Primera potencia mundial

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda

Se denomina primera potencia mundial a aquel país que ostenta el primer lugar en cuanto a riqueza económica, militar y desarrollo tecnológico. Actualmente se considera que la primera potencia mundial son los Estados Unidos, aunque se sospecha que China, podría sobrepasarlo en un futuro no muy distante, tras ver los recientes avances en su economía; proceso que ha sido favorecido por la crisis económica iniciada en 2008 que aún afecta a los Estados Unidos y a otras economías relacionadas con los Estados Unidos.

Potencias mundiales anteriores[editar]

Edad Antigua[editar]

Batalla de Issos entre Alejandro Magno y Darío III. El Imperio persa y el Imperio macedonio se enfrentarían en una de las primeras guerras entre grandes imperios de la historia.

Egipto y Mesopotamia fueron las primeras potencias conocidas en el mundo. Ambas civilizaciones se disputaron durante siglos el dominio sobre el Cercano Oriente (principalmente el territorio de Palestina por ser un paso natural entre África y Asia), junto a miles de pequeños pueblos que vivían en las costas, llamados "Los Pueblos del Mar".

Asiria y Egipto fueron las potencias beligerantes durante los siglos XII al V a. C. Mientras los asirios se hacían con el control del Mediterráneo Oriental y Mesopotamia; Egipto luchaba contra el poderoso Imperio hitita para dominar las regiones de Siria y Palestina. A la caída del Imperio hitita, Egipto reanudo su lucha contra Asiria en su intento por dominar el Mediterráneo y Cercano Oriente, contando con el apoyo de muchos pueblos palestinos (entre ellos, los reinos de Israel y Judá). No obstante, Egipto acabó sometido producto de la decadencia que se vivía al interior del Imperio. Asiria logró consolidar su supremacía en el Cercano Oriente pero por poco tiempo, pues también vivía una etapa de clara decadencia. El Imperio neobabilónico suplanto al Imperio asirio y dominó Egipto y Mesopotamia hasta el sur de Anatolia (Turquía) y los montes Zagros. No obstante, este imperio se derrumbó ante el incontenible paso de medos y aquemenidas, que conquistaron Babilonia y fundaron el primer Imperio Universal de la Historia: el Imperio persa.

El Imperio persa dominó por 200 años al Cercano Oriente, desde el río Indo hasta el Sudán. Pero más tarde, este imperio también se derrumbó por causa de la impetuosa llegada de los ejércitos de Alejandro Magno, que unificando los Imperios Persa y la Grecia Posclásica, dio origen al Imperio helénico, que se fragmentó a la muerte de Alejandro Magno, dando origen a cuatro grandes reinos: Egipto, Siria, Macedonia y Bactriana.

Bajo el Imperio romano se alcanzó un nivel tecnológico que luego se tardaría siglos en recuperar; la imagen muestra el Coliseo de Roma, símbolo de poder.

Dichos reinos helénicos trataron de hacerse con el poder en el Cercano Oriente (como Siria y Egipto en su lucha por controlar la Palestina) y crear un Nuevo Imperio Helénico. No obstante, sus ambiciones se vieron truncadas cuando Roma (en el Centro de Italia), se fue apropiando del Mediterráneo y sometiendo a los pueblos de su alrededor, formando un inmenso imperio que a la muerte de Octavio Augusto (14 d. C.) abarcaba Europa Occidental (hasta Inglaterra) y del Sur (hasta la península ibérica), África del Norte (hasta Sudán) y Palestina.

Roma paso a ser la mayor potencia del mundo conocido, desbancando a Egipto en la producción de cereales y Mesopotamia en las rutas comerciales; a Cartago como potencia marítima del Mediterráneo y Grecia como centro literario y filosófico de la época. Con Trajano y Adriano, Roma se extendió hasta el Cáucaso y el mar Caspio, llegando también hasta Kuwait en el golfo Pérsico. La base del poderío romano, igual que los antiguos imperios asirio y egipcio, descansaba en la fortaleza de su ejército, la producción y diversidad económica, su avanzada tecnología y una burocracia centralizada y estable. El Imperio romano llegó a comercializar con la lejana China e India, a construir inmensos monumentos y acueductos, ciudades fortificadas y murallas impenetrables; a someter pueblos y dominar la economía del Mediterráneo y de las civilizaciones de su entorno, a construir carreteras y caminos que enlazaban la capital romana con todos los pueblos y ciudades del Mediterráneo.

