Ocupación de Lima

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Ocupación de Lima
Guerra del Pacífico
Entrada del ejército chileno a Lima (1881).jpg
Entrada de tropas del ejército de Chile a Lima (17 de enero de 1881).
Fecha 17 de enero de 1881 - 23 de octubre de 1883
Lugar Bandera del Perú Lima, Perú
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La ocupación de Lima por el Ejército de Chile a mediados de enero de 1881 fue un suceso correspondiente a la campaña de Lima, una de las fases terrestres de la Guerra del Pacífico. Para entonces, Chile ya controlaba no solo las provincias de Tarapacá, Arica y Tacna, sino también el mar frente a las costas de Perú; bajo el mando del general Manuel Baquedano, las tropas chilenas, entre 12 000 y 13 000 hombres, habían desembarcado en Chilca y Pisco a fines de 1880 sin oposición peruana.[1] [2]

La ciudad fue defendida por dos líneas: la de San Juan, formada por tropas del ejército peruano y reforzada por las levas en las guarniciones de la sierra, y la de Miraflores, compuesta por reservistas civiles limeños y los sobrevivientes de la primera línea. Los pueblos de Chorrillos y Barranco fueron ocupados el 13 de enero de 1881 —tras la batalla de San Juan o batalla de Chorrillos— y el de Miraflores, el 16 de enero —tras la batalla homónima—.

Tras la derrota en ambas líneas de defensa, la retirada del presidente Nicolás de Piérola a los Andes y la renuncia de Pedro José Calderón, su ministro de Relaciones Exteriores y Culto, el alcalde Rufino Torrico quedó como la máxima autoridad peruana en la ciudad[3] cuando el ejército de Chile la ocupó el 17 de enero.[4]

La ocupación de la capital peruana por tropas chilenas se prolongó desde el 17 de enero de 1881 hasta el 23 de octubre de 1883,[5] [6] [7] cuando, tras la firma del Tratado de Ancón, Miguel Iglesias asumió el gobierno de Perú.

Antecedentes[editar]

Detalle de la zona (1889).

En los años 1880, se ubicaban en la costa cercana a la capital peruana los pueblos de Chorrillos, Barranco y, pasando la quebrada de Armendáriz, el de Miraflores —todos ellos hoy forman parte de Lima y del área metropolitana, al igual que muchas otras localidades—.

En 1881, la provincia de Lima contaba con tres rutas domésticas de trenes: la primera, llamada «Ferrocarril inglés», entre Lima y Callao (1851); la segunda, de Lima a Chorrillos (1858), pasando por Miraflores y Barranco; y la tercera, entre Lima y Ancón (1870). El pueblo de Magdalena, entre Callao y Miraflores, había contado con línea férrea entre 1875 y 1878.

Al ubicarse en la costa, Chorrillos, Barranco, Miraflores y Magdalena eran localidades para el descanso de extranjeros y peruanos pudientes. Había bodegas, centros de esparcimiento, comercios y hoteles que servían a los pobladores y visitantes, bordeados por grandes haciendas que eran campos de siembra cultivados por trabajadores chinos culíes[n 1] y por peones limeños y de la sierra.

13 de enero: Ocupación de Chorrillos y Barranco[editar]

Chorrillos, los efectos de la guerra, enero de 1881.
Malecón de Chorrillos, enero de 1881.

Los chilenos[editar]

Vencida la línea peruana en los campos de San Juan, se combatió en el Morro Solar. Vencidos allí también, los soldados peruanos se replegaron a Miraflores, donde fueron reagrupados por los coroneles Andrés Avelino Cáceres, Ramón Ribeyro y Narciso de la Colina en los reductos Nº 1 (en el malecón), Nº 2 (en Miraflores) y Nº 6 (en Surquillo).

Próximo al Morro Solar se encuentra el balneario de Chorrillos, donde luego de la batalla quedaron civiles, soldados heridos y otros defendiendo el pueblo. Al entrar en el pueblo, los soldados chilenos lo hicieron en desorden, lo que produjo combates casa por casa con los peruanos, incendiando las viviendas para sacarlos. Armado como fuerte, el Salto del Fraile también fue derrotado por los soldados chilenos.

