Antimicrobianos

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Paul Ehrlich

Paul Ehrlich fue un médico y bacteriólogo alemán, nació en el seno de una familia rica. Después de doctorarse en medicina en 1878, se intrigó con la manera en que varios tipos de células tenían diferencias en la captación de tinciones y otras sustancias. Al darse cuenta que algunas tinciones solo teñían a las bacterias concluyó que los dos tipos de células eran diferentes y se le ocurrió que quizá habría la posibilidad de que existiera algún químico que solo reaccionara con las bacterias sin causar daño a las células humanas.[1][2]

Ehrlich inició una gran búsqueda sistemática para encontrar una "bala mágica", término que utilizó para referirse a un fármaco que destruyera al agente patógeno microbiano sin dañar al huésped humano. Empezó buscando un químico que curara la sifillis, enfermedad causada por la bacteria Treponema pallidum. En 1910 el 606° compuesto probado, arsfenamina, fue efectivo para tratar la enfermedad en los animales de laboratorio. A dicho fármaco se le dio el nombre de "salvarsan", término que se deriva de las palabras "salvación" y "arsénico". El uso de salvarsan evidenció que se pueden destruir los patógenos sin afectar permanentemente al huésped humano.[2]

Historia[editar]

En 1910 Paul Ehrlich con el desarrollo del salvarsan fue el primer ejemplo documentado de un químico usado con éxito como antibiótico.

En 1932 Gerhard Domagk descubrió que el pigmento rojo llamado prontosil era efectivo para enfermedades causadas por estreptococos en animales. En realidad esta sustancia no funcionaba en estreptococos que se encontraban en tubos de ensayo sino que se descubrió su efectividad debido a que fue administrado a animales infectados de estas bacterias y gracias a las enzimas en la sangre de los animales, se dividía la molécula de prontosil en sufonilamida y esta actuaba contra la bacteria.[3]

Descubrimiento[editar]

Alexander Fleming

El científico británico Alexander Fleming, trabajando con cultivos de estafilococos se dio cuenta que las colonias que se encontraban cerca de un moho contaminante se veían como si se estuvieran disolviendo. Fleming reconoció que el moho podría secretar alguna sustancia que era la causante de que las bacterias alrededor de él se estaban muriendo y para no quedarse con la duda se aventuró a estudiar a fondo el moho. Alexander identificó al moho como una especie de penicillium y descubrió que era correcta su hipótesis de que el moho estaba secretando una sustancia que exterminaba a las bacterias; esta sustancia la llamó "penicilina".

Alexander Fleming supo que su descubrimiento sabia era un gran paso para la medicina ya que demostró que la penicilina era capaz de destruir diversas clases de bacterias e incluso la probó en conejos y ratones sin provocarles ningún efecto secundario, pero desanimado debido a que fue incapaz de purificar la penicilina abandonó sus estudios.[4]​ Diez años después de aquel gran descubrimiento realizado por Fleming, dos científicos en Gran Bretaña, Ernest Chain y Howard Florey, tuvieron éxito en sus intentos por purificar la penicilina. En 1941, el medicamento fue probado por primera vez en un oficial de policía con una infección provocada por Staphylococcus aureus. El oficial de policía mejoró y al día siguiente su infección parecía que podía ser controlada pero debido a que se agotó la penicilina purificada el oficial murió. Más tarde, con más reservas del medicamento se trató a otras dos personas que fueron curadas de enfermedades mortales. En la segunda guerra mundial científicos estadounidenses y británicos cooperaron para determinar la estructura química de la penicilina y desarrollar los medios a gran escala para que pudiera utilizarse para tratar a los soldados y trabajadores infectados. En dicha investigación se encontró que habían varias penicilinas diferentes en los cultivos de moho y se designaron en orden alfabético. La penicilina G o benzil penicilina era la mejor opción para el tratamiento de infecciones.

Después del descubrimiento de la penicilina, Selman Waksmas aisló una bacteria de la tierra Streptomyces griseus, que producía un antibiótico que llamó estreptomicina.[5]​ El saber que algunas bacterias y mohos son capaces de producir antimicrobianos médicamente útiles dio la pauta para que los investigadores iniciasen la búsqueda en cepas de microorganismos para la producción de antibióticos.

En la década de 1960-1970 los expertos se dieron cuenta de que era posible alterar la estructura química de los fármacos dándoles nuevas propiedades; tal es el caso de la penicilina G, que es muy activa con bacterias grampositivas pero puede ser alterada produciendo ampicilina, este fármaco también es activo con bacterias gramnegativas.[2][3]

Toxicidad selectiva[editar]

Los antimicrobianos usados en medicina presentan lo que se denomina toxicidad selectiva, es decir, que causan mayor daño a los microorganismos que al huésped humano.[6]​ Esto se hace interfiriendo con las estructuras biológicas esenciales o procesos bioquímicos que son comunes en los microorganismos pero no en las células humanas.

