Feminismo radical

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Manifestación WomensLib en WashingtonDC 1970

El feminismo radical es una corriente feminista que surge en Estados Unidos a finales de años 60 y continúa en la década de los 70 que sostiene que la raíz de la desigualdad social en todas las sociedades hasta ahora existentes ha sido el patriarcado, la dominación del varón sobre la mujer. Esta corriente se centra en las relaciones de poder que se organizan en la sociedad, construyendo la supremacía masculina, entre otras cuestiones debido al papel reproductivo del hombre y la mujer.[1] Se denomina feminismo radical porque se propone buscar la raíz de la dominación.[2]

Las radicales identificaron como centros de la dominación patriarcal esferas de la vida que hasta entonces se consideraban "privadas". A ellas corresponde el mérito de haber revolucionado la teoría política al analizar las relaciones de poder que estructuran la familia y la sexualidad; lo sintetizaron en un slogan: lo personal es político.[3] Consideraban que los varones, todos los varones y no sólo una élite, reciben beneficios económicos, sexuales y psicológicos del sistema patriarcal, pero en general acentuaban la dimensión psicológica de la opresión. Así lo refleja el manifiesto fundacional de las New York Radical Feminist (1969), Politics of the Ego, donde se afirma: Pensamos que el fin de la dominación masculina es obtener satisfacción psicológica para su ego, y que sólo secundariamente esto se manifiesta en las relaciones económicas.[3]

Las radicales tomaron distancia de los movimientos de izquierdas de los años sesenta, que vinculaban el feminismo al socialismo y la democracia, para extender la lucha contra el patriarcado de lo económico y público a lo social y privado.[4] De esta corriente han derivado, entre otras, el feminismo cultural.

Antecedentes[editar]

A finales de la década de los sesenta se vivía, especialmente en Estados Unidos el descontento con el sistema capitalista. El que se denominó "sueño dorado" tocaba a su fin con la muerte de Kennedy, las guerras en el sudoeste asiático y la falta de confianza en los gobiernos. Al malestar generalizado se sumó lo que en 1963 Betty Friedan denominó ya "el problema que no tiene nombre" [5] en su libro "La mística de la feminidad" que en 1964 ganó el Premio Pulitzer. Por ello si bien el movimiento de mujeres se encuadró en sus orígenes en las protestas sociales emergentes de la época, sus objetivos los rebasaron.[6]

La relaciones del movimiento feminista con los dos grupos de protesta más importantes de aquellos años, el Student Nonviolent Coordinating Commitee (SNCC) comprometido con los derechos de los negros y el Students for a Democratic Society (SDS) implicado en los derechos sociales y en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam fueron complejas. Las mujeres aprendieron a estar presentes en estos movimientos, a salir del rol doméstico de los años 50 pero no todas se encontraban cómodas en estos nuevos espacios identificando las claves de las relaciones de poder. Las organizaciones estaban dominadas por hombres que eran críticos con la cultura norteamericana pero que aceptaban el sexismo presente en esa cultura.[6]

"La frustración y el malestar de las mujeres detro de los grupos de izquierda podemos resumirlos en dos frentes: la práctica política y organizativa y las cuestiones teóricas. En el primer aspecto, las mujers se encontraron con una marginación de sus actividades y una reproducción de la división sexual del trabajo. Dentro d elas organizaciones eran relegadas a los trabajos menores. Como señala Lydia Sargent Parafraseando a Betty Friedan-, después de limpiar y decorar las oficinas preparar las cenas de los activistas, fotocopiar panfletos, contestar teléfonos, etc. no podían dejar de preguntarse: ¿Y esto era todo? (Sargent, 1981). La cuestión de quién limpiaba la oficina se convertía así en una cuestión política). Por otro lado las mujeres se enfrentaban a su invisibilización como líderes, a que los debates estuvieran dominados por hombres y a que sus voces no fueran tomadas en cuenta (..) La clase constituía el eje prioritario en el análisis de la opresión, y el género o en su defecto el sexismo, o bien era objeto de bromas o no era objeto de consideración teórica"[1]

Silvina Álvarez y Cristina Sánchez en "Feminismos. Debates teóricos contemporáneos". (2001)

Las mujeres activistas debatieron sobre si debía crearse un ala en el propio movimiento u organizarse de manera autónoma.

