España vaciada

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Variación de la población española entre 1981 y 2005, donde se pueden apreciar las provincias que mayor porcentaje de población han perdido en este período.

El término España vaciada hace referencia a las zonas de España que sufrieron emigraciones masivas durante el denominado éxodo rural de los años 1950 y 1960, que a comienzos del siglo XXI abarcan el 90 % del territorio español.

El escritor Sergio del Molino publicó en 2016 un libro de título España vacía, en el que hacía un análisis de la situación de buena parte de la España interior. Partiendo de esa idea, posteriores análisis reinvindicativos hablaron de que esa parte de España no está solo vacía, como que sucesivas políticas de todo signo la estaban vaciando, no solo de población sino de acciones para cortar esa sangría. Por tanto, hay una acción, o mejor una no actuación sobre esa España. El concepto nace, por tanto, como un marco reivindicativo ante el olvido de los pueblos y su supeditación al desarrollo urbano, y de hecho será el lema que se defendió en las marchas que comenzaron en el 2019 por la visibilización y contra el abandono de las zonas rurales, una «revuelta campesina» como ellos mismos la denominaron.[1]

Proceso[editar]

La historia de la “España Vaciada” comienza en los primeros años de la Dictadura de Francisco Franco y se extiende hasta nuestros días pasando por diferentes etapas en las que van cambiando tanto la dinámica económica del país como como la concepción social del mundo rural. No es posible entender este fenómeno sin contextualizarlo en la época y la situación social que le corresponden: la destrucción heredada de la guerra civil española, el aislamiento internacional, la importante tradición rural de la población (la gran mayoría estaba empleada en el sector primario) y la tendencia modernizadora de las grandes potencias mundiales.

Con este preludio nace la primera etapa de la “España Vaciada” en los años cuarenta, el nuevo régimen manifiesta su índole conservadora con intención de preservar las formas de vida tradicionales reforzando la supremacía de las clases de terratenientes sobre el pequeño campesinado (un problema heredado del Antiguo Régimen y que necesitaba de una profunda reforma agraria), que será quien protagonice las primeras migraciones ante su imposibilidad de autoabastecerse cuando lleguen el hambre y las penurias de la temprana posguerra.[2]

Pero las aspiraciones de esta conservación de las formas de vida tradicionales tenían, por un lado, la intención de idealizar la agricultura y la vida rural en un marco armónico y pacífico al margen de los problemas que pudieran suceder en la sociedad; y por otro lado escondían el propósito mayor de supeditar el sector agrícola a la industrialización del país, un cambio que fue propiciado por el empoderamiento en los años sesenta y setenta de los llamados “tecnócratas”, quienes lideraron la modernización del país en pro del desarrollismo y la productividad alimentando la superioridad moral y cultural de las nuevas sociedades urbanas en contraste con el supuesto atraso del mundo rural y su consecuente menosprecio y acomplejamiento. Con ello la migración del campo a las ciudades se masificó despoblando el mundo rural con la esperanza de encontrar formas de vida menos precarias en las oportunidades que ofrecían los novedosos núcleos urbanos.[2]

Poco después llegará la década de los ochenta con las ciudades saturadas y sobrepobladas, el fin del régimen franquista, la entrada del país en la Comunidad Económica Europea (1986) y nuevas tendencias sociales gestándose en el panorama mundial. Todo ello hace que la sociedad en su conjunto cambie su concepto de calidad de vida hacia la idea que conservamos hoy revalorizando las tradiciones y preocupándose por conservar el medio natural, un impulso que permite a los núcleos rurales resurgir de su aislamiento reinventándose y ofreciendo oportunidades novedosas para escapar de las ciudades a través del ocio, el turismo y el rescate de las tradiciones. Esta apreciación actual por las zonas rurales despobladas de nuestro país es lo que ha permitido a la “España Vaciada” ser el centro de numerosas manifestaciones, movimientos sociales e incluso debates parlamentarios y decisiones políticas desembocando en importantes proyectos neorruralistas que motivan a la reflexión sobre el pasado y el futuro de estas tierras que han sido despobladas.[2]

Las reivindicaciones de la “España Vaciada” pasan por todas las dificultades a las que se enfrenta el mundo rural en su brecha con las condiciones de vida urbanas: la degradación del medio natural (pérdida de ecosistema, descenso de la productividad, abandono de tierras), las condiciones de vida y de trabajo precarias, la falta de mano de obra, la deslocalización del modelo de producción y consumo, y la imposición de una Política Agraria Común (PAC) europea obsoleta en muchos sentidos y centrada en la productividad y el rendimiento económico de la tierra.[3]

