Fuente de Petróleos (Ciudad de México)

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Fuente de Petróleos
GLORIETA DE PETROLEOS MEXICANOS.jpg
Tipo Recinto artístico, Monumento
Ubicación Ciudad de México, México
Coordenadas 40°57′54″N 5°39′51″O / 40.965, -5.66408333Coordenadas: 40°57′54″N 5°39′51″O / 40.965, -5.66408333
Autor Juan Fernando Olaguíbel Rosenzweig
Arquitectos Vicente Mendiola
Construcción 1950-1952
Inauguración 18 de marzo de 1952
Características La última glorieta del Paseo de la Reforma en la distribución vial
Estilo Art Decó
Dimensiones 55 m

En México, la llamada Fuente de Petróleos o Fuente de Petróleos Mexicanos, oficialmente denominada por sus creadores Monumento a la Industria Petrolera de México, fue obra del arquitecto Vicente Mendiola Quezada y del escultor Juan Fernando Olaguíbel Rosenzweig, y es también una fuente que conmemora la expropiación del petróleo en México (1938). Se construyó en 1952, durante el gobierno del presidente Miguel Alemán Valdés, en el Paseo de la Reforma.

El distribuidor vial que se construyó alrededor de la fuente tiene un diseño poco común; en su época, el jefe del entonces llamado Departamento del Distrito Federal, Ernesto P. Uruchurtu, hizo notar que se había elegido con el objeto de conservar la visibilidad de la fuente y no distorsionar el arbolado paisaje del Bosque de Chapultepec. En la actualidad la fuente se encuentra rodeada de bellos jardines y multicolores conjuntos florales. El con­junto tiene 55 metros de diámetro y 18 metros de alto, y su construcción demandó dieciocho toneladas de bronce. Fue proyectado en 1950 e inaugurado en 1952.

Historia[editar]

Antecedentes[editar]

Las grandes esculturas monumentales levantadas en México entre 1930 y 1960, coincidentemente con la consolidación de la nueva estructura del poder post-revolucionario, son únicas en América Latina. La estrecha re­lación existente con el movimiento muralista, con la tradición soviética del realismo socialista, y con el academicismo alegórico decimonónico las transforman en la síntesis de la profunda complejidad del arte mexica­no durante la mitad del siglo, de su papel en relación con el Estado y de los mecanismos de expresión ideológica del arte. La Fuente de Petróleos re­presenta así un buen ejemplo de simbología apoteótica de la industrializa­ción del país en la década de los años cincuenta y su difícil inserción dentro de la estructura económica internacional. , quienes tienen juntos una larga trayectoria en este tipo de trabajos. Juntos realizaron la Diana Cazadora y muchos otros mo­numentos.

Sobre Juan F. Olaguíbel[editar]

Monumento a los Niños Héroes en Guadalajara, Jalisco, México.

El escultor Juan F. Olaguíbel, nacido en 1896 en Guanajuato, México, estudió en la Academia de San Carlos a partir de 1911, bajo la influencia del Dr. Atl y las corrientes de la época, cruzando la tradición de la escultura clasicista con la moderna. Su vida está cubierta de aventuras y, por cierto, no fue fácil: relacionado estrechamente con José Clemente Orozco, con David Alfaro Siqueiros y con el propio Dr. Atl, participó en el complejo proceso cultural de la Revolución en la primera década con la fundación del diario La Vanguardia; luchó con las armas junto al general Salvador Alvarado en Campeche, donde estableció relaciones con Miguel Ángel Fer­nández; se trasladó luego a Mérida, donde trabajó como dibujante. Entre las peripecias de su vida revolucionaria, fue fusilado con varios compañe­ros, y tuvo sin embargo la suerte de que incluso el tiro de gracia no resultó mor­tal, pero le dejó inutilizado un brazo y marcas indelebles en el cuerpo por toda la vida. Pese a eso, siguió dibujando, hasta que Venustiano Carran­za le consiguió una beca para trasladarse a Nueva York en 1918, para que allí le hicieran las intervenciones quirúrgicas necesarias para recuperar, por lo menos parcialmente, el uso del brazo y de la mano. Permaneció en esa ciudad hasta 1921, bajo el mecenazgo de Enrico Caruso, el cantante de ópera, quien lo ayudó a ubicarse como ayudante del escultor Gutzon Bor­glum. Junto a él trabajó en la creación de las cuatro cabezas de los presidentes de los Estados Unidos en el monte Rushmore, quizá el ejemplo de escultura monumental de mayor tamaño en el mundo. Sin duda allí definió sus ca­racterísticas formales, que más tarde irían a determinar toda su obra.

