la primera fábrica de manufacturas textiles, la de Esteve Canals. A esta sucedieron diversas fábricas instaladas en el Raval y extramuros, como la de Erasme de Gònima, que llegó a tener mil trabajadores. A finales de siglo se introdujeron nuevas máquinas movidas por energía hidráulica. En 1800 había en Barcelona 150 fábricas del ramo textil, destacando El Vapor, fundada por Josep Bonaplata. En 1849 se abrió en Sants el complejo La España Industrial, propiedad de los hermanos Muntadas. La industria textil tuvo un continuo crecimiento hasta la crisis de 1861, motivada por la escasez de algodón debida a la guerra de Secesión norteamericana.

También fue cobrando importancia la industria metalúrgica, potenciada por la creación del ferrocarril y la navegación a vapor. En 1836 abrió la fundición Nueva Vulcano, en la Barceloneta; y en 1841 arrancó La Barcelonesa, antecedente de La Maquinista Terrestre y Marítima (1855), una de las más importantes fábricas de la historia de Barcelona. Cabe destacar que de Barcelona partió la primera línea de ferrocarril de la España peninsular, que comunicaba la ciudad condal con la villa de Mataró. El viaje inaugural fue el 28 de octubre de 1848. Posteriormente se crearon las líneas a Granollers (1854), Sabadell-Tarrasa (1855) y Martorell (1859).[292]

Los nuevos procesos industriales supusieron un aumento de la conflictividad laboral, ya que los trabajadores temían ser sustituidos por las nuevas máquinas. Así, por ejemplo, el 14 de julio de 1854, al abrigo de una nueva revuelta liberal, varios obreros saquearon fábricas y quemaron maquinaria industrial. Poco a poco fue ganando terreno un nuevo sentimiento de clase que propició el asociacionismo obrero: en 1840 se fundó la Asociación Mutua de la Industria Algodonera, primera entidad que tenía por objetivo mejorar las condiciones de vida y laborales de los trabajadores. En 1854 se creó la Unión de Clases, primera asociación que promovió el uso de la huelga como medida de presión. En 1855, con motivo de la ejecución del dirigente obrero Josep Barceló, se declaró la primera huelga general, al tiempo que una revuelta ciudadana fue violentamente sofocada por el gobernador militar.

Un periodo destacado en la vida económica de la ciudad fue la llamada febre d'or («fiebre de oro»), que se dio tras la restauración de Alfonso XII en el trono español, una vez fracasada la I República. Se inició un clima de especulación financiera a través de las sociedades de crédito, al tiempo que continuó la expansión de la industria textil y metalúrgica, surgieron nuevas empresas energéticas (gas y electricidad) y grandes navieras como la Transatlántica (1881). En 1886 se fundó la Cambra de Comerç, Indústria i Navegació de Barcelona, que fomentaba los intereses de los empresarios e industriales catalanes. Al tiempo, se fueron introduciendo las nuevas ideologías obreras, el comunismo y el anarquismo: en 1873 se celebró en el Ateneo Obrero de Barcelona el Primer Congreso Obrero Español, que supuso el triunfo de la doctrina anarquista y conllevó la creación del sindicato Federación Regional Española de la AIT.

Transformaciones urbanas[editar]

Plan de los alrededores de la ciudad de Barcelona y del proyecto para su mejora y ampliación, de Ildefonso Cerdá (1859).

Paralelamente a los procesos industriales, Barcelona vivió a lo largo del siglo XIX una amplia serie de transformaciones urbanas: se reordenó el centro con la remodelación de la Plaza de San Jaime y las calles Ferran, Jaume I y Princesa, y se abrieron las plazas Real y Duque de Medinaceli. Se acondicionó el puerto –cada vez más importante como llegada de materia prima, sobre todo algodón y carbón–, con la construcción de un nuevo muelle y el dragado del puerto. Un hito en la urbanización de la ciudad fue el derribo de las murallas en 1854, tras muchos recelos por parte del gobierno central, pero que era indispensable por el crecimiento de la población y para salvaguardar la salud pública. También cabe destacar la generalización del alumbrado a gas desde 1842, y la instauración de un sistema de transporte público con la aparición de los primeros tranvías desde 1872.

Pero sin duda el gran acontecimiento urbano de la Barcelona del siglo XIX fue el proyecto de ensanche de Ildefonso Cerdá: en 1859 el Ayuntamiento nombró una comisión para fomentar un concurso de proyectos de ensanche de la ciudad. El concurso fue ganado por Antoni Rovira, pero el Ministerio de Fomento intervino e impuso el proyecto de Cerdá, autor de un plano topográfico del llano de Barcelona y un estudio demográfico y urbanístico de la ciudad. El Plan Cerdá instituía un trazado ortogonal entre Montjuïc y el Besós, con un sistema de calles rectilíneas de orientación noroeste-sureste, de 20 metros de anchura, cortadas por otras de orientación suroeste-noreste paralelas a la costa y a la sierra de Collserola. Quedaban así delimitadas una serie de manzanas de planta octogonal, de 113,3 metros de lado. El plano preveía la construcción de varias avenidas principales: la Diagonal, la Meridiana, el Paralelo, la Gran Vía y el Paseo de San Juan; así como varias grandes plazas en sus intersecciones: Tetuán, Glorias, España, Jacint Verdaguer, Letamendi y Universidad.[293]

Vista general de la Exposición Universal de 1888.