Pero la grandeza del Imperio romano se desestabilizó luego de la muerte de Marco Aurelio (121-180 d. C.). El ascenso de Cómodo (180-192 d. C.) marco el fin de la etapa de orden y prosperidad y el inicio de "Las Crisis del Imperio romano".

Durante el siglo III d. C. se hizo evidente el derrumbe de la autoridad imperial y la decadencia del Imperio. Fueron años de anarquía, opresión, estancamiento de las actividades económicas y revueltas militares y campesinas. El debilitamiento progresivo del Imperio alentó a los pueblos bárbaros a invadir los territorios de Roma. En el siglo IV, el avance se hizo incontenible y muchos de ellos terminaron por desmembrar el Imperio romano.

En 395 d. C. a la muerte de Teodosio, se divide definitivamente el Imperio romano: a Honorio le corresponde el Imperio romano de Occidente, con capital en Milán y Roma; mientras que a su hijo Arcadio le correspondía el Imperio romano de Oriente con capital en Constantinopla. A diferencia del Imperio romano de Occidente, que estaba hundido en una profunda decadencia, el Imperio de Oriente tenía prosperidad económica y no había sufrido invasiones dado que paga tributos a los pueblos bárbaros, alejándolos de sus fronteras.

En 410 d. C. Alarico I, un caudillo visigodo, saquea la ciudad de Roma luego de 800 años de la última invasión exitosa al imperio a cargo de los galos de Breno. Este saqueo es considerado como uno de los hitos camino al fin del Imperio romano de Occidente. Odoacro, jefe de los herulos (pueblo bárbaro), arrasó Roma en el 476 d. C., destrono al emperador Rómulo Augústulo y puso fin al Imperio romano en dicho año. El Imperio de Oriente sobreviviría 10 siglos más, pero sin características romanas.

Edad Media[editar]

Gracias a un ejército disciplinado y novedoso en su época, el Imperio mongol se hizo con gran parte del continente asiático, constituyendo hasta hoy el segundo imperio más grande conocido.
La Mezquita de Córdoba es una de las mayores muestras de la capacidad tecnológica árabe.
En la Alta Edad Media los árabes se extendían desde Portugal hasta la India, convirtiéndose en la primera potencia mundial, y manteniéndose en la cumbre tecnológica durante muchos siglos.

Con la Caída del Imperio romano desapareció la unidad de civilización que durante siglos impusieron los romanos en el mundo Mediterráneo. En cada región del antiguo Imperio surgió un reino germánico independiente.

En el siglo V, el Imperio romano de Oriente fue dejando de ser la continuación del poderoso Estado de la antigüedad. Se convirtió en un imperio griego y oriental. La producción económica se desarrolló en regiones no afectadas por las invasiones, los reinos germánicos tuvieron necesidad de comprar infinidad de productos al Imperio bizantino y se suavizaron las leyes que hacían hereditarias las profesiones. Con Justiniano se inició la etapa de esplendor del Imperio bizantino, el cuál recuperó Italia, la península ibérica y el Norte de África. Durante años, el mar Mediterráneo quedó bajo el poder de Bizancio. Sin embargo, los enormes gastos del reinado de Justiniano dejaron en muy mal estado las finanzas del país, que perdería gran parte de sus territorios a principios del siglo VII, y entraría en una grave crisis que se alargaría durante varios siglos.

