Campos de concentración franquistas

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Milicianos republicanos hechos prisioneros de los sublevados durante la Batalla de Guadarrama (1936).

En la España franquista funcionaron multitud de campos de concentración entre 1936 y 1947, algunos con carácter estable y otros muchos provisionales. Todos ellos estaban coordinados por el llamado Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas (SCPM) y formaban parte de los instrumentos de la represión franquista.[1][2]

Terminaban en estos campos de concentración desde ex combatientes republicanos del Ejército Popular, las Fuerzas Aéreas y la Marina de Guerra, hasta disidentes políticos, homosexuales, gitanos, ecuatoguineanos[cita requerida] y presos comunes. Al igual que en otros muchos campos de concentración, los prisioneros estaban jerarquizados de tal modo que presos comunes violentos (por tanto sin motivaciones políticas o ideológicas) estaban en un escalón superior a la mayoría de los allí encerrados, trabajando de vigilantes de estos últimos. A pesar de la destrucción masiva de documentación sobre ellos, estudios afirman que los campos se caracterizaron por la explotación laboral de los prisioneros, organizados en batallones de trabajadores.[3]​ Respecto a la oficialidad que administraba los campos, se ha destacado asimismo la corrupción generalizada imperante, que permitió el enriquecimiento de muchos militares y agravó el sufrimiento de los internados bajo su custodia.[4]

Historia[editar]

Según Javier Rodrigo (2006), cerca de medio millón de prisioneros pasaron por los campos de concentración entre 1936 y 1942. Carlos Hernández de Miguel (2019) ha identificado cerca de 300 campos confirmados, calculando que habrían pasado por los mismos entre 700.000 y un millón de personas.[5]

El primer campo de concentración fue creado por los militares rebeldes el 19 de julio de 1939, horas después de la sublevación, cerca de Melilla; al día siguiente, El Telegrama del Rif informaba de la apertura del campo, situado en la Alcazaba de Zeluán (una vieja fortaleza del siglo XVII). Francisco Franco fue informado inmediatamente de ello, mostrándose entusiasmado y ordenando la apertura de más campos para albergar a «elementos perturbadores» y emplearlos en trabajos públicos. El mismo 20 de julio, el futuro dictador comunicaba al coronel Eduardo Sáenz de Buruaga, al mando de la ciudad de Tetuán: «Me han informado que los detenidos son varios cientos y que las cárceles no dan abasto para recibirlos. Como hay que evitar que las afueras de Tetuán ofrezcan el espectáculo de nuevos fusilamientos, a la vista de los corresponsales extranjeros que afluyen, hay que buscar una solución que podría ser un campo de concentración en el extrarradio. (...) En Melilla ya han abierto uno en Zeluán con buenos resultados». Así nació el campo de concentración de El Mogote, en una ubicación idónea para ocultar la dureza de sus condiciones al exterior (el 20 de agosto serían asesinados 52 prisioneros, con el «enterado» de Franco).

La siguiente región en la que los rebeldes establecieron campos de concentración fue Canarias. Concretamente, fue en los terrenos militares de la península de La Isleta, en Gran Canaria, operativo desde finales de julio de 1936. Un número indeterminado de prisioneros de los campos canarios acabaron siendo arrojados al mar o al interior de pozos volcánicos. Al igual que ocurría en el Norte de África, la prensa nacionalista ocultaba la dureza y crímenes cometidos en los campos, ofreciendo de los mismos una imagen idílica muy alejada de la realidad. Otros centros de reclusión inaugurados poco después del comienzo de la guerra, como la prisión militar localizada en el castillo del Monte Hacho de Ceuta, han sido considerados campos de concentración aunque oficialmente nunca tuvieron esa denominación.[6][7]

Algunos historiadores han señalado a funcionarios nazis de la Gestapo como los organizadores de la red de campos de concentración franquistas, y que en buena medida se inspiraron en los campos de concentración de la propia Alemania nazi para el diseño de los españoles.[8]​ Entre aquellos oficiales nazis destacó especialmente Paul Winzer, jefe de la Gestapo en España y jefe durante algún tiempo del campo de concentración de Miranda de Ebro.[8]​ Hay autores que van más allá e incluso sostienen que fue Winzer el verdadero autor de toda la organización de los campos de concentración franquistas.[9]

El 5 de julio de 1937 se creó la Inspección General de los Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP), con el coronel Luis Martín Pinillos, un militar africanista, al frente. Su objetivo era centralizar la gestión de todos los campos, aunque chocaría con los diferentes virreyes militares de otras zonas del país, especialmente con el general Queipo de Llano, responsable del Ejército del Sur. Los campos andaluces funcionaron al margen de la ICCP hasta mediados de 1938, y los de Baleares, Canarias o el Protectorado de Marruecos conservaron hasta el final de la guerra una autonomía casi total.[10]

