Nuestra Señora de Guadalupe (México)

De Wikipedia, la enciclopedia libre
(Redirigido desde «Guadalupana»)
Saltar a: navegación, búsqueda
Nuestra Señora de Guadalupe
(Virgen de Guadalupe).
Virgen de guadalupe1.jpg
Reina de México y Emperatriz de América
Venerada en Iglesia católica
Templo Basílica de Guadalupe
Festividad 12 de diciembre
Patrona de México, América y Filipinas

Nuestra Señora de Guadalupe,[1] es una advocación mariana de la Iglesia católica, cuya imagen tiene su principal centro de culto en la Basílica de Guadalupe, en el norte de la ciudad de México.

De acuerdo a la tradición mexicana,[2] la Virgen María se apareció cuatro veces a san Juan Diego Cuauhtlatoatzin en el cerro del Tepeyac. Según el relato guadalupano conocido como Nican mopohua, tras una cuarta aparición, la Virgen ordenó a Juan Diego que se presentara ante el primer obispo de México, Juan de Zumárraga. Juan Diego llevó en su ayate unas rosas ―flores que no son nativas de México y que tampoco prosperan en la aridez del territorio― que cortó en el Tepeyac, según la orden de la Virgen. Juan Diego desplegó su ayate ante el obispo Juan de Zumárraga, dejando al descubierto la imagen de la Virgen María, morena y con rasgos mestizos.

Las mariofanías tuvieron lugar en 1531, ocurriendo la última el 12 de diciembre de ese mismo año. La fuente más importante que las relata es el Nican mopohua, atribuido al indígena Antonio Valeriano (1522-1605) y publicado en 1649 por el presbítero Miguel Sánchez en su libro Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe, contribuyendo a divulgar ampliamente la devoción guadalupana.

Historia en la Iglesia católica[editar]

Según la tradición católica, el santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas. Su nombre era Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba ‘águila que habla’, o ‘el que habla con un águila’.

Ya adulto y padre de familia, atraído por la doctrina de los padres franciscanos ―llegados a México en 1524―, recibió el bautismo, donde recibió el nombre de Juan Diego, y su esposa se llamó María Lucía. Se celebró también el matrimonio cristiano. Su esposa falleció en 1529.

El sábado 9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie a Tlatelolco, en un lugar denominado Tepeyac, tuvo una aparición de la Virgen María, que se le presentó como «la perfecta siempre virgen santa María, madre del verdadero Dios». La Virgen le encargó que en su nombre pidiese al obispo capitalino ―el franciscano Juan de Zumárraga― la construcción de una iglesia en el lugar de la aparición. Como el obispo no aceptó la idea, la Virgen le pidió que insistiese. Al día siguiente, domingo, Cuauhtlatoatzin volvió a encontrar al prelado, quien lo examinó en la doctrina cristiana y le pidió pruebas objetivas en confirmación del prodigio.

El 12 de diciembre de 1531, mientras Cuauhtlatoatzin se dirigía de nuevo a la ciudad, la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella. No obstante la fría estación invernal y la aridez del lugar, Cuauhtlatoatzin encontró unas flores muy hermosas. Una vez recogidas las colocó en su «tilma» y se las llevó a la Virgen, que le mandó presentarlas al obispo como prueba de veracidad. Una vez ante el obispo el santo abrió su «tilma» y dejó caer las flores mientras que en el tejido apareció, inexplicablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.

El santo, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó a los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en basílica, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.

Juan Diego Cuauhtlatoatzin, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que estos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego».[3]

Cuauhtlatoatzin murió en 1548, con fama de santidad. Su memoria, siempre unida al hecho de la aparición de la Virgen de Guadalupe, atravesó los siglos, alcanzando la entera América, Europa y Asia.

El 9 de abril de 1990, en Roma, ante el papa Juan Pablo II fue promulgado el decreto De vitae sanctitate et de cultu ab immemorabili tempore Servo Dei Ioanni Didaco praestito.

El 6 de mayo de 1990, en la Basílica de Guadalupe (México), Juan Pablo II presidió la solemne beatificación de Cuauhtlatoatzin. En la homilía, el papa indicó cómo «las noticias que de él nos han llegado elogian sus virtudes cristianas: su fe simple [...], su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí cerca de Tepeyac, fue ejemplo de humildad».[3] Juan Pablo II tituló a Juan Diego Cuauhtlatoatzin «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac»―[3]

El miércoles 31 de julio de 2002, Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue canonizado por el propio Juan Pablo II en una celebración realizada en la ciudad de México, durante uno de sus viajes apostólicos.[4]

Documentos históricos aprobados por la Iglesia católica[editar]

La Iglesia católica aprobó como ciertos algunos documentos en los cuales se afirma la existencia del indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin:

  • El Nican mopohua, texto náhuatl, la lengua azteca, escrito hacia 1545 por Antonio Valeriano (1516-1605), ilustre indio tepaneca, alumno y después profesor y rector del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, gobernador de México durante treinta y cinco años; publicado en 1649 por Luis Lasso de la Vega, capellán de Guadalupe; y traducido al español por Primo Feliciano Velázquez en 1925. Este documento precioso es probablemente el primer texto literario náhuatl, pues antes de la conquista los aztecas tenían solo unos signos gráficos, como dibujos, en los que conseguían fijar ciertos recuerdos históricos, el calendario, la contabilidad, etc.[5]
  • El Testamento de Juana Martín, del 11 de marzo de 1559, que afirma ser vecina de Juan Diego Cuauhtlatoatzin. El original, en náhuatl, se halla en la Catedral de Puebla.[6]
  • El Inin Huey Tlamahuizoltin o Huei Tlamahuiçoltica, texto náhuatl compuesto hacia 1580, quizá por el padre Juan González, intérprete del obispo Zumárraga, traducido por Mario Rojas. Es muy breve, y coincide en lo sustancial con el Nican mopohua.
  • El Nican motecpana, texto náhuatl escrito hacia 1600 por Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1570-1649), bisnieto del último emperador chichimeca, alumno muy notable del Colegio de Santa Cruz, que se convirtió en gobernador de Texcoco, escritor y heredero de los papeles y documentos de Valeriano, entre los cuales recibió el Relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. En este texto afirma la existencia de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y varios milagros obrados por la Virgen en su nuevo templo.
  • El Testamento de Juan Diego, manuscrito del siglo XVI, conservado en el convento franciscano de Cuautitlán, y recogido después por Lorenzo Boturini.[7]
  • Varios Anales, en náhuatl, del siglo XVI, como los correspondientes a Tlaxcala, Chimalpain, Cuetlaxcoapan, México y sus alrededores, hacen referencia a los sucesos guadalupanos.
  • Las Informaciones de 1666, hechas a instancias de Roma, en las que depusieron 20 testigos, 8 de ellos indios ancianos. Entre los testigos se contó a don Diego Cano Moctezuma, de 61 años, nieto del emperador, alcalde ordinario de la ciudad de México.
  • En el siglo XVII hay varias Historias de las apariciones de Guadalupe, publicadas por el bachiller Miguel Sánchez (1648), el bachiller Luis de Becerra Tanco (1675), el padre Francisco de Florencia S. J. (1688) y el presbítero Carlos de Sigüenza y Góngora (1688).

