Papá Goriot

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Papá Goriota
BalzacOldGoriot01.jpg
Autor Honoré de Balzac
Género Novela realista
Idioma Francés
Título original Le Père Goriot
Editorial Serie en La Revue de Paris
País Flag of France.svg Francia

Papá Goriot (Le Père Goriot, también traducido al castellano como El padre Goriot o El tío Goriot) es una novela del escritor francés Honoré de Balzac escrita en 1834 para la Revue de Paris y publicada en 1835 en forma de libro. Considerada una de las obras más importantes del autor, forma parte de las Escenas de la vida privada de la Comedia humana. En ella se analiza la naturaleza de la familia, el matrimonio, la estratificación y la corrupción en la sociedad parisina durante la Restauración francesa a partir del drama vivido por personajes como papá Goriot -el hombre que vive en la miseria y rechazado por sus hijas luego de haber sacrificado todo por ellas-, Eugène Rastignac -el joven cándido y ambicioso que aspira a formar parte de la alta sociedad-, los otros pensionistas en la Casa Vauquer y damas de la alta sociedad como la señora de Bauseánt o las hijas de Goriot.

Argumentos[editar]

Introducción[editar]

Este libro es muy interesante, puesto que, el drama de Papá Goriot se desarrolla en París durante el siglo XIX. Las particularidades de esta historia se hallan al pie de Montmartre y las alturas de Montrouge, en una pensión pobre y deteriorada conocida como la “Casa Vauquer”, situada en la parte baja de la calle Nueve-Sainte-Genevieve, entre el barrio Latino y el de Saint Marceau. En dicho lugar se percibe un aire sombrío, la tierra es seca, los arroyos no tienen agua, está rodeado de casas tétricas, las murallas huelen a cárcel y hasta el hombre más despreocupado se entristece allí por su apariencia.

La pensión, cuya fachada consta de tres pisos y da un aspecto casi inmoral, pertenece a la viuda Vauquer, apellidada de soltera De Conflans. El estado de la pensión es deprimente y deteriorado: el piso desgastado casi enmohecido, las paredes llenas de grasa, el ambiente encerrado. Pese a estas condiciones, la pensión se encuentra ocupada en su totalidad, ocho inquilinos: en el primer piso viven la Señora Vauquer, la regente de la pensión; tiene más de 50 años aunque su semblante aparenta mayor edad, todo en ella se encuentra en armonía con su pensión que revela desdicha. En el apartamento contiguo habitan la Señora Couture, viuda de un comisario de la República Francesa; de edad avanzada que cuida a su joven sobrina como si fuese su hija, ya que el padre de la joven, hombre muy rico, no desea reconocer a Victorine Taillefer, una joven de cabellos rubios, cintura delgada y ojos claros, quien de no ser por el sufrimiento que la acongoja, sería una mujer visiblemente hermosa. Su padre creía tener motivos para no reconocerla y no le concedía mucho dinero para su subsistencia.

Los dos apartamentos del segundo piso estaban ocupados por un anciano llamado Poiret, una especie de autómata que parecía haber sido un asno burócrata jubilado; y por un hombre de unos cuarenta años de edad que llevaba una peluca negra, se teñía las patillas y se decía antiguo comerciante, llamado Vautrin. Era un hombre que tenía buen aspecto: espaldas anchas, músculos desarrollados, voz de bajo, amable, risueño y servicial, quien en diversas ocasiones había prestado dinero a la Sra. Vauquer y algunos de los huéspedes. Sus costumbres consistían en salir después de desayunarse, regresar para comer, ausentarse toda la tarde y regresar a medianoche. Vautrin sabía o adivinaba los asuntos de todas aquellas personas que le rodeaban pero nadie podía penetrar sus pensamientos ni sus ocupaciones. Aquella aparente benevolencia y simpatía eran una barrera entre él y los demás. Todo hacía suponer que aquel hombre guardaba algún rencor hacia los estamentos sociales, como consecuencia de algún misterioso secreto cuidadosamente oculto en su vida.


El tercer piso se componía de cuatro habitaciones, dos de las cuales estaban alquiladas a una solterona, la señorita Michonneau, de semblante viejo y desgastado, cuya mirada producía escalofríos y su rostro no abandonaba nunca cierto gesto amenazador; y a un antiguo fabricante de fideos, pastas italianas y almidón, el cual permitía que le llamaran Papá Goriot. Las otras dos piezas estaban reservadas a los estudiantes desdichados que, como Papá Goriot y la señorita Michonneau, no podían destinar más de cuarenta y cinco francos mensuales a su sustento y alojamiento. En aquella época, una de estas habitaciones las ocupaba Eugene de Rastignac, un joven venido de los alrededores de Angouleme para estudiar leyes en París. Su familia se sometía a duras privaciones a fin de poder enviarle mil doscientos francos anuales. Eugene poseía un rostro muy meridional, cabellos oscuros y ojos azules. Se caracterizaba por una personalidad similar a la de todos los jóvenes que se han forjado en la desgracia, los cuales comprenden desde su infancia las esperanzas que sus padres depositan en ellos y se preparan sobre todo para un gran porvenir.

Finalmente, en el desván, vivían Cristophe, un jornalero de la pensión, y Sylvie, la cocinera.

Además venían a comer estudiantes y algunos vecinos del área. En la sala de comida cabían unas 20 personas y todos ellos se juntaban para hablar de los acontecimientos comunes. Aquellas personas, en su conjunto, ofrecían en miniatura, todos los elementos de una sociedad completa. Entre ellos había también, como en los colegios, una pobre criatura rechazada sobre la que llovían las bromas. Esta figura era la de Papá Goriot, un anciano de sesenta y seis años que se había retirado a la pensión en el año 1813, después de haber abandonado sus negocios. Primero rentó el apartamento tomado por la señora Couture, por el cual pagó cantidades generosamente despreocupadas. Cuando el Señor Goriot llegó a la pensión, la señora Vauquer admiraba al antiguo comerciante al cual ahora consideraba idiota. Incluso deseaba conquistarlo, pues con sus ojos mezquinos, había visto muy bien unos ocho o diez mil francos. A partir de entonces la Señora. Vauquer se propuso seducir a Goriot con la ayuda de una antigua inquilina, la condesa Ambermesnil, quien tenía como misión descubrir el corazón de Goriot en una visita. No obstante, el fabricante de fideos no tenía aspiraciones de índole amorosa y fue calificado por las dos mujeres como un hombre terco, un avaro, un animal, un tonto que no produciría más que disgustos. Al poco tiempo, la condesa Ambermesnil desapareció sin pagar su pensión de seis meses y la Señora. Vauquer desistió en sus planes al ver que no conseguiría nada.

