Rafael de Vega Barrera

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda


Rafael de Vega Barrera (Zazuar, Aranda de Duero, 1889 - Lugo, octubre de 1936) fue un médico y político español. Era miembro de la masonería. Trabajó como cirujano en Lugo, donde a menudo operaba a la gente humilde sin cobrar, y después fue director del Hospital Municipal de Lugo, ciudad en la que proclamó la Segunda República Española desde el balcón del Ayuntamiento. En las elecciones generales de 1931 fue elegido diputado por la provincia de Lugo por el Partido Republicano Radical. Al estallar la guerra civil española fue detenido por los militares sublevados, sufrió un simulacro de juicio y fue fusilado en la tapia del cementerio de Lugo.



Residencia del Dr. Rafael de Vega Barrera y familia (Lugo).

Biografía[editar]

Rafael de Vega Barrera nació en el año 1.889 en el pueblo burgalés de Zazuar. Estudió el Bachillerato en la capital de la provincia en el instituto del que su abuelo era director. En Valladolid hizo Medicina, como había hecho su padre y numerosos miembros de generaciones anteriores de la familia, desde la época de Isabel II. Cuando finalizó la carrera, se fue a Madrid con la intención de hacer la tesis doctoral. Estando allí fue convocada la plaza de director cirujano del hospital municipal de Lugo. Concurre a la oposición que se celebra en la Facultad de Medicina de Madrid y entre cinco opositores a la misma, se la adjudican a él, tras realizar unos ejercicios brillantes.

Llegó a Lugo en 1.916 y al año siguiente ya hace una denuncia pública calificando de indignante la situación del hospital lucense.

“Los pobres y los desposeídos tienen derecho a la asistencia médica, porque el derecho a la salud es un derecho de todas las personas y ellos lo necesitan más”.

Precisamente, este sería el principio fundacional de la Organización Mundial de la Salud, pero este Organismo se creó 31 años después de que Vega Barrera expusiese públicamente su pensamiento, que llevó a la práctica en la medida de sus posibilidades.

En el mismo año 1.916 toma posesión el 17 de mayo de su plaza de cirujano general en el viejo caserón de Santo Domingo que era un mal sucedáneo de lo que es un hospital: grandes salas colectivas sin ninguna ventilación y mínimos servicios higiénicos. El quirófano era una habitación prácticamente sin instrumental.

Es francamente sorprendente cómo al día siguiente de tomar posesión de la plaza no regresó a Valladolid, cualquier otro profesional lo hubiera hecho. Alguna razón debió de tener para no hacerlo. Salir del hospital de la Facultad de Medicina de Valladolid y venir al Convento de Santo Domingo, no precisamente de fraile, no era una decisión para tomar con espíritu pusilánime.

Desde 1.917 la labor del Dr. Rafael de Vega como cirujano fue extraordinaria. Realizó en el hospital multitud de intervenciones en condiciones muy adversas, sin disponer en aquel caserón de los medios más elementales, incluso sin rayos X, y sin contar con un laboratorio bacteriológico.

Ya a partir de la inauguración el 29 de junio de 1930 del nuevo edificio, como hospital de Santa María, tuvo el Dr. Vega mayores posibilidades, atendiendo él mismo el servicio radiológico. Durante la construcción del nuevo hospital que duró diez años, el Dr. Vega colabora con el alcalde D. Ángel López Pérez y realiza varias visitas a Santander para conocer la estructura del hospital de Valdecilla. De hecho este primer hospital de Lugo tiene bastante parecido con el de Valdecilla por la distribución de los pabellones.

No puede caber duda que en esos diez años que duró su puesta en marcha, la labor del Dr. Vega en colaboración con el alcalde Ángel López Pérez fue de mucho valor porque solamente pensando en la necesidad de abandonar el Convento de Santo Domingo, tenía que estar día a día pendiente de la obra.

