Retablo
El retablo (etimología latina: retro tabula altaris: tabla detrás de un altar) es una estructura arquitectónica que decora el altar de una iglesia.
Suelen estar construidos en madera, mármol, alabastro o algún metal, y pueden ser escultóricos, con relieves o figuras de bulto redondo, o bien pictóricos; sin embargo lo más frecuente es que sean mixtos, combinando cuadros y tallas. Desde finales del siglo XIII hasta el siglo XX, fueron los elementos más relevantes en la decoración interior de las iglesias, sobre todo en países como Italia, Portugal y España, lugar este último donde la retablística alcanzó un desarrollo extraordinario, difundiéndose a través de las colonias por el continente americano.
Son obras de arte de gran complejidad, en las que suelen colaborar arquitectos, escultores, estofadores, doradores, carpinteros y entalladores, por lo que su elaboración es un proceso costoso y lento, sobre todo en los ejemplares de mayor envergadura.
Los retablos suelen adoptar una disposición geométrica, dividiéndose en cuerpos (secciones horizontales superpuestas, divididas habitualmente por molduras) y calles (secciones verticales, con pilastras o columnas intercaladas). Las unidades formadas por esta especie cuadrícula son los encasamientos, y suelen albergar representaciones escultóricas o pinturas. El conjunto de elementos arquitectónicos que enmarcan y dividen el retablo se denomina mazonería. De todos modos, también hay ejemplares que se organizan de forma más sencilla, con una escena única centrando la atención.
El retablo suele elevarse sobre un zócalo para evitar la humedad del suelo. La parte inferior que apoya sobre el zócalo se llama banco o predela, y se dispone como una sección horizontal a modo de friso que a su vez puede estar dividida en compartimentos y decorada. El elemento que remata toda la estructura se llama espina o ático y suele estar ocupado por el tema del Calvario, o a veces el Padre Eterno. Todo el conjunto se protege a veces con una moldura llamada guardapolvo, muy habitual en los retablos góticos.
A partir del siglo XV, toma relevancia el tabernáculo o sagrario, (lugar donde se guardan las formas sagradas), que centraliza paulatinamente el espacio del retablo hasta convertirse, en ocasiones, en su elemento principal, adoptando incluso formas exentas e independientes.
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[editar] Historia
[editar] Precedentes
El altar fue, desde los primeros momentos del cristianismo, el elemento central de la liturgia. Al principio su disposición en el templo era exenta y central, con los fieles situados alrededor, recordando de esta manera el banquete de la Última Cena. Sin embargo, con el fortalecimiento de la autoridad del clero, los altares se fueron desplazando a un lugar cerrado e inaccesible (el iconostasio), a la vez que quedaban adosados al muro. El altar pasó a ser un lugar lejano para el fiel, ya que el oficiante quedaba de espaldas a él, en un lugar elevado y muchas veces oculto con cortinajes, rejas, etc.
Los templos cristianos más primitivos decoraban sus interiores con pinturas murales (Capilla de Dura Europos) y ciertos objetos de uso litúrgico, como relicarios, arquetas, dípticos de marfil o pequeñas estatuas. Los templos ofrecían una imagen austera, sólo rota por ciertos materiales preciosos que a veces los potentados donaban como ofrenda (véase el ejemplo de las coronas de Guarrazar). En el arte prerrománico, además de la consabida decoración pictórica de los muros, comenzaron a difundirse las imágenes de Cristo Crucificado, que se colocaban pendiendo de los muros o el techo, y que podían ser pictóricas o escultóricas (Crucificado de Gero, catedral de Colonia), o prescindiendo en ocasiones de la figuración para tomar forma de joyas (Cruz de la Victoria, Oviedo). Tomó también mucha relevancia la decoración del frontal del altar, en forma de antipedios enriquecidos con metales preciosos. Quizá el más claro precedente del retablo tal y como lo conocemos sea el ciborium, una especie de baldaquino generalmente formado por columnas, que protegía y daba relevancia visual a los altares o a los relicarios y sepulturas de santos y mártires; siendo un elemento usual en las iglesias paleocristianas.
