Omnipresencia

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
Para otros usos, véase Ubicuo

Se le llama Omnipresencia (o Ubicuidad) a la característica de estar presente en todas partes.

Historia[editar]

La aparición del concepto de omnipresencia vino ligada a la aparición de las religiones monoteístas. El judaísmo es probablemente la primera religión que incorpora esa cualidad a Dios, y fue heredada posteriormente por el cristianismo. Existen multitud de referencias a este atributo de ubicuidad en la Biblia, pero quizás la más clara esté reflejada en Jeremías: Dios es Omnipresente. Está con su ser, saber y poder, donde quiera que exista algo distinto de Él mismo.[1]

Conflictos teológicos[editar]

La inclusión de esta cualidad entre las capacidades de un dios, sumada al atributo de omnipotencia, da lugar a un conflicto teológico denominado paradoja de Epicuro o Problema del mal, según el cual no debería ser posible el mal en un mundo donde Dios está en todas partes y es todopoderoso. Este es uno de los principales argumentos que esgrimen las religiones deístas (que consideran que la divinidad es únicamente creadora del mundo), contra las teístas, (que atribuyen al dios un papel activo).

La escolástica medieval cristiana ha refutado esta cuestión afirmando que la existencia de todas las cosas deriva de Dios, pero no son Dios. Considera que Dios es el acto (ser) puro, que reúne en sí todas las perfecciones, y al ser creados los diversos entes del universo, recibieron el acto de ser por participación divina, reuniendo en sí ciertos actos, y teniendo otros en potencia. El mal, entonces, no se considera como una creación de Dios, sino como una imperfección por ausencia de bien, de forma análoga a como se puede interpretar la oscuridad, no como un ente en sí mismo, sino como ausencia de luz.

La religión cristiana caracteriza a Dios con una serie de perfecciones: es omnipresente, además de omnisciente, omnipotente y omnibenevolente. El cristianismo está sujeto por tanto a este conflicto. Para resolver la paradoja, se achaca la existencia del mal al libre albedrío del ser humano, y se interpreta la cualidad de la omnipresencia divina como voluntaria, y no como necesaria.

El infierno plantea un problema lógico similar, ya que si Dios es omnipresente, debería estar presente allí también. La religión católica justifica esta posible contradicción al considerar que la imagen del infierno que narran las escrituras debe matizarse. Según Juan Pablo II, "El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios"[2]

Referencias[editar]

  1. (Sal. 139, 1-18; Jer. 23:23,24) [1]
  2. «El infierno como rechazo definitivo de Dios». Consultado el 6 de septiembre de 2011.


Véase también[editar]