Repoblación
El término repoblación significa la acción y el efecto de repoblar ("volver a poblar"), esto es, según el Diccionario de la Real Academia Española:
Poblar los lugares de los que se ha expulsado a los pobladores anteriores, o que han sido abandonados.[1]
Asimismo, según el DRAE hay distintas acepciones del término «poblar» (Del lat. popŭlus, pueblo):
1. tr. Fundar uno o más pueblos. U. t. c. intr.
2. tr. Ocupar con gente un sitio para que habite o trabaje en él.
3. tr. Ocupar un sitio con animales o cosas.
4. tr. Procrear mucho.
5. prnl. Recibir un gran aumento de árboles u otras cosas.[2]
Así pues, con el término «repoblar» nos estamos refiriendo a que las personas rehabiten pueblos abandonados total o parcialmente, pues cuando nos referimos a la plantación o sembrado de vegetación es más apropiado hablar de reforestación. Obviamente, el presupuesto lógico y origen de la repoblación es la despoblación.
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[editar] El origen del problema: el éxodo rural.
Mientras la ciudad está aglomerada, raíz del problema, el campo está despoblado, también con una serie de problemas ambientales asociados. Tanta gente viviendo en la ciudad es totalmente insostenible, teniendo en cuenta que el futuro de baja energía que nos espera hará cada vez menos viable que los alimentos hagan muchos kilómetros para llegar a nuestra casa, y cada vez será más complicado alimentar la máquina de consumir recursos energéticos que el modelo de vida en una gran ciudad representa. Mientras tanto, la poca gente que vive en el campo y la montaña viven con una gran dependencia del vehículo privado, al no poder producir lo necesario para ser autosuficientes, ni suficiente gente para organizar un transporte público o más colectivo. Cambiar las cosas de verdad es tanto deconstruir la ciudad como repoblar el campo, pues los desequilibrios existentes son inmensos. Somos mucha gente interesada en hacerlo, cada día más, pero a pesar de las ganas, a día de hoy repoblar no es tan fácil. 60 años de despoblación hacen que la tierra haya quedado en manos de muy poca gente, muy celosa de la propiedad privada, que tienen en muchos casos en desuso o, como mucho, a medio aprovechar. Miles de casas quedan despobladas por todo el territorio, pero en muchos casos sus propietarios no las quieren ceder, ni alquilar ni vender, parecen preferir que se caigan a trozos. Aunque ya se ha llevado a cabo cierta repoblación en algunos pueblos que habían quedado total o parcialmente abandonados, aún quedan muchos pueblos pequeños por rehabitar. A veces estando totalmente vacíos, algunas veces todavía encontraremos a alguien viviendo.
La población española ha pasado de 15,5 millones en 1857 a 46,7 millones en 2009, lo que supone que se ha triplicado en 152 años, un crecimiento impensable hasta ese momento. Se asiste a una transición demográfica caracterizada por un crecimiento continuado durante el siglo XX que se ha acentuado en el XXI, cuando se alcanzaron, por primera vez en la historia de España, los 40 millones de personas.[3] Las proyecciones de futuro realizadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en España hablan de un incremento de 3,8 millones de habitantes a corto plazo, lo que haría llegar la cifra a 49.084.332 personas y supondría un crecimiento relativo de un 8,4% para el 2018. Lo importante no es tanto el crecimiento en cifras absolutas, sino el incremento de la concentración de la población en los espacios ya saturados,[4] como las ciudades y entornos metropolitanos o las zonas costeras, que propician patrones de distribución poco sostenibles.
La progresiva emigración desde las zonas rurales a las urbanas, un auténtico éxodo rural, ha provocado un enorme trasvase de población a lo largo de los años, y, consecuentemente, unos grandes desequilibrios sociales y ambientales. Según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), actualmente somos unos 6.800 millones de habitantes, de los que el 50% vive en zonas urbanas. Los datos (INE) demuestran que aunque los pueblos (<5.000 hab.) representan el 84% de los municipios españoles, sólo albergan el 13% de la población española; es más, el 68% de la población española vive en urbes de más de 30.000 hab.