En el siglo III, en Persia se había formado el Imperio sasánida, que durante los siguientes siglos se enfrentaría a Roma en numerosas ocasiones, que culminarían en la guerra de 603-628. Este conflicto acabó en una vuelta al statu quo, dejando a las dos mayores potencias de por entonces completamente agotadas, quedando a merced de la expansión musulmana: Bizancio perdería todo el norte de África y Siria y Persia sucumbiría ante el Islam.

El Califato fue la primera potencia del mundo conocido durante los siglos VII al IX, pues su inmenso imperio abarcaba África del Norte, la península ibérica, Palestina, Siria, Anatolia, Mesopotamia, Egipto y Persia, hasta llegar al río Indo. Sus conquistas fueron detenidas en Europa cuando Carlos Martel y los francos los derrotaron en Poitiers (732), aunque ya para entonces seguramente el Imperio árabe había llegado al tope de sus posibilidades geográficas. Después del califato de Harún al-Rashid, el imperio entra en un período de descomposición interna. Hacia el siglo X el Califato cayó en manos de la dinastía iraní de los buyíes, siendo a partir de entonces las mayores potencias islámicas los sucesivos estados iraníes (dinastías Selyúcida, Shas de Jorezm, Il-Khanes, Timuríes y Safawies), el Califato de Córdoba, el Califato de Marrakesh, el Imperio egipcio bajo las dinastías Fatimí, Ayubí y Mameluca, y el Imperio turco.

La empobrecida Europa Occidental vio nacer a una gran potencia: el Imperio carolingio, creado por Carlomagno entre 800 y 814. Su existencia fue corta, pues a la muerte de su descendiente Ludovico Pio (864), sus hijos se repartieron el Imperio, dando origen a tres grandes naciones: Francia al Occidente; Germania (actual Alemania) y Lotaringia (actual Italia). Este imperio echó las raíces para las futuras potencias occidentales de la Europa de los siglos XVI al XX.

Durante la Alta Edad Media, surgen nuevas potencias en el Este de Europa, tales como el Ducado de Kiev y el Sacro Imperio Romano Germánico. Otras potencias destacadas de la Europa feudal fueron el Califato Omeya en la península ibérica y los Estados Pontificios en el centro de Italia.

Los Estados Pontificios deben su poder y prestigio dado que eran la Santa Sede de la Iglesia católica y del Papa. Este reino atravesó varias dificultades a lo largo de la Alta Edad Media, como las crisis de los siglos X al XII y el famoso Cisma de Occidente.

A principios del segundo milenio, Bizancio viviría una nueva edad de oro bajo Basilio II, recuperando gran parte de los Balcanes y ampliando sus fronteras frente al islam. Esta bonanza acabaría con la llegada de los Selyúcidas a Oriente Medio, que arrebatarían Anatolia al Imperio bizantino, tras lo que el Imperio pasaría los siguientes siglos en una lenta agonía hasta su desaparición a mediados del siglo XV.

En el Lejano Oriente, India y China vivieron cambios dramáticos: en India, el príncipe Harscha logró restaurar la unidad imperial al norte de la India por poco tiempo. El Decán en el sur pasó a ser el centro literario y artístico de la India, sustituyendo a las llanuras del Indo y el Ganges. Vencida la resistencia del norte de India, se creó el Sultanato de Delhi, celebre por el esplendor de la corte de Delhi, el lujo desmedido, mezquitas y sepulcros. Este imperio se derrumbó en el siglo XVI.

China conoció un período de gran apogeo político y cultural con la Dinastía Tang, en la misma época que el Califato Árabe, y posteriormente, con la llegada de la Dinastía Song, se produjo una protoindustrialización basada en una metalurgia de gran calidad, lo que trajo una gran cantidad de avances tecnológicos.

Al norte de la Gran Muralla China, los mongoles fueron unificados por Gengis Khan (1167-1227) y lanzados a la conquista de Asia Central, Siberia Austral, el Ducado de Kiev, Mesopotamia, el Norte de India y China. China será dominada por un siglo por los mongoles, pero una sublevación en 1368 llevara al poder a la Dinastía Ming, la cual reinara hasta 1644.

