Reliquia cristiana

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Urna con las reliquias de San Juan Bautista de La Salle en la casa generalicia de los FSC en Roma.
Relicarios en la Iglesia de San Pedro, Ayerbe, España.
Relicario con bordados.

Este artículo trata sobre las reliquias en la Iglesia católica

En la Iglesia católica, se llaman reliquias a los restos de los santos después de su muerte. En un sentido más amplio, una reliquia constituye el cuerpo entero o cada una de las partes en que se haya dividido, aunque sean muy pequeñas. Las reliquias también designan a los ropajes y objetos que pudieran haber pertenecido al santo en cuestión o haber estado en contacto con él, considerados dignos de veneración.

Durante los primeros siglos del cristianismo, y como consecuencia de las persecuciones, comenzaron a conservarse y a tenerse en gran estima los objetos relacionados con los que habían muerto por la fe. Eran consideradas reliquias el aceite de las lámparas que se encendían delante de los cuerpos de santos, así como las sábanas dispuestas sobre las tumbas, incluso el polvo recogido en los "loculi" (lugar de enterramiento en las catacumbas). También ropajes y cualquier otro objeto propiedad del mártir, incluso hilos extraídos del tejido de una prenda. En ocasiones estos objetos fueron tenidos como milagrosos en vida de sus propietarios. Las cadenas con que habían sido atados en el calabozo los mártires y otros objetos de tortura eran reliquias muy preciadas. La cruz y los clavos del mártir que moría crucificado eran muy venerados.

San Ambrosio (Siglo IV) recogió estos objetos después de la muerte de los santos Vital y Agrícola en su patíbulo en Bolonia y los llevó a la iglesia de Santa Juliana de Florencia. Agustín de Hipona da noticia en sus escritos sobre una de las piedras que lapidaron a Esteban y Pedro, primeros mártires de la Cristiandad, que fue llevada a Ancône (Francia) y que contribuyó a extender el culto y la devoción hacia este santo. En los Museos Vaticanos se conservan muchas reliquias de este tipo.

Los lugares en que los mártires habitaban fueron tenidos como reliquia, y en muchas ocasiones se construyeron basílicas allí mismo. Pero sobre todo, el lugar preferido para levantar templos fue el sitio donde había tenido lugar la muerte de los santos. El culto a las reliquias se remonta a los comienzos del cristianismo. Los primeros restos recogidos de los que se tiene noticia fueron los de San Esteban (primer mártir de la Iglesia Católica), y de ellos se conservan bastantes documentos acreditativos a través de los siglos. El culto a las reliquias ha sido siempre un fenómeno de gran importancia social, económica y cultural.

Los cuerpos como reliquia[editar]

La Santa Diestra (mano derecha) del rey San Esteban I de Hungría (975-1038), custodiada en la Basílica de San Esteban en Budapest, Hungría.

Los cuerpos de los mártires llegaron a ser lo más precioso y digno de veneración para aquellos cristianos de los primeros tiempos. Hasta tal punto era así, que exponían muchas veces su propia vida cuando se precipitaban en la arena de los anfiteatros para recogerlos. Recogían asimismo la sangre derramada, empapándola en esponjas, paños o cualquier otra materia absorbente. Esta reliquia era llamada sangre de los mártires.

Otra manera de obtener estas reliquias era mediante la compra, generalmente pagando en plata. Una vez obtenidas de una forma o de otra las preparaban con perfumes y ungüentos y las envolvían en ricos tejidos, sobre todo en dalmáticas enriquecidas con oro y púrpura. Muchas de estas reliquias de cuerpo entero se encuentran todavía en las catacumbas, en lugares especiales para su enterramiento llamados loculi. Una vez envuelto el cuerpo en la dalmática buscaban un enterramiento digno y lo decoraban, convirtiéndolo en santuario para sus oraciones.

El culto a las reliquias estaba totalmente arraigado en este periodo de los mártires y las persecuciones a los cristianos. El cuerpo de un santo como reliquia llegó a ser indispensable para presidir las asambleas. Las personas particulares también hacían lo imposible por conseguir una reliquia. Se llegaba a pagar por el cuerpo de un mártir sumas considerables, verdaderos tesoros que los fieles cambiaban por lo que ellos consideraban el auténtico tesoro eterno. Así lo hace constar Baronius en sus notas al Martirologio romano cuando dice: Christianos consuevisse redimere corpora sanctorum ad sepeliendum ea, acta diversorum matyrum saepe testantur ("Los cristianos acostumbraban recuperar los cuerpos de los santos para darles sepultura, dando fe de los hechos de los distintos mártires").

