Mitología castellana

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
El Bú, es un ser fantástico usado como asusta-niños en el folclore castellano.

Se comprende como mitología castellana al conjunto de mitos y leyendas propias del territorio histórico de Castilla. La mitología castellana, lejos de lo que comúnmente se piensa, no está exenta de leyendas, mitos y seres mágicos. Y a pesar del tamiz cristiano, subsisten ciertas costumbres paganas. Podemos encontrarlas en la mitología popular de muchos pueblos castellanos, en su tradición oral y en el estudio de muchas obras literarias en lengua castellana.

Características[editar]

Río Moros. En El Espinar (Segovia) se rodó la película fantástica El laberinto del fauno.

La mitología castellana se caracteriza por nutrirse de varios orígenes. En primer lugar por entroncarse en sus raíces montañesas que llevaron consigo los repobladores foramontanos en lo que más tarde sería el reino de Castilla. De la tradición celtíbera subyacente en la población hispanoromana. Además, podemos comprobar la rica tradición hispanogoda, refugiada en la cornisa cantábrica (heredera del reino visigodo tras su caída en 716) aportando por ejemplo, iconografías características a la historia de Castilla, que aparecen ya en el "Poema de Fernán González": el caballo y el azor; o la lectura de los signos de buena o mala suerte en las aves ("pájaro de mal agüero"). Asimismo, se nutre también de los mozárabes (cristianos en dominios musulmanes) que o bien fugados o liberados, compartieron conocimientos y costumbres en tierras castellanas.

Muchos mitos son comunes a otras regiones de la antigua Corona de Castilla. Además por la extensión y diversidad en la orografía del territorio castellano se dan variedades tales como que una misma leyenda o ser mitológico tenga distintas interpretaciones o se le nombre de forma distinta en diversos lugares. Incluso, Jesús Callejo señala en el territorio castellano los siguientes seres mitológicos, además de los comunes trasgos: Trentis (norte de Burgos), diablos burlones en Soria, Reñuberos en Palencia, Valladolid y León, nublaos y regulares entre Zamora y Valladolid, gnomos en la Sierra de Francia, nubleros en el Sistema Central y la Sierra de Alcaraz en Albacete, gnomos y diablos burlones en la serranía de Cuenca y Guadalajara (es fácil ver cómo se repiten idénticos seres en idénticos ámbitos geográficos –monte, montaña, llanura...), enanos mineros en los Montes de Toledo o monjes sobrenaturales en Ciudad Real. Además, muchos de estos mitos o leyendas han viajado a Iberoamérica con los colonos castellanos.

En la literatura[editar]

Está muy extendida la idea de que la literatura castellana es carente de elementos fantásticos. Pero esto se contradice, si se consultan las obras del siglo XVII. El propio Cervantes, entre otros muchos, recogerá toda clase de leyendas, mitos y fantasías propias del vulgo, para la realización de sus diversas obras.[1] Pero mucho de este material mitológico era descartado por ciertos escritores “eruditos”, o bien atacado por algunos sectores como supersticiones del populacho.

A primera vista parece que Castilla no presenta material «maravilloso» (susceptible de relacionar con tradiciones paganas). No obstante, dicho material existe no sólo en los cuentos, sino también en las leyendas unidas a lugares geográficos donde la mayoría de las veces a la Virgen, los santos, las viejas o damas que donan tierras o castigan a los habitantes de un pueblo, les corresponde un papel activo.[2] Hoy no se puede hablar de un culto pagano o tradicionalmente alejado de la doctrina eclesiástica en los pueblos castellanos. Pero diversos autores han reconocido en diversos ritos y costumbres, la pervivencia de viejos cultos prerromanos. Las «matres» sufrieron el mismo proceso que otras divinidades menores circunscritas a estos territorios. Como las «dianas» (xanas asturianas) aparece ya en la baja época latina en el sentido de «hada nocturna»; en Castilla, «matre» (matrona) tomará las connotaciones de la fertilidad y al mismo tiempo diosa de los muertos, de los fantasmas nocturnos y maga poderosa. Gran parte del trabajo de campo realizado por Luis Díaz Viana (presidente de la Asociación de Antropología de Castilla y León) se ha centrado en Castilla para la realización de su libro. “Leyendas populares de España” (2008). Un total de 51 relatos y la mayoría de ellos con origen castellano. Ya que en palabras de Viana, Castilla es «una tierra rica en leyendas».