De sus primeros años de actividad profesional, en tan difíciles condiciones han quedado sus memorias; la primera del año 1.917 (Historia de la Medicina de Lugo y su Provincia, autor: Fernando Pardo Gómez), denunciando las carencias de todo orden y adoptando una postura de defensa de los intereses de los pacientes, muy en línea con lo que más tarde se llamó medicina social.Ya a partir de 1.930, trabajando en el nuevo hospital de Santa María, todos los enfermos de beneficencia tenían la misma atención que los privados que pagaban sus estancias.

Ante la lentitud de la construcción del hospital había construido él un sanatorio en la calle Montero Ríos de su propio patrimonio, donde realizó innumerables intervenciones con éxitos totales.Después de estos años de muchas vicisitudes quedó demostrado que Lugo había tenido mucha suerte con su presencia en la ciudad. Creció su fama rápidamente y llegó a tener mucho prestigio en toda la región porque aparte de Santiago que tenía el hospital universitario, las demás capitales estaban en unas condiciones muy parecidas a las de Lugo. El catedrático de matemáticas del Instituto de Lugo, Luciano Fernández Penedo lo recordaba a los cincuenta años de su muerte y decía: “Llegó a ser considerado como el mejor cirujano de Galicia y su desaparición fue una pérdida irreparable, de la cual un consejo de guerra fue el responsable”.

El Dr. Vega tenía unos profundos conocimientos anatómicos lo cual le permitía trabajar siempre en un campo operatorio exangüe y limpio; quizás este era uno de los motivos de su éxito.

En los dos últimos años de la segunda República ya había un ambiente social muy irritado que no presagiaba nada bueno y así sucedió. Tras el levantamiento militar, fue detenido y pasó cien días encarcelado antes de que lo fusilasen, tras un juicio sumarísimo plagado de irregularidades y testimonios falsos, en el que fue acusado de traición, pese a no ser militar.

Tenía una adoración especial por su familia. Era un hombre profundamente enamorado de su mujer. Mª Teresa, que así se llamaba, era una mujer muy guapa, de ascendencia asturiana y maragata, que vino a Lugo a pasar una temporada con unos familiares, se conocieron, se enamoraron y al año siguiente se casaron.

El Dr. Rafael de Vega tuvo cinco hijos: Rafael, Luis, Santos, Mª Teresa y Mª Luz y 18 nietos. Luis, Mª Teresa (Teté) y Rafael fallecieron.

Tras el fusilamiento fueron desposeídos de todos sus bienes y tuvieron que irse a vivir León durante los años que duró la guerra, posteriormente fijaron su residencia definitiva en Valladolid. El sanatorio privado del Dr. Vega y su finca de la calle Montero Ríos fueron incautados por el nuevo régimen y su mujer e hijos tuvieron que luchar durante muchos años para recuperarlo. Lo hicieron pasados 17 años, tras pagar una multa de millón y medio de pesetas de las de “antes”.

El impacto de esta ejecución pasó de padres a hijos. Su familia padeció todo tipo de carencias y vejaciones. Los hermanos mayores fueron como soldados a la guerra para defender la patria. Fue una familia marcada, destrozada, humillada, perseguida durante los cuarenta años que duró la dictadura. Todos sus hijos estudiaron Medicina, excepto Mª Teresa que curso Bellas Artes, en la Universidad de Valladolid.

“El carácter inconfesable del odio en la envidia hace que muy pocas veces –salvo circunstancias excepcionalmente oportunas, como lo fue la guerra civil de España− la envidia provoque la venganza, que en todo caso parecería gratuita, puesto que el sujeto envidiado en realidad nada ha hecho en contra nuestra –salvo que su mera existencia, pero esto no consta de manera que pudiera ser aducido en una buena defensa ni siquiera en un juicio informal−.”

Carlos Castilla del Pino.

