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Golpe de Estado de Casado

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Golpe de Estado de Casado
Parte de guerra civil española

Fecha 5-12 de marzo de 1939
Lugar España republicana: Madrid, Ciudad Real, Cartagena.
Resultado Éxito del golpe de Estado.
Beligerantes
Bandera de España Consejo Nacional de Defensa Bandera de España República Española
Comandantes
Segismundo Casado
Julián Besteiro
José Miaja Menant
Manuel Matallana
Leopoldo Menéndez
Cipriano Mera
Juan Negrín López
Luis Barceló Jover  Ejecutado
Guillermo Ascanio  Rendición
Pedro Martínez Cartón  Rendición

El golpe de Estado de Casado constituyó uno de los últimos actos de la guerra civil española. Se inició el 5 de marzo de 1939, encabezado por el coronel Segismundo Casado, jefe del republicano Ejército del Centro, en colaboración con el Cuartel General del Generalísimo Franco en Burgos a través de sus servicios de inteligencia (el SIPM) y de la «Quinta Columna» de Madrid.[1] Fueron también cruciales los apoyos del socialista Julián Besteiro (y de la Agrupación Socialista Madrileña, con Wenceslao Carrillo al frente), del Comité de Defensa de la CNT (dirigido por la troika formada por Eduardo Val, Manuel Salgado y José García Pradas) y del teniente coronel anarquista Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo de Ejército, «baluarte de la CNT madrileña».[2]

El golpe derrocó al Gobierno republicano del socialista Juan Negrín, que defendía continuar resistiendo para lograr una «paz honrosa» (sin represalias) a pesar de que, tras la caída de Cataluña a principios de febrero de 1939, la situación de la República era desesperada. En su lugar se constituyó el Consejo Nacional de Defensa presidido por el general Miaja y con Besteiro como figura política más destacada (ocupó la consejería de Estado), aunque el hombre fuerte era el propio Casado (que ocupó la consejería de Defensa). También formaron parte del Consejo el anarquista Eduardo Val (al frente de la consejería de Comunicaciones y Obras Públicas) y el socialista Wenscelao Carrillo (consejero de Gobernación).

El golpe de Casado desencadenó en Madrid una «pequeña guerra civil» dentro de la guerra civil entre las fuerzas «casadistas» y los partidarios de la política de resistencia de Negrín (comunistas y un pequeño sector del PSOE). Tras imponerse gracias sobre todo a la intervención del IV Cuerpo de Ejército comandado por Cipriano Mera, el Consejo Nacional de Defensa trató de iniciar «negociaciones» con el bando sublevado, pero el general Franco, como ya había reiterado en numerosas ocasiones, solo aceptó la rendición incondicional del bando republicano. Así, en la llamada por la propaganda franquista «Ofensiva de la Victoria», las tropas franquistas ocuparon sin resistencia Madrid y toda la zona Centro-Sur, último territorio bajo el control de la República, poniendo fin así a la guerra civil.

Algunos historiadores, como Paul Preston[3] o Ángel Bahamonde Magro, han destacado el papel decisivo que desempeñaron en el triunfo del golpe los militares republicanos profesionales de la zona Centro-Sur. «La sublevación del coronel Casado, el 5 de marzo de 1939, no habría sido posible sin la colaboración eficaz, la neutralidad pasiva que implica la adhesión de hecho o la complicidad activa de los militares de carrera que copaban los mandos centrales de los Ejércitos del Centro, Levante, Extremadura, Andalucía y la Agrupación de Ejércitos», ha indicado Bahamonde Magro (quien señala que solo hubo una excepción, la del coronel Luis Barceló Jover, jefe del I Cuerpo de Ejército del Ejército del Centro, quien tras el triunfo del golpe fue detenido, sometido a un consejo de guerra y fusilado).[4]

Antecedentes

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La crisis de marzo-abril de 1938: ¿negociar la rendición o «resistir es vencer»?

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El nuevo gobierno del socialista Juan Negrín, formado tras los sucesos de mayo de 1937 y autoproclamado como «Gobierno de la Victoria», hizo un enorme esfuerzo para dotar a la República de un verdadero ejército,[5] pero esto se tenía que plasmar en el campo de batalla. Tras la derrota de la campaña del Norte (marzo-octubre de 1937), en la que la superioridad aérea que le proporcionaron a los sublevados la Legión Cóndor alemana y la Aviazione Legionaria italiana fue determinante, la prueba de fuego iba a ser la batalla de Teruel, iniciada el 21 de diciembre de 1937. El reorganizado Ejército Popular de la República, con el coronel Vicente Rojo como principal estratega,[6] «tenía ante sí la ocasión de arrebatar, por primera vez, una capital de provincia a las tropas de Franco, de obtener un éxito ofensivo de valor estratégico y simbólico... con indudables repercusiones para una retaguardia cuya moral estaba resquebrajada por la cadena de derrotas de los últimos meses», han señalado Ángel Bahamonde Magro y Javier Cervera Gil.[7]

El presidente del gobierno Juan Negrín (izquierda), el ministro de Defensa Indalecio Prieto (centro) y el coronel Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor del Ejército Popular de la República (derecha), antes de la crisis de marzo-abril de 1938.

Sin embargo, los sublevados lograron recuperar la ciudad de Teruel el 22 de febrero de 1938, tras dos meses de duros combates, por lo que la batalla de Teruel fue un nuevo desastre para los republicanos en términos anímicos, políticos y militares. «Los republicanos estaban agotados, escasos de armas y munición y desmoralizados tras la derrota de Teruel», ha señalado Paul Preston.[8] «La noticia de la derrota cayó como una pesada losa sobre la moral de la retaguardia», han indicado por su parte Bahamonde y Cervera.[9] En este sentido, como ha señalado Ángel Bahamonde, «podemos considerar la batalla de Teruel la vertiente divisoria de la guerra civil, por las expectativas que los republicanos generaron en torno a ella y por las consecuencias políticas que desencadenó, desarbolando los frágiles pactos que habían permitido el reodenamiento del Frente Popular y la constitución del denominado Gobierno de la Victoria en mayo de 1937».[10]

Al mes siguiente de la derrota de Teruel, se produjo un desastre aún mayor, cuando el frente de Aragón se derrumbó ante el empuje de la ofensiva lanzada por el general Franco y que culminó con la llegada del Ejército sublevado al Mediterráneo por Vinaroz el 15 de abril, quedando así dividido en dos el territorio de la República.[8] «La percepción que se extendió por Barcelona [nueva sede del gobierno desde su traslado desde Valencia en noviembre de 1937] era la de asistir a una auténtica debacle», han señalado Bahamonde y Cervera.[11] A esto se añadió que el gobierno conservador británico encabezado por Neville Chamberlain, en el marco de su política de apaciguamiento respecto de las potencias fascistas, había llegado a un acuerdo con Mussolini en el que se admitía la presencia de fuerzas italianas en España (la CTV y la Aviazione Legionaria) a cambio del compromiso de Italia de que no se apoderaría de ningún territorio ni isla españoles tras la previsible victoria del bando sublevado.[11]

Las derrotas militares y el empeoramiento del contexto internacional desataron las tensiones políticas entre las diversas fuerzas que apoyaban a la República, provocando en marzo-abril de 1938 la segunda gran crisis interna del bando republicano, casi un año después de los sucesos de mayo de 1937.[12][13] Durante la crisis, se enfrentaron los que el agregado militar francés Henri Morel llamó el «partido de la paz» y el «partido de la resistencia».[14][15]

El primero estaba encabezado por el propio presidente de la República, Manuel Azaña, apoyado por los republicanos de Izquierda Republicana y Unión Republicana, los nacionalistas catalanes y vascos y un sector del PSOE liderado por Indalecio Prieto, en el que también estaba Julián Besteiro, que consideraban que los desastres militares de la batalla de Teruel y la ofensiva de Aragón demostraban que el Ejército republicano nunca podría ganar la guerra y que había que negociar una rendición con los sublevados con apoyo franco-británico. Frente a ellos, el presidente del gobierno Juan Negrín y el sector del PSOE que lo apoyaba, más los comunistas, eran firmes partidarios de continuar combatiendo bajo la consigna «resistir es vencer».[16][17] Para Negrín la alternativa de negociar el final de la guerra con el enemigo significaba casi seguro la aniquilación de la República, por lo que la única salida posible era resistir para prolongar la guerra a la espera que se desencadenase en Europa una guerra a escala continental, lo que obligaría a Francia y Reino Unido a acudir en ayuda de la República.[18] Si eso no ocurría Negrín confiaba en que al menos su política de resistencia le diera mayor capacidad negociadora frente a los sublevados y propiciara la mediación de las potencias democráticas.[19]

El presidente del Gobierno Juan Negrín pasando revista a las tropas republicanas (1938).

La crisis se originó al intentar Negrín que Prieto cambiara de ministerio, renunciando al de Defensa, pues había declarado su convicción de que la guerra estaba perdida. Sin embargo, Azaña respaldó a Prieto, así como el resto de los republicanos de izquierda y los nacionalistas de Esquerra Republicana de Cataluña y del PNV, pero estos no consiguieron articular ninguna alternativa a Negrín, por lo que acabó reforzado al producirse la salida de Prieto del Gobierno.[16] A partir de entonces, «la España republicana queda dividida en dos tendencias separadas por las profundas simas de la desconfianza, el recelo y la descalificación mutua», han señalado Bahamonde y Cervera.[20]

Negrín recompuso el Gobierno el 5 de abril y asumió personalmente el Ministerio de Defensa.[21][22] Lo más destacado del nuevo Ejecutivo fue la salida de Prieto, que acabó encabezando la facción antinegrinista de un PSOE fracturado. José Giral también fue cesado como ministro de Estado, siendo sustituido por Julio Álvarez del Vayo, un socialista negrinista. De igual modo, al gobierno se incorporaron dos sindicalistas, «ampliación discutible, dado el debate que surgió en la CNT y en la UGT sobre la participación o no en el gobierno de sus dos teóricos representantes».[23]

Mapa de la guerra civil española en julio de 1938, en el momento de iniciarse la batalla del Ebro. El territorio de la República aparece partido en dos: Cataluña y la zona Centro-Sur.

Este gobierno mantendría invariablemente una política, «la de continuación de la guerra hasta el fin en el supuesto de que no era posible obtener del enemigo, de Franco, una verdadera negociación de paz, con condiciones distintas de la rendición».[24] Como lo confirmó el «Gobierno Nacional» en junio de 1938 en una nota oficial hecha pública con motivo de los intentos de mediación del embajador británico en Roma en la que declaraba que «no aceptaría jamás, como fin de la guerra, otra solución que no sea la rendición sin condiciones del enemigo».[25] Negrín, convencido de que su política era la única posible, comentó en privado: «no se puede hacer otra cosa». Así pues, su idea era resistir para negociar un armisticio que evitara el «reinado de terror y de venganzas sangrientas», represalias que Negrín sabía que Franco iba a imponer, como efectivamente acabó sucediendo.[26] Negrín declaró poco después de constituirse el nuevo gobierno:[27]

Yo estoy tan seguro de mi causa, de mí, que las derrotas militares no las creo nunca decisivas. Yo me batiré en Barcelona, me batiré en Figueras. En tanto que yo luche, no seré vencido.

Pocos meses después, ya en plena batalla del Ebro, Negrín, convencido de que Franco no plantearía un armisticio, le dijo a Juan Simeón Vidarte sobre la posibilidad de la rendición incondicional:[28]

Yo no entrego indefensos a centenares de españoles, que se están batiendo heroicamente por la República, para que Franco se dé el placer de fusilarlos como ha hecho en su tierra, en Andalucía, en las Vascongadas, en cuantos pueblos ha puesto su pezuña el caballo de Atila.

La batalla del Ebro y la caída de Cataluña

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El presidente Negrín, el coronel Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor, y los comunistas creían posible que el Ejército Popular Republicano aún era capaz de una última ofensiva, que se inició el 24 de julio de 1938, dando comienzo así a la batalla del Ebro, la más larga, reñida y decisiva de la Guerra Civil. El objetivo último de la operación era volver a unir las dos zonas republicanas, con lo que conseguiría «dar un golpe de efecto de indudables repercusiones internacionales» en un momento en que Europa vivía la crisis de los Sudetes.[29] Franco por su parte aceptó el órdago, como en otras ocasiones, con la finalidad de que el enemigo agotase sus mejores recursos en la lucha, y eso fue efectivamente lo que sucedió.[29][30] Después de tres meses de duros combates, la ofensiva republicana del Ebro fue un nuevo fracaso. El Ejército republicano tuvo que volver a sus posiciones iniciales el 16 de noviembre de 1938, «con decenas de miles de bajas y una pérdida considerable de material de guerra que ya no podría utilizarse para defender Cataluña frente a la decisiva ofensiva franquista».[31][32]

Los cuatro firmantes de los acuerdos de Múnich del 30 de septiembre de 1938: Benito Mussolini, Adolf Hitler, Édouard Daladier y Arthur Neville Chamberlain.

Mientras se desarrollaba la batalla del Ebro Negrín había lanzado una oferta de paz en el discurso que había pronunciado el 21 de septiembre de 1938 en la Asamblea de la Sociedad de Naciones. Sostuvo que «una política de conciliación nacional, dirigida firme y enérgicamente por un gobierno de autoridad, permitiría a todos los españoles olvidar los años de sufrimiento y restablecer la paz interna».[33] Pero solo nueve días después, el 30 de septiembre, se produjo un hecho que sería determinante para el destino de la República —«un golpe devastador», según Paul Preston—.[34] Ese día se firmaban los acuerdos de Múnich entre Gran Bretaña y Francia, por un lado, y Alemania e Italia, por otro, que suponían la entrega de Checoslovaquia a Hitler y que implicaba también que las potencias democráticas abandonaban a la República española a los aliados de nazis y fascistas.[31] Además, según Enrique Moradiellos, citado por Francisco Alía Miranda, «descubría su correlativa aceptación implícita de la victoria de Franco». «Franco respiró tranquilo», añade Alía Miranda.[35]

El presidente del Gobierno Juan Negrín pronunciando un discurso en Barcelona, sede de las instituciones de la República.

Con la firma del acuerdo de Múnich desaparecía la esperanza europea de Negrín para salvar a la República: no habría guerra en Europa y de nuevo las potencias democráticas cedían ante las potencias fascistas. Esto abocó a Negrín a un callejón sin salida: continuar resistiendo a la espera de que en un futuro ahora ya más lejano estallase definitivamente la guerra en Europa o la rendición que llevaría consigo unas casi seguras represalias por parte del Generalísimo Franco.[36] Sólo le quedaba conseguir de los sublevados «garantías para una paz honorosa», según le confesó a finales de septiembre a Juan Simeón Vidarte, vicesecretario de la Ejecutiva del PSOE, quien apoyó su posición. «No es posible entregarles media España y un ejército de un millón de hombres para que los exterminen a capricho», le dijo.[37] El 29 de octubre Negrín pronunció un discurso en el acto de despedida de las Brigadas Internacionales en el que volvió a insistir en que no había más alternativa que la resistencia:[38]

Todos estamos cansados de la guerra. Muchos lo estamos desde el día en que empezó, y por nosotros no hubiera estallado. Por eso, por no ser los provocadores de ella y para no quedar a merced de quienes la han causado, sabemos que el reposo no lo hallaremos hasta el triunfo. Y hasta el triunfo lucharemos, sin dejarnos desviar por la fatiga. ¡Ay del pueblo que no sepa resistir hasta el último minuto! ¡El último es el que lo decide todo.

El llamamiento de Negrín a continuar la guerra no tuvo mucho impacto. El acuerdo de Múnich, junto con el fracaso de la ofensiva del Ebro, extendió el desánimo y el derrotismo en la retaguardia republicana, quebrándose «absolutamente la voluntad de resistencia del Frente Popular: muy pocos, por no decir nadie, confiaban ya en una victoria republicana».[29] Por otro lado, las pérdidas materiales de la batalla del Ebro habían sido tan grandes que sería casi imposible defender Cataluña ante la previsible ofensiva del Ejército franquista.[39]

La campaña de Cataluña acabó en un nuevo desastre para la República. El 23 de diciembre de 1938 empezó la ofensiva del Ejército «nacional» desde el oeste y desde el sur sobre un ejército republicano muy inferior en hombres y medios que se batía en retirada. Huyendo de los bombardeos y temerosa de las represalias, mucha población civil comenzó a pasar a Francia. El 15 de enero de 1939 las tropas de Franco entraban en Tarragona y el 26 en Barcelona prácticamente sin lucha. Poco antes las autoridades civiles y militares republicanas habían abandonado la ciudad en dirección a la frontera con Francia.[40][41][nota 1] El intento de frenar el avance con un ataque en la zona centro-sur hacia Mérida para intentar llegar a la frontera portuguesa y partir así en dos la retaguardia franquista había fracasado (batalla de Peñarroya).[43][44][45] También fracaso el ataque del 15 de enero en el frente de Madrid del I Cuerpo de Ejército, bajo el mando del coronel Luis Barceló Jover, desde Villanueva de la Cañada sobre Brunete y Navalcarnero, que se saldó con centenares de bajas republicanas. Planificado como un acción sorpresa, lo cierto fue que los mandos franquistas conocían sus planes porque el Estado Mayor republicano estaba infiltrado por el SIPM.[46]

El general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor del Ejército Popular de la República, quien tras la caída de Cataluña consideró que la guerra estaba perdida, entregó a Negrín un plan de rendición que este rechazó. A diferencia de Negrín, Rojo, al igual que Azaña, no volvería a la zona Centro-Sur.

Tras la caída de Barcelona el general Vicente Rojo dio la guerra por perdida «tanto por razones de orden interno como internacional» y, confiando en la sinceridad de la propaganda franquista cuando decía que «aquellos que no tuvieran las manos manchadas de sangre volverían a casa», redactó un procedimiento de rendición que consistía en que «en todo el frente las tropas levanten bandera blanca para unirse a los españoles del otro bando».[47] El procedimiento detallado y por escrito de la «rendición por sorpresa», como la ha calificado Gutmaro Gómez Bravo, Rojo se la presentó el 31 de enero a Negrín, pero este lo descartó tras recibir un informe del general Miaja sobre la zona centro-su en el que le decía que la «situación militar, después de realizadas las operaciones ofensivas en el frente de Extremadura, es simplemente peor que antes» («escasez de armamento de toda clase, de cuadros de mando en todos sus escalones, de alimentación de la tropa y de vestuario, especialmente calzado, resumen la situación de los combatientes que si no es mala si es lo suficientemente deficiente para preocupar a los mandos superiores de esta zona») pero consideraba que «la situación moral, hasta el momento actual, es buena», aunque reconocía que «es delicada y requiere una atención constante por parte de todos los mandos para proceder enérgicamente». En cuanto a la retaguardia decía que «el orden en la zona es perfecto y absoluto», «ahora bien, yo someto a su consideración el hecho de una población que lleva dos años y medio de guerra, que tiene a sus hombres en el frente y que padece hambre; en estas circunstancias no es mucho decir que está cansada de la guerra, cansancio que se refleja claramente en Madrid, cuyo calvario es de todos conocido».[48]

Negrín, decidido a continuar resistiendo («cree que en la zona centro es donde puede mostrar más fuerza y conseguir mejores condiciones para una rendición con la mediación de Francia e Inglaterra. No conoce, sin embargo, la realidad de la capital y la posición del propio ejército del dentro, ya que su servicio de información está neutralizado por el franquista», ha señalado Gutmaro Gómez Bravo)[49] intentó por todos los medios que Azaña, en cuanto cruzara la frontera, volviera a la zona centro-sur a lo que el presidente de la República se negó en redondo porque eso supondría avalar su política respecto a la continuidad de la guerra con la que estaba en completo desacuerdo. Lo único que consiguió Negrín fue que Azaña fijara su residencia «temporalmente» en la embajada de España en París, que según el derecho internacional era territorio de la República. Según Paul Preston, cuando el embajador Marcelino Pascua se enteró de que el Presidente de la República no volvía a España pensó, y así se lo manifestaría al propia Azaña, «que su presencia en París causaría un daño inmenso a la República pues en la práctica estaría anunciando a las autoridades británicas y francesas que daba la guerra por perdida y, por tanto, socavaría la base de la política de Negrín».[50] Y eso fue lo que sucedió. El 3 de febrero llegó a Burgos un representante del gobierno francés, el senador Léon Bérard,[51] para preparar el reconocimiento oficial del gobierno de Franco por Francia y Gran Bretaña, consumando así su abandono de la República, porque como dijo Lord Halifax, secretario del Foreign Office, en la reunión del 8 de febrero del gabinete británico, «estaba claro que Franco va a ganar la guerra» y habría que entenderse con él.[52][nota 2]

Caballerizas del castillo de Figueras donde tuvo lugar el 1 de febrero de 1939 la última reunión en territorio español de las Cortes Republicanas.

En la medianoche del 1 de febrero se reunieron en las caballerizas del Castillo de Figueras, donde el gobierno de Negrín había fijado su sede tras abandonar Barcelona, la que sería la última reunión en territorio español de las Cortes Republicanas. Estuvieron presentes 64 diputados.[54] Julián Zugazagoitia describiría la reunión como «la ceremonia religiosa y entrañable de una secta perseguida».[55] El discurso de Negrín se centró en la necesidad de conseguir la mediación internacional para obtener garantías de que no habría represalias al final de la guerra y en fijar las condiciones para el cese de hostilidades, que fueron aprobadas por unanimidad («en caso de que fueran aceptadas, las fuerzas republicanas depondrían las armas», le dijo Negrín al día siguiente al representante británico Ralph Stevenson, de lo que informó inmediatamente a su gobierno; lo mismo le dijo al representante francés Jules Henry; la respuesta del Gobierno franquista fue contundente: «Nuestra posición es firme y sería poco práctico a estas alturas avenirse a componendas cuando la partida está definitivamente ganada»):[56][57][58]

  1. La independencia de España de influencias extranjeras.
  2. El pueblo español señalará cuál es su destino.
  3. Liquidada la fuerza, habrá de cesar toda persecución y represalia y todo esto en nombre de un haber de reconciliación, base de la reconstrucción de nuestro país devastado.

Tras finalizar la sesión Negrín le dijo a Juan Simeón Vidarte:[59]

¡Que la gente quiere la paz! Yo también la quiero. Pero desear la paz no es propiciar la derrota. Mientras yo sea presidente no aceptaré una rendición incondicional de nuestro glorioso ejército, ni el que por salvarnos unos centenares de personas comprometidas, vayamos a dejar que fusilen a medio millón de españoles.
El presidente de la República Manuel Azaña cruzó la frontera el 5 de febrero de 1939. A pesar de la insistentes peticiones por parte de Negrín se negó a volver a la zona Centro-Sur porque consideraba que la guerra estaba perdida. Se instaló «temporalmente» en la embajada española de París.

El sábado 4 de febrero las tropas «nacionales» ocupaban Gerona.[54] El domingo 5 cruzaba a pie la frontera francesa el presidente de la República Manuel Azaña,[60] no sin antes haberse entrevistado el día anterior con los representantes diplomáticos de Gran Bretaña y de Francia, Stevenson y Henry, para expresarles su opinión contraria a la «política del doctor Negrín de una resistencia continuada» y para pedirles que sus gobiernos intercedieran ante el general Franco para que diera garantías de permitir salir de España a las personas comprometidas, una única condición para el fin de las hostilidades que ignoraba las tres aprobadas por las Cortes republicanas en la reunión de Figueras del día 1. Azaña les dijo a los dos representantes que si el presidente del gobierno persistía en su política su intención era dimitir. Cuando Negrín se enteró de esta iniciativa de Azaña, que sobrepasaba de nuevo sus competencias constitucionales, la desautorizó completamente.[61][62]

Negrín se reunió con Stevenson y Henry el martes 7 en una casa del pueblo de La Vajol donde se hospedaba para reiterarles que ordenaría un cese de las hostilidades si el general Franco aceptaba las tres condiciones aprobadas en Figueras. Asimismo le expresó a Henry su deseo de que el gobierno francés autorizara el regreso de las tropas republicanas y su material a la zona centro-sur, a donde pensaba trasladarse en cuanto cruzara la frontera. Negrín ignoraba que el gobierno francés ya había informado al representante de Franco en París, José María Quiñones de León, de que no lo permitiría.[63] Esa había sido también la respuesta que le había dado al general Vicente Rojo cuando este solicitó que los alrededor de 6 000 oficiales republicanos que habían cruzado la frontera pudieran regresar por mar a Valencia. El gobierno francés consideró que esa decisión podría dificultar los contactos que ya estaba manteniendo con el gobierno del Generalísimo Franco en Burgos con vistas a su reconocimiento oficial como gobierno legítimo de España.[64] Dos días después Negrin comunicaba a Henry y a Stevenson que las condiciones para rendición quedaban reducidas a dos: «garantías explícitas de no represalias indiscriminadas» y «permiso de evacuación de individuos comprometidos de la zona sur» (ya no había ninguna mención a las otras condiciones aprobadas en Figueras: ni a la independencia de España, ni a que el pueblo español eligiera su forma de gobierno, ni a la reconciliación).[65] La respuesta de Franco, cuyo ministro de Asuntos Exteriores comunicó a los gobiernos británico y francés que «en la hora actual sólo cabe rendición incondicional enemigo acogiéndose a su generosidad y la del Gobierno»,[58] fue ordenar un bombardeo masivo para cortar la retirada del ejército republicano hacia la frontera francesa, lo que provocó «un gigantesco colapso humanitario», en palabras de Gómez Bravo.[66]

Negrín permaneció en España hasta que las últimas unidades militares republicanas cruzaron la frontera francesa en la mañana del jueves 9 de febrero. Cumplió lo que le había prometido a su amigo el doctor Rafael Méndez Martínez: «No saldremos de aquí hasta que haya pasado la frontera el último soldado». Tras cruzar a Francia reunió a su gobierno en el consulado de Perpiñán donde anunció que iría hasta Toulouse y de allí volaría de vuelta a la zona Centro-Sur.[67][68] En las escasas horas que permaneció en Francia Negrín inició las gestiones que conducirían a la formación del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE). Para ello envió a París al ministro de Economía Francisco Méndez Aspe.[69]

La situación en Madrid y en la zona Centro-Sur: el crecimiento de la «Quinta Columna» franquista

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Mapa de la guerra civil tras la caída de Cataluña. El territorio de la República ha quedado reducido a la zona Centro-Sur.

Desde el derrumbe del frente de Aragón y la partición en dos del territorio de la República en abril de 1938, en la zona Centro-Sur había ido ganando «la idea de que una salida victoriosa de la guerra era imposible y de que se imponía algún tipo de solución negociada», y todo ello «en medio de un cansancio cada vez más profundo de la población».[70] Una prueba de este ambiente de desmoralización estaba siendo el aumento de las deserciones en el Ejército Popular de la República, sobre todo porque tras el final de la batalla del Ebro muchos de los desertores no volvían a casa como sucedía antes, sino que optaban por pasarse al bando sublevado, a pesar de que una orden del 2 de junio de 1938 del Ministerio de Defensa republicano establecía que el castigo por deserción recayera en los familiares de los fugados si estos no eran detenidos.[71][72]

El Madrid de la «defensa heroica frente al fascismo» (la «ciudad resistente» de noviembre de 1936 a marzo de 1937) estaba perdiendo protagonismo frente a la «ciudad clandestina» (la «Quinta Columna» organizada por los partidarios de los sublevados, con la colaboración de los servicios de información franquistas, no había dejado de crecer)[73][74][75] gracias a su radical cambio de táctica. Del paqueo inicial (francotiradores que disparaban desde azoteas y tejados a los milicianos) se pasó a la infiltración en los aparatos de poder (el ejército, las fuerzas de orden público, el Socorro Rojo, etc.), y como segundo objetivo la captación de la «ciudad pasiva» (la integrada por los madrileños que no forman parte de las organizaciones del Frente Popular ni de la Quinta Columna franquista), hecho facilitado, como han señalado Ángel Bahamonde y Javier Cervera, «por las innumerables tensiones en el seno de la ciudad antifascista y por la desorganización administrativa que acentúa las negativas condiciones de la vida material, sobre todo en el tema de los abastecimientos»[76] y que la «Quinta Columna», «que paulatinamente abandonaba la clandestinidad para emerger a la superficie»,[77] se dedicó a agravar.[78]

Soldados en el frente de Madrid comiendo el rancho (principios de 1939).

El hambre y la crisis de subsistencias minaban la capacidad de resistencia de la población,[31] especialmente en la ciudad de Madrid, que durante la guerra «era un inmenso estómago próximo al millón de habitantes, incapaz de abastecerse de su hinterland» porque la mayor parte de él había caído en manos de los sublevados en los primeros meses de la guerra, a lo que hay que añadir «la alteración del sistema de transportes, ahora subordinado a la lógica de la guerra, y las transformaciones revolucionarias en la estructura de la propiedad y en la gestión empresarial que dificultaban la búsqueda de alternativas de aprovisionamiento en la España republicana», como han señalado Bahamonde y Cervera.[79] Así en Madrid pronto se tuvo que recurrir a las cartillas de racionamiento y las cantidades de alimentos asignadas fueron progresivamente disminuyendo (los 300 gramos de pan por persona y día de marzo de 1937 se habían reducido a 100 gramos solo un año después) y determinados productos como la carne, el pescado, los huevos y la leche prácticamente desaparecieron (las lentejas, las «píldoras del doctor Negrín», se convirtieron en la base de la dieta) y floreció el mercado negro (la docena de huevos cuyo precio oficial en el otoño de 1938 era de 15 pesetas en el mercado negro valía 100 pesetas). Sin embargo, las organizaciones del Frente Popular tenían sus propios sistemas de abastecimiento para sus milicianos y afiliados, por lo que estos no padecieron tanto las penurias que afectaban al resto de la población (la «ciudad pasiva»), un «privilegio» que fue hábilmente explotado por la propaganda de la Quinta Columna franquista para desmoralizar a la retaguardia republicana.[80] A finales de 1938 hubo manifestaciones de mujeres en Madrid que reclamaban leche para sus hijos y que gritaban «¡Queremos pan y carbón. / Y si no: la rendición» y aparecieron pasquines en lo que se leía: «Si no nos dais de comer, rendirse».[81][82] Manuel Azcárate, dirigente comunista de las Juventudes Socialistas Unificadas, describía así la situación en Madrid a principios de 1939:[83]

Pero éste ya no era el Madrid de 1936 o 1937. Faltaba comida. El cansancio de la guerra se apreciaba en las caras demacradas de la gente. El ambiente se había vuelto hosco, triste, trágico. Por todas partes se respira un sentimiento anticomunista porque muchas personas creen que son los comunistas los responsables de que la guerra se prolongue
Escena cotidiana en el Madrid sitiado (principios de 1939).

Otro factor que explicaría el crecimiento de la «Quinta Columna» y, sobre todo, de la penetración del SIPM,[84][85] fue, según Paul Preston, que «los ejércitos de la zona centro-sur contaban con una proporción más elevada de militares de carrera, una minoría significativa de los cuales eran de dudosa lealtad a la República. [...] A medida que se sucedían las derrotas, la nostalgia de los militares de carrera por el ejército de preguerra proporcionó un terreno fértil a los reclutadores del SIPM franquista. Estos profesionales contrariados sentían desde hacía mucho cierta desconfianza, cuando no desprecio, hacia los altos mandos procedentes de las milicias. Abrigaban la vana esperanza de que pudiera llegarse a un acuerdo de paz con altos mandos franquistas con los que se habían educado en las academias militares y habían servido antes de 1936. Obviamente, uno de esos altos mandos más típicos y uno de los más poderosos, era Segismundo Casado».[3] Este factor también ha sido destacado por Ángel Bahamonde Magro, quien advierrte que «la derrota de Cataluña intensificó este estado de opinión».[86]

Octavillas lanzadas por la aviación «nacional» sobre el frente y las ciudades republicanas
NOSOTROS SOLDADOS DE LA ESPAÑA NACIONAL, QUEREMOS LLEVAR A VUESTROS PUEBLOS EL ORDEN, LA PAZ Y EL TRABAJO.
QUEREMOS LLEVAR A VUESTRAS CASAS EL PAN QUE OS ROBAN VUESTROS DIRIGENTES.
QUEREMOS QUE VOLVAIS A VUESTROS HOGARES.
VENID A NOSOTROS.

Os combatimos duramente, pero sin odio, porque os consideramos hermanos, porque sois, como nosotros, hijos de España.
Os combatimos duramente para acabar la guerra, para abreviar los sufrimientos de los pueblos.
Entre morir por Rusia o vivir para España ¿cómo puedes dudar? Ven a nosotros.
La España Nacional te ofrece perdón, paz y trabajo.[87]

Aunque algunos historiadores ya se habían referido al «Consejo Asesor»,[88] una investigación reciente (2026) basada en una documentación inédita ha descubierto que el 22 de diciembre de 1938, la víspera del inicio de la ofensiva de Cataluña, se constituyó en el domicilio del notario Eduardo López Palop el «Consejo Asesor» que iba a dirigir las acciones de la «Quinta Columna» en Madrid siguiendo las «órdenes y mandatos que tenga a bien transmitir el Caudillo de la Patria, S.E. el Generalísimo» con el fin de «ejecutar y hacer ejecutar cuanto sea necesario para lograr el triunfo definitivo de la causa nacional en la zona española aún no liberada», como se decía en el juramento que hicieron sus seis integrantes, todos ellos con posiciones clave en el aparato de poder republicano, y por tanto con capacidad para sabotear los intentos de resistencia y para agravar las penurias de la población (el hambre, el frío) en cuanto así se lo ordenara el Cuartel General del Generalísimo en Burgos a través del SIPM.[89][nota 3]

El primer punto del orden del día de la reunión del Consejo fue «preparar la descomposición de la RETAGUARDIA por los siguientes procedimientos: labor posible a desarrollar en la Prensa Roja; captación de periodistas; captación de periódicos; reparto de octavillas que fomenten el desaliento y la desmoralización; inutilización de Servicios, tales como, por ejemplo: TELÉGRAFOS, TELÉFONOS, FERROCARRILES URBANOS E INTERURBANOS, ELÉCTRICOS, ETC.». El segundo punto se refería a «preparar la descomposición de la vanguardia por los siguientes medios: propaganda en los frentes; captación de Jefes de Unidades; captación de Comisarios; inutilización de servicios, tales como RADIOS, TRANSMISIONES, MINAS, MANDOS DE ARTILLERÍA, ETC.». Dos días antes, el 20 de diciembre, el coronel José Ungría Jiménez, jefe del SIPM, cuyo lema era «ganar la guerra y asegurar la Victoria», había fijado el objetivo: «derribar [el] gobierno Negrín, único obstáculo que se opone a la rendición».[91]

La conjura

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Cuando Negrín regresó a la región Centro-Sur el 10 de febrero de 1939 desde el sur de Francia estaba muy avanzada la conspiración contra su gobierno dirigida por el jefe del Ejército del Centro, el coronel Segismundo Casado, que desde hacía varias semanas había iniciado los contactos con el Cuartel General del Generalísimo Franco en Burgos a través de la Quinta Columna. Casado creyó que podía conseguir una rendición del ejército republicano «sin represalias» al modo del «abrazo de Vergara» de 1839 que puso fin a la primera guerra carlista (con la conservación de los empleos y cargos militares incluida), algo a lo que Franco nunca se comprometió y a pesar de ello continuó con la conjura. Casado consiguió el apoyo de varios jefes militares, entre los que destacaba el anarquista Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo de Ejército, y de algunos políticos importantes, como el socialista Julián Besteiro, que también llevaba tiempo en contacto con los quintacolumnistas de Madrid. Todos ellos criticaban la estrategia de resistencia de Negrín y su «dependencia» del PCE y de la Unión Soviética.[92]

Primeros pasos y primeros contactos con la «Quinta columna» (septiembre-diciembre de 1938)

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El socialista Julián Besteiro fue el principal líder político que participó en la conspiración.

