Bodas reales

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Bodas reales Ver y modificar los datos en Wikidata
de Benito Pérez Galdós Ver y modificar los datos en Wikidata
Portada de Bodas Reales de Galdós, edición de 1900.jpg
Cubierta de Bodas reales (edición de 1941)
Género Novela Ver y modificar los datos en Wikidata
Ambientada en Madrid Ver y modificar los datos en Wikidata
Idioma Español Ver y modificar los datos en Wikidata
País España Ver y modificar los datos en Wikidata
Fecha de publicación 1900 Ver y modificar los datos en Wikidata
Texto en español Bodas reales en Wikisource
Episodios nacionales
Bodas reales Ver y modificar los datos en Wikidata

Bodas reales es la décima y última novela de la tercera serie de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós,[1]​ escrita en la finca Santander de San Quintín, entre septiembre y octubre de 1900, y publicada ese mismo año.[2]​ El título hace referencia a la ceremonia que en 1846 unió en matrimonio político a Isabel II con su primo Francisco de Asís, tras ser descartados otros candidatos como Carlos de Borbón y Bragança, conde de Montemolín, partidario carlista; el duque de Montpensier, príncipe de Francia; Antonio de Borbón-Dos Sicilias, hermano de la reina María Cristina; Leopoldo de Sajonia-Coburgo, apoyado por los ingleses; y Enrique de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, duque de Sevilla, bien visto por los progresistas,[3]​ hermano del afortunado elegido.[4]

La trama viene envuelta en las peripecias de la familia Carrasco, manchegos de clase acomodada emigrados a Madrid, que ya habían aparecido en episodios anteriores. Una vez más, el autor pone en boca de sus personajes el hilo de sus reflexiones, como en esta descripción que el padre de familia, don Bruno Carrasco y Armas hace del la política española, ante un plato de judías:

«Esta tarde -les dijo, rechazando con austera desgana el plato de judías con que empezaba la cena-, la sesión del Congreso ha sido de gran tumulto, y con tanto coraje se tiraron de los pelos, como quien dice, una y otra familia de la Libertad, que ya no veo enmienda para la situación, y Dios tiene que hacer un milagro para que no se lo lleve todo la trampa. ¿Sabéis lo que ha dicho Olózaga esta tarde en un discurso que hizo retemblar el edificio, y que ha llenado de ansiedad y de temor a los diputados y al gentío de las tribunas? Pues ha dicho: ¡Dios salve a la Reina, Dios salve al País! Y a cada párrafo, después de soltar cosas muy buenas, con una elocuencia que tiraba para atrás, concluía con lo mismo, que a todos nos suena en la oreja y nos sonará por mucho tiempo, como la campana de un funeral: ¡Dios salve a la Reina, Dios salve al País! Quiere decir que ya todos, Nación y Reina, partidos y pueblo, somos cosa perdida, y que estamos dejados de la mano de Dios. No sé las veces que repitió ese responso tan fúnebre; lo que sé es que cuantos le oíamos estábamos con el alma en un hilo, deseando que acabase para poder tomar resuello. Salimos de la sesión pensando que este Gobierno no durará más que duró el otro, que a nuestro pobre Duque le ponen en el disparadero con tanta intriga y tantas salves y padrenuestros. Locos de alegría andan los retrógrados porque todo se les viene a la mano, y ya no hay un liberal que esté en sus cabales. Veo a mi D. Baldomero liándose la manta, y una de dos: o el hombre sale por manchegas, haciendo una hombrada y metiendo a tiros y trajanos en un puño, como sabe hacerlo cuando se le hinchan las narices, o tendrá que tomar el camino de Logroño y dejar a otro los bártulos de regentar. Ya está claro que aquí no habrá más reconciliación que la del valle de Josafat. Los hombres de juicio no tenemos pito que tocar en tales trapisondas, y bueno es que os vayáis preparando para irnos a escardar cebollinos en Torralba, de donde nunca debimos salir, ¡ajo!, porque no se ha hecho este trajín de ambiciones para los hombres de campo, y al que no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas. Habréis oído en nuestra tierra que por su mal le nacieron alas a la hormiga. Por mi mal tuve ambición, y ya veis... ya veis lo que hemos sacado desde que vivimos aquí: bambolla, mayor gasto, esperanzas fallidas, los pies fríos y la cabeza caliente. No más, no más Corte, no más política, porque así regeneraré yo a España como mi abuela, y mi entendimiento, pobre de sabidurías, es rico en todo lo tocante a paja y cebada, al gobierno de mulas y a la crianza de guarros, que valen y pesan más que el mejor discurso».

Capítulo II, (Galdós, 1900)

Referencias[editar]

  1. Ortiz-Armengol, 2000, p. 374.
  2. García Lorenzo, 1971, p. 759.
  3. Coffey, 1996.
  4. Díaz Sánchez, Pilar. «Las Bodas reales. Episodio nacional by Benito Pérez Galdós: the representation of the misogynist pattern of queen». Revista Arenal. Volumen 11, número 1 (en es / en). ISSN 1134-6396. Consultado el de abril de 2018. 

Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]