Islas Afortunadas

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Islas Afortunadas o Islas de los Bienaventurados (en griego antiguo: μακάρων νῆσοι / makárôn nễsoi) son el lugar donde, según la mitología griega, las almas virtuosas gozaban de un reposo perfecto después de su muerte, equivalente al Paraíso de otras tradiciones escatológicas (creencias acerca del más allá o ultratumba).

Se les atribuía una realidad espacial concreta y una ubicación; aunque de muy difícil acceso, en el Océano Atlántico, más allá de los confines occidentales de la Libia (nombre que en la civilización griega se da al continente africano). Se han identificado tradicionalmente con los archipiélagos del grupo denominado geográficamente Macaronesia en la actualidad (islas Azores, Madeira, islas Salvajes, islas Canarias, y Cabo Verde).

Fuentes griegas[editar]

Su función y características en los relatos mitológicos griegos eran equivalentes a las de los Campos Elíseos (que son, probablemente, una evolución posterior del mismo concepto).

Hesíodo, en Los trabajos y los días, atribuye la creación de este lugar de paz y abundancia (tres cosechas anuales) a Zeus, quien lo habría dispuesto como recompensa a la esforzada vida y muerte de los héroes o semidioses que formaron la cuarta generación de los hombres.

... Zeus Cronida suscitó otra divina raza de héroes más justos y mejores, que fueron llamados Semidioses en toda la tierra por la generación presente. Pero la guerra lamentable y la refriega terrible los destruyeron a todos, a unos en la tierra Cadmeida, delante de Tebas la de las siete puertas, en tanto combatían por los rebaños de Edipo; y a los otros, cuando en sus naves fueron a Troya, surcando las grandes olas del mar, a causa de Helena la de hermosos cabellos, los envolvió allí la sombra de la muerte. Y el Padre Zeus les dio un sustento y una morada desconocidos de los hombres, en las extremidades de la tierra. Y estos héroes habitan apaciblemente las islas de los Bienaventurados, allende el profundo Océano. Y allí, tres veces por año, les da la tierra sus frutos.[1]

Píndaro realizó una extensa descripción del lugar en sus Odas olímpicas.

Cual de día, en las noches

Alumbra el sol al bueno.

¡Cuan superior su vida

Es á la del perverso!

Labrar no necesita

El ingrato terreno,

Ni atravesar los mares

En busca de sustento.

Al lado de los Dioses

Que venera el Averno,

Los que guardaron fieles

Sus santos juramentos

Sin lágrimas disfrutan

Reposo sempiterno.

Mientras al malo afligen

Terríficos tormentos.

Y á los que por tres veces

Cambiando mortal velo,

Sin pecado en el mundo

Y en el Orco vivieron,

De Júpiter les abre

El benigno decreto

Camino de Saturno

Hasta el alcázar regio.

¡Oh, cuan bella es la isla

De los santos recreo!

La bañan perfumadas

Las brisas del Océano;

Brillan doradas flores,

Ya sobre el verde suelo,

Ya en los copudos árboles,

O ya del agua en medio.

Guirnaldas entretejen

Y sartas con sus pétalos,

Con que alegres circundan

Frente, manos y cuello,

Los bienaventurados

Que á aquel paraje ameno.

De Radamanto envía

El fallo justiciero.

Saturno, que disfruta

El más sublime asiento

En Olimpo, y de Rhea

El conyugal afecto,

Por asesor lo tiene;

Y entrambos concedieron

Estancia en aquella isla

A Cadmo y á Peleo.

Allí condujo Tetis,

Ablandando con ruegos

El corazón de Jove,

A Aquiles, cuyo acero

Derribó á la columna

Invicta de Ilion, Héctor,

Y á Cieno, y de la Aurora

Al vastago moreno.

...[2]

Según este y otros relatos, entre los Bienaventurados se encuentran Aquiles, Alcmena, Cadmo, Diomedes, Lico, Medea, Peleo, Penélope, Radamantis y Telégono. Crono es el que reina en las islas.

