Guerra de los Mil Días
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Niños soldados del Ejército Liberal en Panamá durante la Guerra de los Mil Días |
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| Combatientes | |||||||||||
| Comandantes | |||||||||||
| Manuel Casabianca Francisco Palacios Próspero Pinzón Ramón González Valencia Pedro Nel Ospina |
Gabriel Vargas Santos Rafael Uribe Uribe Benjamín Herrera Belisario Porras Barahona Victoriano Lorenzo |
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| Fuerzas en combate | |||||||||||
| 75,000 | ? | ||||||||||
| Efectos sobre civiles | |||||||||||
| Muertes: | ~ 100,000 | ||||||||||
| Heridos: | ~ 150,000 | ||||||||||
| Guerra de los Mil Días (1899 a 1902) |
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| Río Magdalena - Peralonso - Palonegro - Cúcuta - Puente de Calidonia - Aguadulce |
La Guerra de los mil días fue una guerra civil que asoló a la República de Colombia entre 1899 y 1902 . El conflicto fue un enfrentamiento entre miembros del Partido Liberal Colombiano contra el gobierno conservador del presidente Manuel Antonio Sanclemente y el vicepresidente José Manuel Marroquín, a quienes se acusó de gobernar de forma autoritaria, excluyente y poco conciliadora. El brusco cambio provocado por la derogación de la Constitución de Rionegro de 1863 (que estableció un sistema federal), por la centralista Constitución de Colombia de 1886 (establecida bajo el mandato de Rafael Núñez), además de los violentos intentos de cooptación y hegemonización del control del estado por parte de los conservadores, provocó varias respuestas bélicas de parte del bando liberal, en 1885 y 1895.
La última, y más desestabilizadora, se inició el 17 de octubre de 1899, cuando los liberales se tomaron las poblaciones de El Socorro y San Gil, en el departamento de Santander; a los pocos días toda la región norte se había levantado en armas.[1] Aprovechando el aparato del estado, las comunicaciones y al contar con un ejército regular organizado y financiado, los conservadores siempre se enfrentaron en superioridad de condiciones a los liberales. Estos últimos, después de la batalla de Palonegro, nunca pudieron volver a desplegar técnicas convencionales de guerra, salvo en el departamento de Panamá e intermitentemente en la Costa Caribe, siendo reducidos a guerrillas irregulares.[2] .
La Guerra de los Mil Días, que oficialmente abarcó un período de 1.128 días, armó a 75.000 soldados del régimen, produjo más de 400[3] batallas y dejó cerca de 100.000 víctimas y más de 150.000 lesionados, arruinó la agricultura, devastó la industria incipiente, hundió la hacienda pública, abatió a la mayoría de la nación y depreció la divisa a tal punto que por $100 oro se llegó a pagar hasta $25.000 en papel moneda.[4]
Contenido |
[editar] Antecedentes
La inestabilidad política que sufrió Colombia a lo largo del siglo XIX, junto a otros factores socioeconómicos y culturales, llevaron a que desde 1886, año en el cual se suprimió la Constitución de 1863, que reveló los excesos del federalismo durante el periodo de los radicales, comenzaran a verse los primeros signos que desembocarían en el conflicto armado.
Con la época de la Regeneración y la aplicación de la Constitución de 1886, el régimen centralista no hizo sino agravar los problemas políticos, por lo cual algunos departamentos, no tardaron en manifestar su malestar hacia el gobierno central. En el campo económico, las decisiones políticas contribuyeron también a su inestabilidad.
