Mozárbez

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
Mozárbez
Municipio de España
Bandera de Mozárbez
Bandera
Escudo de Mozárbez
Escudo
Mozárbez
Mozárbez
Ubicación de Mozárbez en España.
Mozárbez
Mozárbez
Ubicación de Mozárbez en la provincia de Salamanca.
País Flag of Spain.svg España
• Com. autónoma Flag of Castile and León.svg Castilla y León
• Provincia Bandera de la provincia de Salamanca.svg Salamanca
• Comarca Campo de Salamanca
• Partido judicial Salamanca
• Mancomunidad Cuatro Caminos
Pantano de Santa Teresa
Ubicación 40°51′28″N 5°39′05″O / 40.857777777778, -5.6513888888889


Coordenadas: 40°51′28″N 5°39′05″O / 40.857777777778, -5.6513888888889
• Altitud 875 msnm
• Distancia 12 km a Salamanca
Superficie 44,85 km²
Núcleos de
población
Alizaces
Allende del camino (despoblado)
Ariseos (despoblado)
Cilleros el Hondo
La Dehesilla
Minas de Prado Viejo (despoblado)
Montellano
Mozárbez (capital)
San Cristóbal de Monte Agudo
Santo Tomé de Rozados
Torrecilla (despoblado)
Turra
Ventorro de la Paloma
Población 500 hab. (2013)
• Densidad 11,15 hab./km²
Código postal 37183
Alcalde (2011) Fermín Pérez Benito (PSOE)
Patrón San Blas (3 de febrero)
Sitio web Ayuntamiento de Mozárbez
[editar datos en Wikidata]

Mozárbez es un municipio de la comarca del Campo de Salamanca, en la provincia de Salamanca, Castilla y León, España.

Demografía[editar]

Gráfica de evolución demográfica de Mozárbez entre 1900 y 2000
Fuente Instituto Nacional de Estadística de España - Elaboración gráfica por Wikipedia.

Mozárbez en los años treinta-cincuenta del siglo XX[editar]

La información que proporciona el “Madoz”, en parte histórica –pues, como es sabido, data del año 1843-, es actual y aceptable en lo que respecta a los aspectos descriptivos del término municipal.Solamente cabe objetar a la descripción de Madoz la atribución del límite oeste de Mozárbez a Orejudos, que pertenece a Arapiles, y está evidentemente al norte; mientras que, en el momento de componerse el “Madoz”, habría que haber atribuido dicho límite a Cilleros el Hondo, que actualmente se encuentra integrado en el Municipio de Mozárbez. Además, a la descripción de Madoz cabría añadir la existencia en el término municipal, de cuatro elevaciones significativas del terreno, conocidas como el Modorro, el Jejo, el Zrigunal y la Cuesta Utrera.

Tenía especial significación popular la Cuesta Utrera, donde, según el arqueólogo Cesar Morán, existió con toda probabilidad un antiguo castro ibérico y posteriormente una ermita, de la que procedía una “virgen”, de estilo románico, que se guardaba, en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, en una especie de trastero, existente en la Iglesia Parroquial, según se entraba, a la derecha. Cabe afirmar también, respecto a las denominaciones antes apuntadas, que la palabra “modorro”, en el “dialecto” local, se utilizaba también para calificar las personalidades y las conductas de los vecinos que se empecinaban irreductiblemente en sus decisiones, comportamientos o caprichos.

También merece comentario adecuado la aseveración de Madoz –exactamente ajustada a la realidad-, de que el clima de Mozárbez “es sano, siendo los catarros y demás afecciones pectorales las enfermedades más comunes”. Por ello resulta acertada y oportunísima la designación de San Blas, protector de las gargantas humanas, como santo tutelar del municipio; la designación del día de San Blas –el 3 de febrero-, como fecha de las fiestas mayores del pueblo; y complementariamente la consagración de las “gargantillas” –unas cintas de varios colores y dimensiones-, una vez bendecidas, como amuletos protectores de las gargantas, a cuyo alrededor se anudaban ostensiblemente. Todo el mundo las adquiría, se las colocaba, presumía......y se consideraba –un poco humorísticamente- a salvo de peligrosas afecciones catarrales.

