Juan Rodríguez Suárez
Juan Rodríguez Suárez (Mérida, España, 1510 - Venezuela, 1561) fue un explorador, conquistador y fundador que actuó en Colombia y Venezuela.
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Biografía [editar]
Nace en Mérida (España) sobre 1510; era hijo de Francisco Rodríguez y de Leonor Sánchez, o Suárez. Su primer contacto con la tierra firme americana fue en territorio panameño, concretamente en la ciudad costera de Nombre de Dios hacia el año 1540, donde llegará en algunas de las expediciones que venían desde España o de Santo Domingo.
Aparte de lo que se conoce por las páginas históricas, de su trayectoria castrense, de su arrojo, de su carisma, de sus legendarias hazañas y de sus hijos naturales en el territorio neogranadino, de la vida de Juan Rodríguez Suárez no se conocen datos, ya que fue muy reservado en sus manifestaciones y jamás habló de sus padres y de sus ocupaciones antes de ser soldado.
Se sabe por otras personas, que aunque nunca estuvo casado, tuvo cinco hijos con Juana, una hermosa india de Tunja; y con otras aborígenes de la comarca, era padre de algunos mestizos más.
En el Nuevo Reino de Granada, intervino en varias acciones de conquista y estuvo en la andina Tunja, fundada en 1539 por Gonzalo Suárez Rendón, donde convivió y compartió acciones castrenses con Francisco Ruiz y con Diego García de Paredes, y hasta con el cronista Pedro Cieza de León, quien también anduvo por aquellas latitudes; puesto que todos militaron en las huestes de los capitanes Pedro de Ursúa y Suárez Rendón, cuando andaban en la conquista de aquellos territorios.
En las crónicas de la época, se comenta que Rodríguez Suárez "era hombre honrado, principal y de mucho valor y calidad, y en tal reputación fue tenido por caballero...". Por otro lado, el cronista fray Pedro de Aguado, manifiesta que la enemistad existente entre éste y el capitán Juan Maldonado, provenía entre otras circunstancias, de que éste, basado en supuesto abolengo familiar, llamaba a Rodríguez Suárez "perro moro, hijo de mora y zancarrón de Mahoma", dando a entender que no era "cristiano viejo" por ser converso, o tener ascendencia morisca.
Conquista de la tierra [editar]
Rodríguez Suárez llegó a Santa Marta en 1541, después recorrerá el Nuevo Reino de Granada, con las huestes de su coterráneo Jerónimo Lebrón de Quiñones, quien se lanzó a la conquista de la altiplanicie andina buscando el mítico Dorado.
Sus primeros años en el Nuevo Reino de Granada, discurren como oscuro soldado; será a las órdenes del capitán Pedro de Ursúa, en la conquista y fundación de la Pamplona andina, cuando se haga notar su nombre, ya que fray Pedro de Aguado dirá de él "entre todos nuestros españoles se señaló mucho un soldado, llamado por nombre Juan Rodríguez Suárez, natural de la ciudad de Mérida en Extremadura..."
Reconocimientos [editar]
Por estas cualidades, en 1554 es nombrado regidor y el 1 de enero de 1558 será electo alcalde ordinario de Pamplona. Con este nombramiento, ve el cielo abierto para proseguir y culminar su carrera militar. En marzo de 1558, el Cabildo nominaba a Rodríguez Suárez para que fuese a buscar y descubrir minas.
A finales de junio de ese mismo año, emprenderá la empresa indagadora de las minas con 57 hombres, que con sus propios medios, los abastece y los pertrecha de caballos, armas y alimentos.
Espíritu fundador [editar]
Rodríguez Suárez y sus hombres marcharon hacia las "Sierras Nevadas", desde los llanos de Cúcuta, hasta el valle de Santiago. Aquí, descansaron algunos días y se dedicaron a la caza para abastecerse y continuar la marcha; posteriormente pasaron al Realejo, donde en los primeros días de octubre de 1558, fundaban el primer asiento de Mérida (Venezuela) y nombraban el Cabildo que regiría la nueva ciudad andina.