En 1921 regresó a México, haciendo desde entonces obra constante y siempre conexa con lo monumental. En forma individual había hecho antes de 1952 el Monumento a la Bandera de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (1943) y el del General Pedro María Anaya en la Ciudad de México el mismo año; luego, el de Juan Escutia en Tepic, Nayarit (1945); los de José María Morelos en Selva Playa, en Río Colorado y en Uruapan, Michoacán, y más tarde otro en Caracas, Venezuela. Su obra más conocida es el Monumento al Pípila en Guanajuato, de 1939. Junto con Vicente Mendiola hizo el Monumento a los Hombres Ilustres en Guadalajara, Jalisco, un monumento ecuestre en el Hipódromo de las Américas (1941), la Diana Cazadora (1942), los monumentos a los Niños Héroes de Guadalajara (1950), a Morelos en Cuernavaca (1942), el de Benito Juárez en Toluca (1951), la fuente monumental de la Avenida Insur­gentes, actualmente reducida de tamaño, y varias otras.

Construcción e inauguración[editar]

Panorámica de la zona donde se encuentra la Fuente de Petróleos, en la Ciudad de México.

El Monumento a la Industria Petrolera de México, tal como estaba originalmente ubicado, se hallaba en una glorieta, en el centro de intersección de las avenidas, en el sitio en que había funcionado una estación de gasoli­na. Para lograr salvar el desnivel que la calle tenía, se construyó una plataforma de tierra cubierta con pasto, más elevada por el lado norte. El monumento propiamente dicho está compuesto por un juego de fuentes superpuestas, y por un enorme pilar de cantera sobre cuyas caras se ubica el grupo alegórico esculpido. Este último está compuesto por varias figuras que representan, con un ritmo ascendente, la liberación económica mexica­na mediante la nacionalización de la industria petrolera en 1938. El con­junto tiene 55 m. de diámetro y 18 m. de alto, y su construcción demandó dieciocho toneladas de bronce. Fue proyectado en 1950 e inaugurado en 1952.

El grupo escultórico superior posee un grupo central formado por torres petroleras y un ferrocarril, alrededor del cual se encuentra un grupo —que puede llamarse norte— que muestra a tres obreros perforando un pozo, y a su lado un obrero en postura altiva. En el lado sur el grupo muestra a un indígena arrodillado, humillado por la carga de la dependencia económica en medio de exuberante vegetación tropical; a su lado y tendiendo la mano para redimirlo y salvarlo, un obrero —con pantalones y no semidesnudo— que lleva en sus manos el texto de la ley del 18 de marzo de 1938. A su lado el trabajador intelectual, con camisa y planos en la mano, y entre éste y el obrero manual se levanta airosa la monumental Victoria, desnuda, a cuyos pies surge un chorro de agua que mana hacia la fuente, como petróleo derramado. Atrás de ella, grandes contenedores ci­líndricos y tuberías cierran la composición alegórica.

La propuesta inicial de Mendiola, según una carpeta inédita con sus planos y perspectivas, era la de una glorieta con dos fuentes semicirculares y en el centro un pilar de proporciones monumentales, cerca de 60 m. de alto, con una alegoría al frente. Más tarde, y a lo largo de varios proyectos, se fue reduciendo la altura del pilar hasta 18 m., y se fue defi­niendo la composición. Un detalle muy importante, difícil de notar a pri­mera vista, es que las dos figuras, el trabajador intelectual y el manual, son los retratos de Mendiola y Olaguíbel. En un acto de difícil interpretación, ellos mismos quedaron identificados en el bronce para la posteridad. Se trata de retratos detallados de ambos, en los que Mendiola, como arquitecto, representa al intelectual, y Olaguíbel, como artista, al obrero manual. Esto obligó a darle mayor importancia a ambas figuras dentro del grupo y a ponerlas de frente; el caso del obrero manual es el más claro, ya que en todos los proyectos éste estaba siempre de espaldas.