Otro gran acontecimiento urbanístico y social fue la celebración de la Exposición Universal de 1888, gracias a la cuál se urbanizó una gran extensión de terreno que comprendía desde el Parque de la Ciudadela (tras el derribo de la fortaleza militar y la cesión de los terrenos a la ciudad en 1869) hasta la Barceloneta, y mejoró infraestructuras en toda la ciudad. La exposición se pudo ver desde el 8 de abril hasta el 9 de diciembre, y contó con la asistencia de 400.000 visitantes. Estaba formada por varios edificios oficiales y numerosos stands, con una amplia representación internacional y de las principales empresas de la ciudad condal. Tras su cierre, quedaron en pie varios edificios, como el Castell dels Tres Dragons (actual Museo de Zoología), el Invernáculo y el Umbráculo, así como el Arco de Triunfo que servía de entrada a la exposición y el Monumento a Colón. También se construyeron otros edificios como el Palacio de Justicia, el Mercado del Borne, el Moll de la Fusta (Muelle de la Madera) y la sede de Correos. Con esta celebración, Barcelona aprendió que la organización de grandes eventos internacionales no sólo le facilitaba la urbanización de la ciudad, sino que le reportaba multitud de visitantes y proyección internacional.

Resurgimiento cultural[editar]

Cartel de la III Exposición de Bellas Artes, de Alexandre de Riquer (1896).

La prosperidad económica y la pujanza social de la capital catalana favorecieron un resurgimiento de la cultura catalana, la llamada Renaixença (Renacimiento). La literatura fue incentivada con la creación de los Jocs Florals (Juegos Florales), concurso de poesía promovido por el Ayuntamiento de Barcelona, que se empezaron a celebrar en 1859. Debido a la influencia del romanticismo, se revalorizó la lengua catalana como vehículo de expresión propio, lo que conllevó un nuevo sentimiento de conciencia nacional y de especificidad de la cultura catalana. Autores como Aribau, Rubió i Ors, Víctor Balaguer, Milà i Fontanals y Antoni de Bofarull sentaron las bases del resurgimiento literario catalán. Otro acontecimiento cultural de gran relevancia fue la construcción del Teatro del Liceo, terminado en 1847, promovido por la sociedad Liceo Filarmónico-Dramático Cultural Barcelonés.

Esta nueva inquietud cultural necesitaba un vehículo de expresión: el modernismo. En sus inicios, el modernismo encontró la inspiración en la arquitectura historicista, ya que para los artistas modernistas la vuelta al pasado suponía una reacción contra las formas industriales impuestas por los nuevos adelantos tecnológicos producidos con la Revolución Industrial. La utilización de los estilos del pasado supone una regeneración moral que permite a la nueva clase dirigente, la burguesía, identificarse con unos valores que identifican como sus raíces culturales. Asimismo, el resurgir de la cultura catalana con la Renaixença llevó a adoptar las formas góticas como estilo “nacional” de Cataluña, con la pretensión de conjugar nacionalismo y cosmopolitismo, de integrarse en la corriente modernizadora europea.[294] La obra de Antoni Gaudí (Parque Güell, Casa Batlló, Casa Milà, cripta de la Colonia Güell, Templo Expiatorio de la Sagrada Familia), Lluís Domènech i Montaner (Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, Palacio de la Música Catalana) o Josep Puig i Cadafalch (Casa Amatller, Casa Terrades) supondrá un gran impulso para la imagen de la ciudad.

Fin de siglo: inestabilidad política y expansión territorial[editar]

Bomba en la procesión de Corpus (7 de junio de 1896).

A nivel social, a finales del siglo XIX los barceloneses vivieron en primera persona la proliferación de nuevas formas de vida, ocio y relación social que tenían en el deporte y la práctica de actividad física su máxima expresión. En los últimos años del siglo la ciudad vio nacer una gran cantidad de clubs de natación, tenis o fútbol, que tendrán una gran importancia en el siglo XX en la vida social de los barceloneses y en la proyección exterior de la ciudad. Clubs como el Fútbol Club Barcelona (fundado en 1899), el RCD Español (fundado en 1900), el Real Club de Tenis Barcelona o el Club Natació Barcelona cobraron enseguida una gran popularidad en la ciudad, y convirtieron a Barcelona en la gran capital del deporte español de principios del siglo XX.

Sin embargo, a nivel político, el fin de siglo fue una época turbulenta y de gran agitación social: se consolidó el catalanismo, con la publicación del Diari Català por Valentí Almirall (1879), la celebración en 1880 del Primer Congrés Catalanista, la entrega en 1885 al rey Alfonso XII del Memorial de greuges (Memorial de agravios), la fundación en 1887 de la Lliga de Catalunya, en 1891 de la Unió Catalanista y, finalmente, en 1901, de la Lliga Regionalista de Enric Prat de la Riba. También hubo ocasión para manifestaciones populares a favor de la defensa de lo español: en 1885 un barco de guerra alemán atracó en las Islas Carolinas —que por aquel entonces eran colonia española—, lo que provocó importantes manifestaciones de patriotismo popular, callejero y vociferante en toda España en contra de Alemania. Las más concurridas fueron las de Madrid y Barcelona, en la que salieron a la calle unos 125 000 manifestantes, lo que demuestra que los sentimientos de españolidad tenían una fuerza considerable y que podían movilizar una gran parte de la población barcelonesa.[295] Esta manifestación tuvo lugar apenas cinco meses después de que el Centre Català —que también tomó parte en la manifestación— presentase el Memorial de greuges de Cataluña ante el rey. La progresiva difusión del regionalismo, que se tornaba poco a poco en nacionalismo catalán, fue mal vista por los sectores conservadores españoles y, sobre todo, el ejército: en 1905 un grupo de oficiales asaltó la sede del diario La Veu de Catalunya y del semanario satírico Cu-Cut! y, en vez de ser reprendidos por su acción fuera del orden social, el gobierno central suspendió las garantías constitucionales en Cataluña.[296]