Desde muy pronto el socialista Julián Besteiro, que decidió seguir en Madrid cuando el gobierno de la República se trasladó a Valencia en noviembre de 1936 y cuyo prestigio iría creciendo a lo largo de la guerra,[93] se mostró partidario de poner fin a la contienda. Según Paul Preston, «le torturaba la idea de que los errores cometidos a principios de los años treinta, especialmente la participación socialista en el Gobierno, fuesen responsables de la guerra. También le horrorizaba la violencia del conflicto y, sobre todo, el ruido de los pelotones de fusilamiento y los disparos por la noche, que interpretaba como el sonido de asesinatos políticos».[94] Así en una fecha tan temprana como mayo de 1937 cumplió el encargo secreto del presidente de la República Manuel Azaña —del que no informó al gobierno de Francisco Largo Caballero— de que pidiera al gobierno británico que mediara en la guerra de España, aprovechando su estancia en Londres como representante de la República española en la ceremonia de coronación del rey Jorge VI, que tendría lugar el 12 de mayo. El día anterior se entrevistó con Anthony Eden, secretario del Foreign Office, pero no obtuvo ningún compromiso, más allá de las buenas palabras.[95][96]

Tras volver de Londres fue cuando, al parecer, la Quinta Columna de Madrid entró en contacto con Besteiro.[nota 4] Tras el derrumbe del frente de Aragón y la partición en dos del territorio de la República en abril de 1938 el profesor y agente franquista Antonio de Luna García intentó que trabajara más activamente para poner fin a la guerra a lo que Besteiro accedió. Se postuló entonces para encabezar el Gobierno como paso previo para entablar negociaciones de paz.[97][nota 5] La oportunidad de ponerse al frente del Gobierno se presentó en agosto de 1938 cuando se produjo la salida del Gabinete de Negrín de los dos ministros vasco y catalán, pero el presidente de la República Manuel Azaña no pudo retirarle la confianza a Negrín, nombrando en su lugar a Besteiro, porque Negrín —conocedor de la maniobra— montó «una campaña que se tradujo en la profusión de telegramas de adhesión a su persona que partieron de las unidades del Ejército del Ebro [que se encontraba en plena batalla] y del Este y llegaron al gobierno el 16 de agosto como presión contra el Presidente de la República», han afirmado Bahamonde y Cervera.[100]

El coronel Segismundo Casado a su llegada a Londres tras haber encabezado el golpe de Estado que derribó al gobierno de Juan Negrín.

Por esas mismas fechas, verano de 1938, fue cuando la Quinta Columna inició la aproximación al coronel Casado, jefe del Ejército del Centro al conocer su radical anticomunismo y su desacuerdo cada vez mayor con Negrín. Casado aglutinaba las preocupaciones de buena parte de los oficiales no comunistas del Ejército Popular Republicano, especialmente los profesionales que no procedían de las milicias, que pensaban, sobre todo tras el fracaso de la ofensiva republicana del Ebro y la firma de los acuerdos de Múnich, que la guerra estaba perdida y que lo que había que hacer era ponerle fin de forma «honorable» por medio de un «abrazo de Vergara» como el que acabó con la primera guerra carlista. Estaban convencidos de que el «entendimiento entre militares» de los dos bandos lo haría posible, por lo que el único obstáculo que había que salvar, según ellos, era la presencia comunista en el gobierno y en algunas unidades militares, y el propio presidente Negrín, si se obstinaba en mantener su política de resistencia.[101]

El encargado de contactar con Casado fue el falangista quintacolumnista Antonio Bouthelier, que era secretario de Manuel Salgado, un miembro importante de la CNT. Bouthelier conocía las simpatías de la esposa de Casado y de su hermano el teniente coronel César Casado por la causa franquista.[102] El historiador Diego Martínez López afirma que César Casado era miembro de la «Quinta Columna» y que los primeros contactos del coronel Casado con ella habrían sido a través de él, lo que también sostiene Ángel Bahamonde Magro.[103][104] En principio Casado no aceptó ejercer de espía para los rebeldes, pero sorprendentemente tampoco dio parte al SIM, el cuerpo de seguridad de la República, que al parecer había empezado a vigilar a Casado y a su familia, aunque el jefe del SIM en el Ejército del Centro, el socialista Ángel Pedrero García, que congeniaba con Casado, no emprendió ninguna actuación en su contra.[102] Además, en el entorno de Casado actuaban varios agentes franquistas, como su ayudante el teniente coronel José Centaño de la Paz o el comandante médico Diego Medina (médico personal del propio coronel Casado), que tuvieron perfectamente informado al Cuarte General de Burgos de todos sus actos.[105] También el médico Ricardo Bertoloty Ramírez, comandante médico retirado y amigo personal del Generalísimo Franco a quien salvó la vida en 1916, cuando resultó herido de gravedad en el Protectorado español de Marruecos.[106] Todos estos agentes estaban a las órdenes del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), el cuerpo de seguridad y espionaje franquista dirigido dentro del Estado Mayor de Franco por el coronel José Ungría Jiménez. Ninguno de los tres revelaría a Casado su condición de agentes del SIPM hasta el 5 de febrero de 1939.[107]

Casado y Besteiro entraron en contacto a finales de octubre de 1938 por mediación de Ángel Pedrero, el jefe del SIM en el Ejército del Centro y estrecho colaborador de Casado. Se reunieron en su casa. Según Paul Preston, «Besteiro compartió con Casado su convicción de que era necesario un tratado de paz temprano y de que el alto mando militar debía presionar al Gobierno de Negrín para que negociara».[108] Poco después, a principios de noviembre, en un momento en que ya era evidente el fracaso de la ofensiva republicana del Ebro, Casado se reunió en Madrid con el presidente, Juan Negrín, y con el general José Miaja, jefe de los Ejércitos de la región Centro-Sur, para intentar conseguir que aquel retirara a los comunistas del gobierno como primer paso para cambiar la política de resistencia a ultranza por la búsqueda de una mediación que pusiera fin a la guerra sin represalias por parte de los vencedores, a lo que Negrín, que estaba convencido de que Franco no tendría piedad como ya lo había demostrado con la dura represión que estaba aplicando en las zonas conquistadas, se opuso rotundamente. A partir de ese momento, Casado fue consciente de que si quería alcanzar sus propósitos también tendría que derribar a Negrín, a quien pasó a considerar un «agente de Moscú».[109][110][111]

Las declaraciones que hizo el Generalísimo Franco al vicepresidente de United Press el 7 de noviembre confirmaron plenamente los temores de Negrín. «No habrá mediación. No habrá mediación porque los delincuentes y sus víctimas no pueden vivir juntos... Tenemos en nuestro archivo más de dos millones de nombres catalogados con las pruebas de sus crímenes», dijo. Resulta «asombroso», comenta Paul Preston, que ni Casado ni Besteiro tuvieran en cuenta estas palabras del Caudillo.[112]

Por su parte Julián Besteiro se desplazó a Barcelona para participar en la reunión de la Comisión Ejecutiva del PSOE que se celebró el 15 de noviembre de 1938, el mismo día en que las últimas tropas republicanas volvían a cruzar el Ebro dando por fracasada la ofensiva republicana iniciada en julio en la que Negrín había puesto todas sus esperanzas para dar un giro a la guerra. Besteiro dijo abiertamente que «la guerra ha estado inspirada, dirigida y fomentada por los comunistas» (a Negrín le dijo que era un «agente de los comunistas») y que «si la guerra se ganara, España sería comunista».[113] Su intervención, según Paul Preston, «fue una muestra magistral de pesimismo, derrotismo e irresponsabilidad. Ahora denunciaba la colaboración [con los comunistas] sin ofrecer otra alternativa que la división, la derrota y la tierna piedad del general Franco... Al parecer, Besteiro se creía la propaganda franquista...».[114] Lo que proponía Besteiro era poner fin al Frente Popular (y por tanto romper la alianza con el PCE y la URSS) para ganar el apoyo de Gran Bretaña a la causa republicana porque estaba convencido de que la política de las democracias ante la Guerra Civil estaba determinada por el factor anticomunista —y no por la política de apaciguamiento— y por el deseo de separar a Mussolini de Hitler. Besteiro afirmó:[115]

Es indudable que si se refuerza aquí el Frente Popular, la opinión extraña pensará que avanza aquí el comunismo y, por consiguiente, como gran parte de la política que ellos siguen con nosotros está inspirada en la creencia de que aquí surgiría un comunismo, tendremos una posición más hostil.

Julio Álvarez del Vayo, ministro de Estado en el gobierno de Negrín, le contestó que la alianza con la Unión Soviética había sido inevitable desde el momento en que «los dos puntos sobre los cuales debiera apoyarse la política exterior española fallan» (Gran Bretaña y Francia, que habían optado por la política de no intervención).[116]

España ha tenido la desgracia de encontrarse en una situación de guerra civil, transformada rápidamente en guerra internacional, de invasión de nuestro territorio, en circunstancias en que... los dos países que podían ser nuestra contrapartida en el juego internacional han demostrado que carecen de la vitalidad necesaria no sólo en lo que respecta al problema español sino a sus propios intereses...
Yo creo que la ayuda de la Unión Soviética ha sido importante. Pero si Francia e Inglaterra hubiesen mostrado más señales de capacidad de reacción hacia sus propios intereses, conjugados con los intereses españoles, se podría haber planteado el Gobierno español la posibilidad y el deber de estudiar si nos convenía un viraje absoluto de la política exterior. El peligro estaba en dar un salto en el vacío.

Al día siguiente Besteiro le dijo directamente a Negrín: «Antes de que le cuenten a usted nada, quiero que sepa por mí lo que he dicho en la Comisión Ejecutiva. Le tengo a usted por agente de los comunistas». Dos días después le reiteró lo mismo al presidente de la República Manuel Azaña con quien discutió la formación de un Gobierno cuya misión principal fuera acabar con la guerra. A Julián Zugazagoitia le comentó: «Los españoles nos estamos asesinando de una manera estúpida, por unos motivos todavía más estúpidos y criminales».[117] Besteiro volvió a Madrid muy decepcionado, al haber fracasado en su nuevo intento de que Azaña destituyera a Negrín, y al haber obtenido como única respuesta que viajara a Londres para solicitar por segunda vez la intervención británica, a lo que al parecer Besteiro le contestó que a lo único que estaba dispuesto era a poner fin a la guerra y gestionar la paz en las mejores condiciones.[113][nota 6] A partir de entonces Besteiro se convenció de que la única alternativa que quedaba era que el sector no comunista del Ejército Popular Republicano de la zona Centro-Sur, que encabezaba el coronel Casado, tomara el relevo en su propósito de poner fin a la guerra.[119] De hecho desde ese momento Casado mantuvo reuniones periódicas con el general Manuel Matallana Gómez, del Estado Mayor, que ya había sido contactado por los agentes del SIPM franquista, y con representantes diplomáticos británicos y franceses para sondear si podría contar con el apoyo de sus respectivos gobiernos.[117]

Mientras tanto la «Quinta Columna» iba extendiendo sus redes por toda la zona Centro-Sur y especialmente por Madrid. Como declaró después de la guerra el falangista David Jato Miranda:[120]

Yo no diría que teníamos gentes en el Estado Mayor de Casado; yo diría que la mayoría del Estado Mayor estaba dispuesta a ayudarnos. Se unieron tantos médicos que los servicios de salud madrileños estaban en nuestras manos. Teníamos hombres en todos los centros de reclutamiento. Incluso algunas organizaciones comunistas como Socorro Rojo acabaron controladas por la Quinta Columna.

Extensión de la conjura y creciente intervención de la «Quinta columna»: las «concesiones del Generalísimo» (enero-febrero de 1939)

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El 25 de enero de 1939 las tropas franquistas entraban en Barcelona, en el curso de la ofensiva de Cataluña iniciada el 23 de diciembre del año anterior. Fue por entonces cuando el coronel Casado inició los contactos de forma directa y personal con los representantes franquistas en Madrid a través de la Quinta Columna, a los que puso al corriente de sus intenciones de derribar al gobierno de Negrín, aunque ellos ya las conocían a través de dos hombre de su entorno, agentes del SIPM, el teniente coronel José Centaño de la Paz y el comandante médico Diego Medina (su médico personal).[121] El «Consejo Asesor» había enviado un informe a Franco en el que decía que «destaca por su significación y valor la actitud en que se coloca el Coronel jefe del Ejército del Centro, loable en todo punto, porque puede conducir a un final rápido de la contienda».[122]

Dos días antes de la caída de Barcelona el gobierno de Negrín había declarado el estado de guerra, después de casi tres años de hostilidades, lo que acabará favoreciendo los planes de los conjurados al pasar el poder al ejército. «Ningún gobierno republicano anterior había querido dar ese paso, ya que habría acabado con las libertades democráticas, y también debido a las persistentes sospechas acerca de la lealtad de los militares. Fue una iniciativa desesperada, tal vez inevitable y desde luego fatal, concebida para reunir forzosamente a todos los contingentes de la zona centro-sur bajo una autoridad militar», ha comentado Paul Preston.[123]

El 30 de enero de 1939 la Quinta Columna, por medio del doctor Medina, le hizo llegar al coronel Casado dos cuartillas que le había dictado el coronel José Ungría, jefe del SIPM, al profesor quintacolumnista Julio Palacios, uno de los contactos de Besteiro, con las garantías que se ofrecían a los altos mandos militares profesionales que depusieran las armas y no hubieran cometido «crímenes». Casado las llamaría las «concesiones del Generalísimo»:[124][125]

Para los jefes y oficiales que depongan voluntariamente las armas, sin ser culpables de la muerte de sus compañeros, ni responsables de otros crímenes, aparte de la gracia de la vida, la benevolencia será tanto mayor cuanto más significados y eficientes sean los servicios que en estos últimos momentos prestan a la causa de España o haya sido menor su intervención y malicia en la guerra. Los que rindan las armas evitando sacrificios estériles y no sean reos de asesinatos y otros crímenes graves podrán obtener un salvoconducto que les pongan fuera de nuestro territorio, gozando entre tanto de plena seguridad personal... Ni el mero servicio en el campo rojo, ni el haber militado simplemente como afiliado en campos políticos extraños al Movimiento Nacional serán motivos de responsabilidad criminal.

Como Casado expresó sus dudas de que las garantías provinieran del propio Franco se decidió que esa noche Radio Nacional emitiera un mensaje en clave redactado por el propio Casado, a lo que este contestó al día siguiente: «Enterado, conforme y cuanto antes mejor».[126]

El 2 de febrero (o el 3 de febrero)[127] Casado y Besteiro se reunieron en casa de este último (según Casado le ofreció la presidencia de su proyectado Consejo Nacional de Defensa que sustituiría al gobierno de Negrín, pero Besteiro rechazó la oferta, aunque aceptó integrarse en él)[128] y al día siguiente o dos días después (aunque no está claro si la reunión con Besteiro fue anterior o posterior) Casado tuvo una comida en Valencia con el general José Miaja, jefe del grupo de ejércitos del centro-sur y máxima autoridad de la zona tras la proclamación de estado de guerra; el general Manuel Matallana Gómez, su jefe de Estado Mayor; y el general Leopoldo Menéndez López, jefe del Ejército de Levante. Estuvieron presentes también sus ayudantes (en total fueron doce comensales en casa de Miaja). Según el testimonio del teniente Fernando Rodríguez Miaja, secretario y sobrino de Miaja, lo que allí se habló fue lo siguiente (en sus memorias Casado escribió que allí se acordó fue la formación de un Consejo Nacional de Defensa con la «exclusiva misión de hacer la paz» que «los tres generales, sin discusión, se consideraron comprometidos ante el hecho, con todas sus consecuencias»)[121]:[129]

Se puso de manifiesto durante la comida el profundo descontento del coronel Casado con el doctor Negrín, contra el que se desató en improperios... Obviamente, ante aquella audiencia, aunque reducida, no externó ninguna intención de organizar un golpe contra el Gobierno... El resto de los asistentes a la comida manifestó también su desacuerdo con la forma en que se estaba conduciendo la guerra, pero no en los términos extremadamente violentos en que lo había hecho Casado.
Palacio de la Isla en Burgos, residencia oficial del general Franco. Probablemente fue allí fue donde revisó y aprobó las Instrucciones para la rendición, también conocidas como las «concesiones del Generalísimo», que el 6 de febrero le fueron entregadas al coronel Casado.

El 6 de febrero el ayudante de Casado, el teniente coronel Centaño, le descubrió su condición de agente franquista y le entregó a continuación el documento definitivo de lo que Casado había llamado las «concesiones del Generalísimo» y que llevaban por título Instrucciones para la rendición. Estas Instrucciones presentaban un tono y un matiz diferente del documento que había recibido el coronel Casado una semana antes. Comenzaban con una afirmación de gran dureza: «Tenéis la guerra totalmente perdida. Es criminal toda prolongación de la resistencia. La ESPAÑA NACIONAL exige la rendición». En su texto quedaba más claro aún lo que Franco quería: la rendición incondicional del «Ejército rojo», y solo ofrecía benevolencia en las represalias tras la victoria. Además introducía la «redención de penas por el trabajo» durante el tiempo necesario para la «corrección y reeducación» (era la primera vez que se utilizaba este término) de los que hubieran realizado «actividades criminosas».[130][131]

Instrucciones para la rendición.
Cuartel General del Generalísimo. Burgos, 6 de febrero de 1939

-Tenéis la guerra totalmente perdida.
-Es criminal toda prolongación de la resistencia.
-La ESPAÑA NACIONAL exige la rendición.
-La ESPAÑA NACIONAL mantiene cuantos ofrecimientos de perdón tiene hechos por medio de proclamas y la radio y será generoso para cuantos, sin haber cometido crímenes, hayan sido arrastrados engañosamente a la lucha.
-Para los que depongan voluntariamente las armas, sin ser culpables de la muerte de sus compañeros ni responsables de otros crímenes, aparte de la gracia de la vida, la benevolencia será tanto mayor cuanto más significados y eficientes sean los servicios que en estos últimos momentos presten a la Causa de España o haya sido menor su intervención y su malicia en la guerra.
-Los que rindan las armas, evitando sacrificios estériles, y no sean reos de asesinatos y otros crímenes graves, podrán obtener un salvoconducto que les pondrá fuera de nuestro territorio, ganando entretanto la plena seguridad personal.
-Ni el mero servicio en el campo rojo, ni el haber militado simplemente y como afiliado en campos políticos extraños al Movimiento Nacional, son motivos de responsabilidad criminal.
-De los delitos cometidos durante el dominio rojo solo entienden los Tribunales de Justicia.
-Las responsabilidades civiles se humanizan en favor de los condenados.
-La ESPAÑA NACIONAL ha establecido la redención de penas por el trabajo, con disfrute de jornal para ayuda a los familiares de los penados.
-Nadie será privado de libertad por actividades criminosas más que el tiempo necesario para su corrección y reeducación.
-El nuevo régimen asegura el trabajo para todos los españoles sin desentenderse del dolor ajeno.
-A los españoles que en el extranjero rectifiquen su vida se les dispensará protección y ayuda.
-El retraso en la rendición y la criminal y estéril resistencia a nuestro avance serán causa de graves responsabilidades que exigiremos en nombre de la sangre inútilmente derramada.

La respuesta del coronel Casado fue pedir que el general Fernando Barrón, amigo suyo desde los tiempos de la Academia de Caballería, le escribiera una carta «enviándole condiciones y plan de capitulación», con lo que quedaba clara su postura liquidacionista de la guerra (recibiría la carta el 15 de febrero a través del comandante médico y agente franquista Diego Medina).[130][131] Paul Preston ha comentado sobre estas Instrucciones para la rendición que «la autoproclamada generosidad del documento difícilmente era creíble. En cuanto la guerra hubo terminado, no tardaría en demostrarse su absoluta falsedad». La promulgación sólo cuatro días después de la Ley de Responsabilidades Políticas lo dejaría bien claro.[132] Por su parte Gutmaro Gómez Bravo ha señalado que «las Instrucciones no conducían a ninguna rendición formal [como creían Casado y los militares que le apoyaban], sino a la ocupación plena del territorio enemigo y de su población... Lograr que el enemigo y sus grandes ciudades se rindieran "ordenadamente y desde dentro"».[133] Este mismo historiador ha señalado que las Instrucciones para la rendición se difundieron rápidamente entre los altos mandos militares republicanos.[134] Al difundirse boca a boca tanto en los frentes como en la retaguardia se acabó creyendo que Franco otorgaría el perdón si se acababa con el gobierno de Negrín y con los comunistas, su apoyo principal. La «Quinta Columna» también contribuyó a ello difundiendo todo tipo de bulos y rumores.[135]

Por esas fechas ya se encontraba en Burgos el senador Léon Bérard para negociar el reconocimiento de Franco por parte del gobierno francés y cuando este se refirió a la garantía de que no habría represalias sobre los vencidos como requisito para el reconocimiento, su interlocutor, el conde de Jordana, ministro de Asuntos Exteriores de Franco, le respondió bruscamente: «El Generalísimo ha demostrado sobradamente sus sentimientos humanitarios, pero en la hora actual solo cabe la rendición incondicional del enemigo acogiéndose a su generosidad y la del Gobierno».[51]

Durante la tarde y la noche del 7 o el 8 de febrero se celebró en el aeródromo de Los Llanos (provincia de Albacete) una reunión de los altos mandos militares de la zona centro-sur convocada por el comunista Jesús Hernández, comisario general del Grupo de Ejércitos Republicanos de la Zona Centro, con el propósito de conseguir el compromiso de todos ellos con la política de resistencia. Pero los convocados, con el coronel Casado al frente, que se comportó de forma muy grosera e insolente, se negaron a suscribir el manifiesto que había redactado Hernández llamando a la resistencia «numantina» y a la movilización de las últimas quintas. Todos ellos argumentaron que era imposible continuar la guerra. El contralmirante Miguel Buiza subrayó el precario estado de la Armada mientras que el coronel Antonio Camacho Benítez, comandante de la fuerza aérea en la zona centro-sur, recalcó la masiva superioridad de los rebeldes en aviación (casi mil quinientos aviones frente un centenar de aparatos al servicio de la República). El general Miaja, la máxima autoridad en la zona centro-sur tras haberse proclamado el estado de guerra, se mantuvo en silencio todo el tiempo.[136]

El teniente coronel anarquista Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo de Ejército (integrado en el Ejército del Centro), se incorporó a la conjura y fue clave en el triunfo del golpe de Casado.

Al día siguiente de la reunión de Los Llanos el coronel Casado se entrevistó con el teniente coronel anarquista Cipriano Mera, que era el jefe del IV Cuerpo de Ejército (integrado Ejército del Centro que mandaba Casado). Aunque en la conversación Casado no le habló a Mera de la conjura que estaba organizando ni de sus contactos con los franquistas, ambos, que compartían un arraigado anticomunismo aunque por razones diametralmente opuestas,[nota 7] coincidieron en criticar la política de resistencia de Negrín. Cinco días después, el 13 de febrero, el Comité Regional de Defensa de la CNT-FAI (CRD), encabezado por la troika Val-García Pradas-Salgado (los tres miembros de la FAI y feroces anticomunistas),[138] le comunicó a Mera que pusiera a disposición del coronel Casado el IV Cuerpo de Ejército, la única fuerza militar de Madrid segura para los conjurados, pues los otros tres Cuerpos de Ejército que componían el Ejército del Centro tenían mandos de filiación comunista.[139][140] Según Paul Preston, la colaboración de los anarquistas con Casado se debió a su «arraigado y sanguinolento odio a los comunistas».[141]

Los preliminares del golpe (10 de febrero - 4 de marzo de 1939)

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La vuelta de Negrín

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El presidente del gobierno Juan Negrín, tal como se había comprometido, volvió a España al día siguiente de cruzar la frontera francesa. Llegó el 10 de febrero a Alicante en vuelo regular de Air France procedente de Toulouse acompañado del ministro de Estado Julio Álvarez del Vayo y de Santiago Garcés Arroyo, jefe del SIM (los tres con nombres falsos). El día anterior había recibido en el consulado de Perpiñán —donde había reunido a su gobierno tras haber permanecido en territorio español hasta que cruzó la frontera el último soldado republicano— al capitán Antonio López Fernández enviado por el general Miaja, la máxima autoridad de la zona centro-sur, con la petición de que siguiera en Francia y de que el presidente de la República le autorizara a negociar la paz con el bando sublevado. La petición iba acompañada de un informe muy negativo sobre la situación en la zona centro-sur. «No hay ninguna posibilidad de resistir; no hay municiones, no hay víveres; no hay combustible y el armamento está deteriorado y sin ninguna posibilidad de reposición o recomposición, que someter a una resistencia al Ejército en estas condiciones sería un acto a todas luces insensato y criminal», aseguró el capitán. La respuesta de Negrín fue que al día siguiente iría a la zona centro-sur y allí debatiría la situación personalmente con el general Miaja.[142][143] Según Paul Preston, el informe «reflejaba las conclusiones de la comida compartida por Miaja una semana antes [el 3 o el 4 de febrero] en Valencia con Casado, Matallana [jefe del Estado Mayor] y Menéndez [jefe del Ejército de Levante]».[144]

Embajada de España en París. Allí fijó su residencia «temporal» el presidente de la República Manuel Azaña, que se negó a volver a España al dar la guerra por perdida.

Después de entrevistarse con Negrín el capitán López Fernández viajó a París donde mantuvo una reunión con el presidente de la República Manuel Azaña, que había fijado su residencia «temporal» en la embajada española. Azaña estaba acompañado de los generales Rojo y Hernández Sarabia y el coronel Enrique Jurado. El capitán López le pidió que volviera a España para obligarle a dimitir a Negrín y dar legitimidad a las negociaciones de paz (que para llevarlas a buen término se debería formar Gobierno de militares profesionales). Azaña reiteró que no pensaba volver y supuestamente le contestó: «Diga al general Miaja al oído que haga lo que mejor le parezca y considere de su obligación, como militar y español».[145]

Cuando Negrín volvió —«totalmente agotado y mermado emocional y físicamente», según Paul Preston[146] el único apoyo con el que contaba ya, además de una parte de su propio partido (el sector «negrinista» del PSOE), era el Partido Comunista de España,[41] pero el prestigio de este estaba en declive tras las sucesivas derrotas de la batalla del Ebro y la ofensiva de Cataluña,[147][nota 8] por lo que las posibilidades de su política de resistencia para intentar conseguir una paz sin represalias —regreso a España «para salvar lo más posible», le había dicho a su secretario—[149] eran remotas, especialmente si a la falta de apoyos se le añadían las dificultades de recibir suministros militares en la zona Centro-Sur por la pérdida de los Pirineos y el bloqueo naval de la flota rebelde en el Mediterráneo, además de la falta de industrias que pudieran producir armas y municiones y el agotamiento de las arcas republicanas. Por último, Francia y Gran Bretaña, la última esperanza de Negrín, ya estaban negociando con el Generalísimo Franco, quien había vuelto a reiterar a Londres y a París que se mantendría neutral caso de que estallase la guerra en Europa, su reconocimiento oficial como gobierno legítimo de España.[150]

Sin embargo, Negrín pensaba que aún contaba con la fuerza intacta de los Ejércitos del Centro, Levante, Extremadura y Andalucía, que sumaban en total unos quinientos mil hombres, aunque entre las tropas y entre los mandos cundían el desánimo y la moral de derrota, así como en la retaguardia.[150] Además, la propaganda de la Quinta Columna franquista, bien organizada especialmente en Madrid y en Valencia, se estaba dedicando a acentuar las diferencias entre los republicanos al insinuar que podría haber una negociación que pusiera fin a la guerra si Negrín y los comunistas desaparecían de la escena política y las «negociaciones» se llevaban entre militares profesionales, al modo del abrazo de Vergara de 1839 que puso fin a la primera guerra carlista.[151]

Tras aterrizar en Alicante Negrín y Álvarez del Vayo se dirigieron a Valencia donde se entrevistaron al día siguiente, 11 de febrero, con los generales Miaja y Matallana, el coronel Casado y el contralmirante Buiza. Ninguno de los cuatro mencionó la reunión que habían mantenido todos ellos y otros altos mandos de la zona centro-sur en el aeródromo de Los Llanos en la que habían acordado que era imposible seguir resistiendo. Buiza fue el que se mostró más beligerante ya que tras informar sobre el lamentable estado de la moral de la flota, amenazó con alejarla de la base de Cartagena debido a los constantes bombardeos aéreos franquistas. Negrín le respondió que la flota no podía abandonar Cartagena «porque todos los combatientes consideraban la flota como una seguridad para el caso de una evacuación y que además para importar los elementos necesarios para la lucha, necesitábamos conservar la Escuadra». Tras abandonar la reunión Negrín y Álvarez de Vayo, tremendamente consternados —Negrín le comentó a Álvarez del Vayo: «¿Has visto eso? Los rebeldes no necesitan divisiones motorizadas contra gente con ese ánimo. Unas cuantas bicicletas bastarían para romper el frente»—, Casado y Matallana felicitaron a Buiza por su discurso. Álvarez del Vayo escribiría más tarde: «La única obsesión de esos hombres —apenas velada por el lenguaje convencional de la disciplina— era acabar la guerra fuese como fuese».[152] A pesar de todo, esa misma noche se hizo pública una nota oficial en que se comunicaba que el Gobierno establecería su sede en Madrid con el objetivo de continuar la resistencia.[153]

Ese mismo día 11 de febrero un agente del SIPM en Madrid le enviaba un mensaje sumamente importante al coronel Ungría, que este trasladó inmediatamente a Franco. Le informaba de la conformidad de Casado con las Instrucciones para la rendición del 6 de febrero y que este, que se encontraba «en comunicación directa con Besteiro», pedía «en principio que se respete la vida a los militares decentes. Para él no pide nada. Se compromete a garantizar el orden en Madrid y las vidas de los presos y los refugiados en Embajadas, así como impedir la acción del SIM». Y añadía que otros tres altos mandos militares republicanos también estaban «dispuestos a hacer lo que se les ordene»: «Matallana [que había participado en la reunión con Negrín en Valencia], Muedra y Garijo, jefes primero, segundo y de Información del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos, se ponen incondicionalmente a las órdenes de este Servicio y por tanto a las de la Causa y están dispuestos a hacer lo que se les ordene. Según Garijo, se debe actuar rápidamente en Madrid o Valencia. Una acción a fondo en Extremadura no daría resultados inmediatos. Nuestro Servicio Exterior [nombre con el que se conoce la estructura de inteligencia militar dentro de Madrid] pregunta qué es lo que debe pedirse a Garijo y a sus compañeros. Bernal, jefe del 23 Cuerpo Cuerpo de Ejército, está dispuesto a hacer que se desmorone su frente desde Iznalloz a la costa».[154][155] Gutmaro Gómez Bravo comenta: «En apenas cinco días, las Instrucciones habían provocado el efecto esperado. Nada más tener constancia de que Negrín estaba de vuelta, saltaron como un resorte y se pusieron a las órdenes del servicio de información franquista. No querían continuar la lucha bajo ningún concepto».[134] La respuesta de Franco a Ungría desde Terminus, nombre en clave del Cuartel General móvil, fue la siguiente:[156]

Recibido telegrama. Quedó realmente contestado en el documento que se entregó el otro día al SIPM del Primer Cuerpo de Ejército, ya que garantías vidas figuran en ese ofrecimiento anterior.
Respecto a nombres que cita en su telegrama, podrían pasar frontera y concederse vida si no tienen responsabilidades y crímenes.
Jefes comprometidos deben decir cuál es su poder y cómo pueden hacer la rendición como conocedores posibilidades y sectores favorables.
Ofrecimiento Bernal conviene aclare si ofrece abrir paso o solo ceder este ataque a fuerzas. Conviene en todo caso, sostener este ofrecimiento para momento oportuno.
A Ejército Nacional no interesan como objetivos inmediatos las poblaciones, sino la entrega o destrucción del Ejército rojo o de sus grandes núcleos, así como medidas deben facilitar este fin que precipitará acontecimientos. Deben tener en cuenta nos sobran medios y hombres para lograrlo rápidamente por fuerza armas.
Palacio de Villamejor de Madrid, sede de la Presidencia del Gobierno.

Desde Valencia Negrín y Álvarez del Vayo viajaron a Madrid, donde iba a instalarse su Gobierno recuperando así la capitalidad de la República, a pesar de que la sede de la Presidencia, el Palacio de Villamejor sito en el Paseo de la Castellana nº 3, se encontraba a apenas tres kilómetros del frente de la Casa de Campo. Nada más llegar Negrín se reunió durante cinco horas con el coronel Casado quien le reiteró su oposición a continuar la guerra.[157][158][159][160] En la carta que le entregó le expuso sus argumentos:[157]

El pueblo, con su fina intuición, ha perdido la fe en nosotros, no quiere la guerra y vive, con una moral de derrota, en un régimen de hambre. Las tropas están bajas de moral, mal alimentadas y peor vestidas. El enemigo, con una moral de victoria muy acusada, montará una nueva ofensiva con superabundancia de medios y, en le caso de que dirija el ataque en el frente de este Ejército [del Centro], mandos y tropas dejarán bien puesto el pabellón de las armas republicanas, pero bien entendido que no son capaces de resistir una ofensiva potente sin medios defensivos en la cuantía precisa y sin mandos capacitados para realizar una maniobra de retirada, ha llegado la hora dolorosa para nuestro querido pueblo de suspender la lucha.

El 13 de febrero, tras haber reunido el día anterior al gabinete (todos los ministros le habían seguido hasta España, a excepción del ministro sin cartera José Giral, que se había quedado con Azaña, y Francisco Méndez Aspe, ministro de Hacienda, que estaba realizando gestiones cruciales en París para asegurar el sostenimiento financiero de la República), pronunció un discurso por radio en el que alentaba a la población a seguir luchando para conseguir del general Franco la aceptación de las tres condiciones para el cese de las hostilidades aprobadas por las Cortes Republicanas el 1 de febrero en Figueras:[161]

O todos no salvamos o todos nos hundimos en la exterminación y el oprobio... Solo si todos y cada uno de nosotros, ejército, hombres, mujeres, organizaciones sindicales, partidos, prensa, todos os confundís en un común esfuerzo y dais de sí cuanto podáis dar, le será posible al Gobierno dirigir la resistencia hasta lograr los fines por los que viene luchando el pueblo español, y que no son otros que asegurar la independencia de España y el evitar que nuestro país se sumerja en un mar de sangre, de odio y de persecuciones que hagan imposible por muchas generaciones una patria española unida por algo más que la dominación extranjera, la violencia y el terror.

