En la ardiente oscuridad

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En la ardiente oscuridad es una obra de teatro en tres actos de Antonio Buero Vallejo, estrenada en 1950.

Argumento[editar]

La obra se centra en el infortunado Ignacio, ciego de nacimiento, que se ve compelido a ingresar en una institución de ciegos, regentada por Don Pablo. Allí se encuentra con un grupo de ciegos, aparentemente felices, a los que, sin embargo, contagia su sensación de desgracia por la pérdida del más maravilloso de los sentidos. A peser de los intentos de Carlos, receloso de la amistad entre el recién llegado y su novia Juana, Ignacio no consigue salir de su depresión. Un aciago día, Ignacio sufre una caída aparentemente accidental en los columpios del patio, que acaba con su vida y eventualmente, con la tristeza que contagia al resto de sus compañeros de piso o casa.

Simbología[editar]

En la ardiente oscuridad representa el crudo enfrentamiento con una realidad que no puede escamotearse ni disfrazarse. A través de la tara física de la ceguera, Buero simboliza las limitaciones humanas. Así, es símbolo de la imperfección, de la carencia de libertad para comprender el misterio de nuestro ser y de nuestro destino en el mundo. El hombre no es libre porque no puede conocer el misterio que le rodea. En el primer acto se nos plantea la situación de incorporación de un estudiante al centro de ciegos. El estudiante nuevo de llama Ignacio, el cual no se comporta como los demás “invidentes” del centro quienes tienen una “moral de acero” que es la que les ha enseñado el director del centro, Don Pablo, también ciego. La necesidad de integración del chico es tomada como responsabilidad por el que parece el líder del grupo, Carlos.

En el segundo acto, lo que se esperaba que fuera la incorporación rápida de Ignacio no se consigue. La acción es el enfrentamiento entre Carlos y Ignacio. Ignacio adopta una posición pasiva que va ganando adeptos como Juana, novia de Carlos. Ignacio no actúa ante la moral de hierro. Carlos, en cambio, toma la iniciativa y actúa para convencer y anular a Ignacio.

En el tercer acto, el enfrentamiento se hace imposible para Carlos y decide asesinar a Ignacio en el campo de deportes del centro, una noche después de su último enfrentamiento. Doña Pepita, mujer de Don Pablo, lo ve todo desde la cristalera del salón donde minutos antes estaban los tres. Doña Pepita no dice nada por el bien del centro y también tal vez porque estaba enamorada de Carlos como uno de los estudiantes dice en la obra. Se cree que Ignacio resbaló por el tobogán. Muerto Ignacio todos los que le apoyaban dejan de hacerlo y se compadecen ante el cadáver ya que “no estaba echo para la vida.” Sin embargo, cuando todos se han retirado, doña Pepita increpa a Carlos su acción y este no deja de negarla aún sabiendo que Pepita lo ha visto todo. Pepita se retira diciendo a Carlos “que el no ha vencido” y en efecto eso es lo que podemos observar: Carlos, “en la suprema amargura de su soledad irremediable”, dice: “… y ahora están brillando las estrellas con todo su esplendor, y los videntes gozan de su presencia maravillosa. Esos mundos lejanísimos están ahí tras los cristales… ¡al alcance de nuestra vista!…, si la tuviéramos…”

Doña Pepita es la única que puede ver en ese mundo de ciegos. Carlos e Ignacio están ambos enfrentados, Carlos defendiendo la política del centro en que estudia. Sin embargo, Carlos y doña Pepita también son oponentes; Carlos no puede soportar la compasión de doña Pepita, de la misma manera que Ignacio la podía soportar. El asesinato de Ignacio parece que decir que Carlos ha vencido; sin embargo, el monólogo de Carlos demuestra lo contrario. Carlos ya no tiene paz interior y revive los sentimientos de Ignacio, de tal manera que Carlos no vence; es como si en él está Ignacio. El final está abierto. Exige una interpretación y lectura del espectador, tal y como manda este tipo de teatro.

Hay distintos códigos que intervienen en este último enfrentamiento:

  • Código verbal: “turbada”, “Una voz grave, que pronto se encandece y vibra de pasión infinita -la suya-, comienza a oírse”
  • Código espacial: “sale por el chaflán”, “la silla”, “fichas del tablero”, “cadáver”, “palidez de la faz”, “ventanal”, “luz de las estrellas”
  • Código visual: “despojándose de la corbata”
  • Código gestual: “inicia la marcha y se detiene”, “CARLOS se derrumba sobre la silla”, “su cabeza pierde la rigidez anterior y se dobla sobre el pecho. Su respiración es a cada momento más agitada: al fin no puede más y se despechuga, despojándose, con un gesto que es mitad ahogo y mitad indiferencia, de la corbata. Después vuelve la cabeza hacia el fondo, como si atendiese a alguna inaudible llamada. Luego se levanta vacilante, al hacerlo derriba involuntariamente con la manga las fichas del tablero (…). Se detiene un segundo, asustado por el percance, y palpa con tristeza las fichas. Después avanza hacia el cadáver. Ya a su lado en la suprema amargura de su soledad irremediable, cae de rodillas y descubre con un gesto brusco la pálida faz del muerto, que toca con la desesperanza de quien toca a un dormido que ya no podrá despertar. Luego se levanta, como atraído por una fuerza extraña y se acerca al ventanal. Allí queda inmóvil, frente a la luz de las estrellas.”, “sus manos, como las de las dos alas de un pájaro herido, tiemblan y repiquetean contra la cárcel misteriosa del cristal”
  • Código musical: “… derriba involuntariamente las fichas del tablero, que ponen con su discordante ruido una nota agria y brutal en el momento”

Respecto al tiempo, la configuración de la obra es lineal. No hay saltos, y el fragmento analizado se sitúa al final. El espacio si nos merece más consideración:

El espacio es el salón del centro para ciegos. La colocación de los objetos es muy importante para los ciegos y por eso también muy significante que Carlos tiré las fichas del ajedrez. Esta es la parte de la obra en que menos distancia hay entre el público y los personajes. Todos los gestos de Carlos y las frases finales que pronuncia nos acercan más al interior al personaje y comprenderle más y por eso que le sentimos más cerca. La “cuarta pared” desaparece.

En la parte final del monólogo de Carlos éste se siente enjaulado mientras que “esos mundos lejanísimos están ahí, tras los cristales… ¡Al alcance de nuestra vista!…, si la tuviéramos…” Esto puede referirse a que Carlos quiere librarse de ese espacio que antes le protegía. Antes Buero Vallejo utilizaba para describir el espacio del centro como una “pecera” con “claridad submarina”, pero este espacio ya no es de bienestar para Carlos. Carlos, aunque antes defendía ese mundo, ahora quiere salir y ser libre. Ese final, “si la tuviéramos…”, no es una condición ineludible; no es absoluta, por eso se encierra algún tipo de esperanza en los puntos suspensivos, Carlos puede salvarse.

En esta primera obra Buero Vallejo nos presenta un conflicto sobre la ambivalencia del bien y el mal, en las posturas de Ignacio y Carlos que trascienden del tema de la ceguera a las limitaciones del hombre: la ceguera física y espiritual. Como en otras de sus obras, Buero Vallejo reflexiona sobre la situación del hombre en el mundo, afectado por la opresión, la soledad o la mentira. Algunos de estos aspectos también podrían relacionarse con la propia vida de Buero Vallejo y también con su concepción del teatro.

Representaciones destacadas[editar]

Referencias[editar]