Entre las viviendas, se encontraban bodegas de pisco, que los soldados chilenos saquearon embriagándose, con lo que todo control de mando se perdió. Se produjeron riñas y asesinatos entre los propios chilenos[8] al pelearse por comida y licores. Todo esto conllevó al saqueo, asesinatos de civiles y violación de mujeres.[9]

Los soldados que habían quedado dispersos [...] empezaron a llegar con jarros, caramañolas y botellas todas llenas de pisco o vino [...] otros traían quepis de soldados peruanos muertos [...] Con todo esto la algazara que se formó entre los soldados fue cundiendo a medida que iban pasando larguísimos tragos del exquisito pisco [...] En el pueblo la borrachera subió de punto. Los soldados mataban, saqueaban y bebían a discreción [...]
Desde ese puesto de avanzada sentíamos la bulla de la soldadesca ebria del infeliz pueblo de Chorrillos. El incendio parecía crecer más cada momento. Detonaciones de rifles se sentían continuamente, y eran balazos que se tiraban unos a otros. Esa fue la noche triste de Chorrillos.[9]

Justo Abel Rosales, oficial chileno del Regimiento Aconcagua, en Mi campaña al Perú: 1879-1881, p. 35-36.

El jefe ú oficial que intentara contener a sus soldados, era victimado sin compasión. Había que dejarles que incendiaran el último rancho, que se consumiera la última botella de licor. La Reserva que fuera de Chorrillos tenían los chilenos, también se desbandaba. No podían los rotos permanecer arma al brazo cuando tan cerca tenían la remolienda, es decir, el saqueo, el incendio y el licor. Los centinelas abandonaban sus puestos. El ejército chileno no existía. Era una manada de fieras embrutecidas que rodaban por el suelo como odras llenas de alcohol. Por la noche, las llamas subían al cielo, rugían, lo devoraban todo. La gran hoguera alumbraba las más espantosas escenas que recuerda la historia de América.[10]

Víctor Miguel Valle Riestra, oficial peruano, sub jefe del Estado Mayor del Ejército del Norte.

Tan pronto terminó la lucha, las tropas irrumpieron en las tabernas y las tiendas que vendían aguardiente, se emborracharon rápidamente y perdieron el control de sí mismos, y se dio lugar a escenas de destrucción y horror, que yo creo ha sido raramente visto en nuestros tiempos; las casas y las propiedades fueron destruidas, los hombres discutían y se disparaban entre ellos como medio de diversión, las mujeres fueron violadas, los civiles inocentes fueron asesinados. El cementerio se convirtió en un lugar en donde los soldados beodos practicaron sus orgías y hasta abrieron las tumbas para remover los cadáveres y dar paso a sus compañeros embriagados.[11]

William A[lison]. Dyke Acland, capitán de fragata inglés, citado en Opiniones Controversiales (Borges, Palma Mariátegui).

La mayoría de las viviendas del distrito de Barranco eran propiedades de extranjeros, quienes habían huido, por lo que no hubo enfrentamientos allí. Los pueblos de Chorrillos y Barranco fueron incendiados.

El ejército chileno tuvo problemas para organizar una tropa sobria esa noche, temiendo el ataque de Nicolás de Piérola, cosa que no sucedió pese a que sus oficiales se lo pidieron.[3]

Los peruanos[editar]

Finalizados los enfrentamientos en San Juan, se combatió en el Morro Solar y luego en las calles de Chorrillos. Las últimas líneas peruanas dejaron el pueblo que ya había sido ocupado por las fuerzas chilenas. Un tren llegó a Chorrillos con nueva tropa peruana, pero al ver que la ciudad estaba tomada retrocedió sin producirse contienda alguna.

En su diario de campaña, el subteniente chileno Alberto del Solar recogió el relato que le habría entregado uno de los oficiales peruanos que se esforzaron por hacer de Chorrillos un punto defensivo,[12] que estaba prisionero entre las filas chilenas y cuyo nombre omitió, que describiría la situación que se produjo allí.

Al avanzar en su relato, el joven [...] se demostraba conmovido y preocupado. ¿Habría cumplido con su deber o habría extralimitado un derecho? El lector juzgará. [...]

He aquí la narración del prisionero, cuyo nombre prometí respetar: [...]
Comenzó el combate, y después de diez horas de lucha encarnizada, Chorrillos iba ya a caer en poder de ustedes. [...] Muchos jefes nos abandonaban corriéndose hacia Lima y dejándonos sin dirección, sin órdenes, en medio de las calles de la ciudad. [...] Chilenos y peruanos penetraban en las casas, se herían mutuamente y, sedientos, se alzaban unos y otros con las botellas que al acaso hallaban a mano, bebían, vociferaban y continuaban peleando y llevando a término, más feroces aún si cabe, la obra común de exterminio, casi idéntica en el ataque y en la desesperada defensa.
Embriagados muchos de ellos por el vino, no reconocían ni respetaban jerarquía.
Los oficiales que aún quedábamos en nuestros puestos corríamos en todas direcciones y procurábamos agrupar a los que aquí y allá se repartían.
¡Tentativa vana! ¡O no lográbamos hacernos oír, o no podíamos contener a los que nos oían!

