Guerra de Restauración portuguesa

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Guerra de restauración portuguesa
Joao IV proclaimed king-modificated.jpg
Proclamación de D. João IV como rey de Portugal, pintado por Veloso Salgado (Museu Militar de Lisboa).
Fecha 1 de diciembre de 1640-13 de febrero de 1668
Lugar Portugal.
Resultado

Victoria portuguesa:[1]

Cambios territoriales Portugal y sus territorio de ultramar pasan a estar bajo la Casa de Braganza excepto Ceuta y Hermisende que no los reconocen y pasan a la corona de Castilla.[3][nota 1]
Beligerantes
Bandera de Portugal Reino de Portugal
Bandera de Francia Reino de Francia
(1641-59)
Flag of England.svg Reino de Inglaterra
(1662-68)
Flag of Cross of Burgundy.svg Reino de España
Comandantes
Bandera de Portugal João IV de Portugal
Bandera de Portugal Alfonso VI de Portugal
Bandera de Portugal Pedro II de Portugal
Bandera de Portugal Marqués de Marialva
Bandera de Portugal Conde de Vila Flor
Bandera de Portugal Conde de Mértola
Bandera de Portugal Conde de Alegrete
Bandera de Portugal Bandera de España Felipe IV
Bandera de España Marqués de Carpio
Bandera de España Juan de Austria
Bandera de España Duque de Osuna
Bandera de España Marqués de Caracena
Bajas
80 000 muertos en combate[5]

La guerra de la Restauración (en portugués: Guerra da Restauração) fue una serie de enfrentamientos armados entre el reino de Portugal y la Monarquía Hispánica. Esta contienda comenzó con el levantamiento en favor de la Restauración de la Independencia del 1 de diciembre de 1640 —que puso fin a la monarquía dual de la dinastía filipina que databa de en 1580— y terminó con el Tratado de Lisboa de 1668, firmado por Alfonso VI de Portugal y Carlos II de España, en el cual se reconoció la total independencia de Portugal. El alzamiento de 1640 y la dilatada guerra que desencadenó pusieron fin a un periodo de sesenta años de dominio de la Casa de Austria en Portugal.[6][7]

El período de 1640 a 1668 se caracterizó por enfrentamientos periódicos entre Portugal y España, tanto pequeñas contiendas como graves conflictos armados, de los cuales muchos de ellos fueron ocasionados por conflictos de España y Portugal con potencias no ibéricas. España participó en la guerra de los Treinta Años hasta 1648 y en la guerra franco-española hasta 1659, mientras que Portugal participó en la guerra luso-neerlandesa hasta 1663. El frente se mantuvo estático y, por parte española, fundamentalmente a la defensiva hasta 1660, dada la prioridad que la corte madrileña otorgó a sofocar la Sublevación de Cataluña.[8]​ Las principales plazas no cambiaron de manos.[8]

La guerra estableció la casa de Braganza como nueva dinastía reinante de Portugal, en sustitución de la Casa de Habsburgo. Esto puso fin a la llamada Unión Ibérica.

Antecedentes[editar]

Felipe II de España, que fue proclamado por las Cortes de Tomar rey Filipe I de Portugal en 1581.

Tras la muerte sin herederos del rey Sebastián I de Portugal en 1578 y de su sucesor Enrique I de Portugal en enero de 1580, se instauró un vacío de poder en el trono de Portugal que provocaría una crisis dinástica.[9]​ La crisis se debió en gran parte por la ausencia de normas que regulasen adecuadamente la situación y se produjo en un momento de decaimiento nacional, por las derrotas en el norte de África, la reducción del comercio y los embates de los piratas ingleses y franceses.[9]​ Las Cortes debían decidir quién de entre varios reclamantes debería ocupar el trono portugués, pero antes de que la elección fuera hecha, Felipe II de España se anticipó a la decisión, y amparándose en sus derechos a la sucesión a la corona portuguesa, ordenó la invasión militar del país. Felipe había pactado con los poderosos del país —la clase media, la nobleza y alto clero—,[10][nota 2][12]​ y no esperaba una resistencia seria a la ofensiva del duque de Alba.[13][11]​ En realidad, la unión ibérica era muy probable, pues de los once matrimonios celebrados por la extinta dinastía de Avis en sus últimas tres generaciones, ocho lo habían sido con los Austrias españoles.[9]​ La relación entre las dos dinastías era tal, que casi formaban una única familia, con intereses similares.[9]

En efecto, la oposición principal provino del pueblo y del bajo clero,[10]​ los que menos podían esperar del cambio de dinastía.[13]​ El 20 de junio de 1580, adelantándose a la decisión del consejo regente, Antonio, prior de Crato se proclamó rey de Portugal en Santarém,[14]​ siendo aclamado en varias localidades del país; su gobierno duró treinta días, puesto que sus escasas tropas fueron vencidas por el ejército español mandado por Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba, en la batalla de Alcántara en agosto de 1580. Don Antonio, descendiente ilegítimo del rey Manuel I, obtuvo el respaldo popular, inspirado en un vago sentimiento patriótico, que no bastó, sin embargo, para hacer frente a las tropas del duque.[13][15]​ Siguió sosteniendo la oposición a los Austrias durante décadas, infructuosamente.[14]​ Los privilegiados portugueses, por el contrario, celebraron el fracaso del prior.[13]​ Al año siguiente, Felipe II fue proclamado por las Cortes de Tomar rey Filipe I de Portugal.[13][10]​ Felipe contaba con el apoyo de los grupos influyentes del país: el alto clero, la nobleza y los mercaderes.[13][10]​ Para granjearse su favor, el monarca español prometió respetar y ampliar sus privilegios.[13][10][16]

Este sería el comienzo de un periodo en el que Portugal junto con los demás reinos hispánicos fue gobernado por virreyes o gobernadores de los reyes de España, viviendo bajo el dominio de la rama española de la casa de Habsburgo, compartiendo el mismo monarca en una monarquía dual aeque principaliter, que se prolongaría hasta 1640.[13]​ Al tiempo, en Madrid existía un Consejo de Portugal —compuesto en exclusiva por portugueses— para asesorar al rey sobre asuntos concernientes al reino.[17][18]​ Portugal conservó, empero, sus propias leyes e instituciones,[10]​ que le permitieron mantenerse como nación cuasiindependiente con un importante imperio ultramarino que le otorgaba grandes ventajas económicas.[19][13]​ El rey se comprometió además a defender el vasto imperio portugués, que se extendía por territorios americanos, africanos y asiáticos.[13]​ Los nobles aumentaron su poder político y económico a costa del de la Corona.[20]

La ilusión inicial de las dos partes, que esperaban prosperar con la unión, duró aproximadamente hasta la firma de la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas de los Países Bajos en 1609.[13]​ A partir de entonces creció la tensión, ahondada por las depredaciones holandesas en Brasil.[13]​ A partir de 1630, se extendió el espíritu de la sublevación que se desató finalmente en 1640.[13][21]​ La principal causa del descontento eran los perjuicios que para los portugueses suponía el conflicto entre la Corona y los holandeses.[22]​ A esto se unió, a principios del reinado de Felipe IV, la reglamentación a la que el valido regio, conde-duque de Olivares, sometió el comercio luso.[17]​ Otra de las razones del descontento era la incapacidad real para defender las colonias de otras potencias como Francia en Inglaterra, pese a los esfuerzos gubernamentales, poco apreciados en Portugal.[23][nota 3]​ Un cuarto motivo de queja, la ausencia del soberano, en realidad era hipócrita, pues la nobleza la aprovechó para aumentar su poder en el territorio mediante la participación en juntas de administración que trataban de rivalizar con el poder del virrey.[17][18]​ Relacionada con esta se hallaba el empeño real en recuperar las rentas que le correspondían, entregadas principalmente en usufructo a la nobleza, y reformar la tributación para aumentar las contribuciones de los privilegiados, objetivos que disgustaron profundamente a los portugueses.[24][25]

Los partidarios de la unión, los que habían salido favorecidos por ella (los miembros de la Administración, el alto clero y la alta nobleza) defendían en general la interpretación de la Corona del pacto de las Cortes de Tomar: una merced real que el rey podía mudar cuando desease.[21][26]​ Los preteridos, fundamentalmente la baja nobleza,[27]​ temían perder sus privilegios, ser víctimas de las revueltas populares cada vez más frecuentes o ser perjudicados por los asaltos de ingleses y holandeses.[21]

