Peder Schumacher

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Peder Schumacher retrato de Abraham Wuchters en 1672.

El conde Peder Griffenfeld (antes de acceder a la nobleza Peder Schumacher) (24 de agosto de 1635 – 12 de marzo de 1699) fue un hombre de estado dinamarqués.

Comienzos[editar]

Nació en Copenhagen en el seno de una rica familia comerciante conectada con círculos del poder cívico, religioso y erudito de la capital de Dinamarca, comenzó su escolarización con Jens Vorde a los 10 años de edad. Vorde alaba sus extraordinarias dotes, su dominio de las lenguas clásicas y su dedicación al trabajo. El excelente desempeño en sus exámenes preliminares la ganó la amistad de su examinador el Obispo Jasper Brokman, en cuyo palacio conoce al rey Frederick III de Dinamarca. El rey quedó sorprendido con Schumacher; y Brokman, orgulloso de su pupilo, lo hizo traducir un capítulo de la Biblia en Hebreo primero al Latín y luego al danés, para entretener al monarca.

En 1654 el joven Schumacher viaja al exterior durante un lapso de ocho años, para completar su educación. Desde Alemania se traslada a Holanda permaneciendo en Leiden, Utrecht y Amsterdam, y en 1657 recala en el the Queen's College, Oxford, donde permanece tres años. Los eventos que tuvieron lugar durante esta época en Inglaterra mientras estaba en Oxford le interesaron en gran medida. Coincidiendo con la revolución en Dinamarca, que dejó abierta una oportunidad a las clases medias, se convenció que su futuro estaba en la política. En el otoño de 1660 Schumacher visita Paris, poco tiempo luego de la muerte de Mazarin, cuando el joven Luis XIV de Francia por primera vez se hace con las riendas del poder. Schumacher quedó muy impresionado por la superioridad administrativa de una monarquía fuertemente centralizada en manos de un monarca energético que sabía que es lo que quería; y tanto en la política, como en las costumbres Francia será su modelo a partir de ese momento. El último año de sus viajes lo pasó en España, donde adquirió un buen conocimiento del idioma castellano y de su literatura. Se dice que a su regreso a Dinamarca trajo una moralidad relajada y unos modales refinados.

Carrera[editar]

A su regreso a Copenhagen, en 1662, Schumacher se encontró con que la monarquía se asentaba sobre las ruinas de la aristocracia, y dispuesta a contratar los servicios de todo hombre de clase media que tuviera talentos especiales. El joven aventurero se aseguró la protección de Kristoffer Gabel, el confidente del rey, y en 1663 fue designado el bibliotecario real. Una amistad romántica con el bastardo del rey, el conde Ulric Frederick Gyldenløve, consolidó su posición. En 1665 Schumacher obtuvo su primer puesto político como secretario del rey, y ese mismo año compuso la memorable Kongelov (Ley Real). Se había convertido en un personaje de la corte, donde se granjeo la simpatía de muchos con su amabilidad y espíritu; y se comenzaba a percibir su influencia en temas políticos.

Al morir Frederick III (1670) Schumacher era el consejero real de su mayor confianza. Solo el sabía de la existencia del nuevo trono fabricado con marfil de morsa decorado con tres leones de tamaño natural de plata, y de los nuevos elementos reales, tesoros que, siguiendo órdenes del rey, había escondido en una celda debajo del castillo real. Frederick III también le había hecho entrega de un paquete sellado que contenía el Kongelov, el cual solo debía ser entregado a su sucesor. En su lecho de muerte Frederick III le recomendó a Schumacher su hijo. "Conviértelo en un gran hombre pero hazlo despacio," dijo Frederick, quien entendía las personalidades de su hijo y de su ministro. Cristián V estaba impresionado por la confianza que su padre le tenía a Schumacher. Cuando el 9 de febrero de 1670, Schumacher entregó el Kongelov a Christian V, el rey pidió que se retiraran todos los que estaban en su presencia, y luego de estar reunido una hora con Schumacher lo designó su Obergeheimesekreter.