Esta situación afecta especialmente a un dato: la densidad de población. Si bien la densidad poblacional de todo el territorio español es de unos 91,4 hab./km2, por lo dicho anteriormente se puede deducir que las ciudades tendrán una densidad poblacional mucho más alta que las zonas rurales. Así, por ejemplo, en el municipio de Murcia, viven unos 436.870 habitantes, en una superficie de 886 km2, es decir, 493,1 hab./km2; la ciudad de Madrid tiene una densidad poblacional de 5.374,9 hab./km2; la ciudad de Valencia tiene 6.047,7 hab./km2; o la ciudad de Barcelona que tiene 16.510,9 hab./km2. Esto no tendría mayor importancia que el mero hecho de vivir muy junticos, si no fuera porque tiene una serie de consecuencias perjudiciales para nosotros y para el medio ambiente. Por el contrario, otras zonas se han encontrado con territorios despoblados por diversas causas, repercutiendo así en su sostenibilidad social, económica y ambiental: la población joven ha emigrado y no hay trabajadores que se ocupen del campo, la estructura demográfica se encuentra especialmente envejecida, se ha abandonado el cuidado de los bosques y montes.
[editar] Consecuencias de la concentración de la población.
[editar] Sociales.
Las desigualdades socio-económicas no se producen tanto entre las zonas urbanas y las rurales, sino dentro de las mismas urbes, que están habitadas tanto por gentes que nadan en la abundancia material, como por trabajadores precarios, excluidos sociales y marginados que tienen dificultades para pagarse una vivienda y el alimento. Las madres solteras, los ancianos o los desempleados, constituyen la masa social de la pobreza en Europa. Es el llamado “cuarto mundo”, formado por hombres, mujeres y niños que, generación tras generación, se ven excluidos de los derechos fundamentales de los que goza el resto de la sociedad.
Durante los años de crecimiento económico, el aumento de renta de las familias españolas no estuvo bien distribuido. Según datos publicados en 2009,[5] en 2007 España fue uno de los países de la UE con mayor desigualdad de ingresos. El ratio entre el 20% de la población con más ingresos y el 20% con menos es de 5,3 puntos, mientras que la media comunitaria fue de 4,8. Así se explica que la tasa de pobreza en España no haya experimentado mejoras en un momento de crecimiento económico y del empleo, como esperaban las instancias europeas y las administraciones estatales. Sin embargo, la degradación de las condiciones laborales, la precariedad, la temporalidad y el estancamiento de las rentas del trabajo ponen en cuestión el modelo anterior, lo que se refleja en la emergencia de la categoría de los trabajadores en riesgo de pobreza (11% de la población ocupada, porcentaje sólo superado por Grecia y Polonia). Las políticas sociales basadas únicamente en criterios de crecimiento económico y en niveles macro de creación de empleo, no permiten evadir la pobreza. El INE establece que el 19,6% de la población española está por debajo del umbral de la pobreza (dispone de menos del 60% de la renta media).[6]
Por supuesto, otra consecuencia socio-económica de la alta densidad poblacional que acumulan los núcleos urbanos, ha sido el encarecimiento y dificultad de acceso a una vivienda, a pesar de la construcción frenética de viviendas de los últimos años, que ha obligado a los españoles a que un tercio de sus ingresos los tengan que dedicar al pago de la vivienda que habitan.[7] Y esto mientras, según la estadística del INE, en España hay más de 3 millones de viviendas vacías, el 33,11% de ellas concentradas en municipios de más de 100.000 habitantes.
[editar] Medioambientales.