Aquellos a quienes dominaba el pánico, huían. Pero otros, embriagados, como lo he dicho ya, por el licor y por la pólvora, se habían convertido en fieras rabiosas.[13]
Presunta narración de un oficial peruano prisionero según el subteniente chileno Alberto del Solar, en Diario de campaña: La noche de Chorrillos.

No existen otras fuentes que relaten desmanes de peruanos en Chorrillos. Alberto del Solar no narra desmanes de soldados chilenos en Chorrillos.

14 de enero: La tregua[editar]

Tanto el mando chileno como el peruano intentaron una tregua y un armisticio el 14 de enero. Como parlamentarios de la tregua, se encontraban los cónsules Jorge Tezanos Pinto de El Salvador, M. de Vorges de Francia y Spencer Saint John de Gran Bretaña, quienes llegaron a Chorrillos en tren con bandera blanca. Su interés era salvaguardar las propiedades de Lima, entre ellas los bienes y las propiedades de los extranjeros neutrales. Con ese mismo fin, marinos italianos y británicos desembarcaron en Chorrillos después de su ocupación por el ejército de Chile.

El coronel Miguel Iglesias había sido capturado por Baquedano y luego liberado para transmitir a Piérola un armisticio pidiendo los buques del Callao y el desarme de los fuertes. Los buenos oficios de los cónsules intentaron iniciar la paz; sin embargo, esto no tuvo éxito. Tras acordar no abrir fuego hasta conocer los resultados de las gestiones, Baquedano efectuó un reconocimiento de las tropas chilenas;[1] las fuerzas peruanas, al interpretar estos movimientos como el inicio de un ataque, violaron el armisticio y rompieron el fuego.[1] [14]

Creemos que, como suele ocurrir generalmente en la guerra, la batalla se empeñó de un modo casual. El general Baquedano cometió la ligereza de acercarse a las líneas enemigas; uno de los generales se lo estaba advirtiendo en ese momento. La vista del numeroso grupo de oficiales debió tentar a algunos soldados [peruanos] o quién sabe si éstos pensaron que aquello era un ataque.[3]

Teniente de marina francés E. M. Le León, agregado naval como observador neutral al Estado Mayor chileno.

Lo anterior desencadenó la batalla, y posteriormente el bombardeo de los buques chilenos sobre Miraflores, mientras Piérola se encontraba en la casa del banquero Guillermo Shell, alcalde de Miraflores, para recibir a Jorge Tezanos Pinto, cónsul de El Salvador.

16 de enero: Ocupación de Miraflores[editar]

Los peruanos[editar]

De los diez reductos de defensa en Miraflores, solo entraron en combate tres. Producida la derrota en ellos, los peruanos hicieron fuertes en las casas del pueblo combatiendo al paso de la tropa chilena. Miraflores estaba minada, lo que causó víctimas chilenas.[8] El pueblo también fue incendiado y saqueado por la tropa chilena así como bombardeado por la armada chilena para facilitar la ocupación. Los heridos fueron repasados y otros prisioneros fusilados. Los comandantes chilenos ordenaron prender fuego a los depósitos de alcohol para evitar mayores desmanes de la tropa, pero, en el caos general, aquella orden no fue totalmente cumplida.

En Miraflores, el subteniente chileno Byssivinger fue muerto por sus soldados cuando defendía la vida de un oficial peruano prisionero. El comandante Baldomero Dublé Almeyda, que intentó imponer el orden a los soldados dispersos, también cayó muerto por una bala extraviada. Los chilenos muertos fueron enterrados en tumbas cavadas por peruanos prisioneros en los cementerios que existían en la ciudad.

Nicolás de Piérola contrató al estadounidense Paul Boyton para hundir los blindados Cochrane, Huáscar y el transporte Amazonas[3] y encargarse de los torpedos durante el bloqueo al Callao. Boyton fue capturado por las tropas chilenas el 17 de enero, cuando se hizo conocido como «el hombre torpedo», pero escapó el 14 de abril de 1881, cuando ya había sido sentenciado a muerte.[15] Las naves peruanas del Callao fueron hundidas por los propios peruanos —entre ellas, la corbeta Unión y el monitor Atahualpa, que habían venido a defender el puerto— por orden del prefecto y comandante de las baterías Germán Astete.