El Románico no supuso un gran cambio en este sencillo sistema de decoración interior de los templos, siendo muy conocidos los frescos (San Clemente de Taüll, Abadía de Saint-Savin-sur-Gartempe), o los Cristos de Majestad, a los que se unió la figura de la Virgen en Majestad, muy difundida a partir de entonces. Los frontales de altar siguieron utilizándose, enriquecidos a veces con labores de orfebrería o pinturas.
La decoración interna de las iglesias, por tanto, estaba adaptada a sus modestas dimensiones en la mayoría de los casos, y se ponía el acento en la decoración parietal, bien por medio de frescos de colores vivos, o con mosaicos enriquecidos con teselas de oro (muy usuales en el arte bizantino), de forma que las imágenes resaltaran en unos interiores generalmente oscuros y reducidos. Los elementos que se situaban en el altar tenían carácter mueble casi siempre (arquetas, dípticos, iconos) y su suntuosidad en cuanto a materiales suponía también un pequeño tamaño.
[editar] El Gótico: siglos XII-XV
El esplendor del monacato, la pujanza de las ciudades y el crecimiento poblacional y económico que se dio en Europa a partir del siglo XI hicieron que los templos tuvieran que adaptarse a fin de dar cabida a un mayor número de fieles, satisfacer los deseos de patrocinio de la élite y significar la riqueza de una sociedad en la que la religión regía todos los aspectos de la vida. A partir del siglo XII surge el arte Gótico; la arquitectura adquiere dimensiones colosales y una gran complejidad constructiva, y las artes plásticas, a demanda de una sociedad amante del lujo y la ostentación, cobran un gran desarrollo. La aparición de las órdenes mendicantes fue otro factor de cambio desde el momento que propugnaban una religiosidad más emotiva y cercana al fiel, a la vez que preocupada por la doctrina y la enseñanza. Aparecen así grandes ciclos narrativos esculpidos en las portadas de iglesias y catedrales; los vitrales se ilustran con representaciones sagradas, y la nueva amplitud y luminosidad de los templos permite la mejor contemplación de las imágenes, repartiéndose estas por las numerosas naves y capillas, las cuales funcionarán muchas veces como espacios corporativos de gremios, cofradías o como espacios privados de la devoción de los mecenas.
De todo esto se desprende que la práctica piadosa necesitaba objetos sagrados cada vez más suntuosos y visibles, y en número cada vez mayor, pues crecía el culto a las reliquias y a las imágenes de santos, a la vez que las mismas servían como instrumento valioso para la evangelización. Es en ese contexto donde surgen los primeros retablos, primero como pequeñas tablas con imágenes, a juego a veces con el frontal de altar (como sucede en el que decoraba el monasterio de Santa María de Mave, en Palencia, uno de los ejemplos más antiguos que se conservan de retablo propiamente dicho), o en forma de dípticos, trípticos o polípticos con portezuelas abatibles (como el políptico del Cordero Místico de Gante, Bélgica), o bien realizados con materiales preciosos, como muestran los conservados en la catedral de Gerona, o en la Basílica de San Marcos de Venecia. En un primer momento, los retablos no abandonaron del todo su carácter mueble o plegable, y es posible que muchos fueran utilizados en procesiones o actos públicos y trasladados fuera del ámbito del templo, como sucedía con los dípticos devocionales o los iconos de carácter doméstico y privado. Sin embargo, poco a poco los retablos fueron haciéndose más grandes y estables, toda vez que debían destacar casi siempre en las dimensiones colosales de abadías o catedrales.
El retablo gótico suele presentar una apariencia marcadamente geométrica, con los encasamientos linealmente dispuestos y ocupados por pinturas o esculturas. Muchos de ellos toman la forma del ábside en el que se sitúan (como el mayor de la catedral Vieja de Salamanca), aunque es más común el esquema cuadrangular con un saliente en la parte superior a modo de remate. Suelen poseer un guardapolvo o moldura muy resaltada que recorre su contorno, y la decoración sigue las pautas del estilo gótico, con las pinturas o imágenes de bulto enmarcadas por doseletes o chambranas, y pináculos, cresterías, florones y otros elementos ocupando el resto del espacio, muchas veces con un auténtico sentido del horror vacui. Fue habitual también la introducción de elementos heráldicos o incluso la propia figura del comitente. Poco a poco se establece la separación entre el cuerpo en sí y el banco o predela, y la configuración en cuerpos y calles.