Durante la mayor parte de ese primer año, Goriot había comido fuera de su casa una o dos veces por semana, pero después llegó un momento que era sólo una vez al mes. Al finalizar el segundo año, Goriot solicitó mudarse al segundo piso porque su fortuna había disminuido. Según Vautrin, que fue entonces cuando se instaló en la pensión, Goriot era un hombre que jugaba a la Bolsa; también se le suponía un avaro que prestaba dinero, un hombre que jugaba a la lotería o un agente secreto, aunque Vautrin sostenía que Goriot no era lo suficiente astuto para ello. No obstante, a pesar de lo innoble que se suponía su conducta o sus vicios, nunca lo expulsaron de la pensión porque pagaba su pensión y servía para que cada cual desahogara en él su buen o mal humor por medio de bromas.

Sylvie suponía que Goriot era endiabladamente rico porque dos mujeres jóvenes de gran porte y con mucho dinero venían a visitarlo. Éste siempre dijo que eran sus hijas, pero la viuda empleó su malicia de mujer para inventar las más sórdidas persecuciones contra él. Lo cierto es que no había nada que pudiera desmentir las deducciones de que Goriot salía con jóvenes ricas a quienes les entregaba su dinero, pues de ser sus hijas, pensaban todos, no estaría viviendo en el último piso de dicha pensión. De tal modo que la percepción de los inquilinos hacia Goriot en 1819 era que nunca había tenido hijas ni mujer y el abuso de los placeres habían hecho de él un pobre desgraciado que parecía un imbécil porque siempre estaba en trance, como ausente del mundo.

Eugéne de Rastignac, el joven estudiante que ocupaba la habitación contigua a Papá Goriot, ya había obtenido el título de bachiller en Letras y Derecho. Su inteligencia y su ambición le impulsaban a cambiar sus puntos de vista y a descubrir pronto la importancia e influencia de las mujeres en la vida social de París. Su tía, la señora de Marcilla, que en otros tiempos había sido presentada en la corte, había conocido a las más destacadas figuras de la aristocracia. Eugene preguntó a su tía sobre sus lazos de parentesco con la nobleza y si ella podría renovarlos. El familiar más cercano resultó ser la condesa de Beauséant, así que su tía le escribió una carta para que ella introdujera a Eugene con otros parientes.

Al cabo de unos días de su regreso a París después de unas vacaciones, Rastignac fue invitado a un baile en el barrio de Saint-Germain en la casa de la condesa de Beauséant, una de las reinas de la moda de París, considerada como la más agradable y una de las figuras más destacadas del mundo de la aristocracia. Gracias a su prima, Eugene fue acogido correctamente en aquella morada, sin darse cuenta del alcance de tal favor. Deslumbrado por aquella brillante concurrencia, opulencia y elegancia de la residencia, Eugene fijó sus ojos en la condesa Anastasie de Restaud, joven alta y bien proporcionada, considerada como una de las mujeres más elegantes de París. El joven meridional se apresuró a trabar relaciones con aquella mujer dándose a conocer como primo de la señora Beauséant, así que fue invitado por la condesa a su casa. Eugene se sintió lo suficientemente ambicioso como para encantar a aquella mujer e imaginó una serie de futuros goces que pasaría a su lado.

A la mañana siguiente, Papá Goriot le encargó a Christophe que llevara una carta a la condesa Anastasie de Restaud. Durante el desayuno la señora Couture y Victorine comentaban sobre su visita a casa del señor Taillefer, padre de la joven, con el objeto de exigir una pensión no comprobada, que la madre de la señorita Victorine había aportado al matrimonio Taillefer al contraer matrimonio, y que su padre no reconocía, pues veía en su hijo a su único heredero.

Eugene platicó sobre su experiencia en el baile y antes de que éste pudiera decir el nombre de la condesa, Vautrin lo pronunció avisando que ella iría a casa del usurero Gobseck. Fue entonces cuando Papá Goriot prestó atención como nunca antes. Vautrin comentaba en tono de burla que las mujeres como ella eran capaces hasta de venderse o de abrir las entrañas de su madre para buscar algo brillante si sus maridos no pueden mantener su lujo desenfrenado. El rostro de Papá Goriot que se había iluminado cuando mencionaron el nombre de la condesa, se puso nuevamente sombrío ante la cruel observación de Vautrin.

Victorine y la Señora Couture tuvieron una mala experiencia con el señor de Taillefer y su hijo, quienes trataron con desprecio y arrogancia a la pobre Victorine; su padre y su hermano la renegaron y ellas tuvieron que marcharse con las manos vacías.

Al día siguiente, Eugene se vistió con suma elegancia y hacia las tres de la tarde se dirigió a casa de la condesa de Restaud. Al llegar, preguntó por la señora y los criados le lanzaron una mirada despectiva que le hizo comprender su inferioridad al cruzar aquel patio con lujo, dinero y elegancia. Eugene esperó un largo rato cuando de pronto escuchó la voz de la condesa, la de Papá Goriot y el rumor de un beso. Rastignac observó cuando Papá Goriot se cruzó en el camino con el esposo de la condesa, quien le lanzó una mirada despectiva, pero Goriot respondió con una amable sonrisa.

La condesa presentó a su marido con Rastignac, mientras que ella salió de la habitación junto con Máxime, su amante, para despedirlo y conversar sobre sus encuentros amorosos.

El Señor Restaud y Eugene descubrieron que tenían familiares en común. Cuando la condesa regresó al salón, Eugene preguntó sobre el parentesco con el señor Goriot, pero había cometido una terrible indiscreción porque el conde se mostró disgustado al escuchar el nombre y la condesa palideció al ver el nerviosismo de su esposo. Eugene fue despachado rápidamente sin lograr resolver su duda y al marcharse, los criados recibieron las instrucciones de negarle la entrada en el caso de que Rastignac regresara a buscarlos.

Eugene comprendió que había cometido una indiscreción al mencionar a Papá Goriot, sin embargo no comprendía la magnitud de su falta, así que pensó que su prima podría resolver su duda y por tanto, se dirigió a su casa.

La señora de Beauseant era incapaz de cerrarle la puerta a nadie, y aunque la visita de Eugene era inoportuna, le permitieron pasar. La vizcondesa se encontraba con el marqués de Adjuda-Pinto, uno de los portugueses más ricos que residía en París y con quien mantenía relaciones amorosas. El señor Beauseánt estaba enterado de esta relación, pero como hombre de mundo, sabía dejar en paz a su esposa en todo lo referente a sus relaciones con el portugués. Toda la alta sociedad de París, excepto la señora de Bauseant, sabía que el marqués de Adjuda tenía intenciones de contraer nupcias con la hija de Rochefide, un rico aristócrata relacionado con la familia real

La llegada de Eugene en ese momento, fue un golpe de suerte para el marqués, pues estaba a punto de enfrentar a la vizcondesa para notificarle sobre sus nupcias y la huida resultó mejor recurso.

