Hernando de la Cruz

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Hernando de la Cruz
Información personal
Nacimiento 1592 Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento 6 de enero de 1646 Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Panameña Ver y modificar los datos en Wikidata
Orden religiosa Compañía de Jesús Ver y modificar los datos en Wikidata
Información profesional
Ocupación Pintor Ver y modificar los datos en Wikidata
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Hernando de la Cruz (ca. 1592 - 6 de enero de 1646) fue un pintor y religioso jesuita panameño que vivió en Ecuador.

La fecha aproximada de su nacimiento se toma según la autorizada opinión de su biógrafo, el Padre Pedro Mercado, que lo conoció más de ocho años.

Hernando era hijo legítimo de los hidalgos sevillanos Fernando de la Vega y Palma y Leonor de Ribera. Lo bautizaron como Fernando de Ribera.

«Desde su más tierna edad dio muestras de grande ingenio y de una notable vena de poeta, y habiendo aprendido a leer y a escribir pasó a la ciudad de Lima, donde llevado más de su inclinación que obligado de la necesidad, aprendió el arte de pintar con no pequeña perfección y dejando en aquella ciudad muchos lienzos de su pincel y no pocos versos de su ingenio, partió a la ciudad de Quito donde se granjeó amigos con su apacibilidad y adquirió dinero con su arte; y cuando más divertido se hallaba en sus pensamientos, le hizo Dios abrir los ojos de su entendimiento para el desengaño y desprecio del mundo, con ocasión de que esgrimiendo con espadas blancas con un amigo, le apuntó éste y le alcanzó a uno de los ojos con que se vio a riesgo de perder no solo la vista sino también la vida; juzgando que de milagro la tenía, quiso emplearla en servicio de Dios, sin tenerla en el siglo expuesta a que algún enemigo se la quitase con la espada. Resuelto a dejar el mundo, recurrió a la Recoleta de San Diego, en compañía de una hermana suya, y después de confesarse los dos, determinaron que ella entrase al Monasterio de Santa Clara y él en la Compañía de Jesús, donde fue aceptado el 11 de Abril de 1622. Al vestir el hábito de hermano jesuita tomó el nombre de Hernando de la Cruz con que es conocido en la historia. En su nuevo estado renunció a la poesía y a la esgrima - arrojó al fuego todas sus composiciones, escribió el padre Jacinto Morán de Butrón -, no así las pinturas, porque sus superiores le ocuparon en el ejercicio de pintar, a que acudió con toda prontitud y gusto. Era primoroso en este arte y cuando dibujaba el pincel en el lienzo, lo ideaba antes en la meditación y oración. A su trabajo se debieron todos los lienzos que adornaban la iglesia de la Compañía en su tiempo, así como los tránsitos y aposentos de la residencia jesuita y demás casas en la provincia.»[1]

Por la lectura anterior se desprende que su ingreso en la Compañía de Jesús, como religioso coadjutor, fue a los treinta años de edad y que por obediencia dejó de hacer poesías, mas no así las pinturas, y enseñó a numerosos seglares españoles, criollos e indios, y entre éstos últimos, a uno que después sería religioso de San Francisco.[2]​ Por eso se ha dicho que logró formar escuela y que también tuvo entre sus oficiales al hermano Fray Domingo, lego franciscano mencionado a fines del siglo XVIII por Juan de Ascaray, quien floreció por los años 1640 y viajó cuatro años después a España, en compañía del Padre Custodio Diego Vélez.[3]

Por entonces el Hermano Marco Guerra había completado la sacristía de la primitiva fábrica de la Iglesia de la Compañía. En el frontispicio puso un retablo de madera y en su nicho colocóse una devotísima imagen hecha por el pincel del Hermano de la Cruz, óleo de San Ignacio de Loyola, a todo color y revestido de sacerdote, en actitud de ofrendar su corazón a la Trinidad.[4]

Igualmente, entre sus más conocidos obras están las dos gigantescas que se hallan a la entrada del templo actual de la Compañía, tituladas El Infierno o las llamas infernales y El Juicio Final o la resurrección de los predestinados, que causaron terribles efectos psicológicos en la mentalidad supersticiosa de esa época; pues, según opinión del Padre Mercado, ambas pinturas fueron «como predicadores elocuentes y eficaces que han causado mucho bien y obrado muchas conversiones».

Ambos lienzos datan de 1620, y existieron hasta que en 1879, quizá por su avanzado estado de deterioro, fueron reemplazados por fieles copias, como consta explicado en sus reversos. En ambas creaciones se nota «una temática efectivista dirigida a demostrar los tormentos a que supuestamente son sometidas las almas de los pecadores. Es el tipo de obra artística que lleva en sí una finalidad específica de moralizar y enseñar a la manera de una obra de propaganda. En cuanto a la técnica utilizada, ésta es muy pobre y lineal, resintiéndose por la falta de profundidad de sus figuras».

