República Napolitana (1647)

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La Serenísima República de Nápoles (1647-1648), fue una república creada en Nápoles algunos meses después de la revuelta popular instigada por Masaniello y Giulio Genoino contra el régimen virreinal español.

El líder de la república fue el duque de Guisa, descendiente del antiguo rey de Nápoles Renato I el Bueno.

La república tuvo los siguientes nombres oficiales: Serenissima Repubblica di questo regno di Napoli, Reale Repubblica y Serenissima Monarchia repubblicana di Napoli. Todos estos apelativos indicaban la doble naturaleza republicano-monárquica de la República, mientras que el adjetivo de "Serenissima" establecía un paralelismo con la más famosa república italiana, la República de Venecia, también conocida como la Serenissima. El escudo de armas era un escudo rojo con las divisas SPQN, a imitación del conocido SPQR, iniciales de la frase latina Senatus Populusque Romanus (el Senado y el Pueblo Romano). Así, las iniciales napolitanas venían a significar «el Senado y el Pueblo Napolitano». El escudo de armas también contuvo la cresta del duque de Guisa.

Auge y caída de la República[editar]

En la primera mitad del siglo XVII, el virreinato de Nápoles se encontraba inmerso en una profunda crisis económica que afectaba a toda Europa. En Nápoles además la situación fue empeorado por un gobierno virreinal poco preocupado por los asuntos locales que se centraba tan solo en ayudar a financiar las guerras en las que España se hallaba inmersa.

Aunque reprimida por las fuerzas españolas del virrey Rodrigo Ponce de León, que había sido capaz de restaurar el orden en casi toda la ciudad, la rebelión de Masaniello había dejado un fuerte descontento en las calles. Cuando la flota española conducida por Juan José de Austria vino para calmar a los últimos insurrectos, una nueva rebelión estalló. Esta vez la rebelión no fue protagonizada por los lazzari (pobres napolitanos) y que simplemente se rebelaban contra la clase dirigente, sino que ahora la rebelión era guiada por el escopetero Gennaro Annese y con un claro carácter antiespañol.

Los españoles fueron expulsados y declarada la república. Los napolitanos entonces buscaron el apoyo francés llamando a Enrique de Guisa para confiarle el mando del nuevo estado. El duque de Guisa que se encontraba en Roma en aquel momento aceptó la oferta, impaciente por ceñir una corona y rehabilitar la influencia francesa en la Italia meridional después de dos siglos. El 15 de noviembre de 1647, el duque llegó a Nápoles y se hizo con las riendas de la República.

La República Napolitana, no obstante, no tuvo ninguna esperanza de perdurar desde sus mismos comienzos. Fuerzas españolas controlaron la línea de castillos alrededor de la ciudad, mientras que la nobleza dominaba las provincias desde su base de Aversa, controlando así las líneas de aprovisionamiento de Nápoles. En 1648 el duque de Guisa logró tomar Aversa, pero la situación no cambió mucho. Los españoles, otra vez bajo el mando de Juan José de Austria, llevaron a cabo una estrategia prudente y llenaron Nápoles de espías, agitadores y otros agentes para persuadir a la nobleza restante.

El 5 de abril de 1648, Enrique, engañado por algunos de sus consejeros que se encontraban pagados por España, intentó una salida, y Nápoles fue conquistada de nuevo por sus antiguos dueños sin resistencia. El 4 de junio una flota francesa de 40 barcos trató de conquistar de nuevo la ciudad, pero esta vez el pueblo, cansado por más de un año de revolución, no se sublevó. Los franceses entonces intentaron desembarcar en la vecina isla de Procida, pero atacados por las fuerzas españolas, tuvieron que escapar.

Otra flota francesa aún más poderosa apareció en el golfo de Nápoles el 4 de agosto del mismo año, conducido por Tomás de Saboya. Esta vez sí lograron conquistar Procida, pero tras sus derrotas en Isquia, Pozzuoli y Salerno, abandonaron cualquier esperanza de tomar Nápoles.

Poco después, Gennaro Annese fue decapitado en la Piazza del Mercato en Nápoles.

Al año siguiente, el 3 de junio, hubo nuevos disturbios en Nápoles, pero fueron pronto acallados por el simple hecho de que el pueblo se había cansado de luchar.