Pero al carecer de un renacimiento cultural que la rescatara ( romanticismos nacionalistas del Siglo XIX, tales como el vasco, gallego y catalán) ha propiciado que se perdiera gran parte de la mitología de las diversas regiones de raíz castellana. Además, siendo las áreas rurales castellanas las más castigadas por la despoblación y la posterior fracción de los territorios castellanos en diversas comunidades autónomas, han relegado estos mitos al ostracismo.

En toponimia[editar]

En la toponimia, se puede estudiar gran parte de este legado, que se perpetúa en el tiempo, ejemplo del municipio de Maderuelo (Segovia). El Castro Maderolum como se le menciona época altomedieval, es posiblemente la evolución de “Castrum Matrorum”, o sea, “Ciudadela de las Matres”. Las divinidades celtiberas de la fecundidad de las mujeres y de los campos y animales. Supondría que en esta villa existiría un templo o algo similar donde se realizara el culto a las Matres. Esta adoración queda patente en muchos yacimientos de la zona, donde se han identificado estas matres (Tiermes, Clunia, Duratón, Salas de los Infantes, entre otros).

Así mismo, podemos observar la denominación que reciben ciertas pozas, que hacen mención al dios del inframundo Airón. Ejemplo de ello la tenemos en “El pozo de Airón” del municipio de La Almarcha (Cuenca), donde se encontró una ara votiva dedica a esta deidad. En lugares como Pedraza (Segovia) se encuentra la Cueva de la Griega donde se hallaron inscripciones vinculadas al dios Airón. Este mito, lo encontramos en infinidad de leyendas relacionadas con cuevas, pozos, lagunas o bajo alguna deformación en el topónimo (Hirón o pozahiron). Pudiendo estudiar además casos en Albacete, Ávila, Burgos, Ciudad Real, Guadalajara, León, Madrid, Palencia, Salamanca, Segovia, Soria, Valladolid y Toledo.

Duendes castellanos[editar]

El duende castellano por excelencia. Ácrata, agitador profesional, que lleva el desorden y la subversión en las viviendas donde desarrolla sus actividades caseras.

Muy arraigada la creencia de estos seres, descritos como un género de demonios «caseros, familiares y tratables», ocupados en hacer toda serie de burlas ridículas a las personas.[3] Parece ser que el origen del término castellano “duende” proviene de la expresión "duen de casa" o "dueño de casa", por el carácter entrometido de los duendes al "apoderarse" de los hogares y encantarlos. Pero según Fray Fuentelapeña, a los duendes “…En castilla les llaman trasgos, y en Cataluña Folletos…”.,[4] Una de las acepciones que recoge el DRAE sobre “trasgo” es la de “niño vivo y enredador”. Como botón de muestra, puede tomarse unos versos de Quevedo donde dice “A fugitivas sombras doy abrazos / en los sueños se cansa el alma mía; / paso luchando a solas noche y día, / con un trasgo que traigo entre los brazos”. Así mismo, el DRAE describe al “duende” como “ … figura de viejo o de niño en las narraciones tradicionales”. Se les representan con forma humana y de unos 60 cm de altura, con la capacidad de hacerse invisibles o de mutarse en pequeños animales. Gustosos de morar desvanes, sótanos y bodegas en donde jugar y hacer ruidos por las noches.

Menciona Ángel del Pozo [1]En el siglo XVI la creencia en la existencia de los duendes era generalizada, de tal forma que era práctica forense en Castilla, así lo asegura el escritor Julio Caro Baroja en su obra 'Del viejo folclore castellano': «Que si una persona iba a habitar una casa y luego se enteraba de que en ella había duendes, podía abandonarla».” También alude las costumbres de estas criaturas “El tirar piedras y realizar pequeñas fechorías es una de las principales características de los duendes castellanos -también conocidos como martinicos o martinillos- para molestar y asustar a los humanos en sus casas, donde se introducen haciendo de ellas su residencia permanente.” En tierras burgalesas se recogen relatos de su existencia en el municipio de Cornejo (Merindad de Sotoscueva, Burgos) y famoso fue el duende de Horna (Burgos). Muchas veces vemos como una casa encantada es causa de duendes y no de fantasmas. Siendo casos conocidos los duendes de Mondéjar y Berninches (Guadalajara), Los palacetes de Madrid (Palacio del Conde Duque, El Palacio de Cañete) o el duende del Retiro.