Génesis de los hechos[editar]

La prensa local lucense de aquel 22 de octubre de 1936, como si se quisiera minimizar el cruel holocausto de la víspera, publicaba, a una sola columna y al final de la página, el siguiente comunicado:

“EJECUCIÓN DE UNA SENTENCIA. Ayer, a las seis de la tarde fueron pasados por las armas el ex−gobernador civil de esta provincia, Don Ramón García Núñez, el ex−director del hospital de Santa María, Don Rafael de Vega Barrera, el practicante del mismo, Don Perfecto Abelairas, Don José Ramos y Don Ángel López Pérez, en virtud de la sentencia contra ellos dictada por el Consejo de Guerra celebrado la semana pasada. La ejecución se llevó a cabo en las inmediaciones del cementerio. Todos se confesaron y recibieron fervorosamente la comunión a excepción del último”.

En esta misma concisión, en esta brevedad, sin ningún otro comentario sobre aquel drama, radica, en el fondo, un poso de culpabilidad, y hasta cierto remordimiento de la conciencia colectiva, ante aquella injusticia e indignidad. El disfraz de legalidad castrense, apoyada en el código de Justicia Militar, no justificaban aquellos consejos de guerra por delitos de “rebelión militar” y “traición” contra personas que jamás se habían rebelado contra el poder constituido hasta entonces y que, paradójicamente, contra toda norma y sentido, eran los únicos que aquellos jueces no podían calificar de “traidores”.

Ha transcurrido ya más de setenta años desde entonces, tiempo suficiente para poder apreciar aquellos acontecimientos con objetividad histórica, sin que influyan odios personales y resentimientos colectivos. Por otro lado, estamos liberados del peso y circunstancias ideológicas que, durante muchos años, justificaban y aplaudían aquellos “episodios nacionales”, impuestos por el sino histórico que gravita desde el comienzo del siglo pasado –y tal vez antes− sobre los españoles. En esta constante histórica de nuestras luchas civiles, han jugado siempre un papel impulsor la intransigencia fanática y la demagogia, sin olvidar, como en el caso del Dr. Rafael de Vega Barrera, la envidia personal y hasta colectiva para muchos.

Se ha dado con frecuencia refiriéndose a nuestra guerra civil, que “aquello” debe olvidarse como “agua pasada”, o que no debe hurgarse en las heridas mal cicatrizadas con insano masoquismo, porque esto reaviva odios pasados. Pero, para mí y para muchos represaliados, nada hay más lejos de la objetividad y de la razón. Y si el perdón debe ser amplio, generoso y sin reservas, la experiencia histórica debe ser fructífera y aleccionadora: olvidarla es preparar el terreno para nuevas aventuras “redentoras” y sangrientas. Por otro lado, sería cometer la injusticia del olvido de muchas personas, muchas dignísimas y de gran merito, como Don Rafael de Vega Barrera, inmoladas para implantar el “orden del terror” o para satisfacer resentimientos y envidias.

Porque, en realidad, resulta obvio que el Dr. Vega no fue ajusticiado por un delito de “traición” como reza en su sentencia de muerte, ya que a nadie traicionó, sino que su brillante ejecutoria como cirujano y carácter humanista hacia los más desvalidos, había despertado la biliosa envidia de los incapaces.

Como médico[editar]

El personaje más representativo de aquella ejecución fue, sin duda alguna, Don Rafael de Vega Barrera, por su acusada personalidad, por su situación y significado social en Lugo, y por su altruismo ejemplar en una profesión dedicada al servicio del prójimo. En una palabra: Don Rafael de Vega Barrera fue, y será, todo un símbolo y una víctima de nuestra historia política, con sus odios, envidias y rencores.En el año 1.916 estaba vacante la plaza de director municipal de Lugo. Don Ángel de la Vega Ugarte, catedrático de Ciencias Naturales del Instituto de Lugo convenció a su sobrino Rafael, joven médico de 27 años, que residía en Valladolid, para que opositase a la plaza.

De esta manera, Don Rafael de Vega Barrera, el 16 de junio de 1916 tomaba posesión como director del hospital de Lugo, tras realizar unos ejercicios brillantes, que hicieron concebir grandes esperanzas para el futuro sanitario de la provincia de Lugo. Desde 1.917 la labor de D. Rafael de Vega como cirujano fue extraordinaria. Solamente en aquel año realizó en el hospital doscientas una intervenciones en condiciones muy adversas sin disponer en aquel caserón de Santo Domingo de los medios más elementales.

