Los gallinazos sin plumas (libro de cuentos)

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Los gallinazos sin plumas
Autor Julio Ramón Ribeyro
Género Libro de cuentos
Idioma Castellano
Editorial Círculo de Novelistas Peruanos
País Bandera de Perú Perú
Fecha de publicación 1955
Formato Impreso
Páginas 135
Serie
Los gallinazos sin plumas Cuentos de circunstancias
(1958)

Los gallinazos sin plumas es el primer libro de cuentos del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, publicado en 1955. Reúne ocho cuentos, encabezado por el que da el título a la obra, el mismo que se convirtió en uno de los cuentos emblemáticos de la literatura peruana. Estas narraciones se clasifican dentro del llamado Realismo urbano.

Contexto[editar]

Si bien Los gallinazos sin plumas fue el primer libro publicado por Ribeyro, ya desde 1951 había dado a luz sus primeras narraciones en diversas publicaciones, como el suplemento dominical del diario El Comercio y revistas estudiantiles. Estos cuentos primigenios eran del género fantástico, influidos por Borges y Kafka. Es a partir de Los gallinazos cuando Ribeyro se dedica de lleno al relato urbano y a la descripción de diversos tipos psicológicos y clases sociales de Lima, especialmente de la clase media peruana, hasta entonces poco o nada tratada en la narrativa peruana.

Los cuentos están fechados entre 1953 y 1954, años en los que el autor vivía en París. Sus personajes habituales son los pequeños empleados, los estudiantes universitarios y los personajes marginados de las barriadas. Precisamente, la época en que se sitúan las historias, presumiblemente en las décadas de 1940 y 1950, fue cuando se inició una ola migratoria de provincianos hacia Lima, donde surgieron las grandes barriadas o pueblos jóvenes (equivalentes a las villas miserias o favelas de otros países sudamericanos).

Los cuentos[editar]

  • Los gallinazos sin plumas
  • Interior "L"
  • Mar afuera
  • Mientras arde la vela
  • En la comisaría
  • La tela de araña
  • El primer paso
  • Junta de acreedores

Resumen[editar]

Los gallinazos sin plumas[editar]

Este cuento está ambientado en un arrabal de Lima, cerca al mar. Los hermanos Efraín y Enrique son dos niños que viven bajo la tutela de su abuelo, llamado don Santos, un ser áspero, despótico y lisiado, que andaba con una pata de palo. Don Santos obliga a sus nietos a levantarse temprano y los envía a los basurales, para que recolecten alimentos con los que cebaba a su cerdo, llamado Pascual. Cierto día Efraín se corta el pie con un vidrio roto, lo que le produce una herida que se infecta, impidiéndole continuar sus labores. El abuelo, indiferente, obliga a Enrique a asumir la tarea de su hermano, recargándole así su trabajo. Otro día, Enrique trae a casa un perro sarnoso y flaco, a quien adopta como mascota y lo bautiza con el nombre de Pedro. Pero Enrique se enferma de las vías respiratorias, le da fiebre y al igual que su hermano queda postrado en la cama; el abuelo, enfurecido, amenaza con no darles comida hasta que retomen sus labores; él mismo intenta ir a los basurales pero fracasa estrepitosamente, al no tener la agilidad de sus nietos. Era invierno y al cerdo le empieza a dar la locura del hambre. Una mañana, el abuelo entra al cuarto de sus nietos y los obliga a levantarse; entonces Enrique se ofrece ir él solo al muladar con cuatro latas o recipientes de hojalata, pero deja a su perro Pedro al cuidado de su hermano. De retorno con las latas llenas, Enrique no encuentra al perro y se entera entonces que el abuelo había apaleado al animal y arrojado su cuerpo como alimento para el cerdo. Horrorizado al ver los restos de su perro, Enrique reprocha vehementemente al abuelo por cometer tal acción, hasta hacerlo caer de espaldas dentro del corral del cerdo. El abuelo, por carecer de una pierna, no podía levantarse y teme que su cerdo se le acerque, por lo que suplica a Enrique que le ayude. Pero éste va en busca de su hermano, lo alza en hombros, y se marchan, dispuestos a vivir en otro sitio. De lejos, sienten llegar desde el corral del cerdo el rumor de una batalla.

Interior "L"[editar]

Este relato tiene como protagonistas a un colchonero y su hija de quince años, Paulina, que vivían en un callejón o casa de vecindad, en el interior “L”. La esposa del colchonero había fallecido tiempo atrás de tuberculosis, mismo mal que llevó también a la tumba al hijo mayor de la familia, que trabajaba como albañil. El colchonero se ganaba la vida renovando colchones y sentía que ya las fuerzas se le iban. Cierto día regresó temprano a casa y encontró a Paulina durmiendo a pierna suelta, por lo que la reprendió enérgicamente, por faltar a la escuela. Fue entonces cuando notó una convexidad en el vientre de su hija, asaltándole una negra sospecha que de inmediato lo confirmó; efectivamente, su hija estaba embarazada. Paulina confesó que había sido abusada sexualmente por un maestro de obras de una construcción vecina, un zambo joven y fornido, llamado Domingo Allende; según ella, aquél se había metido a su habitación y la había forzado. El colchonero encaró a Allende, pero éste alegó que fue su hija quien la buscó y la invitó a su cuarto, y que todo había sido consentido; sin embargo, el colchonero no se quedó tranquilo y fue a consultar a un abogado de la vecindad, quien le alentó a presentar la denuncia, pues al ser Paulina todavía menor de edad, ello le costaría a su ofensor pena de cárcel. Un día, el colchonero se encontró nuevamente con Allende y tras una discusión, lo amenazó con denunciarlo. Allende cambió entonces de rostro y se retiró preocupado. Días después, fue a visitar al colchonero con un representante de la constructora, para pactar un arreglo. A cambio de no presentar la denuncia, el colchonero recibiría una crecida suma de dinero. El colchonero terminó por aceptar, pues conocía lo intrincado y fatigoso que era andar en líos judiciales. Con esa suma, él y su hija pudieron vivir desahogadamente, por un tiempo; sin embargo Paulina sufrió un aborto espontáneo y lo que quedaba del dinero tuvieron que gastarlo en remedios. El relato finaliza cuando el colchonero, enfermo y hastiado de tener que trabajar duramente, le sugiere a su hija, ya recuperada, que busque nuevamente a Allende. En otras palabras, le incita a que cometa un chantaje sexual, del que se beneficiarían nuevamente. Paulina se limita a responder que lo pensará.

