La guerra del fin del mundo

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La guerra del fin del mundo (1981) es un relato que ficcionaliza la Guerra de Canudos.

La novela del escritor peruano (Mario Vargas Llosa) aborda un trágico suceso del Brasil de fines del siglo XIX, años de formación o crisis de las repúblicas latinoamericanas. Lo trágico de la versión vargasllosiana de la Guerra de Canudos es que cada bando confronta con la seguridad de defender la certeza de su verdad. Por esa vía la aniquilación total es solo cuestión de tiempo.

Contenido

[editar] Argumento

Un santón, Antonio Conselheiro, consigue reunir alrededor suyo, en Canudos, a miles de creyentes del Buen Jesús. Lo que comienza como un problema de rebelión de una secta religiosa, acaba, por lo tanto, como una guerra civil de funestas consecuencias.

[editar] Personajes

  • Antonio Conselheiro
  • El León de Natuba
  • Joao Abade
  • El enano
  • Barón de CañaBrava
  • Pajeú
  • Rufino
  • Galileo Gall
  • María Quadrado
  • Moreira César
  • Jurema
  • El periodista miope
  • Joao Grande
  • Pires Ferreira
  • Antonio Vilanova
  • Padre Joaquim cura de Cumbe

[editar] "El León de Natuba"

" Nació con las piernas muy cortas y la cabeza enorme, de modo que los vecinos de Natuba pensaron que sería mejor para él y para sus padres que el Buen Jesús se lo llevara pronto ya que, de sobrevivir, sería tullido y tarado. Sólo lo primero resultó cierto. Porque, aunque el hijo menor del amansador de potros Celestino Pardinas nunca pudo andar a la manera de los otros hosmbres, tuvo una inteligencia penetrante, una mente ávida de saberlo todo y capaz, cuando un conocimiento había entrado a esa cabezota que hacía reír a las gentes, de conservarlo para siempre. Todo fue en él rareza: que naciera deforme en una familia tan normal como la de los Pardinas, que pese a ser un adefesio enclenque no muriera ni padeciera enfermedades, que en vez de andar en dos pies como los humanos lo hiciera a cuatro patas y que su cabeza creciera de tal manera que parecía milagro que su cuerpecillo menudo pudiera sostenerla. Pero lo que dio pie para que los vecinos de Natuba comenzaran a murmurar que no había sido engendrado por el amansador de potros sino por el Diablo, fue que aprendiera a leer y a escribir sin que nadie se lo enseñara. Ni Celestino ni doña Gaudencia se había dado el trabajo –pensando probablemente que sería inútil–de llevarlo donde Don Asenio, que, además de fabricar ladrillos, enseñaba portugués, latines y algo de religión. Y el hecho es que un día llegó el correo y clavó en las tablas de la plaza matriz un edicto que no se molestó en leer en voz alta alegando que tenía que clavarlo en otras diez localidades antes de ponerse el sol. Los vecinos tratan de descifrar los jeroglíficos cuando, desde el suelo, oyeron la vocecilla del León: Dice que hay peligro de epidemia para los animales, que hay que desinfectar los estables con creso, quemar las basuras y hervir el agua y la leche antes de tomarlas. Don Asenio confirmó que eso decían. Acosado por los vecinos para que contara quién le había enseñado a leer, el León dio una explicación que muchos encontraron sospechosa: que había parendido viendo a los que sabían, como don Asenio, el capataz Felisbelo, el curandero don Abelardo y el hojalatero Zósimo. Ninguno de ellos le había dado lecciones, pero los cuatro recordaron haber visto asomar muchas veces la gran cabeza hirsuta y los ojos inquisitivos del León junto al taburete donde leían o escribían las cartas que les dictaba un vecino. El hecho es que el Léon había parendido y que desde esa época se le vio leyendo y releyendo, a todas horas, encogido a la sombra de los árboles de jazmín caiano de Natuba, los periódicos, devocionarios, misales, edictos y todo lo impreso a que podía echar mano. Se convirtió en la persona que, con una pluma de ave tajada por él mismo y una tintura de cochinilla y vegetales, redactaba, en letras grandes y armoniosas, las felicitaciones de cumpleaños, anuncios de decesos, bodas, nacimientos, enfermedades o simples chismes que los vecinos de Natuba comunicaban a los de otros pueblos y que a una vez por semana venía a llevarse el jinete del correo. El León les leía también a los lugareños las cartas que les mandaban. hacía de escriba y de lector de los demás por entretenimiento, sin cobrarles un céntimo, pero a veces recibía regalos por esos servicios. No se llama León sino Felicio, pero el sobrenombre, como ocurría a menudo en la región, una vez que prendió desplazó el nombre. Le pusieron León tal vez por burla, seguramente por la inmensa cabeza que, más tarde, como para dar razón a los bromistas, se cubriría en efecto de unas tupidas crenchas que le tapaban las orejas y zangoloteaban con sus movimientos. O, tal vez, por su manera de andar, animal sin duda alguna, apoyándose a la vez en los pies y en las manos (que protegía con unas suelas de cuero como pezuñas o cascos) aunque su figura, al andar, con sus piernas cortitas y sus brazos largos que se posaban en tierra de manera intermitente, era más la de un simio que la de un predador. [...] Pese a que les redactaba la correspondencia, los vecinos no acabaron nunca de aceptar al León. Si sus propios padreds podían apenas disimular la vergüenza que les daba ser sus progenitores y trataron una vez de regalarlo ¿cómo hubieran podido las mujeres y los hombres de Natuba considerar de la misma especie que ellos a esa hechura? La docena de hermanos y hermanas Pardinas lo evitaban y era sabido que no comía como ellso sino en un cajoncito aparte. Así, no conoció el amor paternal, ni el fraterno (aunque, al parecer, adivinó algo del otro amor), ni la amistad, pues los chicos de su edad le tuvieron al principio miedo, y luego, repugnancia. Los acribillaban a pedradas, escupitajos e insultos si se atrevía a acercarse a verlos jugar. Él, por lo demás, rara vez lo intentaba. Desde muy pequeño, su intuición o su inteligencia sin fallas el enseñaron que, para él, los demás siempre serían seres reticentes o desagradados, y a menudo verdugos, de modo que debía mantenerse alejado de todos. Así lo hizo, por lo menos hasta el episodio de la acequia, y la gente lo vio siempre a prudente distancia, aunque las ferias y mercados."

[editar] Estilo de la novela

Quién cuenta La guerra del fin del mundo no es un solo narrador. Esta novela de 1981 recrea el episodio de la Guerra de Canudos volviéndola una épica polifónica.

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