La señora de Beauseant se percató de que el chofer del marqués lo llevaría a casa de los Rochefide, y no pudo dejar de sentir la desdicha que la amenazaba, no obstante, intentó ser agradable y amable con Rastignac. El joven le contó a su prima lo que le acababa de ocurrir en casa de los señores de Restaud. La vizcondesa le aclaró sus dudas: la condesa de Restaud es hija de Papá Goriot, pero tanto ella como su esposo lo han renegado y abandonado en la miseria. La otra hija del señor Goriot, Delfine, se casó con un banquero alemán, el barón de Nuncigen, y al igual que su hermana, reniegan al padre. Goriot le dio a cada una quinientos o seiscientos mil francos para que pudieran labrar su felicidad casándose bien, mientras que el pobre hombre no se reservó más que el dinero necesario para su subsistencia, creyendo que sus hijas seguirían siendo sus hijas y que sus matrimonios significarían dos casas para él. Pero en dos años, sus yernos le expulsaron de su sociedad como a un miserable. Cuando van a buscar a Papá Goriot es para pedirle más dinero, en tanto el padre no hace más que empobrecerse con tal de complacer a las dos. El corazón de ese pobre hombre ha sangrado en abundancia al comprobar cómo sus hijas se avergonzaban de él porque podía representar una mancha en los salones de sus hijas. Eugene no pudo evitar llorar por semejante injusticia, influido todavía por sus creencias y afectos juveniles, que se imaginaba que tendría que desechar, a juzgar por las lecciones que le estaba dando su primer día de lucha en el campo de batalla parisiense.

La señora de Beauseant le propuso a su primo un plan de intrigas para poder acercarse a Anastasie y a su vez, integrarse al círculo social parisino. Dado que la relación entre las hermanas es de rivalidad porque Anastasie de Restaud ha podido colocarse dentro de dicho círculo aristocrático y la señora de Nuncigen ha fracasado en esta empresa, la vizcondesa le recomendó a Eugene que buscara la forma de conocer a Delfine, haciendo uso del nombre de Beauseant y su parentesco, con el objeto de provocar en su hermana envidia y por tanto, restituir las relaciones con él. Como la señora de Nuncigen haría lo que fuera con tal de entrar a los salones de la vizcondesa de Bauseant. Si Eugene introduce a Delphine al círculo aristocrático, éste se convertiría en su benjamín y abandonaría a su amante De Marcia; entonces las mujeres se volverían locas por él: sus rivales, sus amigas, sus mejores amigas, con tal de raptar al hombre ya escogido.

A Eugene le pareció buena idea y se marchó seducido por las altas esferas de la sociedad parisiense. Ahora comprendía el mundo tal cual era: las leyes y la moral son impotentes entre los ricos. Sólo faltaba conseguir dinero para dar inicio a su plan.

Una vez que hubo llegado a la pensión se deprimió al ver la miseria en la que vivía. Vautrin le lanzó una broma al llamarlo marqués, como si éste adivinó sus secretos más escondidos en el corazón; entonces confesó en la mesa lo que le había ocurrido en casa de los Restaud y aclaró que aquel que volviera a molestar a Papá Goriot se las vería con él.

Eugene se dispuso a escribirle a su madre una carta para que le enviara prontamente mil francos, asegurando que repondría ese dinero muy pronto y multiplicado, y también les escribió a sus dos hermanas la misma solicitud de dinero. Sin embargo, cuando terminó con las cartas, sintió una extraña conmoción, pues conocía la nobleza inmaculada de su madre y sus hermanas y la pena que les causaría de no conseguir la suma. Aquellos terribles sacrificios iban a servirle de peldaño para llegar a Delfine.

Rastignac en su deseo de conocerla a la perfección, deseaba ponerse al corriente de la vida pasada de Papá Goriot cuyo resumen sería el siguiente: Jean Joachim Goriot era un simple obrero en una fábrica de fideos lo suficientemente ambicioso para que comprara la fábrica de fideos cuando el dueño fue víctima del primer levantamiento de 1789, durante la Revolución. Su fortuna comenzó a acumularse en los días de escasez con la venta de cereales y pastas. Papá Goriot era paciente, activo, enérgico, constante, rápido de reflejos; poseía una vista de águila previendo cualquier suceso y adelantándose a ellos, con un comportamiento de obrero estúpido y grosero; incapaz de comprender un razonamiento que no tuviera relación con el trigo, los cereales y la pasta; insensible a todos los placeres de la inteligencia. Amaba profundamente a su mujer que al cabo de siete años y dos hijas murió. Goriot había jurado no serle infiel nunca a su mujer y canalizó su amor irreflexivo y delicado a sus dos hijas, convirtiéndose en un amor absoluto de entrega, atención y sacrificio. No había nada que Goriot no hiciera por complacer a sus hijas.

A finales de diciembre Rastignac recibió el dinero de su madre y sus hermanas, así que cuando Vautrin vio las bolsas de dinero, hizo un comentario ofensivo, aludiendo al enorme sacrificio que la madre de Eugene realizó para que el joven caballero pudiera entrar en sociedad, pescar dotes y bailar con condesas que usan flores de melocotonero en la cabeza. Durante aquellos días, Eugene y Vautrin habían permanecido silenciosos el uno delante del otro, pero Rastignac sentía que aquel hombre penetraba en sus sentimientos, mientras que en él todo era hermético. Una tarde, Vautrin volvió a hacer una de sus bromas pesadas y Rastignac se molestó, a tal grado, que ambos se iban a debatir en duelo. Victorine estaba alarmada por el suceso ya que desde hacía tiempo amaba en secreto a Eugene. Vautrin y Rastignac salieron solos al jardín de la pensión y antes de dar inicio al duelo, Vautrin le dijo uno de los discursos más importantes del libro, que funge como eje en el desarrollo de la historia: Vautrin expone los sentimientos de ambición de Eugene para alcanzar el éxito, no obstante critica los métodos que el joven desea utilizar al plantearle la realidad de la sociedad: suponiendo que Eugene terminara la carrera de leyes, no pasaría más allá de convertirse en el sustituto de cualquier imbécil de provincia, donde el Gobierno le arrojaría un sueldo mediocre. Si desea conquistar a las mujeres, debe tomar en cuenta que ellas siempre eligen al más fuerte y poderoso, y para ello no servirá su pobre sueldo o los escasos centavos que su madre ha reunido a base de sacrificios. Los esfuerzos que tendría que realizar serían enormes y el combate sería encarnizado para tener éxito entre cincuenta mil personas que buscan el mismo puesto. Los caminos del éxito se delimitan por el brillo del talento o por la habilidad de la corrupción. Hay que penetrar entre esa masa de hombre como una bala de cañón o deslizarse en ella como la peste. Si se desea hacer fortuna rápida, es necesario ya ser rico, o parecer serlo. En la vida hay que ensuciarse las manos si uno quiere desenvolverse en ella. Todo consiste en saber lavarse bien después.