El primer efecto de la concentración urbana es que se expande la superficie construida de la zona que se habita y, en consecuencia, se aleja la distancia donde se pueden cultivar o criar los alimentos que se necesitan para vivir que, normalmente, provienen de las zonas rurales o bien se importan desde lejanos países. Así pues, las ciudades no son capaces de alimentarse a sí mismas, carecen de autosuficiencia, y necesitan que exista una masa de agricultores y ganaderos que generen el suficiente excedente alimentario como para dar de comer a las ciudades, por supuesto a un precio bajo, lo cual contribuye al sometimiento de los agricultores y ganaderos tradicionales que se ven obligados a dar paso a las grandes empresas agroganaderas que exprimen sin límites la tierra, las personas y los animales. Lo mismo sucede con los recursos naturales (minerales, metales o agua) y con los residuos que generan las ciudades, que no pueden ser extraídos/absorbidos en la superficie que ocupan las ciudades y se obtienen de/depositan en otros lugares cercanos o lejanos. El caso es que una cosa es la superficie que ocupa una ciudad, y otra la superficie que necesita para mantener su ritmo de consumo de materia y energía, lo cual se trata de medir utilizando el concepto de la huella ecológica.
La huella ecológica es un indicador que mide las necesidades de recursos de una determinada población, en términos físicos, es decir, de hectáreas globales por habitante (hag/hab). Sólo tenemos una Tierra, y tiene una biocapacidad determinada que, si se distribuye igualitariamente entre todos los habitantes de nuestro planeta, nos proporciona la superficie de tierra que puede utilizar cada persona para obtener la materia y la energía que necesita para vivir y, además, para que la naturaleza pueda absorber sus residuos. La Global Footprint Network, que es la entidad que se encarga de realizar estos estudios, ha estimado que todos los habitantes de este planeta utilizamos cada año 1,4 veces la superficie de la Tierra para consumir recursos y desechar nuestros residuos, es decir, que ahora la Tierra tarda un año y cinco meses para regenerar lo que utilizamos sólo en un año.[8] Pues bien, cuando la demanda de la humanidad sobre la naturaleza excede la provisión de la biosfera, o la capacidad regenerativa, se produce la sobrecarga de la Tierra, el agotamiento de la naturaleza y la acumulación de desechos de origen humano, es decir, hay un déficit ecológico. Si cada habitante de este planeta, para que no se sobrepase la capacidad de carga de la Tierra, debería adaptar su nivel de consumo y generación de residuos a lo que pueda generar/absorber 1,8 hag de tierra, lo que ocurre en realidad es que consumimos 2,6 hag/hab. Esta distribución, claro, no es uniforme, ya que, por ejemplo, cada español de media requiere de 5,6 hag, cuando la biocapacidad del territorio español exigiría que cada español utilizara los recursos de 1,3 hag, es decir, tenemos un déficit ecológico de 4,3 hag/hab [1].
¿Pero cómo es posible consumir más de la capacidad que tienen nuestros territorios? Pues como no podía ser de otra forma, explotando las tierras de nuestros vecinos, en una reacción en cadena que provoca que los países con un alto nivel de renta tengan un déficit ecológico de 2,7 hag/hab, mientras que los países con niveles medios o bajos de renta estén equilibrados, y lo que estos países explotan de sus recursos naturales normalmente es para el consumo de los países del Norte. Por tanto, los problemas ambientales tienen claras repercusiones en la injusticia social global, ya que la opulencia en la que vivimos en las sociedades del Norte es a costa de la miseria y la degradación medioambiental de los países del Sur. Evidentemente, también esta conducta irracional e irresponsable que llevamos en las sociedades del Norte (que algunos gobernantes de países del Sur se han empeñado en imitar) hará, antes o después, que nos atropelle la realidad cuando, consumiendo a un ritmo superior a la capacidad de regeneración de la naturaleza, agotemos todos los recursos naturales (o que la escasez de la oferta haga que sean tan caros e inaccesibles que será como si no existieran), como el petróleo, el gas natural, el uranio, los metales o los minerales, y el frenético modelo de producción y consumo que llevamos hasta ahora, sencillamente se colapse.