La abierta preferencia hacia el clero, al ser excluidos de juicios en cortes ordinarias y del pago de impuestos y aranceles de importación y la influencia política que ejercían, eran particularmente indeseables para los liberales, y el principio de laicidad que querían instaurar ofendía el sentimiento religioso de los conservadores que los acusaban de querer destruir a la Iglesia y atropellar las bases morales del tejido social.[5]
Los partidarios del liberalismo, representados en los caficultores y comerciantes importadores y exportadores, que favorecían la política de una economía del librecambismo o laissez-faire, después de implantada la hegemonía conservadora desde 1885, estaban desconcertados por la contínua caída intenacional en los precios del café y en 1899 operaban bajo pérdida.[6]
La exportación de café, que en 1896 fue de 13 millones de pesos, bajó en 1898 a 10 millones, por causa de la reducción de precios de ese producto en New York, que alcanzó entonces su más baja cotización . Cuando se posesionó Sanclemente en 1898, la cotización del dólar estaba al 200%, y antes de un año la cotización bancaria era del 463% . El déficit mensual del Gobierno subió a 600.000 pesos.[7] El gobierno conservador, ante la falta de ingresos, apeló al empréstito interno, con altos intereses, y a las emisiones de papel moneda sin respaldo. lo que causó que el valor del peso se desplomara precipitadamente, y que la desconfianza en el gobierno agravara el panorama.[6]
Al descalabro económico se sumaba el institucional. Los partidos estaban escindidos en facciones que hacían pactos unas con otras dependiendo de las circunstancias. Los conservadores se mezclaban entre Nacionalistas, en el poder, e Históricos, menos intransigentes y más cercanos al liberalismo moderado, disidentes del nacionalismo desde 1890, cuando proclamaron ser los verdaderos conservadores, guiados por una camarilla de prosélitos antioqueños.[8] Por su parte, los liberales se dividían en Belicistas, herederos de los radicales de cuatro décadas atrás, y los Pacifistas que no en pocas ocasiones, acordaban con las políticas de los conservadores Históricos.[9]
Miguel Antonio Caro, al estar impedido para continuar su mandato, conformó una coalición para ganar la presidencia, en la campaña de 1898, encabezada por Sanclemente y Marroquín. Tras las elecciones, Carlos Martínez Silva, conservador Histórico, denunció el fraude consumado para mantener a los Nacionalistas en el poder.[10]
En síntesis, antes de estallar la guerra había fuertes signos de corrupción estatal en concesiones mineras, desocupación, negocios paralizados, baja producción agrícola, lucha entre caficultores y colonos por la apropiación de baldíos, alta inflación y un erario público en quiebra.[11] La crisis fiscal materialmente debilitó al gobierno, pero talvez el mayor impacto fue psicológico. Los Nacionalistas se tornaron menos seguros de las instituciones administrativas y gubernamentales y de las doctrinas de la Regeneración, mientras que sus rivales políticos, tanto Liberales como Conservadores, se hallaban cada vez más convencidos que nunca de sus críticas hacia el sistema nacionalista, lo que los alentó a buscar tácticas para combatir el régimen.[12]
En Bucaramanga , el 12 de febrero de 1899, los jefes liberales firmaron el manifiesto que dio origen a la Guerra de los Mil Días:[13]
Los suscritos liberales, convencidos de que el restablecimiento de la república no se obtendrá sino por medio de la guerra, prometemos solemnemente levantarnos en armas contra el gobierno actual, en la fecha exacta que fije el director del partido en Santander, y obedeceremos las instrucciones precisas que dicho director nos comunique.
– Paulo Emilio Villar, José María Ruiz, Rafael Uribe Uribe, Ramón Neira, Marco A. Wilches, Cenón Figueredo, Ignacio Espinosa, J. M. Phillips, Rogerio López, Justo L. Durán, Eduardo Pradilla Fraser, J. F. Gómez Pinzón, Rodolfo Rueda.