Entre finales del siglo XIX y principios del XX se sucedieron las revueltas y proliferó la realización de atentados con bomba: el 24 de septiembre de 1893 un anarquista atentó contra el general Martínez Campos, que resultó herido, a la vez que moría un guardia civil. El autor del atentado, Paulino Pallás, fue fusilado, hecho que comportó la represalia de otro anarquista, Santiago Salvador Franch, que el 7 de noviembre de 1893 lanzó una bomba en el interior del Teatro del Liceo, causando 20 muertos. Igualmente, el 7 de junio de 1896, el anarquista Tomás Ascheri hizo explotar una bomba en la procesión de Corpus, con un resultado de 12 muertos.

Plano actual de los distritos de Barcelona, tras la anexión de los municipios colindantes.

Otro factor de consideración a finales de siglo fue el crecimiento demográfico: se pasó de 272 481 habitantes en 1887 a 533.000 en 1900, hecho propiciado por el aumento de la inmigración a causa de la demanda de mano de obra para la Exposición Universal. En 1897, por una Real orden de 27 de abril, Barcelona se anexionó seis poblaciones limítrofes, hasta entonces independientes: Sants, Les Corts, San Gervasio de Cassolas, Gracia, San Andrés de Palomar y San Martín de Provensals. Igualmente, en 1904 fue anexionado un nuevo municipio independiente: San Juan de Horta. Por último, en 1921 se unió Sarriá. También cabe destacar la urbanización de la montaña del Tibidabo a partir de 1901. En total, el término municipal pasó de 15,5 a 77,8 km2, con una población en el cambio de siglo cercana a 750 000 habitantes.[297]

La anexión de los nuevos municipios planteó la necesidad de un plan de enlaces de la ciudad, que salió a concurso público en 1903, siendo ganado por el urbanista francés Léon Jaussely. El plan de Jaussely –realizado parcialmente– preveía unos cinturones de ronda y la apertura de espacios verdes, directrices que marcaron la expansión urbanística barcelonesa durante el siglo XX.

Siglo XX[editar]

Vista de la Plaza de Cataluña (1900).

El siglo XX comenzó con las mismas agitaciones políticas con que acabó el siglo anterior, que cristalizarían en la Guerra Civil. La dictadura franquista significó un periodo de cierta decadencia en la evolución de la ciudad, aunque la posterior llegada de la democracia y la reinstauración de los derechos propios de los catalanes relanzaron la tradicional vitalidad barcelonesa. El continuo progreso tanto económico como social han llevado a la ciudad a ser una urbe de gran relevancia tanto en el contexto español como europeo, mientras que diversos acontecimientos sociales como los Juegos Olímpicos de 1992 y el Fórum Universal de las Culturas han situado a Barcelona como una metrópoli de reconocido prestigio internacional.

La Semana Trágica[editar]

Barcelona durante la Semana Trágica.

El siglo se inició en el mismo ambiente de confrontación social que había caracterizado la sociedad barcelonesa los años anteriores. En 1909 se produjo un suceso de especial relevancia: la Semana Trágica. Las sucesivas derrotas del ejército español en Marruecos obligaron al gobierno a reclutar nuevas levas para enviar al frente, que se nutrieron sobre todo de gente humilde, pues las clases favorecidas podían comprar la dispensa por una módica cantidad de dinero. Este hecho provocó un levantamiento popular en la ciudad condal, que canalizó la ira y frustración de la clase obrera por su situación marginal. Entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909 los sublevados levantaron barricadas y se dedicaron a la quema de iglesias y conventos. Finalmente, la revuelta fue sofocada por el ejército, con un saldo de 2.500 detenidos, de los que 1.725 fueron juzgados militarmente. Se dictaron 59 sentencias de cadena perpetua y 17 de muerte, de las que se efectuaron cinco, entre ellos el pedagogo Francisco Ferrer Guardia, que sirvió de cabeza de turco.[298]

Los años que siguieron fueron nuevamente de agitación social: el 1 de noviembre de 1910 se celebró en Barcelona un congreso obrero que supuso la unificación de anarquistas y sindicalistas, naciendo la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). La fuerza de la CNT pudo constatarse en la huelga de La Canadiense (como era conocida la empresa eléctrica Barcelona Traction Light & Power), motivada por el despido de varios obreros únicamente por estar sindicados. El 5 de febrero de 1919 se declaró la huelga del ramo de gas y electricidad, quedando Barcelona a oscuras y paralizando la actividad industrial. El ejército intervino reanudando el suministro, con lo que la huelga se generalizó. Se declaró el estado de guerra, siendo detenidos 3000 huelguistas. El conflicto continuó, hasta que el 14 de abril se llegó a un acuerdo en el que, entre otras cosas, el gobierno aceptó la jornada laboral de ocho horas. Sin embargo, la patronal, descontenta, realizó un cierre de doce días, que afectó a cien mil obreros que quedaron en paro. Desde entonces se exasperó el enfrentamiento entre obreros y empresarios, iniciando una serie de atentados y asesinatos que llevaron el terror a las calles. En poco tiempo hubo 230 muertes violentas en Barcelona, entre ellas las del abogado sindicalista Francesc Layret y el dirigente anarquista Salvador Seguí.[299]