El Imperio mongol se convierte en el Imperio más extenso del mundo, pues su superficie de unos 30 millones de km² supera con creces al también extenso Imperio español en su apogeo. Los mongoles pusieron fin al Imperio iraní de los Shas de Jorezm, donde se produjo uno de los mayores genocidios de la historia, al Ducado de Kiev y al Reino de Polonia. Pero la inmensidad de su superficie y la falta de comunicaciones y relaciones duraderas hizo que se dividiese en pequeños estados o khanatos, cada uno de los cuales trato de engrandecerse y crear un extenso Imperio. Tamerlán crea un vasto imperio en Asia Central, Norte de la India e Irán, con capital en Samarcanda.

El Imperio otomano surgiría en el siglo XIV de la desmembración del Sultanato de Rum, y pese a sufrir una gran derrota a manos de Tamerlán en 1403, los herederos de Osmán I se recuperarían de forma espectacular, tomando Constantinopla y sometiendo los Balcanes durante el resto del siglo.

Edad Moderna[editar]

A principios de la Edad Moderna, China era la mayor potencia mundial, ya que su tecnología era la más avanzada del mundo y su población la mayor: entre 160 y 200 millones de habitantes. Algunos historiadores describen a los Ming como “una de las mayores eras de gobierno disciplinado y estabilidad social de la historia humana”. Bajo el gobierno de los Ming se construyó una vasta flota y un extenso ejército permanente de un millón de efectivos. Aunque ya se habían llevado a cabo expediciones comerciales y diplomáticas desde China en periodos anteriores, la flota tributaria del almirante eunuco musulmán Zheng He durante el siglo XV superó a todas las demás en tamaño. Se realizaron numerosos proyectos de construcción, incluyendo el Gran Canal, la Gran Muralla y la fundación de la Ciudad Prohibida en Pekín durante el primer cuarto del siglo XV.

Por otro lado, China participaba de la mayor zona de comercio mundial de la época, el océano Índico, cuyos vértices principales eran Egipto, La India y China, ejerciendo los comerciantes árabes el principal monopolio, hasta que fueron desplazados por los portugueses a principios del siglo XVI.

Las tres carabelas rumbo a América.
El descubrimiento de Colón marcaría el inicio del Imperio español, el primer imperio global de la historia.
La caída de Constantinopla es considerada el inicio de la Edad Moderna. Fue el fin del Imperio bizantino y el comienzo del Imperio otomano.
La batalla de Trafalgar fue el punto de inflexión para que el Imperio británico se convirtiese en la primera potencia mundial, por encima de España y Francia.
Los británicos no perderían esta posición hasta la Segunda Guerra Mundial, en la que una de sus antiguas colonias les robaría este puesto.

A finales de la Edad Media los portugueses y los castellanos habían iniciado una serie de expediciones para crear rutas económicas hacia la India. Una de estas expediciones fue la de Cristóbal Colón que al servicio de Castilla descubrió América el 12 de octubre de 1492. Este descubrimiento inició el ascenso de la Monarquía Hispánica en la escena internacional. Después de la unión dinástica de las Coronas de Castilla y Aragón por parte de los Reyes Católicos, los territorios de la monarquía hispánica se empezaron a expandir vertiginosamente. Durante el siglo XVI, Austria, Bohemia, Hungría, Alemania, los países bajos, Portugal, enclaves en Italia y Gran parte del norte de África estarían bajo el dominio del monarca hispánico en algún momento. A esta superioridad política se le uniría la económica con las enormes riquezas que provenían de los territorios conquistados en el nuevo mundo, y la militar gracias a la enorme eficacia de los tercios españoles, invencibles durante casi 150 años en el campo de batalla. El Imperio español se expandió notablemente enfrentando al Imperio inca (el más extenso de los Estados en toda la América precolombina) al cual encontró en fratricida guerra civil, tras lo cual se lo anexó íntegramente junto a otros territorios americanos. Con estas conquistas sin precedentes (en el Viejo Mundo y en el Nuevo Mundo), el Imperio español se convirtió en el primer imperio global en la historia de la humanidad. La cima del poder hispánico se puede situar en 1588, cuando Felipe II intenta, sin éxito, invadir Inglaterra con la Armada Invencible. Para entonces, la monarquía hispánica era la indiscutible primera potencia de Europa.