La determinación personal y política de Negrín de seguir combatiendo para lograr al menos una paz sin represalias o como mínimo para crear las condiciones necesarias para una retirada escalonada que permitiera la evacuación masiva de los republicanos en mayor situación de riesgo —«Negrín creía, y con razón, que la capitulación abriría las compuertas de una matanza masiva», comenta Paul Preston—[162] había sufrido un duro golpe el día anterior de su discurso radiofónico. El 12 de febrero había recibido un telegrama del general Vicente Rojo, el militar de su máxima confianza y el principal estratega del Ejército Popular durante toda la guerra, en el que renunciaba a su cargo como jefe del Estado Mayor y le reprochaba a Negrín que continuara con su política de resistencia, además de acusarle de haber abandonado a las decenas de miles de refugiados civiles y militares que se encontraban en Francia en unas condiciones terribles —una acusación injusta, según Paul Preston—[163]. También le echaba en cara que no hubiera aceptado su consejo de rendirse en Cataluña. La respuesta de Negrín fue ordenar al embajador español en París, Marcelino Pascua, que comunicara al general Vicente Rojo y al coronel Enrique Jurado la orden de regresar a España, orden que ninguno de los dos estaba dispuesto a cumplir porque, como otros altos mandos militares que se encontraban en Francia, consideraban que la guerra estaba perdida.[164][165][nota 9]

Otro grave problema para Negrín era que el presidente de la República, Manuel Azaña, continuara negándose en redondo a regresar a España a pesar de las reiteradas peticiones que le formuló a lo largo del mes de febrero. Negrín estaba convencido de que la vuelta de Azaña a la zona centro-sur levantaría la moral de las tropas y además les quitaría un argumento de peso a Francia y a Gran Bretaña para reconocer al Generalísimo Franco como jefe del único gobierno legítimo de España.[167][168] De nada sirvió la extensa carta que le envió el 18 de febrero conminándole a volver, que no rebió respuesta,[169][nota 10] ni la visita que le hizo en París el 21 de febrero el ministro de Estado Álvarez del Vayo.[170][nota 11]

Mientras tanto la conjura continuaba. El 15 de febrero el coronel Casado recibía la confirmación de las Instrucciones para la rendición, que él seguía llamando «concesiones del Generalísimo», y al día siguiente agentes franquistas de Madrid informaban al coronel Ungría en Burgos de lo que Casado les había dicho: «Espero la constitución de un Gabinete Besteiro, en el cual ocuparía la cartera de Guerra. Si esto último no ocurriera, no importa, los barrería a todos. Como plazo máximo de entrada de las fuerzas nacionales en Madrid señaló el de 15 días».[171][172]

El Cuartel General de Burgos acusó recibo del mensaje e inmediatamente ordenó que se organizara una campaña de propaganda en la zona centro-sur combinando los párrafos siguientes (algunos tomados de los textos del coronel Casado):[173]

  1. Hacer ver cobardía Azaña huyendo extranjero abandonando pueblo al que tantos estragos produjo. En el último y tardío arrepentimiento está intentando lograr un armisticio, trámite previo a la rendición y que en esa posición está escudado por Martínez Barrio.
  2. Que Negrín, Álvarez del Vayo y Uribe [ministro comunista], tan cobardes como Azaña, más ruines aún que él, pretenden imponer la resistencia, sirviendo intereses de Rusia y mostrando cada día más claridad su carácter de agentes del Komintern, desarraigados su Patria y vendidos turbios intereses del bolchevismo.
  3. Que Negrín, Uribe y Álvarez del Vayo, contra criterio restantes ministros continúan llevando a la muerte a millares de españoles.
  4. Que, aunque pretender cubrir su actuación ajustándose en parte a los moldes constitucionales, están completamente al margen de la Ley, pues pretenden someter en férula al resto de ministros.
  5. Decir al pueblo de Madrid que presencia de Gobierno da origen bombardeos sobre Capital.
Monumento conmemorativo de las víctimas del bombardeo de Játiva del 12 de febrero de 1939 (situado en la estación de ferrocarril de la localidad, fue inaugurado en 2007).

Franco también ordenó que se intensificaran los bombardeos de la Aviazione Legionaria italiana, que tenía sus bases en la isla de Mallorca, sobre las ciudades republicanas de la costa (Valencia, Cartagena, Alicante, Sagunto, Gandía) y que se endureciera el bloqueo marítimo «con el objetivo de aislar y separar definitivamente el litoral mediterráneo de la zona centro-sur», ha señalado Gutmaro Gómez Bravo.[174] El bombardeo de Játiva del 12 de febrero ya había sido especialmente cruento pues había causado 129 muertos y más de doscientos heridos (en su mayoría integrantes de la 49.ª Brigada Mixta que iban en un tren que se encontraba en la estación que fue el objetivo principal del ataque). Los conjurados llegaron a pedir al Cuartel General de Burgos «el cese de toda clase de bombardeos tanto aéreos como artilleros, de poblaciones civiles en zona roja» y ponían como ejemplo «el bombardeo de Játiva que originó cerca de 800 muertos» que no debía «volver a repetirse».[174]

La reunión de Negrín con los altos mandos militares en el aeródromo de los Llanos y el traslado a la «Posición Yuste»

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El general José Miaja, máxima autoridad militar de la zona Centro-Sur. Aunque en la reunión del aeródromo de los Llanos se mostró favorable a seguir resistiendo, lo que sorprendió al coronel Casado, se sumó al golpe y presidió el Consejo Nacional de Defensa.

El mismo día 16 de febrero en que los agentes franquistas comunicaban a Burgos el mensaje del coronel Casado de que todo estaba preparado para derribar a Negrín, se reunían con éste en el aeródromo de Los Llanos, cercano a Albacete, los altos mandos militares de la zona centro-sur. Estuvieron presentes los generales Miaja, Matallana, Menéndez (jefe del Ejército de Levante) y Carlos Bernal García (comandante de la base naval de Cartagena) y los coroneles Casado (Ejército del Centro), Domingo Moriones Larraga (Ejército de Andalucía) y Antonio Escobar Huerta (Ejército de Extremadura), el teniente coronel Antonio Camacho Benítez (jefe de la fuerza aérea de la zona centro) y contraalmirante Miguel Buiza (comandante de la Armada republicana). Negrín les informó de sus esfuerzos para que los gobiernos británico y francés mediaran para alcanzar una paz sin represalias, añadiendo a continuación que al no haber avances la única opción que quedaba era resistir para conseguir una paz con garantías. Todos los presentes se mostraron en desacuerdo y el más vehemente, como ya había sucedido en la reunión de Valencia de seis días antes, volvió a ser el contraalmirante Buiza que llegó a amenazar de nuevo con llevarse a la flota a aguas internacionales si no se iniciaban inmediatamente unas negociaciones de paz. También el general Matallana fue muy rotundo en su negativa a proseguir la guerra. Para sorpresa de Casado, que apenas intervino, el general Miaja se mostró favorable a seguir resistiendo.[175][176][177] También el coronel Moriones quien afirmó que en el Ejército de Andalucía la «moral no se había resquebrajado».[178] «No se cumplieron las expectativas de Casado en lo que respecta a la dimisión de Negrín, pero salió robustecido de la reunión: resultaba evidente e irreversible la ruptura de sus compañeros con el presidente del gobierno», ha señalado Ángel Bahamonde Magro.[179]

Tras la reunión en el aeródromo de Los Llanos el Cuartel General del Generalísimo en Burgos, informado al día siguiente de lo que allí se había hablado («a excepción de Moriones, todos los demás [jefes de ejército] se encuentran de acuerdo en entregar la zona sin que se derrame una gota más de sangre y sin que se dispare un solo tiro, pues, la defensa es, absolutamente, imposible», se decía en el mensaje enviado a Burgos por los agentes franquistas),[180] ordenó al teniente coronel Centaño que se entrevistara con Casado con el objeto de que acelerara sus planes para apartar a Negrín del poder. La reunión tuvo lugar el 20 de febrero en la «Posición Jaca», el nombre en clave del centro de mando de Casado situado en la Alameda de Osuna. Centaño, a quien le acompañaba Manuel Guitián, otro miembro del SIPM, le dijo a Casado que Franco no aceptaba más demoras. Casado contestó que si se actuaba de forma precipitada, podía haber un «horroroso derramamiento de sangre», ya que «el Grupo de Ejércitos de la Zona Centro» no era como el de Cataluña y le creía «capaz de resistir, en su caso, hasta el aniquilamiento» (lo que contradecía lo que venía sosteniendo desde hacía semanas y le había dicho a Negrín). Centaño y Guitián insistieron en que les diera una fecha definitiva para la rendición del ejército republicano a lo que Casado respondió que podía llevarla a cabo en «unos quince días».[181][182] Este fue el mensaje que transmitió el coronel Ungría a Franco: «Casado prometió a nuestro agente Centaño para sábado día 25 Gobierno Besteiro o Militar, que desarrollará plan entregando armamento y municiones de todo el ejército rojo al nacional y pasando después unidades rojas sucesivamente a zona nacional».[183]

Dos días después, 22 de febrero, Guitián se volvió a entrevistar con Casado (sería el último encuentro entre Casado y los agentes franquistas)[183] e informó a Burgos que este le había dicho que a finales de mes comenzaría «la liquidación del asunto» y que pedía tiempo y confianza para que no se derramara «una sola gota más de sangre». Guitián acababa su informe así: «Tenemos la impresión de que Casado PUEDE REALIZAR SU PLAN CON SUMO ÉXITO Y TODA SEGURIDAD. Creemos conveniente dar una pausa para ver cómo se desarrollan los acontecimientos en los días inmediatos».[184][185]

Por esas fechas Negrín, que salió completamente abatido de la reunión de Los Llanos,[175] tuvo conocimiento de la conspiración de Casado gracias al sindicalista socialista Edmundo Domínguez, comisario inspector del Ejército del Centro. Un sorprendido Negrín le dijo: «Creía que solo estaba descontento por no haberle ascendido a general. Ya está firmado su ascenso». Domínguez le respondió: «Quizás sea tarde. Tengo la sospecha de que esto no le desviará de sus compromisos y propósitos». Al preguntar Negrín a qué «compromisos» se refería Domínguez le contestó: «Compromisos. Esto será para usted una revelación. En estos momentos, agentes suyos están tratando con jefes y personas agentes de Franco». Y a continuación le reveló los contactos que Casado estaba manteniendo con el anarquista Cipriano Mera, con destacados socialistas «antinegrinistas» como Julián Besteiro, Wencelsao Carrillo y Ángel Pedrero (este último jefe del SIM de la zona centro), altos mandos militares y con el diplomático británico Denys Cowan.[186] «La entrevista desvela la soledad del presidente del gobierno», ha comentado Ángel Bahamonde Magro.[187]

Edificio principal de la «Posición Yuste», cerca de Elda (provincia de Alicante), a donde se trasladó Negrín y su Gobierno el 24 de febrero de 1939.

Negrín intentó que el SIM investigara la conjura de Casado pero Pedrero, implicado en la misma, lo impidió. Consciente de que Madrid ya no era un lugar seguro, porque en cualquier momento Casado podía ordenar su detención —de hecho el 27 o el 28 de febrero Casado informó a uno de sus contactos en la Quinta Columna que en el siguiente viaje de Negrín a Madrid ya no le dejarían salir— el 24 de febrero trasladó su cuartel general a la «Posición Yuste», una finca cercana a la localidad alicantina de Elda, aunque esto no le impidió seguir frecuentando la capital y el frente. Por ejemplo, el día anterior había viajado a Guadalajara para entrevistarse con el anarquista Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo de Ejército y ya comprometido con Casado. Mera le dijo que había que negociar con Franco con el fin de salvar vidas.[188] Se había escogido ese lugar por su cercanía al aeródromo de Monóvar (en realidad una pista de aterrizaje del Refugio de El Fondó) y por estar situado en la carretera principal y el enlace ferroviario entre Madrid y Alicante, además de estar bien comunicado con Valencia, Albacete, Murcia y Cartagena. La «Posición Yuste» estaba defendida por un centenar de guerrilleros comunistas del XIV Cuerpo Guerrillero.[189] Por su parte, la dirección del PCE se trasladó a la «Posición Dakar», situada al sur de Elda.[190]

El 24 de febrero, el mismo día en que Negrín se establecía en la «Posición Yuste», se celebró un «pleno regional restringido» del Movimiento Libertario Español para discutir las bases de la participación anarquista en el golpe que se estaba preparando. El centenar de delegados presentes, incluidos mandos militares del IV Ejército con su comandante Cipriano Mera al frente, estuvieron debatiendo durante siete horas. Manuel Salgado, miembro de la troika que dirigía el Comité de Defensa de la CNT del Centro (CRD), lanzó una diatriba contra las supuestas ambiciones dictatoriales de Negrín, «un hombre incapaz de conducir la guerra y respetar los principios democráticos de la República», añadiendo a continuación, «con aire sibilino» según Paul Preston, la frase siguiente: «Me consta que si tenemos la gallardía de hacerle frente, muchos jefes y oficiales del Ejército y de la Marina que todavía creen en una paz honrosa se pondrán de nuestra parte». La intervención de Salgado provocó una encarnizada discusión (especialmente en torno al concepto de «paz honrosa» porque muchos temían que se transformara de hecho en rendición incondicional; algunos hablararon incluso de «traición») y finalmente se acordó oponerse a cualquier intento de dictadura, fuera comunista o fascista y otorgar un voto de confianza a los comités para que negociaran con las restantes «organizaciones antifascistas», lo que en la práctica significaba dejar las manos libres al Comité de Defensa de la CNT. José García Pradas, uno de los miembros de la troika que lo dirigía, había propuesto como objetivo prioritario «destruir las pretensiones dictatoriales de los comunistas».[191][22][192]

Inmediatamente después la veintena de militares anarquistas que habían participado en el pleno, encabezados por Cipriano Mera, fueron convocados en el despacho de Eduardo Val, miembro de la troika del CRD, para recibir instrucciones concretas. Val les dijo: «Si Negrín se lía la manta a la cabeza y entrega el poder militar a los mandos comunistas que perdieron la batalla de Cataluña después de haber machacado a la CNT y a los catalanistas, recibirá la repuesta que merece, aunque después tengamos que lamentarlo todos». Luego les reveló que se estaba planeando un golpe contra Negrín y que debían estar listos para en cuanto se recibiera la señal tomaran el mando de sus unidades y detuvieran a los partidarios de Negrín («Inmediatamente que oigáis que se ha constituido una Junta para luchar contra Negrín, apoderaos del mando de las unidades y destituid o encerrad a los negrinistas sin la menor vacilación. A partir de ese momento todo el Movimiento Libertario debe considerarse en pie de guerra», les dijo). Finalmente se acordó formar un Comité de Defensa compuesto por Val, Salgado y José García Pradas (la troika del CRD)[193] junto con otros cuatro destacados libertarios (Manuel Amil, Benigno Mancebo, Melchor Baztán y Manuel González Marín). Este comité «constituiría la base operativa de la participación anarquista en el golpe de Casado», ha señalado Paul Preston.[194][195] «Parece improbable que [sus miembros] fueran conscientes de los vínculos de Casado con la Quinta Columna franquista», añade Preston.[196] «Desde entonces Val y Mera triplicaron sus visitas a Casado», ha señalado Ángel Bahamonde Magro.[197]

Por su parte el general Franco se estaba impacientando ante la tardanza de Casado y el 25 de febrero comunicó a su Estado Mayor que dado que su ejército tenía medios suficientes para ocupar Madrid «por la fuerza, cuando y como se desee», «la rendición debe ser sin condiciones» y que «si Jefe de Madrid se entrega no combatiremos; si no lo hace lo tomaremos por la fuerza». «Si el jefe del Centro no puede hacerlo y sí facilitar el paso por un sector del frente, nos interesan solo aquellos que dejen envuelto el Ejército de Madrid, o sea Marañosa-Sector Jarama y sectores combinados Guadalajara y Cifuentes».[198][199] Inmediatamente el SIPM transmitió el mensaje a Casado, que se puso en contacto con el general Matallana, quien empezó a preparar mapas detallados de los frentes mencionados por Franco, señalando los sectores más vulnerables. En cuanto los hubo confeccionado los envió al Cuartel General de Burgos —llegarían el 5 de marzo—, con una nota en la que se decía que podían utilizarse «en previsión de que fallasen las previsiones de Casado».[199] Tras contactar con Casado el SIPM informó a Burgos: «Tenemos la impresión de que Casado puede realizar su plan con pleno éxito y toda seguridad».[200]

Poco después el SIPM le proporcionó a Casado una radio portátil para que se comunicara con el agente del SIPM Francisco Bonel Huici, que estaba en el frente de Toledo. Utilizando este medio Casado anunció el lunes 27 de febrero, el mismo día en que Francia y Gran Bretaña anunciaron el reconocimiento del general Franco como «único gobierno soberano de España», que «mañana martes se constituye Junta Liquidación» para pedir a continuación que se permitiera volar a la «zona nacional» a Julián Besteiro y al coronel Ramón Ruiz-Fornells, miembro del Estado Mayor de Casado, para «formalización rápida capitulaciones. Indique aeródromo día y hora a partir de miércoles».[201][202] La respuesta inmediata de Burgos, supervisada y corregida personalmente por Franco, fue categórica:[203][204]

Es necesario insistir que la España Nacional solo acepta rendición sin condiciones, sujetándose a la generosidad ofrecida y determinada en telegramas anteriores. Solo para ilustrar sobre forma llevar a cabo rendición pueden venir uno o dos militares profesionales confianza mando rojo debidamente acreditados, siendo inaceptable presencia Besteiro ni otros paisanos. En tales condiciones pueden venir en avión jueves próximo, dos de marzo, por itinerario Barajas-Somosierra y en vuelo recto a aterrizar en el aeródromo de Burgos, cumpliendo viaje entre 10-12 horas.

El reconocimiento de Franco por Gran Bretaña y Francia y la dimisión de Azaña

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En medio de los rumores de que estaba cercano el reconocimiento del gobierno de Franco como el gobierno legítimo de España por Gran Bretaña y Francia, el presidente de la República Manuel Azaña por fin contestó el día 25 de febrero a los insistentes requerimientos por parte de Negrín para que regresara a España. Azaña le reiteró su postura de no volver (uno de los ministros del gobierno Negrín lo consideró «alta traición»)[205] y le aseguró que Gran Bretaña y Francia no iban a reconocer a Franco por su ausencia de España (lo que no era completamente cierto porque ese fue precisamente el argumento que utilizó el primer ministro Neville Chamberlain ante la Cámara de los Comunes para justificar el reconocimiento de Franco),[206] sino porque «hemos perdido la guerra». Al día siguiente Azaña abandonaba la embajada española en París para marcharse a la casa que había alquilado su cuñado Rivas Cherif en Collonges-sous-Salève, en la Saboya francesa —su partida desde la Gare de Lyon fue seguida por un grupo numeroso de periodistas y fotógrafos—.[207] Un día después, 27 de febrero, se hacía oficial el reconocimiento del general Franco por Londres y París como «único gobierno soberano de España».[208][209] Al día siguiente el corresponsal de Paris-Soir tituló su crónica: «À Madrid, l'espoir a mort» ('En Madrid, ha muerto la esperanza').[210]

Visita a Roma del primer ministro británico Neville Chamberlain (primero por la izquierda) acompañado del secretario del Foreign Office Lord Halifax (segundo por la derecha). En el palco están junto a Mussolini (segundo por la izquierda) y el conde Ciano (primero por la derecha). Halifax hizo un último intento de mediación para poner fin a la «Guerra de España», pero el telegrama en que Negrín aceptaba su propuesta nunca llegó a su destino, porque fue interceptado por el coronel Casado.

El 16 de febrero el gobierno británico había hecho un último intento de mediación para poner fin a la guerra (dos semanas antes ya había actuado como intermediario en la rendición de Menorca).[211][212] Lord Halifax, secretario del Foreign Office, le había presentado al embajador español en Londres Pablo de Azcárate una propuesta que constaba de tres puntos («1.º Renuncia a represalias políticas; 2.º Los responsables de crímenes de derecho común serán juzgados por tribunales ordinarios; 3º. Se darán facilidades para salir de España a los elementos más comprometidos») que también hizo llegar al gobierno de Burgos a través de su representante oficioso Robert MacLeod Hodgson, quien además de entregar la propuesta comunicó «la disposición de Negrín de rendirse si el general Franco hiciera una declaración en el sentido de que no toleraría represalias políticas o generales, con independencia de las otras dos garantías solicitadas» (en referencia al acuerdo de las Cortes Republicanas reunidas en Figueras el 1 de febrero). Por su parte Azcárate comunicó inmediatamente la propuesta a Negrín quien se mostró totalmente de acuerdo (también Azaña), pero la respuesta no llegó a tiempo porque las comunicaciones con el exterior pasaban por Casado y este bloqueó el envío del telegrama. Cuando por fin llegó a Londres el 25 de febrero ya había expirado el plazo dado por Halifax y los británicos se consideraron «desligados de todo compromiso».[213][214][215]

El gobierno de Burgos sí había contestado en tiempo y forma, oponiéndose a cualquier tipo de mediación. En su escrito reiteraba que «la España Nacional ha ganado la guerra y corresponde, por tanto, a los vencidos la rendición sin condiciones», añadiendo a continuación: «El patriotismo, hidalguía y generosidad del Caudillo, de las que tantas muestras ha dado en las regiones que su espada ha ido liberando, así como el espíritu de equidad y justicia que preside los actos del Gobierno Nacional, constituyen una firme garantía de comprensión para todos los españoles que no son criminales». Pero la respuesta incluía una novedad importante: «Los Tribunales de Justicia, aplicando leyes sustantivas y procesales con anterioridad al 18 de julio de 1936, se limitan a juzgar, en el marco de las mismas a los autores de delitos».[213][214][216] Respecto a esto último Gutmaro Gómez Bravo comenta (en lo que coinciden tanto Francisco Alía Miranda como Diego Martínez López):[217][218] «La declaración, la más próxima de todas las emitidas por el gobierno franquista a un acuerdo de paz sin represalias, queda en papel mojado». Por otro lado el duque de Alba, representante de Franco en Londres, aseguró al gobierno británico que este se mantendría neutral en el caso de una guerra con la Alemania nazi y la Italia fascista.[219]

El primer ministro británico Neville Chamberlain a su llegada a Londres tras haber firmado los acuerdos de Munich. Cinco meses después reconocería al gobierno de Franco como el gobierno legítimo de España.

Finalmente el gobierno británico aceptó como garantía de que no habría represalias contra los vencidos una nota verbal del ministro Jordana en la que se decía que «los motivos que inspiran al Gobierno nacional constituyen una garantía segura para todos los fugitivos de España» y que «las represalias son ajenas al Gobierno nacional». Cuando el primer ministro Neville Chamberlain anunció el reconocimiento de Franco ante la Cámara de los Comunes lo justificó diciendo que «el Gobierno de Su Majestad ha tomado nota con satisfacción de las declaraciones públicas del general Franco con respecto a la determinación de él mismo y de su Gobierno de asegurar la independencia tradicional de España y tomar medidas solo en caso de aquellos contra quienes se presenten cargos criminales». Inmediatamente el líder de la oposición, el laborista Clement Attlee, presentó una moción en la que se decía que «la decisión del Gobierno de Su Majestad de conceder el reconocimiento incondicional a las fuerzas insurrectas españolas subordinadas a la intervención extranjera constituye una afrenta deliberada al Gobierno legítimo de una potencia amiga». En el debate de la misma Attlee lanzó un duro alegato contra la «farsa de la no intervención que ha sido en realidad un mecanismo para impedir que el Gobierno español ejerciera los derechos que tiene conforme al derecho internacional», pero finalmente la moción no salió adelante gracias a la mayoría con que contaba el partido conservador en la Cámara. El hasta entonces representante británico oficioso ante el gobierno de Burgos Robert Hodgson fue nombrado encargado de negocios y al mismo tiempo Pablo de Azcárate se veía obligado a abandonar la embajada española en Londres que pasó a ser ocupada por el duque de Alba, hasta entonces representante de Franco. Lo mismo sucedió en París donde Marcelino Pascua también tuvo que abandonar la legación.[220][221][222]

El martes 28 de febrero, al día siguiente del anuncio del reconocimiento de Franco, se hacía oficial la renuncia a la Presidencia de la República de Manuel Azaña y se abría el proceso de su sustitución provisional por el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio (que también se encontraba en Francia), tal como establecía la Constitución republicana de 1931.[223] Para el coronel Casado, y para su aliado el socialista «antinegrinista» Julián Besteiro, la dimisión del presidente de la República facilitaba sus planes porque, según ellos, el gobierno de Negrín carecía de legitimidad al haber dimitido el jefe del Estado republicano y al estar vigente el estado de guerra la máxima autoridad militar le correspondía al general Miaja (precisamente la persona que presidirá el Consejo Nacional de Defensa formado tras el golpe de Casado del 5 de marzo).[224] En cambio para Negrín, como ha señalado Paul Preston, «los golpes paralelos del reconocimiento anglo-francés de Franco y la dimisión de Azaña resultaron completamente devastadores». En concreto, la declaración de Azaña «de que la guerra estaba perdida... socavó por completo los esfuerzos de Negrín por jugar la carta de la resistencia para presionar a favor de unos términos de rendición razonables», añade Preston.[225]

Para formalizar su asunción de las funciones del presidente de la República Martínez Barrio convocó a la Diputación Permanente de las Cortes Republicanas, lo que Negrín no consideraba necesario porque el artículo 74 de la Constitución establecía que «el Presidente del Parlamento asumirá las funciones de la presidencia de la República, si ésta quedara vacante». Los dieciséis miembros supervivientes de la misma y que se encontraban en Francia se reunieron el 3 de marzo por la noche en un restaurante de París (de forma clandestina porque el Gobierno francés había prohibido todas las actividades políticas de los exiliados españoles, sobre todo después de haber reconocido al gobierno de Franco). Allí se acordó elevar a Martínez Barrio a la presidencia interina, pero solo «si tiende exclusivamente a liquidar con el menor daño y sacrificios posibles en función de un servicio humanitario la situación de los españoles». Martínez Barrio aceptó a regañadientes y puso como condición disponer «de plena autoridad para realizar la única obra que cumple a la situación creada: terminar la guerra con el menor número de estragos posibles. Como para ello era necesario el acuerdo de Negrín le envió un telegrama declarando que volvería a España solo sobre la base de negociar la paz ya que en «caso contrario me veré dolorosa necesidad declinar aceptación presidencia interina República». Cuando recibió el telegrama Negrín reunió a su Gobierno que acordó aceptar de forma unánime las condiciones de Martínez Barrio alegando «que desde luego estaba conforme con los acuerdos respecto a la necesidad de ir rápidamente a la paz con el enemigo, siempre que no existieran persecuciones ni represalias». Pero Martínez Barrio nunca recibió este telegrama. Casi con total seguridad, según Paul Preston, su transmisión fue bloqueada por Casado, teniendo en cuenta que todas las comunicaciones cifradas con el exterior de la «Posición Yuste» pasaban a través de su Estado Mayor y que Casado ya había interceptado comunicaciones entre Negrín y el embajador en Londres Pablo de Azcárate. [226][227] Lo cierto fue que al no recibir respuesta Martínez Barrio renunció a la presidencia interina de la República, cuya máxima magistratura quedó por tanto vacante.[228]

Los últimos preparativos

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La tajante negativa que había recibido Casado a su propuesta de que fueran a Burgos dos enviados suyos, Julián Besteiro y el coronel Ramón Ruiz-Fornells, para «formalización rápida capitulaciones» dejó bien claro que Franco no iba a negociar nada —la sola presencia de Besteiro podía dar «la impresión de que se ha llegado a algún tipo de acuerdo o de "arreglo" para terminar la guerra», comenta Gutmaro Gómez Bravo[229] y que solo esperaba la rendición incondicional. Únicamente había accedido a que volaran a Burgos «uno o dos militares profesionales», nada de «paisanos», «solo para ilustrar sobre forma llevar a cabo rendición», a lo que Casado accedió. Se les esperaban el jueves 2 de marzo, pero no aparecieron debido a los problemas que estaba teniendo Casado para tomar el poder, de los que el SIPM de Madrid informó inmediatamente a Burgos:[203]

Casado ha recibido contestación de S.E. el Generalísimo y las instrucciones. Parece que a los políticos les ha producido algo de miedo, y a Casado se le esfuma, por el momento al menos, la Junta Cívico-Militar presidida por él o por Besteiro, que creía ya en sus manos... Con esta Junta pretendían los políticos conseguir lo que ellos llaman una capitulación honrosa, consistente esta en obtener libre salida para los que quisieran marcharse.

Ese mismo jueves 2 de marzo Negrín mantuvo una reunión en la Posición Yuste con Miaja, Casado (que acababa de ser ascendido por Negrín a general, aunque aún vestía el uniforme de coronel)[230], Matallana (que el 28 de febrero había enviado en secreto a Burgos un mapa detallado con las posiciones republicanas en el frente de Madrid)[231] y Buiza para tratar sobre la situación militar. Casado dio una visión muy pesimista mientras que Buiza reveló inadvertidamente lo que se estaba planeando cuando dijo que «quizá los militares pudieran hacer algo tratando directamente con los militares contrarios». Entonces Negrín le comunicó a Casado que al día siguiente se anunciaría su traslado a la Jefatura del Estado Mayor, por lo que dejaría de ser el comandante del Ejército del Centro (para ocupar su puesto Negrín estaba pensando en el coronel comunista Juan Modesto, procedente de las milicias, aunque este nombramiento nunca se implementó; también barajaba la opción del coronel Emilio Bueno, militar profesional afiliado al PCE). También ordenó a Buiza que no sacara la flota al mar. Además Negrín comunicó a los presentes que tenía previsto dar un discurso por radio a las diez de la noche del 6 de marzo (anunció que fue recogido por la prensa y que para lograr la máxima difusión ya se habían empezado a montar altavoces en el frente y en la retaguardia).[232][nota 12]

Al día siguiente, viernes 3 de marzo, Casado —«que todavía seguía buscando nerviosamente aliados», según Paul Preston[235] le habló abiertamente de sus propósitos al general Ignacio Hidalgo de Cisneros, a pesar de que era conocida su militancia comunista. «Sólo nosotros, los generales, podemos librar a España de la guerra», le dijo Casado, y añadió a continuación: «Le doy mi palabra de que puedo conseguir de Franco mejores condiciones de las que pueda conseguir Negrín. Incluso puedo asegurarle que respetarán nuestra graduación» (como un nuevo abrazo de Vergara). Hidalgo de Cisneros comunicó inmediatamente lo que le había dicho Casado al presidente Negrín, que se encontraba en la Posición Yuste.[236][237][238] «Si Casado creía en lo que decía, y no era una simple mentira para embarcar a Hidalgo, ello sugiere un alto grado de ilusorio optimismo que arroja una reveladora luz sobre su exagerada percepción de sus relaciones con el Caudillo», ha comentado Paul Preston.[235]

La reacción de Negrín fue enviar un avión a Madrid a las diez de la mañana del sábado 4 de marzo para que recogiera al coronel Casado y este se presentara inmediatamente ante él. Como Casado no tomó ese avión, Negrín, indignado, le llamó por teléfono a las doce, pero aquel siguió negándose a acudir a la Posición Yuste poniendo como excusa que la situación en Madrid exigía su presencia en la capital.[239][240] Poco después Casado se reunió en su domicilio particular con el teniente coronel anarquista Cipriano Mera y con su jefe del Estado Mayor para ultimar la planificación logística de la sublevación. A las 13:30 horas el coronel Casado comunicaba a Julián Besteiro, el político más destacado implicado en el golpe, y al resto de partidos y sindicatos que le apoyaban que estuvieran preparados para las veinte horas del día siguiente (también previno al comandante militar de Madrid, el general Toribio Martínez Cabrera, al jefe del SIM y al director general de Seguridad).[241] A las 15:30 horas Casado se reunía con los ministros del gobierno de Negrín que se encontraban en Madrid para decirles que no iba coger el avión que de nuevo había enviado el presidente del Gobierno para llevarlos a todos a la «Posición Yuste». Así, una hora después salía del aeródromo de Barajas el avión con los ministros pero sin Casado con destino al aeródromo de Monóvar, que era el más cercano a la sede del Gobierno. Negrín volvió a llamar por teléfono a Casado, pero volvió a encontrarse con la misma negativa.[239]

En la mañana del domingo 5 de marzo el general Matallana, cumpliendo la orden que le había dado Negrín, llegó a la «Posición Yuste» procedente de Valencia para tratar sobre la sublevación de la base naval de Cartagena que se había iniciado el día anterior. Por la tarde Negrín le pidió que llamara al general Miaja, que se encontraba en Valencia, para que se uniera a ellos de inmediato. Cuando observó que en el transcurso de la conversación Miaja se estaba negando Negrín le dijo a Matallana: «Dígale usted al general Miaja que si tiene miedo de venir iré yo, pero que no podía suponer que un general de nuestro ejército se negara a ayudar al que manda y ejecutar una orden en momentos graves». La respuesta de Miaja fue que sus médicos le habían prohibido viajar de noche y que acudiría al día siguiente, lo que no cumpliría.[242][243] A las siete de la tarde de ese domingo comenzaría el golpe.[244]

La justificación del golpe: el (inexistente) «complot comunista»

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El coronel Casado justificaría el golpe de Estado como la respuesta a un supuesto complot comunista para hacerse con el poder, cuya «prueba» fundamental serían los nombramientos que habría hecho el presidente Negrín de militares comunistas para que ocuparan la cúpula del Ejército Popular de la República. Sin embargo, los destinos y promociones que se publicaron en el Diario Oficial del Ministerio de Defensa el 3 de marzo desmienten la existencia de ningún tipo de complot comunista. Lo que aparecía en el Diario era el ascenso al grado de general de los coroneles de filiación comunista Juan Modesto y Enrique Líster, pero a ninguno de los dos se les concedía ningún mando; el nombramiento del también comunista Antonio Cordón García como secretario general del Ministerio de Defensa; el cese de José Miaja como jefe supremo del Ejército, cuyo mando directo asumía personalmente el ministro de Defensa, es decir, el propio Negrín (Miaja pasaba a ser inspector general de los Ejércitos de Mar, Tierra y Aire); y el ascenso a la jefatura del Estado Mayor, el puesto del general Vicente Rojo (que seguía en Francia), del general Manuel Matallana, del que Negrín seguía sin sospechar de su implicación en la conjura y de sus contactos con el Cuartel General del Generalísimo (al que había proporcionado un mapa detallado con las posiciones republicanas en el frente de Madrid). El único nombramiento de un militar comunista con mando sobre tropas fue el del teniente coronel Francisco Galán, nuevo jefe de la base naval de Cartagena en sustitución del general Carlos Bernal. También fueron nombrados militares con carnet del PCE para ocupar determinados puestos clave ante una posible evacuación (Manuel Tagüeña, comandante militar de Murcia; Etelvino Vega, gobernador militar de Alicante), pero los jefes de los cuatro ejércitos (Centro, Levante, Extremadura y Andalucía) permanecieron en sus puestos, incluido el propio Casado.[245][246]

Como han señalado Ángel Bahamonde y Javier Gil[245] (análisis compartido por Paul Preston),[247]

en suma, no es verdad, como pensaba Casado, que Negrín diera una especie de "golpe legal" otorgando el control de los 4 ejércitos principales a mandos comunistas. ¿Realmente Negrín o los militares comunistas tenían ahora más control y poder sobre el ejército que el día 2? Pensamos que no. Eso sólo era una justificación de lo que se iniciaría el 5 de marzo, justificación que puso por escrito Casado muchos años después en su libro de memorias. Casado iba a actuar para desplazar del poder a Negrín pero no como respuesta a unos nombramientos... Estaba preparando su golpe de mano desde hacía tiempo.