En cuanto a la absorción de los residuos generados por los humanos, la naturaleza sería capaz de reciclar y revalorizar los residuos que producimos, pues sigue el principio de que lo que para unos seres vivos es residuo, para otros seres vivos es alimento. Sin embargo, cuando el rápido crecimiento demográfico se combina con la concentración en determinadas zonas (ciudades), la naturaleza es incapaz de absorber los residuos que genera dicha población y, poco a poco, la naturaleza se va degradando y contaminando. El agua es uno de esos claros ejemplos. El deterioro de la calidad del agua es uno de los graves problemas existentes en España, originado, en gran medida, por los vertidos procedentes de las aglomeraciones urbanas. El incremento de la población (con el aumento de la carga contaminante) y el crecimiento de los usos consuntivos (que reducen los caudales circulantes), hacen insuficiente la capacidad de autodepuración de los cursos de agua, siendo necesario depurar artificialmente las aguas residuales antes de su vertido.[9]
La generación y gestión de los residuos constituye otro desafío ambiental para las sociedades modernas. El abandono o la gestión inadecuada de los residuos, producen impactos notables en los medios receptores, pudiendo llegar a contaminar la atmósfera, las aguas superficiales y subterráneas, el suelo, contribuir al cambio climático, afectar a los ecosistemas y dañar la salud humana. La producción de residuos urbanos, tanto total como por habitante, ha estado creciendo en España en una tasa mayor que el crecimiento del PIB (superacoplamiento). Según los últimos datos publicados en 2009 por el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino (MARM) la generación de residuos urbanos en el año 2007 (24.585.000 toneladas) experimentó un aumento de la producción total anual del 4,4% respecto a 2006. La tasa de generación de residuos por habitante en España ha seguido una clara línea ascendente, situándose en 2007 en 556 kg/hab. El 46% de los residuos urbanos generados en España en 2007 fueron a parar directamente a algún vertedero controlado, método usado cada vez con más predilección en España, cuando en el resto de la UE se ha reducido su uso un 26% entre 1996 y 2007.
[editar] Salud.
El hecho de que se han diseñado ciudades (cada vez más grandes) organizadas por áreas funcionales (zonas residenciales, zonas de trabajo, zonas de ocio/centros comerciales, etc.), hace que aumente el número y duración de los desplazamientos motorizados, con el correlativo aumento de los atascos del tráfico rodado, la contaminación del aire y el nivel de ruido que se sufre en las ciudades.
En 2001 (último dato disponible) más de 16,3 millones de ciudadanos residentes en España se movían diariamente fuera de su municipio de residencia por motivos de trabajo, lo que suponía una cifras asimilable a los modelos europeos y norteamericanos. Esta situación es más evidente en los entornos metropolitanos de Madrid y de Barcelona, donde casi un 20% de la población empleaba más de una hora en desplazarse por motivos de trabajo y estudio y en las ciudades medianas próximas a las zonas urbanas, que ya superaban mayoritariamente la media hora de transporte. Este tiempo destinado al desplazamiento se ha visto incrementado considerablemente en los últimos años, consecuencia de nuevos modelos de asentamiento en lugares cada vez más distanciados de las grandes urbes (en busca de residencias más accesibles económicamente), pero a las que se tiene que ir diariamente a trabajar, comprar, etc.
La consecuencia lógica de este uso intensivo y extensivo del automóvil para la salud de los urbanitas es que se vive diariamente en una atmósfera contaminada y se respira un aire envenenado que, al ser absorbido en pequeñas dosis, producen enfermedades cardiorrespiratorias (ejemplos graves fueron Gran Niebla de 1952 en Londres y el Smog de Donora de 1948). La mala calidad del aire afecta a toda la población, pero hay grupos más vulnerables que otros, como son los niños (0 a 2 años), las mujeres embarazadas, las personas que padecen alguna enfermedad de carácter cardiorrespiratorio y los mayores de 65 años. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la contaminación atmosférica es responsable del 1,4% de las muertes mundiales[10] y de entre un 0,6 y el 1,4% de la carga de morbilidad por infecciones respiratorias, cardiopatías y cáncer de pulmón.