Ya a partir de la inauguración del nuevo edificio, como hospital de Santa María en 1.930, tuvo el Dr. Vega más posibilidades. Así, el número de operaciones que venía realizando en el hospital superaba las cuatrocientas al año.Por otro lado, el Dr. Vega había establecido, con carácter privado, una clínica quirúrgica en la Ronda de La Coruña, y más tarde, levantó un sanatorio de la calle Montero Ríos.

Como medido y cirujano, Don Rafael de Vega no se limitó a dirigir y coordinar los servicios del hospital, sino que tuvo a su cargo el servicio de radiología y sobre todo, realizar las operaciones quirúrgicas en todas las especialidades, salvo las oculares, que estaban a cargo de Don Leopoldo Gasalla, sino que además atendía su sanatorio particular, cultivaba la amistad y, aún le quedaba tiempo para colaborar en revistas médicas de toda España. Esta faceta publicitaria del Dr. Vega, muy poco conocida, la había iniciado en 1.913 al terminar su carrera de Medicina.

En la amistad y en la política[editar]

Desde que se inauguró el nuevo edificio para hospital de Santa María el que fuera alcalde Don Ángel López Pérez veía así la culminación de sus desvelos por Lugo, y el director de aquel centro, Don Rafael de Vega Barrera, podría disponer ya de sus instalaciones y medios para continuar su extraordinaria labor como cirujano que, hasta entonces había tenido que realizar en el viejo y carcomido caserón de Santo Domingo, falto de medios e instrumental para las más importantes intervenciones quirúrgicas. Solamente su saber y “sus manos” habían podido suplir, hasta entonces, tantas deficiencias.

El pueblo de Lugo, con más o menos precisión, era conocedor de su excepcional labor como cirujano, a la que habría que añadir otras muchas virtudes que adornaban su personalidad entre las cuales destacaban su sencillez y amabilidad en el trato, su cariño y afecto hacia el desvalido, su agudo ingenio y, sobre todo, una bondad infinita, que se traslucía en todos sus actos… Pero al Dr. Vega, como a todos los mártires, tales cualidades le acarrearon odios y envidiosos rencores de los “enanos de la virtud”, hasta convertirlo, en el verano de 1.936, en el “blanco” de los ponzoñosos dardos de media docena de resentidos, ante el cobarde silencio de un pueblo atemorizado.

En realidad, hasta el 9 de febrero de 1930, la actividad política de Don Rafael de Vega quedaba inscrita en los límites de un sentimiento republicano “entre amigos”−por decirlo de algún modo− que no trascendía más allá del reducido ámbito de la popular tertulia del “Salón de Columnas” del Círculo de las Artes. A lo sumo, y dentro de una relativa clandestinidad impuesta por la dictadura, también contertulio a veces, con aquellos republicanos, románticos y añorantes, que se reunían una vez al año cada 11 de febrero, para conmemorar los aniversarios de la proclamación de la primera república española. Como no podía ser menos, en Lugo, el 9 de febrero de 1930 se constituye un grupo político con el único vínculo de su fe republicana. Y, a tal efecto se nombra una comisión gestora presidida por Rafael de Vega Barrera identificándose al principio con el llamado Partido Radical de Lerroux−que de “radical” no tenía más que el nombre−y que, pocos años más después, en plena República, se coaligaría con el CEDA de Gil Robles, con el fin, según se decía, de ampliar la “base de la República”. En Lugo se proclama la República.

Tras aquellas históricas elecciones municipales del 12 de abril de 1936, se proclama en España la República dos días después.

Lugo había sido, no obstante, uno de los pocos ayuntamientos en que habían triunfado los monárquicos. Pero, esta circunstancia excepcional fue sin duda debida a que con la conjunción monárquica se presentaba el buen alcalde Don Ángel López Pérez, y con él, otras personas de gran prestigio y significación social.