Heródoto, por su parte, ubica un lugar llamado Islas de los Bienventurados en el territorio de una ciudad de Egipto llamada Óasis.[3]

Según una tradición antigua, registrada por la Suda y Juan Tzetzes, makaron nêsos (el mismo término, pero en singular -"isla de los afortunados" o "isla de los bienaventurados") era el nombre inicial de la Cadmea (la antigua acrópolis de Tebas), el lugar donde Sémele fue fulminada por el rayo divino de Zeus (también la etimología de Elysion se puede vincular con el rayo).

Fuentes romanas[editar]

Con el nombre latino de Fortunatae Insulae aparecen citadas en las fuentes romanas, que las identifican con islas reales más allá del Estrecho de Gibraltar. Sertorio, en el año 82 a. C., encontró en Gades un marinero que decía haber estado en ellas. Las describía como dos islas muy próximas entre sí y muy alejadas de la costa africana (el equivalente a 1.500 o 2.000 km); su clima era espléndido: la temperatura era agradable todo el año, llovía poco y los vientos del oeste las refrescaban; espontáneamente producían manjares que permitían a sus indolentes habitantes nutrirse sin esfuerzo. A pesar del propósito de Sertorio de conquistarlas, los piratas cillicios que formaban su flota prefirieron saquear zonas más conocidas. Hay muchas otras referencias en fuentes latinas o griegas de época romana sobre islas localizadas en este entorno, pero su identificación con islas concretas de la Macaronesia o de la costa africana es muy problemática. Statius Sebosus -Estacio Seboso-[4] nombra cinco islas: Junonia, Planaria (Gran Canaria), Convallis (Tenerife), Capraria (Gomera) y Pluvialia (El Hierro). Las referencias a la expedición de Juba II a las Purpurariae (islas de la púrpura) incluyen descripciones y denominaciones de islas identificadas con las Canarias: Junonia Minor (Lanzarote), Junonia (Fuerteventura), Canaria (Gran Canaria), Nivaria (Tenerife), Capraria (Gomera) y Ombrios (El Hierro). Claudio Ptolomeo nombra Autolala (quizá Madeira), Aprositos (Lanzarote), Heras (Fuerteventura), Kanaria (Gran Canaria), Pintonaria o Kentouria (Tenerife), Kaspeiri (Gomera) y Plouïtala (El Hierro). La isla de La Palma no parece ser mencionada por ninguna de estas tres fuentes. Ptolomeo atribuye el nombre "Canaria" a su abundancia en perros (canis).[5]

Plinio el Viejo (en Historia Naturalis, VI, 31, 199 y ss.) recoge, citándolas, una multiplicidad de fuentes sobre las islas más o menos alejadas de la costa africana occidental (el periplo de Hannón, las referencias a la Atlántida de Platón, Jenofonte de Lámpsaco, Polibio, Cornelio Nepote, Statius Sebosus y Juba).