Entre los contaminantes más problemáticos para la salud destacan las partículas en suspensión menores de 10 micras y de 2,5 micras (PM10 y PM 2,5), el dióxido de nitrógeno (NO2), el ozono troposférico (O3) y el dióxido de azufre (SO2). Todos ellos, excepto el ozono, proceden directamente de las fuentes de emisión, es decir, son contaminantes primarios y el transporte es una de las fuerzas motrices más relevantes relacionadas con la calidad del aire.
La situación respecto a las PM10, NO2 y O3 es preocupante. En 2009, teniendo en cuenta el último dato disponible (2007), el 23,7% de los municipios españoles mayores de 100.000 habitantes superó la concentración media anual de PM10 establecida como límite a partir de 2005. Una cifra tan considerablemente elevada como el 40,7% incumplió el límite diario vigente a partir de 2005 y el 20,3% alcanzó un valor por encima del doble de los días establecidos como límite máximo. El análisis por número de habitantes indicaba que Zaragoza, Barcelona, Málaga y Madrid, todos ellos municipios con más de 500.000 habitantes, registraron superaciones de los límites diarios de PM10. Si analizamos las municipios entre los 100.000 y los 250.000 habitantes, de los 34 de los que se disponía de datos, en 10 se superó la concentración límite anual y en 17 se superó el valor límite diario durante más de 35 días/año. Los datos publicados por el MARM en 2009 en el Inventario Nacional de Emisiones de Contaminantes de la Atmósfera, señalan que en el periodo 2000-2007 España incrementó un 6,5% las emisiones de PM2,5 y un 3,4% las de PM10. En 2007 el sector responsable de la mayor emisión de partículas, tanto PM2,5 (60,1% sobre el total de estas) como PM10 (49,8% sobre el total) fue el transporte (transporte de carretera y otros modos de transporte y maquinaria móvil).
En cuanto al NO2, 15 ciudades presentaron en 2007 concentraciones medias anuales superiores al valor límite para la protección de la salud humana (40 μg/m3), encontrándose por encima de 50 μg/m3 las siguientes: Sabadell, Santa Coloma, Alcobendas, Getafe, Barcelona, Madrid y Alcorcón, cuya concentración media anual alcanzaba 71 μg/m3. Por tamaño de municipio, se observó que todas las ciudades con más de 500.000 habitantes superaron el valor límite para este contaminante, con la única excepción de Málaga y Sevilla. En las ciudades con tamaño intermedio (de 250.000 a 500.000 habitantes), se ha producido un ligero aumento en las inmisiones que las acerca al valor límite.
En el caso del O3, las condiciones climáticas de España, especialmente durante el verano, favorecen su formación en las capas bajas de la atmósfera a partir de otros contaminantes, y la información disponible refleja un progresivo aumento del número de días en que se supera el valor objetivo de protección de la salud humana de 120 μg/m3 (la OMS ha rebajado el límite a los 100 μg/m3) en todos los tramos de población analizados.
Además, los resultados obtenidos para la emisión de sustancias acidificantes (1.156 kt de SO2, 1.534 kt de NOx y 428 kt de NH3) hacen que España se encuentre lejos de cumplir con los techos nacionales establecidos para 2010 por la Directiva 2001/81/CE (746 kt de SO2, 847 kt de NOx y 353 kt de NH3).
Se comprueba que los valores límite y de alerta fueron continuamente sobrepasados en un gran número de ciudades españolas y, lo que es más alarmante, se observa el mantenimiento de valores altos y continuados, de alta contaminación que afectan a sectores importantes de población. Evidentemente, hay grandes porcentajes de población afectada en España por los incumplimientos de alertas y superaciones de los límites aceptables para la salud humana.
Los riesgos para salud de los distintos contaminantes atmosféricos son:
- PM10 y PM2,5: La exposición crónica a las partículas aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y respiratorias, así como de cáncer de pulmón. La mortalidad en ciudades con niveles elevados de contaminación supera entre un 15% y un 20% la registrada en ciudades más limpias.