Ya en la ciudad de Lima, el presidente Piérola disolvió la retaguardia peruana y se retiró a los Andes.[n 2]

Los italianos[editar]

La embajada italiana, así como las demás, declaró «la más absoluta neutralidad» en el conflicto, añadiendo que aquellos que actuaran en él lo harían sin protección del Reino de Italia.[16] La colonia italiana en Perú colaboró con la colecta nacional para la guerra.[16] Algunos peninsulares combatieron junto con los peruanos;[n 3] en Chorrillos, trece bomberos italianos fueron fusilados al tratar de combatir los incendios provocados por las tropas chilenas,[17] mientras que otros dirigieron las minas que estallaron en Miraflores,[n 4] sorprendiendo el paso de la tropa de Chile en la ocupación;[8] otros ayudaron en la guardia urbana extranjera en Lima o en ambulancias.

17 de enero: Ocupación de Lima y el Callao[editar]

Preparativos para la ocupación[editar]

Tras los hechos ocurridos en Chorrillos, Barranco y Miraflores, cerca de 3000 limeños se refugiaron en Ancón, donde la flota neutral estaba anclada.[4] Los buques extranjeros en el Callao, las casas de extranjeros, las viviendas y los locales consulares, así como todos los lugares que se consideraban neutrales en la guerra estaban llenos de peruanos refugiados.

En la costa de Lima, se encontraban los almirantes Bergasse du Petit-Thouars, comandante francés del Victorieuse, J. M. Stirling, comandante británico de la fragata blindada Triumph, y G. Sabrano, comandante italiano del Garibaldi. Preocupados por la protección de los neutrales, los almirantes firmaron una resolución llamada «Memorándum de Tallenay».[18] En las reuniones efectuadas en el cuartel chileno en Miraflores[4] para llevar a cabo la ocupación de la capital peruana, el general Manuel Baquedano se entrevistó con representantes del cuerpo diplomático y con Bergasse du Petit-Thouars y Stirling, con quienes firmó un acuerdo para ocupar pacíficamente la ciudad.

El almirante Stirling y yo esperábamos producir sobre los chilenos cierta presión sin formular amenazas y creo que hemos estado bien inspirados [...] Lima llegó a ser salvada de una destrucción casi cierta de parte de los chilenos después de las dos batallas perdidas por Piérola: esta ciudad fue ocupada pacíficamente por los chilenos.[3]

Abel-Nicolas-Georges-Henri Bergasse du Petit-Thouars.

Bajo el amparo de los cónsules y los almirantes extranjeros, se iniciaron las conversaciones entre el general Baquedano y el alcalde Rufino Torrico con el fin de acordar la entrada del ejército chileno a la capital peruana para que no se repitiera en ella la destrucción de Chorrillos, Barranco y Miraflores. Baquedano pidió que Torrico desarmara primero las baterías ubicadas en los cerros que circundaban Lima para evitar combates entre peruanos y chilenos en la ciudad.

Desmanes en Lima[editar]

Quintín Quintana, comerciante chino que ayudó al general chileno Patricio Lynch durante la Guerra del Pacífico.

Sin embargo, a su regreso a Lima, el alcalde Rufino Torrico encontró los desmanes que los dispersos peruanos realizaban contra chinos culíes y sus comercios, información que comunicó al cuerpo diplomático extranjero.

En la ciudad se encontraban tanto la retaguardia disuelta proveniente del Callao como los soldados en retirada de Miraflores, quienes cometieron asesinatos y saqueos principalmente contra chinos culíes.[n 5] [n 6] Los ataques también se produjeron contra comerciantes chinos puesto que se negaban a aceptar billetes peruanos —los ataques y asesinatos contra chinos culíes a manos de negros y montoneros peruanos continuaron durante los siguientes meses en el Callao, Cañete y Cerro Azul; al finalizar la guerra, se contaron entre 4000 y 5000 chinos muertos—. También fueron atacados algunos extranjeros que defendían las propiedades de los chinos e intentaban salvarlas del incendio, y asaltadas las tiendas de otros extranjeros.

Millares de soldados dispersos corrían las calles tratando de reunirse para una tercera batalla, al toque de las campanas de la Catedral [...] La tropa, acosada por el hambre, quería comer en las chinganas... Ocurrió en esto que un asiático se negó a recibir en pago un de los billetes llamados incas. El celador con quien altercaba, defendiéndolas, dio muerte al celador. El muerto atrajo gente, el populacho pidió venganza, y aprovechando el cabe, se lanzó sobre las tiendas chinas de las vecindades. Bien pronto volvieron al tema del día: los chinos. Sus tiendas fueron asaltadas, robadas y quemadas muriendo entre las ruinas muchos de sus infelices propietarios.