Su ascenso fue rápido. En mayo de 1670 se le otorgaron los títulos de excelencia y privy councillor; en julio de ese mismo año fue hecho noble con el nombre de Griffenfeld, su título se deriva del grifo dorado con alas abiertas que estaba en su escudo de armas; en noviembre de 1673 fue nombrado conde, caballero de la Orden del Elefante y finalmente, canciller imperial. En el curso de los próximos meses abarcó cada rama del gobierno: había llegado al apogeo de su grandeza la cual tendría una corta duración.

Había cautivado al experto Frederick III con sus conocimientos literarios y sus especulaciones mentales; y se impuso sobre el obtuso e ignorante Cristián V ahorrándole problemas, pensando y actuando en su nombre, a la vez que le hacia creer al rey que era el mismo rey quien estaba pensando y actuando de manera autónoma. No solo ello, sus cualidades de dirección se complementaban con un talento para organizar el cual se hizo sentir en cada departamento del estado, y con una maravillosa capacidad de adaptación que lo convertía en un gran diplomático.

El 25 de mayo de 1671 Dinamarca estableció los títulos de conde y barón; unos meses después se creó la Orden de Dannebrog como una forma nueva de ganar adherentes mediante reconocimientos de favor. Griffenfeld fue el creador de estas nuevas instituciones. Él consideraba que la monarquía era la forma de gobierno ideal. Pero también perseguía un objetivo político. La aristocracia de nacimiento, a pesar de sus problemas y reveses, aun era la élite de la sociedad; y Griffenfeld, el hijo de un burgués, era su enemigo más acérrimo. Los nuevos baronazgos y condados, que debían su existencia exclusivamente a la corona, eran un poderoso solvente de los círculos aristocráticos. Griffenfeld se dio cuenta que en el futuro, el primero en la corte seria el primero en todos los sitios. Mucho se hizo para promover el comercio y la industria, muy especialmente el resucitamiento de la Kammer Kollegium, o consejo de comercio, y la abolición de algunos de los monopolios más dañinos. Tanto la administración central como la de las provincias fueron reformadas en gran medida con la idea de hacerlas más centralizadas y eficientes; y se definieron con precisión por primera vez las posiciones y deberes de los diversos magistrados, que ahora pasaban a ganar salarios fijos. Pero lo que Griffenfeld creaba, Griffenfeld necesitaba controlar, y no pasó mucho tiempo antes de que fuera a inmiscuirse en la jurisdicciones de los nuevos departamentos del estado mediante conferencias privadas con sus jefes. Sin embargo, es un hecho indiscutible que bajo la dirección unificada de esta mente brillante, el estado dinamarqués era ahora capaz, durante un tiempo, de utilizar todos sus recursos como nunca antes lo había hecho.

Durante los últimos tres años de su administración, Griffenfeld se dedicó por completo a conducir la política exterior de Dinamarca. Es difícil darse una idea clara de ello, en primer lugar porque su influencia estaba permanentemente entorpecida por tendencias opuestas; además la fuerza de las circunstancias lo obligaban a modificar numerosas veces sus posiciones; y finalmente porque consideraciones de carácter personal se entremezclaban con su política exterior, y la hacían más ambigua y difusa que lo que debería haber sido. En breve, Griffenfeld tenía por objetivo elevar nuevamente a Dinamarca al rango de una gran potencia. Su plan era conseguir esto mediante un cuidadoso uso de sus recursos, y mientras asegurarla y enriquecerla mediante alianzas, que proveerían grandes ingresos a la vez que imponían muy pocas obligaciones. Implementar una política de este tipo tentativa y condicionada, en un periodo de tensión universal y revueltas, era muy difícil; pero Griffenfeld no consideraba fuera algo imposible de conseguir.

Referencias[editar]

  • Danmarks Riges Histoire, vol. v. (Copenhagen, 1897–1905);
  • A.D. Jørgensen, Peter Schumacher Griffenfeld (Copenhagen, 1893–1894);
  • O. Vaupell, Rigskansler Grev Griffenfeld (Copenhagen, 1880–1882);
  • Bain, Scandinavia, cap. x. (Cambridge, 1905).
  • Johannes Jensen, 'Peder Schumacher - Graf von Griffenfeld,' in Sankt Petri Kopenhagen 1575-2000. 425 Jahre Geschichte deutsch-dänischer Begegnung in Biographien, ed. Jürgen Beyer & Johannes Jensen (Copenhagen, 2000), 13-21