[editar] El fragor de la batalla
El 19 de octubre de 1899, en el puerto de Barranquilla, los liberales se apoderaron de siete vapores mercantiles, El Cisneros, El Helbers, El Helena, El Antioquia, El Barranquilla, El Gieseken y El Cristóbal Colón, bajo la dirección del barranquillero Julio Vengoechea, que luego adecuaron como buques de guerra, y hundieron una draga del gobierno, La Ayacucho, para bloquear el canal e impedir una persecución.[14] En el camino capturaron los puertos de Magangué y El Banco, lo que les dió por corto tiempo control sobre el río Magdalena.[15] El 24 de octubre por la noche, las tropas gobiernistas, conocidas como legitimistas, hicieron contacto con la flota rebelde, que presumiblemente iba en pos de tomar la ciudad de Cartagena, buscando apoderarse de los réditos de aduanas, a la altura de Los Obispos, cerca al puerto de Gamarra. Los vapores rebeldes iban relativamente desprotegidos, mientras que las tropas oficialistas iban en dos naves blindadas con rieles de ferrocarril, artilladas con ametralladoras Gatling y cañones Hotchkiss. El vapor Helena de los rebeldes, fue el primero en disparar, y logró remecer a El Hércules del gobierno, pero el impacto dio en la caja de la hélice, sin producir ningún percance. El general de El Helena le ordenó al piloto arremeter contra otro barco, que el piloto le aseguró, era uno de los propios. Pero con un revólver apuntándole a la cabeza, el General insistió que cumpliera las órdenes, lo que resultó en el hundimiento de El Cristóbal Colón, el mejor barco que tenían los rebeldes, junto con 250 hombres. Cuando se dieron cuenta del desastre, los rebeldes se apresuraron a la playa y abandonaron las embarcaciones. Fuera de los muertos en el naufragio solo de ocho a diez personas fueron reportadas perdidas, incluyendo al piloto de El Helena, que fue eliminado prontamente para cubrir el error de su superior.[16]
Sin desanimarase, el 28 de octubre 2.500 liberales al mando del General Rafael Uribe atacaron una guarnición de 1.200 legitimistas, que defendían la población de Piedecuesta, siendo repelidos por las tropas oficialistas mejor adiestradas y equipadas. Seguidamente, del 12 al 13 de noviembre, el General Uribe Uribe atacó Bucaramanga, con un regimiento que aunque un poco mayor también fue derrotado, perdiendo mil hombres, incluídos tres generales, y quedando con 500 hombres heridos. Aunque las tropas oficialistas obtuvieron significativamente menos bajas, no se preocuparon por hacerle seguidilla al enemigo.[1]
En las siguientes semanas, ambos bandos se dedicaron a concentrar sus tropas despertigadas. Entre el 15 y el 16 de diciembre, aproximadamente 4.000 hombres comandados por el General Uribe, se entrelazaron en contienda con las tropas legitimistas conducidas por el Generalísimo Vicente Villamizar Villamizar, en la batalla de Peralonso. La batalla se dio cuando el General Uribe, cargó con tan solo catorce seguidores, sobre el puente de La Laja, sobre el Río Peralonso, y los legitimistas se confundieron por el pánico. El saldo para el gobierno fue de 700 hombres entre bajas y heridos, 900 prisioneros y 2.000 deserciones. El saldo liberal fue de 750 entre bajas y heridos. El ejército liberal entró triunfante a Cúcuta, preservando su fuente de municiones, a través de la frontera colombiana con Venezuela. En esta oportunidad serían los liberales los que fallaron al no aprovechar una victoria mayor, marchando inmediatamente sobre Bogotá.[1] En su lugar, los liberales se apresuraron a enviar una propuesta de paz al Gobierno que fue tajantemente rechazada.[9]