A pesar de todo los conjurados insistirán en la existencia de un complot comunista como la justificación principal del golpe. Así lo afirmaría, por ejemplo, el socialista «antinegrinista» Wenceslao Carrillo: «Unas horas que se hubiera retrasado la constitución del Consejo Nacional de Defensa y hubiera caído España bajo una dictadura estalinista».[248] Sin embargo, como ha señalado Gutmaro Gómez Bravo, el supuesto «complot comunista» no aparece en ninguno de los discursos iniciales radiados justificando el golpe ni la prensa del momento lo menciona. «Es una construcción inmediatamente posterior, que ha sido utilizada hasta nuestros días». Fue ideada y puesta en circulación por la «Quinta Columna» de Madrid.[249] Francisco Alía Miranda ha subrayado, por su parte, que «no hay pruebas ni indicios que avalen la teoría de la conspiración comunista».[250]

De hecho por esas fechas Stalin ya había cambiado de política respecto a la República española y había iniciado el acercamiento a la Alemania nazi que culminaría en el pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939. El 2 de febrero había autorizado que regresaran a la URSS «las trescientas personas enviadas como voluntarios a España por la Comisión Ejecutiva de la Internacional Comnista» que habían pasado a Francia tras la caída de Cataluña.[251] Y dos semanas después, el 16 de febrero, había ordenado responder negativamente a la «solicitud adicional de entrega de armas para el ejército republicano» realizada por Negrín con el siguiente razonamiento:[251]

Exigir nuevas entregas de armas para España en el momento actual, cuando las armas ya suministradas por nosotros en grandes cantidades se encuentran en territorio de Francia y corren el riesgo de caer en manos de los fascistas franceses como trofeos, es, cuando menos, inoportuno.

El golpe

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El prólogo: la sublevación de Cartagena y la huida de la flota republicana

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Cartagena y su base naval hacia 1900.

El jueves 2 de marzo de 1939 el comandante de la Flota republicana, el almirante Miguel Buiza, que estaba implicado en la conjura del coronel Casado (y también había participado en la reunión de los altos mandos militares republicanos con Negrín en la base de Los Llanos), convocó en Cartagena a los mandos y a los comisarios de la flota para informarles de la inminente constitución del Consejo Nacional de Defensa que iba a sustituir por la fuerza al gobierno. Pero Negrín, que tenía conocimiento de la existencia de la conjura a través del SIM, ese mismo día 2 había nombrado al coronel Francisco Galán (un veterano militante comunista que había combatido en la campaña de Cataluña) nuevo jefe de la base naval de Cartagena en sustitución del general Carlos Bernal. El nombramiento iba a aparecer en el Diario del Ministerio de Defensa al día siguiente, 3 de marzo, y para explicar a los mandos de la Base y de la Flota el nombramiento y que la resistencia era todavía posible, Negrín envió desde la Posición Yuste a Cartagena a su ministro de la Gobernación, Paulino Gómez, ese mismo viernes 3 de marzo, aunque tuvo que volverse sin haber conseguido su propósito debido a la hostilidad con que le recibieron parte de los militares y marinos con los que se reunió. Por eso Negrín decidió que la 206.ª Brigada Mixta, con base en Buñol (Valencia) y bajo el mando del comandante Artemio Precioso Ugarte, acompañaría a Galán a tomar posesión de su nuevo destino como jefe de la base naval de Cartagena. No sustituyó también al almirante Buiza porque no pudo encontrar ningún marino de alta graduación que fuera favorable a la política de resistencia.[252][253]

Pero en Cartagena, además de la de los militares y marinos republicanos «casadistas», estaba organizada otra conjura dirigida por militares y civiles vinculados a la Quinta Columna franquista (que en Cartagena estaba formada por más de doscientas personas, en su mayoría miembros de las fuerzas armadas y de las de orden público, además de profesionales de las clases medias) que lo que pretendían era entregar la base y la flota al Generalísimo Franco.[254] Este grupo «profranquista», que estaba encabezado por el teniente de navío habilitado como capitán de navío Fernando Oliva, jefe del Estado Mayor de la base, fue el que inició la sublevación de Cartagena tras detener hacia las diez de la noche del sábado 4 de marzo al coronel Fernando Galán (otras fuentes afirman que la detención se produjo hacia las doce de la noche),[255] que acababa de tomar el relevo del general Carlos Bernal (Galán había ordenado a la Brigada 206 que se quedara a las afueras de Cartagena, concretamente en el pueblo de Los Dolores, a la espera de instrucciones suyas).[256] Hacia las doce de la noche se alzaron los regimientos de artillería y de infantería naval, a las órdenes del coronel Gerardo Armentia (quien mandó que fueran puestos en libertad una treintena de jefes y oficiales «profranquistas» que se hallaban detenidos y que así se unieron a la rebelión),[255] mientras el teniente coronel Arturo Espá se apoderaba de las baterías de costa. En esa madrugada del sábado al domingo la emisora Flota republicana comunicaba que la ciudad de Cartagena «estaba a las órdenes del Generalísimo» y, después de proclamar el lema falangista y franquista «¡Arriba España!», comenzó a emitir canciones del bando sublevado (y en algunos edificios aparecieron banderas rojigualdas).[257]

Las fuerzas franquistas que se habían apoderado de la base naval de Cartagena lanzaron un ultimátum a la flota republicana allí amarrada: si no zarpaba antes de las 12.30 horas, sería cañoneada por las baterías de costa. Los oficiales de los barcos, muy excitados, se reunieron en el buque insignia, el crucero Miguel de Cervantes, con el almirante Buiza y con el comisario general de la escuadra, el socialista Bruno Alonso (reunión a la que también asistieron el coronel Galán y el enviado de Negrín, Antonio Ruiz, que insistieron en los deseos del presidente del Gobierno de que no hubiera derramamiento de sangre),[258] y decidieron abandonar Cartagena, de cuyo puerto zarparon poco antes de que se cumpliera el plazo (a bordo solo iban unos setecientos refugiados civiles y militares).[259][260] Así, a mediodía del domingo 5 de marzo, Cartagena había quedado en poder de los partidarios de Franco y la flota ya no se encontraba allí, lo que se comunicó a las 14.20 horas en un radiograma al gobierno de Burgos:[261]

S.B.D. de Cartagena a Burgos. Viva España. Arriba España. El general Barrionuevo al Generalísimo Ejército Español. Me hago cargo en nombre V.E. y ejército mando plaza de Cartagena. Tropas guarnición, ejército y marina están sumadas ejército salvador patria. Escuadra abandonó puerto rumbo desconocido

Mientras se luchaba en Cartagena por el control de la base,[262] la flota republicana seguía en alta mar. A las dos de la madrugada del lunes 6 de marzo se recibían varios radiogramas con la noticia de que el golpe de Casado había triunfado y de que se había constituido en Madrid el Consejo Nacional de Defensa. Se produjo entonces gran confusión entre los oficiales de los barcos, que aumentó cuando a las 4.20 horas desde la estación de Portman, en las cercanías de Cartagena, se ordenó en nombre del gobierno de Negrín que la flota retornara a su base.[263] Lo que el almirante Buiza no dijo a nadie es que hacía dos horas que ya había recibido la orden de Negrín de retornar a la base mediante un radiograma que decía: «Ministro de Defensa Nacional a jefe Flota: Dominada situación creada en Cartagena [a esa hora la Brigada 266 ya se había apoderado del centro de Cartagena e iniciaba el ataque al Parque de Artillería y al Arsenal], dispongan que Flota se reintegre a su base».[264]

Crucero ligero Miguel de Cervantes, buque insignia de la flota republicana.

Buiza, tras decidir ir a Bizerta, encareció «a todos los buques que, dado el próximo fondeo en un puerto extranjero, se mantenga por las dotaciones de los mismos un perfecto estado de disciplina, uniformidad y corrección». Al principio de la tarde del martes 7, cuando hacía horas que la sublevación «profranquista» de Cartagena había sido completamente sofocada, la flota republicana, bajo control francés, fondeaba en la bahía tunecina de Bizerta. Nada más llegar, las autoridades francesas les dijeron que los barcos serían entregados inmediatamente a Franco.[263]

Como manifestó un alférez de navío «profranquista», el objetivo de la sublevación de Cartagena había sido «hacer salir a la Flota» y eso se había conseguido:[265]

Nosotros habíamos recibido una consigna de Franco: hacer salir a la Flota. Desde el momento en que se había ido, aunque el movimiento [en la base naval] sea sofocado, no nos importa. Hemos logrado lo que nos proponíamos; dejar a la República sin su último baluarte de resistencia

La pérdida de la flota fue un durísimo golpe humano y político para Negrín. «No en vano, se quedaba sin el instrumento bélico que habría podido asegurar una evacuación mínimamente ordenada y segura de la población civil que pudiera embarcar en buques mercantes camino del exilio».[266] A las tres de la madrugada del domingo 5 de marzo el comisario general del Ejército, el comunista Jesús Hernández, fue a visitarlo y lo encontró «desastrado» y «muy fatigado», pero también decidido a no desencadenar una guerra civil dentro del bando republicano. Según escribió Hernández en sus memorias, Negrín le dijo:[267]

Cuando decidí trasladarme a la zona centro-sur tenía la impresión de que habría un 90% de probabilidades de dejar la piel aquí, pero ahora ese porcentaje se eleva al 99%... Aquí ya no nos queda nada que hacer. Yo no quiero presidir una nueva guerra civil entre antifranquistas... Ya han comenzado las sublevaciones. Ahora ha sido Cartagena... y la Escuadra; mañana será Madrid o Valencia; ¿qué podremos hacer? ¿aplastarlas? No creo que valga la pena, la guerra está definitivamente perdida. ¿Que quieren ser otros los que negocien la paz? No me opondré

La ejecución del golpe y la constitución del Consejo Nacional de Defensa

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Sede del Ministerio de Hacienda en Madrid, en cuyos sótanos instaló Casado el cuartel general del Consejo Nacional de Defensa.

Entre las siete y las ocho de la tarde del domingo 5 de marzo de 1939 se reunían en el edificio del Ministerio de Hacienda de la calle Alcalá de Madrid el coronel Casado y los conjurados en el golpe de Estado: militares que estaban convencidos de que «sería más fácil liquidar la guerra a través de un entendimiento entre militares», los representantes de los partidos políticos (Izquierda Republicana, Unión Republicana, el Partido Sindicalista y el sector «antinegrinista» del PSOE) y de las organizaciones sindicales anarquistas y socialistas comprometidas (UGT y CNT-FAI), y el socialista Julián Besteiro, que acudía a título personal pero que era la cabeza de la parte civil de la conspiración.[244]

En las horas siguientes unidades militares y de orden público, en su mayoría de tendencia socialista, junto con la 70.ª brigada anarquista del IV Cuerpo de Ejército de Cipriano Mera, ocuparon los puntos estratégicos de la capital (los palacios de Buenavista, Comunicaciones y Gobernación; la Dirección General de Seguridad, el Banco de España, la Telefónica, las estaciones de radio, etc.). La 65.ª División, mandada por el socialista Gutiérrez de Miguel, y la 2.ª División de Asalto, mandada por el también socialista Piñeroa, ambas de la Reserva del Ejército del Centro, se desplegaron por la capital, situando la primera su cuartel general en los edificios de los Nuevos Ministerios en el paseo de la Castellana. También colaboraron en el golpe las fuerzas del SIM al mando del socialista Ángel Pedrero, que detuvieron a muchos mandos comunistas de las diferentes divisiones y brigadas. Por último, Casado consiguió la adhesión al golpe del coronel Camacho, jefe de las fuerzas aéreas de la zona Centro-Sur.[268]

El socialista Julián Besteiro fue el primero en dirigirse por radio a la población anunciando el derrocamiento del Gobierno de Juan Negrín.

Controlada la capital por las fuerzas «casadistas», hacia las doce de la noche de ese mismo domingo 5 de marzo los conjurados se dirigieron a la «España antifascista» por radio, desde los sótanos del Ministerio de Hacienda donde se había instalado un improvisado estudio, para justificar el golpe que acababan de dar contra el gobierno de Negrín.[244][269] El primero en hablar fue Julián Besteiro (con voz temblorosa por la emoción y cuando terminó rompió a llorar, afirma Paul Preston):[270][271]

[...] El Gobierno del Sr. Negrín, falto de la asistencia presidencial [por la dimisión de Azaña] y de la asistencia de la Cámara, carece de toda legalidad y no puede ostentar título alguno para tener el respeto y el reconocimiento de los republicanos. [...] El Gobierno del señor Negrín, faltando unas veces a la verdad, con sus verdades a medias otras y con sus propuestas capciosas, no puede aspirar a otra cosa que a ganar tiempo; tiempo que se ha perdido para el interés de la masa ciudadana, combatiente y no combatiente. Y esta política no podía tener otra finalidad que alimentar la morbosa creencia de que la situación internacional podía desencadenar una conflagración de catastróficas proporciones, en la cual, juntamente con nosotros, perecerían masas proletarias de muchas naciones. De esta política de fanatismo catastrófico, de esta sumisión a órdenes extrañas, con una indiferencia completa ante el dolor de la Nación, está sobresaturada ya la opinión de la República toda... Yo os hablo para deciros que cuando se pierde, es cuando hay que demostrar, individuos y nacionalidades, el valor que se posee. Cuando se puede perder con honradez y dignidad, yo os digo que una victoria moral que se gana vale mil veces más que una victoria material lograda a fuerza de claudicaciones y vilipendios. Yo os pido que desde este momento prestéis asistencia al poder legítimo de la República, que necesariamente no es otro que el poder militar, que ha tomado sobre su conciencia la responsabilidad de toda la Patria.
Españoles, viva la República, Viva España.

A continuación Miguel San Andrés, de Izquierda Republicana, leyó el manifiesto principal en el que se anunciaba la formación del Consejo Nacional de Defensa (sin hacer ninguna mención a los contactos con la Quinta Columna franquista, señala Preston):[272][273][274]

[...] No se puede consentir que continúe ejerciendo el poder ese puñado de hombres que aún sigue titulándose Gobierno. [...] Como revolucionarios, como proletarios, como antifascistas y como españoles, no podíamos continuar aceptando pasivamente la imprevisión, la carencia de orientaciones, la falta de organización y la irresponsabilidad de que ha dado muestras el Gobierno del doctor Negrín. [...] Para impedir esto, para borrar tanta vergüenza y evitar que se produzca la deserción en los momentos más graves, se constituye este Consejo Nacional de Defensa, y en nombre de este organismo, que recoge los poderes del arroyo, a donde los arrojara el llamado Gobierno del doctor Negrín, nos dirigimos a todos los trabajadores, a todos los antifascistas y a todos los españoles para darles la garantía de que nadie podrá rehuir el cumplimiento de sus deberes ni esquivar la responsabilidad contraída por sus promesas... No saldrá de España ninguno de los hombres que aquí deban estar, hasta tanto que por libre y general determinación no salgan de ella cuantos quieran, que no cuantos puedan, salir. Propugnamos la resistencia para no hundir nuestra causa en el ludibrio y en la vergüenza; para lograrla pedimos el concurso de todos los españoles y damos la garantía de que nadie abandonará su obligación. "O todos nos salvamos, o todos nos hundimos en la exterminación y el oprobio", dijo el doctor Negrín; y el Consejo Nacional de Defensa se impone como primera y última, como única tarea, convertir en realidad estas palabras.

Después de la lectura del manifiesto intervino Cipriano Mera, cuyo discurso se dirigió a denostar a Negrín, al que llamó traidor, criminal y ladrón («Es indispensable enfrentarse con quien la roba, la vende o la traiciona [a la Patria]. Las tres cosas ha hecho, como gobernante perjuro y desaprensivo, el doctor Negrín», afirmó). Cerró la emisión el coronel Casado cuya intervención terminó con una apelación directa a Franco: «En vuestras manos, que no en las nuestras, están la paz y la guerra». Paul Preston comenta: con esta frase «finiquitaba cualquier posibilidad de obtener unas condiciones de paz del Caudillo».[275][276]

El socialista antinegrinista Wenceslao Carrillo ocupó la consejería de Gobernación del Consejo Nacional de Defensa. Desde ese cargo ordenó la detención de los miembros del Partido Comunista de España, el cierre de sus sedes y la prohibición de sus periódicos. Aquí aparece fotografiado en el momento de su llegada a Gran Bretaña exiliado.

En la mañana del 6 de marzo todos los partidos políticos y organizaciones del Frente Popular, excepto el Partido Comunista de España, hicieron públicos en Madrid manifiestos y declaraciones en los que prestaban su apoyo al golpe, tal como habían pactado semanas antes. Asimismo quedó constituido oficialmente el Consejo Nacional de Defensa presidido por el general José Miaja, que había viajado durante la noche desde su cuartel general de Torrente, muy cercano a Valencia, aunque el hombre fuerte del mismo era el propio Casado, que se reservó para sí mismo la Consejería de Defensa, y en un segundo escalón Julián Besteiro, que ocupó la de Estado, además de la vicepresidencia. El resto de las consejerías, «con un valor más simbólico que real», fueron ocupadas por dos republicanos (Miguel San Andrés de Izquierda Republicana y José del Río de Unión Republicana), dos socialistas (Wenceslao Carrillo del PSOE y Antonio Pérez García de UGT) y dos anarquistas de la CNT (Manuel González Marín y Eduardo Val).[277][278] Según Paul Preston, la composición del Consejo «era una ficción que ocultaba el hecho de que se trataba de una junta militar pura y simple».[279]

Según Preston, el éxito del golpe se debió al deseo generalizado de acabar la guerra y a la extendida hostilidad hacia los comunistas, especialmente entre los altos mandos profesionales, incluso entre aquellos que «se habían unido al PCE porque ofrecía disciplina y eficacia, pero [que] en realidad no eran comunistas», sin descartar «la importancia de la aportación de Besteiro», quien «al haberse apartado de la política republicana y al haber alimentado tan cuidadosamente su fama de rectitud, su participación infundió una legitimidad a la Junta de Casado que de lo contrario no habría tenido».[280]

La salida de España del gobierno de Negrín

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Negrín, que había pasado toda la noche del sábado 4 al domingo 5 prácticamente sin dormir dando órdenes para intentar acabar con la sublevación de Cartagena,[266] tuvo conocimiento del golpe cuando acababa de cenar en la Posición Yuste con los ministros y con los generales Cordón y Matallana, después de haber celebrado una reunión del gabinete en la que se había preparado el discurso radiofónico que iba a pronunciar Negrín el día 6 en el que, según Enrique Moradiellos, iba a anunciar una resistencia escalonada hacia los puertos de Levante para conseguir la evacuación de la mayor cantidad de población comprometida posible. La noticia se la dio el general Matallana, que recibió la llamada del coronel Casado desde Madrid, y Negrín cogió el teléfono a continuación para decirle a Casado: «Queda usted destituido». Casado le respondió: «Mire usted, Negrín, eso ya no me importa. Ustedes ya no son Gobierno, ni tienen fuerza ni prestigio para sostenerse y menos para detenernos... La suerte está echada y ya no retrocedo».[267][281]

El general Antonio Cordón, afiliado al PCE, habló por teléfono con Casado desde la «Posición Yuste» durante las primeras horas del golpe, pero no consiguió que reconsiderara su postura.

Poco después llamaron a Casado el ministro de la Gobernación, el socialista Paulino Gómez, que se ofreció a ir a Madrid para encontrar una solución razonable pero Casado le contestó que no sería prudente que lo hiciera, y el general Antonio Cordón, quien le habló no como su superior, sino como compañero de armas para decirle si había pensado bien lo que hacía. Casado le contestó: «Cordón, en mi opinión, el Gobierno no ha actuado como debía. Con estos políticos no puede hacerse nada; son unos idiotas y estamos hartos de sus simplezas y pérdidas de tiempo». Cuando Cordón le propuso que enviara a alguien a la Posición Yuste para que explicara las razones de la rebelión («Ahora es preciso pensar en el pueblo y, en su interés, hay que proceder con toda serenidad y evitar actitudes de las que puedan resultar víctimas», alegó Cordón), Casado le espetó: «No; ni envío a nadie ni quiero contacto alguno con ese Gobierno». Cuando Cordón insistió en que reconsiderara su postura («Debes pensar que este Gobierno tiene aún sus resortes para moverse en el mecanismo internacional y, si de hacer la paz se trata, para conseguir condiciones honrosas y garantías para nuestro pueblo», le dijo), Casado le contestó: «Lo hecho, hecho está».[282]

Por orden de Negrín, el general Cordón contactó inmediatamente con los jefes de los Ejércitos de la República, pero solo se mostraron plenamente leales el coronel Escobar, del de Extremadura, y el coronel Moriones, del de Andalucía. Los demás se habían puesto a las órdenes del coronel Casado y del CND, incluido el general Menéndez, jefe del Ejército de Levante, que era quien tenía la jurisdicción militar sobre Alicante, lo que hacía muy difícil que el gobierno pudiera resistir, ya que solo contaba con unos ochenta soldados para defender la Posición Yuste.[283] En la conversación telefónica con Menéndez Cordón llegó a pedirle que transmitiera a Casado la oferta de mantener el estatus legal de la República transfiriendo el poder del Gobierno a la Junta. Menéndez hizo esa gestión pero Casado se negó «a recibir ninguna autoridad de quien no la tenía porque no era Gobierno constitucionalmente legítimo» (al parecer en el rechazo de la oferta también intervino Besteiro que le dijo a Casado: «Mejor no tener relación con ellos; no sabemos tampoco qué oculta ese ofrecimiento»). Tras comunicarle a Cordón la respuesta de Casado, Menéndez exigió que se dejara marchar al general Matallana (del que ya se sospechaba su implicación en la conjura) porque de lo contrario «fusilaremos a todos los detenidos que tenemos en Madrid... Os fusilaremos, además, a todos vosotros». Cuando le dio permiso para que se marchara Negrín le dijo al general Matallana: «No me despida usted de sus sus compañeros, pero sí dígales que su comportamiento no ha sido digno». A lo largo de la madrugada iban llegando informes de la captura de comunistas y de otros partidarios del Gobierno y por medio del gobernador civil de Murcia Estaquio Cañas se supo que se había cursado la orden de detener a todos los miembros del Gobierno.[284]

El gobierno estuvo reunido durante la madrugada,[285] mientras llegaban informes de la captura de comunistas y de otros «negrinistas» y de que el consejero de Gobernación Wenceslao Carrillo había cursado la orden de detener a Negrín y a todos los miembros del gabinete. Se decidió salir de España, sobre todo después de conocer a las cuatro de la madrugada el mensaje del contralmirante Buiza desde alta mar anunciando que la flota no regresaría a Cartagena, a pesar de que la rebelión en la base había sido dominada.[286] Negrín se había mostrado en todo momento contrario a iniciar una lucha abierta y, como le dijo al general Hidalgo de Cisneros: «Nuestra tarea ahora es intentar ganar tiempo. Evitar la lucha con Casado por todos los medios».[287][288] Según el testimonio del doctor Vega Díaz, allí presente, Negrín comunicó la decisión «con un gesto de tristeza y con voz algo afónica y entrecortada: Todos estamos preparados, ¿no? Pues ni una duda más. Vámonos».[289]

Mientras los ministros se dirigían al aeródromo de Monóvar, donde les esperaban dos aviones Douglas DC-2, Negrín, acompañado de los generales Hidalgo de Cisneros y Cordón y de Álvarez de Vayo, se dirigió a la cercana Posición Dakar, al sur de Elda, sede de la dirección del PCE. Allí los dirigentes comunistas intentaron convencerle para que siguiera en España, pero Negrín se negó y les entregó una declaración para que fuera radiada en un último intento para proceder a un traspaso de poderes «de una manera normal y constitucional». Como la radio no funcionaba la declaración se hizo llegar a Casado por medio del general Menéndez.[290][291] El texto que envió al coronel Casado fue el siguiente:[291]

El Gobierno de mi Presidencia se ha visto dolorosamente sorprendido por un movimiento que no parece justificado ni por las discrepancias en los propósitos que anuncia ese Consejo en su manifiesto al País, a saber: una paz rápida y honrosa sin persecuciones ni represalias que garanticen la independencia patria, ni por la manera en que las negociaciones habían de iniciarse. [...] En aras de los intereses sagrados de España debemos todos deponer las armas y si queremos estrechar las manos de nuestros adversarios, estamos obligados a evitar toda sangrienta contienda entre quienes hemos sido hermanos de armas. En su virtud, el Gobierno se dirige a la Junta constituida en Madrid [el CND] y le propone designe una o más personas que puedan amistosa y patrióticamente zanjar las diferencias. Le interesa al Gobierno, porque le interesa a España, que en cualquier caso toda eventual transferencia de poderes se haga de una manera normal y constitucional. Solamente de esta manera se podrá mantener enaltecida y prestigiada la causa por que hemos luchado. Y sólo así podremos en el orden internacional conservar las ventajas que nuestras escasas relaciones aún nos preservan. Seguros de que al invocar el sentimiento de españoles de esa Junta prestará oído y atención a nuestra demanda, la saluda. Negrín.
El Douglas DC-2 fue el tipo de avión utilizado por Negrín y su gobierno para abandonar España desde el aeródromo de Monóvar, cercano a la «Posición Yuste».

Negrín esperó en la Posición Dakar hasta el mediodía del lunes 6 de marzo, pero como no obtuvo respuesta (Casado dudó, pero Besteiro y Miaja se opusieron a que se enviara un representante de la Junta a Elda para realizar el traspaso de poderes propuesto por Negrín),[292][nota 13] se dirigió al aeródromo de Monóvar, sobre todo tras conocer que la guarnición de Alicante también se había decantado por los golpistas (Etelvino Vega, recién nombrado por Negrín gobernador militar, había sido detenido)[293] y después de ser advertido de que se dirigían a Elda fuerzas «casadistas». Negrín dijo: «Señores, no podemos continuar aquí ni un momento más, porque nos detienen. Creo que todos debemos salir».[290] Pasadas las dos y media de la tarde los dos aviones Douglas DC-2 partían hacia Francia con destino a Toulouse, llevando a bordo al último gobierno constitucional de la Segunda República Española.[294] Negrín nunca volvería a España; moriría en el exilio.[295]

Ese mismo día 6 de marzo el diario Daily Herald publicaba una entrevista con el ministro de Estado Álvarez del Vayo en la que explicaba los orígenes del golpe de Estado que acababa de triunfar:[296]

Nuestros esfuerzos han sufrido graves reveses. Uno de ellos fue la negativa de Azaña de volver a España. Otro, el reconocimiento de Franco por Inglaterra y Francia. Pronto nos enteramos de una corriente sostenida por altos oficiales del ejército y políticos a favor de una paz a cualquier precio. Este movimiento se inició durante la retirada de Cataluña, mucho antes de que estuviera conquistada. Se nos informó que uno de los cabecillas de este movimiento era Casado y otro Besteiro.

La cúpula comunista también abandonó España. Antes de la salida del gobierno de Negrín, un avión De Havilland DH.89 Dragon Rapide, de la Escuela de Polimotores de Totana, comandada por un comunista, llegó a Orán (en la Argelia francesa) hacia las 13:00 horas llevando a bordo a Dolores Ibárruri, al general Antonio Cordón, a Jesús Monzón, a Francisco Romero Marín y algunos otros. Al amanecer del día siguiente, 7 de marzo, llegó a Toulouse el resto de la dirección del PCE,[297] desconociendo que en Madrid los comunistas habían iniciado la resistencia armada al golpe. Pedro Checa y Fernando Claudín, junto con el delegado del Komintern Palmiro Togliatti, se quedaron para tomar «las medidas necesarias para la evacuación de los cuadros del partido». Serían detenidos por las fuerzas «casadistas», que los trasladaron a Albacete,[298] aunque lograron escapar y se ocultaron.[299]

La resistencia comunista: la «pequeña guerra civil» de Madrid

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Barricada en Madrid.

En las primeras horas del lunes 6 de marzo el dirigente comunista Jesús Hernández logró contactar con Negrín para comunicarle que los comunistas estaban preparados para enfrentarse a los golpistas y «si Vd. lo ordena podemos aplastarlos». Pero Negrín le pidió que no actuara hasta que el Gobierno, que iba a reunirse, tomara una decisión. Hernández volvió a llamar a la «Posición Yuste» en dos ocasiones más. En la primera habló con Antonio Cordón y en la segunda con el ministro comunista Vicente Uribe, y ambos le dijeron lo mismo: que el gobierno seguía reunido. Ya no hubo más contactos porque las comunicaciones se cortaron.[300]

Mientras se producían estos contactos de Hernández con la «Posición Yuste» los comunistas de Madrid ya habían decidido actuar. Nada más oír la alocución radiada de Besteiro y Casado de las doce de la noche del domingo 5 de marzo, la comisión político-militar del Partido Comunista de España en Madrid, cuyo máximo responsable era Domingo Girón,[301] se reunió en Villa Eloísa, en la Ciudad Lineal, para poner en marcha el plan militar que había elaborado, sin que fuera conocido por la dirección nacional del PCE, que se encontraba fuera de la capital en la «Posición Dakar». Según se explicó en un informe posterior el plan se aplicó cuando se tuvo noticias de que «Casado y algunos elementos de distintos partidos preparaban un golpe reaccionario contra el Gobierno y contra el Partido [Comunista] para entregar Madrid a Franco».[302][303] Según Paul Preston, «los comunistas de la capital sospechaban justificadamente que la intención de Casado era utilizarlos como pago a Franco por las concesiones que creía iba a recibir».[304]

Tropas «casadistas» en Madrid.

El peso de la operación del contragolpe comunista recayó inicialmente en Guillermo Ascanio, jefe de la 8.ª División que se hallaba desplegada en el frente en la zona del El Pardo y que estaba encuadrada en el II Cuerpo de Ejército, que mandaba el coronel Emilio Bueno y Núñez de Prado, también de filiación comunista, pero que alegó la obediencia debida a su superior, el coronel Casado, para mantenerse al margen.[305] El plan de Ascanio era avanzar sobre Madrid a través del Hospital del Rey para ocupar los Nuevos Ministerios y después siguiendo el paseo de la Castellana llegar al centro de la capital.[306]

El ataque de las fuerzas de Ascanio a los Nuevos Ministerios, defendidos por la 112.ª Brigada de la 65.ª División fiel a Casado, se inició al amanecer del martes 6 y poco después ocupaban la mayoría de las edificaciones. Al mediodía otras brigadas de la 8.ª División procedentes de la sierra ocupaban Chamartín y a media tarde Ciudad Lineal, donde se encontraba el Estado Mayor del II Cuerpo de Ejército, lo que obligó a su comandante, el coronel Emilio Bueno y Núñez de Prado, a sumarse al contragolpe anticasadista. Por la noche llegaron a la Posición Jaca, sede del Estado Mayor del Ejército del Centro, donde apresaron, entre otros militares, a tres ayudantes de Casado —los coroneles Joaquín Otero Ferrer, José Pérez Gazzolo y Arnoldo Fernández Urbano, que luego fueron ejecutados por un grupo de comunistas sin conocimiento de sus superiores—, pero no encontraron a Casado, que había instalado su puesto de mando en los sótanos del edificio del Ministerio de Hacienda en la calle Alcalá. Estas operaciones militares del martes 6 de marzo fueron el inicio de la llamada «pequeña guerra civil» de Madrid que duró una semana, hasta el martes 12 de marzo de 1939.[306]

A las 21:40 horas Besteiro, en nombre del Consejo de Defensa Nacional, lanzaba por la radio un duro mensaje contra Negrín y los comunistas:[307]

Soldados de la República. El Consejo de Defensa Nacional se halla firme en su puesto en Madrid. El Gobierno huidizo del Doctor Negrín no se sabe donde se encuentra. El Consejo de Defensa Nacional quiere impedir que el Gobierno de la España Republicana siga definitivamente en poder del comunismo que tiraniza al pueblo. El Gobierno del Doctor Negrín sin Presidente de la República y sin Parlamento carece de toda base legal. El único Gobierno legítimo de la República es el Consejo de Defensa Nacional.

