Ensayo

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Michel Eyquem de Montaigne, filósofo y escritor del Renacimiento, fue el primero en usar el término “ensayo” para denominar sus escritos siendo consciente de su novedad estilística. Así tituló Ensayos a su obra cumbre que aun hoy sigue siendo un modelo para caracterizar el género ensayístico. Por eso la crítica literaria lo considera el creador del género.[1] Aquí aparece retratado por Daniel Dumonstier.

El ensayo[2] es un tipo de texto en prosa que analiza, interpreta o evalúa un tema. Se considera un género literario, al igual que la poesía, la narrativa y el drama.

Las características que debe tener un ensayo son las siguientes:

  • Es un escrito serio y fundamentado que sintetiza un tema significativo.
  • Posee un carácter preliminar, introductorio, de carácter propedéutico.
  • Presenta argumentos y opiniones sustentadas.

Es un género literario dentro del más general de la didáctica.

Casi todos los ensayos modernos están escritos en prosa. Si bien los ensayos suelen ser breves, también hay obras muy voluminosas como la de John LockeEnsayo sobre el entendimiento humano”.

En países como Estados Unidos o Canadá, los ensayos se han convertido en una parte importante de la educación. Así, a los estudiantes de secundaria se les enseña formatos estructurados de ensayo para mejorar sus habilidades de escritura, o en humanidades y ciencias sociales se utilizan a menudo los ensayos como una forma de evaluar el conocimiento de los estudiantes en los exámenes finales, o ensayos de admisión son utilizados por universidades en la selección de sus alumnos.

El concepto de "ensayo" se ha extendido a otros medios más allá de la escritura. Un ensayo fílmico es una película que se centra en la evolución de un tema o una idea. Un ensayo fotográfico es una forma de cubrir un tema con una serie enlazada de fotografías.

Definición[editar]

Un ensayo es una obra literaria relativamente breve, de reflexión subjetiva, en la que el autor trata de una manera personal, no exhaustiva, y en la que muestra cierta voluntad de estilo de forma más o menos explícita. Esto último propone crear una obra literaria, no simplemente informativa. Puede tratar sobre temas de literatura, filosofía, arte, ciencias, sociales y política, entre otros.

El ensayo, a diferencia del texto informativo, no posee una estructura definida ni sistematizada o compartimentada en apartados o lecciones, por lo que ya desde el Renacimiento se consideró un género más abierto que el medieval tractatus o que la suma, y se considera distinto a él también por su voluntad artística de estilo y su subjetividad, ya que no pretende informar, sino persuadir o convencer. No pretende agotar un tema, como el tratado: de ahí su subjetividad, su carácter asistemático y su estructura flexible.

El ensayo es una interpretación o explicación de un determinado tema —humanístico, filosófico, político, social, cultural, deportivo, por mencionar algunos ejemplos—, desarrollado de manera libre, asistemática, y con voluntad de estilo sin que sea necesario usar un aparataje documental.

En la Edad Contemporánea este tipo de obras ha llegado a alcanzar una posición central.

En la actualidad está definido como género literario, debido al lenguaje, muchas veces poético y cuidado que usan los autores, pero en realidad, el ensayo no siempre podrá clasificarse como tal. En ocasiones se reduce a una serie de divagaciones y elucubraciones, la mayoría de las veces de aspecto crítico, en las cuales el autor explora un tema concreto o expresa sus reflexiones sobre él, o incluso discurre y diserta sin tema específico.

Ortega y Gasset lo definió como "la ciencia sin la prueba explícita". Alfonso Reyes afirmó que «el ensayo es la literatura en su función ancilar» —es decir, como esclava o subalterna de algo superior—, y también lo definió como «el Centauro de los géneros». El crítico Eduardo Gómez de Baquero —más conocido como Andrenio— afirmó en 1917 que «el ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía, y hace excursiones del uno al otro». Y por su parte Eugenio d'Ors lo definió como la «poetización del saber».

Utiliza la modalidad discursiva expositivo-argumentativa y un tipo de «razonamientos blandos» que han sido estudiados por Chaïm Perelman y Lucie Ollbrechts-Tyteca en su Tratado de la argumentación.

A esto convendría añadir además que en el ensayo existe, como ha apreciado el crítico Juan Marichal, una «voluntad de estilo», una impresión subjetiva que es también de orden formal.