Los Legitimistas obtendrían una victoria decisiva en la batalla de Palonegro, en las inmediaciones del municipio de Lebrija cerca de Bucaramanga, que tomó lugar el 11 de mayo de 1900 y se extendió por casi dos semanas sin asueto, hasta el 26 del mismo mes.[17] Los rebeldes se encontraban en desventaja numérica con casi 8.000 soldados contra cerca de 18.000 del ejército legitimista. Las pérdidas se calcularon en 2.000 combatientes del ejército Liberal, contando muertos y heridos, y 1.600 bajas en las fuerzas oficialistas.[18] El cuadro dantesco de la batalla, pervivió en la memoria histórica de los testigos, en la que persistieron imágenes de carne en descoposición, acelerada por el sol canicular, mientras que aves de rapiña ennegrecían los cielos, y ya en tierra, les era difícil emprender el vuelo, saciadas del exceso de alimento a su disposición. El hedor de los cadáveres en descomposición inundó la zona antes inclusive de terminada la batalla y sobrevivió mucho tiempo después de que la conflagración hubiera concluído. A falta de un cuerpo de enfermeros que se encargara de evacuar el área de heridos y muertos en combate, hordas de familiares de los soldados buscaban desesperados algún indicio de sus seres queridos en las trincheras.[19]
Hasta la batalla de Palonegro, la guerra se combatió de manera convencional, es decir, ambos bandos eran más o menos disciplinados, bajo el liderazgo de miembros de la élite social y política, tales como el general Manuel Casabianca y Próspero Pinzón del lado del gobierno Nacionalista y Gabriel Vargas Santos y Rafael Uribe Uribe del lado de los rebeldes liberales. Poco después de la batalla de Palonegro, los liberales comenzaron una guerra de guerrillas, y ambos bandos pasaron a ser dirigidos por comunidades de orígenes sociales menos privilegiados, indígenas y campesinos.[20]
[editar] Guerra de guerrillas
El triunfo legitimista en Palonegro, provocó controversia dentro de los círculos gobiernistas, que culminó con el Golpe de Estado de julio de 1900, en el cual los conservadores Históricos instauraron al vicepresidente José Manuel Marroquín en la presidencia, con la esperanza de que negociara un tratado de paz. Pero subestimaron las inclinaciones del nuevo presidente, que con un empecinamiento inexorable pero con un ejército incapaz de subyugar a las guerrillas, continuó girando en torno a un punto muerto. [21]
Tras un contragolpe malogrado, para devolver a Sanclemente la presidencia, los Históricos tuvieron que aceptar un régimen con fuerte dominio Nacionalista y el apoyo fervoroso del clero, la clase humilde conservadora y los militares.[21]
Las operaciones contraguerrilleras fueron relativamente exitosas, pero el conflicto prolongado erosionó la moral de los legitimistas tanto militares como civiles. Las epidemias de origen natural como la viruela y la fiebre amarilla y las de origen social como la corrupción y la especulación se extendieron rampantes y el ejército se encontró acorralado por episodios de deserción, pillaje y abigeato, perpetrados desde sus filas. Las operaciones de tráfico de ganado y mulas por los oficiales del ejército eran bien conocidas, y su control sobre la navegación del Río Magdalena, creó una red de corrupción entre oficiales y comerciantes. Marroquín continuó negando status político a los rebeldes liberales, demandando que se rindieran incondicionalmente.[21]
El 18 de febrero de 1901 el presidente Marroquín, promulgó un decreto que sugiere lo funesto que el conflicto se había convertido; procuraba juicios militares sumariales a los guerrilleros acusados de unas serie de crímenes, que podían variar desde ofensas tradicionales tales como asalto, robo armado, asesinato, y falsificación de moneda hasta otras contravenciones mas insólitas, que aunque se debe tener cuidado de distinguir entre el lenguaje del decreto y las condiciones reales, sin embargo no dejaba de sugerir el incremento de la salvajez en el campo. Entre estas contravenciones se hallaban la castración y la mutilación de los miembros; herir o abusar de un clérigo católico, de una persona dentro de una iglesia católica, mujer o niño, o persona indefensa. Las sentencias en que resultaban dichos juicios militares eran inapelables y debían ser ejecutadas en el acto. Las únicas excepciones eran sentencias a la pena capital, que podían ser apeladas ante el respectivo gobernador militar, a quien se le daban 48 horas para decidir el asunto, algo parecido a lo que hoy se conoce como jueces sin rostro. [20]