- O3: El exceso de ozono en el aire puede producir efectos adversos de consideración en la salud humana. Puede causar problemas respiratorios, provocar asma, reducir la función pulmonar y originar enfermedades pulmonares. Actualmente se trata de uno de los contaminantes atmosféricos que más preocupan en Europa. Diversos estudios europeos han revelado que la mortalidad diaria y mortalidad por cardiopatías aumentan un 0,3% y un 0,4% respectivamente con un aumento de 10 µg/m3 en la concentración de ozono.
- NO2: Estudios epidemiológicos han revelado que los síntomas de bronquitis en niños asmáticos aumentan en relación con la exposición prolongada al NO2. La disminución del desarrollo de la función pulmonar también se asocia con las concentraciones de NO2 registradas (u observadas) actualmente en ciudades europeas y norteamericanas.
Por otra parte, se debe tener en cuenta la contaminación acústica que produce todo el transporte de las ciudades, y los efectos demostrados sobre la salud: pérdida de audición, estrés, problemas para conciliar el sueño, hipertensión, cardiopatía isquémica y problemas psicológicos (estrés, ansiedad, náuseas, dolores de cabeza, impotencia sexual, entre otros), afectando a la capacidad de concentración, atención, déficits de memoria, etc.
Además, otra consecuencia para la salud humana del uso cotidiano y masivo que se hace de los medios de transporte de motor, son los accidentes de tráfico, que causan 1,2 millones de muertos anualmente en todo el mundo (3.100 en España en 2008), y los hábitos de desplazamiento de los ciudadanos se hacen sedentarios, estimándose que son responsables de 1,9 millones de muertes globalmente cada año, como resultado de enfermedades como trastornos cardíacos leves, cáncer y diabetes.
Finalmente, en las ciudades la magnitud de las emisiones, inmisiones y aportaciones adicionales de calor antropogénico es diferente que en las zonas con baja densidad poblacional: calefacciones, luces, industrias, concentración de vehículos... Las grandes ciudades liberan a escala local mucha energía, en comparación con las tierras de alrededor. Asimismo, la mayor parte de la superficie de la ciudad absorbe más luz solar de lo normal. El albedo (reflejo de luz solar) es bajo en materiales como el ladrillo, el cemento o el asfalto, con lo que las ciudades también tienden a almacenar calor, porque no se dan los procesos de enfriamiento natural. La vegetación se enfría mediante la evaporación del agua, lo que consume energía. En las ciudades, sin embargo, el suelo está tapado. El agua desaparece rápidamente mediante la canalización y el efecto de enfriamento es bajo. De hecho, en las mismas ciudades hay diferencias térmicas entre las zonas de vegetación densa (más frescas), y las zonas de escasa vegetación (temperaturas altas). Por tanto, se forman “islas de calor urbano”. En las olas de calor de verano el efecto se redobla en las ciudades, al hacerse un mayor uso de los aparatos de aire acondicionado instalados en muchos de sus edificios, lo cual, paradójicamente, somete a más calor a los habitantes de la ciudad. Estas características climáticas locales de las ciudades, unidas a los efectos del calentamiento global, especialmente en países como España que son tradicionalmente calurosos, hace que las ciudades cada vez sean más inhabitables para las personas. En la ola de calor europea del verano de 2003, investigadores del Centro Nacional de Epidemiología cifraron en 6.500 el número de fallecimientos atribuibles al calor en España, que afectó, como siempre, a las personas más vulnerables (ancianos, enfermos, personas en situación de exclusión social, etc.).
[editar] Energía.
El actual modelo energético mundial, en particular el de los países más industrializados, es insostenible en términos ambientales, económicos y sociales. La energía es parte esencial de la vida y su utilización satisface necesidades humanas, pero a su vez la producción y el consumo de energía ejercen notables presiones sobre el medio ambiente: emisión de gases de efecto invernadero (GEI) y de otros contaminantes a la atmósfera, el uso del suelo, la generación de residuos y las mareas negras. Estos factores contribuyen al cambio climático, a la degradación de la calidad del aire, dañan los ecosistemas, artificializan el entorno y producen efectos adversos sobre la salud humana. España presenta, desde hace tres lustros, un progresivo incremento del consumo de energía y de la intensidad energética de su economía.