Las política fiscal de la Corona en perjuicio de los privilegiados, tanto laicos como eclesiásticos, tuvo un papel descollante en originar la conjura de 1640.[21]​ El objetivo de la Corona era aumentar[28]​ la recaudación y que la aportación nobleza y clero creciese; estas clases, por su parte, rechazaron cualquier infracción de sus privilegios fiscales, que las eximían de impuestos fijos.[21]​ Los fondos habían de sufragar nuevas flotas, necesarias para enfrentarse a los holandeses, que se habían adueñado de Pernambuco.[25]​ El plan reformista, que afectó a todas las clases sociales,[28]​ se aceleró con la llegada de la nueva virreina,Margarita de Saboya, duquesa de Mantua, en 1634.[29]​ Entre las medidas financieras se contó la elaboración en 1635 de un inventario de bienes raíces eclesiásticos con el fin de desamortizar algunos, cuya posesión por la rica Iglesia lusa era ilegal.[30][29]​ La medida suscitó la enemistad de esta hacia la Corona.[30]​ Especial inquina hacia los Habsburgo mostraba la Orden jesuita, que había tenido varios conflictos con la Corona y Castilla desde el comienzo de la unión.[31]​ En 1637 el rey ordenó la creación de un catastro de propiedades de la nobleza, otra medida que atizó el descontento.[32]​ En agosto de ese mismo año, la imposición de un nuevo impuesto al vino y a la carne y el incremento de las sisas en un momento de crisis económica y malas cosechas desataron una sublevación popular que empezó en Évora y se extendió velozmente por el sur del reino.[32]​ A diferencia de la nobleza, que se abstuvo de participar en ella, pero tampoco contribuyó a sofocarla, algunos miembros de la Compañía de Jesús sí apoyó a los rebeldes.[32]​ El rey hubo de enviar tropas castellanas para aplastar la rebelión y seguidamente, en 1638, convocó a gran parte de los nobles a Madrid para amonestarlos por su pasividad.[32]

Ese mismo año de 1638 se convocó en Madrid la Junta Grande Portugal, para reformar el gobierno del reino.[33]​ Se suprimió el Consejo de Portugal, sustituido por dos juntas, una sita en Lisboa y otra en Madrid —dominadas por secretarios portugueses fieles a Olivares—, y se pretendió cambiar el sistema gubernamental y permitir que los castellanos participasen en la gestión del reino portugués, algo prohibido por las Cortes de 1581.[34]

El fracaso de las expediciones para recobrar Pernambuco en 1638 y 1639 alimentaron la tensión.[35]​ Los portugueses temían que los holandeses amenazasen también Angola y Santo Tomé, de donde procedían de los esclavos que llevaban al Brasil.[36]​ La competencia de los tintes de la América española habían arruinado la industria en las Azores y Madeira había perdido el comercio azucarero con Bahía, prohibido para evitar la venta que se hacía sin pagar impuestos a la Corona.[36]​ Esta situación hizo que las colonias portuguesas del Atlántico estuviesen cada vez más descontentas con el gobierno madrileño.[36]

Este periodo acumuló descontentos —mayormente durante el reinado de Felipe IV— que resultaron en dos revueltas populares habidas en 1634 y 1637 en la región del Alentejo y en algunas otras ciudades que no llegaron a tener proporciones decisivas, y en la instauración, el 1 de diciembre de 1640, de la dinastía de Braganza, iniciándose con ella la guerra de separación de Portugal que enfrentó a Portugal y España.

El levantamiento de 1640[editar]

Primeras revueltas[editar]

Margarita de Saboya, duquesa de Mantua y Montferrato, virreina de Portugal, en un retrato de Frans Pourbus (1569-1622).

El proyecto de castellanización de los territorios peninsulares impulsado por el conde-duque de Olivares supuso el aumento de la presión fiscal.[19]​ Las peticiones financieras y militares del valido originaron varias revueltas ya en la década de 1620 y 1630.[19]​ A estas se sumó el desencanto de parte de las clases privilegiadas portuguesas, que habían esperado beneficiarse de la unión de los imperios coloniales pero tuvieron que afrontar los ataques reiterados de los enemigos del rey a las posesiones de ultramar.[19]

Existía un claro hartazgo de la presión fiscal que debían soportar los portugueses y el pueblo comenzaba a manifestarse en las calles.[37]​ Las revueltas contra la dominación española tuvieron como antecedentes, entre otros, el Motín de las mazorcas, que estalló en Oporto en 1628.[19]​ La revuelta de Manuelinho de Évora, en 1637, fue un precursor del movimiento restaurador.[19]​ Fu un levantamiento popular antifiscal que contó con el apoyo de algunos de los conjurados de 1640.[38]​ Los privilegiados atizaron la revuelta, pero no participaron en ella.[38]​ Finalmente, tropas castellanas la sofocaron en 1638.[38]​ El duque de Brazanga, esperanza de los privilegiados para restaurar una dinastía portuguesa en el trono y figura necesaria para ello, se mostró reacio a implicarse en sus maquinaciones.[39]​ El duque era el principal propietario del reino, su principal aristócrata.[40]​ El pueblo, a diferencia del duque y exasperado por la presión fiscal de los Austrias, estaba dispuesto a alzarse.[38]

Estos movimientos se propagaron por otras regiones del reino, con la intención de deponer la dinastía filipina y entronizar nuevamente una portuguesa. De ese modo estallaron insurrecciones y motines en localidades como Portel, Sousel, Campo de Ourique, Vila Viçosa, Faro, Loulé, Tavira, Albufeira, Coruche, Montargil, Abrantes, Sardoal, Setúbal, Oporto, Vila Real y Viana do Castelo, en las regiones de Alentejo y Algarve. La causa inmediata de estos alborotos fue la imposición de nuevos impuestos y las difíciles condiciones de vida de la población bajo el dominio español. El movimiento insurreccional no consiguió destituir el gobierno instaurado en Lisboa, sucumbiendo al refuerzo de tropas castellanas que acudieron en su auxilio para reprimir la revuelta.

Portugal y la política de Olivares[editar]

El conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV de España, alegando desear constituir una junta de personas notables, llama a Madrid a los hidalgos de más alto nivel. Al mismo tiempo, su pretexto de la guerra con Francia, manda reclutar tropas por todo Portugal y ordena al Duque de Braganza el envío de mil soldados armados. Consciente e las conjuras de parte de la nobleza en favor del duque de Braganza, trató en vano de traer a este a Madrid o alejarlo de Portugal, ofreciéndole para ello el gobierno del Milanesado.[41]

Las reformas reales dejaron a la nobleza mediana —la alta nobleza, al igual que el alto clero, se hallaba asimilada a la dinastía—, en la disyuntiva de someterse a ellas o rebelarse.[36]​ La Corona esperaba que optase por adaptarse a la nueva situación que pretendía implantar con las nuevas medidas, pero la eliminación de la ventaja militar a finales de la década de 1630 por la derrota de Las Dunas y el estallido de la Sublevación de Cataluña allanó el camino al levantamiento.[36]​ A la pérdida de los barcos necesarios para bloquear la costa en el combate con los holandeses se unió la falta de tropas de tierra para sujetar Portugal cuando las fuerzas disponibles en la península trataban de sofocar el levantamiento catalán.[36]

En agosto de 1640, se renuevan las tentativas de involucrar a Portugal en las empresas bélicas de la Monarquía con motivo de la guerra con Francia, y las revueltas en Holanda y Cataluña. Convoca a toda la nobleza, para acompañar a Filipe III a las Cortes Aragonesas. Se realizan importantes solicitudes de soldados que debían marchar hacia Cataluña, a costa del tesoro portugués. Era la estrategia para la prevención de la resistencia portuguesa frente a los proyectos uniformadores de Olivares.

La conjura[editar]

João II, duque de Braganza quien posteriormente sería coronado como rey João IV de Portugal.

El levantamiento de 1640 fue planeado en Lisboa por los hidalgos D. Antão de Almada, D. Miguel de Almeida y por el Dr. João Pinto Ribeiro, y otros cuarenta hombres de la nobleza, el clero y militares, para considerar los males de que sufría entonces Portugal. Pertenecían fundamentalmente a aquellos que se consideraban postergados en la obtención de mercedes, fundamentalmente sectores medios.[42]​ El objetivo, que alcanzaron, era la destitución de los Habsburgo y la proclamación de un nuevo rey de origen portugués. Finalmente se llegó a la conclusión de la necesidad de realizar una revolución, resolviendo enviar a Vila Viçosa a un emisario, encargado de proponer al duque de Braganza que aceptase el trono. Estas reuniones se verificaron en el palacio de D. Antão de Almada, hoy conocido por esa razón como Palácio da Independência.