Para justificar tales medidas extraordinarias, el gobierno Nacionalista y sus seguidores, dramatizaban y a menudo exageraban los excesos de los liberales revolucionarios. Por ejemplo el gobernador del Tolima denunció las mutilaciones cobardes, que según él los liberales inflingían comúnmente en sus víctimas, y los periódicos conservadores hablaban de una ferocidad salvaje al referirse a los crímenes de los rebeldes. Independientemente de las exageraciones, se sabe a partir de varias fuentes que el robo, asesinato y la crueldad eran comunes en las actividades guerrilleras después del primer año de la guerra, como también que los rebeldes guerrilleros empezaron a actuar por motivos y razones muy otros a los originalmente planeados por los lideres de la élite del partido. En el asalto a una hacienda conservadora en el sector de Sumapaz, al sudeste de Cundinamarca , de acuerdo a un detallado reporte de un corresponsal de prensa, las guerrillas se llevaron ganado, gallinas, ropa, utensilios de cocina, herramientas, cacao, café y cueros, antes de prender la hacienda. Dado que muchos de los asaltantes se encontraban en deuda con los finqueros, también eran cuidadosos de saquear los baúles donde se encontraban los libros de contabilidad que los ligaban a las deudas”. [22]
En marzo y abril de 1902, la guerrilla asediaba a Bogotá, y el ministro de guerra Arístides Fernández, implementó tácticas represivas, que nunca antes se habían visto en Colombia. Organizó grupos de milicianos de entre los soportadores del gobierno, que hoy en dia se llaman paramilitares,[20] para defender la capital. En marzo ante la propuesta de un intercambio de prisioneros efectuado por los rebeldes. Fernández amenazó no sólo con ejecutar un prisionero liberal por cada conservador retenido por estos sino con ejecutar y tomar las propiedades de un liberal en la cárcel, por cada conservador que muriera en manos de los liberales, lo que fue aplaudido por los estudiantes de secundaria del colegio San Bartolomé de los jesuitas, en la capital colombiana. Tres días antes del plazo estipulado por Fernández, las guerrillas liberaron a los prisioneros. [23]
[editar] La contienda por Panamá
El 27 de diciembre de 1901, se pactó un canje de prisioneros, en el campamento de los insurrectos en Antón, y el 17 de enero de 1902 llegaron los primeros liberados por el gobierno al campamento liberal. Los recién llegados anunciaron que Carlos Albán, comandante militar del distrito y Gobernador de Panamá, se aprestaba a realizar una ofensiva, y que se había artillado al Lautaro, vapor chileno, que había sido confiscado por el gobierno, para este fin.[24]
En la Bahía de Panamá, el 29 de enero de 1902 se precipitó un combate naval cuando los rebeldes intentaban un desembarque en Sabina, en sus navíos, el Padilla, el Darién, y el Gaitán. Las fuerzas legitimistas se atrincheraron mientras los cañones del fuerte de las Bóvedas empezaron a disparar contra los navíos. Entonces los barcos Lautaro y Chiquito entraron en acción.[25] El Padilla dirigido por Benjamín Herrera, que había sido pintado de color blanco para no comprometer su identidad, alcanzó a El Lautaro y por su posición, rindiendo inútiles los cañones laterales del Lautaro, abrió fuego. Aunque el Lautaro alcanzó a responder el fuego liberal con las baterías auxiliares, el que las disparaba fue el primero en caer, y la tripulación del Lautaro se negó a seguir órdenes. Carlos Albán, fue muerto en cubierta.[26] El cañonero El Chiquito, con el General Esteban Huertas y el General H. O. Jeffries a bordo, emergió de La Boca, y se aproximó a casi un kilómetro de El Padilla en retirada, abriendo fuego con una ametralladora automática rápida, que no hizo mella en el navío rebelde. El Lautaro, que quedó partido en dos, tras arder por un tiempo, terminó hundiéndose.[27] El bando legitimista tuvo 5 bajas y 4 heridos mientras que los rebeldes tuvieron 17 heridos, según se reportó.[25] [28]
