Diego de Merlo

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
Diego de Merlo
Información personal
Nacimiento Siglo XV Ver y modificar los datos en Wikidata
Valdepeñas, Reino de Toledo, Corona de Castilla Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento 1482 Ver y modificar los datos en Wikidata
Sevilla, Reino de Sevilla, Corona de Castilla Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Castellano
Lengua materna Español medio Ver y modificar los datos en Wikidata
Información profesional
Ocupación Militar Ver y modificar los datos en Wikidata
Rango
[editar datos en Wikidata]

Diego de Merlo (Valdepeñas, siglo xv-Sevilla, 1482)[1] fue un capitán castellano, Guarda Mayor de los Reyes Católicos. En 1454, Diego de Merlo ocupaba el puesto, que antes poseyó su padre Juan de Merlo "El Bravo", de alcaide de Alcalá la Real junto con la alcaldía mayor de la misma villa. Desde 1478 desempeñó el cargo de Asistente Mayor de Sevilla, con anterioridad a Sevilla, en 1476 había ejercido el cargo de Asistente Mayor de Córdoba.

Biografía[editar]

Como Asistente de Córdoba le fue encargado pacificar continuas luchas entre bandos y consolidar la autoridad isabelina tanto en esa ciudad como en sus tierras. El historiador Diego Ortiz de Zúñiga, nos dice que era hijo de Juan de Merlo el Bravo, Guarda Mayor de Enrique IV y alcaide de Alcalá la Real. Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, en su libro Batallas y Quincuagenas, afirma que Juan de Merlo nació en Castilla y era hijo a su vez de Martín Alonso de Merlo, Maestresala de la reina Beatriz, consorte del rey Juan I de Castilla. El texto del testamento de Diego de Merlo autoriza a suponer que la familia Merlo provenía de las tierras zamoranas y concretamente de la ciudad de Toro —aún vivía una hermana de Diego allí— y que éste había estado o estaba aún relacionado de alguna forma con la villa de Montánchez. Se casó con doña Constanza Carrillo de Toledo. El historiador Rafael Hurtado Gómez-Cornejo defiende, sin embargo, un posible origen de la familia en tierras manchegas, concretamente en la ciudad de Valdepeñas —en la actual provincia de Ciudad Real—, donde residiría la madre de Don Diego, acreedora del calificativo de la "Buena Viuda de Merlo" que le dispensó la reina, quien en cierta ocasión le concedió un donativo de &&&&&&&&&&010000.&&&&&010 000 ducados para reformar la Iglesia de la Asunción de dicha ciudad.[2]

Diego de Merlo, comenzada la Guerra de Granada, acudió con su hijo Juan al cerco y toma de Alhama. Vuelto de la batalla, cayó enfermo y murió en Sevilla entre el 2 de agosto y el 5 de septiembre de 1482. Al iniciarse la guerra de Granada con la sorpresiva toma de Zahara por parte de los musulmanes granadinos —finales de 1481—, Diego de Merlo, por mandato expreso de los Reyes Católicos, coordinó las fuerzas de los nobles hasta entonces rivales —el marqués de Cádiz y el duque de Medina Sidonia—, y reunió un gran ejército que tomó Alhama por asalto el 28 de febrero de 1482, defendiéndola luego contra el rey de Granada, Muley Hacén, que trataba de recuperarla. En estos hechos de armas se señaló por sus dotes y heroísmo. Durante los hechos de Alhama, Diego de Merlo mandaba directamente las milicias concejiles sevillanas. Fue un típico "corregidor de capa y espada".

... había enviado algunos adalides a tierra de moros á espiar la tierra, é volvieron con dezir que la cibdad de Alhama se podía escalar porque estaba mal guardada. Sabido esto, Diego de Merlo lo comunicó con Don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz que estaba fuera de Sevilla, é con Don Peranrríquez, adelantado mayor del Andaluzia é Don Pero dé Estuñiga é Juan de Robres, alcaide de Xerez, é Sancho de Avila, alcaide de Carmona, é los alcaides de Antequera, Archidona é Morón, é Don Martin de Cordova, hijo del conde de Cabra.[3]

Diego de Merlo

Al volver de la misión encomendada por Diego de Merlo, el primero en informar de que la villa de Alhama estaba poco defendida fue Ortega de Prado.[4]