La adquisición de una reliquia fue motivo en más de una ocasión de altercados, incluso combates, entre distintas ciudades que se la disputaban. Así ocurrió en Francia, entre los habitantes de Poitiers y los de Tours, que mantuvieron una larga reyerta por la posesión del cuerpo de San Martín. [1]

Desde los comienzos del cristianismo, los restos de los mártires estuvieron ligados al sacrificio eucarístico, celebrando los misterios sobre su tumba. No se concebía un altar si no era enterramiento de un santo. En el año 269 el papa san Félix I promulgó una ley para asegurar esta costumbre. Las primeras basílicas construidas después de las persecuciones fueron erigidas encima de las criptas donde yacían los cuerpos de los mártires. Más tarde, algunos de estos cuerpos fueron trasladados a las ciudades para depositarlos en los templos suntuosos construidos para recibirlos. Es más, el quinto concilio de Cartago decretó que no sería consagrada ninguna nueva iglesia que no tuviera una reliquia en su altar.

Se llegaron a depositar los cuerpos-reliquia en las puertas de las iglesias y los fieles debían besarlos antes de entrar. Otro lugar donde se conservaban era en oratorios privados y a veces incluso en casas particulares.

En la segunda mitad del siglo IV empezó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos para repartirlos. Varios teólogos apoyaron la teoría de que, por pequeño que fuera el fragmento, mantenía su virtud y sus facultades milagrosas. Así las reliquias se convirtieron en instrumento de prestigio y fuente de ingresos. Todo esto favorecería el terreno artístico pues algunos autores creen que el inicio de las imágenes está precisamente en ser receptáculo para las reliquias.

A comienzos del siglo XIII, en el IV Concilio de Letrán, se prohibirá la veneración de reliquias sin "certificado de autenticidad"; así el comercio de reliquias, que había ido en auge en los últimos siglos (en el siglo IX había surgido una asociación consagrada a la venta y regulación de reliquias), irá disminuyendo.

En este concilio se acuerda:

"Cap. 62. De las reliquias de los Santos. Como quiera que frecuentemente se ha censurado la religión cristiana por el hecho de que algunos exponen a la venta las reliquias de los Santos y las muestran a cada paso, para que en adelante no se la censure, estatuimos por el presente decreto que las antiguas reliquias en modo alguno se muestren fuera de su cápsula ni se expongan a la venta. En cuanto a las nuevamente encontradas, nadie ose venerarlas públicamente, si no hubieren sido antes aprobadas por autoridad del Romano Pontífice..."

Recuperación de los cuerpos como reliquia[editar]

  • Una de las narraciones más antiguas sobre este tema está en las actas de la pasión del obispo de Antioquía, San Ignacio, que murió en el anfiteatro de Roma en el año 107, bajo el mandato del emperador Trajano. Fue devorado en la arena por las fieras. Los cristianos se lanzaron para rescatar el cuerpo de Ignacio, y lo envolvieron en ricos tejidos para llevarlo de nuevo a su ciudad, Antioquía.
  • Siendo emperador Diocleciano (245-313), Aglae (una mujer rica que vivía en Roma) envió a Bonifacio, su criado, a recoger los cuerpos que encontrara de los mártires para guardarlos como reliquias. Bonifacio partió llevando varias carretas, oro y tejidos preciosos. Pero Bonifacio fue detenido y ejecutado, así que los tesoros que transportó y los tejidos sirvieron para que sus amigos pudieran rescatar su propio cadáver, que fue considerado como reliquia.
  • En el siglo VIII, el rey de los lombardos, Luitprando desembolsó una suma considerable para hacerse con el cuerpo de San Agustín que se hallaba en poder de los bárbaros.
  • Lo mismo ocurrió con las reliquias de San Juan Bautista, que estaban en manos de paganos comerciantes.

Reliquias por contacto[editar]

No sólo era una reliquia sagrada el cuerpo entero del mártir, sino multitud de objetos grandes o pequeños que habían pertenecido al santo o habían estado en contacto con él.

