Tácticas fabianas

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Estatua de Quinto Fabio Máximo, Palacio de Schönbrunn, Viena.

Las tácticas fabianas son una serie de estrategias militares que tienen como objetivo vencer a un oponente mediante una guerra de desgaste. Estas tácticas evitan librar batallas decisivas y acosan al enemigo de manera que éste se desmoralice. El empleo de esta estrategia implica que el lado más débil considera que el tiempo corre a su favor, pero también puede ser utilizada cuando no es posible valerse de una estrategia alternativa.

Historia[editar]

Esta estrategia toma su nombre de Quinto Fabio Máximo, político y militar romano que ostentó la dictadura durante la Segunda Guerra Púnica (218-202 a. C.). Fabio Máximo tuvo la difícil tarea de combatir a Aníbal en la Italia meridional. Cuando comenzó la guerra, el osado general cartaginés cruzó los Alpes e invadió Italia. Gracias a su superior habilidad militar, Aníbal infligió en repetidas ocasiones sonoras derrotas a diversos generales romanos. Antes de enfrentarse a Quinto Fabio Máximo, Aníbal había derrotado a los romanos en las batallas del lago Trasimeno y del Trebia a pesar de su inferioridad numérica. Tras estas derrotas Fabio Máximo fue elegido dictador y, consciente de la superioridad militar de los cartagineses y del ingenio de su general, diseñó una guerra de desgaste que tenía como objetivo explotar la vulnerabilidad estratégica de Aníbal, la falta de líneas de abastecimiento.

Aníbal, a pesar de sus victorias, estaba en una posición de gran desventaja: como comandante de un ejército invasor en tierras extranjeras, estaba aislado de su país y por ello encontraba grandes dificultades para reabastecerse. La única esperanza de Aníbal era recabar apoyos entre los pueblos itálicos y que éstos le cedieran suministros. Mientras los itálicos se mantuvieran fieles a Roma no había posibilidad de victoria, sin embargo, las victorias de Aníbal hicieron que la fe de los itálicos de que Roma venciera se viera mermada. Por todo ello, Fabio creyó que la única manera de vencer al general cartaginés era no combatir con él de modo que no recabara apoyos. Fabio calculó que la falta de suministros para el ejército cartaginés y el coste de mantener un ejército en tierras extranjeras haría que el tiempo corriera de su lado, por lo que adoptó una estrategia a través de la cual se convirtió en la sombra de las tropas de Aníbal, aunque evitando siempre la confrontación y moviéndose siempre por terreno montañoso con el objetivo de anular la superioridad de la caballería cartaginesa. El Senado exhortó a las pequeñas poblaciones del norte para que recogieran sus posesiones y se refugiaran en ciudades fortificadas. Fabio mientras abrió sus líneas de modo que Aníbal no pudiera marchar contra Roma sin perder sus puertos en el Mediterráneo y quedando por tanto aislado en territorio enemigo. Una serie de derrotas cartaginesas en el Norte de África a manos de Escipión debilitaron al imperio norteafricano desalentando con ello a los pueblos itálicos a que se unieran a Aníbal.

Esta estrategia, aunque un éxito militar, fue un fracaso político. Su pasividad militar se hacía intolerable para las mentes senatoriales acostumbradas a enfrentarse al enemigo en grandes batallas. Las tácticas de Fabio se vieron dificultadas en gran medida debido a la falta de unidad en la cúpula del ejército. Además, y de forma inusual, el Magister Equitum de Fabio, Minucio, era un enemigo político de Fabio por haber sido nombrado a través de elección, en lugar de ser designado por el propio dictador. La falta de entendimiento entre los dos se mostró claramente cuando el segundo exclamó la máxima «¿llegamos aquí para ver a nuestros aliados masacrados, quemados y despojados de sus bienes, como si fuera un espectáculo para ser disfrutado?». De hecho, el pueblo romano una vez recuperado de la conmoción inicial de las victorias de Aníbal, empezó a poner en duda la utilidad de las tácticas de Fabio. La estrategia del dictador se mostraba del mismo modo que para el Senado, intolerable para el pueblo, que ansiaba ver una rápida conclusión del conflicto. También se creía que si se permitía a Aníbal saquear Italia, los pueblos itálicos cambiarían sin dudar su lealtad.

Debido a la falta de victorias importantes de Fabio, el Senado le relevó del mando. Los sustitutos designados para reemplazar al dictador, Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo, dirigieron al ejército romano a una debacle en la batalla de Cannas. Tras experimentar esta fatídica derrota, el pueblo y el Senado aprendieron la lección de que el único medio para expulsar a Aníbal de Italia era emplear las tácticas fabianas.

Durante la guerra, Fabio obtuvo el cognomen de Cunctator (el que retrasa).

Tácticas fabianas a lo largo de la historia[editar]

George Washington, «el Fabio americano»

Aunque supusieran originalmente un desastre político para Fabio, a la larga, las tácticas fabianas habían surtido efecto.

Unos 150 años tras la Segunda Guerra Púnica, la estrategia fabiana fue vuelta a utilizar durante la Guerra de las Galias. El caudillo galo Vercingétorix rehuyó el combate directo con Julio César y utilizó tácticas de tierra quemada, que consistían el calcinar el territorio de modo que el adversario no pudiera reunir provisiones, debilitándose por tanto su posición. A pesar de la audacia de Vercingetorix, la coalición de pueblos galos que lideró fue derrotada en la batalla de Alesia.

No mucho más tarde el general romano Cneo Pompeyo Magno, tras su victoria en la batalla de Dirraquio, intentó utilizar esta estrategia. Sin embargo los senadores, envalentonados por la victoria no quisieron ni oír hablar de ello. Seguramente la Guerra Civil contra César habría tenido otro final si Pompeyo hubiera podido emular a Fabio. Tras el término de la guerra, esta estrategia cayó en el olvido.

La estrategia fue nuevamente resucitada por el general francés Bertrand du Guesclin durante la Guerra de los Cien Años. Tras una serie de derrotas frente al ejército inglés liderado por el Príncipe Negro, Du Guesclin fue capaz de recuperar la mayor parte del territorio perdido gracias a estas tácticas.

El uso de esta estrategia militar fue también defendida por el primer presidente de los Estados Unidos, George Washington, llamado en ocasiones "el Fabio americano" y por el general Nathanael Greene. Aunque originalmente Washington había defendido el desarrollo de una guerra tradicional, estaba convencido de la eficacia de hostigar a los británicos. Tras la insistencia de su alto mando en utilizar estas técnicas tras la derrota en la batalla de Long Island, Washington decidió revivir las tácticas del incomprendido dictador.

De igual modo como sucedió con Fabio Máximo en su momento, la eficacia de las tácticas fabianas se reconoció mucho más tarde de su ejecución. Para las tropas el empleo de esta estrategia era cobarde. Iba en ocasiones combinada con la quema de tierras lo que causaba el odio de la población civil. Finalmente las tácticas fabianas se utilizarán en todo el mundo. Esta estrategia se tornó decisiva en la defensa de Rusia frente a la Grande Armée de Napoleón Bonaparte y en la defensa de la Unión Soviética en la invasión de los nazis por parte de Adolf Hitler, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, es decir, más de 2.100 años después del primer uso de las tácticas fabianas.