El antimicrobiano ideal es atóxico para los humanos, aunque la mayor parte pueden ser dañinos en altas concentraciones. En otras palabras, el término toxicidad selectiva es un término relativo. La toxicidad de un droga se expresa como el índice terapéutico, que es la dosis más baja tóxica al paciente dividida entre la cantidad usada para el tratamiento. Los antimicrobianos que tienen un índice terapéutico alto son menos tóxicos para el paciente, porque el fármaco actuó contra un proceso bioquímico vital de las bacterias que no existe en las células humanas.[2][3]

Acción[editar]

Los antimicrobianos pueden llegar a destruir microorganismos o inhibir su crecimiento.[7]​Aquellos antimicrobianos que inhiben el crecimiento bacteriano se les denominan bacteriostáticos.[8]​Estos fármacos dependen de las defensas normales del huésped para destruir o eliminar al patógeno después de inhibir su crecimiento. Los fármacos que destruyen las bacterias se llaman bactericidas, son de gran ayuda en caso de que las defensas del huésped no sean capaces de destruir a los patógenos.[2]

Espectro de actividad[editar]

Los antimicrobianos que actúan y afectan a un gran rango de bacterias se llaman amplio espectro.[9]​ Estos antimicrobianos son muy importantes cuando se habla de enfermedades agudas que ponen en riesgo la vida. Lo negativo de estos antimicrobianos es que su beneficio puede convertirse en una amenaza debido a que puede llegar a afectar la flora normal que desempeña una función importante en la exclusión de los patógenos. Los antimicrobianos que tienen un rango limitado de bacterias en las que es efectivo se llaman de espectro limitado. Para usar este tipo de antimicrobiano es importante identificar al patógeno y al igual que los antimicrobianos de amplio espectro, causan transtornos a la flora normal, pero el daño es menor.[2]

Combinaciones[editar]

Las combinaciones de antimicrobianos en algunos casos se utilizan para tratar infecciones pero estas combinaciones se deben realizar con consciencia ya que algunos fármacos contrarrestan los efectos de otros. Cuando la acción de un fármaco estimula la actividad de otro, esta combinación es denominada sinergista, pero si la actividad de un fármaco interfiere con la de otro fármaco se dice que es una combinación antagonista, y las combinaciones que no son ni sinergistas ni antagonistas se les llama aditivas.[2]

Resistencia[editar]

Al igual que los humanos cuentan con gran cantidad de antimicrobianos, los microorganismos cuentan con sus propios recursos genéticos para evadir los efectos que causan estos fármacos.[10]​ Tal es el caso de algunas bacterias que son resistentes a los efectos de un fármaco en particular, esto se le conoce como resistencia innata o intrínseca. En otros casos, los organismos previamente sensibles desarrollan resistencia por mutación espontánea o por la adquisición de plásmidos, esto se llama resistencia adquirida.[2]

Reacciones alérgicas[editar]

Algunas personas sin querer desarrollan hipersensibilidad o alergias a ciertos antimicrobianos.[11]​Unas reacciones alérgicas a la penicilina o a los fármacos relacionados a la penicilina pueden ser fiebre o exantema que causa un choque anafiláctico que puede llegar a ser mortal. Por ello, las personas que presentan alguna reacción alérgica a cualquier fármaco es importante que lo haga saber a su médico que lo trata antes de complicar más la situación.[2]

Referencia[editar]

  1. The Nobel Prize in Physiology or Medicine 1908. «Paul Ehrlich - Biographical» (en inglés). Consultado el 28 de junio de 2016. 
  2. a b c d e f g h i [Nester, Eugene, Anderson Denise, Roberts Evans Jr, Nester Martha; tr. de Víctor Pastrana, Pedro Aznar, Mario Castellanos. (2007). Microbiología humana. 5° edición, Editorial El manual moderno, México, 996 p.]
  3. a b c J. O. Errecalde. (2004). Uso de antimicrobianos en animales de consumo. Facultad de Ciencias Veterinarias, Universidad Nacional de La Plata, Argentina, 61 p.
  4. Baldry, Peter (1981). La batalla contra las bacterias. Reverte. ISBN 9788429118018. Consultado el 9 de noviembre de 2017. 
  5. Rubira, Enrique Raviña (2008-08). Medicamentos: Un Viaje a Lo Largo de la Evolucion Del Descubrimiento de Farmacos. Univ Santiago de Compostela. ISBN 9788498870077. Consultado el 9 de noviembre de 2017. 
  6. Cruz, Abel (1 de marzo de 2001). Antibióticos naturales. SELECTOR. ISBN 9706433384. Consultado el 9 de noviembre de 2017. 
  7. Centros Hospitalarios de Alta Resolucion de Andalucia (chares). Temario Especifico de Técnico Especialista de Laboratorio Volumen Ii.e-book.. MAD-Eduforma. ISBN 9788466558273. Consultado el 9 de noviembre de 2017. 
  8. Fernández, Pedro Lorenzo (2 de marzo de 2015). Velázquez. Farmacología Básica y Clínica (eBook online). Ed. Médica Panamericana. ISBN 9788498354812. Consultado el 9 de noviembre de 2017. 
  9. Ingraham, John L.; Ingraham, Catherine A. (1998). Introducción a la microbiología. Reverte. ISBN 9788429118711. Consultado el 9 de noviembre de 2017. 
  10. Lüllmann, Heinz; Mohr, Klaus; Hein, Lutz (2010). Farmacología: texto y atlas. Ed. Médica Panamericana. ISBN 9788498352177. Consultado el 9 de noviembre de 2017. 
  11. Ruza, Francisco (2003). Cuidados intensivos pediátricos. Capitel Editores. ISBN 9788484510031. Consultado el 9 de noviembre de 2017.