Entierro

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Un entierro, exequias o sepelio,[1]​ es el conjunto de ceremonias y actos que acompañan al hecho de enterrar, dar sepultura (y de forma coloquial incinerar) un cadáver.[2][a]

La naturaleza y la composición de los ritos funerarios –o de duelo– del entierro dependen de la época, la cultura, la posición social del difunto y las creencias religiosas de la sociedad a las que pertenece el muerto.[3]​ Los capítulos esenciales del entierro son el embalsamamiento y el velatorio, y el traslado del cadáver hasta su sepultura o su centro de cremación.[4]

Evolución histórica[editar]

Estela griega representando un banquete fúnebre (s. IV a. C.).

Las diferentes formas de despedir al cadáver han ido variando y diferenciándose en función de las creencias religiosas, el clima, la geografía y el rango social. El enterramiento, asociado siepre al culto de los antepasados y a las creencias en la otra vida,[5]​ puede considerarse como uno de los principales elementos de estudio claves en la evolución cultural de la raza humana y una fuente importante de motivos iconográficos relacionados con la muerte.[6]

Resulta esclarecedora la rica cultura que rodea a los enterramientos en estadios anteriores a la Prehistoria y por tanto anteriores a la práctica del cultivo.[b]​ Un simbolismo casi universal –determinado por principios como la Tierra como madre fecunda y las nociones de renacimiento y ‘postvida’– favorece la idea de que todo aquel cuyos restos sean entregados a la tierra podrán recibir de ella una nueva experiencia vital, como un elemento más del ciclo agrario.[6]

En el mundo antiguo[editar]

  • En el primitivo Egipto de los faraones, tras la muerte de una persona, una junta o tribunal público decidía si la respetabilidad del muerto merecía un entierro especial o debía ser enterrado en una fosa (el «tártaro»); así, aquel que moría dejando deudas, no era digno de exequias.
  • El rito fúnebre hinduista más común consiste en una ceremonia con ofrenda de elementos llamada antyesty, previa a la cremación del difunto y la posterior entrega de las cenizas a algún río sagrado.
  • Entre los judíos, los entierros podían durar siete días, llegando a los treinta días cuando se trataba de príncipes o reyes. Durante este tiempo, y entre los practicantes más estrictos, los parientes debían ayunar, ir con la cabeza descubierta y descalzos, y dormir sobre la ceniza revestidos de cilicios. Por lo general, los cadáveres eran enterrados.
  • En la antigua Atenas, el cuerpo del difunto, lavado y perfumado era expuesto en el vestíbulo de su casa y se procedía a su entierro con gran solemnidad, formando parte de la comitiva tocadores de flauta, los hijos, las mujeres lanzando agudos gritos y mesándose los cabellos, los parientes y los amigos. El cadáver era quemado e inhumado, se pronunciaba el elogio del difunto si era personaje importante o tuvo una muerte heroica y se terminaban las ceremonias con un banquete.
Lápida representando al difunto y su viuda en una fiesta.
  • En Roma, y entre las clases privilegiadas, después de que el agonizante diera su último suspiro se le quitaba la sortija, se le cerraban los ojos y la boca y se le llamaba tres veces por su nombre. El cuerpo lavado, perfumado y revestido con los mejores trajes permanecía expuesto muchos días en el vestíbulo de la casa mortuoria. En los primeros tiempos de la república, el entierro se verificaba siempre de noche. Iba a la cabeza de la comitiva un maestro de ceremonias seguido de lictores vestidos de negro. Seguían a continuación los músicos, las plañideras o llorones (praficae) con lacrimatorios de barro o de vidrio, los arquimimos que representaban con gestos las principales acciones de la vida del difunto, los esclavos libertos, los retratos de los antepasados y las insignias. El cuerpo era llevado en una litera (féretrum) por portantes especiales o bien por la familia o elevados personajes y seguían detrás los parientes cubiertos con velos y exhalando gritos lastimeros. Se pronunciaba el elogio del difunto en el foro si era personaje notable y en seguida era llevado el cadáver a la pira encendida siempre extramuros. Se recogían las cenizas en una urna y eran colocadas en el sepulcro de la familia (columbarium). El entierro iba seguido de banquetes (silicernia) y a veces, de juegos fúnebres. Los cuerpos de los pobres eran conducidos en un ataúd común (sandápila) e inhumados sin ninguna ceremonia. Sin embargo, las personas modestas habían constituido «colegios funerarios» para asegurar a cada uno de sus asoiados una sepultura decorosa y oraciones fúnebres.