Cuando a media tarde de aquel 14 de abril se supo en las oficinas de telégrafos la proclamación de la República, se organizaron entusiastas y espontáneas manifestaciones, que se fueron concentrando en la Plaza Mayor, ante el edificio del Ayuntamiento. Con anterioridad, el Comité Republicano, que presidía el Dr. Vega, había impreso un manifiesto, dando cuenta de los acontecimientos, para terminar con estas palabras:

“Encarecemos al pueblo de Lugo cordura, orden y sensatez; serenidad y sobre todo, respeto para todas las personas e ideas. Seamos buenos republicanos”.

Diputado a Cortes[editar]

Los republicanos tradicionales presentaron cinco días antes de las elecciones una candidatura algo más homogénea encabezada por D. Rafael de Vega Barrera, seguido de personas prestigiosas como D. José Cobreros de La Barrera, D. Cándido Fernández López, D. Camilo López Pardo, D. Ramón Rodríguez Prieto, D. Luis Díaz Gallego y D. Manuel Becerra, este último subdirector de Obras Públicas en el Gobierno provisional.Como era de esperar, D. Rafael de Vega fue elegido diputado para aquellas Cortes Constituyentes.

Después del 14 de abril de 1936, al Gobierno Provisional de la República, que presidía D. Niceto Alcalá Zamora, le faltó tiempo para convocar elecciones constituyentes. Era necesario, y hasta urgente, dotar al País de una Constitución Republicana, que viniese a sustituir a la Constitución de Cánovas.

En aquella premura faltó tiempo para organizar una verdadera campaña electoral y una orientación elemental de la opinión pública. De esta suerte, y salvo el partido socialista que tenía cierta coherencia, las fuerzas políticas surgieron de improvisadas coaliciones, donde primaba el prestigio personal sobre las ideologías. Basta decir que, hermanados en la misma candidatura, llegaron a aparecer nombres tan dispares como los del general Sanjurjo, el comunista Tizón, el intelectual Recasens Silches y el galleguista Peña Novo.

Proceso[editar]

Carta del Dr. Rafael de Vega Barrera a su familia momentos antes de ser fusilado.

La gran repercusión que en todo el pueblo de Lugo tuvo el proceso y fusilamiento del Dr. Rafael de Vega Barrera al inicio de la Guerra Civil, requería un estudio veraz y lo más exacto posible sobre las actuaciones que determinaron aquella muerte.

CAUSA SUMARISIMA DE GUERRA NÚM 330/36 instruida contra los ciudadanos de Lugo: Dtor. del Hospital de Sta. María, Dr. D. RAFAEL DE VEGA BARRERA, el Gobernador Civil, C. RAMÓN GARCÍA NÚÑEZ, el Alcalde gubernativo, D. FRANCISCO LAMAS LÓPEZ, el Teniente-Alcalde gubernativo, D. FERNANDO CASTEDO RUBINOS, el Concejal gubernativo, D. ÁNGEL PÉREZ LÓPEZ, el practicante del Hospital de Sta. María y secretario del Alcalde, D. PERFECTO ÁBELAIRAS CASTRO y el maestro, D. JOSÉ RAMOS LÓPEZ, por el delito de traición.

Con ello no infravaloramos la vida del resto de los condenados en el proceso (ni en otros), pero es innegable que el Dr. Rafael de Vega fue la figura antonomásica entre los procesados y con toda la probabilidad, por su carácter simbólico, condicionó en gran medida la forma en que la provincia de Lugo entró de lleno en Régimen franquista.

Antes de entrar en consideración alguna sobre el proceso, y aunque resulte obvio, es preciso enfatizar que éste se desarrolló en plena Guerra Civil, o lo que es peor, al inicio de ésta, en una situación de crisis que puso a prueba de muchas maneras a toda una generación. Algunos supieron mantener su dignidad, otros sin embargo, prefirieron renunciar a ella alcanzando cotas de extrema vileza.