En 1938 los campos de concentración franquistas albergaban a más de 170 000 prisioneros.[11]​ Tras el final de la contienda, en 1939 la cifra de población reclusa oscilaba entre las 367 000 y las 500 000 personas.[12]​ Desde 1940 el supervisor de todos estos campos fue el general Camilo Alonso Vega. La principal función de los campos era la de retener a tantos prisioneros de guerra republicanos como fuera posible, y todos aquellos que fueran calificados de "irrecuperables" eran automáticamente ejecutados.[13]​ Muchos de los encargados de la represión o la administración en los campos habían sido víctimas en la zona republicana, y por este motivo destacaron por manifestar una voluntad de furia y venganza con los vencidos.[14]​ Tampoco los funcionarios de alta instancia se mostraron muy contrarios a este clima de represión y venganza: El Director General de Prisiones, Máximo Cuervo Radigales, y el jefe del Cuerpo Jurídico Militar, Lorenzo Martínez Fuset, contribuyeron en no poca medida a crear este clima represivo.[15]

En 1946, diez años después del comienzo de la Guerra Civil, todavía estaban operativos 137 campos de trabajo y 3 campos de concentración, en los que estaban acogidos 30 000 prisioneros políticos.[16]​ El último campo de concentración en cerrar fue el de Miranda de Ebro, que fue clausurado en enero de 1947.[17]

Deportación de exiliados a campos nazis[editar]

Aparte de los campos de concentración en España, se afirma que en el exilio de republicanos a Francia cerca de 10 000 españoles acabaron en campos de concentración nazis, sin que el ministro de exteriores de Franco, Ramón Serrano Súñer, hiciera nada por salvarlos. Existe documentación escrita por la que los alemanes consultaban qué hacer con los "dos mil rojos españoles de Angulema". Los pocos que se salvaron no pudieron regresar a España.

Por otra parte, las autoridades franquistas también colaboraban con sus aliados nazis, entregándoles a prisioneros checos, belgas o alemanes para acabar siendo fusilados o recluidos en cárceles y campos de concentración del III Reich.[10]

Organización[editar]

Campos de concentración[editar]

Nave central del Valle de los Caídos, excavada en la piedra.

Durante la Guerra civil española y los primeros años de la dictadura franquista estuvieron en funcionamiento más de 180 campos de concentración, de entre los cuales destacaron:

Los campos de concentración españoles, aportaban presos a los campos de concentración nazis en Alemania[cita requerida].

Obras[editar]

Los prisioneros eran empleados como mano de obra para trabajos forzados [19]​ como las reconstrucciones (caso de Belchite), trabajos en minas de sal, extracción de mercurio, construcción de carreteras y presas, y excavación de canales. De hecho, miles de prisioneros fueron usados en la construcción de la Prisión de Carabanchel, el Valle de los Caídos[20]​ y en el Arco de la Victoria. Posteriormente, este trabajo fue subcontratado a empresas privadas y terratenientes, quienes utilizaron a los prisioneros para mejorar sus propias propiedades (Queipo de Llano, el virrey de Andalucía, utilizó cautivos de campos cercanos para su cortijo sevillano de Gambogaz)[21]​.[18]​ Entre las obras construidas por los prisioneros de los campos destacan:

Información y vigilancia[editar]

Para mantener el control y recabar información sobre los prisioneros, la ICCP creó el Servicio de Investigación Criminal de los campos y, en junio de 1938, un Servicio de Confidencia e Información con el objetivo de formar una red constituida por veinte delatores en cada batallón de trabajadores. Los militares emplearon torturas y amenazas con el fin de captar confidentes entre los reclusos, e incluso muchos testimonios han denunciado que los propios sacerdotes ayudaban a los represores en esta labor, vulnerando el secreto de confesión para delatar e incriminar a personas desafectas. Todo ello sembraba la desconfianza en los campos y repercutía en la moral de los detenidos, aunque éstos trataron siempre de contrarrestar el miedo a sus captores con acciones de resistencia (incluso protagonizando numerosas fugas) y de solidaridad entre ellos (compartir la escasa comida, ayudar en los trabajos a los más débiles o cuidar a los enfermos).[10]

Recatolización forzosa y adoctrinamiento[editar]

Una de las grandes misiones para las que se constituyeron los campos de concentración fue la «reeducación» de los internos, al menos de los considerados «recuperables» para la causa nacionalista. Para ello se utilizaron técnicas de sometimiento, humillación, propaganda y lavado de cerebro con el fin de lograr la progresiva deshumanización de los cautivos. Cada día eran obligados a formar un mínimo de tres veces, cantar el «Cara al sol» y otros himnos franquistas, así como saludar al modo fascista.