Del Diccionario Geográfico de España, Tomo 12, editado en 1960, quizá el dato más curioso sea el relativo a la “red fluvial” del término municipal de Mozárbez, constituido por “un suave vallecillo, en su parte central, al que confluyen perpendicularmente” los que con justicia no merecen otro apelativo que el de “regatos”. Así, añade el Diccionario Geográfico de España, “bañan” el término municipal “cuatro arroyos temporales, que confluyen próximos al pueblo”. “El principal es el del Monte”, que, a juzgar por otras descripciones y por los mapas de la zona, constituye el origen –o uno de los orígenes- del Zurguén, que tiene la consideración de subafluente del Tormes, frente a la Ciudad de Salamanca.

El pueblo era principalmente agricultor y ganadero, aunque también tenía bastante significación económica y relieve exterior el gremio de lecheros; que tradicionalmente recogían la leche de las cabriadas estantes en las dehesas periféricas; que luego crearon importantes vaquerías de suizas estabuladas; y que iban a vender la leche, casa por casa, a Salamanca. Entre los productos agrícolas, destacaban el trigo y la cebada, aunque también tenían su importancia las algarrobas –destinadas a la alimentación del ganado bovino- y el centeno. Complementariamente, cada agricultor sembraba y recolectaba patatas y garbanzos –la base principal de la alimentación humana-, para el consumo propio; existiendo, además, en las inmediaciones del pueblo, algunos huertos familiares, en los que se obtenían productos alimenticios, también de carácter complementario, para consumo familiar. Como se ve, el carácter de autarquía y autosuficiencia de las producciones agrícolas –también de las ganaderas- era una nota característica preponderante de la economía local.

No podemos olvidar, en el mismo orden de cosas, la existencia de un cultivo de primavera-verano tan interesante como los melonares, en los que se cosechaban, no sólo melones como parece sugerir su nombre, sino también sandías y calabazas, éstas importantes como ingrediente fundamental de los “farinatos” que se hacían en las matanzas familiares. En los meses de calor, era muy agradecido el disfrute de las refrescantes sandías, -a media mañana- y de los sabrosos melones, aunque la cosecha de éstos, convenientemente conservados, podía abastecer de fruta hasta bien entrado el invierno. Por ello, la siembra del melonar había exigido la implantación, como mecanismo de recordación, de una especie de refrán, por medio el cual se advertía que “por San Gregorio –cuya onomástica parece que coincidía con el 8 o el 9 de mayo-, la pipa en el hoyo”.

El melonar tenía además trascendencia cultural, porque de él surgían derivaciones lingüísticas que enriquecían el “dialecto” local: -Cuando las mujeres –las mozas- rechazaban las aspiraciones amorosas de sus pretendientes, se decía que “les daban calabazas”; -A las personas bobaliconas se las llamaba “sandios” o “sandias”; -Y a las gentes testarudas, que no daban su brazo a torcer, en sus discusiones o pretensiones, o que, como también se decía, “no se apeaban del burro”, se les llamaba “melones” o “melonas”,

Pero, en el elenco de insultos, también se contaba con el adjetivo despectivo de “cazurros”. Y se zahería con el vocablo “Babieca”, lógicamente a los que “estaban en Babia” o “se chupaban el dedo”; aunque no es muy seguro que los usuarios de tal piropo tuvieran ni remota idea de la existencia real de Babia en León, ni tampoco de que la palabra “Babieca” hubiera tenido el honor de dar nombre al caballo del Cid.

En el ámbito de la ganadería, una “institución” popular era “el Corral (o los corrales) de Concejo”, situados a las afueras, en la parte más alta del pueblo; y adonde cada mañana llevaban los vecinos sus cabras y sus cerdos, que, desde allí, recorrían los barbechos o rastrojos, apacentados, respectivamente, por el cabrero y el porquero comunales.

También existía en el pueblo una piara, más importante y numerosa, de ovejas, pertenecientes a los agricultores en número proporcional a la extensión total de las parcelas que cada uno cultivaba, y que pacían, durante todo el año, por el término municipal, cuidadas por un pastor, igualmente comunal. El ovino era un ganado muy bien adaptado a la topografía y a la climatología del Municipio, y era muy productivo, porque las ovejas daban buenos corderos y abundante y -en aquellos tiempos- valiosa lana. Lógicamente, el arraigo del ganado ovino en la cultura popular, aparecía, entre otras, en forma de refrán, aplicable a quienes resultaban frustrados en sus pretensiones –sobre todo si no eran muy correctas o adecuadas-, respecto a los cuales se decía que “habían ido por lana y salido trasquilados”.