La dictadura de Primo de Rivera[editar]

Este ambiente de conflictividad –especialmente el asesinato del jefe de gobierno, Eduardo Dato, asesinado en Madrid por anarquistas catalanes– propició un golpe de estado el 13 de septiembre de 1923, realizado por el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, que contó con el apoyo del rey Alfonso XIII. La nueva dictadura eliminó las instituciones democráticas, e inició una feroz represión de las organizaciones sindicales. Suprimió la Mancomunitat (institución fundada en 1914 a instancias de la Lliga Regionalista, que tenía competencias sobre ciertos ámbitos administrativos y de fomento cultural), y prohibió el uso del idioma catalán y de la bandera catalana. Se clausuraron instituciones como el Orfeón Catalán, e incluso el F.C. Barcelona fue suspendido por seis meses.

El principal evento de esta época fue la Exposición Internacional de 1929, celebrada en Montjuic. Para este acontecimiento se urbanizó toda la zona de la plaza de España, y se construyeron los pabellones que acogen actualmente la Feria de Barcelona. La Exposición tuvo lugar del 20 de mayo de 1929 al 15 de enero de 1930, sobre una superficie de 118 hectáreas, y tuvo un coste de 130 millones de pesetas.[300]

Además del recinto ferial, la muestra dejó numerosos edificios e instalaciones, algunos de los cuales se han convertido en emblemas de la ciudad, como el Palacio Nacional, la Fuente Mágica, el Teatro Griego, el Pueblo Español y el Estadio Olímpico. También se construyó el Metro de Barcelona, inaugurado inicialmente en 1924 y ampliado en 1926 con el servicio del Metro Transversal entre Bordeta y Catalunya (actual L1), que unía el centro de la ciudad con el recinto de la exposición. Igualmente, se construyó un funicular para acceder hasta lo alto de la montaña, así como un Transbordador aéreo para acceder a la misma desde el Puerto de Barcelona (aunque fue inaugurado posteriormente, en 1931).

Las Cuatro Columnas, obra del arquitecto Josep Puig i Cadafalch, representando la bandera catalana. Ubicadas donde posteriormente se situó la Fuente Mágica, fueron mandadas derribar por Primo de Ribera.[301]

Como ocurrió en 1888, la Exposición de 1929 supuso un gran impacto para la ciudad de Barcelona a nivel urbanístico, no sólo en la zona de Montjuïc, por toda la ciudad se realizaron obras de mejora y acondicionamiento: se ajardinaron las plazas de Tetuán, Urquinaona y Letamendi; se construyó el puente de Marina; se urbanizó la Plaza de Cataluña; y se prolongaron la Diagonal hacia el oeste y la Gran Vía de las Cortes Catalanas hacia el suroeste. También se realizaron diversas obras públicas: se mejoró el asfaltado de calles y el alcantarillado, se instalaron lavabos públicos y se sustituyó la iluminación de gas por la eléctrica. Asimismo, se remodelaron diversos edificios, como el Ayuntamiento o la Generalidad –donde se construyó el puente flamígero que cruza la calle Bisbe–. Se terminaron el edificio de Correos y la Estación de Francia, que llevaban varios años en obras. Asimismo, se construyó el Palacio Real de Pedralbes como residencia de la familia real. Durante esa época se construyó asimismo el primer rascacielos de Barcelona, el edificio de Telefónica en la esquina Fontanella/Portal del Ángel, obra de Francesc Nebot.

Por último, se mejoraron las comunicaciones de la ciudad, con la construcción en los años 1920 del Aeropuerto del Prat, la supresión de los pasos a nivel dentro de la ciudad, la mejora de los enlaces con los barrios periféricos de la ciudad, el soterramiento del tren de Sarrià (Ferrocarriles de la Generalidad de Cataluña) y la electrificación de los tranvías públicos. Todas estas obras públicas comportaron una fuerte demanda de empleo, provocando un gran aumento de la inmigración hacia la ciudad condal, proveniente de todas partes de España. Asimismo, el aumento de población conllevó la construcción de diversos barrios obreros de "casas baratas", como el Grupo Aunós en Montjuïc y los Grupos Milans del Bosch y Baró de Viver en Besós.[302]

La República y la Guerra Civil[editar]

Portada del Estatuto de Núria.

En el contexto de la crisis económica internacional (crack de 1929), la dictadura de Primo de Rivera se tambaleó, presentando su dimisión al rey el 28 de enero de 1930. El 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones, que supusieron el fin de la monarquía. En Barcelona, ganó mayoritariamente el partido nacionalista Esquerra Republicana de Catalunya, con un total de 25 regidores. El 14 de abril, el presidente de la reinstaurada Generalidad, Francesc Macià, proclamó la República Catalana como parte integrante de la Federación Ibérica. Asimismo, el 9 de septiembre de 1932 se aprobó el Estatuto de Autonomía de Cataluña. Los primeros años de la II República significaron una profunda transformación social, aprobándose numerosas leyes de signo progresista que mejoraron las condiciones de las clases más desfavorecidas. Sin embargo, el triunfo de la derecha en las elecciones de 1933 supuso un nuevo retroceso en el desarrollo social. Tras diversas disputas con el gobierno central, el presidente Lluís Companys proclamó el 6 de octubre de 1934 el Estat Català, pronunciamiento que fue rápidamente sofocado por el ejército. Se suspendió el Estatuto, y el gobierno autonómico pasó directamente a manos de la administración central. No obstante, el cambio de gobierno con el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 comportó la restauración de la Generalidad y del presidente Companys.[303]