  • Eran reliquias milagrosas el aceite de las lámparas que se encendían delante de los cuerpos, así como las sábanas dispuestas sobre las tumbas, llamadas brandea. Incluso se tenía como reliquia el polvo recogido en los loculi (lugar de enterramiento en las catacumbas).
  • Ropajes y cualquier otro objeto propiedad del mártir, incluso hilos extraídos del tejido de una prenda. En ocasiones estos objetos fueron tenidos como milagrosos en vida de sus propietarios. A San Pablo le pedían a veces su capa para la curación de algún enfermo.
  • Instrumentos de tortura. Las cadenas con que habían sido atados en el calabozo eran una reliquia muy preciada. Según cuenta San Gregorio Magno, se distribuían las limaduras metidas en pequeñas llaves de oro. El mismo San Gregorio envió una de esas llaves a Childeberto (511-558), rey de los francos [2] y otra a Dinamius, un ilustre patricio galo.
  • La cruz y los clavos del mártir que moría crucificado eran muy venerados. Muchos instrumentos de suplicio fueron encontrados en las tumbas, junto al cadáver. En uno de los Museos Vaticanos se guardan un gran número de ellos.
  • Los lugares en que los mártires habían vivido o simplemente habían pasado algún tiempo fueron tenidos como gran reliquia, por eso en muchas ocasiones se construyeron basílicas allí mismo, como ocurrió con la de Martín de Tours, construida en el lugar donde se suponía que había entregado la mitad de su capa a un pobre. El lugar preferido para levantar templos fue el sitio donde había tenido lugar la muerte, sobre todo en la ciudad de Roma.

Catálogo de reliquias relevantes[editar]

Reliquias relacionadas con Jesucristo[editar]

Reliquias de la Pasión[editar]

Artículo principal: Vera Cruz (cristianismo)

  • Cruz. La Vera cruz o cruz donde Jesucristo fue crucificado. La que la cristiandad consideró auténtica fue encontrada por la madre del emperador Constantino I, santa Elena y perdida tras la derrota cruzada en la batalla de Hattin. Existen bastantes dudas de su autenticidad, dado que las astillas supuestamente sacadas de esta son tan numerosas que hacen pensar que con ellas se podrían construir muchas cruces; Calvino fue posiblemente el primero que hizo esta especulación, diciendo que si se juntaran llenarían un barco. Los trozos más grandes que se consideran pertenecieron a la santa Cruz están en el Vaticano y en el monasterio de Santo Toribio de Liébana (España).

Artículo principal: Lanza Sagrada

  • Lanza. La lanza sagrada o lanza que el centurión romano Longinus usó para atravesar el costado de Cristo. Tras muchos vaivenes, se guardó en la catedral de Núremberg. Un estudio reciente afirma que se trata de una punta de lanza del siglo IV con un clavo de la época de Jesús.

Artículo principal: Grial

  • Cáliz. Conocido también como Santo grial, de él existen numerosas interpretaciones o definiciones; la más aceptada dice que fue el cáliz de la Última cena. En su origen parece haber sido un cuenco donde José de Arimatea recogió la sangre del crucificado. El Santo Catino de Génova ,el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia y el cáliz de León ( o de Dña. Urraca) son los que, tradicionalmente, se han disputado ser los verdaderos.
  • Sábana:

Artículo principal: Sudario de Turín

  • Sábana santa de Turín. Quizás la reliquia más conocida sea la Sábana Santa o Sudario de Turín. Mientras algunos estudios lo fechan en la Edad Media, otros han concluido que esto sería inviable debido a al grado de conocimiento que implicaría la realización de una imagen semejante en esa época.

Artículo principal: Santo Rostro

Artículo principal: Santo Sudario de Oviedo

  • Santo Sudario de Oviedo. La Catedral de Oviedo en Asturias (España), es llamada Sancta Ovetensis por la calidad y cantidad de sus reliquias. En esta catedral se custodia un santo velo, dentro de un marco de madera chapeado de plata del siglo XVIII, guardado en un armario con 2 llaves, una en poder del arzobispo y otra en poder del deán de la catedral. En el congreso internacional que se celebró en Oviedo en 1995 se determinó que el Santo Sudario de Oviedo y la Sábana Santa de la Catedral de Turín estuvieron en contacto con el mismo cuerpo.
  • Clavo de la Cruz:
  • La reina lombarda Teodelinda mandó construir en 595 la Catedral de Monza (antigua capital de los lombardos). En esta catedral se conserva la corona de hierro de Lombardía que según la tradición fue elaborada con un clavo utilizado en la crucifixión de Jesucristo.
  • Otro clavo de la Cruz se venera en la Catedral de Milán. Fue encontrado por Santa Elena, madre de Constantino, en Tierra Santa. Lo ocultó en el freno de un caballo. Después lo mandó colocar en una gran cruz de madera cubierta de cristal.
  • La columna de la flagelación.
  • La Santa esponja.

Reliquias corporales[editar]

Las vestiduras de Cristo[editar]

  • La Santa Túnica, ó túnica sin costuras.
Columna de la Flagelación. Italia.