Narración en Nahuatl[editar]

El Nican mopohua (‘aquí se narra’, en idioma náhuatl) es el título de la narración en la que se cuentan las apariciones de la Virgen de Guadalupe. El elegante y complejo texto no está escrito en un náhuatl original sino en el lenguaje reformado en los conventos jesuitas.

El texto original que fue impreso en 1649 por el bachiller criollo Luis Lasso de la Vega (1605-1660), capellán del santuario de Guadalupe. Él se lo atribuye al doctor don Antonio Valeriano de Azcapotzalco (c. 1520 – c. 1605), que habría sido un indígena noble del siglo anterior (pariente de Moctezuma Xocoyotzin, noveno rey azteca), y quien como estudiante del Colegio de Santa Cruz de Santiago Tlatelolco habría sido uno de los alumnos nahuas de fray Bernardino de Sahagún (1499-1590).

Según Lasso de la Vega,[cita requerida] el indígena Valeriano había oído la historia directamente de labios de Juan Diego Cuauhtlatoatzin (quien ―según el mismo Lasso― habría fallecido en 1548).

Basándose en la fecha del Primer Concilio Provincial Mexicano ―que se celebró en la ciudad de México entre junio y noviembre de 1555―, el historiador Edmundo O’Gorman (1906-1995) opinaba que Antonio Valeriano había escrito el Nican mopohua en 1556. En ese sínodo, el arzobispo Montúfar ordenó que se examinaran las historias de los santuarios y de los iconos venerados en México, y que todos los que no tuvieran suficiente fundamento se destruyeran. Montúfar le habría ordenado al indígena Valeriano que escribiera una historia milagrosa que legitimara en México el culto a la Virgen de Guadalupe de España (que era la devoción del arzobispado de México).

El título del libro se deriva de las dos primeras palabras del texto, impresas en gruesos caracteres en su primera publicación. Forma parte de un texto más extenso, el Huei tlamahuizoltica (‘muy maravillosamente’, que son las dos palabras iniciales del texto). Este Huei tlamahuizoltica incluye ―además del Nican mopohua― textos introductorios, oraciones y el Nican motecpana (‘Aquí se pone en orden’) que es la lista de algunos milagros atribuidos a la Virgen en los años que siguieron a su primera aparición.

El sacerdote católico Luis Becerra Tanco (siglo XVII) cuenta que en una fiesta del 12 de diciembre de 1666 ―solo diecisiete años después de la publicación del texto náhuatl― oyó a unos indígenas que durante la danza cantaban en náhuatl cómo la Virgen María se le había aparecido al indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin, cómo había curado al tío de este y cómo se había aparecido en la tilma ante el obispo.[8]

La obra está escrita en fina prosa poética (tecpiltlahtolli: ‘lengua noble’) y tuvo varias traducciones, siendo las más difundidas las de:

  • 1666: presbítero Luis Becerra Tanco.
  • Antes de 1688: Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (historiador y gobernador de Texcoco, 1578-1650) traducción parafrástica al castellano, que aparece en La estrella del norte de México (1688) del presbítero Francisco de Florencia.
  • 1886: presbítero Agustín de la Rosa (traducción directa del náhuatl al latín).
  • 1926: licenciado Primo Feliciano Velázquez
  • 1978: presbítero Mario Rojas Sánchez (de la diócesis de Huejutla).
  • 1978: presbítero Ángel María Garibay Kintana (1892-1967).
  • 1989: Guillermo Ortiz de Montellano
  • 2002: Miguel León-Portilla (primera traducción laica).

Aparición de la Virgen ante san Juan Diego y Juan Bernardino[editar]

Según el relato narrado en el Nican mopohua, la Virgen María se había manifestado un siglo antes al indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien era originario de Cuautitlán (que pertenecía al señorío de Texcoco), y a su tío Juan Bernardino, ambos convertidos al cristianismo pocos años atrás a raíz de la conquista española.

Rosas del Tepeyac.

El Nican mopohua dice que la Virgen le reveló el nombre «Guadalupe» a Bernardino cuando este se encontraba enfermo de gravedad. Los críticos escépticos opinan que es imposible que la Virgen se haya nombrado a sí misma Guadalupe ante el anciano, ya que Juan Bernardino no entendía la lengua castellana traída por los españoles al Nuevo Mundo, por tanto el diálogo tuvo que haberse desarrollado en la lengua nativa, que era el náhuatl (lengua viva hablada por más de 2,5 millones de personas), en la que no existen las consonantes g ni d.[cita requerida]

Una explicación de este error podría ser que la aparición haya dicho que era la Virgen Tequatlasupe, y que ―debido a que para los españoles era muy difícil de pronunciar ese nombre― los españoles la llamaron «Virgen de Guadalupe» (relacionándola con la Virgen de Guadalupe extremeña).[cita requerida]

El obispo de México probablemente tenía interés en que el nombre de la virgen fuera el de Guadalupe, para así contar con la simpatía de Hernán Cortés, quien era devoto de la Virgen de Guadalupe ―patrona de su región (Extremadura, España)― y que llevaba consigo una imagen de madera.

Una segunda explicación es que quizá la Virgen de Guadalupe se comunicase en el idioma nativo de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, pero usó su nombre de Guadalupe (extremeño de origen árabe).

Etimología del nombre[editar]

Según algunos guadalupanos,[cita requerida] el nombre de la Virgen de Guadalupe podría ser una deformación de un nombre original desconocido ―pronunciado en idioma náhuatl― con el que el indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin habría mencionado a la Virgen que se le había aparecido.

Varios escritores[cita requerida] han tratado de identificar palabras en idioma náhuatl que suenen parecido a Guadalupe y tengan algún significado religioso, para que pudieran ser el nombre que dijo la Virgen:

  • coatlallope: ‘la que aplasta a la serpiente’ (siendo coatl: ‘serpiente’, a: preposición y llope: ‘aplastar’).
  • tequantlanopeuh: ‘la que tuvo origen en la cumbre de las peñas’.
  • tequatlasupe: ‘la que aplasta la cabeza de la serpiente’.
  • tlecuatlahlope: ‘la que nos salva de ser comidos’.
  • tlecuauhtlacupeuh: ‘la que viene volando de la luz como el águila de fuego’.
    • cuahtlapcupeuh.
  • tlecuauhtlapcupeuh: ‘la que procede de la región de la luz como el águila de fuego’.

