Masculinidad

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La masculinidad es la construcción cultural de género que designa el rol de los varones en la sociedad.

Se entiende por «masculinidad» un conjunto de características asociadas al rol tradicional del varón. Algunos ejemplos de esas características son la fuerza, la valentía, la virilidad, el triunfo, la competición, la seguridad, el no mostrar afectividad, etc. De manera que a lo largo de la historia, y todavía hoy día, los varones han sufrido una gran presión social para responder con comportamientos asociados a esos atributos.

Símbolo masculino.

Masculinidades[editar]

Se entiende por «masculinidades» a un conjunto de construcciones culturales a través de la historia, por las cuales se les asignan a los varones ciertos roles sociales propios de su género. Desde esta perspectiva se le asignan, también, otras características a las mujeres. Se espera de los varones que sean fuertes, independientes, agresivos, activos, resistentes, que soporten el dolor y que sean ellos los violentos.[1] El estudio de la masculinidad o las masculinidades han sido objeto tanto de la antropología, como la sociología, la psicología y el ámbito de la sexualidad y la salud reproductiva.[2]

Masculinidad hegemónica o machismo[editar]

Violencia machista 3.jpg

La construcción de la masculinidad hegemónica está directamente vinculada con la adopción de prácticas temerarias y de graves riesgos.[3]

La masculinidad hegemónica o machismo está asociada directamente con el patriarcado como lógica de relación y de comprensión del mundo, donde el varón es el género predominante en la condición humana. Esta postura antropológica es, desde hace varias décadas, cuestionada a partir de los estudios antipatriarcales, en particular en los estudios feministas. Estos análisis son reflexiones, en el mayor de los casos, de prácticas políticas asociadas a organizaciones de mujeres en busca de la liberación de las mismas.

Los estudios de género con respecto a las mujeres lograron cuestionar la política sexista como prescripción de género, pero no con respecto a los varones, por lo cual éstos quedaron fijados en su rol de género. De esta manera se esquematiza el rol del ejercicio de la masculinidad y se la confunde con la representación social reduciéndose así las diferencias entre los varones y aumentándolas con respecto a las mujeres.[4]

Dentro de los «roles» característicos que se les asigna a la masculinidad hegemónica se encuentran: virilidad, caballerosidad, superioridad, fortaleza, temple, competición, entre otros. Esto lleva a una división social del trabajo desigual donde el varón tiene un lugar en el mundo asociada a la fuerza de trabajo y la mujer al de la reproducción.

Además, como es el más fuerte, el más inteligente, el racional, "el hombre de la casa", debe asumir como propias de su masculinidad una serie de tareas que lo hacen encarar obligaciones y funciones de manera aberrante (lo mismo que sucede en la mujer: como la lleva dentro por nueve meses, la parió y puede amamantarla, es la única capacitada y llamada al cuido de la prole). Así el hombre es el llamado al sostén y mantenimiento de la familia, a asumirse únicamente como proveedor de las cuestiones materiales de la familia (obviando nutrir con otros alimentos básicos de la convivencia humana), a no manifestar preocupaciones cuando la situación socioeconómica aprieta, etc.[5]

Consecuencias de la Masculinidad hegemónica (Machismo)[editar]

Las consecuencias de este marcado estereotipo social se puede encontrar en los servicios de terapia intensiva de los hospitales, en la población carcelaria, donde la gran mayoría de los reclusos son varones, en las estadísticas de accidentes, en los hechos delictivos que leemos en los diarios pues los varones tendrían una mayor propensión a cometer delitos, etc.
Ser varón es un factor de riesgo tanto para las estadísticas de suicidio como para las estadísticas de accidentes de tránsito.[6]

La maquinaria, el trabajo fuerte y músculos son tradicional y sesgadamente asociados con la masculinidad.

Esto no se debe a que la violencia o la agresividad sean algo inherente al ser varón sino a que los varones son más reticentes a consultar cuando se sienten mal y por eso suelen terminar internados cuando la situación ya es grave, a que los varones tienden más que las mujeres a exponerse a situaciones de riesgo porque eso es lo que se espera de ellos y porque son empujados socialmente a la pelea, la disputa, la demostración de fuerza física y el despliegue muscular.[4]

El significado de “Ser hombre” es diferente para cada persona, situación que se explica a partir del proceso de socialización al que todos los seres humanos estamos expuestos desde la más temprana edad, ya que no es lo mismo ser hombre en Europa que en América latina, o ser un hombre rural que vivir en un ámbito urbano, y más allá de esto, no es lo mismo vivir siendo un hombre heterosexual que un hombre homosexual. Este proceso puede llevar a no disfrutar de la sexualidad y no buscar el cuidado de la salud; además de perpetuar estereotipos.[2]

Desde su nacimiento se los viste de azul, se les enseña a no quejarse, a no mostrarse vulnerables porque eso significa debilidad, a no demostrar sus sentimientos en especial la ternura, a no pedir ayuda, a ser siempre activos y no mostrar su desconocimiento, a confundir acción y agresión con virilidad, a confundir el poder, la productividad, la conquista, la hiperactividad y la penetración con masculinidad, a luchar hasta no dar más, a rendir en los deportes a expensas de la propia salud, se les indica que no deben llorar, que deben competir y ganar siempre en las peleas, sobresalir en los deportes de riesgo, exponerse a peligros sin sentir temores, entre otros.[4]

Desde muy pequeños a los varones se les retacea la ternura que se les brinda a las niñas condenándolos a la independencia, la madre les niega los besos y abrazos que prodiga a sus hermanas, no se los halaga por sus esfuerzos de seducción sino que se les enseña a no ser coquetos, no se los protege contra la angustia de la soledad porque «los hombres no tienen miedo», a través de frustraciones experimentan desde muy temprano el desamparo, su destete es más brutal que el de las niñas, se le dice «un hombre no pide besos», «un hombre no se mira en el espejo», «un hombre no llora». Se les inculca desde muy temprano el orgullo por la trascendencia de su sexo como compensación por todas las frustraciones padecidas.[7]