Contrario a lo que ocurría en el interior del territorio colombiano, el General Benjamín Herrera logró arrinconar a las tropas conservadoras, con el apoyo decisivo de los aborígenes istmeños, conocidos como los cholos, entre ellos el destacado liberal Victoriano Lorenzo, desde las Bocas del Toro hasta los límites de la ciudad de Panamá, [29] hasta la llegada de las tropas estadounidenses, en intervención arreglada por Marroquín a través de un pacto que suscribiría su hijo y el ministro de guerra Arístides Fernández con el cónsul de Estados Unidos en Bogotá.[30] Pese a reiteradas propuestas de Benjamín Herrera al gobierno de Marroquín para entablar un proceso de paz, éste último decidió entregar el Istmo a los estadounidenses.[31]
El 11 de septiembre de 1902, el gobierno colombiano informó a Estados Unidos que los rebeldes avanzaban hacia Panamá, e inmediatamente los buques de guerra Cincinnati y Wisconsin fueron enviados, el primero a Colón en el terminal del tren ístmico, y el segundo a Panamá. Al mismo tiempo el crusero auxiliar Panther fue ordenado proceder hacia Colón desde League Island. El Cincinnati arribó el 15 de septiembre y encontró el ferrocarril obstruido por tropas legitimistas, lo que causó una protesta del gobierno americano a su homólogo colombiano, que fue respondida por otra protesta del gobierno colombiano al cónsul americano en Colón, por el desembarco de marines en ese sitio.[32]
El Tratado de Neerlandia se acordó el 24 de octubre de 1902 en una pequeña plantación bananera, en la hacienda holandesa del mismo nombre, localizada en la región costera del Magdalena, entre los municipios de Ciénaga y Aracataca, bajo un enorme árbol de almendrales, entre el general Juan B. Tovar, de parte del Gobierno Nacionalista y Rafael Uribe Uribe de parte de los rebeldes Liberales.[33] Actuaron como signatarios Urbano Castellanos y Carlos Adolfo Urueta.[34] Pero los liberales de línea dura no estaban dispuestos a rendirse aún y se dividieron en pequeñas mesnadas continuando su lucha por "ser libres o morir",[35] pese a que en noviembre del mismo año se firmaran otros dos tratados de paz: el tratado del Wisconsin y el tratado de Chinácota.[33]
No obstante el tratado de Neerlandia, el Gobierno inició un proceso de fusilamiento de liberales a lo largo de todo el territorio nacional.[36] El general Arístides Fernández, continuó ejecutando a los cabecillas liberales que cayeran prisioneros, previa sentencia sumaria, o sin juicio de por medio, de merecerlo el asunto. Un comité de conservadores Históricos, redactaron un memorial en contra de las arbitrariedades que se estaban cometiendo, entre ellos Carlos Martínez Silva, y como consecuencia fueron confinados a prisión. [37]
El último tratado de paz se dio en el acorazado estadounidense Wisconsin el 21 de noviembre de 1902, en donde, por una parte, el general Lucas Caballero Barrera, en calidad de jefe de Estado Mayor del ejército unido del Cauca y Panamá, junto con el coronel Eusebio A. Morales, secretario de Hacienda de la dirección de guerra del Cauca y Panamá, en representación del general Benjamín Herrera y del partido liberal; y por otra, el general Víctor Salazar, gobernador del departamento de Panamá y el general Alfredo Vázquez Cobo, jefe de Estado Mayor del ejército conservador en la Costa Atlántica, el Pacífico y Panamá, firmaron en representación del gobierno, el fin de la guerra.