Otros géneros didácticos emparentados con el ensayo son:

Historia del ensayo[editar]

Europa[editar]

Portada de Essays de Francis Bacon de la primera edición de 1597 que luego iría revisando y ampliando hasta la versión definitiva de 1625. También Michel de Montaigne revisó sus Essais. En la segunda imagen, conservada en la Biblioteca Municipal de Burdeos, sobre una copia de su quinta edición escribió sus propias adiciones y modificaciones manuscritas con las que se publicó su última edición a título póstumo en 1595.

El desarrollo moderno y más importante del género ensayístico vino sobre todo a partir de los Essais (1580) del escritor renacentista francés Michel de Montaigne. Unos años después, Francis Bacon siguió su ejemplo y publicó sus Essays que en su primera edición de 1597 contenía 10 ensayos y en su tercera edición, la más amplia e imprimida en 1625, contenía 59 ensayos.

Los precedentes más antiguos del ensayo hay que buscarlos en el género epidíctico de la oratoria grecorromana clásica; las Cartas a Lucilio (de Séneca) y los Moralia (de Plutarco) vienen a ser ya prácticamente colecciones de ensayos. En el siglo III d. C. Menandro el Rétor, aludiendo a ello bajo el nombre de «charla», expuso algunas de sus características en sus Discursos sobre el género epidíctico:

  • Tema libre (elogio, vituperio, exhortación).
  • Estilo sencillo, natural, amistoso.
  • Subjetividad (la charla es personal y expresa estados de ánimo).
  • Se mezclan elementos (citas, proverbios, anécdotas, recuerdos personales).
  • Sin orden preestablecido (se divaga), es asistemático.
  • Extensión variable.
  • Va dirigido a un público amplio.
  • Conciencia artística.
  • Libertad temática y de construcción.

En Grecia donde el ensayo tiene su origen, se consideraba como una proposición original que dispone elementos de creación, generación e innovación. Se partía del conocimiento normal (establecido) para romperlo. A partir de elementos que lo hacen, al conocimiento, diferente en: perspectiva, conjunción, relación, conformación, etc.

Japón[editar]

Yoshida Kenko (1283 - 1350). Monje budista japonés autor de Tsurezuregusa, colección de 243 ensayos cortos, publicados póstumamente. Tratan de la belleza de la naturaleza, la transitoriedad de la vida, las tradiciones, la amistad y otros.

Los ensayos existían en Japón varios siglos antes de que se desarrollaran en Europa en un género denominado Zuihitsu que se remonta a casi los inicios de la literatura japonesa. Muchas de las primeras obras más notables de la literatura japonesa están en este género. Un ejemplo notable es Makura no Sōshi (El libro de la almohada) del siglo XI escrito por Sei Shonagon, dama de compañía de la emperatriz, en la que recogió sus experiencias diarias en la corte Heian. Un segundo ejemplo es Tsurezuregusa (Ensayos en ociosidad) escrito por el monje budista Yoshida Kenkō. Kenkō describió sus breves escritos de manera similar a Montaigne, refiriéndose a ellos como "pensamientos sin sentido", escritos en "horas muertas". Se trata de su trabajo más famoso y una de las obras más estudiadas de la literatura japonesa medieval.

Evolución del ensayo en España[editar]

En España el género surge en forma de epístolas, discursos, diálogos y misceláneas en el siglo XVI con las Epístolas familiares (1539) de Fray Antonio de Guevara; diálogos o misceláneas como la de Luis Zapata (1592) o el Jardín de flores curiosas (1573) de Antonio de Torquemada y prosigue en el XVII con el Pusilipo (1629) de Cristóbal Suárez de Figueroa, las Cartas filológicas (1634) de Francisco Cascales y los Errores celebrados de la antigüedad (1653) de Juan de Zabaleta.

Luego, aparece sólidamente constituido a principios del siglo XVIII con el muy reimpreso Teatro crítico universal (1726-1740) y las Cartas eruditas y curiosas (1742-1760) del padre Benito Jerónimo Feijoo, quien los denomina discursos (de "discurrir") o cartas; a finales del mismo, bajo la vaga y falsa apariencia de novela epistolar, aparecen las Cartas marruecas (1789) de José Cadalso y las Cartas económico-políticas (1785-1795) de León de Arroyal.

Solamente en el siglo XIX tomará la denominación propia de ensayo cuando empiecen a escribirlos algunos autores de la Generación de 1868: Emilia Pardo Bazán (La cuestión palpitante, 1883 y 1884), Juan Valera (Disertaciones y juicios literarios, La libertad en el arte...), Marcelino Menéndez Pelayo (Ensayos de crítica filosófica), Leopoldo Alas (Solos, 1881, y Palique, 1894). La prensa empieza a acogerlos en algunas revistas de fin de siglo y ya se encontrará completamente asentado propiamente con los escritos en el siglo XX por la Generación del 98: Miguel de Unamuno (En torno al casticismo, 1895, y otros), José Martínez Ruiz (Al margen de los clásicos, 1915), Pío Baroja (La caverna del humorismo, 1919; El tablado de Arlequín y Nuevo tablado de Arlequín, 1903 y 1917; Vitrina pintoresca, 1935; Momentum catastroficum, 1918), Ramiro de Maeztu (Hacia otra España, 1899; La crisis del humanismo, 1919) y Antonio Machado (Juan de Mairena, 1936).