Relato del cronista chileno Daniel Riquelme.

[E]l domingo 16 [...] el saqueo de tiendas, zapaterías y depósitos empezó muy temprano en algunas calles. En la muy extensa de Malambo, donde abundan negros y mulatos, hubo violencia desde las tres de la tarde; en el centro de la ciudad, desde las 5. Los depósitos de víveres robados fueron muy pocos: de chinos muy pobres, de algunos italianos. Los ricos almacenes de mercaderías asiáticas de las calles de Espaderos, Melchor Malo y Bodegones; algunos establecimientos europeos de ropa hecha y todas las tiendas y casas ricas de préstamos asiáticas de Zavala, Albaquitas, Paz-Soldán, Capón, Hoyos, Mercedarias y otras, fueron atacadas en la noche, antes de que las colonias extranjeras pudieran organizarse y prestar importantes servicios que salvaron la capital [...] Ese pueblo de Lima, tan encomiado por su prensa, «cuyos pechos y cadáveres —decía— formarían una valla infranqueable para el invasor»; esos soldados que habían huido ante el enemigo, entraron a la capital a incendiar, a robar y a asesinar en sus hogares a los más laboriosos e indefensos de sus confiados huéspedes.[14]

Relato del ciudadano colombiano Vicente Holguín.

Para detener estos desmanes y evitar otros, el alcalde Torrico entregó armas al jefe de bomberos del muelle Dársena, el señor Champeaux, para que formara una guardia urbana —conformada por bomberos extranjeros pertenecientes a las compañías «Roma», «France» y «Británica Victoria»— que tuvo como objetivo resguardar la ciudad y desarmar a los dispersos y bandoleros que atacaban a los comerciantes chinos y extranjeros, y asaltaban sus tiendas.[21] [22]

Muy laudables fueron los esfuerzos y la abnegación con la que la mayor parte de los extranjeros salvaron Lima. Las bombas francesa, inglesas e italianas, servidas por sus respectivas colonias y apoyadas por las demás, luchaban contra el incendio bajo el fuego de los que huyeron ante los chilenos.[14]

Relato del ciudadano colombiano Vicente Holguín.

Los incendios continuaron durante toda la noche y los «bomberos» tuvieron que luchar con los soldados para poder extinguirlos, muriendo algunos de ellos, uno de los ingleses y algunos de los italianos. Como el desorden continuaba en la mañana, Mr. Champon, el Jefe de la «Guardia Urbana» [...] resolvió tomar cartas en el asunto y dispuso que la Guardia saliera [...] y se la puso a trabajar fusilando en la forma más deliberada a los soldados, sin ofrecer cuartel [...] La Guardia Italiana, en la parte baja de la ciudad, mató a un gran número, teniendo en un caso que cargar a la bayoneta, sufriendo, me parece, la pérdida de algunos de sus hombres [...] Esta clase de cosas no fue del agrado de los soldados, pues pronto desaparecieron todos ellos y por la noche la ciudad se encontraba de nuevo tranquila.[22]

Carta de Robert Ramsay Sturrock.

La guardia urbana extranjera restauró el orden en la ciudad —por su acción, las señoras de Lima condecoraron a los integrantes de la guardia con una medalla—,[n 7] lo que posibilitó el ingreso ordenado del ejército chileno en la capital peruana.

A pedido del cuerpo diplomático extranjero, Torrico envió a Baquedano la siguiente carta (ortografía original):

Municipalidad y Alcaldía de Lima

Lima, Enero 17 de 1881
Señor General
A mi llegada ayer a esta capital, encontré que gran parte de las tropas se habían disuelto, y que había un gran número de dispersos que conservaban sus armas, las que no había sido posible recoger. La guardia urbana no estaba organizada todavía y no se ha organizado ni armado hasta este momento; la consecuencia, pues, ha sido que en la noche los soldados, desmoralizados y armados, han atacado las propiedades y vidas de gran número de ciudadanos, causando pérdidas sensibles con motivo de los incendios y robos consumados.
En estas condiciones, creo de mi deber hacerlo presente a V. E. para que, apreciando la situación, se digne disponer lo que juzgue conveniente.
He tenido el honor de hacer presente al Honorable Cuerpo Diplomático, esto mismo, y ha sido de opinión que lo comunique a V. E. como lo verifico.
Con la expresión de la más alta consideración, me suscribo de V. E. su atento y seguro servidor.
R. Torrico

Al señor General en Jefe del Ejército chileno.- Miraflores.[23]
Carta de Rufino Torrico, alcalde de Lima, al general en jefe del Ejército chileno Manuel Baquedano.