Vautrin proponía lo siguiente: Eugene deberá casarse con Victorine, la protegida de la señora Couture; en tanto que él, con la ayuda de un amigo que le debe un gran favor, eliminaría al hermano de Victorine, dejándole al padre de la joven la opción de recuperar a su hija para heredarle su dinero. De esta manera, Eugene sería dueño del millón de francos que necesita para integrarse a las altas esferas de la sociedad parisina, en tanto que Vautrin sólo cobraría un veinte por ciento de la fortuna, para financiar la compra de al menos doscientos esclavos negros, y así, establecer una finca para producir tabaco en los Estados Unidos.

A Rastignac le pareció abominable la propuesta de Vautrin, no obstante se percató de la habilidad del señor para descubrir con claridad sus intenciones y la lucidez de sus palabras, que en cierta forma, se parecían a la lección de vida que le había dado la vizcondesa de Bauséant.

Vautrin aclaró que le daría un plazo de quince días para pensar sobre el asunto y en caso de rechazarlo, le haría la propuesta a alguien más, aunque la desventaja es que Victorine ya está enamorada de Eugene y un nuevo prospecto sería más difícil.

Durante los días sucesivos Eugene acudió con un sastre para adquirir nuevos trajes, dignos de un aristócrata. Rastignac pensaba constantemente en las palabras de Vautrin, pero sus pensamientos se disiparon cuando recibió una invitación de la vizcondesa de Bauseant para asistir a un baile. Esta era su oportunidad para invitar a la señora de Nuncigen y llevar a cabo el plan que había marcado en conjunto con su prima.

Esa tarde Eugene acompañó a la vizcondesa a la ópera porque su marido estaba ocupado. El marqués de Adjouda-Pinto no había contraído nupcias aún con la señorita Rochefide, pero era claro que a la vizcondesa le preocupaba este asunto. Eugene se sentó junto a su prima y vislumbró en uno de los palcos a Delfine de Nucingen. El marqués de Adjouda-Pinto visitó el palco donde se encontraban la vizcondesa y Eugene, y éste último se comportó con la mayor discreción, logrando entablar un lazo especial y de complicidad sincera con su prima.

Durante el intermedio, el marqués portugués le presentó a Eugene a la baronesa de Nuncigen. Ambos conversaron durante un largo rato e incluso hablaron sobre Papá Goriot. Delfine se expresó con tristeza y amor acerca de su padre y culpó a su marido de no poder verle con regularidad. Eugene la invitó al baile de la vizcondesa y solicitó su permiso para visitarla.

Al llegar a la pensión, Rastignac ya estaba seguro de sentirse enamorado, pues la señora de Nuncigen le había causado una gran impresión y pensaba que si la señora de Nucingen se interesaba por él, le enseñaría cómo gobernar a su marido, que negocia con oro, y el cual podría ayudarle a conseguir su fortuna de un solo golpe. Cuando llegó a su piso entró en la habitación de Papá Goriot para decirle que había visto a su hija. Eugene no pudo dominar su estupefacción al ver la sencillez en la que vivía aquel hombre comparada con el lujo de sus hijas. Papá Goriot se emocionó mucho por las palabras de Eugene, le escuchaba hablar de su hija como si fuera un Dios y preguntaba sobre todos los pormenores: ¿cómo iba vestida?, ¿si estaba contenta? y ¿a quién prefería entre Delfine y Anastasie?. Pues a Rastignac le parecía mejor Delfine por ser más accesible y menos fría que Anastasie, y porque era una empresa más fácíl de conquistar pues estaba despechada por De Marsey, quien la había abandonado.

A Eugene le intrigaba saber la razón por la cual Papá Goriot vivía en aquella miseria mientras que sus hijas vivían en un lujo absoluto. Papá Goriot replicó que no necesitaba nada más porque su vida se limitaba a sus dos hijas. Si ellas se divierten y son felices, si van bien vestidas y caminan sobre alfombras, qué importaba cómo viviera y fuera él vestido. Una mirada de sus hijas, si es triste, le hiela el corazón y lo hace verdaderamente miserable. Papá Goriot las amaba más a ellas de lo que Dios ama al mundo. En ocasiones, se sentaba en una banca en los Campos Eliseos para esperar a que sus hijas pasaran en sus carruajes frente a él, y se conformaba con verlas durante esos breves instantes y recibir una sonrisa lejana.

Eugene confesó estar enamorado de Delfine y Papá Goriot se llenó de emoción y esperanza al ver la posibilidad de tener un yerno que verdaderamente amara a su hija y que a su vez, le permitiera ser el enlace para verla con mayor frecuencia. A partir de esa conversación, Papá Goriot vio en su vecino a un confidente providencial, a un amigo entrañable.

A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, la afectación con que Papá Goriot miraba a Eugene sorprendió a todos los huéspedes. Vautrin, que volvía a ver al estudiante por primera vez después de aquella conversación, parecía leer la mente del anciano. Al pensar en los proyectos de aquel hombre, Eugene miró a Victorine y la pobre muchacha halló encantador al joven. Una voz susurraba en el oído del estudiante: ochocientos mil francos.

Eugene se marchó a la escuela y le comentó a su amigo Bianchon, un estudiante de medicina que iba a la pensión a comer, sobre los malos pensamientos que lo acongojaban, sin aclararle el verdadero plan. Bianchon le recomendó que era preferible mantener la dignidad a cometer un crimen.

Papá Goriot le entregó a Eugene una carta de Delfine para invitarlo al teatro y a cenar después en su casa con su marido. Rastignac no pensaba en aquellos momentos en los delirios de vanidad que a veces invaden a ciertas mujeres para ser capaces de todos los sacrificios con tal de abrirse las puertas de casa de su prima en el barrio de Saint-Germain. La moda distinguía a todas aquellas mujeres que eran admitidas en la sociedad de dicho barrio parisiense, entre las cuales, la vizcondesa ocupaba el primer rango.

El día de la primera intriga amorosa de Rastignac llegó y al arribar a casa de la baronesa de Nuncigen la encontró triste. Eugene intentó averiguar lo que la atormentaba haciendo alusión al amor que él le tenía y su disposición por ayudarla. Ella tomó su palabra y sin decirle nada, se marcharon en el carruaje hasta que llegaron a una casa de apuestas. Delfine le pidió a Rastignac que demostrara su amor y le entregó su bolso con cien francos, para que los apostase en la ruleta, con la condición de que ganara seis mil francos o que lo perdiera todo, y que solo así, ella se abriría ante él confesándole los motivos de su pena. Eugene apostó los cien francos en la ruleta y ganó más de siete mil francos. Delfine le confesó que su marido la tenía en la miseria, sin permitirle disponer de un céntimo para nada; advirtió que su matrimonio era horrible y debía llegar a estos extremos por obtener un poco de dinero para mantenerse. También confesó que en ocasiones tenía deseos de matarse por la situación injusta en la que se encontraba, mientras que su marido derrochaba el dinero con su amante, una corista de la ópera.