El abandono de los territorios hortícolas comenzó con las políticas desarrollistas de los años sesenta, estrategias de gran éxito económico a corto plazo que impusieron la mecanización del campo (con el consecuente excedente de mano de obra) e imposibilitaron la rentabilidad económica del pequeño campesinado.[4]​ La tendencia de abandono en la actualidad, aunque hereda los problemas del pasado, está muy ligada a la degradación de la calidad ambiental de la que depende el sector primario: la ganadería intensiva, la agricultura de monocultivo, el uso de fertilizantes, la deforestación, la minería, la industrialización, la urbanización y la contaminación del aire y del agua, entre otros, son los causantes de grandes problemas como la erosión de los suelos, la pérdida de fertilidad, el aumento de la acidez y la salinidad del sustrato, la desertificación, la inestabilidad del terreno, la merma de biodiversidad y el colapso de los ciclos naturales, etcétera, una situación que se descentra del autoabastecimiento e imposibilita la subsistencia de las poblaciones rurales dejando como única opción la migración a núcleos urbanos donde se asegure una mínima calidad de vida.[5][6]

A este problema de colapso ecológico se le suma el desarraigo de tradiciones rurales y el desinterés de la juventud por emplearse en el sector primario: la escasa mano de obra local no está dispuesta a aceptar las condiciones sociolaborales que se ofrecen de salarios mínimos y trabajo intensivo a la par que inestable, pues el éxito depende tanto de la prosperidad de las tierras como de la introducción de innovaciones tecnológicas y prácticas de gestión, que buscan incrementar la productividad de la agricultura al tiempo que reducen las posibilidades de empleo en la misma y la calidad del medio. La reticencia de la población local y su insuficiente mano de obra lleva a una dependencia de las empresas agrarias de mano de obra inmigrante.[7]​ 

En 2020, durante la pandemia de COVID-19 y su confinamiento estricto con el cierre de fronteras, la “España Vaciada” ha sido— y es— un punto clave para el abastecimiento de alimentos a las urbes. La situación demostró la necesidad de una mayor mano de obra local tal y como denunciaron los jornaleros, muchos huertos quedaron abandonados y sus cosechas sin recoger provocando el aumento del precio de los productos al tiempo que se esperaba la llegada de mano de obra extranjera dispuesta a realizar dichas tareas.[8]​ Con ello se ha demostrado que el sector primario, un sector ‘abandonado’, es fundamental para el país.[9]​ 

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Ordaz, Belén Remacha, David Noriega, Ana (29 de marzo de 2019). «La España vaciada, el medio país con escasez de población y servicios que sale a la calle convertido en el centro de la disputa electoral». ElDiario.es. Consultado el 9 de enero de 2021. 
  2. a b c Entrena-Durán, Francisco (2012). «La ruralidad en España: de la mitificación conservadora al neorruralismo*». Cuadernos de Desarrollo Rural 9 (69). ISSN 2215-7727. doi:10.11144/Javeriana.cdr9-69.remc. Consultado el 9 de enero de 2021. 
  3. Pinilla, Fernando Collantes Vicente (2020). «La verdadera historia de la despoblación de la España rural y cómo puede ayudarnos a mejorar nuestras políticas». Documentos de trabajo de la Asociación Española de Historia Económica (20): 1. Consultado el 9 de enero de 2021. 
  4. Millán Pascual, R., Falquina Aparicio, A., & Compañy, G. (2019, marzo). «ARQUEOLOGÍAS DEL DESARRAIGO.UNA APROXIMACIÓN AL PROCESO DE ABANDONO Y DESTRUCCIÓN DEL RURAL: EL CASO HONTANILLAS (GUADALAJARA, ESPAÑA)». VESTIGIOS – Revista Latino-Americana de Arqueología Histórica, vol. 13, núm. 2, p. 11. 
  5. Cerdà, Artemi (2001, diciembre). «La erosión del suelo y sus tasas en España». Ecosistemas: Revista de ecología y medio ambiente, vol. 10, núm. 3, pp. 2-6. 
  6. Mora Marín, M.A; Ríos Pescador, L. Ríos Ramos, L. Almario Charry, J.L. (2017, mayo). «Impacto de la actividad ganadera sobre el suelo en Colombia». Revista Ingeniería y Región: núm. 17 pp. 2-7. 
  7. Izcara Palacios, S. (2005, diciembre). «Inmigrantes marroquíes en el sector agrario andaluz». Estudios Fronterizos, vol. 6, núm. 12, pp. 9-38. 
  8. Navarro, Juan (26 de mayo de 2020). «La odisea de esquilar ovejas a 10.000 kilómetros». EL PAÍS. Consultado el 9 de enero de 2021. 
  9. González-Cuevas, N. (2020, marzo). «La España Vaciada socorre a las metrópolis en la crisis sanitaria del COVID-19.». Revista ASAJA, núm. 409, pp. 20-24.