Entierro civil[editar]

Existen ritos funerarios sin creencias religiosas. En línea con la corriente ideológica del laicismo, que va ganando adeptos en España,[7]​ las exequias laicas (o civiles) proliferan como alternativa al entierro religioso. Ayuntamientos como el de Vitoria ya lo ofrecen como uno más de sus servicios.[8][9]​ Un modelo de entierro civil incluye unas palabras de bienvenida a los asistentes, una reflexión sobre la vida y la muerte, unas palabras sobre el difunto, la lectura de un poema y una despedida.[10]

Ritos y supersticiones[editar]

En la tradición española, el entierro propiamente dicho comienza con la ceremonia de sacar el ataud de la casa del difunto, cuidando de que el difunto “salga con los pies por delante”, como recomiendan dichos, sentencias y refranes. La tradición dictaba que el féretro debía ser llevado exclusivamente por los hombres de la familia o muy allegados al difunto (llegando a ocurrir que si eran desconocidos quien lo hacían las mujeres y vecinas de la familia les sometían a todo tipo de insultos, desde la puerta o ventanas de la casa del muerto, pues hasta el siglo xx era preceptivo que, salvo las plañideras profesionales, el sexo femenino no acompañaran de facto al difunto hasta el lugar de su sepultura, aunque sí pudieran estar apostadas a lo largo de la carrera seguida por el féretro y su comitiva. Ese recorrido, como antes el velatorio, debía gozar de la presencia de las mencionadas lloronas (pues «las lágrimas aportan la sal necesaria en el tránsito a la otra vida»), quedando asociada la cantidad y el desgarro de su llanto a la categoría social y el rango del muerto.[c]​ También debían acompañar al muerto en su último viaje las flores (los tradicionales ramos y coronas de difuntos), como símbolo del amor.[3]

Entre las supersticiones de origen religioso está la de evitar celebrar el entierro los viernes. Otra superstición muy popular, aunque practicamente desaparecida en el siglo xxi, era que cruzarse con un entierro era signo o señal de mal augurio, lo que obligaba a descubrirse la cabeza (quitarse el sombrero, gorra, etc.) para compensar el «fatum».[3]​ Queda la anécdota de que el gran matador Rafael Gómez Ortega ‘el Gallo’ renunció a torear en varias ocasiones por haberse encontrado con un entierro cuando se desplazaba él hasta la plaza.[3]

El entierro de un personaje[editar]

A pesar de que José Ortega y Gasset denunció públicamente el olvido oficial,[11]​ institucional y político, de Benito Pérez Galdós, en una encendida necrológica publicada en el diario El Sol el 5 de enero de 1920,[12]​ Por su parte, Unamuno en idéntica fecha escribía que, leyendo su obra, «nos daremos cuenta del bochorno que pesa sobre la España en que él ha muerto».[13]​ lo cierto es que, según la prensa del momento,[14]​ uno de los primeros en presentarse en la casa mortuoria fue, efectivamente, Natalio Rivas, ministro de Instrucción Pública, además de políticos como Alejandro Lerroux (siempre atento a la simbología de lo público) o la condesa y amiga íntima del finado Emilia Pardo Bazán. Poco después llegó el torero Machaquito y una interminable procesión de amigos, conocidos y personalidades varias. El desfile aumentaría en forma progresiva cuando desde las once de la noche del mismo día de su muerte quedó instalada la capilla ardiente en el Patio de Cristales del Ayuntamiento de Madrid. Allí acudieron el jefe del Gobierno y cinco de sus miembros junto con «cientos de miles de ciudadanos».[15]​ También ese mismo día 4, el ministro Rivas puso a la firma del rey un Decreto «estableciendo honores y distinciones», entre las que se incluían que el entierro fuese costeado por el Estado y la asistencia de las Reales Academias, Universidades, Ateneo y Centros de Enseñanza y Cultura, además de otros funcionarios ministeriales. El Senado, por su parte, celebró una sesión para acordar el pésame de la institución y su asistencia oficial al sepelio. Se publicó una esquela mortuoria dándoles el pésame a los familiares (la hija de Galdós y su marido, su hermana Manuela, ausente en Las Palmas de Gran Canaria, el albacea Alcaín...).