Internacionalización[editar]

La fidelidad se expande durante la época colonial, extendiéndose a partir de la Ciudad de México en un primer plano, hacia sus alrededores, por el sur hasta la Capitanía General de Guatemala, el Virreinato de Nueva Granada y el Virreinato del Perú, por el norte hasta la Alta California, el Territorio de Nootka, las Provincias Internas y el Territorio de La Luisiana, por el este hasta España, la Capitanía General de Cuba, la Capitanía General de Santo Domingo y la Provincia de La Florida; y, por el oeste hasta la Capitanía General de Filipinas y la Gobernación de Taiwán.

Basílicas fuera de México[editar]

Origen del culto a la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac[editar]

El Tepeyac era el centro del culto a la diosa de la tierra antes de la llegada de los españoles. En la imagen, la más famosa efigie de Coatlicue. Cultura mexica, Posclásico Tardío (ss. XII-XV).

Desde la época prehispánica, el Tepeyac había sido un centro de devoción religiosa para los habitantes del valle de México. En esta eminencia geográfica localizada en lo que fuera la ribera occidental del lago de Texcoco se encontraba el santuario más importante de la divinidad nahua de la tierra y la fertilidad. Esta diosa era llamada Coatlicue (cóatl-cuéitl, ‘señora de la falda de serpientes’, en náhuatl), que por otros nombres también fue conocida como Teteoinan (téotl-nan, ‘dios madre’, o madre de los dioses, en náhuatl) o Tonantzin (to-nan-tzin, ‘nuestra adorable madrecita’, en náhuatl). El templo de Tonantzin Coatlicue fue destruido completamente como resultado de la Conquista.

Conocedores de la importancia religiosa del santuario indígena del Tepeyac, los franciscanos decidieron mantener en el lugar una pequeña ermita. La decisión de mantener una ermita ocurrió en el marco de una intensa campaña de destrucción de las imágenes de los dioses mesoamericanos, a los que se veía como una amenaza para la cristianización de los indígenas.[9] Uno de los primeros registros sobre la existencia de la ermita corresponde a la década de 1530.[cita requerida] Los indígenas se dirigían al lugar siguiendo la tradición prehispánica. Dos décadas más tarde, no solo los indígenas acudían a la ermita del Tepeyac a venerar ―según documentos de la época― la imagen aparecida de la Virgen María. En efecto, a mediados del siglo XVI, la devoción hacia la imagen se había extendido entre los criollos.

La tradición católica cree que la aparición de la imagen de la Virgen de Guadalupe fue en el año 1531, diez años después de la caída de México-Tenochtitlan en manos de los españoles. Esta fecha aparece registrada en el Nican mopohua, uno de los capítulos que integran el Huei tlamahuizoltica, obra en lengua náhuatl escrita por Luis Lasso de la Vega y que la tradición atribuyó al indígena Antonio Valeriano.[10]

En 1555, Montúfar ordenó la remodelación de la ermita y la confió al clero secular.[11] Los primeros registros de la aparición de la imagen mariana en la ermita corresponden precisamente a los años de 1555 y 1556. Entre otros testimonios tempranos del suceso se encuentran los Diarios de Juan Bautista y los Anales de México y sus alrededores. El primer documento afirma que «en el año de 1555 fue cuando se apareció Santa María de Guadalupe, allá en Tepeyacac»,[12] mientras que los Anales ubican el suceso un año más tarde: «1556 XII Pedernal: descendió la Señora a Tepeyácac; en el mismo tiempo humeó la estrella».[13] En el siglo XVII, el chalca Domingo Francisco Chimalpahin Quauhtlehuanitzin recogería los primeros documentos en sus Relaciones de Chalco, en los cuales ubica el suceso en 1556:

Año 12-Pedernal, 1556 años. Iba quedando bien doblado y fuerte el muro de piedra que daría la vuelta a toda la ciudad de México. Para la obra hicieron reunir a toda la gente de todos los pueblos del rumbo, por orden de los jefes y según disposiciones de don Luis de Velasco, Visurrey. Así pudo terminarse la muralla. También entonces ocurrió la aparición, dicho sea con respeto, de nuestra querida madre, santa María de Guadalupe en el Tepeyácac.[14]

Imagen original en la Nueva Basílica del Tepeyac.

Al fortalecimiento del culto a la Virgen del Tepeyac contribuyó de manera decisiva la realización del Primer Concilio mexicano, que se celebró en la Ciudad de México entre el 29 de junio y el 7 de noviembre de 1555. El concilio fue organizado por el arzobispo Alonso de Montúfar y reunió a numerosos representantes de las órdenes monásticas de la Nueva España, entre ellos al franciscano Pedro de Gante; así como a los obispos Martín Sarmiento de Hojacastro (Tlaxcala), Tomás de Casillas (Chiapas), Juan López de Zárate (Oaxaca) y Vasco de Quiroga (Michoacán).[15] Entre otras cosas, el Primer Concilio de la Iglesia novohispana resolvió reglamentar la manufactura de las imágenes religiosas, especialmente las realizadas por los indígenas. También se decidió favorecer el culto a los santos patrones de cada pueblo y todas las advocaciones marianas.[16]

Desde la llegada de los franciscanos a México en 1524, los indígenas fueron instruidos en la pintura y se les permitió la producción de imágenes religiosas. De modo que cuando Montúfar se pronunció a favor de acabar con las «abusiones de pinturas e indecencia de imágenes» producidas por los indígenas que «no saben pintar ni entienden bien lo que hacen»,[17] en realidad estaba atacando la obra de los misioneros franciscanos representados por Pedro de Gante. El enfrentamiento sobre la producción de las imágenes religiosas y su papel en la cristianización de los indígenas era también el reflejo de los desencuentros entre el arzobispo de México y los franciscanos en lo referente al culto de la Virgen del Tepeyac. El 6 de septiembre de 1556, Montúfar predicó una homilía en la cual se pronunciaba partidario de la promoción del culto a la Guadalupana entre los indígenas.[18] El 8 de septiembre de ese mismo año (1556), el arzobispo obtuvo una respuesta sumamente crítica por parte de los franciscanos en boca de Francisco de Bustamante.[19] La labor de la Orden Franciscana en la cristianización de América había estado imbuida por la filosofía erasmiana que rechazaba la veneración de las imágenes, de modo que cuando Montúfar se mostró favorable a difundir el culto de la imagen del Tepeyac lo que obtuvo en contestación fue la siguiente declaración de Bustamante:

[...] la devoción de esta ciudad ha tomado en una ermita e casa de Nuestra Señora que han intitulado de Guadalupe, es un gran perjuicio de los naturales porque les da a entender que hace milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos.