A primera hora de la mañana del día siguiente, martes 7 de marzo, era Casado quien hacía un llamamiento por radio para «salvar a Madrid del comunismo» e inmediatamente se declaraba el toque de queda en la capital.[229] Pero a lo a lo largo de ese día y del siguiente pareció que la «pequeña guerra civil» se decantaba a favor de las fuerzas comunistas gracias sobre todo a que el coronel Luis Barceló Jover, jefe del I Cuerpo de Ejército, había cedido ante la presión de los comunistas (especialmente a la de Ascanio, comandante de la 8.ª División, quien, según Paul Preston, le convenció de que no había ninguna posibilidad de que Franco perdonara a los militares que habían permanecido fieles a la República)[308] y se sumó al contragolpe anticasadista, y también gracias a que por fin se incorporó la 42.ª Brigada Mixta, al mando del comunista José Sánchez (que en el plan comunista era considerada la de fidelidad más segura), que abandonó sus posiciones en el frente de la Casa de Campo al amanecer del día 8 para dirigirse al centro de la ciudad y ocupar, sin encontrar apenas resistencia, el Palacio Real, donde se encontraba la central telefónica del Ejército, y el Teatro Real, uno de los más importantes depósitos de armas y municiones de la capital. En la tarde del día 8 la 42.ª Brigada de Sánchez y las brigadas de la 8.ª División de Ascanio confluían en la calle Serrano para dirigirse conjuntamente hacia el centro de mando de Casado, situado en los sótanos de Ministerio de Hacienda de la calle Alcalá. Así, en la noche del miércoles 8 la situación de Casado y del Consejo Nacional de Defensa parecía insostenible.[309] De hecho, para evitar verse atrapado el general Miaja se había retirado a Tarancón, a unos 80 kilómetros de Madrid en dirección a Valencia, donde había instalado su cuartel general, conocido como «Posición Chamberí».[310]

Por su parte Casado pidió a Franco que emprendiera una «urgente ofensiva nacional» sobre un sector del frente de Madrid, pero este ordenó que no se hiciera nada (la misma orden se transmitió a los agentes de la «Quinta Columna»: «que no hagan imprudencias ni se metan en nada sin orden expresa, [que] no se descubran a los rojos, que esperen confiados y solo obren por órdenes que reciban expresamente por los enlaces»). Sin embargo, la petición de Casado fue interceptada por las fuerzas franquistas desplegadas en el frente de Madrid y tres divisiones iniciaron al amanecer del 8 de marzo un ataque en el sector de la Casa de Campo, creyendo que encontrarían las posiciones republicanas desguarnecidas. Se equivocaron y el ataque fue repelido causando más de quinientas bajas entre las tropas franquistas y cerca de doscientas cincuenta entre las republicanas. La que probablemente fue la última batalla entre los dos bandos contendientes de la guerra civil permitió a Casado reorganizar sus fuerzas pero también intensificó el control del perímetro exterior de la capital «ya que el peligro, nuestro enemigo común, está al otro lado de las trincheras y esperando el menor desfallecimiento nuestro, para la conquista de nuestras posiciones», como se decía en una circular enviada a los comisarios políticos comunistas de todo el frente del Centro. Cuando Franco se enteró del ataque envió un duro comunicado al general Andrés Saliquet, jefe del Ejército del Centro franquista, recriminándole por esa acción.[311]

A partir de la madrugada del jueves 9 de marzo la situación cambió a favor de los «casadistas» porque las cuatro divisiones del IV Cuerpo de Ejército al mando del anarquista Cipriano Mera, que era la unidad militar más importante con que contaba el Consejo Nacional de Defensa, se movilizaron desde el frente de Guadalajara hacia Madrid, tras haberse apoderado de Alcalá de Henares y de Torrejón de Ardoz,[312] y, sobre todo, porque la desmoralización comenzó a cundir entre las filas comunistas cuando supieron que el golpe de Casado había triunfado en toda España, y Madrid era el único lugar donde se combatía, y que el gobierno de Negrín y la dirección comunista hacía tres días que había marchado al exilio, con lo que desaparecía la razón principal del contragolpe: el restablecimiento de la legalidad de un gobierno que ya no existía. La confusión y desmoralización de los comunistas madrileños aumentó aún más cuando llegaron a Villa Eloísa dos emisarios de Pedro Checa que, hablando en nombre del Buró Político del partido, les señalaron la conveniencia de cesar la lucha en Madrid y de preparar al partido para la evacuación y su paso a la clandestinidad, lo que podía ser interpretado como una desautorización de la dirección madrileña del partido (encabezada por Isidoro Diéguez). Además, casi al mismo tiempo se presentó también en Villa Eloísa el coronel Ortega con una oferta de Casado para un cese el fuego y la apertura de negociaciones que entraría en vigor a las ocho de la mañana del día siguiente.[313]

En la mañana del jueves 9 de marzo un representante comunista acompañado por el coronel Ortega se entrevistó con Casado en el Ministerio de Hacienda, donde nada más llegar se enteró de la huida de la flota republicana en dirección a Bizerta (en el Protectorado francés de Túnez), pero no consiguieron llegar a ningún acuerdo, por lo que los enfrentamientos continuaron, aunque ahora la iniciativa y la moral de victoria habían pasado al campo «casadista» —en la tarde del 10 de marzo el general Matallana, tras afirmar que «su conducta estaba limpia», hacía un llamamiento desde Unión Radio «por España, por la República» para que cesaran las «luchas intestinas»: «no más catástrofes, volved todos a vuestros puestos de combate»—.[314][315] Los «casadistas» contaron además con la «pasividad» del Ejército franquista que no atacó a las unidades del Ejército de Levante y del XVII Cuerpo de Reserva cuando cruzaron el puente de Arganda, enfilado por su artillería, en su marcha hacia Madrid desde el este para acabar con el contragolpe comunista (para Franco «merecía la pena esperar el [triunfo del] golpe de Casado, ya que ahorraría el coste de una ofensiva final contra la zona centro-sur», ha comentado Paul Preston, con quien coinciden Ángel Bahamonde y Javier Cervera).[316][317]

Edificio de los Nuevos Ministerios en Madrid, último foco de resistencia comunista durante la «pequeña guerra civil».

El 11 de marzo varias brigadas del IV Cuerpo de Ejército comandadas por el anarquista Liberino González lanzaron una ofensiva en la capital que tras duros combates obligó a los comunistas a replegar sus unidades a sus puntos de origen en la sierra, El Pardo y la Casa de Campo, para lo que tuvieron que reconquistar Fuencarral, que había sido ocupada por las fuerzas del IV Ejército. Los pequeños grupos de combatientes que quedaron aislados dentro de la ciudad se concentraron en los Nuevos Ministerios, que se convirtió en el último reducto de la resistencia comunista en Madrid.[318] A las 19:45 horas de ese día los agentes franquistas comunicaban a Burgos: «Casado y Matallana... aseguran tener dominada situación y que después harán lo que Franco quiera emocionados caballerosidad nacional no aceptar rendición brigada y no ocupar trincheras abandonadas».[319] En la noche del día siguiente, 12 de marzo, a través de la mediación del coronel Ortega Gutiérrez, jefe del III Cuerpo de Ejército, se alcanzó un acuerdo para poner fin a los combates: que no hubiera represalias, que hubiera canje de prisioneros y que los mandos continuaran en sus puestos.[320] Inmediatamente el Partido Comunista emitió la «Orden de cese el fuego y la resistencia contra los partidarios del Consejo de Defensa Nacional». «La última guerra intestina dentro de la guerra civil ha terminado», comenta Gutmaro Gómez Bravo.[321]

Sin embargo, el coronel Casado no respetó el acuerdo —en realidad el Consejo de Defensa Nacional había cursado órdenes a los gobernadores civiles y militares para que detuvieran a los «comunistas significados» de sus zonas, incluidos alcaldes y concejales del PCE, al mismo tiempo que se liberaban derechistas y «quintacolumnistas»—[322] alegando que los comunistas habían asesinado en los montes de El Pardo a tres coroneles de su Estado Mayor (Joaquín Otero Ferrer, José Pérez Gazzolo y Arnoldo Fernández), a los que «se les había dado el paseo», aunque al parecer «su muerte se debió a una acción aislada, no ejecutada bajo órdenes precisas y desarrollada en un ambiente de desesperación en los últimos momentos de los enfrentamientos por los rumores que llegaban a El Pardo de ajustes de cuentas en las calles de Madrid», han comentado Ángel Bahamonde y Javier Cervera.[323] La primera víctima de Casado fue el coronel Luis Barceló Jover, jefe del I Cuerpo de Ejército, que fue sometido a un consejo de guerra por «rebelión militar» y fusilado,[324] aunque al principio se negó a encabezar el contragolpe «y solo bajo fuertes presiones acabó por adherirse, aunque de una forma más nominal que efectiva», han comentado Bahamonde y Cervera.[325] Otro de los ejecutados fue José Conesa Arteaga, un comisario político comunista acusado de haber ordenado la ejecución de socialistas capturados durante el ataque a la sede de la Agrupación Socialista Madrileña. El teniente coronel Emilio Bueno, jefe del II Cuerpo de Ejército, también fue condenado a la pena de muerte, pero le fue conmutada por teinta años de prisión.[326] El resto de dirigentes comunistas, excepto Isidoro Diéguez y Jacinto Barrios, que se escondieron, y de jefes militares que habían apoyado la resistencia al golpe de Casado también fueron detenidos, no se les llegaría a juzgar por falta de tiempo, por lo que se encontraban en la cárcel cuando Madrid fue ocupada por las tropas de Franco. Serían sometidos a consejos de guerra por los franquistas y la mayoría fusilados.[325][327]

Palacio Episcopal de Ciudad Real, que durante la guerra civil fue incautado por el PCE para albergar la sede su Comité Provincial. Allí se atrincheraron los comunistas locales para resistir al golpe de Casado.

Eso mismo sucedió en otros lugares como Almería, Córdoba, Granada, Jaén, Guadalajara y Alcalá de Henares[322][328] y especialmente en aquellos en que se había producido algún conato de resistencia comunista como Cuenca y Ciudad Real —en esta última localidad un centenar de comunistas armados, hombres y mujeres, se habían hecho fuertes en el «Palacio Rojo», el Palacio Episcopal incautado por el PCE para albergar la sede de su Comité Provincial, donde resistieron el asedio de las fuerzas «casadistas» hasta el 11 de marzo; fueron detenidos y continuaban en la cárcel cuando llegaron las tropas franquistas, «muchos de los cuales fueron fusilados meses después», según el testimonio de uno de los supervivientes—.[329] Como escribió en una carta el dirigente comunista Santiago Carrillo desde su exilio en París una vez terminada la guerra el «Consejo de la Traición», como algunos habían denominado al Consejo Nacional de Defensa, había dejado en la cárcel a «valerosos revolucionarios» «para que Franco no tenga que tomarse la molestia de buscarles».[330]

Quien no siguió el ejemplo de Casado ni las directrices del Consejo Nacional de Defensa sobre la detención de los «comunistas significados» fue el general Leopoldo Menéndez López, jefe del Ejército de Levante, en Valencia, la segunda ciudad en importancia de lo que quedaba de zona republicana y donde se vivía una situación parecida a la de Madrid: una ciudad sitiada al tener el frente a menos de treinta kilómetros de distancia y donde la Quinta Columna franquista estaba muy bien organizada. Pero el general Menéndez no compartía el visceral anticomunismo de Casado y a diferencia de este pensaba que tras la consolidación del golpe había que reincorporar a los comunistas al Frente Popular, porque estaba convencido de que la unidad del Ejército y del Frente Popular eran condiciones imprescindibles para lograr una «paz honrosa» con el enemigo. Por eso primero actuó rápidamente para que el XXII Cuerpo de Ejército, que era la unidad del Ejército de Levante más fiel a los comunistas, mantuviera una actitud pasiva ante el golpe. Y luego adoptó una actitud prudente y conciliadora respecto de los comunistas, que cuando llegaron las noticias en la tarde del 6 de marzo y en la mañana del 7 de que el gobierno Negrín y la dirección del PCE habían abandonado España, desistieron de emprender ninguna acción en contra del Consejo Nacional de Defensa de Casado. En un manifiesto que no llegó a publicarse (porque la policía había ocupado la imprenta del partido y el periódico comunista Verdad no pudo salir a la calle) se decía: «No estamos contra la Junta, sino contra la política de la Junta».[331]

La actitud de los comunistas valencianos facilitó la labor de conciliación del general Menéndez, que, a cambio de la aceptación del nuevo poder por estos, puso en libertad a los dirigentes y militantes detenidos, repuso en sus puestos a los mandos militares de filiación comunista, permitió a los comunistas reabrir sus sedes, incluida la del Comité Provincial, que se encontraba en la plaza Roja —actual plaza de Tetuán—, y volver a editar el diario Verdad, y todo ello a pesar de la oposición a estas medidas de la CNT y del sector «caballerista» del PSOE y la UGT. Para esta tarea de restauración de la unidad del Frente Popular el general Menéndez pudo contar con el exministro Julio Just y con el doctor Juan Peset Aleixandre, exrector de la Universidad de Valencia y diputado a Cortes por Izquierda Republicana, que consiguieron que los partidos republicanos aceptaran la vuelta de los comunistas al Frente Popular, y con José Rodríguez Vega, secretario general de UGT, que consiguió que reingresaran en el sindicato, del que habían sido expulsados por el sector socialista «caballerista». Para el restablecimiento de la unidad del Ejército de Levante Menéndez contó con la inestimable colaboración de los coroneles Juan Ibarrola y Federico de La Iglesia.[331]

No hay acuerdo entre los historiadores sobre el número de víctimas mortales de la «pequeña guerra civil» de Madrid.[332] Julián Casanova asegura que fueron casi 2000 combatientes de ambos bandos los que murieron,[333] cifra con la que coinciden Ángel Bahamonde y Javier Cervera Gil.[323][nota 14] José Manuel Martínez Bande rebaja el número de muertos a 233 y 564 heridos.[335] En 2012, Manuel Aguilera en su libro Compañeros y camaradas dio la cifra de 243 muertos basándose en el registro civil de Madrid.[336] En un libro reciente (2026) Gutmaro Gómez Bravo dio por válidos los datos de Martínez Bande (233 muertos y 564 heridos).[337] En cuanto a los apresados en los combates Casado afirmó en la primera versión de sus memorias (publicadas en 1939) que habían sido 30 000 comunistas, mientras que en las segundas (publicadas en 1968) redujo la cifra a la mitad.[332] Por otro lado unos 14 000 soldados republicanos se han pasado a las filas franquistas durante esos días, lo que plantea un problema al Ejército del Centro que no tiene efectivos para interrogar a tantos «presentados» ni infraestructuras para albergarlos y así lo comunica al Cuartel General de Burgos para que se proceda «a su más rápida evacuación abreviando trámites en los frentes de combate».[338]

El 13 de marzo el diario «casadista» Heraldo de Madrid justificó el golpe de Casado y sacó las consecuencias de la victoria sobre los comunistas:[339]

¿Cuál era el fin primordial -en apariencia al menos- del eje Roma-Berlín? Extirpar la planta comunista del suelo europeo. ¿Qué motivo han invocado Italia y Alemania para su intervención en la guerra de España? Impedir la aclimatación de esa planta en nuestra tierra. Ahora bien: la República española se ha adelantado por sí misma, sin auxilio alguno a este afán. ¿Cómo, pues, podrán, en lo sucesivo, justificar las potencias totalitarias en [sic] una lucha que a nosotros solamente afecta? No leguemos a los que han de suceder a la nuestra, tan atormentada, el solo recuerdo de nuestra gran tragedia. Pongamos a ésta el epílogo de una paz española...

El historiador Paul Preston hace el siguiente balance de la derrota de los comunistas:[340]

El golpe y la eliminación de los comunistas habían descartado la baza más poderosa que le quedaba a la República de cara a una negociación: la amenaza de una resistencia numantina desesperada. Negrín había percibido el valor de esa amenaza; Casado, no. De hecho, al derrotar a los comunistas, este último había dado a Franco otro motivo para no precisar negociación alguna.

Una valoración que comparte Ángel Bahamonde Magro:[341]

Tras la violenta confrontación interna, la España republicana había quedado inerme. Insistimos: la hipótesis de cualquier forma de resistencia se tornó en algo ilusorio e irreal, más que por las pérdidas en hombres y material, por la enorme desmoralización que cundió en todas partes. La sublevación de Casado había provocado un desgarro interno sin paliativos.
Desbancados, neutralizados, marginados o, sencillamente, derrotados los comunistas desde el 12 de marzo, Casado ostenta en sus manos el poder de la zona republicana; al menos aparentemente, porque la realidad nos conduce hacia un poder tutelado por el SIPM y la quinta columna al servicio de Franco.

Consecuencias: el desplome de la República

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Las «negociaciones» con el Generalísimo Franco

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Los que habían apoyado el golpe de Casado confiaban ingenuamente en que la desaparición de Negrín y los comunistas haría posible alcanzar una «paz honorable» con el enemigo.[342] De estas expectativas ilusorias sobre el resultado de las «negociaciones» con el Generalísimo Franco es buena muestra lo que le comentó el 11 de marzo Julián Besteiro al gobernador civil de Murcia, el también socialista Eustaquio Cañas:[343][344][345]

Mire usted, Cañas, los hombres que tenemos una responsabilidad, sobre todo en la organización sindical, no podemos abandonar ésta. Tengo la seguridad de que casi nada va a ocurrir. Esperemos los acontecimientos, y quizás podamos reconstruir una UGT, de carácter más moderado; algo así como las Trade-Unions inglesas. Quédese usted en su puesto de gobernador, que todo se arreglará, yo se lo aseguro.

Cañas, mucho más realista, se sorprendió de lo que le dijo Besteiro y escribió tras la entrevista, en la que lo había encontrado con «un aspecto cadavérico»: «¿Quién ha podido engañarle, y con qué promesas, para que así ignore lo que va a pasar aquí?».[346] Cañas partió al exilio.[347]

Una vez sofocada completamente la resistencia comunista en Madrid, el Coronel Casado, convencido de que «Franco admitiría una negociación poco menos que entre iguales»,[348] comunicó el 12 de marzo al gobierno de Burgos a través de la «Quinta Columna» que él mismo y el general Matallana se proponían acudir a la capital de la «España Nacional» para negociar los términos de la paz partiendo de las llamadas Normas para la rendición del 6 de febrero, que Casado denominaba «Concesiones del Generalísimo».[349][350] El día anterior había hecho llegar al «Gobierno nacionalista» un documento secreto titulado Bases que formula el Consejo Nacional de Defensa para Burgos que constaba de nueve puntos (y un preámbulo en el que vinculaba la consecución de una «paz honrosa» al haber sofocado la «subversión comunista»):[351][352]

  1. Afirmación categórica y terminante de la soberanía e integridad nacional. Consideramos al Gobierno nacionalista tan interesado como nosotros en esta afirmación de este principio. No obstante, creemos necesaria la aportación de garantías para llevar al ánimo de todos, propios y extraños, la seguridad de la realidad de esta afirmación.
  2. Seguridad de que los elementos civiles y militares que han tomado parte honrada y limpiamente, con entusiasmo y lealtad en esta lucha tan despiadada y cruel, se les tratará con el máximo respeto a sus personas e intereses.
  3. Garantía de que no se ejercerán represalias y de que no se impondrán sanciones sino en virtud de sentencias dictadas por los tribunales competentes, ante lo que se exigirá toda clase de pruebas. Para evitar equívocos convendrá dividir de una manera clara y taxativa los delitos políticos y los delitos comunes.
  4. Respeto a la vida, libertad y empleo de los militares profesionales que no hayan cometido delito común.
  5. Respeto a la vida y libertad de los militares, milicias y comisarios que no hayan delinquido criminalmente.
  6. Respeto a la vida, libertad e intereses de los funcionarios públicos en iguales condiciones que los anteriores.
  7. Concesión de un plazo mínimo de 25 días para la evacuación de cuantas personas quieran del territorio nacional.
  8. En la zona en litigio, que no hagan acto de presencia tropas italianas y moras.
  9. El Consejo aprueba este proyecto y quedan designados para presentarlo al adversario el Consejero de Defensa y General jefe del Grupo de Ejércitos.

Según Paul Preston, estas condiciones de paz propuestas por el Consejo Nacional de Defensa «eran a un tiempo indicativas de las exigencias de los anarquistas del Consejo y de la exagerada sensación que tenía Casado de estar lidiando con un interlocutor más o menos equiparable» (en una carta a Franco Casado le había asegurado que «si se accede a esta petición [que se den facilidades para quienes desearan abandonar España], la entrega se verificará en tales condiciones que no exista precedente en la historia y que sería el asombro del mundo»).[353] Según Gutmaro Gómez Bravo, «es la primera vez que los republicanos puntualizan las Instrucciones para la rendición que les había hecho llegar Franco. Nada más terminar los combates por Madrid y una vez sumados los comunistas a la "paz honrosa", el Consejo de Defensa intenta comenzar una negociación secreta para poner fin a la guerra. Pretenden obtener, como todos hasta el momento, unas garantías por escrito, algunas ya conocidas: una paz sin represalias, protección a sus bienes y familias, mantenimiento de los puestos de trabajo y, sobre todo, una amplia amnistía, a través de la separación de delitos políticos y comunes». Pero, como ha señalado también Gómez Bravo, «Burgos acusa recibo del mensaje, pero nada más. No los reconocen ni a ellos ni a su legalidad».[354]

Adolf Hitler en el castillo de Praga el día 15 de marzo de 1939 en que se produjo la ocupación alemana de Checoslovaquia, incumpliendo así los acuerdos de Munich de seis meses antes. Franco le envía un telegrama de felicitación al Führer que este contesta «agradecido» (en ese momento la negociación de la incorporación de la «España Nacional» al pacto Antikomintern está muy avanzada; se anunciará el mismo día en que las tropas franquistas entran en Madrid).

El 14 de marzo por la tarde Unión Radio Valencia emite un discurso de Casado en el que explica (sin mencionar el documento de Bases enviado a Burgos, que continúa siendo secreto) que el propósito del Consejo Nacional de Defensa es «establecer una paz honrosa que es lo que desea el pueblo, esperando que no haya represalias, manteniéndose intacta la integridad de la soberanía nacional y las posibilidades de convivencia de todos españoles, facilitando la salida de España a todos lo que lo deseen». Al día siguiente toda la prensa republicana reproduce el discurso y la reacción del gobierno de Burgos es inmediata. Siguiendo las indicaciones de Franco, el coronel Ungría, jefe del SIPM, ordena a sus agentes en Madrid que «se le haga saber [a Casado] que no cabe otra solución que la rendición sin condiciones, no estando dispuesta la España nacional se haga política a su costa».[355] Ese mismo día 15 de marzo la Alemania nazi ocupa Checoslavaquia, incumpliendo así los acuerdos de Múnich del 30 de septiembre del año anterior. Franco le envía un telegrama de felicitación al Führer que este contesta «agradecido» (en ese momento la negociación de la incorporación de la «España Nacional» al pacto Antikomintern está muy avanzada; se anunciará el mismo día en que las tropas franquistas entran en Madrid). Por su parte el gobierno británico pone fin a su política de apaciguamiento y amenaza con la guerra si Hitler invade Polonia.[356]

Casado se había trasladado a Valencia para pedirle al cónsul británico en la ciudad Abbington Gooden que solicitara a su gobierno que la Royal Navy participara en un plan para evacuar a unas diez mil personas.[350] Gooden le contestó tras consultarlo con Londres que la evacuación no sería posible si no se contaba con el consentimiento del «gobierno de España», es decir, de Franco. Así lo había manifestado el 8 de marzo el primer ministro Neville Chamberlain ante la Cámara de los Comunes.[357] La respuesta de Franco, recibida en el Foreign Office el 15 de marzo, fue contundente: que «el general Franco no estaba dispuesto a aceptar la evacuación de un solo rojo en los barcos de la Royal Navy». Por otro lado, Gooden informó a su gobierno de que el Consejo Nacional de Defensa debería haber estado «seguro de que disponía de los medios necesarios para tales evacuaciones» y «sin embargo... los preparativos del Consejo en este sentido era un ejemplo flagrante de vaguedad, confusión, vacilación e incapacidad para decir no a las innumerables peticiones de ayuda para salir del país».[358][359] Quien sí estaba realizando gestiones para la evacuación era Negrín desde París. Había contratado barcos mercantes franceses para que acudieran a los puertos de Valencia y de Alicante y transportaran a los refugiados a puertos de Argelia y Túnez, pero, como le dijo a Indalecio Prieto en una carta, «al final, el bloqueo faccioso imposibilitó la salida de nuestros pobres compatriotas», si bien «los pocos fugitivos escapados del Centro salieron, en su mayoría, en barcos nuestros».[360]

Mientras se esperaba la respuesta de Franco, que se estaba tomando su tiempo,[361] Julián Besteiro —que había distribuido un documento de orientación a la prensa «ciegamente anticomunista e implícitamente profranquista», según Preston—[362][nota 15] se dirigió por radio a la población de la zona centro-sur el 18 de marzo a las 11 de la noche para explicar lo que había hecho hasta entonces el Consejo Nacional de Defensa y para leer el comunicado que había enviado al «Gobierno Nacionalista» de Burgos («No era la primera vez que [Besteiro] hablaba públicamente de derrota y rendición, pero nunca lo había hecho con tanta contundencia y claridad. Besteiro explica a la población los términos de las conversaciones que los militares mantenían en secreto», comenta Gutmaro Gómez Bravo):[364][365]

La necesidad de sofocar el pasado levantamiento comunista y los cuidados conducentes a prevenir la repetición de semejantes contingencias no ha hecho olvidar un momento al Consejo Nacional de Defensa, lo que constituye su misión y la verdadera razón de su existencia. [...] Es además nuestro deseo tener a la opinión debidamente informada del proceso de nuestra actuación para el logro de esa anhelada finalidad. En prueba de ello queremos poner en vuestro conocimiento los términos exactos de la comunicación que el Consejo de Defensa dirige al Gobierno Nacionalista [...] ese comunicado dice así: "Consejo Nacional de Defensa a Gobierno Nacionalista.- Ha llegado el momento de que este Consejo Nacional de Defensa se dedique por completo a su misión fundamental y, en consecuencia, se dirige a ese Gobierno para hacerle presente que estamos dispuestos a llevar a efecto negociaciones que nos aseguren una paz honrosa y que al mismo tiempo puedan evitar estériles efusiones de sangre. Esperamos su decisión".

Pero al día siguiente, 19 de marzo, llegó la respuesta del Generalísimo Franco, en la que decía que no estaba dispuesto a que acudieran a Burgos los mandos superiores enemigos (nada, pues, de un trato de igual a igual) y además le insistía a Casado en que solo aceptaba la rendición sin condiciones (nada, pues, de una «paz honrosa», ni mucho menos de un hipotético «abrazo de Vergara»). De lo contrario pondría en marcha la ofensiva final.[366][357] En su emisión matinal del día 20 Radio Nacional deja las cosas claras:[356]

No se puede hablar más que de una paz victoriosa. Dios decretó la absoluta derrota de los rojos. Nuestros soldados llevarán con las armas en la mano la única paz, la paz militar y victoriosa hasta el último rincón de España. Es la única manera de que no haya más guerra en España, es la única solución.

Como ha señalado Ángel Bahamonde Magro se había producido un cambio en el discurso de Franco. «Durante todo el mes de febrero había girado en torno a las concesiones... El 12 de marzo este discurso ya estaba agotado, porque había cumplido sus objetivos. A partir de esta fecha, Franco descubre sus cartas. Aparcó definitivamente las concesiones y enhebró otro relato, cuyo núcleo ya estaba presente desde muchos meses atrás: la rendición incondicional e inclemente, conociendo de antemano que las posibilidades de resistencia republicana habían quedado anuladas. Las transformación del discurso marchaba en paralelo al cambio de estrategia. Ahora Franco se disponía a presionar sobre los restos republicanos, con la amenaza de la ofensiva final».[367]

Ante la rotunda negativa de Franco, Casado aceptó «la rendición según la fórmula propuesta» (abandonando completamente las exigencias del documento de Bases del día 11)[368] y aseguró que solo deseaba que el gobierno de Burgos le aclarara algunos puntos de las Normas para la rendición (que Casado llamaba «concesiones del Generalísimo»). También renunció a no ser él mismo, ni el general Matallana, sino dos subordinados suyos, el teniente coronel Antonio Garijo Hernández, en contacto directo con la «Quinta Columna» desde hacía meses,[369] y el comandante Leopoldo Ortega Nieto, los que acudieran a Burgos no para negociar, sino para «tratar la entrega de la zona a cargo del Consejo». Y para mostrar su buena voluntad Casado tomó medidas como suprimir la estrella de cinco puntas del uniforme del Ejército Popular Republicano o como disolver el servicio secreto republicano, el SIM.[370] También desmovilizó las últimas quintas, desmanteló toda la estructura del gobierno de Negrín y sustituyó a los gobernadores provinciales civiles y militares nombrados por éste. Además se readmitieron los empleados públicos depurados (muchos de ellos integrantes de la «Quinta Columna») y se liberaron muchos presos civiles y militares de derechas. Entre ellos Manuel Valdés Larrañaga, que dirigía la Falange clandestina madrileña.[371]

El día 21 el cónsul británico en Valencia, Goodden, informaba a Londres que el coronel Casado se mostraba pesimista sobre las «negociaciones de paz», por lo que Goodden instaba a su gobierno a que presionara a Franco, pero la contestación que recibió fue que no tenía intención de intervenir en ningún caso.[372] Ese mismo día la aviación franquista bombardeaba Ocaña y los hospitales de Aranjuez y de Valencia, causando más de cincuenta víctimas mortales civiles. Y a las doce de la noche Franco ordenaba a los Ejércitos del Centro, de Levante y del Sur que se prepararan «para intervenir en la batalla para liberación definitiva de España».[373]

Mientras tanto, en las filas anarquistas, que con tanto entusiasmo habían apoyado a Casado y cuyas unidades militares habían sido decisivas para el triunfo del golpe, se empezaba a cuestionar la política de Casado porque entendían que una «paz honrosa» no equivalía a una rendición incondicional. El 15 de marzo Juan López Sánchez, recién nombrado secretario general del Movimiento Libertario Español (que agrupaba a la CNT, la FAI y las Juventudes Libertarias), hizo un discurso en Unión Radio de Madrid en este sentido:[374]

Si estamos dispuestos para la paz, también lo estamos para la guerra. Guerra implacable. Guerra de exterminio. Es decir, supremo esfuerzo heroico capaz de poner digno colofón a tanto heroísmo y tanta sangre derramada. Si tenemos la nobleza de proclamar nuestras intenciones de paz, es porque no nos falta el temple de acero que impondría una resistencia definitiva si nuestros enemigos quieren cometer la locura y el desatino de entrar en el terreno que conserva la República española enarbolando la espada de la conquista. A ese precio, ni habrá paz, ni acuerdo de ninguna clase.

Una semana después, el 22 de marzo, el Comité Ejecutivo del Movimiento Libertario Español lanzó un manifiesto advirtiendo que había que «continuar la guerra hasta ganar la paz» (aceptando así implícitamente la política de Negrín).[375] Al mismo tiempo el Comité, que se había formado inicialmente para apoyar a Casado con vistas a «organizar la resistencia para conseguir la libertad y la independencia de nuestra patria», fue convirtiéndose «en un servicio de preparación para la evacuación y el paso a la clandestinidad», han señalado Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez.[376] El manifiesto, con cuyo contenido Negrín no habría discrepado, según Preston, decía entre otras cosas lo siguiente:[377]

Nuestra paz tiene condiciones; que no será el cobarde "sálvese quien pueda" donde los que tienen medios de escapar echan a correr traicionando a sus compañeros y entregándolos a merced del enemigo, sino una situación decorosa que permita salir de España a todos los que quieran y asegure a los que se queden contra todo intento de represalias, crímenes y exterminios. Sin la aceptación de estas condiciones y aquellas otras que aseguren la independencia de nuestro país, no habrá paz.
El Generalísimo Franco a la salida de un acto religioso celebrado en Burgos. A izquierda, también brazo en alto, el obispo Manuel de Castro Alonso.

En la mañana del 23 de marzo tuvo lugar en el aeródromo de Gamonal, cercano a Burgos, el encuentro entre los dos enviados de Casado, el teniente coronel Antonio Garijo y el comandante Leopoldo Ortega (acompañados de tres agentes del SIPM madrileños),[378] y los representantes de Franco (cuatro militares encabezados por el coronel de Estado Mayor, Luis Gonzalo Victoria, a quien acompañaban el coronel José Ungría, jefe del SIPM, el servicio de inteligencia militar franquista, y los comandantes Carmelo Medrano y Eduardo Rodríguez Madariaga).[379][380][381][382] Ante la pretensión del teniente coronel Garijo de discutir el escrito redactado por el Consejo Nacional de Defensa con el título «temas a tratar» que incluía una serie de propuestas sobre la evacuación de personas y la entrega del Ejército Popular por zonas, el coronel franquista Luis Gonzalo Victoria le dijo tajantemente que «venían en representación de un ejército vencido» y que lo que tenían que hacer era cumplir las diez Normas para la rendición del Ejército enemigo y ocupación de su territorio que había elaborado el Cuartel General del Generalísimo y que le acababa de presentar (que incluían la entrega de las fuerzas aéreas republicanas dos días después y la deposición de las armas por el Ejército al cabo de cuatro días).[383][380][384][nota 16] Como ha señalado Paul Preston, «se dejó claro que Franco se negaba a firmar cualquier documento que pudiera dar la impresión de que la guerra había terminado a consecuencia de algún pacto o compromiso entre ambos bandos».[380] Una apreciación compartida por Gutmaro Gómez Bravo.[386]

Garijo pretendió entonces que se le aclararan algunos puntos de las Normas para la rendición del 6 de febrero (las «concesiones del Generalísimo»), en concreto el relativo a la situación judicial de «aquellos que no hubieran cometido crímenes y depusieran sus armas», pero el coronel Gonzalo Victoria le contestó que su poder se reducía a entregarles el documento del Cuartel General y nada más. Garijo insistió y se produjo una discusión entre los presentes. Después de la comida los representantes franquistas, que seguramente habían consultado con Franco, les comunicaron a los dos representantes republicanos, muy vagamente, que todo sería «favorable en sentido de clemencia», pero no les entregaron ninguna garantía por escrito. Inmediatamente el teniente coronel Garijo y el comandante Ortega regresaron a Madrid e informaron de la reunión a las once de la noche al Consejo Nacional de Defensa, cuyo cuartel general se encontraba en los sótanos del Ministerio de Hacienda, haciéndoles entrega de las diez Normas para la rendición del ejército enemigo y ocupación de su territorio.[383][387][388] Como ha indicado Gómez Bravo, estas Normas «rompían la estrategia de demora que habían planteado los republicanos. Imponían una ocupación y una rendición rápida para terminar en cuestión de pocos días lo que aquellos trataban de prolongar un mes, pero, por encima de todo, suponían el control y el bloqueo de los puertos mediterráneos, impidiendo, por tanto, la ansiada evacuación fuera de España».[389] «En suma, el lenguaje ambiguo de las concesiones se transformó en letra muerta. No existiría ninguna clase de garantías verbales, ni por escrito», ha señalado Ángel Bahamonde Magro.[390]

Dos días después, el sábado 25 de marzo, tenía lugar una segunda reunión en el aeródromo de Gamonal.[381] El teniente coronel Garijo volvió a pedir que se diera carácter oficial a las «concesiones del Generalísimo» mediante un documento firmado por «persona que designasen las Autoridades Nacionales» con el fin de que «el pueblo siga ofreciéndonos su confianza incondicional en toda esta zona» y garantizar así que «la entrega del territorio se hará en condiciones insospechadas, con un orden y una organización perfecta». Además, Garijo insistió en la entrega del ejército republicano por zonas y a ritmo lento (la entrega de la aviación, por ejemplo, fijada para ese mismo día 25 en las diez «Normas para la rendición del ejército enemigo y ocupación de su territorio» se posponía para el día 28). El coronel Gonzalo contactó entonces por teléfono con el cuartel general del Generalísimo y la orden que recibió fue que los representantes franquistas dieran por concluida la reunión porque lo único que pretendían los emisarios de Madrid era «prolongar las conversaciones».[391][392][393] Antes de marcharse Garijo y Ortega Nieto entregaron una carta personal del coronel Casado dirigida a «Su Excelencia el Generalísimo» en la que la que justificaba sus actos («Me aventuré a ofrecer lo que creía que podía conseguir. Evacuación de responsabilizados a cambio de hacer una entrega pacífica presidida por la cordialidad y con la garantía de no restar al gobierno nacional nada de lo que existe en esta zona») y le trasladaba su preocupación de que «desahuciado el Consejo de Defensa, se creara un estado caótico [en la zona centro-sur] que retrasaría extraordinariamente la obra de reconstrucción de España». También le escribió: «Es probable que defraudadas las esperanzas, la asistencia que hasta hoy me presta el pueblo, se convierta, no más tarde de mañana, en un odio muy acusado por creerme traidor a sus deseos, dando la razón a los comunistas que mantenían la criminal consigna de resistir». No hubo respuesta. [394][395][396]

El Consejo Nacional de Defensa, cuando recibió el informe de la segunda reunión de Gamonal, se dispuso a cumplir rápidamente las diez Normas para evitar la temida ofensiva de las fuerzas de Franco y enseguida dio la orden para la entrega inmediata de la aviación republicana a los franquistas, pero la comunicación llegó tarde porque el Generalísimo Franco ya había dado la orden en la madrugada del día 26 de que se iniciara la ofensiva general en todos los frentes, lo que significaba que había dado por concluidas las «negociaciones» con Casado y el Consejo Nacional de Defensa. En un último intento desesperado para detener la ofensiva (en el Frente del Sur los franquistas ya estaban avanzando hacia Pozoblanco y Ocaña) el Consejo Nacional de Defensa envió a las 9:15 horas el siguiente mensaje a Burgos:[397][398][399]

Consejo Nacional de Defensa a Gobierno Nacionalista [sic].- Este Consejo, que ha puesto de su parte todo lo humanamente posible en beneficio de la paz, con asistencia incondicional del pueblo, reitera a ese Gobierno que la reacción que pueda producir la ofensiva constituye su preocupación fundamental y espera que, para evitar daños irreparables producidos por la sorpresa, permita la evacuación de las personas responsabilizadas - De otro modo, es deber ineludible del Consejo oponer resistencia al avance de esas fuerzas.