Rodrigo Ponce de León, deseando ilustrar su historia con una nueva hazaña, se unió a la empresa de atacar la villa de Alhama. Unióse para la empresa con Diego de Merlo, asistente de Sevilla; con Pedro Enríquez, Adelantado mayor de Andalucía; con Pedro de Zúñiga, conde de Miranda del Castañar; con Juan de Robles, alcaide de Jerez, y con Sancho de Ávila, alcaide de Carmona. Se reunieron hasta cuatro mil infantes y tres mil de a caballo; se dirigieron de noche y con el mayor silencio contra el enemigo, llegando a los muros de Alhama, y se ordenó el asalto del castillo.

El 27 de febrero de 1482, el primero en asaltar Alhama fue el valiente Ortega de Prado. El bando cristiano se apoderó de Alhama pasando a degüello a cuantos moros lo defendían, se puso luego en alarma la villa al son de cornetas y otros instrumentos de guerra, y entró todo el ejército por una puerta que le abrieron los que acababan de ocupar la fortaleza, y, a pesar de la desesperada defensa del vecindario, de lo obstruidas que estaban las calles, de lo defendidos que estaban los hogares con numerosas saeteras, y de lo resueltos que se mostraban lo infieles a morir entre las ruinas de sus casas antes que ceder al enemigo, se pasó a través de cadáveres y sangre hasta los últimos confines de la villa, dejándola al fin vencida y confundida. Nada era ya inexpugnable y este hecho de armas lo puso tan de manifiesto, que logró aterrar a todo el reino y hasta al mismo Muley Hacén, que al pronto no supo sino dictar órdenes vagas y de tristes resultados. En la toma de Alhama murió Sancho de Ávila, alcaide de Carmona.[5]