Ingreso del ejército de Chile a Lima[editar]

Tropas del Ejército de Chile entrando en Lima, Perú (1881).

Cerca de las 16:00[24] del lunes 17 de enero de 1881, las fuerzas de avanzada chilenas ocuparon Lima.[4] Dirigidos por el comandante de la II División coronel Emilio Sotomayor, entraron los regimientos Buin 1.º de Línea y Zapadores, el batallón Bulnes, los regimientos de caballería Granaderos y Cazadores a Caballo, y una brigada de artillería. El Buin se dirigió a la penitenciaría; el Zapadores, al Cuartel de la Guardia Peruana; y el Bulnes, al Palacio de Pizarro.[21]

A las 4 de la tarde empezó a entrar a Lima una parte escogida del ejército chileno, Lima parecía en ese momento un cementerio, nadie salió a las calles, salvo algunos extranjeros curiosos.[24]

Manuel José Vicuña, «Carta política».

En la tarde del lunes 17 entraron a Lima los primeros batallones chilenos [con] actitud digna, circunspecta y grave [...] El ejército de Chile hizo su entrada con una moderación que ponía de manifiesto la disciplina de los soldados y la sensatez de sus jefes.[14]

Relato del ciudadano colombiano Vicente Holguín.

Parecía un día de gran fiesta. A la luz de un espléndido sol, banderas extranjeras de todas las naciones ondearon sobre la mayor parte de los techos, sobre casi todas las puertas de las tiendas completamente cerradas. Numerosísimas eran las legaciones, los consulados, las Cancillerías diplomáticas y consulares, los asilos para extranjeros. 'Es una ciudad de cónsules', dijo un soldado chileno entrando. Si un aeronauta venido de la luna hubiese visto a la ciudad así embanderada y en apariencia tranquila, no se hubiera imaginado que un ejército enemigo estaba entrando en ella. La marcha de la tropa chilena fue admirable por su orden, disciplina y contención, ni un grito, ni un gesto. Se diría que eran batallones que regresaban de ejercicios.[3]

Pietro Perolari-Malmignati, Il Perù e i Suoi Tremendi Giorni (1878-1881): Pagine d'Uno Spettatore.

El martes 18 de enero, el general Baquedano entró en la capital peruana con el grueso del ejército, que se estableció en cuarteles de Lima y Callao (Real Felipe, Santa Catalina, Barbones y otros), en edificios públicos y privados. El coronel Pedro Lagos eligió la Biblioteca Nacional como cuartel de su batallón. Ese mismo día, la I División de Lynch se dirigió al Callao.

[L]os chilenos entraron el martes (al día siguiente que los desórdenes se aplacaron), en perfecto orden, constituyendo un gran espectáculo. Primero venían los 30 cañones Krupp con todas sus cureñas y servidores de las piezas, después dos regimientos de infantería y, finalmente tres regimientos de espléndida caballería. Las bandas tocaron música muy tranquila, ninguna canción nacional ni nada que pudiera ofender, y después de marchar alrededor de la plaza, los soldados se fueron tranquilamente a los cuarteles. La bandera chilena se ha izado ahora en el Palacio y todo está muy quieto.[22]

Carta de Robert Ramsay Sturrock.

La ocupación militar[editar]

Palacio de Gobierno del Perú (1881).jpg
Bandera Chile Palacio Lima Perú.JPG
Vistas del Palacio de Gobierno del Perú durante la ocupación chilena.

La ocupación se prolongó desde el 17 de enero de 1881 hasta el 23 de octubre de 1883, cuando Miguel Iglesias asumió el gobierno de Perú. Tras el regreso de Baquedano a Chile, se sucedieron los generales Cornelio Saavedra y Pedro Lagos en el comando y gobierno de la ciudad; el 17 de mayo de 1881, el gobierno chileno designó al contraalmirante Patricio Lynch como general en jefe del ejército de operaciones y jefe político de Perú.[3]

El 10 de marzo de 1881, las tropas chilenas comenzaron a ocupar varios recintos culturales —como la Biblioteca Nacional,[25] [26] que entonces poseía una cifra estimada de unos 35 000 a 50 000 volúmenes,[27] [28] la Universidad de San Marcos,[29] el Colegio San Carlos, la Escuela de Minas y la Escuela de Medicina—, donde se incautaron objetos y bienes artísticos y culturales. A Chile arribaron por vía marítima, en dos envíos de la Intendencia General del Ejército, 103 grandes cajones y otros 80 bultos, que llegaron a la Universidad de Chile, siendo recibidos y catalogados por Ignacio Domeyko y Diego Barros Arana. En agosto de 1881, se publicó el inventario realizado bajo el título «Lista de libros traídos de Perú» en el Diario Oficial.[27] En el trayecto a Chile, varios textos de la biblioteca se extraviaron porque la prioridad era el armamento, quedando un buen número en manos de privados.[30]