Por cierto que, en la cultura y en el lenguaje popular, sobre todo en materias relacionadas con el sexo, se daba una tajante e insalvable separación entre lo relativo a la especie humana y lo referente a las especies animales. No tenían nada en común. Así, por ejemplo, las mujeres nunca parían y las ovejas o las vacas nunca daban a luz; y no existía denominación alguna para el acto sexual humano, que era culturalmente inexistente, mientras que había varias denominaciones para las cópulas de los demás mamíferos. Tal separación de estratos incomunicados parece ser la causa de que no se haya generalizado en el castellano la aplicación a los humanos de un verbo reflexivo tan certero y expresivo como el de “amorecerse”, que incorpora la palabra “amor” y que, en cambio, se utilizaba, para aludir a las ovejas en la época en que, generalizadamente, entraban en celo: “Se amorecían”.

Al margen de la ganadería, el término municipal criaba alacranes –sinónimo de escorpiones-, que en el “dialecto” local llamábamos “arranclanes”, cuya existencia daba lugar a una pequeña peculiaridad cultural, que consistía en la técnica relativa a la necesidad de levantar cuidadosamente las pequeñas piedras del suelo, debajo de las cuales podría cobijarse alguno de dichos artrópodos. La técnica consistía en levantar las piedras sin introducir los dedos de la mano por debajo de las mismas, que era la manera de evitar la desagradable sorpresa de poner los dedos a merced del aguijón, a través del cual el alacrán, en una especie de automatismo, descargaba su esférico recipiente de terrible veneno, con desagradables y posiblemente trágicas consecuencias. Debía existir mucha experiencia colectiva tradicional sobre tales eventos, porque la técnica preventiva se enseñaba y se advertía reiterativa e insistentemente a los niños de Mozárbez.

En tiempos históricos, debieron tener cierta importancia las canteras de pizarra gris verdosa de Mozárbez, de las que quedaban, en numerosos hoyos contiguos, abundantes restos de pizarras menudas en dos áreas bastante extensas a las afueras del pueblo, una entre los caminos de Calvarrasa de Arriba y de Arapiles; y la otra a la derecha del camino de Miranda de Azán. Se creía saber -y se presumía- de que algunos espacios de la Plaza Mayor y de la Catedral nueva de Salamanca estaban pavimentados con pizarras de las canteras de Mozárbez. Y que el laboreo de la piedra tenía tradición en el municipio lo demuestra el hecho de que todavía en los años treinta-cincuenta del siglo XX vivía en el pueblo un anciano apodado “el cantero”. Es curioso que, tiempos después de la explotación de las Canteras sitas a la vera del camino de Miranda de Azán, pero todavía en tiempos históricos, dichas canteras fueron convertidas en una viña, en la que, en aquellos años, solamente algunas vides reverdecían en primavera y verano; y espontáneamente producían, aunque escuálidos, algunos racimillos de uvas.

Y no menos curioso es el hecho de que en dichas canteras, por aquellos años, quedaban en pie solamente tres o cuatro encinas, seguramente como testigos de la ancestral y primitiva ocupación de aquel terreno; y, desde entonces, al cabo de sesenta o setenta años. la naturaleza, volviendo por sus fueros, ha realizado el milagro de convertir el espacio en un espléndido y bien poblado encinar. En realidad, todo el pueblo se asienta sobre un pizarral; y, alrededor del cincuenta por ciento del término municipal exhibe, o apenas oculta, la pizarra a flor de tierra. Y una especie de plaza existente en el centro del pueblo, que era llamada “El Toral”, exhibía peñas de pizarra, sin tapujo alguno. Obviamente, tanto las casas del pueblo y las tapias de los corrales, así como las cercas de los prados, están construidas a base de pizarra; todo lo cual justifica por sí mismo el hecho de la existencia y explotación de las canteras de pizarra, sin que pueda tener base la hipótesis de que Mozárbez, históricamente, pudo ser simplemente un pueblo de picapedreros.