Empeñóse, sin embargo, Muley Hacén en el recobro de Alhama. Destacó, la misma noche de haber recibido la noticia, mil de sus más valientes caballeros. Al verlos entrar al siguiente día llenos de abatimiento y tristeza, llamó á las armas á todas las ciudades de su monarquía, reunió hasta cinco mil infantes y tres mil caballos, y salió al frente del ejército con ánimo de no volver hasta que recobrase la villa y vengase en los cristianos las sombras de las víctimas. No bien hubo llegado ante Alhama cuando vio devorados por los perros los cadáveres de sus esforzados defensores: encendióse más y más en ira, y sin enterarse de los recursos con que contaban los cristianos ni tomar en cuenta los peligros á que se exponía, lanzó sus soldados á la muralla presentándoles en perspectiva el saqueo, el placer de ver pasados por la espalda á todos los castellanos. Podía convencerse á poco de cuán inútiles eran sus esfuerzos, porque caían sin cesar sus tropas precipitadas de lo alto de sus escalas bajo una lluvia de piedras, flechas y agua hirviendo; pero estaba ciego y enviaba unos tras otros los destacamentos, incitando más y más á la pelea á los que iban quedando de reserva. Pretendió infructuosamente minar y volar los muros; persuadido de la imposibilidad de alcanzarlo, quiso cortar las aguas y por este medio obligar á los cercados á morir de sed ya que no quisiesen sucumbir á la fuerza de las armas. Tropezó con nuevos obstáculos y se vio empeñado en otras luchas; pero no cejó, ni retrocedió un solo paso, y acabó al fin por lograr su intento aunque á costa de mucha sangre. Más ni aun así alcanzó la entrega de la villa. La voz de socorro que dio desde Alhama D. Rodrigo Ponce de León resonó en toda Andalucía y aun en el centro de Castilla: la oyeron D. Alonso de Aguilar, los hermanos Girones, el conde de Cabra, Diego Fernández de Córdova, alcaide de los Donceles, Martín Alonso, Garci Mannque, el conde de Buendía, el mismo duque de Medina Sidonia, de quien le separaban hacía ya mucho tiempo las más crudas rivalidades, el mismo rey Fernando, que vino precipitadamente desde Medina del Campo dejando exclusivamente a la reina los negocios del gobierno. Reuniéronse en menos de ocho días alrededor de la villa cuarenta mil peones y cinco mil caballos; y tuvo al cabo el infeliz Muley que levantar el sitio sin poder atribuir más que al rigor de su destino los dolorosos resultados de su tenacidad, del valor de su ejército, del heroísmo con que sus soldados se arrojaron unos tras otros en brazos de la muerte.
Entró Muley en Granada entre las maldiciones de sus mismos súbditos; mas no por esto desistió de su empeño ni desesperó de rescatar la villa que acababa de ser testigo de su mayor derrota. No le hizo desistir de su empeño ni lo infructuoso de su anterior campaña, ni el consejo de sus wacires, ni los avisos de la naturaleza, que un día antes de su salida cubrió toda la ciudad de sombrías nubes, hizo saltar de sus lechos el Genil y el Darro, arrastró gran número de vecinos por los torrentes y levantó tristes presentimientos en el corazón de cuantos pensaban en los futuros destinos de su patria. Salió ahora con trenes de artillería; y el 20 de abril de 1482, apenas llegó ante los muros de Alhama cuando empezó á batirlos con acierto y obligó á los cristianos á que se recogieran dentro de sus baluartes. Impaciente por llevar á cabo su empresa, no quiso esperar ni la luz del día siguiente para ordenar el asalto: llamó á su tienda á los más esforzados de su ejército, les habló con la energía que inspiran las pasiones, les pintó fácil la toma de la villa si con valor y prudencia sabía escalaría por la parte más escarpada y peligrosa, y los animó á realizar inmediatamente su proyecto aprovechándose de las tinieblas de la noche. El punto por donde quería que entrasen en la villa estaba defendido por tan profundo precipicio, que los sitiados no habían creído nunca necesario protegerlo con máquinas de guerra; pero aunque lograron de pronto sorprenderlo y hacerlo suyo, no alcanzaron más que ir a poner en alarma a los cristianos, siendo los más víctimas de su entusiasmo y de su arrojo. No pudieron entrar en la plaza sino sesenta; y aislados estos y abandonados a sus propias fuerzas, tuvieron que sucumbir ante el número de sus enemigos después de haber derramado raudales de su propia sangre. Entre éstos y los que fueron á morir en el hondo del abismo despeñados de las escalas que habían aplicado al muro, vio perdida Muley no sólo la flor de sus guerreros, sino también su esperanza, reconoció sobre sí la mano de la fatalidad, maldijo con la mayor amargura su destino, y no vio otro medio de salvación que levantar el sitio y arrostrar de nuevo en Granada la cólera del pueblo. Forjó todavía otros proyectos: pensó proclamar la guerra santa y dirigir contra Alhama todas las fuerzas de su reino; mas tuvo que convencerse pronto de que estaba perdida y perdida para siempre.
Los Reyes Católicos, por cierto aviso que recibieron de Diego de Merlo, convocaron á consejo á los capitanes de Andalucía más prácticos en los negocios de la guerra, y les pidieron parecer sobre si convenía o no la conservación de Alhama. Oyeron la opinión de todos, y aunque vieron a muchos decididos á que se la desmantelara y abandonara por no ser posible guardarla sin grandes gastos é inmensos sacrificios contra las continuas invasiones que la amenazaban, hallábanse ya tan resueltos á no retroceder hasta que dominasen todo el reino de Granada, que lejos de arruinarla llevaron a ella hasta diez mil peones y ocho mil caballos y la tomaron como punto de partida é hincapié de su larga y peligrosa empresa. No era ya fácil volver á combatirla: mucho menos ganarla.[6]

La Crónica de los Reyes Católicos recoge ampliamente el comportamiento de Diego de Merlo en Alhama. Algunos pasajes son significativos: «Aquel caballero Diego de Merlo no quiso salir de la cibdad, porque había principiado la toma della, e propuso de la no dexar, salvo de la sostener, fasta entregarla al Rey, o a su cierto mandado».[7] Llegado el socorro, relevaron a Diego de Merlo «e a los otros capitanes e gente que en guarda della habían quedado; e regradescióles los trabajos que habían habido en la defender».[8] Era el día 14 de mayo de 1482. Diego de Merlo aconsejó a los Reyes Católicos que, para continuar la guerra, se talase la vega de Granada y se sitiase la ciudad de Loja, idea que se puso en práctica.[9]