El consumo de energía continúa creciendo a un ritmo mayor al que lo hace la economía. En el periodo 1990-2008 el consumo de energía primaria en España se incrementó un 56,6%, es decir, un 2,9% de tasa media interanual. Los carburantes fósiles dominan aún la mezcla de combustibles: en torno al 79 % de las necesidades energéticas del europeo medio son satisfechas con carbón, gas y petróleo, cerca del 13 % procede de la energía nuclear y el 8 % restante de fuentes de energía renovables, en rápido ascenso, en especial la eólica y la solar. En España, en el año 2008, el petróleo fue la fuente energética más demandada en España (47,9%), seguido del gas natural (24,5%), la energía nuclear (10,8%) y el carbón (9,8%).
Las concentraciones urbanas conllevan, por un lado, el transporte constante de personas, y, por otro, que los alimentos y productos que consumen los habitantes de tales ciudades provengan de otros lugares, más o menos lejanos. Esto hace que sea necesario el desarrollo de un sistema de transporte de mercancías que abastezca tales ciudades, con el correlativo consumo de energía, que casi en su totalidad son derivados del petróleo. Así, el consumo de petróleo por el sector del transporte en España aumentó, en el periodo 2000-2008, un 21,7%.[11] En 2008, el transporte por carretera fue el modo predominante en lo que se refiere al consumo de energía, representando un 79,5% del consumo de energía final para transporte. A continuación se situó el transporte marítimo (14%) que multiplicó casi cuatro veces el consumo del año anterior. Asimismo, el parque automovilístico español ha sufrido, para el periodo 1999-2008, un incremento del 38,2%, muy superior al incremento de la población española en ese mismo periodo. Por supuesto, todo esto ha hecho que el precio de los combustibles en 2008 subiera un 18% con respecto al año anterior.
El sector transporte y la generación de energía eléctrica producen en conjunto un 47,6% de las emisiones de CO2 eq de España. Solamente el transporte representa el 25,9%. Solo los automóviles turismos representan el 12% del total de las emisiones del principal gas de efecto invernadero, el dióxido de carbono (CO2), y, a pesar de la mejora de la eficiencia energética de tales vehículos, las emisiones globales producidas por turismos se incrementaron un 44% desde 1990, producto del aumento constante del número de vehículos y de su uso intensivo. El 80% de las emisiones de GEI en Europa proviene aún del sector energético. El incremento de las emisiones de CO2 en España en 2007 fue del 62,6% superior a las que hubo en 1990, y las de N2O lo hicieron en un 169,95% en ese mismo periodo.
Por otro lado, el hecho de que los principales recursos energéticos con los que abastecemos nuestras demandas energéticas sean el petróleo y el gas natural, y que España no tenga en su territorio yacimientos de ninguno de esos dos recursos energéticos, sitúa a España entre los primeros países dependientes energéticamente del exterior. El 78,4% de los recursos energéticos utilizados en España provinieron del exterior,[12] y en dicho dato no se incluye la energía nuclear como exterior, a pesar de que España tampoco tiene yacimientos de uranio.
[editar] Alternativa: el éxodo urbano.
La homeostasis es una característica de los sistemas abiertos, según la cual el sistema busca el equilibrio, aunque esto no significa que el sistema se paralice, ya que pueden producirse nuevas perturbaciones que causen la necesidad de buscar nuevos equilibrios, y el sistema se encuentre constantemente buscando y alcanzando equilibrios. La población humana, por su (mala) distribución en el territorio, está produciendo desequilibrios, perturbaciones, daños, al eco-sistema al que pertenece y del que depende. La Tierra, como sistema natural que se auto-organiza, busca su homeostasis, a la que probablemente no sobreviva el ser humano (o una parte importante de su población), si seguimos como hasta ahora. La vida seguirá sin nosotros.