Los malismos, así denominados en Torre de Juan Abad (Ciudad Real) a estos duendes más parecidos a los trol nórdicos.

Cuenta de ello es la continua mención a estos seres en la literatura castellana del Siglo de Oro. Autores como Cervantes, Quevedo, Calderón de la Barca y tantos otros. Pudiendo recoger mención a estos “espíritus familiares” en relatos populares, tanto en las actas de la Inquisición o de la intervención de la Guardia Civil ya entrado el siglo XX.

Véase (“Los duendes en la literatura española” Caro Baroja)

El Duende Martinico[editar]

El duende castellano por excelencia. Ácrata, agitador profesional, que lleva el desorden y la subversión en las viviendas donde desarrolla sus actividades caseras, El más popular y extendido es este “Martinico”, “Martinillo” o “Martín” al que se le ha descrito generalmente como rechoncho, rabón, algo diablejo, de estatura tirando a chaparro (casi aspecto simiesco). Bastante inestable emocionalmente (pues son legendarios sus cabreos cuando es importunado); generoso, solidario con los hombres y mujeres, a los que no duda en dar mano en caso de necesidad, como de gastarle las peores jugarretas. Tiene peligrosos y secretos poderes que utiliza para transmutarse en animal (motivo por el cual algunos autores los emparentan, en forma lejana, con las hadas). Su color preferido es el rojo.

Posee extrema debilidad por aparecer con hábitos de fraile. En un relato [2] donde se presenta una familia de hidalgos preparándose para mudarse a Valladolid (debido a las “bromas” del Martinico) descubren como éste (descrito como “frailecillo pequeño”), se les aparece con el “equipaje” al hombro, uniéndose así a la comitiva. Por lo que se le puede relacionar con el duende “Motilón” o “Mochilón”. Ser fantástico de la familia de los duendes vestido de frailón o frailuco, con grandes hábitos y cubierta la cabeza y parte del rostro con la capucha del hábito, donde en el fondo brillaban unos ojos terroríficos que despedían llamas y dejaban mudos de espanto.

Enemiguillos o Diminutos[editar]

Se cuenta de ciertos nigromantes burgaleses, que disponían de unos extraños duendes (compañeros a otra de las familias de duendes castellanos), conocidos como enemiguillos. Estos espíritus familiares son de diminuto tamaño y sumamente obedientes con su dueño, por mediación de ciertos conjuros.

Estos también pueden ser los duendes diminutos que se mencionan por ejemplo en Torre de Juan Abad (Ciudad Real) [3] entre asilvestrados y domésticos, que viven en las cavidades de los árboles, nidos de aves, etc, pero habitan cortas temporadas en domicilios humanos para cometer sus pequeñas fechorías. Aunque existe la creencia de ancianos asistidos por estos personajillos en momentos de debilidad de memoria.

Por su extrema pequeñez les obliga a ser muy prudentes y cautos en sus desplazamientos y correrías. Se cree que posee la facultad del lenguaje de los animales.

Malismos[editar]

Estos duendes trogloditas, denominados "malismos" o “Mala cosa” [4], son idénticos a los trolls nórdicos, por lo que es probable que este mito fuera llevado a Castilla por los godos. De feas facciones, babeantes, llenos de pelos que le cubren todo el cuerpo en largas y grasientas melenas y muy agresivos.

Habitan lúgubres cuevas o antros oscuros, junto al resto de criaturas nocturnas. Algunos se encargan de guardar tesoros que hay bajo tierra. Nunca acuden a la superficie, la luz les molesta o consume. Los más peligrosos de todos los duendes, ya que son habilidosos en la brujería.

Diablo Cojuelo[editar]

El Diablo Cojuelo es una demonio socarrón y juerguista recogido en la tradición oral y literaria de Castilla.

Este diablo, lejos de ser una forma maligna, se le representa como “el espíritu más travieso del infierno” trayendo de cabeza a sus propios congéneres demoníacos. Los cuales, para deshacerse de él, le entregaron en trato a un “astrólogo”. Teniéndolo encerrado en una vasija de cristal.