En general, es evidente que se trata de una composición académi­ca, de filiación clasicista, que utiliza incluso alegorías decimonónicas como las ruedas con rayos para simbolizar el ritmo del progreso, las ruedas dentadas para identificar a la industria, las retortas alquímicas y, salvada a último momento, una manguera de petróleo como cornucopia moderna. La Victoria sin alas, desnuda y campeando triunfal en la posición más elevada, el obrero salvando del oprobio al indígena subyugado y desnudo, son todos ejemplos de esta forma de proyectar de tradición decimonónica, tan cara aún a las élites en el poder. La distancia de casi medio siglo recorrido entre las pinturas alegóricas del Palacio de Comunicaciones del porfiriato, y la Fuente de Petróleos del sexenio alemanista, marcan dos extremos de un mismo arco en la escultura alegórica-oficial-monumental del México moderno.

La tradición de la escultura conmemorativa fue herencia y continuidad del siglo XIX. Llevada al apogeo durante el porfiriato —el Monumento a la Independencia de Antonio Rivas Mercado de 1910 sería su culmina­ción— intentaba a su vez glorificar ante las masas los conceptos de la ideo­logía positivista del poder como la Libertad, la Independencia y tantas otras, o a los héroes de la patria. Era la materialización de los principios del catecismo positivista de Augusto Comte en su máxima expresión. Sin embargo, si bien los años de la Revolución modificaron la situación, con la consoli­dación de la nueva estructura de poder en la década de 1930, el Estado nuevamente se transformó en el comitente principal para grandes monu­mentos dedicados a glorificar a los nuevos héroes o las nuevas ideas, o incluso a viejos héroes e ideas, retomados como símbolos resemantizados para el consumo de las grandes masas. Así nacieron obras faraónicas, de mayor o menor calidad, que son sin duda símbolos urbanos, y más aún, cumplieron en gran medida su papel: el monumento a Álvaro Obregón, el de los Niños Héroes o la Fuente de Petróleos son definitorias de espacios de la ciudad, e incluso identifican y representan las áreas urbanas en las cua­les se encuentran. El caso del Monumento a la Revolución, de Oliverio Martínez, sobre la remodelación hecha por Carlos Obregón Santacilia, del nunca terminado Palacio Legislativo de Porfirio Díaz, así lo demuestra. Lo interesante es que todos estos ejemplos reúnen los mismos elementos compositivos básicos: simetría, ubicación en puntos urbanos especiales, estatuaria realista, simbología académica o inscrita dentro del realismo socialista; se tiene acceso a ellos a través de distancias largas que le dan perspectivas monumentales, gigantismo; materiales tradicionales. Salvo la influencia de la pintura muralista, no hay marcas de las corrientes de van­guardia de la época o anteriores, y nunca asomos de abstracción, pero fue inaugurada en 18 de marzo de 1952, en el el decimocuarto aniversario de la expropiación petrolera.

En síntesis, es la respuesta de los escultores a las necesi­dades del Estado post-revolucionario, interesado en enaltecer y glorificar a la Revolución y sus hombres, que consolidaron en el poder a quienes ahora levantan los monumentos. La Fuente de Petróleos se inscribe en esta corriente, la representa, e incluso forma parte de su culminación: ese mis­mo año Miguel Alemán inaugura también el Monumento a los Niños Hé­roes en Chapultepec, obra de Ernesto Tamariz. Y no casualmente fue el mismo Tamariz quien dijo que “la escultura de carácter monumental es para ser comprendida por numerosos espectadores de mentalidad y cultu­ra media, y no sólo por una aristocracia intelectual; por lo tanto, la escul­tura debe ser clara y definida en sus composiciones”.

Véase también[editar]