Comenzamos por plantearnos qué clase de juicio fue el celebrado contra el Dr. Vega, ¿cuál era su fin?, ¿se trataba de descubrir la verdad de los supuestos delitos que se presentaron ante el Tribunal?, ¿Cuál era el presunto crimen imputado a Vega?.

El proceso judicial no tenía un fin jurídico, sino que el Tribunal fue utilizado exclusivamente como un arma para condenar, entre otros, al Dr. Vega, a lo que contribuyeron determinados ciudadanos de Lugo, para satisfacer o su sed de venganza, o sus ambiciones profesionales o envidias, hubo muchos testimonios falsos que se “instrumentalizaron”. Toda sociedad lleva en su interior un germen de odio que tiene su mejor caldo de cultivo en los periodos bélicos. Realmente creemos que la muerte del Dr. Vega estaba decidida de antemano y todo estuvo encaminado a ese fin, se trataba de instaurar un clima de terror que a falta de otros argumentos, garantizaba mejor que los votos de fidelidad al Nuevo Régimen. La hora fijada para la ejecución, las seis de la tarde (normalmente se llevaban a cabo de madrugada), parece perseguir una mayor ejemplaridad.

Al pasar por las armas a quien era entonces el más prestigioso cirujano de Lugo, el hombre que proclamó la República en la ciudad, el ejército intentaba atajar cualquier posible oposición de las fuerzas de izquierda.

Cartas desde la cárcel a su familia[editar]

Tras el levantamiento militar, fue detenido y enviado a prisión donde sufrió todo tipo de humillaciones y vejaciones. Pasó cien días encarcelado antes de ser fusilado. Desde la cárcel escribió unas emotivas cartas llenas de ternura y amor. En ellas esgrime que su actuación política fue honrada y deseosa de servir a la Patria para hacerla más grande y justa. Se despide de su mujer e hijos, con ruegos y consejos que son un modelo de prudencia y virtuosa resignación. Su mujer e hijos sufrieron durante muchos años su muerte y la incautación de sus bienes, teniendo que luchar durante años para poder recuperarlos.

Últimos momentos[editar]

Hasta última hora D. Rafael de Vega mantuvo la esperanza de un indulto. No sabía que en la calle las “parcas” intrigaban con eficacia. A las tres de la tarde del mismo día otorgó testamento. En él “perdona a todos por el mucho mal que le han hecho con vulgares calumnias y al mismo tiempo, pide perdón como cristiano a los que, sin querer, les hubiese hecho algún daño: y ruega a las autoridades que intervengan en su testamentaria defiendan los derechos de sus menores, con la consideración que merece quien, en estos momentos de confesión asegura que sufre por España culpas de las que se cree inocente”…

El 14 de octubre de 1936 se dictó la sentencia de muerte. Para muchos se había demasiado lejos. El mismo abogado defensor, Luis Castañón Suárez, que había actuado en la causa como oficial de complemento, y cuyos esfuerzos y poder dialéctico habían resultado infructuosos hasta entonces, confiaba en una posterior gracia. De este modo, Doña Teresa Fernández Crespo esposa de Dr. Vega, había presentado en Burgos, el día 18 de octubre de 1936, un escrito de súplica, que entre argumentos convincentes, se hacía constar literalmente lo siguiente:

“Las pocas declaraciones de cargo, no sólo son inconcretas, sino que fueron aportadas por otros médicos de Lugo interesados en eliminar al cirujano más conocido de la provincia , convenciendo así una competencia profesional que no supieron afrontar con sus propios méritos”.

Poco antes de ser injustamente pasado por las armas Rafael de Vega se despide de sus hijos Rafael y Luis:

“Yo estoy tranquilo y resignado creo es la voluntad de Dios que rige nuestra vida, y al someterme a tan inmenso sufrimiento como el que he pasado me ha hecho creer intensamente en El, y llevar tan intenso sufrimiento al ver mi ruina y la de los míos con una calma y resignación que no esperaba, solo la creencia en mi inocencia y en un Dios justo y misericordioso es capaz de esto.”