El elegido por los conjurados, Juan, octavo duque de Braganza,[43]​ se hallaba retirado en su palacio de Villaviciosa, dedicado a su pasión: la música.[36]​ Era uno de los nobles asimilados a la dinastía reinante, de la que no solo había obtenido la confirmación de sus privilegios, sino que los había aumentado.[40]​ Estaba emparentado además con varios linajes de Castilla y su esposa era hermana del duque de Media Sidonia.[40]​ Pese a las sugerencias y amenazas de los confabulados y las esperanzas de liberación que el pueblo depositaba en él, no parecía dispuesto a sumarse a la rebelión.[36]​ En principio, se negó a ello.[40]​ Su concurso era importante, empero, para justificar el alzamiento como restauración de la Casa de Braganza, nativa, frente a los foráneos Austrias.[36]​ Pese a las justificaciones vagamente nacionalistas, los conjurados pretendían en realidad implantar una nueva dinastía más favorables a sus intereses.[44]​ Presentaban su ideario nacional para ganarse el apoyo del pueblo, harto del aumento de la presión fiscal y animado a sumarse a la empresa por la Iglesia.[45]​ El duque solo aceptó el trono en 1640, después de que la pérdida de la armada en Las Dunas y el envío de las tropas para sofocar la Sublevación de Cataluña desvaneciesen el peligro del rápido aplastamiento de la sublevación.[46]​ Ante su negativa inicial, los confabulados trataron en vano de ofrecer el trono a su hermano Eduardo, que evitó comprometerse.[47]​ En 1639 la red de conjurados creció, pero no lo bastante para que el duque aceptase unirse a ellos: volvió a rehusar hacerlo.[48]​ El número siguió creciendo en 1640 y de nuevo trataron de ganarse al duque, que una vez más rechazó hacerlo.[48]​ Incapaces de ganarse al duque, los conspiradores lo amenazaron con proclamarlo rey sin su consentimiento en agosto o septiembre o incluso con instaurar una república; la amenaza resultó infructuosa y Juan siguió sin aceptar unirse a la conjura.[48]​ El llamamiento de Felipe IV para que acudiesen con sus vasallos a combatir en Cataluña, sin embargo, favoreció a los conspiradores, pues los nobles, reacios a hacerlo, se mostraron por fin más dispuestos a sostener al duque, que acabó por aceptar unirse al plan, aunque no a desencadenarlo.[49]​ Juan aceptó la corona siempre que la insurrección triunfase: mientras, permanecería en Villaviciosa.[49]

Para tratar de desbaratar en el último momento el alzamiento, Olivares convocó al duque a Madrid a finales de 1640.[45]​ Presionado por los conjurados, el duque se excusó y afirmó que marcharía a la capital más adelante; la convocatoria solo sirvió para acelerar el plan de rebelión.[45]

Aprovechando la concentración de las tropas españolas en Cataluña, los conjurados proclamaron la independencia el 1 de diciembre de 1640.[41]​ La iniciativa no partió del pueblo, que apoyó no obstante la acción firmemente, sino de la clase gobernante portuguesa.[41][50]

El levantamiento[editar]

A las nueve de la mañana del sábado 1 de diciembre de 1640, los conjurados ingresaron al Paço da Ribeira, situado en la Praça do Comércio de Lisboa.[45]​ Tras enfrentarse a la guardia tudesca y asesinaron y defenestraron por la fachada del Palacio Real al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos.[49][45][50]​ Arrestaron a la virreina en su gabinete, mientras trataba desde la ventana de calmar a la multitud y se comprometía a interceder ante Felipe IV por el asesinato de Vasconcelos.[49]​ la virreina creía que el tumulto era una más de las frecuentas protestas antifiscales, no un golpe contra la dinastía reinante.[51]​ En apenas unas horas la ciudad cayó en sus manos.[45]​ De inmediato se enviaron emisarios a todo el reino para anunciar el levantamiento.[45]​ Los rebeldes presentaron el levantamiento como una restauración de lo que consideraban el orden legítimo frente al tiránico y extranjero representado por los Austrias españoles.[50]​ La propaganda bragancista, muy abundante, trató de justificar el cambio político como una acción nacional de recuperación de la independencia de manos de un soberano tildado de tirano.[52]​ Los «mejores del país» habrían tomado la decisión, según la propaganda, de liberar el reino de tal situación de injusticia.[53]​ En realidad, era un golpe de una minoría privilegiada en recuperar el poder político por la fuerza y proteger sus privilegios, amenazados por el gobierno de Felipe IV.[54]

Posteriormente fue encerrada en el Convento de Santos-o-Novo.[nota 4]

En su lugar aclamaron al Duque de Braganza como rey, con el título de Juan IV de Portugal, dando inicio a la cuarta dinastía, la Dinastía de Braganza. El nuevo gobernante autorizó a Margarita de Saboya que partiera para España en los primeros días de diciembre de ese mismo año. El momento fue oportunamente escogido, ya que la casa de Habsburgo afrontaba en esa época los problemas derivados de la Guerra de los treinta años y la Sublevación de Cataluña.

La confirmación del triunfo del alzamiento llegó a Madrid el 7 de diciembre, donde se prohibió bajo pena de vida que se hablase del asunto.[55]​ Hasta mediados de mes, el Gobierno confió en poder retomar el control del reino vecino.[55]​ Finalmente y como ya había sucedido en 1637, movilizó a la nobleza fronteriza; únicamente le frontera extremeña quedó encomendada a un ejército real.[55]​ Sin embargo, el hartazgo de la nobleza a contribuir a los gastos bélicos —ya lo hacía en el frente aragonés— hizo que el Gobierno tuviese que mantenerse a la defensiva ante Portugal.[55]​ Durante las siguientes dos décadas, este frente quedó preterido y en él se concitaron el descontento de los generales encargados de dirigirlo, la corrupción y la deserción de la tropa.[56]

Extensión del alzamiento: los territorios de ultramar[editar]

Al bloqueo de Portugal, territorio pobre en recursos, falto de cereales y plata para financiar sus importaciones, que el Gobierno madrileño decretó el 10 de enero de 1641, se unió en intento del conde duque de conservar las colonias.[57]​ Las advertencias a estas para que se mantuviesen fieles al rey Felipe, sin embargo, en general no surtieron efecto.[57]​ En Brasil el virrey era fiel a los Austrias, pero la influencia de los jesuitas, partidarios de los Braganza, hicieron que el territorio se sometiese al rey Juan en febrero y marzo de 1641, primero en Bahía y luego en Río de Janeiro.[58]​ El aviso a Angola, principal fuente de esclavos para al América española, tardó tanto que dio tiempo a que la colonia reconociese al nuevo rey portugués en abril.[59]​ Lo mismo sucedió en Guinea.[59]​ De África la noticia pasó a Asia, donde la India portuguesa y Macao, disgustados con el gobierno de los Austrias, aceptaron a Juan IV sin dificultad.[59]​ Las colonias asiáticas esperaban que el cambio de dinastía permitiese firmar una tregua con los holandeses, cosa que no sucedió.[59]​ En agosto una escuadra holandesa se apoderó de Luanda; poco después también aumentó el acoso neerlandés en Asia.[59]

Ceuta y Tánger en principio se mantuvieron fieles a los Austrias, aunque la segunda reconoció la soberanía de los Braganza en 1643.[60]​ La mayoría de los territorios ultramarinos, contrarios a las medidas de reforzamiento de la autoridad real, limitación de la de los gobernadores, y persecución de la corrupción, se pasaron a la nueva dinastía, esperando que las eliminase.[60]​ Se oponían en especial a la implantación del juicio de residencia y a la ampliación del poder judicial mediante el uso de ouvidores.[60]

La India portuguesa salió perjudicada por la independencia: en 1640 contaba con veintiséis plazas, mientras que en 1666 apenas conservaba dieciséis.[60]​ El rey Juan, centrado en mantener Brasil, se mostró dispuesto a desprenderse de las posesiones indias y cedió Bombay y Tánger a los ingleses en 1661.[60]

Preparativos para la guerra[editar]

Inmediatamente después de asumir el trono portugués, Juan IV tomó varias medidas para fortalecer su posición. El 2 de diciembre se dirigía como soberano por cédula real fechada de Vila Viçosa a la Cámara de Évora. El camino a seguir fue la reorganización de todas las fuerzas para la acometida que se preveía. Por lo tanto, el 11 de diciembre decidió crear el Consejo Supremo de Guerra para promover en todo lo relacionado con el ejército. Posteriormente creó la Junta de Fronteras que se hizo cargo de las fortalezas fronterizas, la defensa de Lisboa, las guarniciones y los puertos marítimos. El 28 de enero de 1641, comenzaron las sesiones de las Cortes que legitimaron la «restauración» de Juan al trono portugués.[43]

Un año después, en diciembre de 1641, creó un arrendamiento para asegurar que todas las fortalezas del país serían mejoradas y que las mejoras serían financiadas con los impuestos regionales. Posteriormente restableció las leyes militares de Sebastián I de Portugal, con el fin de reorganizar el ejército y emprendió una campaña diplomática centrada en restablecer buenas relaciones con Inglaterra.

Después de ganar varias pequeñas victorias, Juan trató de hacer las paces con rapidez. Sin embargo, su exigencia de que Felipe reconociese la nueva dinastía reinante en Portugal no se cumplió hasta el reinado de su hijo, Alfonso VI, durante la regencia de Pedro de Braganza, otro de sus hijos, que más tarde se convirtió en el rey Pedro II de Portugal. Los enfrentamientos con España duraron veintiocho años.