En el verano de 1936 Barcelona se disponía a organizar otro gran evento internacional: las Olimpíadas Populares. Para ello, se reformó el Estadio Olímpico y se acondicionó la montaña de Montjuïc. Sin embargo, pese a que todo estaba preparado, los Juegos no se pudieron celebrar, ya que en el mes de julio una parte del ejército inició su golpe militar contra la II República, dando origen a la Guerra Civil. El 19 de julio diversas columnas militares se dirigieron al centro de la ciudad con la intención de tomar los puntos más estratégicos para conseguir el control de la población. Sin embargo, la firme resistencia organizada por las tropas de la Generalidad, la guardia civil –que se mantuvo fiel a la República– y las milicias urbanas, provocaron el fracaso del levantamiento en la ciudad condal. El general Goded, que había volado desde Mallorca para hacerse cargo del gobierno rebelde en Cataluña, fue detenido y posteriormente fusilado.[304]

En Barcelona se vivió un proceso revolucionario mediante el cual gran parte de las empresas y servicios fueron colectivizados por sindicatos como la CNT y la UGT. La autoridad del Gobierno de la República y la Generalidad era teórica, controlando de forma efectiva las calles los anarquistas. Sin embargo, a partir de los Sucesos de Mayo de 1937, que enfrentaron a los comunistas prosoviéticos del PSUC –partidarios de ganar primero la guerra– con los anarquistas y los comunistas de tendencia trotskista del POUM –defensores de realizar primero la revolución social–, la influencia de los anarquistas decreció. Esta pequeña guerra civil dentro de la más grande a nivel estatal dejó un saldo de 200 muertos, entre ellos el líder del POUM, Andreu Nin.

George Orwell, comentó sobre la Barcelona de aquellos días en Homenaje a Cataluña:

Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientes miraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor, o don y tampoco usted; todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días.

George Orwell, Homenaje a Cataluña

Durante la guerra, Barcelona fue bombardeada en diversas ocasiones por el ejército nacional, siendo la primera gran capital bombardeada por la aviación moderna. El primer bombardeo fue del crucero italiano Eugenio di Savoia el 13 de febrero de 1937, que dejó 18 muertos. El primer bombardeo aéreo tuvo lugar el 29 de mayo (60 muertos), al que se sucedieron numerosas réplicas a todo lo largo de la contienda (con especial virulencia del 1 al 30 de enero de 1938). Los bombardeos aéreos más intensos y que más bajas causaron fueron los desarrollados entre el 16 y el 18 de marzo de 1938. El balance final fue de unas 2500 víctimas, la mayoría civiles. La ciudad fue ocupada por el ejército nacional el 26 de enero de 1939, que abolió la autonomía catalana y sus instituciones políticas, como la Generalidad, y prohibió el uso de la lengua catalana y sus manifestaciones culturales.

La dictadura franquista[editar]

El apoyo de la ciudad a las fuerzas de la República le costó caro a Barcelona, no sólo durante los tres años de guerra, sino durante los treinta y seis años de dictadura (1939-1975). El nuevo régimen realizó una purga política que relegó a cualquier persona vinculada a la República, al comunismo o al catalanismo. Muchas personas debieron exiliarse, mientras que otras fueron encarceladas y algunas ejecutadas –como el presidente Companys, fusilado en Montjuïc en 1940–. La posguerra fue un periodo de gran penuria económica, por el colapso sufrido durante la guerra y el posterior aislamiento del régimen franquista a nivel internacional. Hasta los años 1950, con la alianza con Estados Unidos y la llegada del Plan Marshall, no se reactivó la economía. Entonces comenzó un progresivo desarrollo, plasmado en la implantación en la Zona Franca barcelonesa de la empresa SEAT, primera gran factoría de automóviles construida en España.[305]

De esta época cabe reseñar que, en 1952, Barcelona acogió el XXXV Congreso Eucarístico Internacional, que permitió la urbanización de un nuevo barrio conocido como Congrés. Por otra parte, los años de la dictadura se caracterizaron por el desarrollismo urbano, que consistió en la construcción desenfrenada de viviendas baratas para absorber la inmigración procedente, sobre todo, de otras regiones como Andalucía, Murcia o Galicia. La construcción de viviendas se llevó a cabo, en muchos casos, sin una planificación urbanística previa, y utilizando materiales baratos que, con los años, provocarían problemas varios como la aluminosis. La fiebre constructora provocó un notable incremento demográfico y la creación de nuevos barrios, tanto en el interior de la ciudad, como El Carmelo, Nou Barris, El Guinardó, El Valle de Hebrón, La Sagrera, El Clot, La Verneda y la Paz, Pueblo Nuevo, etc; como en poblaciones adyacentes a Barcelona como Hospitalet de Llobregat, Santa Coloma de Gramanet, San Adrián de Besós o Badalona, que multiplicaron la demografía del área metropolitana de Barcelona, también llamada "cinturón".[306]

El incremento de población y la irrupción del coche en los años 1960 obligaron a desarrollar la red de metro, por una parte, y al asfaltado masivo de calles, la instalación de semáforos y la construcción de las primeras rondas de circunvalación de la ciudad. En estos años también se mejoró los sistema de distribución de agua corriente, el alcantarillado, la provisión de electricidad y el alumbrado de la ciudad.