Al despedirse, la baronesa le dio a Eugene tres billetes de banco como recompensa por su valentía, a pesar de que éste se rehusaba a recibir el dinero.

Cuando Eugene regresó a la pensión, Papá Goriot lo esperaba ansiosamente para que le contara todo. Se enfadó mucho al enterarse sobre la condición de su hija y advirtió que cedería sus trescientos francos restantes de pensión vitalicia para sacar a su hija de esta pena. Eugene le entregó los mil francos que había ganado y Papá Goriot valoró la bondad del joven. En ese momento Rastignac pensó que siempre sería un hombre honrado y abandonaría las ideas de Vautrin.

El día del baile, Delfine iba arreglada especialmente hermosa para agradarle a Eugene. Éste pudo medir el alcance de su posición, comprendiendo su importancia, la cual le debía a la vizcondesa de Bauseant. La conquista de la señora de Nuncigen, que la gente ya le atribuía, lo hacía destacar de tal modo que todos los jóvenes le lanzaban miradas de envidia. Al pasar de salón en salón oía alabar su suerte. Todas las mujeres le predecían éxitos, y Delfine, temiendo perderle, le prometió darle un beso esa noche.

El baile también le sirvió a Rastignac para recibir una serie de invitaciones. Las puertas del gran mundo de París se le estaban abriendo.

Al día siguiente, al contarle sus éxitos a Papá Goriot durante el desayuno, Vautrin aprovechó la ocasión para molestar a Eugene y hacerle ver que sin dinero, no llegaría muy lejos en la élite de la sociedad Parisina. Entonces le guiñó el ojo y le señaló a la señorita Taillefer.

Durante una temporada, Rastignac llevó una vida muy disipada. Apostaba su dinero para enriquecerse pronto, pero como en todo juego, perdía más de lo que ganaba. Su bolsa estaba siempre vacía para la Señora Vauquer, pero siempre llena para satisfacer sus vanidades. En esta época, Rastignac había perdido todo su dinero y adquirido muchas deudas. Estaba inmerso en los problemas económicos que lo agobiaban y estaba comenzando a ceder al plan de Vautrin. Desde hacía un mes, Eugene excitaba tanto los sentidos de Delphine que éste terminó afectado también del corazón.

Durante la comida en la pensión, Eugene comenzó a cortejar a la Señorita Taillefer. Ella, por su parte, le dirigió por toda respuesta una mirada inequívoca. Vautrin permaneció lejos pero muy atento a lo que ocurría, de tal manera que Eugene no percibiera su presencia, pero al encontrar la oportunidad, irrumpió la conversación de los enamorados para volver a presionar al pobre joven, quien se sentía atormentado por este hombre que se hacía pasar por una persona buena y cuyo único interés era “ayudar” al joven ambicioso.

La señora Vauquer estaba molesta porque Eugene le debía las rentas y Vautrin se ofreció para prestarle dinero. Eugene estaba necesitado, así que accedió firmando un pagaré en donde se comprometía a devolver el dinero en calidad de préstamo. A pesar del cinismo e insistencia de Vautrin, Eugene sólo aceptó el dinero y nada más.

Rastignac canceló sus deudas, jugó al whist y recuperó lo perdido. Tenía la idea de que la vida o Dios lo recompensaba por su perseverancia al no caer en manos de Vautrin, así que se apresuró a pagarle el dinero que le prestó.

Dos días más tarde Poiret y la señorita Michennau se encontraban en un banco del parque de Los Inválidos tomando el sol y conversando con el comisario Gounderau. Éste les ofrecía dinero a cambio de que buscaran un tatuaje con el número de recluso en la espalda de Vautrin, pues se tenía la sospecha de que era Jaques Collin alias “el burlador de la muerte”, un exconvicto que se encarga de manejar las finanzas y negocios de convictos presos que pertenecen a la Sociedad de los Mil. Vautrin es su hombre de confianza, respetado y protegido por el bajo mundo por su distinguida lealtad hacia sus compañeros ladrones. Gounderau le ofreció dos mil francos a la señorita Michennau por descubrir el tatuaje, valiéndose de una droga que lo dejaría inconsciente. Michennau finalmente accedió a cambio de tres mil francos. Bianchon pasaba en aquellos momentos por el paseo y se sintió intrigado por la extraña reunión entre esos personajes tan dispares.

Eugene había sido reducido a la desesperación por la Señora de Nuncigen y estaba empezando a ceder al plan de Vautrin. Durante las comidas le profesaba palabras de amor a Victorine. Vautrin volvió a presionar a Eugene y éste ya no oponía resistencia. Entonces le advirtió que el plan estaba en marcha: su cómplice ya había insultado al hermano de Victorine y a la mañana siguiente se enfrentarían en un duelo. Rastignac escuchaba las palabras de Vautrin como un estúpido, no acertando a contestar nada. En aquel momento llegaron Papá Goriot, Bianchon y otros huéspedes. Rastignac lo había decidido, durante la noche iría a casa de los Taillefer para prevenirlos. Papá Goriot se acercó a Eugene en cuanto Vautrin se marchó para darle varias buenas noticias: Delphine y él habían alquilado un departamento pequeño en Saint-Lazare para que el joven viviera en mejores condiciones. Papá Goriot apoyó la idea y aportó parte de su pensión vitalicia, pues entre sus planes, estaba irse a vivir a un pequeño cuarto arriba del departamento de Eugene para estar más cerca de su hija. Desde hacía un mes estaban planeando esto y compraron muebles nuevos para que el joven viviera como un príncipe. También le entregó un regalo de parte de Delphine, un reloj de oro con sus iniciales grabadas.

Eugene estaba más que complacido con estos gestos de amor y dado que tenía que visitar a Delphine, le pidió a Papá Goriot que alertara a los señores Taillefer sobre el duelo. Cuando ambos bajaron al comedor, Vautrin celebraba con los demás huéspedes por haber concretado un buen negocio, así que pidió varias botellas de vino para todos e invitó a Papá Goriot y Eugene al “festejo”. Vautrin había planeado embriagar a los concurrentes, en especial a Eugene y Papá Goriot para impedir los planes del muchacho. Ambos incautos cayeron rápidamente y Victorine se preocupó mucho por el estado del joven. Vautrin aprovechó el momento para convencerla, aún más, del amor de Eugene y de su deber como esposa para cuidarlo en estos momentos; entre tanto, él invitó a la señora Vauquer al teatro.