De la Cruz vivió el momento máximo de tenebrismo en la colonia, donde las penitencias y las mortificaciones eran lo usual para obtener el favor divino y había que aprender diariamente a morir para ganar la vida eterna.[5]​ Época sombría y aberrante, originada en el movimiento de la Contrarreforma, que felizmente pasó y sólo es un mal recuerdo en la historia de Occidente.

Otras de sus obras son el trazo de la iglesia del Monasterio del Carmen Antiguo de San José y, en el Museo de Bellas Artes de Quito, la hermosa virgen pintada sobre madera, que, anónima, allí se conserva.

Otra de sus importantes facetas es la del religioso místico, pues todos los actos de su vida dedicábalos a promover el culto a Dios, a la Virgen y a sus santos, y a mostrar el desengaño de su espíritu; por eso se ha dicho que tenía la costumbre de hacer que uno de sus discípulos leyese un libro de piedad en su obrador mientras estaba pintado, y que era tanta su piedad que pronto cobró fama en Quito como director de almas, a las que ayudaba para santificarlas. Por eso fue durante algún tiempo confesor y director espiritual de Mariana de Jesús, para quien escribió un Ejercicio Devoto que la joven quiteña leía constantemente. Hernán Rodríguez Castelo con mucho acierto se ha preguntado si la lírica del Hermano de la Cruz jugó algún papel importante en la vida espiritual de Mariana. Algo nuevo, liberador y jubiloso, pues ella misma escribió al padre Antonio Manosalvas: « Desde que trato las cosas de mi alma con el Hermano Hernando de la Cruz, vivo una vida alegre ».

En 1645, conjuntamente con los padres jesuitas Juan de Enebra, Marco, Pedro y Hernando Alcocer, llevóse la palma en los cantos con que la gente quiteña despidió a Mariana de Jesús en su tránsito terrenal, señal de que había vuelto a la poesía. El padre Mercado asegura que también compuso Hernando de la Cruz unas rimas espirituales en el último año de su vida, recogiendo en ellas puntos muy delicados de espíritu. Obra es, aunque en pequeño volumen, tan grande, que muy entendidos teólogos se han admirado, viendo que un hermano sin letras pudiese saber y explicar sutilezas tan delicadas de teología y dar documentos tan saludables de espíritu. Dicho volumen fue incluido por el padre Lucas de la Cueva en el Proceso Informatorio para la beatificación de la virgen quiteña, puesto que el propio autor lo había guardado sin querer que se conociera, pero como murió en Quito el 6 de enero de 1646, sus hermanos en religión lo rescataron del olvido.[6]

Su elogio fue escrito por el padre Jacinto Morán de Butrón, S. J. No nos ha quedado su descripción física.

Véase también[editar]

Notas y referencias[editar]

  1. Luciano Andrade Marín comprobó en 1949 que la primitiva iglesia de la Compañía de Jesús de Quito no es la que ahora existe en el mismo lugar.
  2. Definición de «seglar» en el DRAE.
  3. Ese Fray Domingo, oficial pintor del Hermano Hernando de la Cruz, murió en el Convento de Granada en tan grande opinión de santidad que la gente le quitó a pedazos tres hábitos que sucesivamente le habían colocado de mortaja.
  4. El lienzo se ha conservado perfectamente hasta nuestros días en el altar central de dicha sacristía, donde se puede admirar.
  5. De esa época es el estilo pictórico conocido como tenebrismo.
  6. Al morir Mariana de Jesús quisieron los familiares preservar su rostro del olvido; el Hermano Hernando de la Cruz fue llamado a pintar su retrato por haberla conocido mucho y dirigido espiritualmente algún tiempo. La pintó sobre tela, en un cuadro de 78 x 85 cm. que se conserva hasta hoy en el coro del Monasterio del Carmen Antiguo de San José, donde ella aparece con una sotana de la Compañía de Jesús y la honestidad del vestuario que ussó en vida. El padre Morán de Butrón ha contado que tiempo después, habiendo visitado el Hermano de la Cruz a su amigo enfermo y desahuciado Luis de Troya, vicario del obispado, mandó a traer a su celda el retrato de Mariana, con cuya sola aplicación sanó el enfermo de inmediato. Del original se han realizado numerosísimas copias que circulan por todo el país. La pintura no es de buena técnica, puesto que el rostro no revela los detalles propios de un retrato bien ejecutado; mas ha quedado la tradición de que Hernando de la Cruz logró captar el parecido con mucha exactitud y darle la expresión adecuada a un alma que vivió entregada a la mortificación por amor a Dios. El poema o canción es gongorista, y una de sus partes dice así: «//Es de Jesús Mariana, / en quien Jesús se estampa, como en plana / de batido papel, porque sellado / esté de su pasión autorizado: / que el blanco sin la Cruz es prohibido, / y en su Corte imperial no es admitido. / Este sellado es, pues, nuestra doncella, / porque Jesús pasible en él se sella.//».