Padre Francisco de Bustamante, sermón del 8 de septiembre de 1556, en el texto Información de 1556.[20]

La disputa entre los franciscanos y el arzobispado de México se resolvió en favor de este último. Para ello, Montúfar y sus partidarios tuvieron que moderar su discurso sobre la índole del culto a la Virgen de Guadalupe, aproximándose aparentemente a los preceptos defendidos por los franciscanos.[21]

La promoción oficial del culto guadalupano por parte de la Iglesia novohispana se inscribe en un proceso más amplio en el que la perspectiva humanista de los franciscanos y su obra misional fue sustituida por los preceptos adoptados oficialmente por medio de las resoluciones del Concilio de Trento. De acuerdo con estas, la Iglesia debería promover y conservar el culto a las imágenes de Cristo, la Virgen y todos los santos, en una clara reacción contra la iconoclastia protestante que prosperaba en el norte de Europa.[22]

Bernardino de Sahagún (1499-1590), gran conocedor de la cultura y lengua de los nahuas, fue uno de los críticos al culto de la Virgen de Guadalupe durante el siglo XVI.

De modo pragmático, el arzobispado de México hizo caso omiso de las advertencias vertidas por los franciscanos sobre la confusión que podía generar el culto de la imagen del Tepeyac entre los recién cristianizados indígenas del centro de México. A la voz de Francisco de Bustamante se sumaría después la de otros misioneros, entre ellos, Bernardino de Sahagún (1499-1590):

Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde solían hacer muy solemnes sacrificios, y que venían a ellos de muy lejanas tierras. El uno de estos es aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeacac, y los españoles llaman Tepeaquilla y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe; en este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses que llamaban Tonantzin, que quiere decir Nuestra Madre; allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa, y venían a ellos de muy lejanas tierras [...]; y ahora que está allí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe también la llaman Tonantzin tomada ocasión de los predicadores que a Nuestra Señora la Madre de Dios la llaman Tonantzin. De dónde haya nacido esta fundación de esta Tonantzin no se sabe de cierto, pero esto sabemos de cierto que el vocablo significa de su primera imposición a aquella Tonantzin antigua, y es cosa que se debía remediar porque el propio nombre de la Madre de Dios Señora Nuestra no es Tonantzin sino Dios y Nantzin; parece esta invención satánica para paliar la idolatría debajo la equivocación de este nombre Tonantzin y vienen ahora a visitar a esta Tonantzin de muy lejos, tan lejos como de antes, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin como antiguamente.

Bernardino de Sahagún (1499-1590): Historia general de las cosas de la Nueva España (1576)[23]

Debate histórico y controversias[editar]

La historicidad de la aparición ha sido controvertida desde las primeras publicaciones del suceso en 1647, y una considerable cantidad de literatura ha sido publicada discutiendo los problemas que surgen cuando se intenta entender la aparición como un acontecimiento históricamente certero.

Fray Juan de Zumárraga (1468-1548) vivió muchos años, y se conservan de él muchas cartas y notas, y un catecismo ―llamado Regla cristiana― editado (corregido y censurado) por él. Pero en ninguno de estos textos menciona haber sido testigo del milagro que le adjudicarían más de un siglo más tarde. Por el contrario, dentro del catecismo ―que fue publicado en Nueva España antes de su muerte―, se pregunta lo siguiente:
«¿Por qué ya no ocurren milagros?».
La respuesta es: «Porque piensa el Redentor del mundo que ya no son menester».

Dos apologistas guadalupanos ―Primo Feliciano Velázquez y Fortino Hipólito Vera ― sostuvieron que se refiere a que el Redentor ya no realiza milagros «pedidos por curiosidad», además que el texto no lo escribió Zumárraga, sino solamente lo aprobó como autoridad religiosa, y que, por último, es imposible que Zumárraga negara los milagros que santos medievales y renacentistas habían llevado a cabo según la tradición cristiana.

Tan pronto como en 1556, Francisco de Bustamante, dirigente de los franciscanos en la colonia, pronunció un sermón ante el virrey y los miembros de la Real Audiencia. En ese sermón desacreditó los orígenes sagrados de la imagen. Contradiciendo el sermón que el arzobispo Alonso de Montúfar predicara dos días antes, Bustamante indicó:

La devoción que ha estado creciendo en nuestra iglesia dedicada a Nuestra Señora, llamada de Guadalupe, en la ciudad es gravemente perjudicial para los nativos, porque les hace creer que la imagen pintada por Marcos el indio es milagrosa.

Padre Francisco de Bustamante, sermón del 8 de septiembre de 1556, en el texto Información de 1556.[20]

Algunos historiadores[cita requerida] consideran que la imagen fue hecha para representar sincréticamente a la Virgen María y a la madre diosa azteca Tonantzin en el Tepeyac ―el cual se cree que era el sitio de adoración de la diosa― proporcionando una forma de que los españoles del siglo XVI ganaran el apoyo de la población indígena de México. Puede haber proporcionando a los indígenas mexicanos de siglo XVI un medio para practicar secretamente sus religiones nativas.

El misionero y lingüista Bernardino de Sahagún (1499-1590) apoyó la misma opinión: escribió que el santuario del Tepeyac era extremadamente popular pero preocupante, porque la gente llamaba a la Virgen de Guadalupe con el nombre Tonantzin. Sahagún dijo que los adoradores afirmaban que en náhuatl Tonantzin significaba ‘madre de Dios’ ―pero él los refutó diciendo que «madre de Dios» en náhuatl sería Dios y nantzin. Sahagún, al escribir sobre la devoción del Tepeyac en su libro Historia general de las cosas de Nueva España, dijo que el origen del culto «no se sabía de cierto».

El historiador del siglo XIX Joaquín García Icazbalceta ―especialista en fray Juan de Zumárraga― negó la historia de la aparición e indicó en un informe confidencial al arzobispo Labastida, en 1883, que nunca existió tal persona llamada Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Varios escritores , entre historiadores, eruditos y religiosos se encargaron de responder a la afirmación de Icazbalceta mostrando documentación como el testamento de la hija de Juan García Martín, documento del siglo XVI que menciona a Juan Diego, por su nombre, y argumentando en favor de los testimonios de 1666 que los indígenas habían dado sobre la existencia y virtudes de Juan Diego:

  • Primo Feliciano Velázquez en La aparición de Santa María de Guadalupe,
  • Fortino Hipólito Vera (obispo de Cuernavaca) en Contestación histórico-crítica,
  • Agustín de la Rosa en su Defensa de la aparición guadalupana
  • Jesús García Gutiérrez mostró una lista de más de 50 documentos históricos guadalupanos en su Primer siglo guadalupano
  • Joel Romero Salinas ―en tiempos modernos― en su libro Eclipse guadalupano.
  • José Bravo Ugarte en su libro Cuestiones históricas guadalupanas.
  • Mariano Cuevas en su libro Álbum histórico del IV Centenario guadalupano.

