Pueblo (población rural)

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La calle principal de la aldea de Castle Combe, Wiltshire, Inglaterra.
Ilustración de un pueblo (1565).

Pueblo (o poblado) es una entidad de población de menor tamaño que la ciudad y dedicada principalmente a actividades económicas propias del sector primario, ligadas a las características físicas y los recursos naturales de su entorno próximo (agrícola, ganadero, forestal, pesquero o a veces minero); aunque en la actualidad han aumentado mucho las actividades terciarias, y en algunos casos el turismo rural.

Se distingue de entidades de menor tamaño (aldeas, lugares, cortijos, etc.) por tener jurisdicción propia; habitualmente, el municipio, aunque hay municipios con varios núcleos de población que se consideran pueblos diferenciados: (pedanías, parroquias, etc.).[cita requerida]

La rusticidad como condición de los pueblos y sus habitantes (pueblerinos, campesinos o despectivamente, paletos) frente a la urbanidad o condición de las ciudades y los suyos (urbanos o ciudadanos), ha sido un tópico cultural y literario desde antiguo, y la diferenciación de las características objetivas y subjetivas de pueblos y ciudades ha sido tratada por diferentes ciencias sociales.

Véase también rusticidad, un concepto botánico.

Geografía y antropología[editar]

Los núcleos de población se clasifican en urbanos (ciudades) o rurales (pueblos) en función de rasgos objetivos o subjetivos. Entre los rasgos objetivos que determinan la calificación de núcleo rural está en primer lugar la población. El número de habitantes que se considera límite entre los núcleos rurales y urbanos varía según cada país. En España el Instituto Nacional de Estadística considera rurales las entidades singulares de población inferior a 2 000 habitantes. Otro rasgo objetivo es la función principal, que, aparte de la residencial, debería teóricamente ser la ocupación en el sector primario, aunque este hecho ha dejado de ser común en buena parte de los núcleos rurales, que se han industrializado y terciarizado. Entre los rasgos subjetivos están los referidos al modo de vida rural en contraposición al urbano, más difíciles de cuantificar y que tienen que ver más bien con pervivencias de la sociedad preindustrial que han quedado muy difuminados en la sociedad postindustrial, produciéndose incluso una inversión del tradicional éxodo rural para las actividades sujetas a la deslocalización y al teletrabajo. No obstante, aparte de cuestiones antropológicas, morales o incluso espirituales de difícil cuantificación (conservadurismo social, endogamia), otros rasgos sí son cuantificables: la altura de los edificios, la densidad de utilización la red de transporte, el tipo y rango de servicios ofrecidos a la población, etc.[1]

Tratamiento literario[editar]

Idealización bucólica[editar]

La valoración de la vida en los pueblos frente a la vida en las ciudades, desde un punto de vista elitista y puramente intelectual, sin efectos prácticos, es un tópico literario que puede remontarse a la literatura latina clásica (Beatus Ille, Bucólicas) y que se recupera en el Renacimiento. Desde el siglo XIX, el Romanticismo y el costumbrismo se interesaron de una manera más profunda por el folclore, o sea, por la parte de la cultura popular que se presenta de forma más pura o genuina en los pueblos, y más cuanto más atrasados económicamente o desconectados del entorno urbano.

Desprecio al rústico[editar]

La valoración contraria tiene también lejanos ejemplos, como el desprecio con el que eran considerados los campesinos (y el temor a sus revueltas) en una adición a la liturgia eclesiástica medieval: A furia rusticorum libera nos, Domine.[2] Las sátiras contra el rústico eran manifestaciones de la mezcla de desprecio y desconfianza con que clérigos y nobles veían al siervo, reducido a un monstruo deforme, ignorante y violento, capaz de las mayores atrocidades, sobre todo cuando se agrupaba.[3] La misma expresión rústico, que significa habitante del campo, o de un pueblo, era equivalente a persona inculta y brutal (como más modernamente la expresión paleto, que se utiliza como insulto), o incluso a las cosas bastas y menos valiosas (por ejemplo, la edición en rústica de un libro). La identificación del villano (habitante de una villa) con una persona sin honor, tiene el mismo sentido. De hecho, no se concibe en el sistema feudal que un no privilegiado pueda tener honor, como se debate en dos obras maestras del teatro clásico español, ambientadas en sendos pueblos que se rebelan ante una injusticia: El Alcalde de Zalamea (Calderón de la Barca) y Fuenteovejuna (Lope de Vega).

Atraso rural[editar]

La denuncia de los regeneracionistas a la situación de los pueblos sujetos al caciquismo y el atraso de la España de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, se ve en la frase hecha: el que se instala en un pueblo se embrutece, se envilece y se empobrece.[4] Lo mismo ocurre con el clima opresivo y decadente de los pueblos de principios de siglo XX que describieron los autores de la generación del 98 en novelas como El árbol de la ciencia de Pío Baroja o en poesías como La tierra de Álvar González de Antonio Machado (en Campos de Castilla). Más recientemente, a finales del franquismo Joan Manuel Serrat utiliza esos mismos tópicos de lo que se ha venido a denominar España profunda, ya despoblada y envejecida por la emigración, en su canción Pueblo Blanco.[5]

Colgado de un barranco

duerme mi pueblo blanco,

bajo un cielo que a fuerza de no ver nunca el mar,

se olvidó de llorar.

Por sus callejas de polvo y piedra

por no pasar, ni pasó la guerra,

sólo el olvido

....

El sacristán ha visto hacerse viejo al cura,

el cura ha visto al cabo

y el cabo al sacristán,

y mi pueblo después vio morir a los tres,

y me pregunto por qué nacerá gente

si nacer o morir es indiferente.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Concepción Muñoz Delgado Geografía. Anaya
  2. Citado por E. Pablo Molina El latido impetuoso de la letra. Violencia y Literatura en algunos textos hispanoamericanos
  3. Umberto Eco (2008) Historia de la Fealdad, Madrid: Nerea.
  4. Vicente Peset lo atribuye a Fernandito de Vida, maestro de Ayora, citando como fuente oral a Felipe Abarca Lázaro. Mi condiscípulo Abarca y Lázaro, revista Cultura del 6 de Agosto de 1933.
  5. Mediterráneo (álbum), 1971. Véase la letra completa comentada [1]

Enlaces externos[editar]