Desde el punto de vista sociocultural, la llegada masiva de inmigración multiplicó el número de hispanohablantes en una ciudad en la que, hasta los años 1930, el idioma catalán era la lengua claramente preponderante. A ello también contribuyó el poder de los nuevos medios de comunicación de masas, la radio y la televisión, que se emitían únicamente en español, y el hecho que el español fuese la única lengua oficial reconocida por el régimen, y por tanto la única utilizada en la vida pública.

Durante los últimos años del régimen se inició un amplio movimiento social que, al tiempo que pedía la democracia y la amnistía política, reivindicaba de nuevo el uso del catalán y la normalización de la cultura catalana. La actividad de movimientos como Els Setze Jutges (compuesto por cantantes como Raimon, Lluís Llach, Joan Manuel Serrat, etc), crearon un frente de batalla de reivindicación catalanista y democrática. Al tiempo, se sucedieron diversos actos reivindicativos, como el encierro en el convento de los Capuchinos de Sarrià para constituir un Sindicato Democrático de Estudiantes (1966), el encierro en Montserrat en protesta contra el proceso de Burgos (1970) o la primera Assemblea de Catalunya, celebrada el 7 de noviembre de 1971 en la parroquia de San Agustín. De esta Assemblea surgió la consigna llibertat, amnistia, Estatut d'autonomia (libertad, amnistía, Estatuto de autonomía).[307]

La Democracia[editar]

La Playa de la Barceloneta y las torres gemelas (Torre Mapfre y Hotel Arts), símbolo de la Villa Olímpica.

Con la restauración democrática retornaron las instituciones catalanas, como la Generalidad, reinstaurada en 1977 con el regreso del presidente en el exilio, Josep Tarradellas, quien fue recibido por el entonces alcalde de Barcelona, [[José María Socías], primer alcalde de la ciudad tras la muerte de Franco y considerado como el «arquitecto de la transición en Barcelona».[308] El 11 de septiembre de 1977 se produjo una multitudinaria manifestación en Barcelona a favor del Estatuto. La aprobación de la Constitución de 1978 favoreció el estado de las autonomías, siendo aprobado el Estatuto el 18 de diciembre de 1979. Así, Barcelona volvía a ser capital de la Cataluña autonómica y sede del nuevo parlamento y del gobierno autónomo. Las primeras elecciones municipales fueron el 3 de abril de 1979, dando a la ciudad su primer consistorio democrático: fue elegido alcalde el socialista Narcís Serra, al que sucedió en 1982 Pasqual Maragall, promotor de los Juegos Olímpicos. Desde 1979 hasta 2011 el PSC estuvo siempre encabezando el gobierno de la ciudad: a Maragall sucedió en 1997 Joan Clos, y a éste Jordi Hereu en 2006.[309]

Barcelona inició un nuevo desarrollo cultural y urbanístico que la ha convertido en la ciudad atractiva que es en la actualidad. En ello tuvo mucho que ver la designación de Barcelona, el 17 de octubre de 1986, como ciudad organizadora de los XXV Juegos Olímpicos de 1992 (y IX Juegos Paralímpicos). Los siete años que transcurrieron entre 1986 y 1992 constituyeron años de gran transformación para la ciudad: no sólo se construyeron los complejos deportivos necesarios (remodelación del Estadio Olímpico, construcción del Palau Sant Jordi, etc), sino que se llevaron a cabo obras tan importantes como la construcción de las Rondas de circunvalación de la ciudad, la recuperación de las playas y todo el frente marítimo (zona del Maremàgnum), la construcción de nuevos barrios como la Villa Olímpica, la mejora del sistema de transporte y modernización del metro, la instalación de la nueva torre de telecomunicaciones de Collserola, la renovación y ampliación del Aeropuerto de Barcelona, la renovación de la flota de taxis, la limpieza de fachadas de los edificios de la ciudad (campaña Barcelona ponte guapa), modernización de hospitales, construcción de polideportivos municipales, la multiplicación de plazas hoteleras, etc. Los Juegos, además, internacionalizaron definitivamente la imagen de una moderna Barcelona ante todo el mundo, y recuperaron la ilusión de los barceloneses, orgullosos de su ciudad.[310]

La Barcelona actual[editar]

La Barcelona del siglo XXI es una ciudad próspera y confiada de su futuro, con proyección internacional, que apuesta por la cultura, la calidad de vida, la innovación, la solidaridad y la sostenibilidad. La celebración de un nuevo evento en el año 2004, el Fórum Universal de la Culturas, permitió unos cambios urbanísticos todavía mayores: se recuperó toda la zona del Besós, hasta entonces poblada de antiguas fábricas en desuso, regenerando todo el barrio del Pueblo Nuevo y construyendo el nuevo barrio de Diagonal Mar. También se pudo construir el puerto deportivo de San Adrián de Besós, y permitió hacer llegar la Avenida Diagonal hasta el mar. Además, el Fórum legó a la ciudad nuevos parques y amplios espacios para el ocio de los ciudadanos, nuevas plazas hoteleras de alta categoría, y dos nuevos edificios para exposiciones y congresos que dieron nuevas posibilidades al perfil económico de la ciudad. Después del evento del Fórum, el Ayuntamiento ha buscado utilizar el recinto para conciertos, exhibiciones y eventos a fin de atraer más gente al lugar y evitar que la zona quede en abandono. Aun así, al igual que durante su vigencia, durante el año siguiente el lugar no ha sido tan visitado como estaba previsto.

