Juicio particular

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Cristo Juez, de Fra Angélico (detalle)

Según la doctrina católica y algunas ramificaciones protestantes, el juicio particular es el momento en que el alma, que se separó de su cuerpo inmediatamente después de su muerte, define si ella va al Cielo, al Infierno o al Purgatorio. Más concretamente, el juicio particular "es el juzgamiento de retribución inmediata, que cada uno, a partir de la muerte, recibe de Dios en su alma inmortal, en relación a su fe y a sus obras" realizadas durante su camino de santificación terrestre.[1]


Ese "juicio" no es visto como una acción arbitraria de Dios, sino como una concesión al alma de tener consciencia de lo que fue en su vida terrestre. Después de esta epifanía particular, que es realizada por Cristo, el alma será destinada a estar:

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4) ---Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 12.II 1023

  • en el Purgatorio, que es una etapa de purificación y eliminación de las "manchas" de pecado, que son principalmente las penas temporales (consecuencias, el mal realizado) debidas a los pecados veniales o mortales ya perdonados, pero para los cuales no fue hecha expiación suficiente durante su vida. Después de la purificación debida, las almas entran inmaculadas en el Paraíso;[3]

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. ---Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 12.III 1030

  • en el Infierno, donde es impulsada a permanecer lejos de la presencia de Dios. El alma alcanza esta condenación definitiva solo si ella rechaza libremente a Dios y su amor, así como la gracia divina de la salvación y de la santidad.[4]

Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. ---Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 12.IV 1037

El Juicio Final, aquel que va a reunir a toda la humanidad, confirma la sentencia efectuada en el juicio particular de cada individuo. Ocurrirá también la resurrección final de los muertos, donde todas las almas volverán a juntarse con su cuerpo, pero ya inmortal (glorioso).[5] Todos los resucitados que merecen el Paraíso pasarán a vivir en el Reino de Dios, que también se irá a realizarse plenamente en este momento del fin del mundo y que corresponde a los nuevos cielos y a la nueva tierra prometidos por Jesús.[6]

Referencias[editar]

Del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, artículo 12 (disponible online en http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a12_sp.html#I El juicio particular ):

  1. 12.I El juicio particular 1021, 1022
  2. 12.II El Cielo 1023,1026
  3. 12.III La purificación final o purgatorio 1030 y 1031
  4. 12.IV El infierno 1033,1034,1035
  5. 12.V El Juicio final 1038,1039
  6. 12.VI La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva 1042,1043,1044