Acto seguido, Rodríguez Suárez manda emisarios a Pamplona para notificar la fundación de la ciudad, pero las autoridades encierran en prisión a estos emisarios. Aquí salían a relucir las consecuencias del enfrentamiento entre los dos capitanes, puesto que a mediados de febrero de 1559, Maldonado llegaba a Mérida al mando de 60 hombres, con la misión de prender a Rodríguez Suárez por haber fundado la nueva ciudad. Sin enfrentamiento, prenden al fundador y lo remiten a la Real Audiencia de Santa Fe.
Calumnias y pleitos [editar]
En los primeros días de mayo de 1559 se iniciaba el proceso, e injustamente acusaban a Rodríguez Suárez de cometer atropellos, vejaciones y crímenes contra sus hombres y los indios de la comarca merideña. Niega los cargos que se le hacen, excepto el de haber fundado la ciudad de Mérida, lo cual justifica convencidamente diciendo que lo hizo a petición de sus soldados, y además basado en una real provisión del 27 de diciembre de 1555 en la que se autorizaba al Cabildo de Pamplona para buscar minas en la zona de las Sierras Nevadas y poblar en las inmediaciones de aquellos parajes.
Pero las cosas se complican y se presenta acusación contra el fundador pidiendo la pena de muerte y la confiscación de todos sus bienes. Como el caso no estaba claro y Rodríguez Suárez no tenía ganas de morir, en un descuido…, dándole un empellón al alcaide lo derriba y semidesnudo escapa de la cárcel y se refugia al amparo de una iglesia cercana.
Desde aquella iglesia, pasa a la casa rectoral de su coterráneo el obispo fray Juan de los Barrios, que le brinda asilo y protección. Pero la justicia lo prenderá nuevamente, y volverá otra vez a prisión.
El caso no era fácil de solucionar y como la forma de salvar la honra y la vida era poner tierra de por medio, la noche del 21 de marzo con la ayuda de su coterráneo el obispo Juan de los Barrios, escapa Rodríguez Suárez y los dos hombres que había mandado, quienes también estaban presos con él.
Nuevos horizontes [editar]
Los evadidos escaparon y buscaron refugio en Trujillo (Venezuela), que por entonces pertenecía a la Real Audiencia de Santo Domingo. En esta ciudad, el capitán Diego García de Paredes, que ya conocía a Rodríguez Suárez porque eran amigos y habían militado juntos en las conquistas neogranadinas, los agasajó y los protegió.
Pero la Real Audiencia de Santa Fe no cejaba en su empeño de apresar a Rodríguez Suárez y envían una comisión. Los de Trujillo, para no entregar a Rodríguez Suárez, recurriendo a la burla, les dijeron "que como allí solamente sabían leer el Padrenuestro y el Ave María, no los entregaban porque no sabían lo que decían aquellos papeles".
Después de este incidente, Rodríguez Suárez se quedó en Trujillo y enseguida encontró acomodo en las milicias venezolanas que aspiraban a conquistar y poblar la comarca de los indios “caracas”. A finales de junio de 1561, emprendía la marcha hacia los parajes que habitaban las belicosas tribus.
Nuevas expectativas fundadoras [editar]
Autorizado por el gobernador Collado, el capitán mestizo Francisco Fajardo, ya se encontraba en la región costera que pretendían someter. La ascendencia india de Fajardo, que era hijo de un capitán español y de una cacica de la isla de Margarita, y el conocimiento de las lenguas nativas, le ayudaban a Fajardo a obtener resultados pacificadores. Este, ya había fundado el hato ganadero de San Francisco, y en la costa, el pueblo de El Collado, hoy conocido como Caraballeda.
Después de algunas escaramuzas con los indios, el cacique Guaicaipuro, que comandaba las tribus de la región, fingidamente pidió la paz, y Rodríguez Suárez creyéndolo, dejó a los mineros en las instalaciones, y con los soldados se dispuso a visitar a Fajardo.
Pero el cacique y sus guerreros, al ver las minas sin protección, una noche atacó las instalaciones, incendiándolas y pasando a cuchillo a todos los que se encontraban en ellas, incluyendo tres hijos de corta edad de Rodríguez Suárez. Solamente pudo salvarse un indio de servicio que alcanzándolo, le dio la noticia.
Enterado de la desgracia, Rodríguez Suárez resolvió regresar, pero cuando llegaron a la ranchería de San Francisco, también la habían atacado los indígenas. Mataron a los indios de servicio, arrasaron los bohíos, destrozaron los corrales y asaetearon a la mayor parte de las reses del hato ganadero.