El día siguiente estaba destinado a ser uno de los días más señalados en la Casa Vauquer, hasta aquel entonces, el acontecimiento más importante había sido la huida y falsa identidad de la condesa de Ambermesnil.

Papá Goriot y Eugene durmieron hasta las once, al igual que los demás huéspedes desvelados, por tanto, en la mañana casi no había nadie encargado del desayuno. Sylvie subió para despertar a la señora Vauquer y la señorita Michonneau aprovechó el momento para verter el líquido narcotizante en la bebida de Vautrin. Por otro lado, un recadero le entregó a Eugene un mensaje de Delphine demandando una explicación por haberla dejado esperando. En aquel momento, un criado del señor Taillefer anunció en la pensión que Frederic Taillefer, hermano de Victorine, había muerto en un duelo, y ahora el señor Taillefer deseaba ver cuanto antes a su hija. La señora Couture y Victorine se marcharon de inmediato. Eugene estaba estupefacto por la noticia mientras que la Señora Vauquer comentaba sobre la acertada elección de Rastignac al fijarse en Victorine. Mientras Vautrin sonreía, el narcótico comenzaba a causar su efecto hasta que cayó como muerto. Para distraer la atención, la señorita Michonneau advirtió que Vautrin probablemente habría sufrido una apoplejía. Sylvie y la señora Vauquer se movilizaron para llevar al enfermo a su recámara y cuando la srita. Michonneau se encontró a solas con Vautrin, le desabrochó la camisa para verificar las sospechas, que eran ciertas. Entre tanto, Eugene aprovechó esta confusión para salir huyendo de la pensión que lo asfixiaba; él hubiera querido evitar aquel crimen y temía ser cómplice de alguna manera.

El largo paseo de Eugene fue solemne y en cierto modo, hizo un examen de conciencia. De la terrible conversación que sostuvo consigo mismo, su honradez salió tan fuerte como el hierro. Recordó cuántas confidencias le había hecho Papá Goriot así como el apartamento que le habían ofrecido. Sentía que estos factores eran el ancla de su salvación.

Alrededor de las cuatro de la tarde y después del largo examen de conciencia, el muchacho regresó a la pensión para averiguar sobre el estado de Vautrin.

Bianchon le administró a Vautrin un vomitivo e insistió en llevar las sustancias al hospital para analizarlas, pero la obstinación de la señorita Michonneau por evitarlo, terminó por aclarar las sospechas del joven médico acerca de un complot junto con Poiret.

Cuando Eugene regresó a la pensión, Vautrin se hallaba de pie al lado de la estufa. Bianchon comentó sobre “el burlador de la muerte” y fue entonces que Vautrin comprendió la trampa que le tendió la señorita Michennau. Poiret se interpuso entre Vautrin y Michennau a pesar de que casi nadie comprendía lo que pasaba. En ese momento se oyeron los pasos de varios hombres que venían a capturar a Vautrin. Con un movimiento lleno de energía, Vautrin saltó como un gato montés, causando conmoción entre los huéspedes; pero los oficiales sacaron sus armas y él no escapó. Jaques Collin o Vautrin, fue esposado y cuando leyeron sus cargos, la señora Vauquer quedó impactada y decepcionada por los acontecimientos. Collin cuestionó enérgicamente quién lo había traicionado, observando a la señorita Michennau, a quien llamó desde ese momento “Vieja Bruja”. El discurso de Collin retomó posturas de crítica ante las profundas decepciones del contrato social, la lealtad, la cobardía y el ridículo que existe entre lo que es supuestamente bueno y malo. Los presentes sintieron admiración por ese hombre valiente que mostraba coraje y sabiduría, convirtiéndolo en un héroe que había sido suciamente traicionado por la Vieja Bruja. Cuando Vautrin y los oficiales se marcharon, estalló entre los huéspedes una fuerte ira en contra de la señorita Michennau y Poiret. Los inquilinos demandaban que fueran expulsados de la pensión o de lo contrario dejarían de vivir y comer allí. Esto representaba una pérdida considerable para la señora Vauquer, así que tuvo que apoyar a la mayoría. En aquel momento, entró un mensajero de parte de la Señorita Taillefer para avisar que ella y su tía ya no vivirían más en la pensión. La señora Vauquer estaba segura de que una desgracia había entrado en su casa: primero Vautrin, después Michennau y Poiret y ahora la señora Couture y Victorine.

Aquel día constituyó una especie de fantasmagoría para Eugene que no sabía como ordenar sus pensamientos y sentimientos a pesar de la fuerza de su carácter y su bondad. De pronto, sin darse cuenta, se encontraba con Papá Goriot rumbo al nuevo departamento que adquirió Goriot.

Delphine los esperaba y Eugene se conmovió por el esfuerzo de Delphine y su padre. Papá Goriot estaba emocionado porque finalmente estaría cerca de su hija y Delphine estaba ilusionada con su nuevo amor. Todo parecía convertirse en una hermosa luna de miel entre tres.

El día siguiente, Eugene y Papá Goriot iban a abandonar la pensión. Por la mañana Delphine de Nuncigen fue a buscar a su padre para contarle que su marido había invertido los capitales de la pareja en diversos negocios y si ella le obligaba ahora a devolverle la dote, él se vería forzado a declararse en quiebra, mientras que si Delphine espera un año, su marido se compromete a devolverle todos sus bienes multiplicados. Papá Goriot estaba seguro de que todo esto era un embuste y el barón se hacía el muerto para adueñarse de todo el dinero que le había entregado a su hija en dote. La realidad era que el barón obligaba a Delphine a una asociación ímproba a la que debe de acceder so pena de quedar completamente arruinada; a cambio, él toleraría las relaciones extramaritales de su mujer.

Papá Goriot sintió pena y un profundo dolor por la situación de su hija, pero su sufrimiento era mayor cuando veía a cualquiera de sus hijas llorar y padecer desgracias económicas. Delphine estaba consolando a su perturbado padre cuando de pronto, llegó su hermana Anastasie, con otro problema económico que tratar con el pobre hombre. La rivalidad entre hermanas surgió inmediatamente, pero Papá Goriot logró conciliar entre las dos. El problema de Anastasie era que ella había estado pagando las deudas de juego de su amante Máxime y la última deuda la pagó empeñando un collar de diamantes de la familia de su esposo, para que su amante no se suicidara. El conde se enteró de este penoso acto y rescató el collar; le advirtió a su mujer que mantendría el suceso en silencio porque tenían hijos que no merecían la deshonra, pero a cambio, Anastasie debía firmar la entrega de sus bienes cuando él se lo solicitara. Papá Goriot le pidió a su hija que no firmara nada porque él se encargaría de arreglar los problemas de sus “dos ángeles”. Asimismo, Anastasie también le pidió dinero a su padre para poder saldar la deuda de su amante, pues el dinero del collar no había sido suficiente.