El término municipal, seguramente como consecuencia de su altitud y de su basamento pizarrero, es bastante escaso de agua. Y el abastecimiento tradicional de agua potable se obtenía, precariamente, de un pozo, llamado popularmente “la fuente”, situado a la salida del pueblo por el camino que dirige a Torrecilla, Aldeanueva y el Vallegrande. La zona en que se encontraba la fuente era escasamente limpia –pues era paso de ganados- y se supone que tradicionalmente debieron producirse contaminaciones del agua de “la fuente”, que darían lugar a epidemias de fiebres tifoideas o similares de efectos mórbiles e incluso letales. Por ello, la gente de Mozárbez era asombrosamente reacia a beber agua; e incluso en pleno verano había personas que ni siquiera la probaban; sustituyéndola por la ingesta abundante de vino, aunque no se tratara de personas realmente alcoholizadas. Es este un fenómeno que a veces nos hemos sentido inclinados a calificar como “hidrofobia cultural”.

Como consecuencia de la exigüidad de las aguas –que daba lugar a la escasez de árboles ya apuntada y a la pobreza de las producciones hortícolas-, en primavera, cuando andábamos por el campo, a veces comíamos hojas de acederas, las cuales –como expresivamente indica el nombre de la planta- eran jugosamente ácidas; pues, aunque vivíamos en el campo, eran años de posguerra y racionamiento, y estábamos escasos y ansiosos de frutas y verduras. Sin embargo, la ingesta de acederas debía tener sus peligros, por lo que había que tomarlas con mucha prudencia, pues deberían haberse producido, a lo largo del tiempo, incidentes gástricos desagradables, como demuestra el hecho de que habían dejado, como recuerdo y advertencia, dos refranes avisadores, refundidos en uno:”Acederas en abril, calenturas “pa” morir”; y “Acederas en mayo, calenturas “pa” ”to” el año”.

Aparte de refranes o vocablos castizos, de utilización cotidiana, algunos usos y costumbres, con salsa y sabor especiales, mantenían cierta vigencia, aunque, en la medida en que eran expresivos del buen humor local, estaban amortiguados por el peso –o pesadumbre- de la Guerra y la posguerra civil. Ya eran poco frecuentes las cencerradas, malos tratos y “bromas” estilo Gila, con que se “festejaba” a los viudos que tenían el atrevimiento de volver a cometer matrimonio. Pero estaba vigente la inclinación a “sacar cantares” a las personas que cometían equivocaciones o actos desviados de los usos o normas habituales en el contexto local, aunque no constituyeran infracciones graves.

Los cantares solían comenzar “A ese que llaman (Manuel, Benito o Felipe)/, vergüenza le debía dar....”, o “A la entrada de Mozárbez/ hay un letrero que dice....”y se canturreaban con una música específica –hasta donde sabemos, propia y exclusiva de Mozárbez-, que no parece haber sido recogida en los cancioneros de los folcloristas; y es una pena que se pierda.

La afición a los apodos o motes, personales o gentilicios, –que por razones obvias nos abstenemos de reproducir- era también notoria, aunque, en este aspecto, el caso de Mozárbez no tiene originalidad alguna, pues debe ser un hábito común en todas partes.

Por las Navidades, cantábamos “Los turrones”, un villancico tan digno de figurar en las recopilaciones de los folcloristas como cualquier otro; y que merece ser conservado, por cuya razón, seguidamente transcribimos la letra, en la forma en que la recordamos: “Pastores a Belén/ vamos con alegría/ a ver a nuestro bien/ al hijo de María /Y allí, allí, allí, nos espera Jesús/ Allí, allí convidan a salud./ Llevemos pues turrones y miel/ para ofrecer al niño Manuel/ ¡Emmanuel! ¡Emmanuel! ¡Al niño, al niño, al niño Manuel! ¡Al niño, al niño, al niño Manuel! “Yo llevo a mi zagal/ leche, queso y piñones/ y también un panal,/ nueces y requesones/ y allí (sigue el estribillo igual). “También le debo dar/ un pito y un cayado/ y con él ha de guardar/ a su rebaño amado/ Y allí.....(el resto repite el estribillo, igual que la estrofa primera).

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]