Consignó Polibio que Cerne se encuentra al fin de Mauritania frente al monte Atlas, distante ocho estadios de tierra; y Cornelio Nepote que está en el punto más opuesto a Cartago, a una milla del continente, con un circuito de menos de dos millas. También se habla de otra isla frente al monte Atlas, llamada asímismo Atlántida ... las islas Górgadas,[6] en otro tiempo mansión de las Gorgonas, y distantes del continente dos días de navegación, al decir de Jenofonte de Lampsaco. El general Hannón penetró en ellas y cuenta que las mujeres tenían el cuerpo velludo, y los hombres se le escaparon por la agilidad de sus pies; y como prueba y curiosidad ofrendó a Juno en su templo dos pieles de gorgonas, que se vieron en él hasta la caída de Cartago. Más lejos de estas se citan también aquí las dos islas de las Hespérides. Pero todo lo relativo a esto es de tal manera dudoso que Estacio Seboso ha evaluado la distancia entre las Górgadas y las Hespérides en cuarenta días de navegación, viajando de frente y a lo largo del Atlas, y en una sola jornada de viaje la distancia de aquellas islas al cabo del Poniente. Tampoco son más seguras las noticias de las islas de Mauritania. Solo se sabe de cierto que unas pocas están frente a los Autololes,[7] hallados por Juba, en las cuales había establecido el teñido de la púrpura getúlica.[8] Hay quienes piensan que más allá de éstas islas Purpurarias están las Afortunadas y algunas otras; y entre estas el mismo Seboso, marcando las distancias, dice que Junonia dista de Cádiz 750 millas. Otro tanto distan más al ocaso Pluvialia y Capraria, y en Pluvialia no hay otra agua que la de lluvia. A 250 millas de estas, a la margen izquierda de la Mauritania, hacia la hora nona del sol (Suroeste), se encuentran las Afortunadas; las cuales se llaman Convallis por su convexidad y Planaria por su aspecto, siendo el circuito de Convallis de 300 millas. Allí se elevan los árboles hasta una altura de 114 pies. Juba expuso así sus descubrimientos sobre las Afortunadas... la primera isla se llama Ombrios... la segunda isla se llama Junonia... Cercana a esta hay otra isla del mismo nombre pero menor. Luego está Capraria, llena de grandes lagartos. A la vista de ellas está Nivaria, cubierta siembre de nieblas y que toma su nombre de las nieves perpetuas. Muy cerca de ella está Canaria, así llamada por la muchedumbre de perros de gran tamaño...[9]

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Texto en Wikisource
  2. Píndaro, Olímpicas ii, 56. H. Maehler (post B. Snell), Pindari carmina cum fragmentis, pt. 1, 5th edn., Leipzig, Teubner, 1971 (texto en griego). Traducción en verso castellano de Ignacio Montes de Oca (según su numeración, dentro de la oda II, el final del canto 15, el 16 y el 17).
  3. Heródoto III,26.
  4. F. F. Hudemann: Der Römische Seefahrer Statius Sebosus. In: Zeitschrift für die Alterthumswissenschaft. 10. Jahrgang, Kassel 1852. Fuente citada en de:Statius Sebosus
  5. [http://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:text:1999.04.0064:id=fortunatae-insulae-geo Dictionary of Greek and Roman Geography (1854) William Smith, LLD, Ed.] Ídem, con los nombres griegos transcritos en alfabeto latino
  6. No deben confundirse con la isla Gorgona (Colombia).
  7. Además de la isla Autolalia, identificada a veces con Madeira, la denominación de Autololes es la de una tribu bereber, de los getulos (Encyclopedie Berbere).
  8. Antonio Tejera, Los dragos de Cádiz y la falsa púrpura de los fenicios: a medida que se exploraba y conocía el Occidente más extremo, las islas reales que fueron paulatinamente descubriéndose, se confundirían con aquéllas otras de carácter mítico, según conocemos hoy por distintos autores clásicos, como Estrabón, Plinio el Viejo, Plutarco o Ptolomeo, entre otros. El interés por demostrar aquél conocimiento ha contribuido a buscar evidencias, por poco explícitas que fueran, para demostrar que los pueblos mediterráneos visitaron con asiduidad estas islas. De entre ellas ha llamado siempre la atención la descripción de Estrabón, recogida en su libro III sobre la geografía de la Península Ibérica, acerca de la existencia en Cádiz de un árbol, seguramente desconocido para él, como extraño le resultaría igualmente a Posidonio, uno de los autores de quien copió la información referente a esta parte del mundo entonces conocido, cuando dice "que en Gádeira (Cádiz) hay un árbol cuyas ramas se curvan hacia el suelo, y sus hojas, a veces de un codo de largas y de una anchura de cuatro dedos, presentan la forma de una espada... Sobre el árbol de Gádeira se añade esta circunstancia: que si se le corta una rama, exuda leche; mientras si es una raíz, destila un color rojo" (Estrabón, III.5.10, citado en Antonio García y Bellido, España y los Españoles hace dos mil años, según la Geografía de Estrabón, 1983).
  9. Citado en Juan Álvarez, Las islas Afortunadas en Plinio