Destaca especialmente el Novecentismo, que contó con ensayistas tan dotados como José Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote, 1914; El Espectador 1916-1934, 8 vols.; España invertebrada, 1921; La deshumanización del arte, 1925 etc.), Ramón Pérez de Ayala (Las máscaras, 1917–1919; Política y toros, 1918, etc.), Gregorio Marañón (Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, 1930; Tiempo nuevo y tiempo viejo, 1940; Don Juan. Ensayo sobre el origen de su leyenda, 1940; Ensayos liberales, 1946), Eugenio d'Ors (Glosari, 1915-1917; Oceanografía del Tedi, 1918; Tres horas en el Museo del Prado. Itinerario estético, 1922), Rafael Cansinos Asséns (El divino fracaso, 1918; Ética y estética de los sexos, 1921; La nueva literatura 1917–1927, 4 vols.; Los temas literarios y su interpretación, 1924 etc.), Ramón Gómez de la Serna (La utopía, 1909; El concepto de nueva literatura, 1909; El rastro, 1915; Ismos, 1931), José Bergamín (La cabeza a pájaros, 1934; El arte de birlibirloque - La estatua de Don Tancredo - El mundo por montera 1961; Ilustración y defensa del toreo, 1974; Beltenebros y otros ensayos sobre literatura española Barcelona, 1973; El clavo ardiendo, 1974; La importancia del demonio y otras cosas sin importancia, 1974; Al fin y al cabo: (prosas) 1981 etc.) o Manuel Azaña (Ensayos sobre Valera), entre otros.

El ensayo en Hispanoamérica[editar]

El ensayo en Hispanoamérica cuenta con grandes figuras. Entre los precursores más influyentes cabe destacar al escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1988) con su Facundo o Civilización y barbarie (1845) y al uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917) por su Ariel (1900). El mexicano José Vasconcelos (1881-1959) escribe sobre filosofía, estética e historia, pero es especialmente renombrado por sus ensayos de tema americano, por ejemplo su La raza cósmica, donde postula que una raza mestiza americana es la que en el futuro dirigirá el mundo. El dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) y el argentino Ricardo Rojas (1882-1857) exploran la identidad de sus respectivos países y los que escribe el peruano José Carlos Mariategui (1895-1930) están enfocados desde el punto de vista de las ciencias sociales. También son importantes el argentino Eduardo Mallea, el peruano José Carlos Mariátegui, el mexicano Leopoldo Zea y el cubano José Antonio Portuondo, entre muchos otros.

Ya en pleno siglo XX destacan poderosamente cuatro figuras por su amplitud de conocimientos y ancho de banda: el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) con Cuestiones estéticas, Visión del Anahuac, La experiencia literaria o El deslinde, entre otras obras; el ya citado Pedro Henríquez Ureña (Ensayos criticos, Historia de la cultura en América Latina, Plenitud de América); el muy original e influyente argentino Jorge Luis Borges (Inquisiciones, Otras inquisiciones, Historia de la eternidad...) y el mexicano Octavio Paz, bien con sus ensayos sobre la idiosincrasia mexicana (El laberinto de la soledad), bien con otros de tema más variado (Las peras del olmo, Cuadrivio).

Lógica en el ensayo[editar]

La lógica es crucial en un ensayo y lograrla es algo más sencillo de lo que parece: depende principalmente de la organización de las ideas y de la presentación. Para lograr convencer al lector hay que proceder de modo organizado desde las explicaciones formales hasta la evidencia concreta, es decir, de los hechos a las conclusiones. Para lograr esto el escritor puede utilizar dos tipos de razonamiento: la lógica inductiva o la lógica deductiva.

De acuerdo con la lógica inductiva el escritor comienza el ensayo mostrando ejemplos concretos para luego deducir de ellos las afirmaciones generales. Para tener éxito, no sólo debe elegir bien sus ejemplos sino que también debe presentar una explicación clara al final del ensayo. La ventaja de este método es que el lector participa activamente en el proceso de razonamiento y por ello es más fácil convencerle.