En los Balcanes, el Imperio otomano había seguido su imparable expansión, conquistando Egipto y Mesopotamia. Durante el reinado de Solimán el Magnífico llegó a su cima de poder, venciendo al rey de Hungría en la Batalla de Mohács y lanzándose hacia Viena, ciudad que no lograría ser tomada. Lo intentarían de nuevo tres años más tarde con igual resultado. Tras ver frenada su expansión hacia Alemania, el Imperio turco continuaría su expansión por el mediterráneo (alcanzando sus dominios hasta Marruecos), entrando en conflicto con la monarquía hispánica. Ambos poderes navales se enfrentarían en 1571 en la batalla de Lepanto, con victoria cristiana.

Ambas potencias, con España por delante, dominaron el mundo durante el siglo XVI, pero entrarían en decadencia a mediados del siglo siguiente.

La guerra de los Treinta Años, que se inició como un conflicto religioso, acabaría desembocando en un larguísimo conflicto por el dominio de Europa, que supondría un enorme desgaste para la monarquía hispánica, que tras la Paz de Westfalia y el Tratado de los Pirineos vería reducidos de forma drástica sus territorios en Europa. Por aquél entonces, la economía del país ya llevaba décadas en crisis, agravada por la enorme inflación derivada del oro de América, fenómeno económico que recién se hacía conocido en el mundo. Tras la Guerra de Sucesión Española, el territorio español en Europa se vería reducido a los peninsulares, lo que, junto al hecho de que cada vez llegaba menos oro de América, dejaron a España muy debilitada.

En cuanto al Imperio otomano, entraría en un estancamiento crónico a partir de 1600, con sultanes cada vez más ineptos y una administración cada vez más ineficiente. Pese a ello, sus territorios seguían intactos, y con ello su poder político, hasta 1683, año en que se realizó un nuevo intento de tomar Viena, que acabaría en una tremenda derrota y en la pérdida de gran parte de los territorios europeos turcos. La decadencia del imperio continuó durante el siglo XVIII, en el que sus territorios se vieron reducidos aún más, sobre todo a costa de Rusia.

Tras la victoria frente a España, Francia fue la potencia hegemónica de Europa durante la segunda mitad del siglo XVII y gran parte del XVIII. Su época de máxima esplendor fue el reinado de Luis XIV, logrando entre otras cosas, expandir su poder dinástico, colocando a los borbones al frente de la península tras vencer en la Guerra de Sucesión Española.

Por otro lado, Gran Bretaña iría poco a poco afianzando su poder en el mundo, gracias al potenciamiento de su armada y al aumento de sus posesiones coloniales. Francia y Gran Bretaña lucharían en la Guerra de los Siete Años por la hegemonía, saliendo victoriosa la segunda. Pese a que Gran Bretaña no era una potencia militar como los franceses, el inicio de la Revolución industrial la situó al frente de las economías europeas, y a medida que avanzaba el siglo XVIII, y pese a la pérdida de las colonias americanas, su superioridad económica se fue haciendo cada vez más patente.

Edad Contemporánea[editar]

El poderío tecnológico y militar de Estados Unidos es una de las claves para comprender como se ha convertido en una superpotencia, en la imagen, el módulo lunar Apolo 11.
Desde la integración de Hong Kong, la economía china ha sido la que más ha crecido en la década de los 2000, amenazando la superioridad de Estados Unidos.

