Revolución de Trujillo de 1932

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Revolución aprista de Trujillo
(1932)
Combatientes.jpg
Tropas ocupan una trinchera en el barrio de "Mansiche" durante la revolución de 1932; fotografía en exhibición permanente en el "Centro cultural Haya de la Torre" (Trujillo - Perú)
Fecha 7 a 11 de julio de 1932
Lugar Trujillo - Perú
Resultado Victoria militar del gobierno de Luis Miguel Sánchez Cerro
Beligerantes
Bandera del Perú Gobierno de Luis Miguel Sánchez Cerro Bandera del APRA Partido Aprista Peruano
Comandantes
Luis Miguel Sánchez Cerro Víctor Raúl Haya de la Torre
Manuel "Búfalo" Barreto
Alfredo Tello Salaverría
Fuerzas en combate
Ejército del Perú Partido Aprista Peruano (Célula de Trujillo)
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La Revolución de Trujillo fue una revuelta popular realizada por campesinos, obreros y estudiantes en la ciudad de Trujillo, ocurrida en julio de 1932, durante el gobierno de Luis Miguel Sánchez Cerro.

Antecedentes[editar]

Durante las décadas de los años 1920 y 1930 Trujillo vivió la gestación y crecimiento de la organización sindical entre los campesinos de las haciendas de la región y la agitación de la intelectualidad urbana progresista. Zonas como Casa Grande, Cartavio y Laredo se convirtieron en bastiones del recién nacido Partido Aprista Peruano, organización política de orientación socialdemocrata fundada por el líder estudiantil Víctor Raúl Haya de la Torre.

El 8 de enero de 1932, el entonces presidente del Perú Luis Sánchez Cerro (elegido constitucionalmente el año anterior), perpetró un “autogolpe”; publicando una ley inconstitucional que proscribía las libertades políticas y permitía la detención de cualquier ciudadano sin mandato judicial; este hecho, sumado a las desigualdades sociales, al irrespeto de los derechos laborales de los trabajadores de las haciendas azucareras ubicadas al norte de la ciudad de Trujillo, acrecentaron el descontento social.

Desde este momento las demandas por el fin del gobierno “sanchezcerrista” y por la liberación del líder político Víctor Raúl Haya de la Torre, quien se encontraba preso desde el 6 de julio, se volvieron incontenibles.

La rebelión[editar]

El 7 de julio de 1932, a las dos de la madrugada, un grupo compuesto fundamentalmente por peones cañeros de la hacienda Laredo y estudiantes del Colegio Nacional San Juan asaltaron el cuartel de artillería “Ricardo O’Donovan”, ubicado en la entonces entrada de la ciudad. Al frente de las masas estuvo Manuel “Búfalo” Barreto, reconocido líder aprista, de imponente presencia. La pelea duró más de tres horas, causando numerosas bajas por ambos lados y finalizando con el triunfo de los insurgentes.[1] Uno de los primeros en caer fue el “Búfalo” Barreto, pero los insurrectos fueron ganando terreno, tomando poco después el Cuartel de Seguridad y el local de la Prefectura, cuya jefatura fue asumida de facto por Agustín Haya de la Torre (hermano del líder aprista).

El levantamiento se extendió a Salaverry, Samne, diversos lugares del valle de Chicama, Otuzco, Santiago de Chuco y Huamachuco. También alcanzó hasta Cajabamba en Cajamarca y repercutió en Huaraz.

Reacción del gobierno. Bombardeo de Trujillo[editar]

Ante la insurgencia trujillana, el Congreso de la República se reunió de urgencia aprobando el estado de sitio y la creación de cortes marciales; por su parte, el gobierno de Sánchez Cerro mandó tropas desde Lima, cuyo mando asumió el mayor Alfredo Miró Quesada. Al frente del Regimiento de Infantería N.º 7 y con el apoyo de dos compañías llegadas por tierra desde Chimbote, Miró Quesada recuperó el puerto de Salaverry, que también había sido capturado por los rebeldes.

Al atardecer del sábado 9 las tropas de Miró Quesada se acercaron a Trujillo, pero hallaron tan porfiada resistencia, que optaron por retirarse a Salaverry, sufriendo pérdidas de vidas y de material bélico en la zona denominada “La Floresta”. Los insurgentes celebraron el triunfo con algarabía, cometiendo el error de no perseguir a las tropas gobiernistas.