Mar afuera[editar]

El relato empieza mostrando a dos amigos, Janampa y Dionisio, navegando a bordo de una barca, yendo a la faena de pesca. Janampa, zambo pescador y dueño de la barca, había invitado a Dionisio muy de madrugada a que le acompañara en esa labor. Pronto, Dionisio se dio cuenta que la intención de Janampa era otra y empezó mentalmente a reconstruir su amistad con éste. Lo había conocido hacía dos años en una construcción en la que trabajaron como albañiles. En cierta ocasión le ganó su salario en un juego de póquer. Tiempo después, durante una fiesta de cambio de aros, Dionisio conoció a una mujer apodada “La Prieta”, a la que conquistó, pero notó que Janampa, ya por entonces pescador, también la había pretendido, siendo rechazado por ella debido a su fama de donjuán de barriada. Al parecer, Janampa continuó interesado por la Prieta; ésta misma le cuenta a Dionisio que antes de acostarse en su barraca veía siempre a Janampa merodeando cerca. Volviendo al inicio del relato, en esa madrugada, cuando partió a acompañar a Janampa a la pesca, Dionisio se despidió cariñosamente de la Prieta, quien le pidió que no demorara mucho, tal vez presintiendo algo. Llegado ya mar afuera, muy lejos del litoral, Janampa ordenó a Dionisio que echara la red desde la popa. Dionisio le obedeció, dándole la espalda. La tarea era muy lenta y fatigosa. Dionisio sabía ya que Janampa en cualquier momento lo atacaría; vio que era imposible huir y esperó resignado la puñalada fatal.

Mientras arde la vela[editar]

Aparece la protagonista, doña Melchora, pensativa en su habitación, de noche. Era una señora humilde, que vive con Moisés, su esposo, un albañil alcohólico, y con su hijo menor, Panchito. Recuerda que horas antes habían traído a su esposo, inconsciente; se había caído de un andamio, mientras trabajaba, pues al parecer se hallaba un poco mareado (ebrio). Mercedes había creído que no sobreviviría, pero luego de un rato Moisés despertó y se puso como loco, queriendo agredirla, tal como solía hacer cada vez que tomaba. Ella se defendió y lo empujó; Moisés se cayó y se golpeó fuertemente la cabeza en el suelo, quedando nuevamente desmayado. Pero esta vez se quedó rígido y no parecía respirar. Con ayuda de Panchito, Melchora colocó a su esposo en la cama, al que creía muerto. Luego salió de la casa a buscar a doña Romelia, su vecina, para preguntarle qué debía hacer. Melchora estaba harta de la infeliz vida que llevaba con su esposo; deseaba abrir una verdulería con los ahorros que tenía, pero mientras estuviera con Moisés no podía poner en ejecución sus planes. Le había pedido el divorcio infructuosamente. Sentía que con la muerte de Moisés las cosas serían distintas; era como una oportunidad que se le presentaba. Pero cuando regresó a casa, su hijo le dijo que su papá no estaba muerto, pues mientras había hablado con él durante su ausencia. Melchora no quiso creerle, pero luego escuchó la voz de su esposo que le pedía a gritos agua. Ya se había reunido mucha gente en la casa informada de la supuesta muerte de Moisés; todos festejaron la falsa noticia. Llegaron enseguida los de Asistencia Pública, informados de la muerte de un hombre; el enfermero se contrarió al no hallar ningún cadáver, pero obligado por los presentes, examinó a Moisés. Le aconsejó que no bebiera más, pues su corazón estaba dilatado y una borrachera más le sería fatal. Retirados todos, Melchora se fue contrariada a su cuarto, pensando que ya no podría abrir su verdulería; esperó que la vela que alumbraba la habitación se consumiera para acostarse; mientras tanto recordó la recomendación que el enfermero hizo a su esposo. Melchora salió entonces del cuarto a buscar algo en la oscuridad; de una canasta extrajo una botella de aguardiente y volvió al dormitorio. Su esposo ya se hallaba acostado y roncaba. Junto a su cabecera, Melchora colocó la botella. De pronto se apagó la vela. Melchora se acostó entonces junto a su esposo, ya más tranquila y confiada en el porvenir.

Bibliografía[editar]

  • Elmore, Peter: El perfil de la palabra: la obra de Julio Ramón Ribeyro, Volumen 3. Fondo Editorial PUCP, 2002 - 254 páginas.
  • Cornejo Polar, Antonio: «Historia de la literatura del Perú republicano». Incluida en Historia del Perú, Tomo VIII. Perú Republicano. Lima, Editorial Mejía Baca, 1980.
  • Ribeyro, Julio Ramón: La palabra del mudo. Cuentos completos. Fidelio Editores. Montevideo, Uruguay, 2008. ISBN 84-663-1055-9
  • Sánchez, Luis Alberto: La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú, tomo V. Cuarta edición y definitiva. Lima, P. L. Villanueva Editor, 1975.