Se dice así mismo como inventor de danzas, música y literatura de carácter picaresco y satírico. Siendo uno de los primeros ángeles en levantarse en celestial rebelión, fue el primero en caer a los infiernos, aterrizando el resto de sus “hermanos” sobre él. Dejándole “estropeado” y “más que todos señalado de la mano de Dios”. De ahí viene su sobrenombre de “cojuelo”. Pero no por cojo es menos veloz y ágil.

El Bú[editar]

Según Carlos Villar Esparza en su artículo “Mitología popular (campo de montiel)” (2004) es un posible descendiente de alguna antigua deidad, y al igual de otros seres de la fama con el “Tío Lobo”, la “ Mano negra” y el “Camuñas”. Al Bú se le daban figura de un gigantesco búho antropomorfo de color negro y grandes alas (primo hermano de la lechuza, que se bebe los aceites de las iglesias). De enrojecidos ojos, grandes como platos soperos; que paralizan de terror a sus víctimas. Su pico es afilado como cuchillas y sus garras son como trampas loberas de donde es imposible huir (aquel que era cogido se daba por muerto). Entraba por las ventanas para llevarse a los niños despiertos a su escondrijo, normalmente oscuras grutas en encinares (La encina, era un árbol sagrado de los celtíberos).

Era costumbre que en noches cerradas, en las que los niños díscolos no querían dormir, las madres y abuelas abrieran las ventanas de las habitaciones y a grandes voces, llamaban al “Bú” para que acudiera. Se encuentra mención a este ser en distintos cantares castellanos:

Duérmete mi niño / Que ya viene el bú / Que se lleva a los niños / Así como tu

"Landú, landú / serenadito landú / cierra tus ojos niñito / o vendrá el Bú.

En toponimia, encontramos “El cerro del Bú” en los montes de Toledo, donde actualmente se encuentra unos yacimientos arqueológicos de la edad del Bronce. [5] Este lugar ha sido inspiración de muchas leyendas, entre ellas que ahí se encuentra las puertas del infierno o la fantástica Cueva de Hércules.


En la provincia de Ciudad Real, en las proximidades de Alcolea de Calatrava, se encuentran también las "Peñas del Bú" y la "Laguna del Bú". También en la provincia de Ciudad Real, en una zona boscosa de las proximidades de Viso del Marqués podemos encontrar el "Cerro del Bú" y la "Umbría del Bu".Idéntico nombre de "Cerro del Bú" encontramos en Argamasilla de Calatrava muy cercano al enterramiento ciclopeo y prerromano de la Sala de los Moros.

Encantadas[editar]

Mitos sobre encantadas o encantás, se pueden recoger a lo largo y ancho de la Península Ibérica ( Leyenda de la Encantada ). Adquieren distintos sobrenombres, en Galicia y Portugal se las demomina Mouras, Xana en Asturias, Anjanas y encantáas o encantos en Cantabria, la diosa Mari es un mito vasco similar... En Castilla, se las demomina moras o encantás (La Mancha).

El mito es similar en casi todas partes, siempre relacionadas con lugares lúgubres, oscuros y acuáticos: cuevas, pozos, ríos... Suelen ser bellas y de cabellos rubios, cabello que se peinan con un peine.

En el sur de Castilla están especialmente extendidas, encontrándolas en casi todas las comarcas del sur castellano. Carlos Villar Esparza recoge este mito en la Revista de Folclore:

Aparición, que salvo excepciones, era siempre sanjuanera. En Villanueva de los Infantes se decía que: “Era una señora muy guapa, encantada, que no se veía pero que se podía hablar con ella y provocaba miedo”, “Mora muy guapa, con el pelo largo, a la que apenas podían resistirse los hombres que la miraban a los ojos… cuando se iba a beber agua en abrevaderos en el campo, salía con un cántaro y te golpeaba en la cabeza”, “Mora que vivía en sitios subterráneos, Cuevas de San Miguel y la Mora y salía el día de San Juan. Se decía que estaba encantada y que si te acertaba a tocar con el peine, quedarías también encantado o encantada”.

La “Encantá” de Torre de Juan Abad, se dejaba ver en El Estrecho de las Torres, también conocido como Torres de Joray o Eznavejor, término de Villamanrique.