Según avanzan las centurias los retablos ganan en dimensiones, complejidad y lujo, hasta convertirse en enormes estructuras muy decoradas en las que se narran, mediante relieves o pinturas rígidamente dispuestas, las vidas de Cristo o María o las del santo a quien se dedica el altar. La presencia de numerosas imágenes, advocaciones o reliquias dentro de un mismo templo motivó consecuentemente la multiplicación de retablos, surgiendo de este modo el retablo mayor, foco de atracción principal del templo, y los laterales o menores, que sitúan en las naves y capillas.
La época gótica fue, de esta manera, el arranque y época de esplendor de la retablística en toda Europa, consolidándose como un género artístico pujante y creativo, y contando con importantes artistas especializados en su diseño y ejecución. Las variantes regionales hacen difícil una clasificación uniforme de los retablos góticos. Un ejemplo de ello aparece en el Reino de Aragón en el siglo XIV, donde toman una peculiar forma de expositor eucarístico, realizados casi siempre en alabastro. El material más empleado, no obstante, en la generalidad de los retablos góticos será la madera, casi siempre dorada y policromada, aunque no faltan ejemplos en madera vista u otro tipo de materiales como plata o piedra.
Entre los ejemplares que han llegado hasta nuestros días, son destacables:
En España:
- el mayor de la catedral de Gerona, realizado en plata, formando veintiséis compartimentos con figuras de relieve, del siglo XIV;
- el retablo procedente del Monasterio de san Benito de Valladolid, por Rodríguez de Toledo, compuesto por tablas pintadas y conservado en la actualidad en el Museo del Prado de Madrid;[1]
- el retablo mayor de la Catedral Vieja de Salamanca, uno de los mejores ejemplares de retablo pictórico, obra de Nicolás Florentino y Dello Delli;
- el retablo mayor de la Seo de Zaragoza, en alabastro, obra de Pere Johan, primer tercio del siglo XV;
- los mayores de las catedrales de Ávila, Oviedo, Toledo y Sevilla;
- el mayor de la Basílica de la Asunción de Nuestra Señora de Lequeitio;
- el de la Cartuja de Miraflores en Burgos, obra de Gil de Siloé.
Fuera del ámbito hispano son notables:
- el de plata del baptisterio de Florencia, del siglo XIII;
- el altar de la Sagrada Sangre, por Tilman Riemenschneider, en Rothenburg ob der Tauber, Alemania;
- el retablo de la Dormición de María, por Veit Stoss, Basílica de santa María, Cracovia (Polonia);
- el políptico del Cordero Místico, por Jan y Hubert van Eyck, Catedral de San Bavón de Gante.
[editar] El retablo renacentista: siglos XV y XVI
Desde principios del siglo XV, una nueva corriente estética que toma como fuente de inspiración la Antigüedad grecolatina triunfa en Europa: el Renacimiento. Tras imponerse en un primer momento en la península italiana, el nuevo estilo artístico se difunde rápidamente, alcanzando su máximo esplendor a mediados del siglo XVI. El Renacimiento traía consigo una revisión de las formas góticas, que serán sustituidas por elementos de carácter clasicista.
En Italia, el retablo (llamado allí pala) nunca había adquirido grandes proporciones, pues se mantenía la tradición de las pinturas al fresco en las iglesias (Giotto o Simone Martini fueron fresquistas de renombre durante el Gótico). Con la irrupción del nuevo estilo, la estructura arquitectónica del retablo se vuelve más nítida y simple; surgen nuevas técnicas, como la terracota esmaltada (hermanos Della Robbia), a la vez se generaliza el empleo de mármol, bronce o granito en contraposición a la madera policromada. Los elementos decorativos típicamente renacentistas, como el grutesco, candelieri, los roleos vegetales, los putti, el tondo o clípeo, o los flameros, pasan a ornamentar las nuevas estructuras, formadas por pilastras, columnas o semicolumnas, frisos y cornisas, todo ello con un clara inspiración en la antigüedad clásica. La influencia pagana o profana acaba trasladándose también a las imágenes religiosas. Todos estos elementos traspasarán pronto el ámbito de la península italiana exportándose al resto de territorios europeos.