Los profundos cambios experimentados gracias a la celebración de eventos como los Juegos Olímpicos de 1992 y el Fórum del 2004 dejaron una ciudad nueva, cosmopolita y de gran atractivo cultural tanto para los ciudadanos adinerados como para el turismo internacional. El precio que pagaron los barceloneses fue el desorbitado incremento del precio del suelo, que provocó una espectacular alza en el precio de los pisos, situando a Barcelona como una de las ciudades más caras de Europa, con pisos al mismo nivel de precios que ciudades como Madrid o París.

En estos años también se han ganado nuevos equipamientos culturales, como el MACBA, el Centre de Cultura Contemporània, el Teatre Nacional y el Auditori, o las nuevas instalaciones del Archivo de la Corona de Aragón; también se ha reconstruido el Liceo tras el incendio sufrido en 1994. El perfil de la ciudad ha cambiado nuevamente tras la construcción de un gran rascacielos de forma cilíndrica, la Torre Agbar, así como el hotel W Barcelona, que ha modificado la fisonomía del puerto de Barcelona y, por tanto, de su frente marítimo.[311] Actualmente se está remodelando la Plaza de las Glorias Catalanas, un importante eje viario donde está prevista la soterración del tránsito automovilístico y la recuperación del terreno para uso público, proyecto en el que ya se ha ejecutado el edificio Disseny Hub Barcelona, donde se ubica el Museo del Diseño de Barcelona, así como el nuevo emplazamiento del mercado de encantes Fira de Bellcaire. La finalización de las obras está prevista para 2016 o 2017.[312]

Las comunicaciones han mejorado con la llegada de la alta velocidad, que une la ciudad catalana con la capital del país, mientras que en dirección norte hay una línea directa hasta París (Francia); hacia el sur queda pendiente el corredor del Mediterráneo que enlazaría con Valencia, Murcia y Almería. Se han ampliado el puerto y el Aeropuerto del Prat, con el objetivo de convertir a Barcelona en el centro logístico del sur de Europa. También se ha ampliado la red de metro, con la prolongación de varias líneas (3 y 5), y la creación de algunas nuevas (línea 9, 10 y 11), algunas de ellas totalmente automatizadas. En 2012 se inició una reordenación de la red de autobuses en forma ortogonal, para crear una red de autobús de tránsito rápido.[313] También está prevista la construcción de un nuevo cinturón de ronda para mejorar las comunicaciones del área metropolitana.

Entre las últimas actuaciones del consistorio cabe destacar la candidatura de Barcelona –junto a las estaciones catalanas de esquí de los Pirineos– para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022.[314] En el aspecto urbanístico, se celebró entre el 10 y el 16 de mayo de 2010 una consulta popular para decidir sobre la futura remodelación de la Diagonal, con tres opciones: bulevard, rambla o no efectuar ninguna intervención. Ganó la tercera opción por un 79,84 % de los votos, lo que supuso un duro revés para el gobierno de Jordi Hereu, partidario de la reforma.[315]

En 2011 se produjo el relevo político al ganar CiU las elecciones municipales de España de 2011, siendo elegido alcalde Xavier Trias. El nuevo consistorio ha debido hacer frente a la crisis económica de 2008-2014, aunque el déficit de la capital catalana es bastante moderado, comparado con otras ciudades españolas: al cierre de 2011 el déficit era de 398 millones de euros, menor al estimado en la elaboración del presupuesto de 2012.[316] Sin embargo, los recortes económicos a nivel autonómico y estatal —que se suman al déficit generado en Cataluña por la balanza fiscal entre comunidades autónomas—, unido al malestar provocado por la modificación del Estatuto de autonomía de Cataluña de 2006 por parte del Tribunal Constitucional, han provocado el aumento del sentimiento independentista entre la población catalana. El 10 de abril de 2011 se efectuó en Barcelona una consulta popular sobre la independencia, en la que participó un 21,3 % del censo electoral, con un resultado del 89,7 % a favor de la independencia, el 8,8 % en contra, el 1,5 % en blanco, y el 0,2 % de votos nulos.[317] El 11 de septiembre de 2012 (diada de Cataluña) se produjo una manifestación en la ciudad condal bajo el lema «Cataluña, nuevo estado de Europa», a la que asistieron entre 600 000 y 1 500 000 personas.[318] Igualmente, en la diada de 2013 se organizó la Vía Catalana hacia la Independencia, una cadena humana de unos 400 km que unió toda Cataluña de norte a sur con el fin de reivindicar el derecho a un referéndum de autodeterminación, con la participación de 1 600 000 personas;[319] y en la diada de 2014 se formó una V (de votar) entre la Avenida Diagonal y la Gran Vía de las Cortes Catalanas, formada por un millón y medio de personas.[320] En el proceso participativo sobre el futuro político de Cataluña celebrado el 9 de noviembre de 2014 participaron en la ciudad condal 495 249 personas, siendo la opción mayoritaria la del 'sí-sí' (78,53 %), seguida del 'sí-no' (12,87 %) y del 'no' (4,43 %).[321]