Muchos historiadores y algunos sacerdotes, incluyendo el sacerdote historiador estadounidense Stafford Poole y el antiguo abad de la Basílica de Guadalupe Guillermo Schulenburg, han rechazado la veracidad de la aparición. Schulenburg causó en particular una conmoción cuando afirmó en 1996 en la revista católica Ixthus que Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue «un símbolo, no una realidad». Schulenburg no fue el primero en desacreditar el acontecimiento tradicional ni el primer católico en dejar su puesto después de su cuestionamiento de la historia de Guadalupe. En 1897, Eduardo Sánchez Camacho, obispo de Tamaulipas fue forzado a dejar su puesto después de expresar una similar opinión. Cabe señalar que el Vaticano ordenó una extensa investigación ante la postura de Schulenburg, y finalmente se consideró históricamente probada la existencia de Juan Diego Cuauhtlatoatzin como persona real. Tres historiadores, Eduardo Chávez Sánchez, José Luis Guerrero Rosado y Fidel González Fernández, publicaron esta investigación en el libro El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego (México: Porrúa, 1999).

En 1982, el experto restaurador de arte José Sol Rosales examinó la imagen con estereomicroscopía e identificó sulfato de calcio, hollín de pino, en colores blanco y azul, tierras verdes (suciedad), redes hechas de carmín y otros pigmentos, y también oro. Rosales encontró en el trabajo materiales y métodos coincidentes con los del siglo XVI. Dos siglos antes, en 1751, el mejor pintor de la Nueva España, el oaxaqueño Miguel Cabrera, había dictaminado que la imagen no podía explicarse como humanamente hecha. En 1979 los norteamericanos Philip Callahan y Jody Brant Smith fotografiaron la imagen con cámara infrarroja y no encontraron explicación científica para la hechura del manto, túnica, manos y rostro de la Virgen.

Norberto Rivera Carrera, arzobispo de México, comisionó un estudio en 1999 acerca de la factura del ayate, Leoncio Garza Valdés, un pediatra y microbiólogo que había trabajado previamente en el Sudario de Turín, reclamó una inspección de fotografías de la imagen, encontraron tres distintas capas de pintura, al menos una de la cual tenía iniciales pintadas sobre ella, también indicó que el pintado original mostró sorprendentes similitudes a la original Señora de Guadalupe encontrada en Extremadura, España, en la segunda muestra de pintura mostrando otra Virgen con rasgos indígenas. Sin embargo no pudo citar ningún otro observador independiente que vea las mismas características. Garza Valdés también afirmó que la tela en donde fue pintada la imagen era de cáñamo e hilo, no de fibras de agave como se creía. Gilberto Aguirre, un colega de Garza Valdés que llevó la pintura a estudios en 1999, examinó las mismas fotografías e indicó que, si bien estaba de acuerdo en que la pintura había sido extensamente forzada, se oponía a las conclusiones de Garza Valdés y sostuvo que las condiciones de realización del estudio fueron inadecuadas. La inexistencia de fotografías que comprueben la tesis de Garza Valdés, y el hecho de que esas tres imágenes sobrepuestas implicarían anacronismos históricos, ha desacreditado en medios investigativos las conclusiones de Garza Valdés.

Varias imágenes similares han aparecido a través de la historia mexicana, en el pueblo de Tlaltenango, en el estado de Morelos, una pintura de Nuestra Señora de Guadalupe es reclamada que apareció milagrosamente en el interior de una caja que dos viajeros desconocidos dejaron en una residencia. Los propietarios de la residencia llamaron al padre local después de la tentadora noticia, aromas de flores y sándalo se desprendían de la caja. La imagen ha sido venerada desde su encuentro el 8 de septiembre de 1720, y es aceptada como una aparición válida por las autoridades católicas locales

La historia[editar]

El Nican mopohua dice que uno de los testigos de las apariciones de la Virgen de Guadalupe fue fray Juan de Zumárraga, primer obispo de la ciudad de México, D. F..

La Virgen María, en su advocación de Virgen de Guadalupe, se apareció en varias ocasiones ante el converso mexica Juan Diego Cuauhtlatoatzin el sábado 09 de diciembre de 1531 en el cerro del Tepeyac y la Virgen entonces le dijo: Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del Dios verdadero, por quien se vive, Señor del cielo y de la Tierra.

Pidió que fuera en busca del obispo y le dijera que ella solicitaba la creación de un templo en ese lugar. El indígena Juan Diego fue en busca de fray Juan de Zumárraga para contarle de la solicitud de la virgen, pero fray Juan no creyó en las apariciones, pues este tipo de historias de apariciones espirituales era común en esa época, así que le pidió una prueba.

En respuesta a la petición del obispo, la Virgen pidió al indígena Juan Diego que, como pudiera, cortara unas rosas de Castilla de la cumbre del cerro y se las llevara al obispo (En ese tiempo era invierno y la zona del cerro era una zona árida, no apta para el crecimiento de flores como las rosas).

El indígena obedeció y guardó las rosas dentro de su tilma o ayate. Juan Diego Cuauhtlatoatzin bajó del cerro y pidió una audiencia ante el obispo para mostrarle la prueba. Al llegar donde estaba el obispo, en la plaza del pueblo y frente a muchos testigos, el indio estiró su ayate para tender las rosas sobre la mesa. Sobre el ayate aparece la imagen estilizada (claramente artística, no fotográfica) de la Virgen de Guadalupe. La prueba para el fraile no fueron solamente las rosas, que no podían crecer en esa temporada del año, sino el milagro de la imagen de la Virgen de Guadalupe sobre el ayate.

La imagen que hoy en día conocemos sería la misma que la de ese día del año 1531.

Sincretismo[editar]

El culto a la Virgen de Guadalupe podría ser un sincretismo con la diosa mexica Tonantzin (que significa ‘nuestra madre’), la diosa de la muerte; la cual se sabe que los mexicas veneraban en ese mismo cerro del Tepeyac.

Fray Bernardino de Sahagún lo menciona en uno de sus textos:

Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde solían hacer muy solemnes sacrificios, y que venían a ellos de muy lejanas tierras. El uno de estos es aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeacac, y los españoles llaman Tepeaquilla, y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los Dioses, que ellos la llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa, y venían a ellos de muy lejanas tierras, de más de veinte leguas de todas estas comarcas de México, y traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas.

Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590)

En los escritos de Puebla (que se utilizaron para probar la santidad del indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin) se eliminó ―quizá deliberadamente, para evitar controversias acerca del sincretismo que se estaba realizando― el siguiente párrafo:

Era grande el concurso de gente en estos días; y todos decían «vamos a la fiesta de Tonantzin»; y ahora que está allí edificada la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin, tomando ocasión de los predicadores, que a Nuestra Señora la Madre de Dios la llaman Tonantzin. De dónde haya nacido esta fundación de esta Tonantzin no se sabe de cierto; pero esto sabemos de cierto, que el vocablo significa de su primera imposición a aquella Tonantzin antigua; y es cosa que se deberá remediar porque el propio nombre de la Madre de Dios, Señora nuestra, no es Tonantzin sino Dios y Nantzin. Parece esta invención satánica para paliar la idolatría debajo la equivocación de este nombre Tonantzin y vienen ahora á visitar á esta Tonantzin de muy lejos, tan lejos como antes; la cual devoción también es sospechosa porque en todas partes hay muchas Iglesias de Nuestra Señora y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin como antiguamente.