A fines de noviembre de 1883, Ricardo Palma informó que quedaban poco más de 700 libros en la biblioteca y empezó a recolectar, junto con Ricardo Rossel y otros, casa por casa y personalmente, los que se hallaban en poder de particulares en Lima. En 1884, solicitó a Chile la devolución del material requisado, el cual tuvo eco en Santiago y, por orden del presidente Domingo Santa María, recibió la devolución de 10 000 libros para la Biblioteca de Lima. De todos modos, algunos libros peruanos permanecieron en Chile mucho después y los gobiernos de ambos países iniciaron conversaciones para su devolución.[31] El 5 de noviembre de 2007, tras una investigación histórica, bibliográfica y de sus catálogos, la Dibam devolvió 3788 libros originalmente de propiedad de la Biblioteca de Lima, por los sellos y rúbricas estampados, y que se encontraban en la Biblioteca Nacional de Chile y en la Biblioteca Santiago Severín de Valparaíso.[32] [33] [34] El 24 de marzo de 2008, el gobierno de Chile anunció también la devolución de 77 volúmenes y 32 manuscritos que fueron requisados durante la ocupación y que pertenecían al archivo de ministerios y del ejército del Perú.[30]

Por otro lado, las más ricas familias limeñas debieron pagar cupos de guerra a las fuerzas de ocupación para salvaguardar sus propiedades.[35]

Lima vivía recogida en el orgullo reconcentrado de sus viejos recuerdos. La sociedad pasaba su tiempo encerrada en sus habitaciones, viendo pasar por entre los bastidores de sus ventanas esos uniformes odiados que le recordaban el deudo muerto, el hijo o el amigo ausente en el interior, sufriendo penalidades por seguir a un caudillo que les ofrecía una victoria segura [...]. Todo era mustio y triste en Lima. Sus damas de distinción, las representantes de su aristocracia de nobilísimos blasones, no salían de su domicilio sino para ir a las iglesias el domingo, y solamente allí se las veía desfilar, envuelto y casi cubierto el rostro con sus mantillas, como una protesta de aislamiento contra los invasores. La vida social estaba suspendida por completo. Ni teatros ni fiestas. En los hoteles y restaurants dominaban los oficiales chilenos, a los cuales vigilaba severamente el general en jefe. La vida era apacible y tan tranquila como podía serlo dada la situación de la ciudad. Lynch había impuesto el orden.[36]

Gonzalo Bulnes, «Capítulo IV. El Perú a fines de 1881 - V. Lima durante la ocupación», Guerra del Pacífico.

Leyendas han difundido el rumor de que algunas estatuas ubicadas en el cerro Santa Lucía en Santiago, en la plaza de La Victoria en Valparaíso y en otros lugares habrían sido llevadas a Chile desde Perú;[37] [38] sin embargo, ellas son infundadas, por cuanto las esculturas en el cerro Santa Lucía datan de su remoledación en 1872, a iniciativa del intendente Benjamín Vicuña Mackenna,[39] y las ubicadas en la plaza de La Victoria fueron encargadas a Francia por el intendente Francisco Echaurren en 1875.

El gobierno peruano[editar]

El 22 de febrero de 1881, un grupo de notables eligió a Francisco García-Calderón como «presidente provisional» en el pueblo de Magdalena, que quedó como territorio libre y fuera de la autoridad militar chilena.[36] Posteriormente, el 5 de septiembre, el comandante en jefe del Ejército de Ocupación, Patricio Lynch, ordenó el desarme de las tropas acantonadas en Magdalena, Miraflores y Chorrillos, lo cual se verificó sin resistencia, quedando las armas y municiones en los cuarteles chilenos.[3]

Al negarse a firmar un tratado con desmembración territorial, García-Calderón fue apresado y deportado a Chile a bordo del blindado Cochrane el 6 de noviembre de 1881 —debido a esto, García-Calderón es conocido como «El presidente cautivo» en Perú—. El 15 de noviembre, fue sucedido en el gobierno provisional por el contralmirante AP Lizardo Montero Flores, quien inició negociaciones con el Gobierno chileno —sin embargo, su negativa a la cesión de territorios lo obligó a trasladar el Congreso a Arequipa, donde continuó en funciones hasta el 28 de octubre de 1883—.