El gobierno entregó el mando de la represión al jefe de la I Región Militar con sede en Lambayeque, coronel Manuel Ruíz Bravo, que se desplazó desde el norte. Bajo sus órdenes estaban el Regimiento de Infantería N.º 7, una compañía del Regimiento de Infantería N.º 1, una compañía de fusileros y una sección de ametralladoras del Regimiento de Infantería N.º 11 acantonado en Cajamarca y varios destacamentos de la Guardia Civil

El coronel Ruíz Bravo, junto con su Estado Mayor encabezado por el teniente coronel Eloy Ureta (futuro Mariscal), planeó meticulosamente el asalto a Trujillo. El plan combinaba dos frentes de acción: uno cuya base era el puerto de Salaverry, con las tropas provenientes de Lima al mando de Miró Quesada; y otro con las tropas provenientes del Norte. Previamente, se ordenó un ataque aéreo, para limpiar los nidos de ametralladoras y otros focos de resistencia en la ciudad, operación que fue la primera acción de la aviación militar en el Perú, usando los recién adquiridos aviones de caza.

En medio del bombardeo al que era sometida la ciudad, los líderes insurgentes pasaron a la clandestinidad y el pueblo, alzado en armas, se preparó para resistir la acción del ejército. El ataque de las tropas de tierra sobre Trujillo se inició en la madrugada del 10 de julio.

La masacre del cuartel O’Donovan[editar]

Luego de la toma del Cuartel O’Donovan, por parte de los amotinados apristas, estos hicieron conocer al gobierno que tenían en calidad de prisioneros a la oficialidad del Ejército y la Policía, amenazando que en caso de tomar medidas militares por parte del gobierno para capturar Trujillo, ejecutarían a los prisioneros. Los oficiales prisioneros eran los siguientes[2]

  • Del Regimiento de Artillería N.º 1: el teniente coronel EP Julio P. Silva Cáceda, el mayor Luis Pérez Salmón, el capitán Manuel Morzán, el capitán Víctor Corantes; alféreces: Ricardo Revelli Elías, Alfredo Molina y Miguel Picasso Rodríguez.
  • Del Regimiento de Infantería N.º 1: Subtenientes Carlos Hernández Herrera, Federico Mendoza Gastón y Carlos Valderrama.
  • De la Policía (Guardia Civil): el capitán GC Eduardo Carbajal Loayza y el teniente GC Alberto Villanueva Gómez.

Pese al riesgo, el gobierno decidió restablecer el orden; la amenaza de asesinar a los oficiales prisioneros, fue evaluada, como una acto imposible de ejecutar, al ir más allá de los límites de cualquier confrontación.

Pero a la medianoche del 9 de julio, los 12 oficiales del ejército y la policía, así como sargentos, clases, cabos, soldados y guardias capturados durante la insurrección, fueron masacrados de la manera más horrible, en medio de un confuso incidente que nunca se llegó a aclarar. Los cadáveres fueron mutilados y saqueados; en medio de una orgía de sangre, se llegó al extremo de extraer el corazón del comandante Silva Cáceda y de extirpar los genitales al teniente Villanueva.

La versión más difundida es que una multitud de apristas, enfurecida y en venganza porque presentían ya su derrota, se dirigió a la cárcel y sin ninguna misericordia asesinó cruelmente a los oficiales, sargentos y cabos que se hallaban presos y desarmados. Algunos de estos habrían sufrido la venganza de la turba, por excesos cometidos anteriormente en sus funciones (se dice, por ejemplo, que el oficial Villanueva había cometido actos criminales en diciembre de 1931, durante la represión antiaprista desatada en la localidad de Paiján y en Trujillo). Lo cierto es que la animadversión del pueblo hacia las fuerzas del orden venía desde tiempo atrás y no es que estallara de improviso. No se ha demostrado, sin embargo, que fueran los líderes apristas quienes, antes de abandonar la ciudad, ordenaran la masacre, como algunos han afirmado.