Anteriormente se le relacionó con un episodio de la historia sevillana convertido en leyenda romántica, la de Susana Ben Susón la Susona o la fermosa hembra, hija del banquero judeoconverso Diego Susón —o Diego de Susan—. A finales de 1480, al enterarse de que su padre y otros banqueros, mercaderes y funcionarios judíos y conversos de Sevilla, Carmona y Utrera, estaban tramando una conspiración —reacción contra la presión a la que estaba siendo sometida la comunidad conversa por la recientemente creada Inqusición— que incluiría la muerte de su amante cristiano, la Susona optó por contárselo a éste. El cristiano lo denunció al Asistente de Sevilla Diego de Merlo, y se organizó una redada contra la casa de Diego Susón en el barrio de Santa Cruz, en la que fueron apresados unos veinte conspiradores, entre los que estaban Pedro Fernández de Venedera —o Pedro Fernández Benedeva o Benadova, padre del canónigo y mayordomo de la Catedral, que había reunido armas para cien hombres—, Juan Fernández de Albolasya el Perfumado —letrado y alcalde de justicia o Abolafia el perfumado, arrendador de las aduanas—, Manuel Saulí, Bartolomé Torralba, los hermanos Adalde —o los Adalfes de Triana, que aún vivían en el Castillo—, Cristóbal López Monvadura, Alemán "poca sangre", el de los muchos fijos Alemanes, etc. Todos fueron ejecutados a partir de febrero de 1481, contando la leyenda que en Tablada, donde sus cadáveres permanecieron un año colgados —cosa imposible si fueron quemados, como es más verosímil—. En las averiguaciones posteriores se apresó a un gran número de implicados, que terminaron en la hoguera —Fernando del Pulgar afirma que unos dos mil—.[10]

La Susona, que no superó el remordimiento de haber causado la muerte de su padre, mandó que tras su muerte se clavase su propia cabeza en la puerta de la que fue su casa. Desde entonces se llama a ese lugar la Calle de la Muerte.[11] [12]

Referencias[editar]

  1. Herrera García, Antonio (1980). «El testamento del Asistente de Sevilla, Diego de Merlo (1482)». En la España Medieval (Madrid: Universidad Complutense de Madrid) (1): 158. ISSN 0214-3038. OCLC 938671545. 
  2. Hurtado Gómez-Cornejo, Rafael (1983). Valdepeñas: crónicas y romances. Juan Alcaide. Valdepeñas: Ayuntamiento de Valdepeñas. pp. 33-34. ISBN 9788450087161. OCLC 434351765. 
  3. Real Academia de la Historia, ed. (1857). «Memorial histórico español: colección de documentos, opúsculos y antigüedades que publica la Real Academia de la Historia.». Memorial histórico español: colección de documentos, opúsculos y antigüedades que publica la Real Academia de la Historia. (Madrid: Imprenta de la Real Academia de la Historia): 319. ISSN 1888-6558. 
  4. Ortiz de Zúñiga, 1796, pp. 117-118.
  5. Ortiz de Zúñiga, 1796, p. 117.
  6. Pí y Margall, Francisco (1885). España sus monumentos y artes su naturaleza e historia. Granada: Jaén, Málaga y Almería. Barcelona: Daniel Cortezo y Cía. OCLC 989301669. 
  7. Biblioteca de Autores Españoles (ed.). Crónica de los Reyes de España. p. 368. 
  8. Biblioteca de Autores Españoles (ed.). Crónica de los Reyes de España. p. 371. 
  9. Ortiz de Zúñiga, 1796, p. 119.
  10. Baroja, Julio Caro (2000). Los judíos en la España moderna y contemporánea 1 (4.ª edición). Madrid: Ediciones Istmo. pp. 153-154. ISBN 9788470900907. Consultado el 15 de junio de 2017. 
  11. Deira, José María (20 de noviembre de 2011). «Susana Ben Susón, La Susona». La Voz de Cádiz (Cádiz: Corporación de Medios de Cádiz). Consultado el 15 de junio de 2017. 
  12. Becerra, José (28 de enero de 2011). «La bella Susona. Una mujer fatal del siglo XV.». Leyendas de Sevilla. Consultado el 15 de junio de 2017. 

Bibliografía[editar]

  • Ortiz de Zúñiga, Diego; Espinosa y Carzel, Antonio María (1796). Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla 3. Madrid: Imprenta Real. OCLC 834665479. 

Enlaces externos[editar]