Un elemento cambió para siempre el arte cristiano a partir de este momento: el surgimiento de la Reforma Protestante a principios del siglo XVI. Este movimiento religioso, amén de otros cambios, introdujo la iconoclasia en mayor o menor medida en su código de creencias, aunque con matices según la corriente (calvinismo, luteranismo, anabaptismo, anglicanismo). En la práctica y respecto al caso que nos ocupa, el uso de retablos e imágenes sagradas quedó proscrito en numerosos territorios de Alemania, Suiza, Inglaterra, las Provincias Unidas (actual Holanda) y prácticamente todo el extremo norte de Europa (Escandinavia, la actual Dinamarca). No sólo se perdió en gran parte la tradición de las imágenes, sino que en algunos casos desaparecieron ejemplos magníficos de épocas precedentes. De este modo, la retablística quedó confinada a los países exclusivamente católicos, adquiriendo gran pujanza en los reinos de la Península Ibérica.[2]
[editar] El Plateresco
En España, la estética renacentista tardó en imponerse, debido al arraigo de las formas góticas. En un primer momento, lo renaciente aparece tímidamente en los retablos (al igual que lo hacía en la arquitectura), en forma de detalles decorativos. Sólo avanzado el siglo XVI se conforma una estética novedosa: el estilo plateresco.
El retablo plateresco combina elementos gotizantes con otros de raigambre italiana, caracterizándose por su carácter narrativo (relieves o pinturas) y el desarrollo del tabernáculo que adopta una posición central y prominente. Los retablos platerescos son generalmente muy planos, configurándose mediante pilastras o semicolumnas, con la novedad del balaustre como soporte. La decoración suele ser estilizada y menuda, en forma de grutesco, veneras, cabezas de querubines, angelotes, roleos..., apareciendo nuevas tipologías formales, como los relieves circulares o los realizados en stiacciatto. Ejemplos destacados de retablo plateresco son:
- el retablo mayor de la catedral de Palencia, considerado uno de los primeros retablos renacentistas en España (contratado en 1504), obra de Felipe Vigarny, Pedro de Guadalupe, Juan de Flandes y Juan de Valmaseda;[3]
- el mayor de la Capilla Real de Granada, obra igualmente de Felipe Vigarny, decorado con escenas de la conquista de Granada y estatuas orantes de los Reyes Católicos, por Diego de Siloé;
- el retablo mayor de la iglesia de san Pelayo de Olivares de Duero (provincia de Valladolid);
- el mayor del convento de san Pablo en Palencia;
- el retablo de la capilla de la Piedad en la iglesia de san Miguel de Oñate, Guipúzcoa.
En Aragón continuará la tradición gótica del retablo-expositor de alabastro, adaptándose a la nueva estética. La gran figura de Damián Forment, uno de los mayores maestros de la escultura y la retablística hispana, protagoniza este ámbito. A él se deben:
- el retablo mayor de la Basílica del Pilar de Zaragoza (1512-1518), en alabastro, de estructura gotizante y relieves casi de bulto redondo;
- el mayor del monasterio de Poblet (provincia de Tarragona), de carácter más plateresco, con las características veneras planas;
- el retablo mayor de la catedral de Santo Domingo de la Calzada, realizado en madera dorada y policromada, con exuberante decoración.
Otro autor destacado en el reino de Aragón en esta época fue Gabriel Yoly.
[editar] El retablo manierista
A partir de la década de 1530, el manierismo, una evolución del clasicismo quinientista, invade todos los ámbitos artísticos europeos. En España, la irrupción de este estilo acaba con los últimos resquicios del Gótico e impone la vigencia del estilo italianizante a partir de dicha década hasta prácticamente el siglo XVII.