En esta tarea de adoctrinamiento desempeñó un papel fundamental la Iglesia católica. En los campos, y bajo la figura imprescindible del capellán, se dio una identificación absoluta de métodos y objetivos entre la Iglesia, los golpistas y la posterior dictadura. Los sacerdotes lanzaban amenazantes sermones a los prisioneros, resaltando su condición de «rojos» en las diversas clases patrióticas que impartían. No se respetaba en ningún momento la libertad religiosa de los detenidos: La asistencia a misa era obligatoria, siendo la conversión de los internos uno de los principales objetivos. Un bautizo o primera comunión eran celebrados como un gran triunfo que era comunicado al mismísimo Caudillo.[10]

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. «Terror en los campos de Franco». El País. 8 de marzo de 2019. 
  2. «Los campos del horror». El País. 31 de marzo de 2019. 
  3. SL, POMBAPRESS. «Levantando el manto de silencio sobre los 11 campos de concentración franquistas en Galicia». Galiciapress. Consultado el 29 de abril de 2019. 
  4. Hernández de Miguel, Carlos (2019). Los campos de concentración de Franco. Penguin Random House. p. 74. ISBN 978-84-666-6478-3. 
  5. Hernández de Miguel, Carlos (2019). Los campos de concentración de Franco. Penguin Random House. p. 72. ISBN 978-84-666-6478-3. 
  6. Beevor, 2006, p. 64.
  7. Hernández de Miguel, Carlos (2019). Los campos de concentración de Franco. Penguin Random House. pp. 117-121. ISBN 978-84-666-6478-3. 
  8. a b Egido, 2005, p. 131.
  9. Rodrigo, 2008, p. 228n.
  10. a b c d Hernández de Miguel, Carlos (2019). Los campos de concentración de Franco. Penguin Random House. pp. 71-108. ISBN 978-84-666-6478-3. 
  11. Beevor, 2006, p. 342.
  12. Beevor, 2006, p. 404.
  13. Preston, 2006, p. 308.
  14. Hugh, 1993, p. 993.
  15. Hugh, 1993, p. 991.
  16. Benz y Graml, 1986, p. 180.
  17. Preston, 2006, p. 309.
  18. a b Beevor, 2006, p. 405.
  19. Graham, 2005, p. 131.
  20. Preston, 2006, p. 313.
  21. Hernández de Miguel, Carlos (2019). Los campos de concentración de Franco. Penguin Random House. p. 79. ISBN 978-84-666-6478-3. 

Bibliografía[editar]

  • Beevor, Antony (2006). The Battle for Spain. The Spanish Civil War, 1936-1939. London: Penguin Books. 
  • Benz, Wolfgang; Graml, Hermman (1986). Europa después de la Segunda Guerra Mundial 1945-1982. 
  • Egido León, María de los Ángeles (2005). Los Campos de Concentración Franquistas en el Contexto Europeo. Marcial Pons Ediciones de Historia. 
  • Graham, Helen (2005). The Spanish Civil War. A very short introduction. Oxford University Press. 
  • Gutiérrez Casalá, J. L. (2003). Colonias penitenciarias militarizadas de Montijo: represión franquista en el partido judicial de Mérida. Mérida: Editora Regional de Extremadura. 
  • Hugh, Thomas (1993). Historia de la Guerra Civil Española. 
  • Molinero, C.; Sala, M.; Sobrequés i Callicó, J. (Barcelona). Una inmensa prisión: los campos de concentración y las prisiones durante la guerra civil y el franquismo. Crítica contrastes. Crítica. 
  • Núñez Díaz-Balart, M. (2004). Los años del terror: la estrategia de dominio y represión del general Franco (1 edición). Madrid: Esfera de los Libros. 
  • Preston, Paul (2006). The Spanish Civil War. Reaction, revolution & revenge. London: Harper Perennial. 
  • Rodríguez González, Javier; Berzal de la Rosa, Enrique; Pablo Lobo, Carlos de; Sierra Gómez, Carlos de la; Delgado Cruz, Severiano; Vega Sombría, Santiago; Revilla Casado, Javier (2011). Cárceles y Campos de Concentración en Castilla y León. León: Fundación 27 de marzo. ISBN 978-84-615-5410-2. 
  • Rodrigo, J. (2003). Los campos de concentración franquistas: entre la historia y la memoria. Madrid: Siete Mares. 
  • — (2005). Cautivos: campos de concentración en la España franquista, 1936-1947. Barcelona: Crítica. 
  • — (2006). «Internamiento y trabajo forzoso: los campos de concentración de franco». Hispania Nova, Revista de historia contemporánea. 6, Separata. 
  • — (2008). Hasta la raíz: violencia durante la Guerra Civil y la dictadura franquista. Alianza Editorial. 

Enlaces externos[editar]