Tanto Madrid como Lisboa decretaron bloqueos comerciales con el enemigo.[61]​ El español se mantuvo teóricamente hasta el final de la contienda, aunque el contrabando desbarató los dos.[61]​ Los intentos españoles de que los ingleses se comprometiesen a no comerciar con Portugal fracasaron; los propios territorios de la Corona hispánica burlaban el bloqueo.[62]​ El nuevo Gobierno portugués derogó los impuestos más odiados impuestos durante el periodo habsburgo, pero pronto implantó otros más onerosos, que justificó por la necesidad de sufragar la guerra de independencia.[61]​ El nuevo alza de la presión fiscal fomentó de nuevo el desencanto popular, que estalló en revueltas, menores que las de la década de 1630, ya en 1661.[63]

Situación internacional: las relaciones entre las potencias europeas[editar]

Las relaciones entre Francia y España[editar]

En 1640, el cardenal Richelieu, entonces jefe de asesores de Luis XIII de Francia, era plenamente consciente del hecho de que Francia estaba operando bajo circunstancias difíciles. En ese momento estaba en guerra con España y al mismo tiempo tenía que controlar las rebeliones que se estaban produciendo en Francia, las cuales fueron apoyadas y financiadas por Madrid, y para ello tuvo que enviar ejércitos franceses para luchar contra los Habsburgo españoles en tres frentes diferentes. Además de su frontera común en los Pirineos, Felipe IV de España, anteriormente Felipe III de Portugal, reinó bajo diversos títulos, en Flandes y el Franco-Condado, al norte y al este de Francia respectivamente. También además, Felipe IV controlaba grandes territorios en Italia, donde podría, a su antojo, imponer un cuarto frente para atacar Saboya, entonces controlada por Francia y gobernada por Cristina María de Francia, duquesa de Saboya, quien actuaba como regente en nombre de su hijo, Carlos Manuel II, duque de Saboya.

España había disfrutado de la reputación de tener la fuerza militar más formidable de Europa, una reputación que se había ganado con la introducción del arcabuz y la llamada Escuela Española. Sin embargo, esta reputación y táctica había disminuido con la guerra de los Treinta Años. Richelieu, obligó a Felipe IV a mirar a sus propios problemas internos. Con el fin de desviar las tropas españolas que sitiaban Francia, Luis XIII, siguiendo el consejo de Richelieu, apoyó las reivindicaciones de João IV de Portugal durante la guerra de aclamación. Esto se hizo en el razonamiento de que una guerra con Portugal agotaría los recursos españoles.

El primer acuerdo entre Francia y Portugal se firmó el 1 de junio de 1641.[64]​ Francia esperaba que la apertura de un nuevo frente en la península debilitase a Felipe IV, pero Juan IV no satisfizo las esperanzas de París: carente de recursos para acometer una invasión de Castilla, se limitó a librar una guerra de desgaste.[64]

Las relaciones entre Portugal y Francia[editar]

Tratado de los Pirineos. Entrevista de los monarcas en la isla de los Faisanes.

Para el cumplimiento de los intereses comunes de la política extranjera de Portugal y Francia, una alianza entre los dos países fue firmada en París el 1 de junio de 1641,[41]​ obligándose a continuar y mantener guerra contra España con armamento naval, y concurrir con Holanda a invadir los dominios de Castilla y atacar a las flotas de Indias. Duró dieciocho años antes de que el sucesor de Richelieu, un ministro de Asuntos Exteriores oficioso, el cardenal Mazarino, rompiera el tratado abandonando a sus aliados portugueses y catalanes para firmar una paz por separado con Madrid.

En 1647, Juan propuso a Mazarino entregar el territorio peninsular portugués al duque de Orleans en calidad de regente y retirarse a un nuevo reino que formaría con el Brasil y las Azores, dividiendo así el reino.[60]​ El duque había de casar a su hija con el príncipe Teodosio, que heredaría luego el trono del Portugal peninsular.[60]​ La desesperada propuesta surgía del temor portugués a perder al coligado francés cuando las Provincias Unidas comenzaban a tratar la paz con España.[65]​ Mazarino rechazó la oferta.[65]

El Tratado de los Pirineos, firmado el 7 de noviembre de 1659, en la isla de los Faisanes, para poner fin a un conflicto iniciado en 1635, durante la Guerra de los Treinta Años. Entre otros términos del tratado se cedió a Francia los treinta y tres pueblos de la mitad norte del condado catalán de Cerdaña (el valle de Querol), o lo que es lo mismo, la Alta Cerdaña y El Capcir, excepto Llivia (por ser villa y no pueblo) y las comarcas también catalanas del Rosellón, El Conflent y El Vallespir, situados en la vertiente septentrional de los Pirineos; en tanto que Francia reconoció a Felipe IV de España como legítimo rey de Portugal. A pesar de la firma de la paz entre España y Francia, esta no dejó de enviar auxilios a los portugueses, como había hecho desde 1641.[41]

Siete años más tarde, en las últimas etapas de la Guerra de Restauración portuguesa, las relaciones entre los dos países se fueron descongelado al punto en que el joven —pero enfermizo— Alfonso VI de Portugal se casó con la princesa francesa, María Francisca de Saboya-Nemours.

Las relaciones entre Portugal y las Provincias Unidas de los Países Bajos[editar]

Captura de Cochín y la victoria de la VOC holandesa sobre los portugueses en 1656, en la costa de Malabar. Atlas Van der Hagen, 1682.

En el momento del levantamiento de Lisboa del 1 de diciembre de 1640, los portugueses habían estado en guerra con los holandeses durante casi cuarenta años. Una buena parte de los conflictos se puede atribuir al hecho de que España y la República de los Siete Países Bajos Unidos se encontraban librando simultáneamente la guerra de los Ochenta Años (1568-1648) y, desde entonces, las hostilidades entre Portugal y los Países Bajos entraron en erupción en 1602, ya que Portugal estaba siendo gobernado por un monarca español.

La guerra luso-neerlandesa se libró casi enteramente en ultramar, con las empresas mercantiles neerlandesas, Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales y Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, que en varias ocasiones atacaron las posesiones coloniales portuguesas en América, África, India y el Lejano Oriente. Portugal se encontraba en una postura defensiva en todas partes, y recibió muy poca ayuda militar de España.

Tras la proclamación de João IV de Portugal en 1640, neerlandeses y portugueses firmaron el Tratado de La Haya de junio de 1641, una tregua de diez años ayudándose unos a otros un tanto en contra de su enemigo común, España.[64]​ Aunque originalmente estaba pactada para todos los territorios de ambos imperios, quedó limitada al continente europeo:[64]​ las hostilidades seguirían en las colonias holandesas y portuguesas hasta el final de la guerra, hasta la definitiva expulsión de los neerlandeses en Angola (1648), Santo Tomé (1649) y Brasil (1654).[66]​ Al comienzo de la guerra, los holandeses no solo no redujeron sus ataques a las posesiones portuguesas, sino que los redoblaron, en especial en la India y Angola.[66]

Los holandeses reanudaron la compra de sal en las factorías de Setúbal; resurgió así el comercio entre los dos países, que había cesado en 1580, cuando la rama española de los Habsburgo, contra quien los neerlandeses se habían sublevado, obtuvo el trono portugués. Sin embargo, los asaltos holandeses a los territorios portugueses se mantuvieron hasta 1663, incluso después de la firma del nuevo Tratado de La Haya de 1661.

En 1648, el rey Juan instó al Consejo de Estado a que accediese a entregar a los holandeses parte del Brasil que les había arrebatado y parte de Angola, además de pagarles una onerosa indemnización a cambio de obtener su apoyo contra Felipe IV.[67]​ Las relaciones de Lisboa con los colonos brasileños eran tensas, y en 1647 Río de Janeiro ofreció volver a reconocer la autoridad de Felipe si este aceptaba ciertas concesiones de autonomía.[67]

Las relaciones entre Portugal e Inglaterra[editar]

Inglaterra estaba, en ese momento, envuelta en su propia guerra civil. Pese a ello, firmó una liga con Portugal a finales de enero de 1642.[41][62]​ Los portugueses reconocían los asentamientos ingleses en Guinea, obtenían dos años de plazo para decidir si concedían privilegios comerciales a Londres en Brasil y prorrogaban la tregua vigente en la India.[62]​ En realidad, el acuerdo demostró la habilidad diplomática portuguesa, que obtuvo la ayuda de los Estuardos sin conceder nada que estos ya tuviesen.[62]​ El objetivo portugués era emplear la marina mercante inglesa para asegurar el abastecimiento del reino.[64]​ Surgieron problemas a los portugueses en las relaciones con Inglaterra por el hecho de que el Parlamento inglés venció en la guerra contra el rey y, al mismo tiempo, la corte real portuguesa continuó recibiendo y reconociendo a príncipes y nobles ingleses. Estas tensas relaciones persistieron durante el breve período de la Commonwealth, cuando el gobierno republicano que había depuesto y ajusticiado a Carlos I gobernó Inglaterra, Irlanda y Escocia.