Fray Bernardino de Sahagún

La Virgen de Guadalupe en la historia de México[editar]

La Virgen María de Guadalupe ha tenido un lugar importante en la historia de México, desde un poco después de la Conquista de México, hasta nuestros días.

Independencia[editar]

Anverso del estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe, enarbolado por Miguel Hidalgo y Costilla en la iglesia de Atotonilco (Guanajuato) cuando iba de camino de Dolores a San Miguel el Grande el 16 de septiembre de 1810, horas después del grito de Dolores que dio inicio a la guerra de la independencia de México.
Altar callejero en un mercado de la Ciudad de México.

Los Guadalupes, una sociedad secreta con actividad intensa entre 1811 y 1814 impulsada por los ideales liberales insurgentes, tomó su nombre en honor de la Virgen de Guadalupe como símbolo de unidad nacional. Esta sociedad fue una de las principales precursoras de la Independencia de México. El movimiento de independencia de México tuvo como primer estandarte la Virgen de Guadalupe. En su camino de Dolores a San Miguel el Grande, Miguel Hidalgo y Costilla se detuvo a orar en la iglesia de Atotonilco (Guanajuato) mientras sus seiscientos hombres esperaban en el atrio. Al salir enarboló una imagen capaz de unir al pueblo para la empresa de la Independencia Nacional.[24] En el edicto de excomunión contra los insurgentes del 24 de septiembre de 1810, don Manuel Abad y Queipo, obispo de Michoacán, señaló que Miguel Hidalgo y Costilla «pintó en su estandarte la imagen de nuestra augusta patrona, Nuestra Señora de Guadalupe, y le puso la inscripción siguiente: Viva la Religión. Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva Fernando VII. Viva la América y muera el mal gobierno».[25]

El 11 de marzo de 1813, desde Ometepec (estado de Guerrero), José María Morelos expidió un decreto exaltando a la Guadalupana, «para que sea honrada y todo varón declare ser devoto de la Santa Imagen, soldado y defensor de la Patria» y dos años después pediría como última concesión ir a orar a la virgen antes de ser ejecutado en Ecatepec en 1815.[26]

Primer Imperio de México[editar]

Agustín I de México crea la Orden Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe. A la muerte del emperador, en el otoño de 1821 cayó en desuso.

México independiente[editar]

  • Manuel Félix Fernández acampaba a un lado del arroyo en la Sierra Mixteca. Uno de sus hombres se atrevió a bajar hasta el agua y fue abatido por los arcabuces enemigos. El bravo general arrojó su sable a la otra orilla y gritó: «Va mi espada en prenda, voy por ella». Toda la tropa lo siguió hasta la victoria y él, agradecido, cambió su nombre por Guadalupe Victoria en agradecimiento a la Virgen por la victoria concedida. Posteriormente sería el primer presidente de México.
  • Otro presidente, el general Vicente Guerrero, peregrinó a Guadalupe para depositar personalmente a los pies de la Virgen las banderas y trofeos ganados a Barradas.
  • Antonio López de Santa Anna, reactiva 30 años después de su fundación la Orden Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe y consiguió el reconocimiento de la iglesia católica en 1854 por disposición del Papa Pío IX. Ese mismo año volvió a caer en desuso con el triunfo de la Revolución de Ayutla.
  • Ignacio Manuel Altamirano, en su libro Pasajes y leyendas y costumbres de México, cuenta del presidente, general Juan Álvarez, antiguo insurgente, que «...hizo su peregrinación oficial a la Villa de Guadalupe», y repite la misma frase hablando del general Ignacio Comonfort, también presidente de México.
  • Ya en 1828, el Congreso estableció como fiesta nacional el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe.[27] El gobierno liberal del presidente Benito Juárez, al trasladarse a Veracruz y establecer el calendario de fiestas obligatorias, expidió el 11 de agosto de 1859 un decreto por el cual se declaró día festivo el 12 de diciembre,[27] [28] y Sebastián Lerdo de Tejada, Ministro de Justicia, Relaciones y Gobernación, comentó este hecho llamando «intocable» a la fecha guadalupana.[29] En 1856, como miembro del gobierno de reforma del presidente Ignacio Comonfort y mediante la llamada «Ley Juárez», Benito Juárez había acabado con los privilegios de la Iglesia, y mediante la «Ley Lerdo» se justificó la expropiación de su patrimonio, pero sin tocar el Santuario de la Virgen de Guadalupe, política también seguida por los presidentes posteriores, más allá de su abierta posición anticlerical.[27]
  • Valentín Gómez Farías encabeza una moción para «entronizar en el Congreso Nacional a Nuestra Santísima Madre de Guadalupe».

Segundo Imperio de México[editar]

Maximiliano I crea la Orden de Guadalupe una de las órdenes imperiales de México (originalmente Orden Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe), conocida oficialmente en el imperio como Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe

Siglo XX[editar]

  • El licenciado Manuel Garibi Tortoler cuenta que cuando se dio la orden de expulsar de México al general Plutarco Elías Calles (presidente de la República y fundador del Banco de México), los comisionados para ejecutar la orden lo sorprendieron durmiendo; en la mesa de noche, junto a su lecho, encontraron una imagen de la Virgen de Guadalupe y una lámpara encendida ante ella sin embargo se cuenta que lo que hacía era leer el libro Mi lucha de Adolfo Hitler.[cita requerida]
  • El entonces presidente de México Adolfo López Mateos (1958-1964) fue cuestionado en una gira por Venezuela por una periodista quien le preguntó si la imagen de la Virgen de Guadalupe iba a formar parte del intercambio cultural México-Venezuela y la respuesta del presidente mexicano fue: «La imagen de la Virgen de Guadalupe no está sujeta a intercambio alguno, la imagen pertenece al pueblo creyente de México»; en rueda de prensa en Río de Janeiro, afirmó: «La imagen de la Virgen de Guadalupe no es considerada una obra pictórica porque las manos que la pintaron no son de este mundo..., es sin duda la más valiosa reliquia del género religioso que existe en México».
  • En el año 2000, el entonces presidente electo Vicente Fox Quesada al conocer el resultado de las elecciones levantó un estandarte de la Virgen de Guadalupe, así mismo visitó la Basílica de Guadalupe en los días posteriores, hecho que molestó a no creyentes y a grupos masónicos, además de violar la ley al participar en actividades religiosas como representante del Ejecutivo.

Canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin[editar]

El Códice Escalada.

En 1998, la Congregación Vaticana para las Causas de los Santos decidió crear una comisión histórica para investigar la existencia histórica de Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Esta comisión encontró en la tradición oral indígena, decisiva en cualquier estudio de los pueblos mexicanos, y en algunos documentos como el llamado Códice Escalada, fundamentos suficientes para afirmar la historicidad del indígena.