En señal de duelo, esa noche del 4 de enero se cerraron todos los teatros de Madrid con el cartel de No hay función.[15]​ En la prensa madrileña y nacional, algunos diarios como el conservador La Época publicaron números extraordinarios glosando la imagen del escritor canario fallecido.[16]

El lunes 5 de enero de 1920, rodeando el féretro la Guardia Municipal, de gala, y cubierto por coronas de flores, partió el entierro de Benito Pérez Galdós. Los periódicos hablaron luego de que 30 000 personas habían pasado por la capilla ardiente y de que unas 20 000 formaron cortejo extraoficial hasta el cementerio.[17]​ Aunque en esa época no era costumbre que las mujeres acudieran a los entierros, en aquella ocasión participó la actriz Catalina Bárcena (creando así un cierto precedente), y en cuanto el duelo oficial se retiró, a la altura de la Puerta de Alcalá, progresivamente fueron acudiendo las otras mujeres de Madrid: las menestralas, las obreras, las madres de familia de las clases populares.[16][18]​ El abuelo que contaba historias que ellas podían entender y sentir, el hermano escritor que las había inmortalizado con muy diversos nombres y sentimientos, emprendía aquella fría tarde su último viaje.[19]


Véase también[editar]

Notas[editar]

  1. No debe confundirse con el funeral, término que en inglés tiene un significado y uso ambiguos, pero que en español se define como el «conjunto de los oficios solemnes que se celebran por un difunto algunos días después del entierro o en cada aniversario de su muerte». Siendo el entierro, propiamente dicho y definido así por la RAE, tanto el hecho físico como lo «perteneciente o relativo al entierro y a las exequias».
  2. Revilla, en su Diccionario de iconografía, menciona el dato de la existencia de «enterramientos rituales hace 200.000 años», a mediados de Paleolítico, localizados en los yacimientos europeos de Le Moustier y la Ferrasie (en Dordoña), y de ejemplos posteriores en los enterramientos de las cuevas de Grimaldi (en la Riviera italiana) o de la cueva de Paviland (en Gales del Sur).
  3. Informa asimismo Revilla que, en la localidad murciana de Abarán se registró la existencia de plañideras profesionales hasta de década de 1950.

Referencias[editar]

  1. «sepelio». .wordreference.com. Consultado el 21 de febrero de 2018. 
  2. Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2014). «entierro». Diccionario de la lengua española (23.ª edición). Madrid: Espasa. ISBN 978-84-670-4189-7.  Primera acepción del término
  3. a b c d Flores Arroyuelo, 2000, p. 110-111.
  4. Casares, 1975, p. 164.
  5. Cirlot, Juan-Eduardo (1991). Diccionario de Símbolos. Barcelona: Editorial Labor. p. 212 (funerario). ISBN 9788433535047. 
  6. a b Revilla, 1990, p. 139.
  7. España: gente más laica, instituciones igual de religiosas
  8. Espacios municipales disponibles para albergar ceremonias civiles
  9. About civil funerals
  10. Video explicativo
  11. Si bien no lo firmó, como tampoco firmó decenas de sueltos en El Sol en el que colaboró desde el año de su fundación, 1917.
  12. José Ortega y Gasset: "La muerte de Galdós" (1920). Texto completo en Wikisource Obras Completas III, 2005, 301-302.
  13. Unamuno, Libros y autores españoles contemporáneos, Austral, 1972, pp. 175-77
  14. López Quintáns, Javier"Notas sobre la muerte de Galdós en la prensa de la época y varios textos olvidados".
  15. a b Ortiz-Armengol, 2000, p. 512.
  16. a b Ortiz-Armengol, 2000, pp. 511-513.
  17. Hemeroteca digital de la BNE Consultado en agosto de 2014
  18. Casalduero, 1974, p. 34.
  19. Chonon, 1948, pp. 451-458.

Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]