Leopoldo Mandic

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San Leopoldo de Castelnuovo
Nombre Bogdan Ivan Mandic Zarevic
Nacimiento 12 de mayo de 1866
Castelnuovo di Cattaro (Herceg Novi), Reino de Dalmacia
Fallecimiento 30 de julio de 1942
Padua, Italia
Venerado en Iglesia católica
Beatificación 2 de mayo de 1976, por Pablo VI
Canonización 16 de octubre de 1983, por Juan Pablo II
Festividad 12 de mayo

San Leopoldo Mandic de Castelnuovo (Castelnuovo, 12 de mayo de 1866) – Padua, 30 de julio de 1942). Sacerdote capuchino, declarado santo por Juan Pablo II.

Primeros años y vida religiosa[editar]

Nacido en el siglo como Adeodato Juan Mandic Zarevic en la ciudad de Castelnuovo, en el Reino de Dalmacia (en el Imperio Austrohúngaro), y hoy conocida como Herceg Novi en la República de Montenegro

Fue el duodécimo hijo de los croatas Pedro Mandic y Carlota Zarevic, ambos de ascendencia noble y fieles católicos. Su padre era dueño de una flota pesquera que trabajaba en el Adriático, sin embargo, debido a convulsiones políticas locales, la familia perdió la mayoría de su fortuna. Crecer en la pobreza fue una experiencia muy importante para formar el carácter de Adeodato y le ayudará en su futuro a comprender mejor las condiciones de miseria material, moral y espiritual. Sufrió varias discapacidades que afectaron el habla y el crecimiento (alcanzó una estatura de 1,35 mt), pero cursa, a pesar de todo, una infancia tranquila, dedicándose a los estudios y a prácticas de piedad frecuentemente.

En noviembre de 1882, a los 16 años, Adeodato va a Udine, Italia para entrar al seminario de los Capuchinos de Venecia, quienes lo aceptaron y le dieron el nombre de “Leopoldo de Castelnuovo”. Durante su formación destaca por su gran piedad y amor por la oración. Hizo su primera profesión de votos en 1885 y los votos perpetuos en 1888. Fue ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1890 en Venecia a los 24 años.

Concluida la formación y los estudios en Venecia, fue superior de la residencia de Zara durante tres años, 1897-1900; vivió en Bassano del Grappa, 1900-1905; fue vicario del convento de Capodistria, 1905-1906; confesor en Thiene (Vicenza), 1906-1907, en el santuario de la Virgen del Olmo, al que volverá en 1908 después de un año de permanencia en Padua.

Desde el 25 de abril de 1909, ejerce el ministerio de confesor en Padua hasta su muerte, a excepción de dos paréntesis: el de internado por razones políticas (30 de julio de 1917 - mayo de 1918), en cuyo tiempo (I Guerra Mundial), al no tener la nacionalidad italiana, vivió como desterrado voluntario en el sur de Italia (Tora, Nola, Arienzo); el otro paréntesis, a causa del traslado provisional a Fiume, del 16 de octubre al 11 de noviembre de 1923.

Características de su apostolado[editar]

Desde su juventud, uno de los grandes deseos apostólicos del padre Leopoldo era volver a su patria, predicar entre su pueblo y trabajar por la unión de las iglesias de Oriente y Occidente, un gran sueño que no pudo realizar ya que sus superiores, teniendo en cuenta su frágil salud (frecuentes trastornos gástricos, mala vista, artritis reumatoide y problemas de dicción, entre otros problemas) no le permitieron acudir a misiones. A pesar de todo, el deseo de la unión de todos los cristianos estaría permanentemente en su oración y sus intenciones hasta el momento de su muerte.