En el año 2002 el papa Juan Pablo II canonizó a Cuauhtlatoatzin, como se señaló anteriormente.

Controversia a favor y en contra[editar]

Guadalupanos antiaparicionistas[editar]

Existen algunas opiniones contrarias, dentro de la misma religión católica.

En 1995, Guillermo Schulenburg (abad-director de la Basílica de Guadalupe) declaró a la revista católica mexicana Ixtus lo siguiente:

Ixtus: ¿Existió Juan Diego?
Schulenburg: No. Es un símbolo, no una realidad.
Ixtus: ¿Entonces cómo encaja la beatificación que de él hizo el papa?
Schulenburg: Esa beatificación es un reconocimiento de culto, no es un reconocimiento de la existencia física y real del personaje; por lo mismo, no es propiamente una beatificación.
Entrevista a Guillermo Schulenburg[30]

Semanas después de esta serie de declaraciones, Schulenburg renunció espontáneamente a su cargo de abad de la basílica de Santa María de Guadalupe, cargo que había ejercido por más de treinta años.[31]

Tela[editar]

Los fieles guadalupanos creen que la tela milagrosa está hecha de maguey.

El primer estudio de la tela se remonta al año 1666. Algunos pintores de aquel tiempo obtuvieron el permiso para examinar atentamente la tilma y con sorpresa constataron que la pintura no tenía una preparación de fondo y por lo tanto era imposible pensar que la imagen hubiera sido pintada al óleo o al temple. Además, el agave, del que estaba hecha la tilma, es un material extremadamente deteriorable. Expuesto, sin ningún tipo de protección, en un lugar donde el clima húmedo, rico de partículas de salitre, podía corroer incluso el hierro, se habría estropeado en pocos años. En cambio, cuando se hicieron esas investigaciones ya habían pasado 135 años y aquel agave estaba intacto. Esta observación se ha hecho en todas las otras investigaciones científicas sucesivas, quedando siempre sin respuesta. Es una interrogante que se nos plantea también hoy día: ese agave es el único que existe en el mundo que después de 461 años está aún intacto.

La Iglesia católica[cita requerida] argumenta que la tela del ayate sobre el que está la imagen de la Virgen es de fibra vegetal de maguey. Por su naturaleza, esta fibra se descompone por putrefacción en mucho menos de medio siglo. Así ha sucedido con varias reproducciones de la imagen que se han fabricado con tejido de maguey. El ayate, sin embargo, ha resistido más de 480 años.

La fiesta de Guadalupe[editar]

Artesanías.

La fiesta de la Virgen se celebra el 12 de diciembre. La noche del día anterior, las iglesias en todo lo ancho y largo del país se colman de fieles para celebrar una fiesta a la que llaman «las mañanitas a la Guadalupana» o serenata a la Virgen. El santuario de Guadalupe, ubicado en el cerro del Tepeyac en la ciudad de México, es visitado ese día por más de 5 millones de personas.

Se tiene por costumbre que tales peregrinaciones no solo incluyan fieles y organizadores, sino danzantes llamados matlachines, quienes lideran las procesiones hasta llegar a la basílica.

Hechos notables[editar]

Antes del inicio del Mundial de Sudáfrica 2010, el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar, se comprometió a llevarle el trofeo de la Copa Mundial de Fútbol como muestra de agradecimiento a la Virgen de Guadalupe si la selección española se coronaba en dicho torneo; dado que ese hito se consumó, la copa fue llevada al altar por los seleccionados y federativos españoles.[32] </ref>[33] [34] [35]

Véase también[editar]

Notas[editar]

  1. También se la conoce con títulos tales como Virgen María de Guadalupe o Santa María de Guadalupe (ver: Medina Estévez, Jorge A. (25 de marzo de 1999). «Decreto concerniente a la celebración de la Fiesta de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe en todo el continente americano, el día 12 de diciembre de cada año». Roma: Libr. Editrice Vaticana. Consultado el 18 de septiembre de 2013.; Torre Villar, Ernesto de la; Navarro de Anda, Ramiro, eds. (2007). Nuevos testimonios históricos guadalupanos. Tomo 1. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica. ISBN 978-968-16-7551-6. Consultado el 18 de septiembre de 203. ), o Santa María de Guadalupe en el Tepeyac (ver: Sánchez Flores, Ramón (2007). «Desarrollo del guadalupanismo». En Torre Villar, Ernesto de la; Navarro de Anda, Ramiro. Nuevos testimonios históricos guadalupanos. Tomo 2. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica. p. 17. ISBN 978-968-16-8425-9. Consultado el 18 de septiembre de 203. ; Noguez, Xavier (1993). Documentos guadalupanos: Un estudio sobre las fuentes de informacion tempranas en torno a las mariofanias en el Tepeyac. EE. UU.: Fondo de Cultura Económica. p. 45. ISBN 978-968-16-4206-8. Consultado el 18 de septiembre de 2013. ).
  2. Instituto de Estudios Teológicos e Históricos Guadalupanos (2011). Basílica de Santa María de Guadalupe (ed.): «Documentos Históricos». «Los documentos publicados en el Boletín Guadalupano, sección Acontecimiento Guadalupano, obran en esta dirección».
  3. a b c Volpini, Valerio (1990). «Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548)». Liturgia de los santos, sitio web del Vaticano; extraído de L'Osservatore Romano (mayo de 1990), página 5. http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20020731_juan-diego_sp.html. 
  4. Juan Pablo II (31 de julio de 2002). «Canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Homilía de Juan Pablo II». Homilías de Juan Pablo II, en vatican.va. Consultado el 26 de agosto de 2012.
  5. Iraburu, José María. «El santo Juan Diego y Guadalupe». Catholic.net. Consultado el 7 de agosto de 2012.
  6. Rocha Cortés, Arturo. «Testamento de Cuauhtitlán - Comentario y paleografía extraídos de la sección Acontecimiento Guadalupano, Boletín Guadalupano, año III, número 42».
  7. «El testamento de Juan Diego».
  8. Clodomiro L. Siller Acuña: La evangelización guadalupana (pág. 3), México, D. F.: Cuadernos Estudios Indígenas n.º 1, 1984.
  9. Gruzinsky, 1994: págs. 73-77.
  10. Gamboa Ojeda, 2004: pág. 547.
  11. Gruzinsky, 1994: págs. 104-105.
  12. Diarios de Juan Bautista, sin fecha: pág. 33.
  13. Anales de México y sus alrededores (A), Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. La Iglesia católica propone la siguiente tesis para explicar la diferencia entre las fechas de datación de la aparición mariana incluidas en los distintos textos indígenas:

    En efecto, no se asombrará el lector si en los sucesivos documentos que presentaremos [los Anales de México y Tlatelolco], un mismo hecho histórico es ubicado en 1510 o 1531 o 1556, etc.; se debe a la impericia de los indios de correlacionar el calendario indígena con el juliano y luego, con el gregoriano (Rocha Cortés, s/f.)

