Neurosis de guerra

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La neurosis de guerra no es una entidad clínica en sí misma. Pertenece a la categoría de la neurosis traumática definida en 1889 por Hermann Oppenheim (1858-1919), quien la describió como una afección orgánica consecutiva a un traumatismo real que provocó una alteración física de los centros nerviosos, acompañada de síntomas psíquicos: depresión, hipocondría, angustia, delirio, etcétera.

Es conocido el empleo que hizo Sigmund Freud de esta neurosis en su discusión sobre la etiología de la histeria, a partir de la doctrina funcionalista de Jean Martin Charcot: la noción de trauma fue entonces traspuesta desde el dominio físico y orgánico al plano psicológico, desembocando en una nueva concepción de la neurosis, basada primero en la teoría de la seducción, y después en la de conflicto defensivo. La neurosis se convertía de tal modo en una afección puramente psíquica, con lo cual caducaba la idea de la simulación, tanto para los adeptos del organicismo como para los partidarios del funcionalismo o la causalidad psíquica.

Con la Primera Guerra Mundial se reactivó el interminable debate sobre el origen traumático de la neurosis. Las jerarquías militares recurrieron a psiquiatras de todas las orillas para que trataran de desenmascarar a los simuladores, sospechosos (como en otro tiempo las histéricas) de ser falsos enfermos, es decir mentirosos, desertores, malos patriotas. En este contexto se produjo en Viena, en 1920, en el marco de una resonante polémica, el primer gran debate sobre el estatuto de la neurosis de guerra. El poder de los Habsburgo se había derrumbado, y Austria, como subrayó Stefan Zweig, no era en el mapa de Europa más que un resplandor crepuscular, una sombra gris incierta y sin vida de la antigua monarquía imperial.

Este asunto, que iba a ser totalmente exhumado por Kurt Eissler, comenzó con una acusación del teniente Walter Kauders contra el psiquiatra Julius Wagner-Jauregg, a quien se atribuyó haber utilizado un tratamiento eléctrico para atender a soldados afectados de neurosis de guerra, y de hecho considerados simuladores. Freud fue entonces convocado como experto por una comisión investigadora, para que diera su opinión sobre el eventual delito de Wagner-Jauregg. En el informe, Freud se mostró muy moderado con el psiquiatra, pero en cambio criticó con suma violencia, no sólo el método eléctrico, sino también la ética médica de quienes lo utilizaban. Recordó que el deber del médico es siempre y en todas partes ponerse al servicio del enfermo, y no de cualquier poder estatal o bélico, y estigmatizó la idea de la simulación, incapaz de definir la neurosis, fuera de origen traumático o psíquico: "Todos los neuróticos son simuladores -dijo-, simulan sin saberlo, y ésta es su enfermedad".

La implantación progresiva del psicoanálisis en los diferentes países occidentales transformó la mirada psiquiátrica sobre la cuestión de la neurosis de guerra, y en Gran Bretaña, durante la Segunda Guerra Mundial, se desarrolló una reflexión nueva en torno a las tesis de John Rickman y Wilfred Ruprecht Bion, mientras que en Alemania varios psicoanalistas, bajo la dirección de Matthias Heinrich Göring, participaron en la elaboración de una psicoterapia de guerra al servicio del nacional socialismo.

Históricamente, la cuestión de la neurosis de guerra es tan antigua como la guerra misma. La idea de que las tragedias sangrientas de la historia pueden inducir en los sujetos -normales- algunas modificaciones del alma o del comportamiento se remonta a la noche de los tiempos. Todos los trabajos del siglo XX sobre los traumas vinculados con la guerra, la tortura, el encierro o situaciones extremas, confirmaron la tesis freudiana: esos traumas son a la vez específicos de una situación determinada, y reveladores en cada individuo de una historia que le es propia. En otras palabras, los períodos llamados "de trastornos" favorecen menos la eclosión de la locura o la neurosis que el drenaje de sus síntomas en forma de traumas. Por ejemplo, el suicidio explícito, la melancolía, son menos frecuentes cuando la guerra justifica la muerte heroica, y las neurosis son más numerosas y manifiestas cuando la sociedad en la que se expresan presenta todas las apariencias de la estabilidad. Charcot teatralizó la histeria quince años después de la Comuna de París, en el momento en que la calma republicana parecía haber triunfado sobre las convulsiones revolucionarias, y Freud identificó las causas sexuales de la neurosis, renunciando al trauma real, en el seno de una sociedad aparentemente hundida en la quietud inmóvil de su sueño burgués.

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