Acomodaron lo que estaba destruido y, para imponer respeto a los indígenas, decidieron la creación de una ciudad. En el mismo lugar Rodríguez Suárez fundaba la villa de San Francisco. Acto seguido, daba legalidad a la fundación; repartió tierras y solares entre sus soldados y nombró alcaldes y regidores. Así nacía el primitivo asiento de Caracas, la futura capital venezolana.
...y al final, la muerte [editar]
Un hecho casual va a tener consecuencias funestas para el capitán Rodríguez Suárez. En 1561, el rebelde Lope de Aguirre y sus soldados, habían desembarcado en Borburata, y camino de Barquisimeto seguían cometiendo asesinatos y tropelías. Rodríguez Suárez le sale al encuentro con cuatro soldados más para emboscarlos y terminar con los insurrectos, pero los indios que le seguían los pasos, los cercan y después de tres días de lucha, daban muerte a Rodríguez Suárez y a sus acompañantes.
RODRIGUEZ SUAREZ "EL GENOCIDA" verdadera historia. Para la época en que llegaron los perros, los arcabuces, los caballos, las cadenas, y los españoles a los Andes venezolanos, tenían ya varios centenares de años poblando sus valles y montañas varias comunidades indígenas de origen chibcha y arawak. A diferencia de los oleajes migratorios de aquellos pobladores precolombinos, en los que la llegada de nuevos grupos no supuso para las comunidades establecidas la extinción o el éxodo, la llegada de los invasores europeos ahogó en sangre el modo de organización social y económica de los indígenas, imponiéndoles la esclavitud y las encomiendas; desplazando su cultura con los mitos de la tradición judeocristiana; y finalmente acabando con su existencia física, casi totalmente, a través de fuego, hierro, y enfermedad.
La barbarie llegó en una expedición encabezada por el entonces alcalde ordinario de Pamplona, Juan Rodríguez Suárez. Este infame personaje, quien se haría conocer como “El capitán de la capa roja” fue premiado con aquel cargo por su sobresaliente desempeño en las tareas de la conquista de Pamplona; y no tardó sino unos meses en la alcaldía para armar una expedición que emprendiera la búsqueda de oro y minerales en las Sierras Nevadas.
Unos 55 soldados y jinetes españoles, guiados por indígenas, salieron de Pamplona en junio de 1558, y ya en los llanos de Cúcuta enfrentaron la resistencia de los pobladores originarios, quienes entablaron una dura pelea, matando a un caballo e hiriendo a uno de los soldados, hasta retirarse por sus numerosas bajas a manos de los españoles. Al no conocer las armas de fuego, las armaduras, ni los caballos, los indígenas se encontraban en una considerable desventaja militar. Más adelante, en el Valle de Santiago, lugar en el que actualmente se encuentra la ciudad de San Cristóbal, la expedición se encontró con una aldea sacrificada al fuego por sus propios pobladores, quienes prefirieron incendiar sus viviendas y retirarse a las montañas antes que sufrir la humillación de la conquista y el exterminio a manos de los invasores. La imagen de unos pueblos reducidos a cenizas se repitió una y otra vez a lo largo de este valle.
Para capturar y esclavizar a indígenas de los caseríos altos que se divisaban desde el valle, de manera que sirvieran de guías, Rodríguez Suárez envió una avanzada a las órdenes de un tal Juan Andrés. Al día siguiente, al dirigirse a los caseríos sometidos durante la noche, su caballo cayó en una trampa tendida por los indígenas. De este modo relata Fray Pedro de Aguado, cronista del grupo, el incidente:
“Iba Juan Rodríguez muy airado y enojado, porque en el camino que este día había llevado se le había estacado o lastimado un caballo en ciertas estacas o dardos que para este efecto tenían los indios puestos por junto al camino, entre altos pajonales; y queriendo apetecer a su ira y cólera con hacer un abominable castigo, tomó de los indios que en poder de Juan Andrés halló presos, y con las propias flechas que en su casa se habían hallado, teniéndole los indios seguramente algunos soldados, él, con su propia mano, los flechaba y metía con crueldad de bárbaro las flechas por el cuerpo…”(2)
Uno de los poblados fue nombrado La Grita, por las vociferaciones con las que fue rechazada la presencia española. Otro fue llamado Bailadores, por la manera en que los guerreros indígenas se movían para evitar ser alcanzados por los disparos de arcabuz. Nuevas masacres siguieron en las poblaciones a las que los invasores llamaron Estanques y Pueblo Quemado. Esta última fue nombrada de esta manera, pues los indígenas optaron por resistir y pelear dentro de sus casas, a lo que el bestial español respondió incendiándolas con sus habitantes adentro.