Otras reliquias famosas[editar]

Juramento[editar]

En una época que se desconoce comenzó la costumbre de jurar sobre las reliquias, de la misma manera que se jura sobre la Biblia o los Evangelios en determinados casos. Los ejemplos documentados son del siglo VI en adelante.

Existe uno muy interesante por la cantidad de detalles que se dan, en que San Gregorio llama a unos personajes ilustres de la ciudad de Rávena para que se presenten ante la tumba de San Apolinar (primer obispo de la iglesia de esta ciudad); con la mano puesta sobre las reliquias de este santo, aquellos hombres dieron testimonio de lo que se les pedía, empleando para este juramento una fórmula especial que se conserva en diversos documentos.

Colecciones y coleccionistas[editar]

Después de los debates habidos en el Concilio de Trento, las reliquias y lo que representaban tomaron más importancia todavía y su posesión llegó a ser una especie de obsesión. Gente particular, gente de la nobleza, religiosos y los mismos reyes se desvivían por adquirir y acumular reliquias que en alguno de los casos llegaron a constituir colecciones magníficas que implicaban obras de arte muy buenas.

Felipe II[editar]

En España el rey Felipe II fue un destacado coleccionista de reliquias. Entre 1569 y 1599 llegó a acumular cerca de 800 piezas. Su colección se hizo famosa en toda la cristiandad, llegándose a afirmar que poseía reliquias de la práctica totalidad de los santos que integraban el santoral.[3] Además promovió una especie de rescate de reliquias pertenecientes a santos de la iglesia española que por distintas causas se encontraban en el extranjero, como fue el caso de las reliquias de Santa Leocadia.

La colección privada de este rey se encuentra en la basílica del Monasterio de El Escorial (Madrid), donde mandó construir dos altares especiales a ambos lados del altar mayor. Uno está dedicado a san Jerónimo y el otro a la Asunción. En ellos mandó realizar 80 relicarios al orfebre Juan de Arfe; muchos de ellos están firmados por el artista y otros no, lo que hace suponer que salieron de su taller y bajo su dirección aunque no fuera él su autor directo. El resto de los relicarios son obra de otro platero cuyo anagrama puede leerse en una placa en la parte posterior del relicario.

En el conjunto predomina el busto parlante, muy del gusto de la época, que revela al espectador de una sola ojeada el tipo de reliquia que aloja. Juan de Arfe realizó 22 cabezas o bustos parlantes, 6 de santos, 16 de santas. La policromía corrió a cargo de Fabrizio Castelo. Se conservan los libros de entregas en los que se describe con todo detalle la fecha y la descripción de cada relicario.

Magdalena de Ulloa y Villagarcía[editar]

La noble castellana doña Magdalena de Ulloa, como Felipe II, sentía una devoción especial hacia las sagradas reliquias. Tutora de Juan de Austria, a quien crió en el Castillo-palacio de los Quijada en Villagarcía de Campos, se valió del favor de que gozaba en Roma don Juan, después de la Batalla de Lepanto, con Pío V y su sucesor Gregorio XIII, para obtener una valiosa colección. También los Generales de la Compañía de Jesús, Everardo Mercuriano y Claudio Acquaviva, en agradecimiento a su bienhechora, enviaron reliquias a Villagarcía.

Alcanzó y juntó tantas que le pareció conveniente dedicar la primera capilla de la Colegiata de Villagarcía a las mismas. El artífice principal de la capilla es Tomás de Sierra (discípulo de Gregorio Fernández) y a su gubia se deben la mayoría de las estatuas que hay en ella.

Hay en la Colegiata cincuenta estatuas de Sierra, entre pequeñas y grandes; además de los grupos escultóricos. El pequeño tamaño de muchas de estas figuras realza su valor artístico, haciendo de la Capilla del Relicario de Villagarcía uno de los conjuntos capitales de la escultura española.

Bibliografía consultada[editar]

  • Abbé Martigny, Dictionnaire des Antiquités chrétiennes. Librairie de L. Hachette et Compagnie. París, 1865
  • Reliques et sainteté dans l'espace médiéval [1]
  • Felipe II. Un monarca y su época. Catálogo de la exposición de 1998. ISBN 84-95146-09-6
  • Villagarcía de Campos. Estudio histórico-artístico. Conrado Pérez Picon. Institución Cultural Simancas, Exma. Diputación de Valladolid. ISBN 84-500-8066-5

Referencias[editar]

  1. (Greg. Turon. Hist. Franc. 1. I. c. 43)
  2. (Epist. VI. Lib. 6)
  3. V.V.A.A: Real Sitio de san Lorenzo de El Escorial, Madrid, Patrimonio Nacional, 1992, pág. 36 y ss.