La respuesta del Cuartel General de Burgos es negativa y solo les indica que cumplan con las Normas de entrega:[400]

Ante inminencia del movimiento de avance varios puntos de los frentes en algunos de ellos imposible ya de aplazar, aconseja que fuerzas rojas en línea ante preparaciones de artillería o aviación saquen banderas blancas, aprovechando la breve pausa que se hará para enviar rehenes con igual bandera objeto de entregarse, ulizando, en todo lo posible instrucciones dadas para entrega espontánea.

A las tres de la tarde el Consejo Nacional de Defensa enviaba un nuevo mensaje: «Mañana lunes se entregará aviación. Rogamos fijen hora. Imposible hoy por servidumbres técnicas». Media hora hora después llegaba la respuesta a través de Radio Nacional (retransmitía las Instrucciones del 6 de febrero):[401]

A los españoles de la España roja.
Habéis perdido la guerra y se impone la paz. La España nacional mantiene cuantos ofrecimientos por medio de radio, proclamas, prensa, ha hecho y será generosa por cuantos sin haber cometido crímenes hayan sido arrastrados a la lucha. El haber militado en partidos contrarios a la política nacionalista será causa para persecución ninguna. Para los delitos cometidos entenderán los tribunales de Justicia. Ante la Patria toda rendición es honrosa y locura es derramar sangre estéril. No espera movimientos generales de entrega. Ha transcurrido tiempo suficiente para que se hubiera producido y su retraso se hace incompatible con las necesidades de la guerra y la conveniencia de la Patria. Si queréis evitar males mayores y salvar a vuestros soldados de una catástrofe segura levantad bandera blanca, que aquí forjamos una España grande y justa para todos los españoles.

Al seguir sin obtener ninguna garantía por escrito el Consejo decide interrumpir el intercambio de telegramas y, como recomienda Julián Besteiro, dirigirse a la población por radio para explicar la situación y justificar su actuación. A las 21:15 h. de ese domingo 26 de marzo José del Río, secretario del Consejo, informa de la existencia de unas «negociaciones» con el «gobierno nacionalista» y de que han sido rotas por este. «El Consejo no sale de su asombro ante el hecho consumado y no acierta a comprender cuáles son los propósitos del gobierno nacional, al que se le han dado cuantas facilidades fueron necesarias para entregarle la zona republicana en las mejores condiciones», dice justificándose. A continuación asegura que a su propuesta el gobierno de Burgos ha respondido con las «concesiones del Generalísimo», que lee a continuación introduciendo algunas modificaciones (como la supresión de las tres frases iniciales: «Tenéis la guerra totalmente perdida. Es criminal toda prolongación de la resistencia. La ESPAÑA NACIONAL exige la rendición») y ocultando que las «concesiones» ya estaban en poder de los «casadistas» un mes antes del golpe.[402]

Tras José del Río intervienen representantes del PSOE, de la UGT y de la CNT pidiendo a sus militantes respectivos que mantengan la «serenidad» y la «confianza en el Consejo» y que sigan «en su puesto o en su lugar de trabajo». Cerró la emisión el coronel Casado dirigiéndose a «todos los españoles» reiterando «nuestra promesa de paz en nombre de todos los españoles de esta zona». Acabó con un «¡Viva España!».[403] Con estos mensajes el Consejo intenta frenar el éxodo hacia los puertos del Mediterráneo que desde hace días colapsa las carreteras pero, como ha señalado Gómez Bravo, «el impacto de la revelación de las negociaciones y de su ruptura en un mismo mensaje de radio fue devastador. La población pasó de creer en unas garantías firmes a no tener nada; de tener la paz en la mano pasaron, de repente, a escuchar un lenguaje amenazante, que no se parecía en nada a lo que habían escuchado o leído hasta el momento».[404] «Los miembros del Consejo de Defensa saben que los puertos mediterráneos van a ser controlados por las tropas nacionales, pero no lo dicen por radio», añade Gómez Bravo.[405]

Así pues, consumado el golpe, el general Franco no solo se había negado a aceptar un nuevo «abrazo de Vergara», como el general Mola también lo había rechazado en la madrugada del 17 al 18 de julio de 1936, sino que no había concedido a Casado ninguna de las peticiones presentadas por sus emisarios. Debían acogerse «al espíritu de generosidad de los vencedores [que] constituía la mejor garantía para los vencidos», ha indicado Santos Juliá.[406] Como señaló el cónsul británico en Valencia, Goodden, en un mensaje enviado a su gobierno el día 27, el Consejo Nacional de Defensa «había fracasado en obtener la paz honorable que había prometido a sus partidarios». Goodden añadía a continuación en su mensaje que había «escepticismo sobre las garantías que el General Franco mostrará a aquellos que no hayan cometido crímenes».[407]

El mismo día 26 de marzo, Eliseo Gómez Serrano, diputado de Izquierda Republicana por Alicante, escribió (sería detenido el 2 de abril, condenado a muerte por un consejo de guerra sumarísimo por «adhesión a la rebelión militar» y fusilado el 5 de mayo):[408]

El CND ha sido vilmente engañado y con él todos nosotros. No podía esperarse otra cosa del género de enemigo que tenemos enfrente. Al fin, fascistas.

Rendición incondicional

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El domingo 26 de marzo, siguiendo las órdenes cursadas por el Cuartel General del Generalísimo,[409] se inició lo que la propaganda franquita llamó la «ofensiva final» o «de la Victoria» —durante todo el sábado 25 la llevaba anunciando Radio Nacional alternando con marchas militares—[410], que en realidad consistió en la rendición en masa de las tropas republicanas, consumándose así, como ha indicado Gutmaro Gómez Bravo, «una larga operación de inteligencia, dirigida plenamente a la captación, la entrega y la rendición del enemigo desde dentro».[411] El Consejo Nacional de Defensa no solo no dio ninguna orden a los Ejércitos republicanos de resistir sino que les ordenó que ondearan banderas blancas en señal de rendición, como exigían los franquistas.[412]

El Ejército del Sur (integrado por el Cuerpo de Ejército Marroquí, al mando del general Yagüe, y el Cuerpo de Ejército de Andalucía, al mando del general Muñoz Castellanos) avanzó en los frentes de Pozoblanco-Peñarroya (Córdoba)[413] y Ocaña (Toledo) sin encontrar ninguna oposición. Los Ejércitos republicanos de Extremadura y de Andalucía depusieron las armas, mientras que los pueblos se llenaban de banderas blancas ante la inminente llegada de las tropas franquistas. El general Yagüe le ofreció al general Escobar, jefe del Ejército de Extremadura un avión para salir del país, pero este lo rechazó (meses después sería sometido a un consejo de guerra y fusilado).[414] El día 29 el Cuerpo Marroquí de Yagüe ya había alcanzado Ciudad Real y Puertollano; el Cuerpo de Ejército de Andalucía llegaba a Bailén y Linares, mientras que el Cuerpo de Ejército de Córdoba, mandado por el general Borbón, entraba en Jaén, y el de Granada comenzaba el avance por el litoral en dirección a Almería.[410] Así relata Gómez Bravo la rendición del Ejército de Extremadura:[415]

Los mandos republicanos del Ejército de Extremadura ordenan formar a todos sus oficiales... La guerra ha terminado. Cada brigada debe escalonar el descenso hasta el valle del Guadiana para entregarse a las tropas nacionales. La 109, acantonada desde el verano en Talarrubias (Badajoz), tiene que hacerlo una semana más tarde, en un vado del río conocido como La Barca. Un denso humo cubre la plaza del pueblo. Los rostros cansados de los pocos oficiales de uniforme que quedan se iluminan en las hogueras. Hay que quemar toda la documentación, no dejar rastro alguno de ella... Los últimos soldados de la 109, formada con relevos procedentes de Aragón y Cataluña, queman sus uniformes. Dejan las armas antes de cruzar el río y se entregan en columnas al Ejército del Sur. Es la primera vez que observan de cerca a los oficiales franquistas. Van a caballo, hacen más de tres mil prisioneros en un solo día. Tras un registro en el que dicen adiós a sus pocas pertenencias, son conducidos a pie, unos quince kilómetros, de vuelta a las cercanías del pueblo. Se mezclan con otro gran contingente de soldados, que ya están desarmados. Suman más de cinco mil prisioneros, con destino hacia el campo de concentración de Castuera. Allí tan solo queda un pequeño grupo que es conducido a un lugar conocido como el Cortijo de la Boticaria, "en cumplimiento de misiones especiales que no admiten demora". Son más de doscientos hombres de diferentes brigadas clasificados y seleccionados con anterioridad. De nada sirvió que quemaran la documentación. Son identificados como "comisarios políticos, cargos del Frente Popular y desertores del campo nacional".

También el día 26 inició la ofensiva el Ejército del Centro, que tampoco encontró resistencia.[416] En los frentes de Madrid los soldados republicanos habían empezado a abandonar las trincheras. «Los soldados iban llegando al interior de la ciudad, cogían el metro en Cuatro Caminos y se iban a sus casas o se trasladaban al otro lado de Madrid, a Vallecas, para emprender camino hacia el Mediterráneo», han señalado Ángel Bahamonde y Javier Cervera.[417] Y en algunos puntos del frente, como en la Casa de Campo,[418] se produjeron confraternizaciones entre soldados de los dos bandos festejando que, según ellos, la guerra había acabado, y en otros sitios los soldados republicanos se pasaban al bando nacional. Durante la madrugada la «Quinta Columna» de Madrid se hace con el control de la ciudad, «realizando todas aquellas operaciones necesarias para evitar en caso preciso una resistencia que ocasionaría víctimas, y, sobre todo actuaciones a la desesperada», han señalado Bahamonde y Cervera.[419]

A primera hora de la mañana del lunes 27 de marzo el jefe del Ejército del Centro republicano, el coronel Adolfo Prada Vaquero, se entrevistó con el coronel Eduardo Losas del Ejército franquista desplegado en la Ciudad Universitaria y ambos acordaron que la rendición se produciría a las 13:00 horas del día siguiente, martes 28 de marzo.[419] A las 7:00 horas de ese día el coronel Casado y el resto de los miembros del Consejo Nacional de Defensa (excepto Besteiro, Pérez García y San Miguel) abandonaron Madrid, y dos horas después el coronel Prada, el único alto mando que queda en el edificio del Ministerio de Hacienda, sede del Consejo, se dirigió a los soldados del Ejército del Centro y a todos los madrileños (solo le acompaña Besteiro) para comunicarles la rendición incondicional y que «dentro de breves horas cambiará el régimen político de Madrid». Les pide calma y obediencia a sus superiores, «ya que contamos con la promesa de que nada tiene que temer quien no haya cometido delitos comunes». Terminada la emisión la bandera rojigualda es izada en el Ministerio de Hacienda.[420] El contenido completo del discurso de Prada es el siguiente:[420]

Jefes, oficiales, soldados del Ejército del Centro, madrileños. Dentro de breves horas cambiará el régimen político de Madrid. Agotadas todas las posibilidades de resistencia por parte del Ejército del Centro y al objeto de salvaguardar la vida del pueblo de Madrid y evitar el derramamiento inútil de más sangre de este valeroso Ejército, sin beneficio para nadie, nos hemos visto obligados a aceptar las condiciones del enemigo. Entregaremos el mando del mismo a nuestros adversarios. Tened calma y obedeced las órdenes de vuestros superiores, ya que contamos con la promesa de que nada tiene que temer quien no haya cometido delitos comunes. Y yo sé que mis soldados solo han combatido con lealtad en el campo de batalla. Me entrego con vosotros para responder a las tropas de mi mando y mi actuación personal. Y podéis tener la seguridad de que el mayor orgullo de mi vida es el de haberos tenido a mis órdenes.
Viva España. Viva la República.

El político republicano Rafael Sánchez Guerra, que se quedó en Madrid junto a Besteiro, relató en sus memorias que el coronel Prada, «el pundonoroso militar republicano», creía que en el acto de rendición que iba a tener lugar a las 13:00 horas (que sería filmado por el noticiero franquista, antecedente del NO-DO) «iba a reproducirse uno de los cuadros que inmortalizaron a Velázquez, y que él iba a tener la suerte de tropezarse con otro conquistador que reuniera las condiciones de caballerosidad e hidalguía de un Spínola. Su desengaño debió ser terrible». Sería detenido y sometido a un consejo de guerra que lo condenó a la pena de muerte, aunque sería conmutada por la de treinta años de prisión. Saldría de la cárcel en 1945 en régimen de libertad vigilada.[421]

El general Eugenio Espinosa de los Monteros, comandante del Primer Cuerpo de Ejército, cuyas tropas ocuparon Madrid. Él fue quien declaró el estado de guerra en la ciudad y en toda la provincia.

A lo largo de esa mañana del martes 28 empezaron a aparecer en Madrid colgaduras y banderas rojigualdas y mucha gente se echó a la calle para recibir a las tropas franquistas. Como estaba pactado, a las 13:00 horas se formalizó la rendición por parte del coronel Prada que tuvo lugar en el edificio en ruinas del Hospital Clínico de la Ciudad Universitaria. En las horas siguiente las «tropas nacionales», entre «manifestaciones de entusiasmo del pueblo», ocuparon la ciudad sin «el menor incidente desagradable», según informó a Burgos un agente franquista.[420][419][422] Paralelamente, carteles con el bando de guerra decretado por el general Eugenio Espinosa de los Monteros, jefe del Primer Cuerpo de Ejército que había ocupado Madrid, fueron pegados en las fachadas de los edificios.[423] Como han afirmado Bahamonde y Cervera, «Madrid no fue tomada, se entregó sin resistencia, terminando así 32 meses de terrible guerra, por unos y otros, que ahora deseaban que cesase el derramamiento de sangre. La victoria proporcionaba la paz, o quizá la paz suponía el precio de la victoria».[419] Por su parte Alejandro Pérez-Olivares han destacado el papel del SIPM en la forma ordenada y sin incidentes en que se llevó a cabo de la ocupación de Madrid. «La inteligencia militar demostró tener el proceso, en todo momento, atado y bien atado», ha señalado.[424]

El agregado militar estadounidense, el teniente coronel Henry Cheadle, informó al día siguiente a su jefe del Estado Mayor de lo que acababa de suceder en Madrid y del fracaso del Consejo Nacional de Defensa en su intento de conseguir una paz sin represalias:[425]

Tras un asedio que comenzó en noviembre de 1936, el Consejo de Defensa Nacional entregó ayer Madrid sin condiciones a las fuerzas nacionales del general Franco. Las tropas nacionales entraron en la ciudad sin que se produjera resistencia ni desórdenes de ningún tipo. Esta entrada ha puesto el colofón a los inútiles esfuerzos de paz que el Consejo ha estado realizando desde el 5 de marzo cuando se formó en Madrid al derrocar al gobierno Negrín. Sus condiciones de paz que incluían la garantía de que no hubiera represalias y la eliminación de la influencia extranjera una vez se hubiera firmado, han sido negadas una vez y otra por Franco, que ha exigido la rendición incondicional y ha prometido que solo será castigados aquellos que hayan cometido crímenes de sangre.

Por la tarde del día anterior, 27 de marzo, tras conocerse la rendición de Madrid, que se haría efectiva a las 13:00 h. del 28, el conde de Jordana, ministro de Asuntos Exteriores franquista, había firmado en Burgos la adhesión de España al pacto Antikomintern. Al acto protocolario habían asistido los embajadores de Italia, Alemania y Japón. Franco ya lo había decidido varias semanas antes pero ha esperado a «un gran momento simbólico que muestre al mundo [su] triunfo definitivo y de sus aliados: la caída de Madrid», «símbolo de la resistencia antifascista desde 1936», ha señalado Gutmaro Gómez Bravo.[426] Tres días después, el jueves 30 de marzo, el embajador alemán Eberhard von Stohrer visita Madrid y encuentra a los madrileños «pálidos, demacrados, asustados». Al día siguiente vuelve a Burgos para firmar el Tratado de Amistad entre España y Alemania.[427]

El coronel Manuel Cascón Briega, jefe del aeródromo de Los Llanos, poco antes de ser fusilado el 3 de agosto de 1939 tras ser condenado a muerte por un consejo de guerra sumarísimo.

El miércoles 29 de marzo fue cuando se produjo la entrega de la aviación republicana. Ese día los aviones que quedaban aterrizaron en el aeródromo de Cuatro Vientos, a las afueras de Madrid. Los pilotos fueron apresados de inmediato y sometidos a consejos de guerra sumarísimos. Mientras que el coronel Antonio Camacho Benítez, jefe de la fuerza aérea de la zona centro-sur, abandonó España, el comandante del aeródromo de Los Llanos, Manuel Cascón Briega decidió quedarse aduciendo que no podía abandonar a sus hombres. Todos ellos fueron arrestados y juzgados en cuanto la base fue ocupada por las tropas franquistas (las primeras fuerzas en llegar habían sido las italianas). Muchos serían condenados a treinta años de prisión y muchos otros sentenciados a muerte, como el propio coronel Cascón que fue fusilado el 3 de agosto de 1939 (previamente había sido objeto de humillaciones, despojado del uniforme y obligado a limpiar las letrinas). Como ha señalado Paul Preston, el coronel Gascón «creía, ingenuamente, que su historial como militar de carrera que no había pertenecido a ningún partido político y se limitaba a cumplir órdenes con una obediencia estricta a la disciplina militar, jugaría a su favor».[428]

Donde los franquistas encontraron alguna resistencia fue en el frente de Levante. Sin embargo, el día 29 Valencia y Alicante ya estaban prácticamente en manos de sus respectivas Quintas Columnas, sin que todavía hubieran llegado las tropas franquistas, mientras que el Cuerpo de Ejército de Galicia, al mando del general Aranda, ocupaba Sagunto, y el Cuerpo de Ejército de Castilla entraba en Segorbe. Al día siguiente los italianos de la División Littorio ocupaban Almansa, Villena y Elda, y entraban en Alicante. Ese mismo día 30, la 83.ª División, al mando del general Martín Alonso, entraba triunfalmente en Valencia. El 31 de marzo, la 4.ª División del Cuerpo de Ejército de Navarra, mandada por el general Camilo Alonso Vega, ocupaba Murcia y Cartagena.[417] A estas tropas les siguieron los «batallones de orden», compuestos por guardias civiles, guardias de asalto y policías, dispuestos a «devolver la tranquilidad que os pisoteó el régimen soviético y [a] implantar la nueva y patriótica disciplina de Franco», como se decía en el mensaje radiado en Valencia por las fuerzas de ocupación.[429]

El 31 de marzo, cuando todo la zona centro-sur ya estaba en poder del ejército franquista, Juan Negrín pronunció un discurso ante la Diputación Permanente de las Cortes Republicanas reunida en París en el que explicó la política que había intentado llevar a cabo y que el golpe de Casado había impedido:[430]

Nosotros defendíamos cosas esenciales para nuestro país, porque considerábamos que España en manos de Franco marchaba a su perdición y hundimiento... Mi arraigado convencimiento me decía que había que resistir para salvar nuestro país, y que había que resistir también para no perecer, porque era ciego el que no viera que el triunfo de nuestros enemigos significaba el aniquilamiento de todos los que estaban luchando a nuestro lado. Había que salvarles...
Desgraciadamente lo que ha sucedido es una lamentable prueba de que la política del Gobierno era la única posible. Quien se entrega a la merced de un enemigo sin compasión ni espíritu de clemencia, ya se sabe que está perdido, y nosotros no estábamos obligados a entregarnos. Aún podíamos resistir y aguantar y esa era nuestra obligación. Era obligación y necesidad el quedarse allí para salvar a los que ahora van a parar a campos de concentración y van a ser asesinados.

A las 22:30 horas del día siguiente, sábado 1 de abril de 1939, la radio del bando rebelde (Radio Nacional) difundía el último parte de la guerra civil española, que durante los 36 años siguientes será repetido por la propaganda de la dictadura franquista: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1.º de abril de 1939, año de la Victoria. El Generalísimo, Franco».[431][432][433]

Sin embargo, «el 1 de abril de 1939 la guerra llegó a muchos lugares que no la habían vivido», ha recalcado Gutmaro Gómez Bravo. En los de la zona centro-sur que habían permanecido bajo la autoridad de la República durante el conflicto todo cambió a partir de esa fecha con la llegada de las fuerzas franquistas de ocupación. El procedimiento se iría repitiendo localidad tras localidad. Al son de una marcha militar, el oficial al mando leía el bando de guerra y se izaba la bandera rojigualda. A continuación se nombraba una Comisión Gestora (compuesta de cuatro miembros: alcalde, secretario y dos vocales) para los asuntos civiles, mientras que el comandante militar de la plaza se hacía cargo de los detenidos preventivos, de los prisioneros de guerra y de los «presos trabajadores», a los que debía conducir al servicio de información para ser interrogados y, en su caso, sometidos a consejos de guerra.[434]

Salida de España de Casado y del resto de miembros del Consejo Nacional de Defensa

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Cuando el 1 de abril de 1939 el general Franco declaró el final de la guerra,[435] los miembros del Consejo Nacional de Defensa (CND) ya habían abandonado España, excepto Antonio Pérez García, Miguel San Andrés y Julián Besteiro,[436] quien le dijo a Rafael Sánchez Guerra, secretario del CND, que también optó por no exiliarse: «No puede uno abandonar a los que han depositado su fe en nosotros. Mi presencia aquí puede ahorrar mucha sangre; puedo evitar que se cometan muchas injusticias. Yo seré el muro de contención de la avalancha que se avecina». Franco les había «sugerido» y facilitado la salida.[437] El primero en hacerlo había sido el general Miaja que había abandonado Madrid en coche el 26 de marzo. Al llegar a Valencia se había puesto en contacto con el cónsul británico Gooden para pedirle ser evacuado junto con sus hombres. Obtenida la conformidad del gobierno de Londres, se dirigieron, tras despojarse de sus uniformes, al aeródromo de Rabasa, cercano a Alicante, donde los esperaba un avión que los llevó a Orán, en la Argelia francesa. Aterrizó a las 10:30 h. del 29 de marzo (desde allí viajarían a París y después a Cuba, exiliándose definitivamente en México).[438]

Los miembros del Consejo Nacional de Defensa a su llegada al Reino Unido donde fueron acogidos como refugiados. Delante el coronel Casado (con gafas) y a su izquierda Wenceslao Carrillo (con sombrero).
Buque hospital de la Royal Navy Maine a donde fueron trasladados desde el HMS Galatea el coronel Casado y todos sus acompañantes. Los desembarcó en Marsella, desde donde viajaron a Gran Bretaña.

El coronel Casado (de paisano), otros miembros del CND y altos mandos militares (también de paisano), y sus familias, salieron de Madrid en avión el 28 de marzo, dos días después que el general Miaja. Tras aterrizar en Valencia Casado se entrevistó con una delegación del Comité International de Coordination et d'Information pour l'aide à l'Espagne Republicaine (compuesto por franceses y británicos)[436] que había llegado el día anterior, 27 de marzo, a bordo del pequeño carguero francés Lezardrieux con la misión de evacuar a las personas cuyas vidas corrieran peligro (al amanecer de ese mismo día 28 había zarpado del puerto de Valencia con cerca de cuatrocientas personas a bordo). En la reunión que mantuvo a las cinco de la tarde, Casado les dijo que los barcos disponibles fueran a Alicante asegurándoles que sería el último puerto ocupado por las fuerzas de Franco. Allí se dirigieron miles de personas, mientras que al día siguiente, 29 de marzo, Casado y todo su séquito (más de un centenar de personas) se dirigían de incógnito a Gandía (cuyo puerto estaba gestionado por los ingleses, en régimen de concesión) siguiendo las instrucciones del cónsul británico Gooden, quien en la mañana del día 27 se había reunido para ultimar los preparativos de la evacuación con el contraalmirante John Tovey, máxima autoridad de la Royal Navy en la zona.[439][440]

Tras engañar a los cientos de personas que se encontraban en Gandía esperando un barco diciéndoles que fueran a Alicante donde los recogería el HMS Sussex Casado y sus acompañantes, que habían llegado a Gandía sobre las cuatro de la tarde, embarcaron sin problemas en el crucero ligero HMS Galatea. Previamente el gobierno de Franco le había comunicado al Foreign Office que no pondría obstáculos. De hecho el embarque, que duró tres horas y media, fue vigilado por el buque mercante armado franquista Mar Negro que no intervino. Finalmente Casado y sus acompañantes serían trasladados del Galatea al buque hospital de la Royal Navy Maine que los llevó a Marsella, donde atracó el 3 de abril, y desde allí viajaron a Gran Bretaña, donde el National Joint Commitee for Spanish Relief se ocupó de atenderlos.[441][nota 17]

En el HMS Galatea embarcaron en total 194 personas entre personalidades políticas y militares afectas al Consejo Nacional de Defensa (entre las que se encontraban la troika del CRD anarquista, García Pradas, Val y Salgado, el también anarquista González Marín, consejero de Hacienda, el socialista Wenceslao Carrillo, consejero de Gobernación, y el republicano José del Río, consejero de Instrucción Pública), sus familiares (mujeres y niños) y sus escoltas, comisarios políticos, miembros del SIM y cuadros políticos y sindicales de menor relieve. Destaca la poca presencia de militares pues solo catorce subieron a bordo, once de carrera (el propio coronel Casado, junto con el general Leopoldo Menéndez, jefe del Ejército de Levante y altos mandos de este último y del Centro, como los coroneles Federico de la Iglesia y Rodrigo Gil Ruiz y los tenientes coroneles Francisco Ciutat y Juan Arce Mayora, además del coronel Antonio Camacho Benítez, jefe de la aviación republicana), y tres de milicias (el coronel Gustavo Durán Martínez y los comandantes Mariano Valle Soria y Acracio Ruiz Gutiérrez). Los tres consejeros que decidieron quedarse en Madrid, Antonio Pérez García, Julián Besteiro y Miguel San Andrés, morirían en prisión al poco tiempo de haber sido condenados en sendos consejos de guerra a largas penas de entre 20 y 30 años de cárcel (San Andrés fue condenado a la pena capital pero le fue conmutada).[443] Un cuarto protagonista del golpe, el teniente coronel anarquista Cipriano Mera, acabó cayendo también en manos del régimen de Franco, aunque tres años más tarde (había conseguido salir de España el 29 de marzo de 1939 y tras pasar por Orán, donde junto con otros refugiados españoles fue internado en un campo de trabajo del que escapó, y Casablanca, llegó a Francia, pero el gobierno de Vichy lo detuvo y lo entregó a las autoridades españolas en febrero de 1942). Fue condenado a la pena muerte, siendo conmutada por la de 30 años de prisión. Obtuvo la libertad condicional en 1946.[444]

Cubierta del Stanbrook llena de refugiados republicanos a su llegada al puerto de Orán.

Antes de salir de Valencia Casado, a petición de la Falange clandestina local, hizo un llamamiento por radio a la calma asegurando que «el generalísimo Franco me ha prometido que no se opondrá a la evacuación», lo que era completamente falso como desgraciadamente lo comprobaría la multitud que quedó atrapada en el puerto de Alicante (muchas de ellas habían huido de Madrid) ya que la armada franquista impidió que ningún barco pudiera rescatarlas (el último en poder zarpar y eludir el bloqueo franquista fue el Stanbrook, una de las embarcaciones fletadas por Negrín; llevaba a bordo a 2368 refugiados que abarrotaban la cubierta y las bodegas).[445][446] Muchas de las personas que habían acudido a Alicante lo habían hecho engañadas porque se les había prometido que habría barcos para llevarlas al exilio. Pero lo cierto era, como ha señalado Paul Preston, que Casado «prácticamente no había organizado nada para la evacuación, excepto para sí mismo y el personal del Consejo».[445] «Solo saldrían un puñado de elegidos entre los vencidos: los demás quedarían a expensas de los severísimos castigos que los vencedores infligieron a los derrotados tras la llegada de la ansiada victoria», ha indicado Ángel Bahamonde Magro.[447] Este historiador concluye:[448]

El coronel Casado no solamente se levantó en armas contra el gobierno presidido por Juan Negrín y dio las órdenes oportunas para rendir la capital a las tropas de Franco: también se ocupó de asegurar su salida del país, al tiempo que arruinaba las ya escasas oportunidades de hacerlo para muchos de los que habían sido sus propios compañeros de armas.

Represión

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El Generalísimo Franco junto al conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de la Italia fascista, durante su visita a San Sebastián pocos meses después de acabada la guerra civil.

Como ha señalado Alejandro Pérez-Olivares, «el último parte de guerra no trajo sin embargo la paz».[449] «Ninguna de las condiciones o promesas del perdón para lograr la rendición se cumplieron. El cierre de fronteras, las Instrucciones y las Normas para la entrega del Ejército y del territorio enemigo desembocaron en ejecuciones sumarias como las anteriores, hasta completar el cierre total del territorio... Lejos de disminuir, las detenciones y los encierros masivos se incrementaron», ha señalado Gutmaro Gómez Bravo. Franco incumplió su promesa difundida hasta la saciedad mediante la radio y las octavillas lanzadas desde los aviones de que «Nada tienen que temer los que tengan las manos manchadas de sangre».[450] «La ilusión de volver a empezar, sostenida y reavivada en las promesas de perdón se deshizo... La operación de inteligencia que absorbió e hizo desaparecer el mundo republicano había concluido, pero el aparato que la había llevado a cabo no. Su fase final llevó a la rendición, al cese de hostilidades, pero también al castigo masivo de la población civil», señala también Gómez Bravo.[451]

Al alrededor de medio millón de prisioneros de guerra capturados en la «Ofensiva de la Victoria» no se los trató como combatientes sino como presos comunes, como rebeldes armados.[452] «Los militares profesionales son conducidos a prisión para ser puestos a disposición de la Auditoría de Guerra. Los demás, el mayor contingente de tropa, deben permanecer en un campo de concentración hasta su clasificación, siguiendo las fichas y los antecedentes de conducta que figuraban en el fichero de la Auditoría del Ejército de Ocupación.... Los identificados como "comisarios políticos, jefes y oficiales del Ejército Rojo y responsables de delitos comunes" eran inmediatamente aislados del resto», ha señalado Gómez Bravo. Unos fueron ejecutados de forma sumaria o fusilados tras ser sentenciados a muerte en un consejo de guerra, otros condenados a penas de prisión «el tiempo necesario para su corrección y reeducación» y convertidos en mano de obra barata al aplicarles la redención de penas por el trabajo cuyo objetivo último era conseguir la «regeneración moral de la Patria» (en lo que la Iglesia Católica colaboro de forma decisiva).[453]

Para los mandos militares que habían participado en el golpe o lo habían apoyado no se produjo el esperado abrazo de Vergara. Todos fueron sometidos a consejos de guerra sumarísimos por el delito de «rebelión militar» (la «justicia al revés» como reconocería muchas décadas después Ramón Serrano Suñer, el número dos inicial de la dictadura franquista: los que se habían rebelado contra la República juzgaban como rebeldes a los que habían permanecido leales).[nota 18] Ahora bien, los jefes y oficiales de carrera fueron tratados de forma diferente a los procedentes de las milicias. Ninguno fue fusilado (las pocas condenas a la pena muerte fueron conmutadas por las de 30 años de prisión), se guardaron las formalidades legales en la instrucción de los sumarios con mayores posibilidades de defensa al concedérseles el beneficio de la duda (que no hay que confundir con la presunción de inocencia), contaron con avales de militares franquistas, se les aplicaron atenuantes que redujeron sus condenas y finalmente no pasaron muchos años en prisión gracias a los indultos o a la revisión de sus condenas, pero no se les permitió reintegrarse al ejército incluso en los pocos casos en que la sentencia fue absolutoria. Solo los condenados a penas de menos de 6 años de cárcel tuvieron derecho a una pensión (derechos pasivos).[455]

El coronel de carrera Antonio Ortega Gutiérrez, miembro del PCE y jefe del III Cuerpo de Ejército del Ejército del Centro, no se sumó al golpe de Casado, aunque tampoco se opuso. Fue condenado a muerte el 12 de junio de 1939 y fusilado un mes después, tras haber firmado Franco el «enterado».