La noche de San Juan, junto a la Fuente del Piojo, bajo la sombra de los últimos restos de Joray, era el lugar elegido para la manifestación mágica. La informadora relata que, se dieron días que las gentes del pueblo, en grupos, marchaban a contemplar el prodigio. Aparecía con un camisón de raso azul y en una de sus manos un maravilloso peine de oro que le servía para sus suaves cabellos. Cuando alguno de los curiosos se acercaba en demasía, la aparición desaparecía.

Fantasmagoría compartida con el vecino pueblo de Villamanrique. En él se han conservado algunas leyendas sobre la maldición que pesa sobre la “Encantá”, antaño, hermosa mora enamorada de un cristiano infiel, y de un tesoro oculto. Ese día ninguna moza soltera pasaba por tal lugar ni con el pensamiento, de hacerlo, no se casaban.

En Alcubillas, en el cerro de San Isidro, asomaba otra “Encantá” de la que decían suplicaba por piedad a los caminantes, un poco de agua… cuando el gañán caritativo, conmovido por las palabras suplicantes y la belleza de la encantada se acercaba para entregársela, desaparecía.

Junto a los “Riscos de la Cubeta”, Ruidera, también aparecía esta visión: “Pues íbamos los chiquillos a varear aquello, para comer los anises y las mujeres, nuestras madres, las personas mayores nos decían: “… tener cuidado, ir a una hora, siempre al mediodía o por la tarde, porque por las mañanas hay una mujer vieja que está encantá, con un pelo muy largo, pero es un pelo que brilla mucho, es de color de oro que se peina con un peine de oro y sale por las mañanas en cuanto sale el sol, al sitio que da el sol, y se está peinando y si os coge a algún chiquillo os va a dejar encantaos y os vais a quedar allí y ella se va a salir que es lo que quiere”.

La “Encantá del Caño” asomaba por tierras del pueblo de Montiel.

Dato significante es que, las múltiples manifestaciones de la “Encantá”, suceden junto a corrientes de agua.

Etimológicamente la denominación de mora o moura, responde a la relación del vocablo prerromano "mor"(piedras, túmulo, cerro..) y que puede corresponderse con las "morras", poblados pertenecientes a la cultura del Bronce Manchego.

En Granátula de Calatrava encontramos una variante algo particular, la Trocanta. La leyenda cuenta que en el Cerro de la Encantada, próximo a Granátula de Calatrava, en el fondo de una cueva habita una especie de lagarto o culebra, que en las noches de San Juan se convierte en una hermosa mujer que incluso llega a sobrevolar los campos de la comarca. Su carácter, en principio se piensa que puede llegar a ser maligno...

Ojancos (Gigantes ciclópeos)[editar]

La DRAE recoge este término como un adjetivo aumentativo y despectivo, como sinónimo de “Cíclope”. J. M. de Barandiarán relaciona al ser mítico de un solo ojo, con los ogros o gigantes que aparece en cuentos castellanos como “El ojanco” y otros nombres parecidos. Estos cíclopes castellanos, también conocidos como “ojarancos” “ujancos” o “ojaranquillos”, se les representan como una especie de seres simiescos de barbas tan ásperas como cerdas de jabalí que le llegaban a las rodillas y así le tapaban el cuerpo, pues solía ir desnudo. Su peculiaridad era tener dos filas de dientes y un único ojo brillante que le ocupaba casi toda la zona frontal (y en algunos relatos populares se atribuyen además dos cuernos). Era ágil como las águilas y con una extremada fuerza. Habitan en montañas, cuevas, posadas o castillos. Suelen disponer de rebaños (pastores, como en La Odisea) o de un ejército y servidores coaccionados, y les gusta de la carne humana. [6] El mito está emparentado con sus “primos”, el Xigante gallego y el Patarico asturiano, junto a su “hermano” cántabro el Ojáncanu.