El General Victoriano Lorenzo fue traicionado por los liberales quienes lo entregaron a las tropas oficialistas a bordo del navío Bogotá, por iniciativa del propio Herrera, pero al éste enterarse de que seguían los fusilamientos en otros departamentos emprendió la fuga y se escondió en la capital Panameña. El 25 de diciembre de 1902 fue apresado y confinado a una mazmorra incomunicado y posteriormente, en violación al pacto Wisconsin, entregado a un tribunal militar. El bando legitimista, además de vengar las derrotas que Victoriano había propinado a las tropas conservadoras, consideraba que la única forma de quebrar la moral de los ejércitos istmeños era fusilando a su líder. En consejo de guerra del 15 de mayo de 1903 fue hallado culpable de homicidio y condenado a muerte. Sus últimas palabras fueron: “Conservadores y Liberales: ¡yo los perdono!”.[38]
Para evitar morir fusilados, o por no aceptar el sometimiento, muchos liberales huyeron a los Llanos Orientales. Unos se asentaron en las selvas del piedemonte, y otros se esparcieron rumbo a otras regiones. La Guerra de los Mil Dias había acabado. Colombia quedó pleno de tumbas, las familias atormentadas y furiosas, la economía despedazada y el poder del Estado moribundo. Bajo estos deplorables horizontes Colombia inició el siglo XX.[39]
[editar] Consecuencias
La Guerra de los Mil Días, una rebelión fratricida, fue sin duda la conflagración más larga y cruenta, y la de más devastadores efectos de la economía nacional, de que se tuviera memoria. Jorge Holguín, estimaría en 180.000 el número de muertos (en 1900 el número de habitantes de Colombia era aproximadamente igual a 4.900.000 ) y en 25 millones de pesos oro los costos ocasionados por la contienda, aparte de lo que significaba para la producción la leva de hombres, la interrupción de los transportes y el abandono de los campos en las regiones azotadas por la guerra.
Después de la guerra, la crisis económica de la preguerra se agravó con la separación de Panamá el 3 de noviembre de 1903. Al país le costó proteger el delicado equilibrio de paz durante aproximadamente 45 años hasta que el Bogotazo hizo que las tensiones bipartidistas se salieran de control hasta 1958 (por el pacto del Frente Nacional) y el cual fue el precedente del actual conflicto armado de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Ante el rechazo del Tratado Herrán-Hay por parte del congreso colombiano, los panameños impulsaron sus viejas intenciones de separarse y con el apoyo militar y político de los Estados Unidos declararon su independencia el 3 de noviembre de 1903. unos días después, el gobierno y congreso panameño concedieron a los Estados Unidos, através del Tratado Hay-Bunau Varilla, el control a perpetuidad de la zona del canal. Sólo hasta mucho después, Estados Unidos normalizó sus relaciones con Colombia, por medio de el tratado Urrutia-Thomson, firmado en abril de 1914 durante el gobierno de Carlos E. Restrepo. En este tratado, Colombia reconoció la independencia de Panamá y fijó límites con el mismo. Por su parte, Estados Unidos se comprometió a pagar 25 millones de dólares a Colombia como indemnización por la pérdida de Panamá.
[editar] Referencias
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- ↑ Bushnell, David, The Making of Modern Colombia: A Nation in Spite of Itself, 1933. pp. 150.
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- ↑ Camelo, Alfredo. La tragedia de la Guerra de los Mil Días y la Secesión de Panamá. Febrero 06 de 2005. Revista Deslinde, Bogotá.
- ↑ Appletons' Annual Cyclopaedia and Register of Important Events. D. Appleton and company, 1903. pp. 126.
- ↑ a b (Inglés) Wars of the World: A Timeline of Events 1800-1999.
- ↑ Ricord, Humberto E., Panamá en la guerra de los mil días. pp. 27.
- ↑ Appelbaum, Nancy P. Muddied Waters: Race, Region, and Local History in Colombia, 1846-1948. pp. 115.
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- ↑ Las versiones de las diferentes fuentes son incompatibles en cuanto a lo que ocurrió en la batalla en algunos aspectos. N.B.
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- ↑ Terán, Oscar, Panamá: Del tratado Herrán-Hay al tratado Hay-Bunau Varilla. Historia crítica del atraco yanqui mal llamado en Colombia 'La pérdida de Panamá' y en Panamá 'Nuestra independencia de Colombia'. Carlos Valencia editores. Bogotá, 1976. pp, 136.
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- ↑ Jaramillo Castillo, Carlos Eduardo, Boletín cultural y bibliográfico, vol.37, núm.54, 2000, pp 10.