Por ejemplo, el general Manuel Matallana, que pasó al Cuartel General del Generalísimo un mapa detallado de las posiciones republicanas en el frente de Madrid, fue condenado inicialmente a 30 años de prisión, pena que fue conmutada por la de 12 años y un día y salió de la cárcel en libertad provisional en mayo de 1941; el teniente coronel Antonio Garijo Hernández, que colaboró con el SIPM y fue uno de los dos emisarios del coronel Casado en las «negociaciones» de Gamonal, fue condenado a 6 años y un día y solo tres días después de hacerse pública la sentencia Franco lo indultó (y disfrutó de haberes pasivos como militar retirado); el coronel Félix Muedra, colaborador del SIPM, fue condenado inicialmente a 30 años de prisión, pena que fue conmutada por la de 6 años y un día y en mayo de 1941 quedó en libertad provisional.[456] Por el contrario, los militares de carrera leales a la República que no se sumaron al golpe fueron condenados a muerte y fusilados: el coronel Francisco Menoyo Baños, jefe del Ejército de Andalucía; el general Antonio Escobar Huerta, jefe del Ejército de Extremadura; el general Toribio Martínez Cabrera, comandante militar de Madrid; y el coronel Antonio Ortega Gutiérrez, jefe del III Cuerpo de Ejército del Ejército del Centro. En el caso del coronel Emilio Bueno Núñez del Prado, jefe del II Cuerpo de Ejército del Ejército del Centro, le valió haber servido a las órdenes de Franco en el Protectorado español de Marruecos quien le conmutó la pena de muerte por la de treinta años de prisión, reducida el 2 de junio de 1943 a 20 años (con prisión atenuada). En marzo de 1946 fue indultado por Franco, aunque sin derechos pasivos.[457]

A diferencia de lo ocurrido con los militares de carrera que apoyaron el golpe de Casado, a los militares de procedencia miliciana no solo se los consideró civiles sino que su graduación militar obtenida durante la guerra se valoró como una circunstancia agravante (para los jueces militares franquistas su incorporación a las milicias «demostraba» la contumacia en la «adhesión a la rebelión») y, como ha asegurado Ángel Bahamonde Magro, en los procesos que se les incoaron «el abuso y la arbitrariedad alcanzaron su grado máximo». «Son descuidados e irregulares, y cumplen la función acusatoria en un marco de negación de la presunción de inocencia. Teniendo en cuenta el peso del factor ideológico, el reo es culpable por definición previa. Los abogados defensores, al margen de su ya escaso nivel de implicación, reciben los sumarios en vísperas de los consejos de guerra, desconocen sus contenidos y se limitan, sistemáticamente, a solicitar la rebaja de la condena en un grado con respecto a la petición del fiscal», añade este historiador. En los consejos de guerra no solo reciben escasos avales, y casi siempre de falangistas de segundo nivel, sino que son frecuentes las denuncias por delitos de sangre y afines, aunque faltos de concreción y sin pruebas.[458] El resultado final fue que de 37 mandos encausados 12 fueron condenados a muerte (4 de ellos fusilados: los anarquistas Feliciano Benito y Rafael Gutiérrez Caro, y los socialistas Antonio Martínez Rabadán y José María Navarro Abad) y otros 12 a penas de prisión, entre 30 y 12 años (el resto a penas menores de cárcel y sólo uno fue absuelto, al demostrarse que había colaborado con la «Quinta Columna»).[459]

En cuanto a los mandos militares comunistas que se habían opuesto al golpe —muchos de los cuales se encontraban en prisión cuando las fuerzas franquistas ocuparon Madrid—, alrededor de dos tercios de los encausados fueron condenados a muerte y fusilados (entre ellos el teniente coronel Guillermo Ascanio, que había dirigido las fuerzas comunistas, y el teniente coronel Daniel Ortega Martínez, único comunista del Estado Mayor del Ejército del Centro) y el tercio restante a largas penas de prisión. En total, 16 de los 29 jefes de brigada o similar categoría fueron fusilados y los restantes condenados a 20 o 30 años de cárcel, cumpliendo entre 4 y 7 años de prisión efectiva, hasta conseguir la libertad condicional, acompañada de destierro.[460]

Así pues, como ha destacado Ángel Bahamonde Magro, «no se cumplió el mensaje difundido hasta la saciedad por la quinta columna a lo largo de los tres primeros meses de 1939, sobre que el mero servicio a la causa roja no sería objeto de persecución. Todo lo contrario, se juzgaron sobre todo ideologías previas a la guerra, comportamientos políticos anteriores y posteriores al 18 de julio y la voluntariedad de los encuadramientos en la milicia y el ejército». En la mayoría de los casos los instructores militares no «lograron demostrar que los acusados cometieran directamente delitos de sangre; se da a entender que mataron a gente, pero sus víctimas no tenían nombre ni apellidos. Esto nos lleva a concluir que en realidad fueron condenados por su responsabilidad política, es decir, por el mero hecho de haber compartido tiempo y espacio con algún episodio represor de la zona republicana: eran culpables por estar allí y tener cierta autoridad».[461]

Valoración

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El escritor George Orwell, en una reseña sobre el libro de Segismundo Casado The Last Days of Madrid (1939), en la revista Time and Tide, posteriormente recogida en su libro Mi guerra civil española, escribió:[462][nota 19]

Aunque no muchas personas fuera de España habían oído hablar de él antes de principios de 1939, el nombre del coronel Casado siempre será recordado en conexión con la guerra civil española. Él fue quien desbancó al Gobierno Negrín y negoció la rendición de Madrid -y dada la situación militar real y el sufrimiento del pueblo español, es difícil no estar de acuerdo en que tenía razón. La cosa realmente vergonzosa, como dice con convicción Mr. Croft-Cooke en su prólogo, es que se dejase que la guerra durara tanto tiempo. El coronel Casado y sus colaboradores fueron denunciados en todo el mundo en la prensa de izquierdas, como traidores, cripto-fascistas, etc., etc., pero estas acusaciones causaron mala impresión proviniendo de gente que se habían puesto a salvo mucho antes de que Franco llegara a Madrid. Besteiro, que participó en la Administración Casado y luego se quedó para responder a los fascistas, también fue denunciado como «pro-Franco». Besteiro fue condenado a treinta años de prisión. Realmente los fascistas tienen una curiosa manera de tratar a sus amigos.

La historiografía actual no lo valora de la misma forma que Orwell. Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez consideran que el golpe de Casado fue innecesario porque «casi todos los grandes actores implicados aspiraban, más o menos, a lo mismo. Poner fin a una guerra sin perspectivas de victoria pero evitando en lo posible las represalias y, cuando se vio que ni siquiera esto sería factible, garantizar la evacuación». Pero la mecánica para alcanzar esos objetivos no era la misma la de Negrín que la de Casado, «muñidor del golpe de fuerza que liquidó cualquier posibilidad de resistencia»:[465]

Las razones de la insurrección casadista están claras. Ante todo, la creencia de que al ofrecer en almoneda la cabeza de Negrín y el poder comunista a Franco, éste podría mostrar condescendencia. Pero hubiese bastado con leer aquel monumento a la monstruosidad jurídica que fue la Ley de Responsabilidades Políticas... para darse cuenta de qué forma se manifestaría la proverbial "magnanimidad" del Caudillo. Ni siquiera avezados luchadores como los libertarios [que se aliaron con Casado] alcanzaron a comprender que lo que se les venía encima no tenía paralelo con lo que ellos, y la izquierda en general, habían experimentado en etapas anteriores

Estos dos historiadores hacen responsable a Casado de la tragedia que vivieron los republicanos derrotados:[466]

En cualquier caso es sobre Casado, y no Negrín, que debe caer la responsabilidad histórica de haber inducido la desintegración de la resistencia republicana de forma tal que dejó estancados a millares y millares de combatientes. Cómo se hubiera configurado su evacuación de haberse podido avanzar en los planes negrinistas será siempre especulativo. No cabe duda, sin embargo, de que la realidad fue la más amarga y desastrosa posible y la mejor que Franco jamás hubiera podido desear.

Paul Preston coincide plenamente con Viñas y Hernández Sánchez: el golpe de Casado causó «una tragedia humanitaria evitable que costó miles de vidas y arruinó decenas de miles más». Según Preston, mientras que Negrín trató de impedirla, Besteiro y Casado fueron «los responsables de lo acontecido. Uno, Julián Besteiro, actuó con una ingenuidad culposa. El otro, Segismundo Casado, con una sorprendente combinación de cinismo, arrogancia y egoísmo».[467]

Casado adoptó la postura de que el conflicto ya estaba perdido. Por tanto, su única esperanza era la idea ingenua y bastante arrogante de que Franco se dejaría convencer por una vaga retórica de patriotismo compartido y espíritu fraternal de la gran familia militar, como si en cierto sentido ambos fuesen iguales. A consecuencia de ello, sus acciones provocaron miles de muertos.
Sin duda, la derrota de la República española ya estaba en el horizonte. No obstante, todavía era factible que el desenlace de la guerra permitiera la evacuación de los políticos y soldados que corrían mayor riesgo y que ofreciese garantías a la población civil que quedaba atrás. Tal como había comentado Negrín a Juan Simeón Vidarte, del Comité Ejecutivo del Partido Socialista: "La paz negociada siempre; la rendición sin condiciones para que fusilen a medio millón de españoles, eso nunca".[...]
Puesto que la República española estaba agotada e internacionalmente aislada, la funesta iniciativa de Casado no hizo sino precipitar su derrota en las peores condiciones imaginables. Su revuelta contra el Gobierno desencadenó una mini guerra civil en el Madrid republicano, que costó la vida de dos mil personas, en su mayoría comunistas, y desbarató los planes de evacuación de centenares de miles de republicanos.

Ángel Bahamonde Magro coincide en gran medida con Viñas, Hernández Sánchez y Preston:[468]

A la altura de marzo de 1939 Franco tenía verdadera urgencia en liquidar la guerra. Constituye una variable explicativa de primer orden. De esta urgencia el coronel Casado podría haber obtenido excelentes dividendos si hubiera reparado en ella y la hubiera incluido como elemento de presión en su proyectado plan negociador. Gran Bretaña apremiaba a los otrora rebeldes, ahora reconocidos, a culminar la guerra en breve plazo. La inestable situación internacional exigía cerrar cualquier foco de tensión susceptible de continuar alterando las frágiles bases de la política internacional. El espejismo de Munich se había desdibujado... Por su parte, alemanes e italianos presionaban a Franco para concluir la guerra. [...]
A finales de 1938 el agregado militar francés, teniente coronel Henri Morel, observaba que Franco temía las consecuencias de un nuevo Ebro, no tanto en lo que se refería a una posible ofensiva republicana como a la planificación de una tenaz y numantina resistencia. Franco precisaba, por lo tanto, de una victoria final rápida, inapelable, con el menor coste y la mayor dosis de escenografía victoriosa: el paseo triunfal de un Caudillo invicto. Como hemos señalado, el coronel Casado no pudo, no quiso o no supo gestionar la urgencia de Franco. La cuestión es que no contó con este factor, que habría sido determinante. Se presentó ante Franco con las manos vacías, sin demandar contraprestaciones, con la derrota asumida, sin elementos de presión, con un vago discurso sobre la patria y la fraternidad de la gran familia militar, sin un plan alternativo a base de una resistencia escalonada que al menos hubiese asegurado la evacuación organizada de los militantes y cuadros más comprometidos con la causa republicana. Todo se redujo a creer en la clemencia de Franco. Cabe una pregunta sin posible respuesta: teniendo en cuenta la inclemente y feroz represión de posguerra, con su aluvión de muertes físicas y civiles, ¿el saldo de una resistencia final habría sido más elevado? Desde luego, resulta complicado entender la sublevación de Casado como un acto humanitario y patriótico para cortar el derramamiento de sangre.
[...]
El coronel Casado pecó no de ingenuidad por aferrarse a las migajas de piedad que parecía regalar Franco en sus concesiones, sino de soberbia y deslealtad...

Véase también

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Notas

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  1. El general Vicente Rojo comparó un año después desde el exilio lo que había sucedido en Madrid en noviembre de 1936 y lo que había pasado en Barcelona en enero de 1939:[42]
    ¡Qué ambiente tan distinto! ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Y qué decaimiento ahora! Barcelona cuarenta y ocho horas antes de la entrada del enemigo era una ciudad muerta... [Se] perdió lisa y llanamente porque no hubo voluntad de resistencia, ni en la población civil, ni en algunas tropas contaminadas por el ambiente
  2. Por esas mismas fechas, entre el 4 y el 9 de febrero, se produjo la única intervención de Gran Bretaña en la guerra de España con el objetivo de que la ocupación de Menorca por los rebeldes se hiciera de forma que no participaran en ella ni alemanes ni italianos y así no cayera bajo su control esta estratégica isla del Mediterráneo occidental.[53]
  3. El «Consejo Asesor» estaba formado por el notario Eduardo López Palop, en cuyo domicilio tenían lugar las reuniones clandestinas semanales de las que se levantaba acta con nombres, lugares y acuerdos en clave, y que llevaba años trabando en los juzgados republicanos; el abogado y capellán de la Armada, Vicente Mayor Gimeno, que antes de cada reunión oficiaba vestido de sacerdote una ceremonia religiosa; el periodista José María Taboada Lago, secretario de Acción Católica, que tenía pasaporte diplomático gracias a la embajada de Chile lo que le proporcionaba libertad de movimientos lo que le permitió montar un servicio de espionaje, el Servicio de Información Español, SIE, y que actuaría como presidente del Consejo; el ingeniero Fernando del Pino y del Pino, que controlaba los tranvías, el metro y los transportes por carretera, así como la radio, los telégrafos y los teléfonos; el también ingeniero Ángel García de Vinuesa y Díaz, encargado de la industria y del abastecimiento; y el abogado del Estado Mariano Traver, consejero de los ferrocarriles MZA y de CAMPSA, miembro de la comisión interministerial para el abastecimiento de combustible. Los seis «no sólo habían sobrevivido en el Madrid revolucionario, sino que mantenían su posición y función anteriores, dentro de la cada vez más permeable retaguardia republicana. Su designación en el Consejo Asesor había sido cuidadosamente revisada por el Cuartel General de Burgos. Madrid no era una ciudad más», ha señalado Gutmaro Gómez Bravo.[90]
  4. Según declaró su abogado defensor en el consejo de guerra al que fue sometido tras el final de la guerra, Besteiro utilizó su cargo de decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid para proteger a varios falangistas, y entró en contacto con la Quinta Columna clandestina de Madrid a través de algunos profesores —uno de ellos era Luis de Luna García, jefe de la sección «Organización Antonio» que funcionaba desde finales de 1936—.[97]
  5. En junio de 1938 los representantes británico y francés en Barcelona informaron a sus respectivos gobiernos de la existencia de una conspiración para acabar con el gobierno de Negrín, que estaría encabezada por Besteiro, Indalecio Prieto y el propio presidente de la República, Manuel Azaña (y en la que también estaría implicado el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio), y que estaría apoyada por los partidos republicanos Unión Republicana e Izquierda Republicana, el sector «antinegrinista» del PSOE y de la UGT y los nacionalistas vascos y catalanes.[98] Así, el 29 de julio, solo tres días después del inicio de la ofensiva republicana del Ebro, Azaña se entrevistaba en secreto con el representante británico en Barcelona, John Leche, para que propusiera a su gobierno un plan de paz que consistía en la retirada de los combatientes extranjeros de ambos bandos, el cese de las hostilidades y la formación de un gobierno de amplio consenso del que serían excluidos los comunistas. Para ello sería necesario que Gran Bretaña junto con Francia, Alemania e Italia presionaran conjuntamente al general Franco para que lo aceptara. Así pues, lo que pedía Azaña era que el gobierno británico apoyara la conjura y que consiguiera además que lo hicieran las otras tres potencias. Tanto Negrín como el general Franco tuvieron conocimiento casi inmediato de esta entrevista «secreta» que tuvo lugar en Vich.[99]
  6. Tras su salida del gobierno de Negrín en agosto, los que sí estaban en contacto con el gobierno británico eran los nacionalistas vascos y catalanes, que presentaron sendos memorándums el 12 de octubre de 1938 firmados por el «presidente de Euskadi» José Antonio Aguirre y por el «presidente de Cataluña» Lluís Companys, en los que pretendían que Gran Bretaña les apoyara para formar dos estados casi independientes en sus respectivos territorios. Un mes después, Luis Arana Goiri, hermano del «padre» del nacionalismo vasco y fundador del PNV, Sabino Arana Goiri, envió otro memorándum al Foreign Office donde abiertamente pedía el apoyo británico a la independencia de Euskadi y de Cataluña, bajo protección británica la primera y bajo protección francesa la segunda. En el escrito se refería al conflicto que vivía la península como «esta cruel guerra española destructora de mi amada Patria Euskadi». Pero los británicos no aceptaron ninguna de estas propuestas, entre otras razones, porque «no estaban dispuestos a introducir otro elemento de desestabilización más en España».[118]
  7. Tras su derrota en las jornadas de mayo de 1937 el anticomunismo se había convertido en un elemento central del anarquismo español. En septiembre de 1938 un informe de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) denunciaba el predominio comunista entre los jefes militares del Ejército Popular.[137]
  8. Además, en la zona Centro-Sur, incluido Madrid (del que Negrín llevaba ausente prácticamente dos años), las organizaciones anarquistas, minoritarias en la capital al principio de la guerra, eran las que constituían la fuerza política más poderosa, y todas eran abiertamente hostiles a la política de Negrín de seguir resistiendo.[148]
  9. En una última carta enviada a Negrín el 28 de febrero, el general Vicente Rojo le volvió a pedir que asumiera la derrota y cesara en una resistencia inútil y se ofreció a volver a España para colaborar en las gestiones para concluir la guerra (un ofrecimiento que también había realizado a los militares conjurados para derribar a Negrín y que repitió cuando se constituyó el Consejo Nacional de Defensa tras el triunfo del golpe de Casado porque no quería seguir «la suerte de los fugitivos políticos, sino, buena o mala, la que sea la de los militares que, como yo, han hecho la guerra honradamente»).[166]
  10. La carta decía lo siguiente:
    El gobierno, unánime, reitera la imprescindible necesidad de que el presidente [de la República] se traslade a esta zona [Centro-Sur] por los siguientes razones:
    Primera. Mientras exista un Gobierno debe estar en territorio español el Jefe del Estado, máxime en circunstancias presentes, ya que no hay ningún motivo de orden material o de seguridad que lo impida.
    Segunda. La labor de Gobierno se encuentra entorpecida por la ausencia del presidente, pues hay disposiciones que sólo violentando la ley pueden darse por Orden Ministerial...
    Tercera. Al país se le daría la sensación de un abandono por parte de la Suprema Magistratura de la nación...
    Cuarta. En el orden internacional no pueden ocultarse los peligros de su presencia en el extranjero como son el riesgo de que se declare indeseable su estancia mientras ejerza suprema magistratura; (...) debilitación de la propia autoridad del gobierno por creerse no existe tal Gobierno mientras Jefe Estado esté fuera territorio nacional...
    Quinta. Existe el peligro de un reconocimiento de Franco por ciertos países a causa de la ausencia del presidente...
    Sexta. Las gestiones que realiza el Gobierno para poner fin a la situación actual se encuentran dificultadas por el mismo motivo.
    Séptima. En un último término invoco al patriotismo y sentido de responsabilidad del presidente quien estoy seguro pensará conmigo que las más altas jerarquías estamos obligados en estos momentos a imponer con nuestro ejemplo la serenidad necesaria impedir el fin de esta contienda tenga un desenlace trágico y bochornoso
  11. Álvarez del Vayo y el embajador español en París, Marcelino Pascua, enviaron el siguiente telegrama a Negrín, que se encontraba en Madrid:[170]
    Situación internacional agrávase por momentos jugando papel importancia ausencia Jefe del Estado del territorio leal. Sobre su actitud e interpretaciones ausencia respecto política del Gobierno recae preferentemente responsabilidad reconocimiento [de Franco por] Francia e Inglaterra, inevitable próximos días de no trasladarse cuando menos presidente República inmediatamente a zona central
  12. Según la versión posterior de Casado, él y Matallana se negaron a aceptar esos cambios y nombramientos (y el propio Casado rehusó el ascenso a general decidido por el presidente Negrín)[233] y abandonaron la Posición Yuste en Petrel para dirigirse a Valencia, donde se entrevistaron con los generales Miaja y Menéndez, con quienes discutieron ampliamente «para la eliminación del gobierno, tomando el acuerdo de no demorar demasiado su ejecución, evitando que nos ganara la mano Negrín con el Partido Comunista», según el testimonio posterior del propio Casado. «En la noche del día 2 llegué a Madrid decidido a no perder el tiempo», escribió.[234]
  13. Miaje dijo: «Nada, nada. No hay que hacerles caso. Eso es una añagaza para ganar tiempo»
  14. A causa de una errata de imprenta en el libro de Bahamonde y Cervera apareció la cifra de 20 000 muertos. De ello advirtió Bahamonde en un libro posterior.[334]
  15. El documento de Besteiro decía lo siguiente:[363]
    Estamos derrotados por nuestras propias culpas —claro que hacer mías tales culpas es pura retórica—. Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos. La política internacional rusa, en manos de Stalin y tal vez como reacción contra un estado de fracaso anterior, se ha convertido en un cromen monstruoso que supera en mucho las más macabras concepciones de Dostoyevski y Tolstoi... La reacción contra ese error de la República de dejarse arrastrar a la línea bolchevique, la representa genuinamente, sean los que quieran sus defectos, los nacionalistas que han batido en la gran cruzada antikomintern. Pero la grande o pequeña cantidad de personas que hemos sufrido las consecuencias del contagio bolchevique de la República, no solamente tenemos un derecho que no es cosa de reclamar, sino que poseemos un caudal de experiencia, triste y trágica, si se quiere, pero por eso mismo muy valiosa. Y esa experiencia no se puede despreciar sin grave daño para la construcción de la España del porvenir. [...]
    Porque pensar en que media España pueda destruir a la otra media sería una nueva locura que acabaría con toda posibilidad de nuestra personalidad nacional... Para construir la personalidad española de mañana, la España Nacional, vencedora, habrá de contar con la experiencia de los que han sufrido los errores de la República bolchevizada, o se expone a perderse por caminos extraviados que no conducen más que al fracaso. La masa republicana útil no puede pedir, sin significarse, una participación en el botín. Pero sí puede y debe pedir un puesto en el frente de trabajo constructivo.
  16. Las Normas para la rendición del Ejército enemigo y ocupación de su territorio comenzaban diciendo:[385]
    La tranquilidad y menor daño de España exige que la rendición de las tropas del Gobierno de Madrid y zona que controla este, se haga con la máxima rapidez y al mismo tiempo con la plena seguridad de nuestras fueras. Al efecto se llevará a cabo de la forma siguiente:
  17. El contraalmirante John Tovey describió así más tarde la operación:[442]
    Los refugiados recibieron instrucciones de dejar sus armas de fuego antes de entrar en los botes, amontonándose muchas de ellas en el malecón. Otras armas se arrojaron al mar tan pronto como sus dueños tuvieron la certeza de que ellos, y no solo sus líderes, estaban a salvo. Las pocas armas que quedaban fueron requisadas al llegar a bordo. El tipo de personas embarcadas variaba desde los aparentemente respetables oficiales y funcionarios de tendencia moderada hasta los más bajos tipos criminales, incluyendo algunos destacados anarquistas y miembros del SIM (la checha española).
    [...] El mercante armado del gobierno español Mar Negro que había estado a la vista desde la mañana, ancló a las 9:00 h pero no envió gente armada hasta que el último bote de refugiados llegó al Galatea.
    Mi intención era que el Sussex volviera a Gandía nada más desembarcar a los italianos [prisioneros recientemente liberados por el Consejo Nacional de Defensa gracias a las gestiones británicas] en Palma, para recoger refugiados del abarrotado Galatea. Pero el Sussex sufrió un retraso considerable y no pude regresar a Gandía hasta las 16:30 h del 30 de marzo... Se decidió mantenerlos a bordo del Galatea hasta la llegada del Maine.
  18. En los considerandos de las sentencias siempre había una que lo justificaba, como la siguiente:[454]
    Que asumido el poder legítimo del Estado por las Autoridades Militares que a partir del 17 de julio de 1936 se alzaron en complimiento de la misión atribuida al Ejército en su Ley Constitutiva contra el enemigo tanto interior como exterior que personificaban los partidos y el llamado gobierno del Frente Popular, es evidente que la oposición armada contra el mismo y sus fuerzas defensoras originaba la rebelión militar definida en el artículo 237 del Código de Justicia Militar.
  19. Orwell asume la justificación que dio Casado a su golpe. Nada más llegar a Londres declaró: «Salí de mi patria porque cometí el grave delito de terminar una guerra fratricida, ahorrando a mi pueblo mucha sangre, que hubiera sido estérilmente derramada».[463][464]