Papá Goriot no sabía qué más hacer, ya había vendido todos sus bienes y su pensión para complacer a sus hijas, la única opción que pasaba por su cabeza, era robarlo, pues todo, absolutamente todo, se lo había entregado a ellas. Las dos hermanas se calumniaban mutuamente provocando en Papá Goriot un terrible enfado y mortificación. La cabeza le ardía y les pedía que se detuvieran antes de que lo mataran de ira. Asustado por la conmoción, Eugene entró a la habitación de Papá Goriot y le ofreció a Anastasie el billete de banco con que le había pagado a Vautrin su deuda. La escena se había tornado violenta, Papá Goriot estaba en mal estado físico, Anastasie salió indignada con el billete pero pronto regresó llorando para pedirle perdón a su padre y de paso solicitarle su firma en el billete endosado. Eugene estaba asombrado por la escena y por la actitud de Anastasie. Entre tanto, Papá Goriot requería recostarse por el estado alterado en el que se encontraba. Eugene acompañó a Delphine hasta su casa, pero inquieto por el estado de Papá Goriot regresó a la pensión donde encontró levantado al anciano y apunto de sentarse a la mesa. Sus actos eran extraños y Bianchon comprendió que el estado de Goriot era grave.

Por la noche, Eugene fue a cenar con Delphine y trató de no alarmarla sobre el estado de su padre. Hablaron sobre los sentimientos de Delphine ante su situación y sobre el esperado baile que se celebraría en casa de la señora de Bauseánt en dos días. Aquella noche, Eugene no volvió a la pensión, sentía tentación por quedarse en su nuevo departamento.

Al día siguiente, los enamorados se habían olvidado de Papá Goriot, pero alrededor de las cuatro de la tarde, Eugene fue a la pensión y se encontró con que Papá Goriot estaba muy grave en cama, pues su hija Anastasie había vuelto a pedirle dinero para pagar el vestido de lentejuelas que usaría en la noche del baile. El estado alarmante en el que ya se encontraba Papá Goriot, ahora era crítico. Eugene y Bianchon se turnaron durante la noche para cuidar al enfermo.

Al día siguiente la condesa de Restaud envió a un sirviente a recoger el dinero. Eugene le mandó un mensaje a Delphine advirtiéndole que no había podido visitarla porque esperaba que un médico diagnosticara a su padre, cuyo panorama era desalentador; ya ella juzgaría si asistir o no al baile.

El médico manifestó que el estado del paciente era delicado pero no inminentemente fatal, aunque sí le convendría morirse cuanto antes. Eugene fue a avisarle a Delphine sobre la noticia, pero ésta estaba segura de que Papá Goriot se recuperaría y decidió no visitarlo para asistir al anhelado baile, aunque dio su palabra de cuidarlo durante la noche.

El baile en la casa de la vizcondesa de Bauseánt era el evento más concurrido en París, pues no solo porque ella representaba la moda en París, sino porque todos los invitados deseaban ver la reacción de la vizcondesa ante el escándalo del nuevo matrimonio de su amante, Adjuda-Pinto. Delphine iba hermosamente arreglada y Anastasie llevaba puesto el vestido de lentejuelas y el collar de diamantes para acallar los comentarios de la sociedad. Este espectáculo entristecía a Rastignac, pues en medio de la opulencia y las joyas de las hermanas, veía el camastro pobre en el que yacía Papá Goriot.

La vizcondesa lucía perfectamente bien, pues si sentía dolor por la traición de su amado, no lo demostraba y se desenvolvía estoicamente.

Durante la velada, la vizcondesa le pidió a Eugene, el único en quien confiaba en esos momentos, que fuera a casa del marqués Adjuda-Pinto para entregarle unas cartas. El joven obedeció y regresó con una caja que le entregó el marqués. La vizcondesa llevó a Eugene a su habitación y le confesó que se marcharía de París, pese a la negativa de su marido, para alejarse del dolor y de las falsas apariencias de tranquilidad que debe demostrar a la sociedad. Eugene no había sentido hasta entonces una emoción tan violenta como la que le produjo el contacto de aquel dolor tan noblemente reprimido. Admiraba a su prima, su valentía, su visión respecto a la sociedad y su estoicismo.

Hacia las cuatro de la mañana, la multitud empezó a marcharse. Rastignac se marchó alrededor de las cinco después de haber visto a la vizcondesa de Bauseant subirse al carro que la llevaría a Courcelles, en Normandía para amar y rezar hasta el día en que Dios decidiera retirarla de este mundo.

De regreso en la pensión, Bianchon advirtió que el estado de Papá Goriot era ya irreparable y no le quedaban más de dos días de vida. En cambio, en lo único que pensaba Papá Goriot era en sus hijas, a quienes anhelaba ver con insistencia.

Era necesario prodigarle al viejo ciertos costos para darle una muerte digna, pero ninguno de los jóvenes tenía dinero. Rastignac pensó que podría pedirle dinero a sus yernos y sus hijas, pero se equivocó, pues envió a Cristophe a casa de la condesa Restaud para avisarle sobre el grave estado de su padre cuando su esposo salió a la puerta y se alegró de la muerte segura de su suegro. Parecido ocurrió al llegar a casa de Delphine; ella estaba indispuesta porque se develó en el baile. Cuando Papá Goriot escuchó que ninguna de sus hijas vendría, las maldijo y se lamentó de haber entregado toda su fortuna, pues de tenerla aún, estarían allí lamiéndole las manos y atendiendo a su moribundo padre que no ha hecho otra cosa que sacrificarse por ellas. Sin embargo, lo único que él deseaba con ahínco era que sus hijas fueran a verlo. Eugene le pidió a Bianchon que cuidara a Papá Goriot mientras él iba personalmente a buscar a las hijas. Asimismo, empeñó el reloj que le había regalado Delphine para pagar algunos de los gastos que requería el enfermo.

En casa de los Restaud, Eugene encontró a la condesa desecha en lágrimas debido a los conflictos que tenía con su marido, quien le prohibía visitar a su moribundo padre. Sin éxito, se dirigió a casa de Delphine Nuncigen y el joven le reprendió al decirle que había vendido el reloj para salvar a su padre, pues ninguna de sus hijas mostraba interés alguno.

Delphine saltó de pronto de la cama, le pidió a su criada que la atendiera y dijo que iría a la pensión. Eugene se adelantó contento de poderle avisar al moribundo que una de sus hijas iría a verlo.

El panorama en la pensión era trágico, el cirujano ya no veía mayores esperanzas, Papá Goriot preguntaba insistentemente por sus hijas. La mezquina señora Vauquer, le pidió a Eugene que saldara las cuentas económicas del anciano.