Marco teórico[editar]

Kate Millet, su obra "Política sexual" fue clave en el feminismo radical

El feminismo radical hace hincapié en las relaciones de opresión entre los sexos.

El marco teórico del feminismo radical fue inspirado por dos obras fundamentales publicadas en 1970: Política Sexual, de Kate Millet y La dialéctica de la sexualidad, de Sulamith Firestone, obras que acuñaron conceptos fundamentales para el análisis feminista posterior, como patriarcado, género y casta sexual.

"Armadas de las herramientas teóricas del marxismo, el psicoanálisis y el anticolonialismo, estas obras acuñaron conceptos fundamentales para el análisis feminista como el de patriarcado, género y casta sexual. El patriarcado se define como un sistema de dominación sexual que se concibe, además, como el sistema básico de dominación sobre el que se levanta el resto de las dominaciones, como la de clase y raza. El género expresa la construcción social de la feminidad y la casta sexual alude a la común experiencia de opresión vivida por todas las mujeres" señala la filósofa y teórica feminista Ana de Miguel.[3]

Ambas autoras además de su producción teórica también tuvieron una activa participación en los diversos movimientos de mujeres, algo muy frecuente entre las feministas radicales. En ese sentido Kathleen Barry escribe que “la teoría feminista radical es el producto de una comunidad de feministas y surge de la interacción de teoría y praxis (…) Si bien hay diferencias entre nuestras diversas perspectivas teóricas, hay una cosa en la que todas estamos de acuerdo: el poder colectivo e individual del patriarcado (…) es el fundamento de la subordinación de las mujeres”.[7]

Muchas mujeres que formaban parte de los movimientos de emancipación que surgieron en esos años se sintieron decepcionas por el papel al que estaban relegadas y decidieron organizarse. Así, la primera decisión política del feminismo radical fue la separación de los varones y la constitución del Movimiento de Liberación de la Mujer.

Aportaciones[editar]

Grupos de autoconciencia[editar]

Algunas especialistas en historia del feminismo consideran que una de las aportaciones más significativas del movimiento feminista radical fue la organización en grupos de autoconciencia. Esta práctica comenzó en el New York Radical Women (1967). Kathie Sarachild quien le dio el nombre de "consciousness-raising". Consistía en que cada mujer del grupo explicase las formas en que experimentaba y sentía su opresión. El propósito de estos grupos era "despertar la conciencia latente que... todas las mujeres tenemos sobre nuestra opresión", para propiciar "la reinterpretación política de la propia vida" y poner las bases para su transformación. Con la autoconciencia también se pretendía que las mujeres de los grupos se convirtieran en expertas en su opresión: estaban construyendo la teoría desde la experiencia personal y no desde le filtro de las ideologías previas. Otra función importante de estos grupos fue la de contribuir a la revalorización de la palabra y las experiencias de un colectivo sistemáticamente inferiorizado y humillado a lo largo de la historia.[3]

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Willis, "Radical Feminism and Feminist Radicalism", p. 117.
  2. Puleo, Alicia. «Lo personal es político: el surgimiento del feminismo radical». Teoría feminista: de la Ilustración a la Globalización. Amorós, Celia Y de Miguel, Ana (Eds.). 
  3. a b c d Ana de Miguel. «Los feminismos a través de la historia. Capítulo III». Mujeres en Red. Consultado el 29 de septiembre de 2016. 
  4. Samara de las Heras Aguilera (enero de 2009). «Una aproximación a las teorías feministas». Universitas. Revista de Filosofía, Derecho y Política, nº 9. Consultado el 29 de septiembre de 2016. 
  5. Betty Friedan (1963). «El problema que no tiene nombre». www.mujeresenred.net. Consultado el 29 de septiembre de 2016. 
  6. a b Álvarez, Silvina; Sánchez, Cristina (2001-2008). Elena Beltrán y Virginia Maquieira (edi), ed. Feminismos, debates teóricos contemporáneos. Alianza Editorial. Consultado el 29 de septiembre de 2016. 
  7. Barry, Kathlee (1994). «Teoría del feminismo radical: política de la explotación sexual.». C. Armorós "Historia de la Teoría Feminista" Universidad Complutense.