En las elecciones municipales del 24 de mayo de 2015 resultó ganadora en número de votos (25 %) la plataforma Barcelona en Comú, liderada por Ada Colau,[322] quien fue nombrada alcaldesa el 13 de junio de 2015.[323] Colau se mostró partidaria de realizar una política más social y luchar contra la corrupción, y anunció que efectuará una auditoría del gobierno anterior.[324] Como en años anteriores, la diada del 11 de septiembre sirvió como acto de reivindicación independentista, aunque la alcaldesa Colau no asistió para mantener la neutralidad institucional.[325]

Véase también[editar]

Notas[editar]

  1. Colonia por ser fundada con ese estatus; Iulia por la dinastía Julio-Claudia, a la que pertenecía Augusto;[48] Augusta por el emperador;[49] Faventia es un término procedente del verbo latino faveo («favorecer»), al parecer por ser una colonia exenta de tributos;[50] y Paterna como filiación con el emperador.[51]
  2. Hay constancia de varias vías secundarias: serían Decumani minores las actuales calles de San Domingo del Call, Gigantes y el pasaje de la Enseñanza; Cardines minores serían las calles de San Severo, bajada de Santa Clara, de la Piedad, Obispo Caçador, Fuente de San Miguel y bajada de San Miguel.[54]
  3. La Marca Hispánica, también llamada Cataluña Vieja, comprendía un territorio delimitado por los ríos Llobregat, Cardener y el curso medio del Segre (cuenca de Tremp). El término era geográfico, no jurídico, y se dividió en diversos condados independientes unos de otros: Barcelona, Osona, Gerona, Ampurias, Besalú, Rosellón, Conflent, Urgel, Cerdaña, Pallars y Ribagorza. (Galofré, 1992, p. 3)
  4. El topónimo Cataluña procede probablemente de la gran cantidad de castillos (castlans) construidos en la zona durante los siglos ix y x para defenderse de las incursiones musulmanas.[117] Apareció por primera vez en el Liber Maiolichinus de gestis Pisanorum illustribus (1110), de Enrique de Pisa, una crónica del intento de conquista de Baleares por parte de Ramón Berenguer III. Tanto el topónimo como el gentilicio «catalán» eran originariamente aplicados como términos geográficos.[118] Existe una divergencia sobre el origen de la denominación «principado»: según unos historiadores, proviene de la preminencia adquirida por el conde de Barcelona sobre los otros condes catalanes, quienes lo reconocerían como princeps, es decir, como el primero entre iguales (primus inter pares);[119] otros aluden que el título viene de la dignidad de príncipe de Aragón otorgada por Ramiro II a su yerno Ramón Berenguer IV tras su matrimonio con la princesa Petronila, el cual dio lugar a la Corona de Aragón.[120]
  5. Se establecieron consulados en Montpellier, Génova, Nápoles, Cagliari, Palermo, Argel, Túnez, Trípoli, Alejandría y Constantinopla. (Roig, 1995, p. 17)
  6. Los antecedentes de las Cortes se encuentran en la Corte Condal, formada por los grandes dignatarios del condado de Barcelona, los cuales asesoraban al conde en sus decisiones. Antes de existir como institución estable, hubo diversos antecedentes de las Cortes, como las de 1192, en que el brazo popular participó por primera vez en la asamblea de Paz y tregua, o las de 1214, celebradas para jurar fidelidad a Jaime I. (Galofré, 1992, p. 94)
  7. Sus antecedentes están en la Diputació del General de Catalunya creada en 1289, una comisión no permanente designada para la tarea de recaudar los impuestos que los estamentos concedían al rey a petición suya, uno de los mecanismos habituales en las Cortes; dicha comisión cumplía esa labor recaudatoria para el rey en períodos entre Cortes y, acabada la tributación acordada, la comisión desaparecía. Cuando en las Cortes de 1365 la deuda emitida por las Cortes fue administrada con competencias ejecutivas en materia fiscal por una Diputación del General permanente, esta institución quedó establecida como órgano de gobierno del Principado.[144]
  8. Se mantienen las siguientes calles: Abaixadors («tundidores»), Agullers («agujeros»), Argenteria («platería»), Assaonadors («zurradores»), Boters («toneleros»), Brocaters («brocateros»), Canvis Vells y Canvis Nous («cambistas»), Carders («carderos»), Corders («cordeleros»), Cotoners («algodoneros»), Dagueria («cuchillería»), Escudellers («alfareros»), Esparteria («espartería»), Espaseria («espadería»), Flassaders («manteros»), Freneria («frenería»), Mercaders («mercaderes»), Mirallers («espejeros»), Tallers («cortadores»), Tapineria («tapinería»), Traginers («arrieros») y Vidrieria («vidriería»).[187]
  9. La villa de Gracia se emancipó entre 1821 y 1823, durante el Trienio Liberal, y desde 1850 hasta que fue agregada de nuevo a Barcelona en 1897. (AA.VV., 2006, p. 10)

Referencias[editar]

  1. Carreras, 1993, p. 29.
  2. AA.VV., 1996, p. 118-119.
  3. AA.VV., 2006, p. 139.
  4. AA.VV., 1991, p. 62.
  5. AA.VV., 1991, p. 65-67.
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  7. Barral i Altet et al., Jornet, p. 44.
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  9. «Europe's largest cities» (en inglés). Consultado el 22 de abril de 2016. 
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