Finalmente, el morcillero de la capa roja llegó a la que hoy conocemos como Laguna de Urao, que los indígenas llamaban Yohama. Le dio por llamar al pueblo que bordeaba la laguna “La Lagunilla”, aunque al notar que se trataba de un importante centro económico y cultural de la zona, con una población pacífica y altiva, Rodríguez Suárez decide fundar allí, por los primeros días de octubre, la ciudad de Mérida, en honor a su ciudad natal. Además de ser un importante punto de intercambio comercial, en el que confluían productores del Lago de Maracaibo, la costa, El Tocuyo, y los Llanos; los mojanes, o sacerdotes de esta zona, eran muy respetados y visitados desde lugares próximos y lejanos.
Las vejaciones continuas a la población por parte de los invasores la obligaron a buscar refugio en los cerros y abandonar la recién fundada ciudad. Ante la imposibilidad de esclavizar a los indígenas para sostenerse económicamente, dado que los expedicionarios no estaban en la disposición de trabajar sino de saquear, Rodríguez Suárez decide mudar la ciudad, recorriendo gran parte de los Andes venezolanos, y finalmente se instala en la punta de la meseta de Mérida que actualmente se conoce como La Parroquia. Para este momento, la expedición había sistematizado aún más sus prácticas sanguinarias, adoptando el método de atacar los poblados durante la noche, mientras los indígenas dormían, para causar una mayor mortandad.
A comienzos de 1559, tropas enviadas por la Real Audiencia de Santa Fé capturan a Rodríguez Suárez y lo trasladan a Bogotá para ser juzgado por haber fundado Mérida sin el permiso real, así como por los tratos crueles inflingidos a la tropa a su mando. Con la ayuda del obispo Juan de los Barrios, el morcillero es protegido en la iglesia, y aunque es aprehendido nuevamente, logra escapar una segunda vez con el auxilio del mismo obispo, refugiándose en Trujillo. De esta manera se convierte en uno de los primeros criminales protegidos políticos de la Iglesia Católica en América. Ya Juan Maldonado, el capitán que capturó a Rodríguez Suárez, había mudado por segunda vez la ciudad de Mérida, esta vez adentrándose en la meseta y ubicando la ciudad en su asiento definitivo.
Rodríguez Suárez logró el favor político de las autoridades en Trujillo y de esta manera evadió sus deudas legales con Santa Fé. Al servicio del gobernador de la Provincia de Venezuela, Pablo del Collado, se dirige en 1561 a la costa norte, a combatir a los indígenas que resisten a la explotación minera desde un año antes, y que ya habían repelido a Pedro de Miranda. Luego de varias batallas contra los Teques al mando del cacique Guaicaipuro, Rodríguez Suárez deja las minas para dirigirse a Caracas, creyendo haber derrotado a la resistencia indígena. Este craso error es aprovechado por Guaicaipuro, quien aplasta a los españoles en las minas y en la ranchería de San Francisco. Poco después, el propio Rodríguez Suárez, junto a un contingente reducido de seis soldados, es emboscado camino de Valencia, mientras intentaba unirse a los realistas que perseguían a Lope de Aguirre.(3) Los guerreros Teques lo ajustician junto con su pequeña tropa, y Guaicaipuro toma su espada como trofeo. La llevará hasta su muerte, luchando contra los invasores a la cabeza de una confederación de tribus heroicas.
Bibliografía [editar]
- Historia de Venezuela, Tomo II. Isaac Pardo. Editorial Mediterráneo-Agedime, S.L. ISBN 8471561654
- Noticias Historiales de Venezuela, Tomo II. Fray Pedro Simón. Edición Academia Nacional de la Historia, Caracas (1987)
- Recopilación Historial de Venezuela, Tomo II. Fray Pedro de Aguado. Edición de la Academia Nacional de la Historia, Caracas (1987)