En el campo del retablo, el estilo manierista dio intérpretes geniales, con obras maestras que serían muy admiradas e imitadas. El primero de ellos fue Alonso Berruguete, uno de los escultores españoles más reconocidos de todos los tiempos. Su trabajo más ambicioso, el retablo mayor del monasterio de san Benito de Valladolid (1527-1532), se encuentra disgregado hoy en varias partes, conservadas casi todas en el Museo Nacional Colegio de San Gregorio de la misma ciudad. El arte temperamental e inclasificable de Berruguete exhibe en esta obra algunas de las características propias del manierismo hispano, mezclando elementos típicos del Renacimiento más ortodoxo (veneras, balaustres, relieves en tondo) con un peculiar sentido dramático totalmente anticlásico, en el que las formas se someten al efecto general de expresividad y movimiento. Berruguete fue bastante prolífico en su dedicación al retablo, y creó un importante taller con discípulos como Francisco Giralte (autor del retablo de la Capilla del Obispo en la parroquia san Andrés, Madrid) o Manuel Álvarez, responsables en parte de la gran difusión y éxito del estilo berruguetesco.
El otro gran maestro manierista, perteneciente como Berruguete al foco vallisoletano, fue Juan de Juni. Al igual que el primero, cultiva el estilo italianizante desde una óptica muy personal. Muchas de las obras maestras Juni lo fueron en el campo del retablo; acertó a concebir sus creaciones retablísticas como un todo unitario y no meras arquitecturas-marco, y no dudó en alterar y deformar los principios del clasicismo en aras de la expresividad. Es muy llamativo el hecho de que las imágenes y relieves junescos parezcan desbordar el marco que los contiene, lo que otorga a estas obras gran potencia visual y mayor cercanía al espectador, prefigurando ciertas tencencias barrocas. Algunos de sus retablos más conocidos son el mayor de la catedral de Valladolid (encargado al artista para la iglesia de Santa María la Antigua), el de la capilla de los Alderete de San Antolín de Tordesillas y el de la capilla de los Benavente en Santa María de Medina de Rioseco.
[editar] El retablo romanista
A mediados del siglo XVI, el Concilio de Trento marca una cesura en la vivencia religiosa y el arte en particular. La necesidad de una mayor claridad y contundencia en la transmisión del mensaje evangélico hace que se atemperen ciertos excesos formales manieristas. Surge así el estilo a la romana o romanismo, que será el predominante hasta el fin de siglo, conviviendo no obstante con el manierismo, que conservó cierta vigencia. Siguiendo el nuevo estilo, los retablos adquieren una concepción más arquitectónica y monumental; se acentúa la severidad en la decoración (frontones, columnas exentas, frisos, triglifos y metopas), mientras las imágenes se vuelven expresivas y gesticulantes, en un intento de resultar persuasivas.
La nueva corriente estará protagonizada por maestros como Gaspar Becerra, autor del retablo mayor de la catedral de Astorga (1558-1562), pieza paradigmática que creará toda una moda, siendo muy copiado. Otros artistas representativos de este momento son Pedro López de Gámiz (retablo mayor del convento de santa Clara, Briviesca), Rodrigo de la Haya (que con su hermano Martín realizó el retablo mayor de la catedral de Burgos) y Juan de Ancheta.
Quizás el momento culminante del estilo romanista, a la vez que su final, fue el clasicismo que se impuso durante el reinado de Felipe II y la construcción del Monasterio de El Escorial. El estilo escurialense marca en España el tránsito del Renacimiento al Barroco. Se trata de un arte que prescinde de los elementos accesorios, eliminando cualquier concesión decorativa y otorgando el protagonismo al soporte arquitectónico, que sigue los cánones clásicos de forma casi obsesiva, aunque introduciendo un gigantismo de raíz miguelangelesca. En lo referido a la retablística, el principal ejemplo de esta corriente fue el retablo mayor de la Basílica del monasterio. El ser un encargo de gran importancia simbólica (ya que había de presidir el espacio donde estaban enterrados los reyes de España) hizo de esta pieza una obra única; se emplearon en su confección los más costosos materiales (jaspes, mármoles polícromos, bronce dorado al fuego) así como una pléyade de artistas entre los más afamados de su generación: Juan de Herrera dio la traza general, Pompeyo y Leone Leoni hicieron las esculturas e incluso se pensó que un cuadro de Tiziano presidiera el conjunto, aunque finalmente se encargó la parte pictórica a Pellegrino Tibaldi y Federico Zuccaro.