Tras la restauración de la dinastía de los Estuardo, le fue posible a Portugal compensar la pérdida del limitado apoyo de Francia con la renovación de su tradicional alianza con Inglaterra. La eficaz ayuda de los ingleses en la guerra contra España se derivó, en 1654, en un tratado que concedía privilegios a los comerciantes ingleses de Portugal, como la libertad religiosa, justicia civil propia y libertad de comercio con disminución de tasas. Asimismo, Inglaterra retuvo los territorios coloniales adquiridos anteriormente a Portugal.[68]

La alianza política se complementó con un matrimonio dinástico en 1662, cuando la infanta Catalina de Braganza, hermana del rey Alfonso VI de Portugal, se unió a Carlos II de Inglaterra, que acababa de reconquistar su trono y tenía urgentes necesidades financieras.[41]​ Catalina aportó entonces una excepcional dote[69]​ de 300 000 £ y la cesión de Bombay y Tánger, sumando a esto el derecho para los ingleses de comerciar libremente con las colonias portuguesas. En contrapartida Portugal recibió la necesaria ayuda militar en su conflicto con España, tanto en la península ibérica como en las colonias.[68]

Fue en gran parte gracias a la alianza con Inglaterra que la paz con España fue posible al finalizar la guerra. España había sido drenada por la guerra de los Treinta Años, y no tenía resto para una guerra, más aún con otras potencias europeas, y especialmente tras el resurgimiento de Inglaterra.

La guerra[editar]

Militarmente la guerra de la Restauración Portuguesa consistió principalmente de escaramuzas fronterizas e incursiones de caballería a las ciudades fronterizas, combinado con ocasionales invasiones y contrainvasiones, muchas de ellas tímidas e insuficientemente financiadas. Sólo hubo cinco grandes batallas cuidadosamente preparadas durante los veintiocho años de hostilidades. El principal frente del conflicto fue el extremeño, seguido del gallego, que solo ganó importancia en los últimos años de la guerra, a partir de 1665.[69]​ En Extremadura, el clima limitaba los principales combates a dos cortos periodos de campaña: uno primaveral, de marzo o abril a mediados de junio, y otro otoñal, de mediados de septiembre a finales de noviembre.[70]​ Durante el verano escaseaba el agua y el forraje para las bestias y durante el invierno la crecida de río y arroyos y la falta de puentes y buenos caminos impedía los movimientos de los ejércitos.[71]​ Precisamente la falta de forraje en el verano hacía imposible el acometer cercos durante el otoño, pues el ejército debía moverse para obtener pastos para sus monturas y animales de carga.[72]​ Las diversas dificultades logísticas limitaban el radio de acción de los ejércitos y reducían el tiempo de campaña a unas dos semanas.[73]

La guerra puede considerarse que ha tenido tres períodos:

  • Primero, una fase inicial (1640-1646) cuando unos cuantos asuntos demostraron que los portugueses no podían ser fácilmente devueltos al sometimiento con los españoles;
  • Segundo, un largo período (1646-1660) de choques militares, caracterizados por pequeñas incursiones, mientras España concentraba sus compromisos militares en otras partes de Europa;
  • Tercero, un último período (1660-1668) durante el cual el rey español Felipe IV, buscó sin éxito una victoria decisiva que pondría fin a las hostilidades.

Primera etapa: escaramuzas[editar]

En principio, la corte madrileña consideró que el frente portugués era de menor importancia comparado con otros en los que combatía,[74]​ como el catalán, por lo que la contienda se limitó a una serie de correrías fronterizas y escaramuzas.[41][75]​ En los veintiocho años de guerra, apenas hubo cinco batallas.[76][nota 5]​ La longitud de la frontera y la ausencia general de grandes accidentes geográficos que impidiesen cruzarla favorecían estas correrías.[77]​ A la impresión de prioridad que la corte madrileña atribuyó a otros frentes se unió la mala situación de la hacienda real, incapaz de destinar la guerra con Portugal medios suficientes y de calidad para lograr el sometimiento del reino.[74]​ El ejército de Extremadura contaba en los primeros años de la guerra con unos siete mil ochocientos soldados y el del Alentejo que se le oponía, con unos seis mil; este tamaño resultaba insuficiente para emprender el cerco de las principales fortalezas de la frontera, lo que contribuyó a que esta no variase hasta las campañas de la década de 1660.[78]​ Las grandes maniobras también se veían estorbadas por las levas locales, que aportaban soldados indisciplinados e inclinados a la deserción.[79]​ La aportación de tropas extranjeras tampoco mejoraba la situación de los contendientes a causa de la dificultad crónica para pagarlas.[79]​ Los enemigos de España, sin embargo, se apresuraron a prestar ayuda a los portugueses.[41]

Golpes y contragolpes[editar]

En julio de 1641, fracasó una conjura que pretendía dar un contragolpe en Lisboa, asesinar al rey Juan y devolver el poder a la virreina.[80][81]​ Los confabulados, portugueses, ocupaban cargos importantes —había nobles, eclesiásticos, funcionarios y comerciantes—, pero fueron denunciados por uno de ellos a las autoridades.[82][81]​ El plan para derrocar a Juan IV había tratado de emplear a los más descontentos con la nueva dinastía: parte de la alta nobleza, asimilada en parte al gobierno de los Austrias; la Inquisición y parte del alto clero y los asentistas judeoconversos, cuyos negocios dependían del Gobierno madrileño.[83]​ Nuevamente, como en el golpe de diciembre en favor de los Braganza, el motivo principal de la conjura era asegurar los intereses personales de los confabulados, que veían en riesgo con la nueva dinastía o si triunfaba la esperada invasión de los Austrias.[84][81]​ Los confabulados pensaban que el rey Juan no sería capaz de resistir a los ejércitos de Felipe y trataban de pasarse a lo que creían sería el bando vencedor.[81]​ Su fracaso desencadenó una ola de detenciones de posibles desafectos.[81]

Los Braganza trataron de contraatacar apoderándose de la flota de Indias con la colaboración de las Provincias Unidas, Francia y del duque de Media Sidonia, el más rico noble de Castilla y señor de la Andalucía occidental, al que debía ayudar su pariente el marqués de Ayamonte.[85]​ Medina Sidonia era hermano de la nueva reina de Portugal.[85]​ La conjura de Media Sidonia y Ayamonte fue desbaratada en agosto, cuando fue descubierta.[86]

Choques en la frontera extremeña[editar]

Para recuperar Portugal, los españoles organizaron dos ejércitos: uno principal en Extremadura y otro en Galicia.[87]​ En Galicia se reclutaron unos dieciséis mil, aunque muchos menos sirvieron en el frente, en malas condiciones y con pagas escasas, situación que fomentó la propagación de epidemias y las deserciones.[88]​ Para mejorar la situación, se decidió reducir el número de soldados, pero contar con un contingente pseudoprofesional mejor pagado y tratado.[88]​ La primera reducción hecha en parte para permitir que parte de los soldados pudiesen retomar las tareas agrícolas, se realizó en 1644.[89]​ En 1649, servían en el frente gallego cuatro mil infantes y ochocientos jinetes.[88]

Los portugueses fijaron su cuartel general en Elvas, mientras los españoles lo hacían en la vecina Badajoz, trasladándolo desde Mérida, donde había estado los primeros meses de guerra.[90][91]​ La zona, intensamente militarizada tras la entronización de Juan IV en Lisboa, fue el teatro principal de la guerra.[90]​ En 1641, la dada la falta de medios de los adversarios, los dos se abstuvieron de acometerse.[92]​ Los dos bandos se concentraron en mejorar las defensas de sus territorios.[92]​ Los choques, determinados por las órdenes de Madrid y Lisboa, se limitaron a escaramuzas.[92]​ Los dos bandos trataron además de atraerse a las localidades fronterizas.[93]​ En 1642 la guerra se avivó: los portugueses llevaron a cabo una incursión en la sierra de Gata, aprovechando las desavenencias entre los mandos militares de Cáceres y Salamanca.[94]​ El resto del año sucedieron las escaramuzas, de resultado incierto.[95]​ Durante 1643 y 1644, los portugueses talaron la frontera cacereña, con notable éxito.[96]​ Asaltaron además vanamente Badajoz.[97]​ También atacaron Galicia, donde se apoderaron de Salvatierra.[98]

El ejército real destinado en Extremadura, privado de las mejores tropas y falto de financiación, hubo de completar su dotación con vecinos de la zona, bisoños en la carrera militar.[74]​ La falta de costumbre marcial favoreció la indisciplina, a la que se unió la exigua calidad de los oficiales.[99]​ La falta de fondos con los que sufragar los gastos del ejército hicieron que este tuviese que vivir de las poblaciones extremeñas a las que los desertores, numerosos por las malas condiciones en las que vivían los soldados, acosaban con sus desmanes.[99]​ La población civil vivía aquejada de los ataques portugueses y del abuso de soldados españoles.[99]​ Como consecuencia, se formaron unidades de voluntarios extremeños, dedicados tanto a la defensa de sus tierras como a las correrías por Portugal y al contrabando, de larga tradición en la zona fronteriza.[100]​ Pese a las actividades ilegales de estas bandas, resultaban fundamentales para la defensa fronteriza, dada la ineficacia del ejército regular.[101]

En el frente gallego, poco activo, en los primeros años de guerra destacaron la destrucción del monasterio benedictino de Fiaes (sito en la entre el Duero y el Miño) en 1641, la victoria gallega en Villaza y la pérdida española de la fortaleza de Salvatierra de Miño en 1642, plaza que se recobró hasta 1659. [69]​ Los combates se limitaron a unas cuantas incursiones mutuas y a los infructuosos intentos españoles de recuperar Salvatierra.[69]

Con la esperanza de una rápida victoria sobre Portugal, España destinó al punto siete regimientos a la frontera portuguesa, pero los retrasos causados por el conde de Monterrey, un jefe con más interés en las comodidades de la buena vida que en el campo de batalla, desperdició cualquier ventaja inmediata. Una contraofensiva portuguesa a finales de 1641 fracasó, y el conflicto quedó en un punto muerto.