La agonía fue larga y las hijas de Goriott

nunca llegaron mientras él seguía consciente. Un momento antes de perder el conocimiento, Bianchon y Eugene lo levantaron para cambiarle las sábanas cuando de pronto Papá Goriot observó a los jóvenes como si fueran sus hijas y exclamó con fuerza: “!Mis Ángeles!”; su último aliento de conciencia. No era más que cuestión de tiempo para que todo acabara. En aquel momento, llegó la condesa de Restaud. Eugene le aclaró que era demasiado tarde, Goriot había perdido el conocimiento. La aparición de Anastasie fue algo patético. Ella le pedía perdón a su inconsciente padre y lloraba frente a su moribundo lecho. Le confesó a Eugene que su amante, Máxime de Trailles, se había marchado dejando deudas enormes, además de que la engañaba con otras mujeres. Su marido nunca la perdonaría por sus actos y había tenido que dejarlo dueño de su fortuna. Ahora reconocía que el único verdadero amor se lo daba su padre, a quien renegó y lastimó hasta matarlo. Eugene bajó a comer algo cuando apareció la condesa para anunciar que su padre había muerto. Ella se marchó mientras que Bianchon y Eugene fueron a declarar sobre la defunción del anciano. Los huéspedes hicieron comentarios sarcásticos y a los pocos minutos, todo volvió a la normalidad en la pensión.

A la mañana siguiente, ninguno de los dos yernos habían respondido a la petición de Eugene de pagar los gastos de entierro, ni tampoco se había presentado nadie en su nombre.

Rastignac se vio obligado a pagar el sacerdote, el ataúd más barato y los preparativos. Eugene fue a casa de Delphine pero los sirvientes le dijeron que los señores estaban indispuestos por la muerte de Papá Goriot y no recibían a nadie. Rastignac dejó una nota para Delphine donde pedía que vendiera cualquier alhaja para dar una decente morada a su padre, pero el portero le entregó el mensaje al barón y éste lanzó el papel al fuego.

De regreso en la pensión, Eugene vio que la señora Vauquer tenía el medallón de oro de Papá Goriot con los primeros cabellos de sus dos hijas, pero logró quitárselo para enterrar al viejo con lo único que le quedaba de sus hijas.

Únicamente Rastignac y Christophe, con dos empleados de la funeraria acompañaron al carruaje que conducía al féretro a la capilla. El estudiante buscó en vano a las dos hijas de Papá Goriot o sus maridos

Christophe parecía haberse sentido obligado a prestar los últimos servicios a un hombre que la había hecho ganar propinas y a quien había considerado como un buen hombre y honrado, que no perjudicaba a nadie y que nunca hizo mal alguno.

A las seis de la tarde el cadáver de Papá Goriot fue bajado a la fosa, alrededor de la cual se hallaban los criados de sus hijas, que desaparecieron con el clero en cuanto terminó la misa pagada por el estudiante. Eugene miró la tumba y sepultó en ella la última lágrima de hombre joven, avanzó hacia la parte alta del cementerio de donde se podía ver la ciudad entera y exclamó estas grandiosas palabras: “Ahora nos toca a nosotros”.

Personajes[editar]

  • Eugène de Rastignac:Personaje principal. Vive en la pensión Vauquer. Un joven estudiante con grandes ambiciones pero con fuertes valores morales que lo detienen de alcanzar sus propósitos de forma ilícita.
  • Papá Goriot: Personaje principal. Hombre viudo de más de 60 años, padre de dos hijas que están casadas con dos aristócratas de la sociedad parisina. Sacrificado y entregado únicamente para los caprichos de sus hijas, entregó todo su capital para sus dotes y se redujo a la soledad y miseria. Hombre bueno y honrado que no perjudicaba a nadie y que nunca hizo mal alguno, solía ser un astuto vendedor de pastas que vivía de su pensión. Era el hazmerreír de los inquilinos de la pensión Vauquer
  • Vautrin: Personaje secundario de gran peso. Vive en la pensión Vauquer. Hombre de más de 40 años, robusto y de carácter impenetrable que representa el mayor crítico del contrato social. Es una especie de héroe antagonista que promulga varios discursos claves en la novela que cuestionan los valores del joven Eugene y de la sociedad en general. Solía ser delincuente, ahora administrador del capital de presidiario. De carácter fuerte y astuto, difícilmente de penetrar en sus pensamientos. También conocido como “el burlador de la muerte”
  • Delphine y Anastasie: Personajes secundarios. Hijas de Papá Goriot. Vanidosas y superfluas. Existe una fuerte rivalidad entre las hermanas y ambas exprimieron a Papá Goriot hasta dejarlo sin nada.
  • Señora de Bauseánt: Personaje secundario. Importante icono de la moda en la sociedad parisina. Prima lejana de Eugene. De sentimientos nobles y bondadosos que debe someterse a una paulatina esclavitud moral para ocultar sus debilidades sentimentales. Introduce a Eugene en la alta sociedad y se convierte en una mujer admirable para el joven.
  • Señora Vauquer: Personaje secundario. Dueña de la pensión donde se desarrolla la historia; mujer viuda y mayor de 50 años, sin criterio moral, negociante mezquina.
  • Srta. Michonneau: Personaje Secundario. Vive en la pensión Vauquer. Una mujer arruinada física y económicamente, cuyo pasado pareciera haber sido bastante disoluto, y que ahora refugia su humillación viviendo pobremente. Se convierte en personaje clave de la historia de este grupo al denunciar y entregar a la policía al Sr. Vautrin, cuyo nombre verdadero es Jacques Collin.
  • Sr. Poiret:Personaje secundario. Vive en la pensión Vauquer Un personaje intrascendente que acompaña y cuida a la Srta. Michonneau.
  • Srta. Victorine: Personaje secundario. Está enamorada de Eugène. Hija no aceptada de un acaudalado personaje. Vive junto a su tía en la pensión Vauquer. Su padre le niega la parte que le corresponde de su legado, en beneficio de su otro hijo, varón, por lo que la pobre joven vive prácticamente en la miseria.

Influencia[editar]

Papá Goriot fue escrita en 1834 y es considerada dentro de la corriente de realismo francés. Esta obra, no sólo seduce por su trama, sino que sorprende por la lucidez y la capacidad de anticipación del autor. Balzac percibió la sociedad a través de los condicionamientos económicos, anticipándose a las teorías del materialismo histórico. El autor es consciente por completo de que las formas del arte, de la ciencia, de la moral y de la política contemporáneas, son funciones de la realidad material, así como que la cultura burguesa, con su individualismo y racionalismo particular, echa sus raíces en las formas de la economía capitalista, cuyo símbolo máximo es el dinero.

Referencias[editar]

  • Honoré de Balzac, El tío Goriot, trad. de Rafael Cansinos Assens, editada en formato digital por Arca Ediciones, sello editorial de la Fundación-Archivo Rafael Cansinos Assens, en 2013.

Enlaces externos[editar]