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En Padua, sus superiores le encargan el ministerio de dedicarse a la confesión, lo cual acepta obedientemente. Escribirá después: «Toda alma que vaya en busca de mi ministerio será entonces "mi Oriente"». Se dedica con ahínco a la tarea, atendiendo a quien viniera, a cualquier hora del día. A pesar de tener un carácter fuerte y un poco irritable, se dominaba muy bien a la hora de ejercer su ministerio, incluso sus hermanos a veces le acusaban de ser demasiado compasivo y permisivo con los penitentes. El padre Leopoldo en efecto era culto y agudo, comprensivo y empático con todos quienes acudían donde él, tratando a la gente con gran sensibilidad. Diariamente todo tipo de personas de Padua y sus cercanías acudían para recibir consuelo y consejo espiritual.

Sentía además gran predilección por las obras para favorecer a las madres y los niños, de modo que en favor de los niños huérfanos inspiró a una maestra de Rovigo que instituyese «pequeñas casas» para ellos. También fue un gran defensor de la vida y la familia. Hablando con médicos les decía: «El derecho a nacer y a la vida es sagrado e inviolable y por eso no sólo hay culpa, sino maldición y condena inexorable para los que a él se oponen; ninguna finalidad médica, eugenética, social, moral, económica puede servir de justificación para tal supresión». Igualmente inflexible se mantenía ante los maridos violentos con sus esposas o los infieles. Lo manifestaba él mismo: «Cuando se me presentan maridos de esta índole, los pongo entre la espada y la pared, delante de su responsabilidad». Añadía para los que traicionan la fidelidad conyugal que «la mayor de las traiciones del mundo es traicionar el afecto».

Cultivó una profunda devoción a la Virgen María, a quien se refería como “mi patrona bendita”. Rezaba el rosario frecuentemente y celebraba la misa diariamente en el altar dedicado a ella. Después de eso solía visitar a los enfermos que estaban en hospederías, hospitales y hogares de Padua. También visitaba la enfermería capuchina para confortar a los frailes enfermos, brindándoles palabras de ánimo y ayudándoles a mantener la fe.

Fray Leopoldo presentó un cáncer de esófago que le llevó a la muerte a la edad de 76 años, falleciendo el 30 de julio de 1942, preparándose para la misa.

Pablo VI lo beatificó el 2 de mayo de 1976 y fue canonizado por Juan Pablo II el 16 de octubre de 1983.

El profesor Ezio Franceschini, de la Universidad Católica de Milán, sintetizó el servicio del padre Leopoldo al presentarlo «encerrado en una celdilla de escasos metros cuadrados, sin preocuparse de sus achaques, ni del frío, del calor, del cansancio, del interminable desfilar de las personas que acudían a sus pies con el peso de sus culpas, de sus penas, de sus necesidades... Confesando durante diez, doce horas al día, con paciencia, con bondad, con atención siempre viva, encontrando las palabras apropiadas para cada uno. Todo esto sin interrupción ni reposo, ni siquiera en los días anteriores a su muerte. Tener cada día nueva sed de almas; hacer llegar a las conciencias la luz de Dios; transformar la propia vida en una donación de sí y en una donación de Dios. Y todo con sencillez, con serenidad. Esta es la vida del padre Leopoldo».

Frases[editar]

“Algunos dicen que soy demasiado bueno, pero si usted viene y se arrodilla delante de mí, ¿no es suficiente prueba de que usted implora el perdón de Dios? La misericordia de Dios sobrepasa todas las expectativas”

«Esté tranquilo, póngalo todo sobre mis espaldas, asumo yo la responsabilidad».

«¡Pongo poca penitencia a los que se confiesan porque lo demás lo hago yo!»

«Hemos de vencer siempre con la caridad»

«Escondámoslo todo, incluso aquello que puede tener apariencia de don de Dios en nosotros a fin de que no se haga mercado de ello. ¡A Dios solamente el honor y la gloria! Si fuera posible, deberíamos pasar por la tierra como una sombra que no deja vestigio de sí».

«Tengo que estar siempre dispuesto a trabajar. Hemos nacido para la fatiga y tendremos el descanso en el paraíso».

« Un sacerdote debe morir de fatigas apostólicas; no existe otra muerte digna de un sacerdote».

Véase también[editar]

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