De acuerdo con la lógica deductiva el escritor comienza el ensayo mostrando afirmaciones generales, las cuales documenta progresivamente por medio de ejemplos bien concretos. Para tener éxito, el escritor debe explicar la tesis con gran claridad y, a continuación, debe utilizar transiciones para que los lectores sigan la lógica/argumentación desarrollada en la tesis. La ventaja de este método es que si el lector admite la afirmación general y los argumentos están bien construidos generalmente aceptará las conclusiones.

Ensayos celebres y algunos fragmentos[editar]

Algunos de los ensayos más reconocidos, tanto en otros idiomas como en español, son los siguientes:

Los siguientes son fragmentos de ensayos.

Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética —y tal vez una estética— para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal.

Si viajamos por Castilla no encontramos otra cosa que labriegos laborando sus vegas, oblicuos sobre el surco, precedidos de la yunta, que sobre la línea del horizonte adquiere proporciones monstruosas. Sin embargo, no es la castellana actual una cultura campesina: es simplemente agricultura, lo que queda siempre que la verdadera cultura desaparece. La cultura de Castilla fue bélica. El guerrero vive en el campo, pero no vive del campo -ni material ni espiritualmente.

Aquí de cierta réplica varonil que refiere De Quincey (Writings, onceno tomo, página 226). A un caballero, en una discusión teológica o literaria, le arrojaron en la cara un vaso de vino. El agredido no se inmutó y dijo al ofensor: “Esto, señor, es una digresión, espero su argumento”. (El protagonista de esa réplica, un doctor Henderson, falleció en Oxford hacia 1787, sin dejarnos otra memoria que esas justas palabras: suficiente y hermosa inmortalidad.) [3]

No hay ningún hombre más desacertado que yo para hablar de memoria, pues es tan escasa la que tengo que no creo que haya en el mundo nadie a quien falte más que a mí esta facultad. Todas las demás son en mí viles y comunes, pero en cuanto a memoria me creo un ente singular y raro digno de ganar reputación y nombradía. Además de la falta natural que experimento (en verdad vista su necesidad Platón hace bien en nombrarla diosa grande y poderosa) si en mi país quieren señalar a un hombre falto de sentido, dicen de él que no tiene memoria; cuando me quejo de la falta de la mía me reprenden y no quieren creerme, como si me acusara, de falta de sensatez: no establecen distinción alguna entre memoria y entendimiento, lo cual agrava mi situación, pero no me perjudica, pues por experiencia se ve que las memorias excelentes suelen acompañar a los juicios débiles.[4]

El ensayo en la educación: estructura[editar]

La estructura del ensayo es sumamente flexible, ya que toda sistematización es ajena a su propósito esencial, que es deleitar mediante la exposición de un punto de vista que no pretende agotar un tema, como sí haría (y sistemáticamente) el género literario meramente expositivo del tratado; por eso estas indicaciones son meramente orientativas.[5]

Por eso su estructura, a nivel macroestilístico o microestilístico, puede ser:

  • 1. Analizante y deductiva (tesis o tema al principio y desarrollo de las argumentaciones después)
  • 2. Sintetizante o inductiva (exploración de los datos y argumentos al principio y tesis o tema como conclusión final)
  • 3. Encuadrada (tesis al principio, examen de los datos y argumentaciones en el centro y reformulación de la tesis, corregida por esos datos y argumentaciones, al final).

Esta flexibilidad, que permite a una persona escribir un texto expresando lo que sabe, siente y opina sobre cualquier tema, es muy empleada en la educación. En la escuela es una práctica habitual que los alumnos redacten ensayos. De hecho, el ensayo es el género que se emplea con más frecuencia, dadas las facilidades que permite. Cada vez que un profesor pide a los alumnos desarrollar un tema, o que se realicen una investigación y se ponga por escrito, es probable que se escriba en forma de ensayo. [6]

Un ejemplo de los pasos a seguir por un estudiante que pretende escribir un ensayo escolar podrían ser los siguientes. Lo primero y antes de redactarlo hay que documentarse sobre el tema elegido hasta alcanzar un conocimiento suficiente lo cual supone buscar la información necesaria consultando fuentes bibliográficas o de cualquier otro tipo. El segundo paso sería organizar las ideas teniendo presente para quien se escribe, qué interesa exponer y cómo hacerlo. Y finalmente redactarlo siguiendo un orden, escribiendo las ideas lo mejor expresadas que se pueda y comprobando que la escritura es coherente.[6]

Un ensayo escolar convencional se suele estructurar de forma encuadrada en 3 partes: introducción, desarrollo y conclusión:[6]

Introducción[editar]

Es la que expresa el tema y el objetivo del ensayo; explica el contenido y los subtemas o capítulos que abarca, así como los criterios que se aplican en el texto, es el 10% del ensayo y abarca más o menos 6 renglones.