La primera batalla de la guerra se libró el 26 de mayo de 1644 en las llanuras de Montijo.[76]​ Ese día, una gran columna de soldados españoles y mercenarios, al mando de Carlo Andrea Caracciolo, marqués de Torrecusa, natural de Nápoles, fue detenida por las fuerzas portuguesas en la batalla de Montijo, guiadas por Matías de Albuquerque, uno de los experimentados oficiales coloniales portugueses que saltó a la fama durante la guerra. Aunque los portugueses vencieron, nunca volvieron a intentar una penetración profunda en territorio castellano.[98]​ Poco después, en noviembre de 1644, Torrecusa cruzó las fronteras desde Badajoz, atravesando el río Guadiana, con 12 000 hombres de infantería, 2600 de caballería, 20 piezas de artillería y dos morteros, marchando hacia Campo Maior. El marqués mandó realizar un reconocimiento a la plaza de Olivenza, entonces dominio portugués, pero desistió de atacarla por considerarla de poco interés. El ejército español llegó a Elvas estableciendo un sitio de ocho días a la ciudad. El marqués de Alegrete reforzó la guarnición y pudo superar los embates de los españoles, quienes se vieron obligados a retornar y cruzar la frontera tras sufrir grandes perdidas.

En 1645 siguieron las incursiones mutuas en territorio enemigo.[102]​ Los portugueses fracasaron en su intento de apoderarse de Valencia de Alcántara y los españoles al tratar de expugnar Salvaterra do Extremo.[103]​ Las indisciplina y las ansias de saqueo minaban la eficacia de las tropas extremeñas.[104]​ Los intentos de reforma militar fracasaron.[105]​ En 1648 los portugueses redoblaron sus incursiones en extremadura, aprovechando el caos militar imperante en las filas enemigas.[106]​ En 1648 los españoles contraatacaron, limitando las correrías portuguesas y defendiendo victoriosamente Alcántara.[106]​ En 1649 y 1650, sin embargo, retomaron las incursiones, en general con fortuna, infligiendo varias derrotas a las fuerzas españolas.[107]

En 1649, el rey Juan buscó la mediación secreta de Roma para someter de nuevo el reino a la autoridad de los Austrias.[37]​ El plan era casar a su hijo y heredero, Teodosio con la entonces heredera española, la infanta María Teresa y fijar la corte en Lisboa.[37]

Atrocidades[editar]

La guerra entonces adquirió un carácter peculiar. Se convirtió en un enfrentamiento fronterizo, a menudo entre las fuerzas locales, vecinos que se conocían bien unos a los otros, pero este conocimiento no moderó los impulsos destructivos y sanguinarios de uno y otro bando. La naturaleza arbitraria del combate se vio exacerbada a menudo por el uso de mercenarios y reclutas extranjeros, e incidentes de crueldad singular se registraron en ambos lados. Los portugueses revivieron las viejas animosidades que se habían enconado durante sesenta años de dominación española, y los españoles opinaban a menudo que sus oponentes eran súbditos desleales y rebeldes, y no un ejército enemigo con derecho a un trato digno conforme a las reglas de combate.

Alcance de la guerra[editar]

La guerra se libró en tres teatros diferentes a lo largo de la dilatada contienda, pero la actividad bélica se centró en el frente norte, cerca de Galicia, y en la frontera central, entre la región portuguesa del Alentejo y la española de Extremadura. El frente sur, donde la región meridional portuguesa del Algarve linda con Andalucía en España, era un objetivo lógico para Portugal, pero nunca fue objeto de un ataque luso, probablemente debido a que la reina consorte de Portugal, Luisa de Guzmán, era la hermana del duque de Medina Sidonia, principal noble de Andalucía.

Desgaste y corrupción[editar]

España, en un principio, hizo una guerra defensiva. Portugal, por su parte, no sentía ninguna necesidad de tomar territorio español con el fin de ganar, y también estaba dispuesto a hacer de la guerra una competición defensiva. Las campañas normalmente consistían en correrías (incursiones de caballería) para quemar los campos, saquear los pueblos y robar grandes rebaños de ganado vacuno y ovino al enemigo. Los soldados y oficiales, muchos de ellos mercenarios, estaban principalmente interesados en el despojo y propensos a la deserción. Durante largos períodos, sin hombres ni dinero, ninguno de los lados montó campañas formales, y cuando las acciones fueron tomadas, fueron conducidas a menudo tanto por consideraciones políticas, como por la necesidad de Portugal de impresionar a potenciales aliados, así como por claros objetivos militares. Año tras año, considerando los problemas de afrontar la campaña en el invierno, y el calor y la sequía del verano, la mayoría de los combates importantes se limitaban a dos "estaciones de campaña" relativamente cortas, en primavera y otoño.

La guerra se instaló en un patrón de destrucción mutua. Ya en diciembre de 1641, era común escuchar a los españoles de todo el país lamentarse de que "Extremadura está acabada". Los recaudadores de impuestos, agentes de reclutamiento, los soldados acantonados, y las depredaciones por parte de las tropas españolas y extranjeras eran odiados y temidos por la población española, tanto como las incursiones del enemigo. En Extremadura, las milicias locales llevaron el peso de la lucha hasta 1659, y la ausencia de estos soldados a tiempo parcial era sumamente perjudicial para la agricultura y las finanzas locales. Dado que a menudo no había dinero para pagar o apoyar a las tropas (o para recompensar a sus comandantes), la corona española hizo la vista gorda ante el contrabando, la especulación, y la destrucción que se había convertido en endémica en la frontera. Condiciones similares también existían entre los portugueses.

Segunda etapa: defensa anquilosada[editar]

Juan José de Austria fue fundamental en la conducción de las fuerzas de los Habsburgo.

En 1646, la imposibilidad de llegar a un acuerdo estable con los holandeses, decididos a seguir hostigando las colonias americanas y asiáticas portuguesas y el previsible fin de la guerra de los Ochenta Años, unido al temor de perder la liga con Francia, inquietaron al Gobierno luso.[65]​ En consecuencia, Juan IV presentó a Mazarino la propuesta de división del reino y de proclamación de una regencia francesa en las tierras peninsulares, que el ministro francés rehusó.[108]​ En 1648, Portugal vio frustrada su esperanza de ver plasmado el reconocimiento internacional a su independencia en la Paz de Westfalia.[43][65]​ Lo mismo sucedió más tarde con la de los Pirineos.[43]​ Por entonces, los diplomáticos portugueses buscaban la colaboración de Francia, las Provincias Unidas y Venecia para tratar de impeler a Felipe IV a acceder a firmar una tregua de al menos cinco años, propósito que no alcanzaron.[109]​ A finales de 1648, el Gobierno luso estuvo a punto de ceder Pernambuco y Angola a los holandeses para granjearse su ayuda, aunque las victorias sobre estos en esos territorios finalmente hicieron que se arrumbase el plan.[109]​ Interesado aún en entenderse con los holandeses, Juan IV llegó a disculpar las acciones de los colonos brasileños como obra de incontrolados y a ofrecer a los holandeses vender el Brasil que todavía conservaban por tres millones de cruzados, ofrecimiento que La Haya declinó antes de despedir al representante portugués a finales de 1650.[109]

La guerra también era costosa. En la década de 1650, había más de 20 000 soldados españoles solo en Extremadura, en comparación con los 27 000 en Flandes. Entre 1649 y 1654, alrededor del 29 por ciento (más de seis millones de ducados) de los gastos en defensa de España fueron asignados a la contienda contra Portugal, una cifra que aumentó durante las principales campañas de la década de 1660. Portugal fue capaz de financiar sus gastos militares merced a su capacidad para gravar el comercio de especias con Asia y el comercio de azúcar de Brasil, aunque también recibió cierto apoyo de los rivales europeos de España, particularmente Holanda, Francia e Inglaterra.

En 1651 los portugueses corrieron las tierras de Coria y Valencia de Alcántara, pero no pudieron apoderarse de las villas.[110]​ En 1653 y 1654 las incursiones se redujeron, pero volvieron a multiplicarse en 1656 y 1657.[111]​ En general, los choques seguían siendo de poca entidad, relacionados con el robo de ganado, el saqueo y el incendio.[112]​ En 1657, los españoles se adueñaron de Olivenza.[113]

Los años 1650 fueron indecisos militarmente, pero importantes en los frentes político y diplomático. La muerte del rey Juan IV de Portugal en 1656 marcó el comienzo de la regencia de su esposa, a la que siguió una crisis por la sucesión y el golpe palaciego de 1662.[114]​ Parte de la nobleza lusa impugnó la sucesión.[114]​ A pesar de estos problemas internos, la expulsión de los holandeses de Brasil (1654) y la firma de un tratado con Inglaterra (también en 1654) mejoró la posición diplomática y financiera de Portugal temporalmente y le dio la protección necesaria contra un ataque naval sobre Lisboa.