A las seis de la tarde de aquel 21 de octubre de 1936, y mientras la banda de música interpretaba un concierto en la Plaza Mayor, el ruido de una descarga anunciaba que D. Rafael de Vega Barrera y sus cuatro compañeros habían dejado de existir….

Su homenaje[editar]

Rua Doutor Rafael de Vega (Lugo).
Placa conmemorativa de la estatua dedicada al Dr. Rafael de Vega.

El 21 de octubre de 2006, 70 años después de su fusilamiento se le rindió un emotivo y sincero homenaje. El acto fue organizado por La Asociación para a Dignificación das Vítimas do Fascismo y presidido por el alcalde D. José Luis Orozco. Asistieron numeroso público y familiares. Se descubrió un busto realizado por la artista lucense María José Santiso costeado por familiares y suscripción popular en la misma calle que lleva su nombre. Ese mismo acto también estaba dedicado a las demás víctimas entre las que figuraban el gobernador civil D. Ramón García Núñez, el practicante Perfecto Abelairas Castro, el industrial Ángel Pérez López y el maestro José Ramos López, los cuatro menores de treinta años y fusilados junto con Rafael de Vega Barrera.

Homenaje al Dr. Rafael de Vega el 21 de octubre de 2006 en la Rua Doutor Rafael de Vega (Lugo).


[editar]

El Dr. Vega no fue fusilado por un delito de “traición” como reza en su sentencia de muerte, ya que a nadie traicionó, sino que su brillante ejecutoria como cirujano y su popularidad levantó envidias colectivas. Al pasar por las armas a quien entonces era el más prestigioso cirujano, al hombre que proclamó la República en la ciudad, el ejército intentaba atajar cualquier oposición de las fuerzas de Izquierda. Su ejecución estaba pactada de antemano en un juicio sumarísimo plagado de irregularidades y de testimonios falsos. El proceso 330/36 tiene que arrancar de un considerando, irrebatible, que la Historia ya ha fallado: el poder legítimo y democrático en el verano sangriento de 1.936 radicaba en las autoridades y personas democráticas; el Gobernador, el Alcalde, los concejales, el mismo Dr. Vega Barrera estaban legitimados por la soberanía popular y frente a ellos los alzados con o sin uniforme eran la facción secular.

Por lo que atañe a Vega Barrera, su final se planteó como un castigo ejemplar, llegando en los detalles de su asesinato al sadismo más repulsivo, y la lectura de la pieza “forense” nos enseña:

  • Que el Dr. Vega Barrera no tuvo arte ni parte en la intromisión de elementos armados en el Hospital de Santa María, hecho que por ocurrir antes de la proclamación del estado de guerra escapaba al fuero militar.
  • Que desde el ingreso en la prisión, el 24 de julio de 1936, hasta su ejecución, el 21 de octubre del mismo año, se le mantuvo prácticamente incomunicado.
  • Que la instrucción del sumario fue parcial, tendenciosa e injusta, realizada por el capitán Mariano Pérez Hickman buscando la condena de Vega Barrera, hasta tal punto que en su despedida dice textualmente: “Dios perdone a tanto testigo falso que contra mí ha declarado, como yo los perdono, así como el juez que hizo el sumario en el principio”.
  • Que fueron inútiles todas las peticiones de indulto, incluso la que el día 21 de octubre de 1936 se dirigieron al general de la VIII región Militar, Luis Lombardeo Serra, quien permaneció desde la mañana al atardecer en Lugo.
  • Que se marcó como hora de ejecución las seis de la tarde, en un lugar céntrico (la tapia del nuevo cuartel de la Guardia Civil), “paseando” públicamente a los seis condenados, para regodeo y aplauso de una muchedumbre incivil.
  • Que habían embargado todos los bienes sin consideración a que se trataba de gananciales, imponiéndoles una elevada cantidad de 1.500.000 pesetas.
  • Que por expediente administrativo, iniciado el 25 de julio, otra gestora presidida por un militar los destituyó de su cargo de Cirujano del Hospital.
  • Durante la despedida, estando en capilla, a la que sólo asistieron sus hijos mayores Rafael y Luis, su padre, con una serenidad absoluta, hizo una serie de recomendaciones, refutando la calificación de traidor y confirmando su plena conciencia de que siempre había dedicado su vida política a “Servir a la Patria y a la Libertad”, pidiendo a sus hijos que reivindicaran su nombre “en este pueblo tan ingrato para mí”. Estas fueron sus penúltimas palabras, las últimas, ya derribado y herido de muerte, pero no muerto, las pronunció antes de recibir el tiro de gracia.
  • Esperemos que después de tanto tiempo su nombre sea honrado y dignificado eternamente, para quien la Libertad fue la suprema razón de su vida.