Obviamente, como elementos que pertenecemos al ecosistema terrestre y que, además, estamos provocando las perturbaciones que amenazan el equilibrio de todo el sistema terrestre, podemos eliminar tales desequilibrios modificando nuestras acciones en este mundo. Muchas veces, siguiendo el principio de no-acción que se postula en la permacultura (uno de cuyos ejemplos es Masanobu Fukuoka), no tenemos que plantearnos qué hacer para solucionar tal o cual problema, sino preguntarnos qué estamos haciendo que obstaculiza el desarrollo natural de las cosas, y dejar de hacerlo. Por tanto, si hemos visto que una elevada densidad poblacional está provocando daños medioambientales, sociales, en la salud humana y de seguridad/independencia energética, parece de sentido común que lo que hay que hacer es dejar de concentrar nuestras residencias en las ciudades, y revertir el proceso de crecimiento de las ciudades que hemos protagonizado, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XX.
Así pues, debemos descongestionar las ciudades repoblando las zonas rurales, que están prácticamente abandonadas. Esta descentralización de los asentamientos humanos, acompañada de una relocalización de la producción y el consumo de los bienes y servicios necesarios para el desarrollo humano y medioambiental, mitigarás los efectos dañinos que hemos visto que causan actualmente las urbes. Las razones son las siguientes:
- Los asentamientos rurales permiten el cultivo de los alimentos necesarios para la población de la zona. Esta proximidad hace que los consumidores conozcan los alimentos que consumen e incluso que colaboren en su producción, además de que el agricultor recibirá una compensación digna al eliminar intermediarios que encarecen los productos para el consumidor e imponen condiciones abusivas al productor.
- Las construcciones/rehabilitaciones de viviendas en zonas rurales se pueden hacer con los materiales que aporta la naturaleza circundante sin esquilmarla y sin necesidad de tener que transportar tales materiales desde otros lugares más o menos lejanos.
- En los asentamientos rurales la población tiene el lugar donde vive y donde trabaja muy cerca, con lo que no necesita desplazarse habitualmente en vehículos de motor, pudiendo hacerlo en cambio en bicicleta o a pie.
- Todo lo anterior reduce enormemente la necesidad del transporte (de mercancías y personas), el consumo de combustibles fósiles y la contaminación atmosférica. En consecuencia, la población vive con más salud y necesita menos dinero, lo cual, a su vez, proporciona más libertad y bienestar.
- La baja densidad poblacional de los asentamientos rurales hace que se puedan implantar sistemas biológicos de depuración de aguas residuales (sin empleo de sustancias químicas y los altos costes económicos y energéticos de las actuales estaciones depuradoras de aguas residuales (EDAR), que pueden ser reabsorbidas por las tierras, cursos de agua o acuíferos de la zona.
- La baja densidad poblacional también permite la utilización en exclusiva de sistemas de generación de energía limpia y renovable, ya que la cantidad de energía a generar no exige grandes espacios plagados de placas solares o de molinos de viento (reducido impacto ambiental), como sucede con los enormes campos solares o eólicos que se tienen que construir para abastacer a las ciudades. Esto supone que se adquiere más seguridad e independencia energética que con el modelo actual.
[editar] Referencias
- ↑ Repoblar, Diccionario de la Real Academia Española
- ↑ Poblar, Diccionario de la Real Academia Española
- ↑ Informe de la Sostenibilidad en España, 2009
- ↑ Informe de la Sostenibilidad en España, 2009
- ↑ Informe de la Sostenibilidad en España, 2009
- ↑ INE, Encuesta de Condiciones de Vida, 2008
- ↑ INE, Encuesta de Presupuestos Familiares, 2008
- ↑ Global Footprint Network, Huella Mundial. 2009
- ↑ Informe de la Sostenibilidad en España, 2009
- ↑ Informe de la Sostenibilidad en España, 2009
- ↑ Informe de la Sostenibilidad en España, 2009
- ↑ Informe de la Sostenibilidad en España, 2009
[editar] Enlaces externos.
- Red Ibérica de Ecoaldeas: http://www.ecoaldeas.org.
- Pueblos abandonados: http://www.pueblosabandonados.es.