Estos seres han sido recogidos no solo en leyendas, como ejemplo La cueva de los gigantones en Alcalá de Henares (Madrid) o El Gigante del Valle Estrecho en San Martín de los Herreros (Palencia). También en los cuentos populares castellanos [“Cuentos castellanos de tradición oral” (1983), “Cuentos populares de Castilla” (1946)] como también en relatos de escritores eruditos como Luis Vélez de Guevara en “El caballero del Sol” (1617). Mencionándose también en la obra de Fray Benito Jerónimo Feijoo, “Teatro crítico universal, tomo segundo” (1728) en contra de las supersticiones populares de la siguiente manera: "Ya se sabe que en ninguna parte de la Tierra hay Pigmeos, ni Ojancos, ni Hipógrifos, ni hombres con cabezas caninas, ni otros con los ojos en el pecho, ni aquellos de pie tan grande, que con él hacen sombra a todo el cuerpo, u otras monstruosidades semejantes."

Además, se conoce de su versión femenina, como la Ojáncana o en Piedrabuena (Ciudad Real) denominada la Ojanca. Ésta, era usada para asustar a los niños, cuyo nombre explicaban los lugareños en razón de que tenía un ojo muy grande.

En la provincia de Jaén se halla el municipio de Arroyo del Ojanco. Aunque aquí probablemente la palabra Ojanco no se refiera al mitológico ser, sí no a una confusión con la denominación de un batán y unas torres que posteriormente darían nombre al municipio. Estas torres y el batán eran conocidos antiguamente con el nombre de Oçanco. No hay tampoco testimonios en los cuentos, leyendas y mitos de la zona acerca de ningún ser denominado ojanco.[cita requerida]

Paparrasolla[editar]

Este ser imaginario muy conocido en la sierra burgalesa, junto a otros personajes como la Marrona, la Cocharrona, el Coco y el Sacamantecas. Recogido en el DRAE de la siguiente manera: “Nombre femenino poco usado para referirse a un ente imaginario con que se amedrenta a los niños a fin de que se callen cuando lloran”.

Luis Díaz Viana menciona a la Paparrasolla en su “Aproximación antropológica a Castilla y León” (1988) como una creencia muy viva en Barbadillo de Herreros (Burgos) en la que se dice de ella que vive dentro de la torre de la iglesia, por donde sale a través de un ventanuco redondo en la parte de atrás del campanario, para llevarse a los niños desobedientes a su nido. O bien en los desvanes y rincones oscuros de la casa desde donde emite gritos lastimeros y horribles. La comparan con una especia de harpía (Cabeza y senos de mujer y cuerpo de ave rapiña)

Tragaldabas[editar]

Tío Tragaldabas, en las fiestas de la virgen de San Lorenzo de Valladolid.

Este personaje del folklore castellano, también conocido como El Zamparrón o La Zarrampla, es representado como monstruo u ogro grande de boca enorme y gran buche o barriga con una voracidad insaciable. Algo amorfo y elástico y de estómago infernal. Capaz de ingerir hasta un ejército entero. De ahí su nombre al referirse al Tragar o zampar de una atacada o sin masticar. Usado como “asusta niños” que no quieren dormir, común a otras regiones ibéricas como el gallego “O Papón”, el “Papón” asturiano y el portugués “O Papào”.

Aurelio M. Espinosa recoge en 1988 un cuento de la tradición oral en Astudillo (Palencia), en el cual el monstruo advierte a quienes se acercan (sin éxito) que se tragará a quién se acerque. Y así va comiéndose a tres nietecitas, un molinero, un rebaño de ovejas y un batallón de soldados, etc. (varían los personajes según la versión). Hasta que llega una hormiguita, la cual recibe la misma amenaza que a los anteriores, pero ésta le replica que le picará el culo (o se le meterá por él, según distintas versiones) y le hará bailar, consiguiendo así que expulse a todos los que se ha comido (por el culo o regurgitados) y entre todos le darán fin.

En diversas fiestas municipales existe la costumbre de montar una especie de “atracción” de cartón piedra denominada “tío Tragaldabas” (o “Tía Melitona”) En la que los niños pueden subir, penetrar por la enorme boca y tirarse por el tobogán para salir por detrás de la figura.

Según la DRAE es nombre coloquial de persona muy tragona.

(Véase el cuento popular castellano “El tragaldabas”)

Oricuerno[editar]

Conocido como Alicornio o unicornio, al que se le representa como un caballo blanco, con patas de gamo y cola de león, cabeza púrpura, ojos azules, un cuerno largo y retorcido en medio de la frente y una alitas encima de las pezuñas. Animal muy fiero que solo se dejaba amansar por un doncella virginal que le ofreciera su pecho descubierto. La tradición describe el poder del cuerno del de este animal contra cualquier tipo de ponzoña natural o sobrenatural.