Esta monumental obra puede considerarse el canto de cisne del Renacimiento en España en el campo del retablo. El impacto y novedad que supuso se impondrán hasta bien entrado el siglo XVII, recogiendo muchos ejemplares que se harán a partir de entonces algunas de estas innovaciones, como la rígida superposición de órdenes, el empleo de piedra en lugar de madera policromada, la nítida estructuración y jerarquización iconográfica, y sobre todo, el énfasis que se dará a partir de ahora al sagrario o tabernáculo, que, como sucede en El Escorial, muchas veces llega a estar exento y casi independiente del cuerpo del retablo.[4]
Otros ejemplos notables de retablo escurialense son el mayor de la colegiata de san Luis de Villagarcía de Campos (Valladolid), obra de Juan Sáez de Torrecilla, o el que preside la iglesia vallisoletana de san Miguel y san Julián, obra de Adrián Álvarez.[5]
[editar] El Barroco
En los siglos XVII y XVIII, con la llegada del estilo Barroco, el retablo cobrará un extraordinario protagonismo en el interior de las iglesias, de modo que muchas veces la propia arquitectura de los templos acaba supeditada a su colocación, generalizándose las cabeceras planas con testero ciego, o a lo sumo con ventanales abiertos en su parte más alta de modo que no interfieran con la estructura del retablo y se adapten a ella. En una época que el arte busca la cercanía con el fiel, se generalizan tipologías nuevas, como el retablo con camarín (que tenía precedentes en el Renacimiento), el retablo exento a modo de ciborio o tabernáculo, el retablo-transparente, con aberturas que dejan pasar la luz, el retablo-relicario, surgido a partir del resurgir del culto a las reliquias de los santos, etc.
Los retablos barrocos suelen concebirse como parte integrante de una decoración mayor que se extiende por toda la iglesia, y así hacen juego a veces con frescos pintados en techos o paredes, o con otros retablos, repitiendo por ejemplo los llamados colaterales la forma y decoración del mayor o de la capilla principal. En esta época se acentúa fuertemente la jerarquización de los elementos decorativos del templo, a la vez que los mismos tienden a formar un todo. Naturalmente, esto es más palpable en las iglesias construidas ex-novo en época barroca, aunque viejos templos como la Catedral de León sufrieron en esta época el influjo del nuevo estilo, diseñándose decoraciones a veces un tanto chocantes con la arquitectura precedente.[6]
A mediados del siglo XVIII invaden con frecuencia al retablo los adornos del estilo Luis XV (el rococó) y al llegar el siglo XIX se presenta más sencilla la forma de portadita greco-romana, para seguir después el retablo imitando todos los estilos desde mediados de dicho siglo.
[editar] Referencias
- ↑ Ver la entrada en la web del Museo: [1]
- ↑ Consultar el libro: Retablos escultóricos Renacentistas y Clasicistas, por C.M. Martín Jiménez y A. Martín Ruiz, Valladolid, Diputación Provincial, 2010.
- ↑ Ver el catálogo de la exposición: Las edades del Hombre: Memorias y esplendores, V.V.A.A., Fundación Las Edades del Hombre, 1999.
- ↑ Ver el libro: Real Sitio de san Lorenzo del Esocrial, por Juan Martínez Cuesta. Madrid, Patrimonio Nacional, 1992.
- ↑ Ver referencia nº 2, páginas 98 y ss. y 170 y ss.
- ↑ Ver GÓMEZ RASCÓN,M.: La catedral de León, cristal y fe. Edilesa, León, 2009.
[editar] Véase también
- Museo del retablo (Burgos)
- Retablo ayacuchano (Perú)
- Museo Nacional de Escultura de Valladolid
- Políptico
[editar] Enlaces externos
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Wikcionario tiene definiciones para retablo.Wikcionario- Retablos españoles en el Centro Virtual Cervantes
- Glosario de términos artísticos relacionados con los retablos en el Centro Virtual Cervantes.
- Retablo: Terminología básica ilustrada. Producto del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico y el Instituto de Conservación Getty (GCI)
- Retablos cerámicos