Sin embargo, Portugal siguió sin lograr el objetivo primordial: un pacto formal con Francia; la debilidad y el aislamiento portugueses habían sido palmarios en la virtual exclusión de las negociaciones del principal pacto europeo del momento, la Paz de Westfalia en 1648, triunfo de la nueva realpolitik. Gracias a la firma de este tratado y del fin de las hostilidades en Cataluña en 1652, España pudo nuevamente concentrar su atención en Portugal,[115]​ aunque sufrió una falta de hombres, recursos y, sobre todo, de buenos jefes militares para acometer el sometimiento del territorio.

A partir de 1658, el frente gallego cobró importancia y actividad.[115]​ Los gallegos conquistaron Lapela ese año y al siguiente Salvatierra.[115]​ Los españoles podían por fin acometer la recuperación de Portugal, que, por su parte, solicitó el aumento de la ayuda exterior para evitarlo.[115]

Tercera etapa: victoria portuguesa[editar]

Mapa del cerco portugués durante el asedio de Badajoz (1658)

El fin de la sublevación catalana y los problemas sucesorios en Portugal dieron a la corte madrileña esperanzas de recobrar Portugal.[114]​ Una gran ofensiva debía atravesar el Alentejo y alcanzar Lisboa, como había hecho el duque de Alba en 1580.[114]​ El mando de la operación se encomendó al duque de San Germán, que contaría para abordarla con dieciocho mil infantes y cuatro mil quinientos jinetes.[114]​ Mientras el duque concentraba sus fuerzas entre Badajoz y Olivenza a principios de 1657, los portugueses aprovecharon para atacar nuevamente Valencia de Alcántara, una vez más infructuosamente.[116]​ En 1658, cercaron larga pero inútilmente Badajoz.[98]​ A finales de 1658, los dieciocho mil soldados de Luis de Haro trataron en vano de apoderarse de Elvas, que asediaron durante tres meses.[117]​ La denodada defensa de la plaza dio tiempo a los portugueses a reunir un ejército de socorro que batió a los españoles el 14 de enero de 1659.[117]

Tras la firma del Tratado de los Pirineos de 1659, la independencia de Portugal estaba amenazada por España. El alto mando español planeaba traspasar parte del ejército de Flandes al frente portugués para contar con fuerzas veteranas que pudiesen poner fin a la larga contienda mediante una invasión.[118]​ Para contrarrestar el riesgo, en 1661, los portugueses contrataron los servicios de un noble militar alemán, Friedrich von Schönberg, I duque de Schönberg, como consejero militar de Lisboa, por recomendación del militar francés Turenne, junto con otros oficiales extranjeros y más de dos mil soldados ingleses para reforzar las fuerzas portuguesas, la aquiescencia tácita de Carlos II de Inglaterra. Luis XIV de Francia, para no infringir el tratado firmado con España, privó a Von Schönberg de sus oficiales franceses.

Friedrich von Schönberg, primer duque de Schönberg, dirigió tanto a soldados portugueses como a tropas extranjeras.

Los españoles, por su parte, tuvieron problemas para enviar tropas de Flandes a la península ibérica: solo los cuerpos de valones, alemanes e irlandeses, poco inclinados en general a marchar a los duros combates de Portugal, contaban con suficientes dotaciones como para enviar hombres a este frente.[119]​ La primera remesa de soldados, cuatro mil infantes y mil cuatrocientos jinetes sin sus monturas además de ciertos especialistas, partió desde Ostende a la península en febrero de 1662.[119]​ El contingente se embarcó en una flota de dieciocho navíos, cuatro de ellos de guerra que escoltaban a los demás; entre los de transporte se hallaban varias fragatas corsarias, que luego se quedaron en las aguas peninsulares para estorbar el comercio portugués.[120]​ Pese a las dificultades financieras del ejército de Flandes, dependientes del sostén financiero externo, cada vez más escaso, Madrid no dejó de solicitar continuos envíos de soldados para el frente portugués.[120]​ En 1663 otros dos mil quinientos valones e irlandeses marcharon al sur en seis fragatas; fue el último grupo en hacerlo, pues a partir de entonces la falta de soldados en Flandes interrumpió los traslados.[121]

El frente gallego cobró importancia a partir de 1659; las fuerzas destacadas en él crecieron hasta los siete mil quinientos soldados, encuadrados en siete tercios de pilones.[88][nota 6]

En España uno de los problemas principales lo constituía la dificultad para conservar las unidades.[122]​ Las penurias que pasaba la tropa, la falta de pagas y la cercanía de Castilla fomentaban las deserciones para huir de la miseria.[122]​ Muchos de los desertores, denominados tornilleros, solían reengancharse, en especial en invierno, para gozar de las ayudas que se daban a los alistados, para luego volver a escapar.[122]

En 1661, Juan José de Austria se apoderó de Arronches, lo que debilitó la posición portuguesa en Elvas.[117]​ Desde allí los españoles podían hostigar las comunicaciones portuguesas esta última y avanzar allende el río Caia.[117]​ Como consecuencia de la pérdida de Arronches, los portugueses retiraron el ejército del Alentejo a Estremoz, alejándolo de la frontera.[123]​ En 1662, España comprometió importantes esfuerzos para poner fin a la rebelión en Portugal.[115]​ Se aprestaron tres ejércitos para ello: el de Badajoz, compuesto por dieciséis mil infantes y seis mil jinetes, mandado por Juan José de Austria, hijo natural de Felipe IV; el de Galicia, con diecinueve mil hombres, y el de Ciudad Rodrigo.[124]​ En junio de 1663, el de Austria conquistó Juromenha.[72]​ El bastardo real dirigió a los catorce mil hombres que penetraron en Alentejo, y al año siguiente logró doblegar Évora, la principal ciudad de la región, pero los portugueses, bajo el mando de don António Luís de Meneses, primer marqués de Marialva y Von Schönberg, fueron capaces de revertir la situación. Al evitar las principales plazas fronterizas (Elvas y Estremoz) para alcanzar Évora, los españoles habían acelerado la marcha, pero a costa de quedar aislados de la frontera.[125]​ Tanto en Évora como en otras poblaciones del Alentejo, Juan José había sido recibido como un libertador que abolía los tributos más odiados de los Braganza, situación que indignó al Gobierno portugués.[63]​ El 8 de junio de 1663, don Juan José sufrió una estrepitosa derrota a manos de los portugueses en la batalla de Ameixial, cuando se dirigía a Arronches para buscar alimento para sus tropas.[126]Plantilla:Havrnp Los ejércitos portugueses, junto a los refuerzos, derrotaron finalmente a los españoles en la batalla de Ameixial el 8 de junio de 1663, lo que obligó a Juan de Austria a abandonar Évora y a retroceder a la frontera, tras sufrir copiosas pérdidas.

El 24 de junio de 1664, tras soportar un duro asedio, Valencia de Alcántara cayó finalmente en poder de los portugueses, que la conservaron hasta febrero de 1668.[127]​ Fue la única plaza importante que conquistaron los portugueses en la frontera extremeña, pese a los repetidos intentos por apoderarse de no solo de esta sino también de Alburquerque y Badajoz.[98]

Los portugueses contaban entonces con unos treinta mil hombres en el teatro de operaciones de Alentejo-Extremadura, pero los españoles eludieron todo choque importante con ellos hasta junio de 1665, cuando el nuevo jefe militar español, Luis de Benavides, marqués de Caracena, se apoderó de Vila Viçosa al frente de veintitrés mil hombres, entre los que se contaban mercenarios procedentes de Alemania e Italia. La columna de socorro portuguesa, a las órdenes de António Luís de Meneses y de Von Schönberg, se batió con las fuerzas de Benavides en Montes Claros el 17 de junio de 1665.[128]​ La infantería y la artillería portuguesas desbarataron a la caballería española, y la batalla concluyó con más de diez mil bajas españolas hombres, entre muertos y prisioneros. Poco después, los portugueses recuperaron Vila Viçosa. Estos fueron los últimos combates de entidad de la guerra.