La mano negra[editar]

La mano negra.

Como bien dice su nombre, se trata de un ser diabólico sombrío con capacidad de adopta la forma de una enorme mano negra ectoplásmica. Se trata de un mito muy extendido a lo largo de la geografía peninsular, con ligeras variaciones de su forma. En Segovia, la Mano Negra atacaba a las personas cuando están distraídas, orinando (hombres) o dormidas. Si te toca el hombro, al girar el rostro el ser suele arrancar los ojos del incauto como si sus dedos fueran garras. En Torre de Juan Abad (Ciudad Real) dice la tradición que la “Mano Negra” era un ente femenino de cabellos largos, vestida de negro y acuático con una fea manaza con uñas negras que habitaba en las oscuras y peligrosas aguas de las charcas y pozos. Se decía de ella que siempre estaba al acecho, siempre atenta y que arrastraba a los niños, a su madriguera líquida, que habían conculcado la prohibición de no acercarse al brocal. En la Solana (También Ciudad Real) se decía que se llevaba a los niños díscolos. Pero no hay acuerdo, es si la Mano Negra, es la diestra o la siniestra. En otras localidades se le recordaba como un lustre espantajo antropomorfo: secuestrador nocturno que merodeaba por doquier en busca de gente mala. Parece ser este espantajo tiene un pariente en otras localidades denominada la “Pata Negra”, su hábitat son las chimeneas. Se la dibuja como una gran pata de lobo negro o de zorra del mismo color. En Galicia, era uno de los aspectos que adoptaba un demonio capaz de adoptar su forma física y con esta forma, daba sustos de muerte. En el castro de Montealegre (Domaio, Pontevedra) dos personas pasaban por un camino. Una no vió nada, pero la otra vió la Mano Negra y murió casi instantáneamente.

Gamusinos[editar]

La tradición oral ha adjudicado a estas criaturas, las formas y figuras de las más dispares y originales: avecillas que brillan en la oscuridad, pequeños mamíferos, ranas, tortugas, etc. Se dice que su hábitat son las partes copas de los árboles, bajo los hongos, orillas de los arroyos y en los matorrales más densos. En muchos pueblos castellanos se les tiene como “animales que paraban en el campo y hacían sonidos extraños”.

El lobo hechizado u hombre-lobo en Castilla[editar]

Representación del lobo hechizado.

De este personaje se decía que había sido víctima de una maldición, o bien se “hechizaba” mediante ungüentos o la ingestión de ciertas hierbas. En ocasiones se hacían acompañar de jaurías de lobos reales. Y muchas ocasiones, siendo éste consciente de la transmutación que sufría determinadas noches, avisaba a los familiares que no abrieran las puertas. Esto es precisamente lo llamativo de los hombres lobos castellanos, que su identidad era conocida por el pueblo. (Sin que esto fuera un problema para convivencia y nadie sufriera ningún daño).

Nubleros y regulares[editar]

Se dice de aquellos seres elementales o personas que conjuran o manejan a su antojo la lluvia o la meteorología en general (llevar las nubes a sitios concretos o hacer llover piedras). Se les conoce como Nubleros, nublaos, nuberos, reñuberos o seres regulares. Hasta no hace mucho aún se culpaba algún elemento sobrenatural a los fenómenos atmosféricos maléficos, destrozadores de casas y cosechas, encarnando en individuos con poderes especiales como los antiguos atributos de los geniecillos del aire.

Finaos/Vinaos[editar]

Espíritus de muertos, que especiálmente en las noches de San Juan gustan de visitar a sus familiares, unas veces con buen propósito, otras no con tan buen propósito. Carlos Villar Esparza recoge este mito (Revista de Folclore nº 182, y nº 274):

Espíritus de los familiares fallecidos, viejos lémures, que salían la noche de los Difuntos, en todos los pueblos del Campo de Montiel. Se les atinaba caminando por los tejados, calles desiertas y rincones a oscuras.