El gobierno de Nicolás de Piérola se encontraba en Ayacucho y no tuvo reconocimiento, por lo que dimitió en Tarma el 28 de noviembre de 1881.[3] Posteriormente, en el norte de Perú el 30 de diciembre de 1882, se autoproclamó como presidente Miguel Iglesias, quien inició conversaciones con el gobierno de Chile el 3 de mayo de 1883 y accedió a la cesión territorial; el Tratado de Ancón fue suscrito el 20 de octubre de 1883 y ratificado por los Senados de ambos países entre enero y marzo de 1884.

Divergencias historiográficas[editar]

Existen divergencias en la posición chilena sobre el saqueo en Lima. Para Sergio Villalobos, si bien existió un desvalijamiento de Lima por parte del Ejército de Chile, especialmente de la Biblioteca Nacional, la idea de un saqueo violento formaría parte de la mitología peruana.[38] [40] En el último capítulo de la serie de televisión Epopeya, Villalobos reiteró su postura, mientras que el también chileno Alfredo Jocelyn-Holt señaló que sí lo hubo.[41]

La historiografía peruana enfatiza el saqueo y vandalismo que los chilenos infligieron sobre diversos establecimientos públicos y privados de Lima, entre ellos la Biblioteca Nacional, la Universidad de San Marcos, el Colegio Guadalupe, la Escuela de Ingenieros, la Escuela de Artes y Oficios, la Escuela Militar, la Imprenta del Estado, el Palacio de la Exposición, el Jardín Botánico, etc. No solo se trasladaron miles de libros a Chile, sino que muchos otros fueron vendidos o destruidos. Igual suerte tuvieron muchos documentos del Archivo Nacional. Obras de arte, instrumentos científicos y de enseñanza, maquinarias, entre otros enseres, fueron también considerados como botín de guerra. También los historiadores peruanos señalan los vejámenes que padecieron los pobladores de la ciudad durante los años que duró la ocupación.[3] [42]

Por otro lado, el saqueo que sufrieron los culíes y comercios de chinos en Lima por obra de soldados peruanos desbandados tras la batalla de Miraflores se produjo como reacción al apoyo que un grupo de culíes dieron a las fuerzas chilenas, habiéndose incluso extendido el rumor de que espías culíes en Lima habían facilitado información a los chilenos, indicándoles las rutas convenientes para la toma de la ciudad; sin embargo, esto último no se ha demostrado.[3] Cuando el ejército de reserva ocupó su puesto en Miraflores, la capital peruana quedó sin guarnición —incluso la Guardia Civil fue enviada al frente—;[1] lo anterior habría dejado campo abierto para que se produjeran dichos desmanes.

Notas y referencias[editar]

Notas[editar]

  1. Los chinos culíes habían sido importados desde Macao a partir de 1849 para laborar en condiciones de semiesclavitud en la agricultura de la costa peruana.
  2. También se retiró a la sierra Andrés Avelino Cáceres, quien actuó posteriormente en la Campaña de la Breña o Sierra.
  3. Véase Premio pecuniario al súbdito italiano don José Antonio Cerruti otorgado por el Congreso del Perú
  4. Véase Premio pecuniario al súbdito italiano don Pablo Pomi otorgado por el Congreso del Perú
  5. En el bloqueo de Iquique (1879), los chinos culíes incendiaron y saquearon el puerto peruano, contribuyendo en la ofensiva chilena.[19]
  6. Tras el combate de El Manzano (27 de diciembre de 1880), algunos chinos culíes, esperando liberarse de sus dueños, se pusieron a servir como cargadores del ejército chileno.[20]
  7. Véase Medalla de las señoras de Lima a la Guardia Urbana Extranjera, 1881

Referencias[editar]

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  2. Rojas, Luis Emilio (1991). Nueva Historia de Chile. Santiago: Gong Ediciones. 
  3. a b c d e f g h i j k Basadre, Jorge (1983). «Capítulos VII: Las vísperas de la lucha por la capital peruana, dictadura y la situación bélica, submarino, minas, brulotes. Lynch en el norte peruano. Las negociaciones en el Lackawanna, VIII: La expedición a Lima y la defensa de la capital por el ejército improvisado y por las improvisadas milicias capitalinas y IX: La búsqueda de la paz sin cesión territorial bajo espejismo de la mediación norteamericana. El circunscrito gobierno de García Calderón. Piérola en la sierra y la dimisión del 28 de noviembre de 1881. El viraje total de la política de Estados Unidos». Historia de la República del Perú (1822-1933): La guerra con Chile (1879-1883) (7.ª edición). Lima: Universitaria. 
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Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]