MI GUERRA

Por María Teresa de Vega Fernández-Crespo

Cuando se habla de guerra, y más actualmente por desgracia, me acuerdo de mi guerra personal. Mi padre, Rafael de Vega Barrera, tenía 46 años. Era un extraordinario cirujano de Galicia y republicano. En octubre del año 1936 fue fusilado. Yo tenía cinco años. Le vi bajar por unas escaleras que venían de nuestra casa. Nos miró a toda la familia, cinco hijos y nuestra madre. No le volví a ver. Se lo llevó un falangista. Jamás he olvidado aquella mirada.

Entonces empezó mi vida de mujer. Me di cuenta de que algo muy grave había ocurrido en mi vida. Dos días antes del fusilamiento escribió unas cartas preciosas a los hijos y a su esposa. Un hombre así no debería ser matado. Los ideales de una persona no son suficientes para declararle su muerte. Mi madre nos vistió de negro totalmente a mi hermana y a mí y nos dijo: “Que no olviden nunca que no tienen padre, que lo han matado”. No lo olvide jamás. Nos tiroteaban la casa y me acuerdo como colocaban colchones en las ventanas. Nos marchamos a otra casa, con la familia de mi madre, y allí pasamos la guerra. ¡Esa maldita guerra civil española! Muchas veces oí decir a mi madre: “Oigo los tiros de los fusilamientos por la noche y no puedo dormir”.

Tuvimos ausencias de todo. Los hermanos mayores fueron como soldados a la guerra a defender la patria. El capital ganado honradamente por mi padre fue embargado judicialmente. ¿Qué derechos humanos dejaron a unas niñas de cinco años? ¿No fue suficiente castigo matar a su padre?

El embargo duró diecisiete años pero la tristeza y el honor toda la vida. Fui suspendida y abochornada junto a mi hermana en el bachiller por una falangista que nos hizo la vida imposible. Mi hermano tenía ocho años al morir mi padre y vio una gran cruz roja sobre su nombre cuando se fue a hacer el servicio militar. Siempre fuimos una familia marcada, destrozada, humillada, perseguida todos los días de nuestra vida durante cuarenta años de dictadura franquista. Los dictadores no conocen la palabra caridad ni el amor a los demás. Sólo conocen bien el poder, la soberbia y el orgullo. No pueden estar los países en manos de dictadores, pues éstos los llevarán a una ruina segura, como se está viendo actualmente.

Los hombres de ideologías como mi padre eran seres de Dios y seres buenos; he perdonado todo como profundamente creyente. Dios hará justicia. En las guerras civiles hay dos bandos. En ambos hay daños, pero los que pierden son los más perjudicados por una dictadura y eso se está viendo. Dios amparó a toda la familia y todos logramos vivir y formar nuestras propias familias. Yo hablo a mis hijos de la guerra civil española y de la muerte de su abuelo para que no olviden que algo se rompió para siempre. Con esta carta pretendo tener un recuerdo para mi padre, mi buen padre, al que siempre deseé tener a mi lado y no pude tener.

Valladolid a 6 de febrero de 2005.

Mª Teresa de Vega Fernández-Crespo falleció el 13 de septiembre de 2007.

Referencias[editar]