A finales del siglo XVIII, la Revolución Francesa y la subsiguiente expansión continental de Francia truncó el equilibrio europeo que tanto deseaba Gran Bretaña. Los franceses, liderados por Napoleón, lograron subyugar de manera efectiva prácticamente toda la Europa continental en el curso de la Gran Guerra Francesa. La máxima expansión de los dominios franceses fue en 1811, año en que sólo Gran Bretaña se libraba de la influencia de Francia, sometida pese a ello a un terrible bloqueo continental. Finalmente, Napoleón sería derrotado en la Batalla de Waterloo y las potencias europeas se reunirían en Viena para redibujar el mapa de Europa.

El Reino Unido y Rusia salieron como los grandes poderes tras el congreso de Viena.

Tras la Batalla de Trafalgar durante la guerra de la tercera coalición, el Reino Unido se aseguraría el control de los mares durante el siguiente siglo. La superioridad industrial británica durante la primera mitad del siglo XIX fue también evidente, y el país se afianzó como primera potencia mundial. Durante éste siglo, el territorio británico también se agrandó, teniendo bajo su dominio casi un cuarto de la tierra a finales de siglo. Sin embargo, pese a ver aumentado su imperio, otros países, como Alemania o los Estados Unidos fueron poco a poco alcanzando en potencia industrial al Reino Unido, con lo que al terminar la Era victoriana los tiempos de dominio económico británico del mundo habían terminado ya.

Rusia saldría de las guerras napoleónicas como una de los principales potencias europeas, pero a medida que pasaron los años, la inmovilidad del régimen absoluto del Zar y la nula industrialización del país hicieron que a principios del siglo XX Rusia, pese a haber aumentado sus territorios en Asia y contar con uno de los ejércitos más grandes del mundo se viera incapaz de vencer a una naciente potencia asiática como era el Japón.

El siglo XIX presenció el surgimiento de dos nuevas potencias: Alemania y los Estados Unidos.

Alemania se formó tras vencer a Francia en la guerra franco-prusiana entrando en el primer plano de la política del continente. Su poderío militar y su potente industrialización durante la segunda revolución industrial la hacían de facto la primera potencia poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, en la que sería derrotada.

Los Estados Unidos se independizaron de Gran Bretaña a finales del siglo XVIII, pero sería tras su guerra civil a mediados del siglo siguiente cuando empezaría su verdadero boom industrial y de receptor de inmigración. El crecimiento industrial estadounidense fue tal que antes de terminar el siglo su economía ya producía más que la británica. Sin embargo, aún no estaba considerada una de las grandes potencias, ya que tenían poco peso militar y político. Fue durante el gobierno de Theodore Roosevelt cuando esto cambió, y tras la victoria junto a la triple entente en la Primera Guerra Mundial fue reconocida como la nueva potencia hegemónica.

La Revolución Rusa en 1917 vio nacer el primer estado comunista del mundo, la Unión Soviética, que empezó a destacar como potencia durante los años 30, en los que gozaba de bonanza mientras que el mundo capitalista estaba inmerso en la Gran Depresión. En gran parte gracias al efecto de ésta, Adolf Hitler logró situarse como canciller de Alemania en los años 30, llevando al país de nuevo a la escena internacional y provocando la Segunda Guerra Mundial con la cual logra posicionarse como una superpotencia al conquistar casi la totalidad de Europa. Tras la guerra, los grandes vencedores fueron los Estados Unidos y la Unión Soviética, consolidándose cómo superpotencias y dividiendo el mundo en dos bloques afines, enfrentándose en la Guerra Fría durante los siguientes 50 años. Finalmente, en 1991, la disolución de la Unión Soviética deja a los Estados Unidos como única superpotencia, aunque la Unión Europea ha sido considerada como superpotencia, este puesto se ve seriamente amenazado por la crisis mundial, y el aumento de economías emergentes, como el caso de China que hoy es considerada como superpotencia, se prevé que en el futuro China supere a Estados Unidos acabando con la hegemonía norteamericana.

Cronología[editar]

Imperios y naciones que en el transcurso de la historia han gozado de influencia política, militar, cultural y económica suficiente para ser considerados Potencias y Superpotencias.

Véase también[editar]

Referencias[editar]