Referencias

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  1. Bahamonde Magro, 2014, pp. 12; 141. «[Se estableció] un eje directo entre Terminus [nombre en clave del Cuartel General del Generalísimo] y Casado, a través del SIPM, con una decreciente intermediación de la quinta columna madrileña».
  2. Bahamonde Magro, 2014, pp. 125-126. «En marzo de 1939 Cipriano Mera, desde el plano militar, y el Comité de Defensa, desde el político, serán piezas esenciales en la preparación de la conspiración casadista, así como en la ejecución del golpe de Estado».
  3. 1 2 Preston, 2016, p. 94.
  4. Preston, 2016, pp. 23; 36.
  5. Preston, 2016, pp. 23-24.
  6. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 17-18.
  7. 1 2 Preston, 2016, p. 24.
  8. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 19-20.
  9. Bahamonde Magro, 2014, p. 19.
  10. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 21.
  11. Casanova, 2007, p. 333.
  12. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 12.
  13. Bahamonde Magro, 2014, p. 25.
  14. 1 2 Casanova, 2007, pp. 333-334.
  15. Bahamonde Magro, 2014, p. 23. «Para Negrín lo esencial era seguir ahondando en la reconstrucción del Estado y la centralización del poder, lo que, a corto plazo, repercutiría positivamente en el plano militar... Una República democrática reconstruida y robustecida por la limitación de sus tensiones interiores proyectaría hacia el exterior una imagen respetable y modificaría el statu quo internacional, invirtiendo la situación favorable de la que gozaba el gobierno de Burgos».
  16. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 27.
  17. Campos Posada, Ainhoa. «La reunión del Aeródromo de Los Llanos- El final de la guerra civil». En Universidad de Castilla-La Mancha/Junta de Castilla-La Mancha, ed. Memoria democrática de Castilla-La Mancha. Consultado el 20 de enero de 2023.
  18. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 37. «Se ha hablado de que le faltó decisión [al presidente Azaña para retirarle la confianza a Negrín, lo que le hubiera obligado a presentar la dimisión]. Pero ¿qué personalidad republicana del partido de la paz estaba dispuesta a aceptar un nombramiento y una responsabilidad para una acción de gobierno en cuyo horizonte las posibilidades de mediación pactada eran remotas, y más que nada resultaba visible la rendición incondicional, la liquidación de la guerra?».
  19. Casanova, 2007, pp. 334-335.
  20. 1 2 Alía Miranda, 2015, pp. 21-22.
  21. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 35-36.
  22. Aróstegui, 1997, p. 97.
  23. Alía Miranda, 2015, p. 155.
  24. Casanova, 2007, pp. 335-336.
  25. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 27-28.
  26. Preston, 2016, p. 61.
  27. 1 2 3 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 46-47.
  28. Preston, 2016, pp. 25-26.
  29. 1 2 3 Casanova, 2007, p. 336.
  30. Preston, 2016, p. 27. «La gran superioridad logística en materia de cobertura aérea, artillería y efectivos concedió a Franco una victoria decisiva. En cierto sentido, la operación del Ebro, aun siendo un triunfo táctico, supuso un desastre estratégico para la República, ya que consumió cantidades ingentes de material y allanó el terreno para la conquista rebelde de Cataluña».
  31. Gómez Bravo, 2026, p. 39.
  32. Preston, 2016, p. 26. «La República prácticamente fue condenada a muerte».
  33. Alía Miranda, 2015, pp. 52-53. «La posibilidad de una conflagración mundial le aterraba [a Franco], consciente de que las potencias democráticas se pondrían del lado de la República y que como mal menor dejaría de recibir la ayuda de Italia y Alemania».
  34. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 167.
  35. Preston, 2016, pp. 29-30. «Negrín era plenamente consciente de la importancia de Munich. Sabía que la victoria republicana era imposible».
  36. Alía miranda, 2015, p. 253.
  37. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 183.
  38. Alía Miranda, 2015, pp. 133-134.
  39. 1 2 Casanova, 2007, pp. 403-405.
  40. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 250.
  41. Gómez Bravo, 2026, pp. 57; 59. «El Ejército de Extremadura, mandado por el general Antonio Escobar Huerta avanzó hacia Mérida. Durante la primera semana del año [1939] consiguió un notable éxito, pero Franco no detuvo la ofensiva de Cataluña. Ordenó al Ejército de Andalucía de Gonzalo Queipo de Llano que frenara la amenaza en el frente sur, mientras seguía avanzando implacable, en todas las direcciones abiertas en Cataluña. El 15 de enero entraban en Tarragona, una ciudad sin defensa. La noticia causó gran impacto. El ejército del centro detuvo su avance hacia Extremadura en Valsequillo (Córdoba). El coronel Casado ordenó que sus tropas dieran la vuelta y volvieran a Madrid. Ante la gravedad de la situación, Rojo convocó al Estado Mayor Central. Denunció ante Negrín la falta de apoyo mientras sus compañeros de Extremadura había sufrido más de 6000 bajas en apenas dos semanas. Su situación no podía ser más penosa, sin material ni alimentación se vieron mermados en una continua oleada de deserciones. A pesar de todo, las tropas de Escobar continuaron combatiendo en inferioridad hasta bien entrado el mes de febrero de 1939. En una defensa numantina, consiguieron realizar un repliegue organizado y volver al punto en el que habían salido, su base de Almadén».
  42. Martínez Bande, 1985, pp. 23-84.
  43. Alía Miranda, 2015, pp. 131-133.
  44. Bahamonde Magro, 2014, pp. 57-59. «En la documentación de los sumarios a militares profesionales tras el final de la guerra se amontonan las evidencias de que el Cuartel General del Generalísimo estaba informado de los análisis, planes y proyectos de los Estados Mayores republicanos durante los seis últimos meses de la guerra».
  45. Gómez Bravo, 2026, pp. 50-51; 62.
  46. Gómez Bravo, 2026, pp. 65; 282-284.
  47. Gómez Bravo, 2026, p. 81.
  48. Preston, 2016, pp. 62-63.
  49. 1 2 Preston, 2016, p. 68.
  50. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 213; 222.
  51. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 215-219.
  52. 1 2 Bahamonde Magro, 2014, p. 33.
  53. Preston, 2016, pp. 66-67.
  54. Preston, 2016, pp. 67-68.
  55. Gómez Bravo, 2026, pp. 80-81.
  56. 1 2 Alía Miranda, 2015, p. 156.
  57. Preston, 2016, p. 71.
  58. Preston, 2016, p. 64.
  59. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 220-221.
  60. Preston, 2016, p. 69.
  61. Preston, 2016, pp. 69-70.
  62. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 307.
  63. Gómez Bravo, 2026, pp. 84-85.
  64. Gómez Bravo, 2026, pp. 85-86.
  65. Preston, 2016, pp. 71-72.
  66. Martínez López, 2018, pp. 180-181. «No hay registros de lo que se habló en esa reunión, pero debieron repetirse las discrepancias; todos los ministros a excepción de Del Vayo y el ministro de Agricultura Vicente Uribe, debieron de rechazar la posibilidad de continuar la guerra y el traslado del gobierno a la zona Centro-Sur».
  67. Martínez López, 2018, p. 181. «Es fundamental tener en cuenta que todos los bienes fungibles de la República se habían transferido desde distintos países a una cuenta a nombre de Marcelino Pascua, embajador republicano en Francia. Antes de marcharse Negrín firmaría la orden para que Pascua transfiriese todos esos fondos a una cuenta abierta a nombre de Pedro Para López, iniciando así los movimientos que permitirían poner a salvo todos los bienes republicanos desperdigados por el extranjero».
  68. Aróstegui, 1997, p. 117.
  69. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 253.
  70. Alía Miranda, 2015, pp. 105-109.
  71. Cervera Gil, 1998.
  72. Píriz, 2018, p. 139.
  73. Alía Miranda, 2015, pp. 110-111; 116. «La Quinta Columna... acabó convirtiéndose en una refinada y poderosa organización clandestina de espionaje, sabotaje y guerra psicológica. [...] El quintacolumnista no debía perder ocasión de divulgar falsos rumores ni de fomentar entre la población el rechazo contra la guerra general y contra el Gobierno en particular».
  74. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 238-239.
  75. Bahamonde Magro, 2014, p. 34.
  76. Alía Miranda, 2015, p. 117. «Sabotearon los canales de abastecimientos de la población o el normal desarrollo de la jornada, falsificando cartillas de racionamiento para aumentar la demanda de productos básicos, introduciendo billetes falsos para generar inflación, proporcionando documentación falsa para circular libremente o falsos certificados de trabajo muy útiles para evitar la incorporación a filas de algún movilizado».
  77. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 239-240. «Entre julio y octubre de 1936 Madrid se vio privado del trigo de Castilla la Vieja, del pescado del Atlántico, del carbón asturiano y de los productos cárnicos castellanos y de Extremadura».
  78. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 242.
  79. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 254.
  80. Alía Miranda, 2015, p. 171.
  81. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 255.
  82. Píriz, 2018, pp. 139-163.
  83. Alía Miranda, 2015, pp. 111-112.
  84. Bahamonde Magro, 2014, pp. 64-65; 67-68. «Durante el último trimestre de 1938 germinó la idea, en sectores del ejército, de que sería factible clausurar la guerra a partir de un entendimiento entre militares profesionales. Por encima de las diferencias políticas prevalecerían las señas de identidad del militar, sin más apelativos. [...] Los lazos de camaradería y compañerismo adquiridos en las academias militares, cuarteles y dependencias de Estado Mayor habían creado una proximidad emocional que se sobrepuso a las diferencias ideológicas, creando un clima favorable para el espionaje franquista, y que impuso limitaciones de hecho a las tareas de contraespionaje del Servicio de Información Militar republicano. [...] Las líneas de comunicación entre militares de ambas zonas siempre funcionaron».
  85. Gómez Bravo, 2026, pp. 316; 318.
  86. Martínez Bande, 1985, p. 136.
  87. Gómez Bravo, 2026, pp. 34-35.
  88. Gómez Bravo, 2026, pp. 34-41.
  89. Gómez Bravo, 2026, pp. 32; 45; 279-280. «Pronto el Cuartel General de Burgos advirtió que no había mejor política que el hambre y el empeoramiento de las condiciones de vida, para acabar con su gobierno. Su política de resistencia [de Negrín] comenzó a hacer aguas por el bloqueo prolongado y calculado de la industria, los transportes y, especialmente, lo relativo a la alimentación de las grandes ciudades. El hambre fue el verdadero caballo de Troya de la inteligencia militar. Lejos de ser una consecuencia del final de la guerra, formó parte de la estrategia franquista para terminar con la maltrecha economía gubernamental».
  90. Casanova, 2007, p. 337.
  91. Gómez Bravo, 2026, p. 72.
  92. Preston, 2016, pp. 36-37.
  93. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 271.
  94. Preston, 2016, p. 36. «La misión de Besteiro estaba condenada al fracaso. Era un mal momento para tal iniciativa. Los rebeldes estaban en alza; en el norte se esperaba la cáida de Bilbao de un momento a otro. Al mismo tiempo, el Gobierno republicanos afrontaba importantes dificultades internas. En su ausencia cayó el Gabinete de Largo Caballero».
  95. 1 2 Preston, 2016, pp. 39-40.
  96. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 275.
  97. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 277-278.
  98. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 280.
  99. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 293-294.
  100. 1 2 Preston, 2016, pp. 40-41.
  101. Martínez López, 2018, p. 187.
  102. Bahamonde Magro, 2014, pp. 49-50. «No se ha puesto suficientemente de manifiesto el papel desarrollado por César Casado en la formalización de los contactos entre su hermano Segismundo Casado y la quinta columna madrileña».
  103. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 257.
  104. Preston, 2016, p. 41.
  105. Preston, 2016, pp. 41-42.
  106. Preston, 2016, pp. 42; 54.
  107. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 295-299.
  108. Martínez López, 2018, p. 186.
  109. Bahamonde Magro, 2014, pp. 51-52. «Se trata de un momento decisivo en la evolución que experimentó Casado. En su mente, el presidente Negrín pasó de ser una marioneta de los comunistas a ser definido como el hombre de Moscú. La estrategia casadista cambió de rumbo y puso en funcionamiento dos hipótesis de trabajo, basadas en provocar la dimisión de Negrín, o su destrucción a través de un golpe de Estado».
  110. Preston, 2016, p. 55. «En Salamanca se estaban reuniendo los archivos y la documentación de signo político incautados tras la caída de cada municipio. Después de una criba exhaustiva, iban a ser la base de un enorme fichero de miembros de partidos políticos, sindicatos y logias masónicas que a su vez facilitaría información para un sistema de represalias a gran escala».
  111. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 283-284.
  112. Preston, 2016, pp. 52-53.
  113. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, pp. 93-94. «La conclusión lógica partiendo de estas premisas fue, naturalmente, que Besteiro extremó su diagnóstico hasta llegar a preferir el triunfo de Franco».
  114. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, p. 104. «De ahí la única salida posible: resistir e ir parando golpes. Es en esta encrucijada en la que se movía Negrín y en la que, en general, se movió la República».
  115. 1 2 Preston, 2016, p. 54.
  116. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 286-293.
  117. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 93-294.
  118. Preston, 2016, p. 51.
  119. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 300.
  120. Gómez Bravo, 2026, p. 73.
  121. Preston, 2016, p. 57. «Ello socavó la autoridad de los gobernadores civiles, ya que sus competencias sobre censura y mítines públicos fueron transferidas a los gobernadores militares de cada provincia».
  122. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, p. 91.
  123. Preston, 2016, p. 56.
  124. Preston, 2016, pp. 56-57.
  125. Alía Miranda, 2015, p. 175.
  126. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 302.
  127. Preston, 2016, p. 58.
  128. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 314-316; 320.
  129. 1 2 Gómez Bravo, 2026, pp. 88-90.
  130. Preston, 2016, pp. 137-138. «Todos los juicios se celebrarían en tribunales militares y los procesados serían acusados de rebelión militar, además de otros "crímenes" más concretos, fuesen reales o inventados. En la mayoría de los casos, "el tiempo necesario para la corrección y la reeducación" conllevaba condenas de treinta años o cadena perpetua. El sistema de comutación de sentencias por medio del trabajo era la base de lo que prácticamente equivalía a esclavitud para los prisioneros».
  131. Gómez Bravo, 2026, pp. 91-92;101. «La guerra estaba ganada, pero quedaba asegurar la victoria».
  132. 1 2 Gómez Bravo, 2026, p. 111.
  133. Bahamonde Magro, 2014, pp. 144-145.
  134. Preston, 2016, pp. 59-60.
  135. Bahamonde Magro, 2014, pp. 119-121.
  136. Preston, 2016, p. 142. «Val era el líder operativo, mientras que Salgado controlaba los servicios de inteligencia y García Pradas, su propaganda».
  137. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 361-362.
  138. Preston, 2016, pp. 107; 139-142.
  139. Preston, 2016, p. 143. «El resentimiento frente a la imposición de un esfuerzo bélico centralizado por parte del Gobierno republicano, con su necesaria represión de las aspiraciones revolucionarias de los anarquistas así como lo que se percibía como la subversión del movimiento, alcanzaba a Negrín tanto como a los comunistas. [...] Los grupos de acción de Madrid, dominados por la troika Val-Salgado-García Pradas, estaban resentidos por el consiguiente anquilosamiento del Movimiento Libertario Español. El exilio a principios de febrero de 1939 del alto mando anarquista catalán vino a aumentar su influencia y abrió el camino a su colaboración con Casado».
  140. Preston, 2016, pp. 72-74.
  141. Martínez Bande, 1985, p. 114.
  142. Preston, 2016, pp. 72-73.
  143. Preston, 2016, pp. 73-74.
  144. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 44.
  145. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 359-360.
  146. Preston, 2016, p. 75.
  147. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 50-51.
  148. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 51-52.
  149. Preston, 2016, pp. 108-110. «Negrín y Del Vayo ignoraban el alcance y la frecuencia de los contactos de Casado con los servicios secretos franquistas y sus conversaciones explícitas con Miaja, Matallana, Buiza y Mera acerca del derrocamiento del Gobierno».
  150. Martínez López, 2018, p. 182.
  151. Gómez Bravo, 2026, pp. 110-111; 113.
  152. Preston, 2016, p. 60.
  153. Gómez Bravo, 2026, pp. 111-112. «Franco intervino personalmente en la operación clave para rendición y el final de la guerra».
  154. 1 2 Gómez Bravo, 2026, pp. 114-115.
  155. Martínez López, 2018, pp. 182; 186.
  156. Romero, 1976, p. 118.
  157. Bahamonde Magro, 2014, pp. 149-150. «En su libro, Casado pretende trasladar al lector la idea de que se trató de una reunión decisiva, en la que asentó definitivamente su idea de derrocar al gobierno; es decir, marcó un antes y un después, le inclinó de manera irreversible hacia la insurrección. Pero el coronel se aleja de la verdad. En esta fecha el plan de la sublevación ya estaba lo suficientemente pergeñado para que fuera imposible una vuelta atrás».
  158. Preston, 2016, pp. 115-116.
  159. Preston, 2016, p. 116.
  160. Preston, 2016, pp. 92-93. «La acusación de Rojo de que no se habían pergeñado planes era injusta, si bien era cierto que resultaba difícil prever la envergadura de la debacle final. Tras la derrota del Ebro, Negrín ya había empezado a prepararse para la posibilidad de un triunfo franquista y para la necesidad de organizar la evacuación y el posterior mantenimiento de muchos miles de republicanos».
  161. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 311.
  162. Preston, 2016, pp. 86; 88-90.
  163. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 307; 312.
  164. Viñas y Hernández Sánchez, 2009, pp. 105-118.
  165. Preston, 2016, p. 85.
  166. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, pp. 126-127.
  167. 1 2 Viñas y Hernández Sánchez, 2009, p. 129.
  168. Preston, 2016, pp. 114-115.
  169. Gómez Bravo, 2026, p. 117.
  170. Gómez Bravo, 2026, pp. 117-119. «El Cuartel General de Burgos seguía prolongando, por todos los medios, las maniobras de división y separación interna del enemigo. En la recta final de la guerra, intensificaron el camino recomendado por el Consejo Asesor, incrementando los mensajes que aparentaban proceder de los propios medios republicanos. Una propaganda que no los atacara frontalmente, pero que mostrara todo lo que no decía la prensa gubernamental».
  171. 1 2 Gómez Bravo, 2026, p. 128.
  172. 1 2 Preston, 2016, pp. 121-123.
  173. Martínez Bande, 1985, pp. 140-141.
  174. Bahamonde Magro, 2014, p. 152.
  175. Gómez Bravo, 2026, p. 129.
  176. Bahamonde Magro, 2014, p. 153.
  177. Gómez Bravo, 2026, p. 132.
  178. Preston, 2016, pp. 135-136.
  179. Alía Miranda, 2015, p. 176.
  180. 1 2 Gómez Bravo, 2026, p. 121.
  181. Preston, 2016, p. 138.
  182. Gómez Bravo, 2026, p. 122.
  183. Preston, 2016, pp. 138-139.
  184. Bahamonde Magro, 2014, p. 179.
  185. Preston, 2016, p. 155.
  186. Preston, 2016, pp. 165-167.
  187. Preston, 2016, p. 167.
  188. Preston, 2016, pp. 147-150.
  189. Bahamonde Magro, 2014, pp. 132-134.
  190. Bahamonde Magro, 2014, p. 124.
  191. Preston, 2016, pp. 147-150. «Todos ellos eran feroces anticomunistas... Algunos tenían las manos manchadas de sangre por la despiadada represión de los derechistas en Madrid durante los primeros meses de la guerra. Benigno Mancebo, por ejemplo, había dirigido la célebre Checa de Fomento».
  192. Bahamonde Magro, 2014, p. 134.
  193. Preston, 2016, p. 177.
  194. Bahamonde Magro, 2014, p. 134. «El eje Casado-Comité de Defensa funcionó eficazmente. El resto del trabajo lo hicieron Mera y los mandos del IV Cuerpo de Ejército».
  195. Gómez Bravo, 2026, pp. 122-123.
  196. 1 2 Preston, 2016, p. 163.
  197. Alía Miranda, 2015, p. 177.
  198. Preston, 2016, pp. 163-164.
  199. Gómez Bravo, 2026, p. 148.
  200. 1 2 Preston, 2016, p. 164.
  201. Gómez Bravo, 2026, pp. 148-149. «Franco entiende que la presencia de un socialista, una figura reconocida y opuesta a la continuación de la lucha, implica una negociación política y no lo acepta. Su sola presencia puede dar la impresión de que se ha llegado a algún tipo de acuerdo o de "arreglo" para terminar la guerra».
  202. Viñas y Hernández Sánchez, 2009, p. 133.
  203. Preston, 2016, p. 160.
  204. Preston, 2016, p. 98.
  205. Viñas y Hernández Sánchez, 2009, pp. 131-132.
  206. Gómez Bravo, 2026, pp. 146-147. «La España nacional ha pasado de ser un conglomerado militar a un Estado reconocido internacionalmente... La República desaparece del mapa».
  207. Gómez Bravo, 2026, pp. 147-148; 336.
  208. Martínez Bande, 1985, pp. 87-102.
  209. Alía Miranda, 2015, pp. 141-142. «Fue el único caso específico de toda la guerra española en el que el Gobierno británico se permitió abandonar la pasividad expectante para intervenir directamente en el conflicto».
  210. 1 2 Gómez Bravo, 2026, pp. 139-143.
  211. 1 2 Martínez López, 2018, pp. 188-189.
  212. Alía Miranda, 2015, pp. 157-161.
  213. Alía Miranda, 2015, pp. 157-158.
  214. Martínez López, 2018, p. 189. «Se produjo el hecho insólito de que Franco, por primera vez en toda la guerra, ofrecía una respuesta a una propuesta de mediación, aceptando en esencia, la última condición de Figueras al ofrecer que todos aquellos que estuviesen involucrados en asesinatos quedarían al margen de la Ley de Responsabilidades, y que se les aplicaría el Código Penal vigente en 1936».
  215. Alía Miranda, 2015, p. 159. «Por primera vez, Franco contestaba a una propuesta mediadora y daba oportunidad para la capitulación de la República. Prácticamente se daba respuesta a las condiciones mínimas exigidas a última hora por Negrín. Aunque no contestaba explícitamente a la propuesta británica, sí ofrecía lo que para muchos representaba una salida digna al Gobierno republicano, al ofrecer implícitamente que a todos los que estuvieran implicados en asesinatos no les afectaría la Ley de Responsabilidades Políticas...».
  216. Gómez Bravo, 2026, pp. 142; 145.
  217. Preston, 2016, pp. 156-161.
  218. Gómez Bravo, 2026, pp. 146-147.
  219. Romero, 1976, pp. 158-159.
  220. Casanova, 2007, p. 405.
  221. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 336.
  222. Preston, 2016, p. 172.
  223. Preston, 2016, pp. 173-175. «El anuncio de un nuevo presidente de la República que, en colaboración con el Gobierno, trataría de forjar un acuerdo de paz condicionado al compromiso franquista de que no se producirían represalias, habría socavado del todo la propia razón de ser del golpe de Casado».
  224. Martínez López, 2018, p. 190.
  225. Preston, 2016, p. 176.
  226. 1 2 Gómez Bravo, 2026, p. 150.
  227. Preston, 2016, pp. 182-183.
  228. Gómez Bravo, 2026, p. 151. «El [mapa] superponible que les entrega Matallana les permite conocer algo más que la ubicación de las tropas del enemigo. Es el instrumento fundamental para la operación decisiva del final de la guerra: la entrega y ocupación de los ejércitos que defienden Madrid. Suman más de 250 000 soldados, con estructura, armamento, fortificación y mandos profesionales».
  229. Preston, 2016, pp. 168-169; 175-176; 182.
  230. Juan María Silvela Miláns del Bosch. «Segismundo Casado López». Real Academia de la Historia.
  231. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 338-339.
  232. 1 2 Preston, 2016, p. 191.
  233. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 339.
  234. Alía Miranda, 2015, p. 179.
  235. Bahamonde Magro, 2014, pp. 142-143.
  236. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 344-345.
  237. Preston, 2016, p. 195.
  238. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 362.
  239. Preston, 2016, pp. 220-222.
  240. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 345-346.
  241. 1 2 3 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 349.
  242. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 340-342.
  243. Bahamonde Magro, 2014, pp. 158-159. «Resulta indudable que Negrín tenía en su mente un recambio de mandos, pero no podemos afirmar con nitidez quiénes serían sus protagonistas. Desde luego, estos cambios no se produjeron antes del 5 de marzo, a excepción del nombramiento de Francisco Galán para la base naval de Cartagena. No cabe, por lo tanto, utilizar como argumentación favorable al golpe casadista un hecho que, sencillamente, no ocurrió».
  244. Preston, 2016, pp. 188-194. «La urgencia subyacente a la decisión de Negrín de hacer los nombramientos el 3 de marzo ciertamente no tenía nada que ver con el menor deseo de establecer una dictadura comunista y todo con el afán de asegurar la evacuación de quienes corrían más peligro».
  245. Preston, 2016, pp. 190-194.
  246. Gómez Bravo, 2026, p. 178.
  247. Alía Miranda, 2015, p. 184.
  248. 1 2 Gómez Bravo, 2026, p. 138.
  249. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 428-429.
  250. Martínez Bande, 1985, pp. 194-199.
  251. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 426-428.
  252. 1 2 Viñas y Hernández Sánchez, 2010, p. 274.
  253. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, p. 270.
  254. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 430-431.
  255. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, pp. 276-277.
  256. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, pp. 276; 277.
  257. Martínez Bande, 1985, pp. 207-209.
  258. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 432.
  259. Martínez Bande, 1985, pp. 209-216.
  260. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 434-437.
  261. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, p. 279.
  262. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, p. 278.
  263. 1 2 Moradiellos, 2006, p. 450.
  264. 1 2 Moradiellos, 2006, pp. 451-452.
  265. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 363; 377-378.
  266. Preston, 2016, p. 225.
  267. Preston, 2016, pp. 225-226.
  268. Gómez Bravo, 2026, pp. 166-168.
  269. Preston, 2016, p. 226.
  270. Bahamonde Magro y Cervera Gil, año1999, p. 363.
  271. Gómez Bravo, 2026, p. 299.
  272. Preston, 2016, p. 227.
  273. Gómez Bravo, 2026, pp. 169-170.
  274. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 363-364.
  275. Preston, 2016, pp. 227-230.
  276. Preston, 2016, p. 230. «Los dos republicanos eran prácticamente desconocidos, y lo mismo sucedía con los representantes de la CNT y UGT. Como Gobierno era irrelevante, puesto que los únicos "ministerios" con algo similar a unas funciones reales eran los de Defensa, liderado por Casado, y Gobernación, al cargo de Carrillo. Ambos desempeñarían un papel clave a la hora de aplastar la oposición al golpe».
  277. Preston, 2016, pp. 230-231. «Al parecer, Besteiro pensaba que podría conseguir grandes cosas en un proceso de reconciliación. [...] Consideraba que su rectitud moral superior y su marginación durante la guerra tendría peso entre los franquistas. Era una opinión motivada por la arrogancia y la ignorancia. La venganza ejecutada por los nacionalistas en las ciudades republicanas conquistadas era de sobra conocida. Sin embargo, Besteiro logró ignorarlo, tal vez porque ansiaba creer la información falsa acerca de la clemencia franquista que le habían brindado sus contactos falangistas».
  278. Preston2016,, pp. 232-233.
  279. Preston2016,, pp. 234-235.
  280. Moradiellos, 2006, p. 452.
  281. Preston2016,, pp. 236-241.
  282. Romero, 1976, pp. 249-250.
  283. Preston2016,, pp. 240-241; 245.
  284. Moradiellos, 2006, p. 453.
  285. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 363.
  286. Moradiellos, 2006, p. 453. «Era entonces un hombre "pálido, ojeroso, con los párpados medio hinchados, bañado en sudor y sin afeitar", como un enfermo desilusionado", pero que "no perdía el control"».
  287. 1 2 Preston2016,, p. 243.
  288. 1 2 Moradiellos, 2006, p. 454.
  289. Preston2016,, p. 244.
  290. Romero, 1976, p. 292. «Las nuevas de la sublevación casadista en Alicante y la consiguiente detención de Etelvino Vega llegaron a Elda por teléfono. Este contratiempo, cuya gravedad no se les escapaba, decidió de manera definitiva la marcha de Negrín, del Gobierno y de los otros dirigentes».
  291. Moradiellos, 2006, pp. 454-455.
  292. Preston2016,, p. 247.
  293. Gómez Bravo, 2026, p. 177.
  294. Preston2016,, pp. 247-248. «Como adalid de la unidad republicana, el PCE no podía tomar la responsabilidad de enfrentarse al resto del Frente Popular. Además, Togliatti creía que si se hubiera tomado la decisión de combatir, los comunistas habrían sido derrotados teniendo en cuenta la envergadura de las fuerzas que se alzarían contra ellos y el derrotismo que imperaba en sus propias filas. Al fin y al cabo, ahora que Franco había sido reconocido por las grandes potencias y que la Unión Soviética buscaba una alianza con la Alemania nazi, habría sido una lucha en vano».
  295. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 406-407.
  296. Preston2016,, p. 256.
  297. Alía Miranda, 2015, p. 183.
  298. Bahamonde Magro, 2014, p. 164.
  299. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 383; 369-370. «En efecto existió un plan comunista, pero no como lo valoró Casado para justificar el golpe. Se desarrolló al ritmo que marcaban los rumores y las noticias que llegaban del campo casadista. Tuvo un carácter eminentemente defensivo, cuyo horizonte último sería salvar la organización madrileña y posibilitar la ulterior evacuación del partido en mejores condiciones. El plan se originó en un reducido círculo político-militar, en el que predominaban cuadros medios del comunismo madrileño. (...) Y es el que el objetivo no era la toma del poder, sino evitar el ostracismo de los comunistas en el bando republicano».
  300. Alía Miranda, 2015, p. 210.
  301. Preston, 2016, p. 250.
  302. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 377-379. «Algunos testimonios insisten en que muchos militares [de filiación comunista], sobre todo los profesionales, se plantearon el problema de la doble obediencia, al partido o a sus mandos, y ante esta disyuntiva optaron por la segunda solución en un clima dominado por el pesimismo y por los rumores de que Franco sería claramente generoso con los militares opuestos a mantener el espíritu de resistencia y que acelerasen el final de la guerra. Un estado de opinión que hizo mella en la solidez de militancias adquiridas no hacía mucho tiempo y en circunstancias muy diferentes [la batalla de Madrid]».
  303. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 378-386.
  304. Gómez Bravo, 2026, pp. 179-180.
  305. Preston, 2016, p. 253.
  306. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 387-391.
  307. Preston, 2016, p. 254. «El 12 de marzo, cuando la oposición comunista a Casado fue aplastada, regresó a Madrid y se instaló en la Presidencia de la Castellana, sita en la Castellana. Aprovechó su posición para organizar el canje de su hijo, que era prisionero de los franquistas, por Miguel Primo de Rivera».
  308. Gómez Bravo, 2026, pp. 182-184.
  309. Preston, 2016, p. 255.
  310. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 391-392.
  311. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 394-398.
  312. Gómez Bravo, 2026, p. 185.
  313. Preston, 2016, p. 252.
  314. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 394-398. «El general Franco sabía que la acción de Casado era la vía más cómoda y menos costosa en recursos para entrar en Madrid y liquidar la guerra. No habría más que esperar y recoger los frutos maduros».
  315. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 401.
  316. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 400-401.
  317. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 401-402.
  318. Gómez Bravo, 2026, pp. 186-187. «La primera fase de la operación para finalizar la guerra, el aislamiento del Partido Comunista y la caída del gobierno Negrín, se ha conseguido. Solo queda pasar a la segunda: absorción y entrega del territorio enemigo para consumar la rendición desde dentro».
  319. 1 2 Preston, 2016, pp. 270-273.
  320. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 402.
  321. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 402-403.
  322. Preston, 2016, p. 260.
  323. Preston, 2016, pp. 260-261.
  324. Alía Miranda, 2015, p. 188.
  325. Alía Miranda, 2015, pp. 187; 189; 219-231.
  326. Alía Miranda, 2015, p. 187.
  327. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 408-415.
  328. 1 2 Preston, 2016, p. 262.
  329. Casanova, 2007, pp. 337; 405.
  330. Bahamonde Magro, 2014, p. 188.
  331. Martínez Bande, 1985, p. 287.
  332. Aguilera Povedano, 2012, p. 333.
  333. Gómez Bravo, 2026, p. 187.
  334. Gómez Bravo, 2026, p. 190.
  335. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, p. 315.
  336. Preston, 2016, pp. 263-264.
  337. Bahamonde Magro, 2014, pp. 192-193.
  338. Bahamonde Magro, 2014, p. 190. «Quizás el cansancio de la guerra modificó las conductas y generó mecanismos psicológicos que exageraban las expectativas favorables ante unas promesas vagas e inciertas que Franco utilizó como un instrumento de guerra, para acelerar el término de esta, y no con el objetivo de la reconciliación. La confianza en la clemencia y benevolencia del enemigo paralizó, incluso, la acción defensiva y el instinto de conservación de un sector considerable del mundo político republicano».
  339. Tuñón de Lara, 1974, p. 827.
  340. Preston, 2016, pp. 279-281. «Increíblemente, Besteiro suponía que la vida para el movimiento socialista bajo el gobierno de Franco sería similar a la existencia privilegiada que había vivido durante la dictadura de Primo de Rivera».
  341. Bahamonde Magro, 2014, p. 190.
  342. Preston, 2016, p. 279.
  343. Bahamonde Magro, 2014, p. 191.
  344. Bahamonde Magro, 2014, p. 191. «Tal despropósito le permitió elaborar, en nombre del Consejo de Defensa, un documento inicial para las futuras negociaciones de paz».
  345. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 448-450.
  346. 1 2 Alía Miranda, 2015, p. 241.
  347. Gómez Bravo, 2026, p. 192.
  348. Bahamonde Magro, 2014, pp. 191-192.
  349. Preston, 2016, pp. 264-265.
  350. Gómez Bravo, 2026, pp. 192-193.
  351. Gómez Bravo, 2026, pp. 195-197.
  352. 1 2 Gómez Bravo, 2026, p. 194.
  353. 1 2 Bahamonde Magro, 2014, p. 193.
  354. Preston, 2016, pp. 265-266.
  355. Alía miranda, 2015, pp. 241-242.
  356. Preston, 2016, pp. 251-252. «Con la salvedad de Besteiro, Miguel San Andrés Castro y Antonio Pérez García, el comportamiento de los miembros del "Gabinete" de Casado fue bastante vergonzoso, no solo porque, a pesar de su retórica "heroica", garantizaron su propia huida, sino también porque apenas habían pensado en las trabajosas complejidades de la evacuación. No se trataba únicamente de que los mercantes transportaran a los evacuados y de que una flota los acompañara a sortear el bloqueo franquista. Había que preparar pasaportes y otros documentos, realizar las disposiciones para el asilo político y conseguir dinero para sustentar a los refugiados. Otro error mayúsculo de la Junta de Casado fue que, aunque se hubieran realizado todos esos preparativos, no se pensó en cómo transportar hasta la costa a quienes corrían más peligro en Madrid y en otras ciudades del interior».
  357. Bahamonde Magro, 2014, p. 193. «Franco se tomó su tiempo, teniendo en cuenta que, conforme transcurrieran las horas sin noticias, se incrementaría la descomposición de la zona republicana».
  358. Preston, 2016, p. 268.
  359. Preston, 2016, pp. 268-269; 281.
  360. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 450-451.
  361. Gómez Bravo, 2026, pp. 206-207.
  362. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 450. «Franco quería tener todo bajo control y mostrar que era él quien tomaba las decisiones y marcaba a Casado el camino que debía seguir».
  363. Bahamonde Magro, 2014, pp. 192-193. «De hecho [la ofensiva final] ya había sido preparada antes del golpe de Casado, y no se había realizado por una cuestión de economía de esfuerzos y recursos. Además para Franco la ofensiva final en forma de parada o paseo militar estaba cargada de un valor simbólico: era la liturgia de la victoria, a modo de paseo triunfal, como hacían los generales romanos a través de las calles de la capital del Imperio».
  364. Gómez Bravo, 2026, p. 199.
  365. Bahamonde Magro, 2014, p. 194.
  366. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 451-452.
  367. Gómez Bravo, 2026, pp. 194-195: 209.
  368. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 453.
  369. Gómez Bravo, 2026, p. 194. «Dan luz verde a un importante despliegue ofensivo, el más grande tras la ocupación de Cataluña».
  370. Preston, 2016, pp. 276-278.
  371. Preston, 2016, pp. 278-279.
  372. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, pp. 294-297.
  373. Preston, 2016, p. 278. «El odio hacia los comunistas había cegado a los anarquistas, hasta el punto de no ver que sus aspiraciones eran indistinguibles de las de Negrín, es decir, una resistencia suficiente para propiciar una evacuación escalonada. También los cegaba ante las verdaderas abmciones de Casado».
  374. Bahamonde Magro, 2014, p. 195.
  375. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 453-454.
  376. 1 2 3 Preston, 2016, p. 287.
  377. 1 2 Martínez Bande, 1985, pp. 310-311.
  378. Alía miranda, 2015, p. 242.
  379. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 454-457.
  380. Gómez Bravo, 2026, pp. 213-218.
  381. Gómez Bravo, 2026, p. 305.
  382. Gómez Bravo, 2026, p. 214. «No van a firmar un armisticio ni tampoco una rendición formal; la fórmula es la usada por Burgos durante toda la guerra: niegan la legitimidad republicana y, por tanto, no reconocen como interlocutor a ninguno de sus poderes ni a sus instituciones. Han ganado en todos los frentes. El único gobierno, legal, auspiciado internacionalmente, es el suyo. No se trata, por tanto, de una capitulación entre dos ejércitos sino de una rendición incondicional entre un Estado, representado por el gobierno de Burgos, y un ejército, sin mando ni gobierno alguno: el Ejército Rojo. Solo queda fijar el día D y la hora H para poner fin a esta historia».
  383. Preston, 2016, p. 287. «Se dejó claro que Franco se negaba a firmar cualquier documento que pudiera dar la impresión de que la guerra había terminado a consecuencia de algún pacto o compromiso entre ambos bandos».
  384. Gómez Bravo, 2026, pp. 215-217.
  385. Gómez Bravo, 2026, pp. 218-219.
  386. Bahamonde Magro, 2014, p. 196. «Tampoco se facilitaría el éxodo masivo de responsables, salvo para Casado y los miembros del Consejo. En un ejercicio de calculada hipocresía, Luis Gonzalo apeló a la clemencia de Franco. Las imposiciones de Gamonal sustituyeron a las concesiones del 5 de febrero».
  387. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 458-459.
  388. Preston, 2016, pp. 289-290.
  389. Gómez Bravo, 2026, pp. 220-223.
  390. Gómez Bravo, 2026, pp. 223-224.
  391. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 459-460.
  392. Alía miranda, 2015, p. 243.
  393. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 460-461.
  394. Gómez Bravo, 2026, p. 226.
  395. Bahamonde Magro, 2014, pp. 197-198.
  396. Gómez Bravo, 2026, pp. 226-227.
  397. Gómez Bravo, 2026, p. 227.
  398. Gómez Bravo, 2026, pp. 227-230; 240.
  399. Gómez Bravo, 2026, pp. 243-244.
  400. Gómez Bravo, 2026, pp. 227-230; 244.
  401. Gómez Bravo, 2026, p. 244.
  402. Juliá, 1999, p. 143.
  403. Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 462.
  404. Preston, 2016, p. 285.
  405. Alía miranda, 2015, p. 244. «Se exigía que la ocupación fuera realizada con la mayor rapidez posible... [Franco] quería un triunfo por todo lo alto, en el campo de batalla, entre militares, cuando ya no había enemigo al que batir».
  406. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 487-488.
  407. Gómez Bravo, 2026, pp. 224}; 250.
  408. Preston, 2016, pp. 291; 294.
  409. Martínez Bande, 1985, pp. 325-326.
  410. Alía Miranda, 2015, p. 245.
  411. Gómez Bravo, 2026, pp. 251-252.
  412. Alía Miranda, 2015, pp. 245-246.
  413. 1 2 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, p. 490.
  414. Preston, 2016, p. 291.
  415. 1 2 3 4 Bahamonde Magro y Cervera Gil, 1999, pp. 491-494.
  416. 1 2 3 Gómez Bravo, 2026, pp. 244-245.
  417. Bahamonde, 2014, pp. 115-116; 246-247.
  418. Pérez-Olivares, 2020, p. 63.
  419. Pérez-Olivares, 2020, pp. 19; 68-69. «El bando de Espinosa de los Monteros llamaba a entregar todas las armas de fuego y todas las materias explosivas, incendiarias y venenosas... en el plazo de 24 horas. Para aquellas personas que no cumplieran con este artículo, la pena asignada sería la capital, igual que para los autores de tiroteos o diversos actos de agresión, de robos, pillajes y saqueos, sabotajes y daños a los servicios de correos, telégrafos, teléfonos, ferrocarriles, tranvías, metro, fábricas y conducciones de agua y electricidad. El delito de rebelión se reservaba para los responsables de estaciones de radio y emisoras que funcionaran sin la autorización personal del propio Espinosa, así como los insultos, agresiones, actos de desacato y provocaciones a cualquier militar, la propagación de rumores, noticias falsas o tendenciosas, la confección, publicación, ocultación y tenencia de escritos de carácter clandestino sin ser sometidos a la previa autorización o censura. Las acusaciones y denuncias falsas, así como la omisión del señalamiento de responsabilidades con conocimiento de causa y las reuniones celebradas sin autorización, estaban penadas con la misma gravedad».
  420. Pérez-Olivares, 2020, p. 62. «Ni el último mes de guerra ni la forma en que la preparación de la ocupación de Madrid se llevó a la práctica pueden comprenderse sin el concurso del SIPM. La infiltración en los mandos republicanos, la extensión del derrotismo en la ciudad y el conocimiento en tiempo real de los combates en la retaguardia enemiga, unido a la comunicación directa con Casado, evitaron un derrumbe incontrolado, como había ocurrido en Gijón en el otoño de 1937 o en Barcelona dos meses antes de los sucesos de Madrid. También se evitó un levantamiento de los sectores de la población identificados con los sublevados como ocurrió en Valencia, adelantándose a las tropas del coronel Aymat».
  421. Gómez Bravo, 2026, pp. 246-247.
  422. Gómez Bravo, 2026, pp. 231-232.
  423. Gómez Bravo, 2026, pp. 232-233.
  424. Preston, 2016, p. 290. «Se había cerciorado de que todo el material fuera entregado en las mejores condiciones posibles con inventarios completos, desarmó a sus hombre y guardó todas las armas en el depósito de la base. Había tomado la decisión meses antes. Su digna y valerosa conducta respondía a la idea de que ese gesto de buena voluntad influiría en los franquistas y redundaría en el fomento de un ambiente de benevolencia que podría beneficiar a quienes estaban a punto de ser hechos prisioneros».
  425. Gómez Bravo, 2026, p. 250.
  426. Preston, 2016, pp. 330-331.
  427. Martínez Bande, 1985, pp. 348-349.
  428. Alía Miranda, 2015, p. 247.
  429. Gómez Bravo, 2026, pp. 262-263.
  430. Preston, 2016, p. 292.
  431. 1 2 Bahamonde Magro, 2014, p. 203.
  432. Bahamonde Magro, 2014, pp. 199-200. «Estaba claro que Franco no cantaría victoria hasta que se hubiesen marchado quienes de hecho habían rendido Madrid».
  433. Preston, 2016, pp. 292-293; 296.
  434. Bahamonde Magro, 2014, pp. 203-204. «Por ello las autoridades británicas venían valorando la utilización de este puerto desde tiempo atrás, incluso desde el verano de 1938, y orientaron hacia allí los pasos de Casado y su gente. Convencieron a los nacionales de que cesaran los bombardeos aéreos y enviaron los buques necesarios para completar la operación».
  435. Preston, 2016, pp. 297-303.
  436. Bahamonde Magro, 2014, pp. 204-207.
  437. Bahamonde Magro, 2014, p. 204.
  438. Bahamonde Magro, 2014, pp. 206-209.
  439. Preston, 2016, p. 317.
  440. 1 2 Preston, 2016, pp. 303-308.
  441. Martínez Bande, 1985, pp. 342-343.
  442. Bahamonde Magro, 2014, pp. 200; 209. «Casado y su séquito gozaron de una salida excepcional y privilegiada. Fueron sus valedores el propio ejército franquista y la marina británica. No sucedió igual con la multitud agolpada».
  443. Bahamonde Magro, 2014, p. 199.
  444. Pérez-Olivares, 2020, p. 212.
  445. Gómez Bravo, 2026, pp. 253-254.
  446. Gómez Bravo, 2026, pp. 265-266.
  447. Bahamonde Magro,, p. 214. «No se reconocía la naturaleza militar de sus acciones, pero iban a ser juzgados por ellas».
  448. Gómez Bravo, 2026, pp. 253-255.
  449. Bahamonde Magro,, pp. 211-215.
  450. Bahamonde Magro,, pp. 217-221.
  451. Bahamonde Magro,, pp. 221-223.
  452. Bahamonde Magro,, pp. 223-225.
  453. Bahamonde Magro,, pp. 228-229; 231.
  454. Bahamonde Magro,, pp. 225-228.
  455. Bahamonde Magro,, pp. 228-229. «Tendieron a infravalorar la protección a personas, considerada generalmente una actitud interesada, al igual que las actuaciones durante el golpe de Casado (siempre y cuando no fueran contra el mismo)».
  456. «Los últimos días de Madrid», www.buscameenelciclodelavida.com, enero de 2016.
  457. Preston, 2016, p. 16.
  458. David Palomo (2 de marzo de 2019): «El golpe del “traidor” Casado que acabó con la República en un Madrid hambriento», El Español. Consultado el 29 de julio de 2020.
  459. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, pp. 460-462.
  460. Viñas y Hernández Sánchez, 2010, pp. 289-290.
  461. Preston, 2016, p. 11-14.
  462. Bahamonde Magro, 2014, pp. 14-15; 239.

Bibliografía

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Enlaces externos

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