Además, esta parte puede presentar el problema que plantea al tema al cual vamos a abocar nuestros conocimientos, reflexiones, lecturas y experiencias. Si este se plantea, entonces el objetivo del ensayo será presentar nuestro punto de vista sobre dicho problema (su posible explicación y sus posibles soluciones).

Desarrollo[editar]

Contiene la exposición y análisis del mismo tema, se plantean las ideas propias y se sustentan con información de las fuentes necesarias: libros, revistas, Internet, entrevistas entre otras. Constituye el 75 % del ensayo. En él va todo el tema desarrollado, utilizando la estructura interna: 50 % de síntesis, 15 % de resumen y 10 % de comentario.

Se sostiene la tesis, ya probada en el contenido, y se profundiza más sobre la misma, ya sea ofreciendo contestaciones sobre algo o dejando preguntas finales que motiven al lector a reflexionar.

Conclusión[editar]

En este apartado el autor expresa sus propias ideas sobre el tema, se permite dar algunas sugerencias de solución, cerrar las ideas que se trabajaron en el desarrollo del tema y proponer líneas de análisis para posteriores escritos.

Esta última parte mantiene cierto paralelismo con la introducción por la referencia directa a la tesis del ensayista, con la diferencia de que en la conclusión la tesis debe ser profundizada, a la luz de los planteamientos expuestos en el desarrollo.

Notas y referencias[editar]

  1. Gómez-Martínez, José Luis (1992). «Teoría del ensayo». México.UNAM. Consultado el 10 de octubre de 2015. 
  2. Orlando Cáceres Ramírez, Ensayo literario.
  3. Borges, «Historia de la eternidad», p. 422.
  4. Montaigne, Michel. «Ensayos». Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultado el 10 de octubre de 2015. 
  5. Orlando Cáceres Ramírez, ¿Qué es un ensayo?.
  6. a b c «¿Qué es un ensayo?». Servicios estudiantiles. Universidad de Colima. México. Consultado el 12 de octubre de 2015. 

Bibliografía[editar]

  • ARENAS CRUZ, María Elena: Hacia una teoría general del ensayo. Construcción del texto ensayístico. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1997.
  • AULLÓN DE HARO, Pedro: Teoría del ensayo. Madrid: Verbum, 1992.
  • CERVERA SALINAS, Vicente - HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Belén - ADSUAR FERNÁNDEZ, María Dolores (eds.): El ensayo como género literario. Editum, 2005.
  • DAVIS, Harold Eugene: Latin American Social Thought. Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1972.
  • DÍAZ, Oscar A.: El ensayo hispanoamericano del Siglo XIX: Discurso hegemónico masculino. Madrid: Pliegos, 2001.
  • EARLE, Peter G., Robert G. EARLE, y J. MEAD: Historia del ensayo hispanoamericano. México: Ediciones de Andrea, 1973.
  • GÓMEZ DE BAQUERO, Eduardo: «El ensayo y los ensayistas españoles contemporáneos», en su El renacimiento de la novela española en el siglo XIX, Madrid: Mundo Latino, 1924.
  • GÓMEZ-MARTÍNEZ, José Luis: Teoría del ensayo. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1981.
  • JAIMES, Héctor: La reescritura de la historia en el ensayo hispanoamericano. Madrid: Fundamentos, 2001.
  • LEVY, Kurt L. y Keith ELLIS: El ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica. Toronto: Universidad de Toronto, 1970.
  • MARICHAL, Juan: La voluntad de estilo. Barcelona: Seix-Barral, 1957.
  • OVIEDO, José Miguel: Breve historia del ensayo hispanoamericano. Madrid: Alianza, 1990.
  • SACOTO, Antonio: Del ensayo hispano-americano del siglo XIX. Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1988.
  • WARD, Thomas: La resistencia cultural: la nación en el ensayo de las Américas. Lima: Universidad Ricardo Palma, 2004.
  • WEINBERG, Liliana: El ensayo, entre el paraíso y el infierno. México: Fondo de Cultura Económica, 2001.
  • VERA T., Juan Camilo: La importancia del ensayo. Colombia: Enciclopedia Académica, 2012.
  • BORGES, JORGE LUIS (2005). Obras Completas. Tomo I. Historia de la eternidad. Barcelona: RBA Coleccionables, S.A. ISBN 84-473-4161-5. 

Enlaces externos[editar]