Ese mismo año de 1665, los portugueses desencadenaron una ofensiva en Galicia, con el fin de apoderarse del puerto de Vigo, que los franceses deseaban obtener.[129]​ Esta acometida acabó con la serie de victorias gallegas en el frente norte y permitió a los portugueses ocupar el valle del Ronsal y rendir La Guardia.[129]​ Tras este ataque apenas hubo combates del importancia en el frente gallego, que se mantuvo inmutado.[130]

Al fallecimiento de Felipe IV, la falta de medios para emprender nuevas ofensivas y el estancamiento del frente se unió en 1667 la guerra de Devolución que, pese a los avisos del gobierno flamenco, sorprendió a la corte de Madrid.[131]​ La reina regente viuda no se resignaba aún a perder Portugal, pese al pesimismo de los ministros.[131]​ Pese a esto, la nueva guerra con Francia aceleró el fin de la contienda portuguesa.[132]​ Para poder defender Flandes, la Corona debía concertar la paz con los portugueses, a lo que la regencia acabó por resignarse.[132]

Ambas partes volvieron a campañas de escaramuzas. Portugal, con la intercesión de su aliado inglés, había solicitado una tregua, pero la decisiva victoria portuguesa en Montes Claros y la firma del Tratado de Lisboa de 1667 entre Francia y Portugal precipitaron el fin del conflicto: los Habsburgo españoles finalmente accedieron a reconocer la independencia portuguesa[133]​ y a la Casa de Braganza como la nueva dinastía reinante de Portugal el 13 de febrero de 1668.[134]​ La paz se firmó ese día en el convento de San Eloy de Lisboa.[133]

Resultados de la guerra[editar]

Portugal consiguió de la dilatada guerra la restauración de la independencia de España y demostró que podía valerse por sí mismo, aunque con dificultad. Sus victorias en el campo de batalla habían vuelto a despertar el nacionalismo portugués. Sin embargo, el país permaneció económicamente débil, con su agricultura subdesarrollada, dependiente del grano inglés, y con sus habitantes en general hambrientos de bienes extranjeros, especialmente textiles. Luís de Meneses, tercer conde de Ericeira, asesor económico del príncipe regente, abogó en consecuencia por el desarrollo de una industria textil propia, basada en el modelo flamenco. Las fábricas se establecieron en Covilhã, en una zona céntrica donde había acceso fácil a los rebaños de ovejas y agua limpia de montaña, pero resultaron muy impopulares entre los consumidores y los tejedores tradicionales. Los portugueses trataron también de desarrollar una industria sedera, pero este proyecto se vio estorbado por los franceses, que querían monopolizar este producto.

El esfuerzo nacional portugués se mantuvo durante veintiocho años y permitió desbaratar las sucesivas tentativas de invasión de los ejércitos de Felipe IV. En 1668 se firmó el Tratado de Lisboa por el cual España reconoció la soberanía del país vecino.[130]​ Esta paz puso fin al conflicto ibérico más largo del siglo XVII, que duró veintiocho años.[8]​ La victoria de los restauradores portugueses se debió en gran medida a la Sublevación de Cataluña, ya que los mejores soldados castellanos se destinaron a esta región, así como a los esfuerzos diplomáticos de Inglaterra, Francia, Holanda y Roma por limitar el poder del Imperio español mientras mantenían la guerra en Alemania (la guerra de los Treinta Años) y en Flandes (la guerra de los Ochenta Años, que seguía con apoyo inglés y francés tras la guerra anglo-española (1625-1630)). El tratado dispuso la devolución de los territorios conquistados por los dos bandos, a excepción de Ceuta, que conservó España.[130]​ La Casa de Braganza se mantuvo en el trono portugués hasta la revolución de 1910.[50]

Paralelamente, las tropas portuguesas lograron expulsar a los holandeses de Angola y Santo Tomé y Príncipe (1641-1654). En Brasil la expulsión de los holandeses fue obra de caudillos locales (brasileños y portugueses) que mandaban fuerzas compuestas de nativos, indígenas y esclavos entrenados y recibieron cierto apoyo militar portugués; el proceso se conoce como insurrección pernambucana. Merced al éxito de los combates en Brasil contra los holandeses, se restableció el poderío atlántico portugués.

Las batallas[editar]

Consistió principalmente en una serie de escaramuzas cerca de la frontera, y cinco batallas principales. Estas cinco batallas fueron:

Los portugueses vencieron en todas ellas. El Tratado de Lisboa de 1668 confirmó la paz entre los contendientes.

Carta de un ministro al rey Felipe IV[editar]

"Dicen a Vuestra Magestad que Portugal no tiene dinero, no tiene navíos, no tiene gente: traidores son los que lo dicen. Pues con qué nos tienen destruidos? Sin gente nos tienen tantas veces desbaratados; Válgame Dios, que fuera con gente! Sin dinero lloramos nuestras ruinas, qué lloráramos si tuvieran dinero? Señor: Portugal nos desbarató en Montijo [batalla de Montijo, 1644], nos destruyó en Yelbes [batalla de Elvas, 1659], Luis Méndez de Haro [Valido de Felipe IV] huyó dejando caballos, artillería, infantes y bagajes. Portugal en Évora [batalla de Estremoz o de Ameixial, 1663] destruyó la Flor de España, lo mejor de Flandres, lo lucido de Milán, lo escogido de Nápoles y lo granado de Extremadura. Vergonzosamente se retiró S.A [El Príncipe D. Juan José de Austria, hijo de Felipe IV] dejando ocho millones que costó la empresa, ocho mil muertos, seis mil prisioneros, cuatro mil caballos, veinticuatro piezas de artillería, y lo más lastimoso fue que, de ciento veinte títulos y cabos, no escaparon sino cinco (...). Cada día espera Vuestra Magestad que se gane, y cada día sepa Vuestra Magestad que se pierde, y que es mucha la pérdida de cada día." [Poco después de estas palabras, tuvo lugar la derrota de Castelo Rodrigo en 1664, y la aplastante derrota de Villaviciosa o Montes Claros en 1665].

Comentario de un ministro de Felipe IV, refiriéndose a la desastrosa campaña de 1663. [135]

Cronología[editar]

El príncipe regente Pedro, duque de Beja, futuro rey Pedro II de Portugal.
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La Cruz de la Orden de Cristo y la Cruz de Borgoña, en paño blanco (o colores de fondo variados, como cuartos en verde y blanco en algunos regimientos portugueses) fueron los estandartes más utilizados por los regimientos de Portugal y los tercios de España en los campos de batalla, respectivamente[136]

Notas[editar]

  1. Tras el Tratado de Lisboa del 13 de febrero de 1668, Ceuta quedó en poder de Castilla:
    "E porque a boa fè, com que se faz este Tratado de Paz perpetua, não permite cuidar-se em guerra para o futuro, nem em querer cada hua das partes achar-se para este caso com melhor partido, se acordou em restituirem á Portugal as Praças, que durando a guerra lhe tomârão as armas de ElRey Catholico, & a ElRey Catholico as que durando a guerra, lhe tomárão as armas de Portugal, com todos seus termos, assi, & da maneira, & pellos limites, & confrontações, que tinhão antes da guerra, & todas as fazendas de raiz se restituiráo a seus antigos possuidores, ou a seus herdeiros, pagando elles as bemfcitorias uteis, & necessarias, & nem por isso poderão pedir as danificações, que se attribuem à guerra, & ficará nas Praças a artilharia que tinhão, quando se occupãrão, &. os moradores, que não quizerem ficar, poderáo levar todo o movel, & venceráo os fructos do que tiverem semeado, ao tempo da publicação da paz; & esta restituição das Praças se fará em termo de dous mezes, que começaráo do dia da publicação da Paz. Declarão porém, que nesta restituição das Praças não entra a cidade de Ceuta, que ha de ficar em poder de El Rey Catholico, pellas razoens que para isso se considerârão. E se declara, que as fazendas que se possuirem com outro titulo, que não seja o de guerra, poderão dispor dellas seus donos".[4]
  2. Las tres clases en las que se dividía el Portugal de entonces eran la de los fildagos (alta nobleza, equivalentes a los caballeros en Castilla), la de los nobles (baja nobleza, como los hidalgos castellanos) y la de los piais, el pueblo llano, pecheros y villanos.[11]
  3. Ejemplo de ello fue la gran operación de recuperación de Bahía en 1625, que no satisfizo del todo a los portugueses.[24]
  4. El día 1 de diciembre, los hidalgos invaden el palacio. D. Antão de Almada y D. Carlos de Noronha, se reúnen con la duquesa de Mantua y le dicen que Portugal no reconoce otro rey sino a D. João IV. La virreina intentó imponerse, pero D. Antão de Almada la convenció para que aceptase la decisión y saliese de allí. Altivamente la duquesa le preguntó: «¿Me manda a salir a mí? ¿Y de qué manera?» —Carlos de Noronha le respondió: «Obligando a Vuestra Alteza ya que, si no quisiera salir por aquella puerta, tendrá que salir por la ventana.»
  5. Las de Montijo (1644), Elvas (1659), Ameixial (1663) y Castelo Rodrigo (1664) y Montesclaros (1664).[76]
  6. Se denominaban tercios pilones a las unidades formadas por reclutas seleccionadas por sorteos realizados en las pilas bautismales de las parroquias. Estos eras soldados semiprofesionales que cobraban media paga y servían un año.

Referencias[editar]

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  3. Collecção dos tratados, convenções, contratos e actos publicos celebrados entre Portugal e as mais potencias desde 1640, compilados por J. Ferreira Borges de Castro
  4. Collecção dos tratados, convenções, contratos e actos publicos celebrados entre Portugal e as mais potencias desde 1640, compilados por J. Ferreira Borges de Castro
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Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]