Fin de la rebelión[editar]

En la madrugada del día 10 de julio, tras un intenso bombardeo aéreo y terrestre, un gran despliegue de tropas en dos frentes inició la ocupación de la ciudad. El pueblo armado resistió el ataque de las fuerzas del gobierno hasta el día 11; hubo numerosas bajas por ambos lados. En la “Portada de Mansiche”, un grupo de francotiradores dirigidos por Carlos Cabada contuvo el avance del ejército, ayudando a fortalecer las defensas dentro de la ciudad, en la plazoleta “El Recreo”, la dama de nombre Maria Luisa Obregón, apodada “La Laredina” condujo la resistencia disparando ella misma una ametralladora; la lucha se libró calle a calle; los soldados eran recibidos con disparos y en general con cualquier objeto contundente arrojado por los pobladores rebeldes desde los techos, entre cánticos y lemas alusivos al partido aprista peruano. Fue el profesor Alfredo Tello Salavarria quien se mantuvo frente a las últimas trincheras, en el barrio trujillano de “Chicago”.

El 18 de julio, el jefe de operaciones, coronel Ruiz Bravo, informó tener pleno control territorial, luego de cometer numerosas represalias contra la población civil en Chepén, Mansiche, Casa Grande, Ascope y Cartavio (las tres últimas haciendas azucareras donde laboraban algunos de los insurgentes).

Las ejecuciones[editar]

Numerosos combatientes que se habían rendido fueron fusilados sin juicio. Una “Corte Marcial” sin ninguna garantía e independencia dictó pena de muerte contra 102 personas sindicadas como principales responsables del alzamiento; debido a que muchos de estos se encontraban fugitivos y otros habían muerto en el enfrentamiento, la pena solo pudo aplicársela a 42 detenidos, quienes fueron trasladados a la ciudadela de Chan Chan, obligados a cavar las fosas que se convertirían en sus tumbas y sin excepción recibieron la descarga fatal el 27 de julio de 1932. Pero se calcula que el número de víctimas al terminar el conflicto llegó a sumar aproximadamente unos 5 mil civiles, muy vinculados al partido aprista, que fueron fusilados de forma extrajudicial. Aun así, enfrentaron a la muerte, dando vivas al partido aprista y a su líder Víctor Raúl Haya de la Torre.

Consecuencias[editar]

Esta insurrección y su represión desmedida, marcaron por mucho tiempo la identidad política de la ciudad de Trujillo y del norte del Perú, llegando la ciudad a ser considerada como bastión electoral del Partido Aprista Peruano. Significó también el surgimiento de una animosidad recíproca entre el APRA y las Fuerzas Armadas, que tuvo honda repercusión en la vida política del Perú. El Ejército consideró la matanza de sus oficiales en el cuartel O’Donovan (hecho insólito en la historia peruana) como un agravio imperdonable inferido a los suyos y desde entonces los militares hicieron causa conjunta para impedir que el APRA llegara al poder. Esta animosidad solo pudo ser superada a fines de la década de 1970 del siglo XX, poco antes de morir Víctor Raúl Haya de la Torre, elegido por entonces presidente de la Asamblea Constituyente de 1978, en plena dictadura militar.

Referencias[editar]

Bibliografía
  • BASADRE GROHMANN, Jorge (2005). Historia de la República del Perú (1822 - 1933), Tomo 15 (N°9 edición). Lima: Empresa Editora El Comercio S. A. p. 302. ISBN 9972-205-77-0. 
  • GIESECKE SARA LAFOSSE, Margarita (2010). La Insurrección de Trujillo (Jueves 7 de julio de 1932) (N°1 edición). Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú. p. 371. 
  • LEÓN ECHAHUE, Felix (1934). Lo Que Vi y Lo Que Se de la Revolución de Trujillo (N°1 edición). México D.F.: Editorial Horoscopo. 
  • THORNDIKE LOSADA, Guillermo (1969). El Año de la Barbarie (N°1 edición). Lima: Editorial Nueva América. 
  • Grupo La República (2004). GARAYAR Carlos, ed. Atlas Regional del Perú – La Libertad (Tomo N° 10) (N°1 edición). Lima: Ediciones Peisa. p. 112. 9972-40-332-7. 

Véase también[editar]