Para la sociedad la eficiencia del varón se identifica exclusivamente con el rendimiento productivo, laboral, económico, profesional o bélico, sin tener en cuenta sus reales necesidades tanto emocionales como físicas, sus sentimientos, su salud física o mental o su deseo sexual. Los varones son compelidos a tener una vida sexual frecuente y a estar siempre disponibles, como si más fuera sinónimo de mejor, con lo que la sexualidad masculina se convertiría más en un mandato social que en un placer singular.[4]

Como ejemplo podemos citar el hecho de que se espera que los jóvenes tengan experiencias sexuales como demostración de virilidad, ya que no hacerlo, puede llevar a la sociedad a dudar de su masculinidad. Esta situación lo enfrenta a un mayor riesgo si desconoce las estrategias de protección.[2]

Esto los convierte en un colectivo más vulnerable en cuanto a la salud sexual, como ser las infecciones de transmisión sexual como el SIDA, en cuanto a la salud reproductiva, como por ejemplo las dificultades para hacerse cargo de la paternidad y en cuanto a la violencia en general.[2]

Por ejemplo, un estudio realizado en Yucatán entre 2000 y 2005 sobre mortalidad infantil mostró un mayor índice de muertes en niños que en niñas. En cuanto a las cifras de suicidio entre adolescentes, la estadística mostró que un 80% de los mismos habían sido realizados por varones. Entre las víctimas de homicidio en adolescentes entre 15 y 19 años, el 86% habían sido varones.[8]

Pero como estos «valores masculinos» son socialmente más valorizados que los «valores femeninos», muchas veces los varones tienden a confundir más fácilmente identidad personal con identidad de género que las mujeres, o sea, lo que se espera de ellos según el estereotipo social, con lo que realmente son.[4]

Los estudios sobre varones surgieron básicamente para dar respuesta a las diversas formas de hacerse hombres en diferentes sociedades y contextos, pero más que nada, emergieron para entender por qué si el modelo tradicional de masculinidad ubica a los varones en una posición de poder y autoridad, desde hace algunas décadas se encuentran vulnerables a los vaivenes de la vida global y frente a las mujeres.[2]

Nuevas masculinidades[editar]

La búsqueda de nuevas masculinidades está asociada a la posibilidad de pensar un acompañamiento o una cooperación a los procesos de liberación de las mujeres. Estas nuevas masculinidades han establecido una brecha entre aquellos roles estereotipados históricamente y la posibilidad de establecer relaciones igualitarias entre varones, mujeres y otras identidades sexuales.

Ciertos estudios confirman la existencia, en diferentes sociedades e incluso en una misma sociedad, de múltiples masculinidades. Ahora bien, algunos investigadores sociales encontraron, como un factor común en la mayoría de los grupos sociales por ellos estudiados, una misma tendencia a exaltar un modelo de masculinidad por encima de otros existentes, el cual se busca imponer de forma hegemónica a todos los varones pertenecientes al grupo. También establecieron que en la constitución de tales modelos hegemónicos intervienen factores de diferentes órdenes: políticos, económicos, sociales y culturales.[9]

Desde hace algunas décadas, varones preocupados por la imposición de relaciones de dominación sobre las mujeres a partir del patriarcado, se han comenzado a organizar para acompañar a las mujeres en sus luchas. Dichos colectivos de «Varones Antipatriarcales» hacen aportes a las críticas al capitalismo a partir de matrices de pensamiento alternativas, muchas veces ligadas a las prácticas feministas.

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]

Referencias[editar]

  1. Juan Carlos Ramírez Rodríguez. «Madejas entreveradas: Violencia, masculinidad y poder».
  2. a b c d e Villagómez Valdéz (2010). Varones y masculinidades en transformación. Mérida, Yucatan: UADY. p. 14. ISBN 978-607-7573-62-3. Consultado el 5 de diciembre de 2013. 
  3. Elva Rivera Gómez y Cirilo Rivera García (2010). «La construcción cultural de la masculinidad». Varones y masculinidades en transformación. Mérida, Yucatan: UADY. p. 47. ISBN 978-607-7573-62-3. Consultado el 5 de diciembre de 2013. 
  4. a b c d e Norberto, Inda (1992). «Género masculino, número singular, pág. 212». Género, psicoanálisis y subjetividad. Buenos Aires, Paidós. ISBN 950-12-4192-0. 
  5. Salas Calvo, José Manuel. «Masculinidad y violencia doméstica, Consideraciones teórico/conceptuales» (en español). Masculinidad y violencia doméstica, Consideraciones teórico/conceptuales - Pág. # 6. Consultado el 1 de Octubre del 2012.
  6. Bonino, L (Santiago de Compostela,1992). «Accidentes de tráfico». Encuentro Hispano-argentino, Prevención en Salud Mental. 
  7. Simone de Beauvoir (1985). El segundo sexo, tomo II, pág. 16. Buenos Aires, edciones Siglo Veinte. ISBN 950-516-067-6 |isbn= incorrecto (ayuda). 
  8. Leticia Paredes Guerrero. «La condición de salud y maltrato de los niños en Yucatán». Varones y masculinidades en transformación. ISBN 978-607-7573-62-3. Consultado el 5 de diciembre de 2013. 
  9. Antonio Boscán Leal. «Las Nuevas Masculinidades Positivas» (en español). Utopía y Praxis Latinoamericana. Consultado el 16 de junio de 2012.