En Torre de Juan Abad, de esa noche, algunos contaron que, al pasar por el cementerio, vieron estantiguas agarradas a las rejas, que lo cierran, increpando a todos aquellos que pasaban de la obligación de cumplir las promesas y el respeto que debían a sus fallecidos. Asimismo alguno de los finados se llegaba hasta las casas y se escondía detrás de las puertas. Así lo contaban las abuelas a sus nietos junto al fuego comiendo los dulces tostones.

Asimismo, los infanteños creían que esa noche: “Se aparecía una persona fallecida y reclamaba una promesa que tenían que cumplir”.

Se recuerda que alguna de estas visiones se la vio: “En la pila del agua bendita o diciendo misa”.

Era generalizada, en toda la comarca montieleña, la creencia que en habiendo muerto, las campanas daban aviso de ello, en el pueblo, no se podía ni debía, cocinar ajillo, gachas… pues, el muerto acudía y removía con el dedo las gachas o el ajillo que estaba en la lumbre. Había que retirar a escape el caldero y dejarlo para otro día. Credulidad conservada aún en muchos hogares.

¿Vestigios del ágape funerario, en el cual los finados eran homenajeados y donde éstos acudían en espíritu a saborear su plato en el asiento dispuesto en la mesa?

La noche del uno al dos de noviembre había que quedarse en casa, pues, esa noche, los finados andaban por tejados y calles arrastrando pesadas cadenas, de "visiteo" y en pos del hogar que tuvo en vida. En encontrándolo, muchos de ellos se escondían detrás de las puertas con gran espanto de los niños. Había quien se pasaba toda "la mala noche" tocando lúgubremente las campanas de la iglesia.

Bibliografía[editar]

+"Mitos de Castilla y León" (2009)- José Luís Hernaldo. Castilla tradicional

  • “Viejas historias de Castilla la Vieja” (1964) – Miguel Delibes
  • “Del viejo folclore castellano: páginas sueltas” (1984) – Julio Caro Baroja
  • ”La casa encantada. Estudios sobre cuentos, mitos y leyendas de España y Portugal” (1997) – Eloy Martos
  • Aquelarre (juego de rol)"
  • ”Cuentos populares de Castilla y León. 2 vol.” (1987-88) – Aurelio M. Espinosa (hijo)
  • “Mitología popular (Campo de Montiel)” (2004) – Revista de Folklore N.º 282 | Fundación Joaquín Díaz
  • “Aproximación antropológica a Castilla y León]” (1988) – Luis Díaz Viana
  • “Historias y Leyendas Palentinas” (2001) – F. Roberto Gordaliza Aparicio
  • “Leyendas y tradiciones españolas” (1958) – Cristóbal Lozano
  • "Literatura Fantástica y de Terror Española del Siglo XVII" (1982) – Varios autores. Fontamara, S.A.
  • “La cripta sellada]” (2007) – Ángel del Pozo de Pablos
  • “Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (Tribunales de Toledo y Cuenca) (El duende Martinico). (1942) – S. Cirac Estopañan
  • “En busca del unicornio” (1987) – Juan Eslava Galán.
  • “Cuentos populares españoles” (1946) – Aurelio M. Espinosa
  • “Las matres celtibéricas y los relatos sobre los orígenes de los territorios comunales castellanos]” (1990) – Revista de Folklore N.º 110 | Fundación Joaquín Díaz
  • “Un futuro incierto]” Luis Díaz Viana (Diario de Valladolid)
  • “Palencia en el siglo XV]” (1895) – Francisco Simón y Nieto
  • “Literatura Fantástica y de Terror Española del Siglo XVII”]

Leyendas[editar]

En las tierras castellanas hay toda clase de leyendas, muchas bajo el tamiz de la impronta católica imperante en aquellos tiempos, otras adaptadas a largos siglos de fronteriza convivencia con los territorios en poder de los musulmanas.

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]

Referencias[editar]

  1. Véase “Literatura Fantástica y de Terror Española del Siglo XVII” ISBN:9788473672245
  2. “Las matres celtibéricas y los relatos sobre los orígenes de los territorios comunales castellanos” (1990) – Revista de Folklore, nº 110
  3. "Práctica de exorcistas y ministros de la Iglesia" (1668) Benito Remigio Noydens
  4. "El anillo de Giges", José de Cañizares. isbn:8400055373