  14. Chimalpahin, 1965: pág. 288.
  15. Lundberg, 2006: pág. 260.
  16. Gruzinski, 1994: pág. 110.
  17. Citado en Toussaint, 1982: págs. 100-101.
  18. Mayer, 2002: págs. 23-24.
  19. O'Gorman, 1986: pág. 70.
  20. a b «Información que el señor arzobispo de México D. Fray Alonso de Montúfar mandó practicar sobre un sermón que el 8 de septiembre de 1556 predicó fray Francisco de Bustamante acerca del culto de nuestra señora de Guadalupe», versión paleográfica del texto completo, realizada por fray Fidel de Jesús Chauvet, con comentario. Sin fecha (posiblemente de fines del siglo XX o principios del siglo XXI).
  21. Compárense los dos siguientes textos:

    [...] se ha predicado a los indios cómo han de entender la devoción de la imagen de Nuestra Señora, cómo no se hace la reverencia a la tabla ni a la pintura, sino a la imagen de Nuestra Señora, por razón de lo que representa, que es a la Virgen María, Nuestra Señora

    Información de 1556

    No porque este declarante entiende que la cruz e imágenes han de ser adoradas; antes cree, entiende y asílo hace que Xpo. se adora en la cruz y en la cruz se adora como cosa que representa a Xpo. y en este sentido lo escribió y lo entiende

    Declaración del franciscano Mathurin Gilbert en el proceso inquisitorial en su contra, iniciado a instancias del obispo de Michoacán a causa de sus «ideas erróneas y escandalosas» plasmadas en Diálogo sobre la doctrina cristiana (1559), obra de su autoría escrita en lengua tarasca; citado en Gruzinski, 1994: pág. 115.
  22. Mayer, 2002: págs. 22-23.
  23. Sahagún, 1576: libro XI.
  24. Las palabras exactas que pronunció se desconocen, aunque existen varias versiones en: Herrejón Peredo, Carlos (2009). «Versiones del grito de Dolores y algo más». En Rafael Vargas. 20/10. Memoria de las revoluciones en México. México: RGM Medios. pp. 38–53. ISBN 978-607-7748-04-5. ; y en: Rodríguez O., Jaime E. (2008). La independencia de la América española. México: Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México, Fideicomiso Historia de las Américas. p. 284. ISBN 978-968-16-7556-1.  De las al menos seis versiones que existen, cuatro incluyen la mención a «nuestra madre santísima de Guadalupe» o simplemente «Virgen de Guadalupe».
  25. Sierra, Justo; Urbina, Luis G.; Henríquez Ureña, Pedro; Rangel, Nicolás (1985). Antología del Centenario (2ª edición). México, D. F.: Universidad Nacional Autónoma de México. p. LXIII. ISBN 968-837-513-6. Consultado el 25 de septiembre de 2013. 
  26. Alamán, Lucas (1985). Historia de México, desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente. Instituto Cultural Helénico. ISBN 978-968-16-2063-9. 
  27. a b c Tyrakowski, Konrad (mayo de 1998). «La Villa de Guadalupe: centro religioso y nacional. Elementos del desarrollo geográfico del mayor Santuario de México». En Giuriati, Paolo; Massferrer Kan, Elio. No temas... yo soy tu madre. Estudios socioantropológicos de los peregrinos a la basílica (1ª edición). México, D.F.: Plaza y Valdés Editores. pp. 65 y 73. ISBN 968-856-603-9. Consultado el 25 de mayo de 2013. 
  28. de la Torre Villar, Ernesto; Navarro de Anda, Ramiro (2007). Nuevos testimonios históricos guadalupanos. Tomo I. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica. p. 1448. ISBN 978-968-16-7551-6. Consultado el 25 de mayo de 2013. 
  29. Santos A. de Lozano, Alejandra (12 diciembre 2012). «Guadalupe y libertad». Pulso. Consultado el 25 de mayo de 2013.
  30. Estas críticas declaraciones del abad Schulenburg (que le valieron la expulsión de la jefatura de la basílica) se publicaron en la revista mexicana católica Ixtus, n.º 15, en invierno de 1995.
  31. «Dimitió Schulenburg», artículo en el diario La Jornada del 7 de septiembre de 1996.
  32. «España lleva la Copa del Mundo a la Virgen de Guadalupe», artículo en el diario El Universal.
  33. http://www.vefutbol.com.mx/notas/28870.html
  34. «España presenta la Copa del Mundo a la Virgen de Guadalupe», artículo en el sitio web de la agencia Reuters, del 11 de agosto de 2010.
  35. «Ángel María Villar cumplió su promesa y llevó la Copa a la Basílica», artículo en el sitio web Medio Tiempo del 10 de agosto de 2010.

Bibliografía[editar]

  • «Información que el señor arzobispo de México D. Fray Alonso de Montúfar mandó practicar sobre un sermón que el 8 de septiembre de 1556 predicó fray Francisco de Bustamante acerca del culto de nuestra señora de Guadalupe», versión paleográfica del texto completo, realizada por fray Fidel de Jesús Chauvet, con comentario. Sin fecha (posiblemente de fines del siglo XX o principios del siglo XXI). Chauvet menciona que este texto se publicó por primera vez en 1888 en España. Consultado el 17 de diciembre de 2008.
  • Chávez, Eduardo:«La verdad de Guadalupe México: Ediciones Ruz, 2009.
  • Chimalpahin Quauhtlehuanitzin, Domingo Francisco de San Antón Munón: Relaciones originales de Chalco-Amaquemecan. México: Fondo de Cultura Económica, 1965.
  • De Sahagún, Fray Bernardino (1499-1590): Historia general de las cosas de la Nueva España [1576]. México: Porrúa, 1956.
  • Escalada, Xavier: Enciclopedia guadalupana (5 tomos). México: Enciclopedia Guadalupana, 1997.
  • Galera Lamadrid, Jesús: Nican mopohua, breve análisis literario e histórico. México: Porrúa, 2001.
  • Gamboa Ojeda, Leticia: «Reseña a “'La Virgen de Guadalupe, imagen y tradición”», en David Brading: Historia mexicana, LII (2), págs. 546-551; 2004.
  • González de Alba, Luis (s/f): «La Virgen Guadalupana, contradicción permanente», en Razonamientos (3). Consultado el 17 de diciembre de 2008.
  • Gruzinsky, Serge (1994), La guerra de la imágenes. De Cristóbal Colón a "Blade Runner", Fondo de Cultura Económica, México.
  • León-Portilla, Miguel: Tonantzín Guadalupe, Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican mopohua”. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.
  • Siller Acuña, Clodomiro L.: La evangelización guadalupana. México, D. F.: Cuadernos Estudios Indígenas n.º 1, 1984.
  • Velázquez, Primo Feliciano: La aparición de Santa María de Guadalupe. México: Jus, 1931.

Obras literarias dedicadas a la Virgen de Guadalupe[editar]

Eduardo Chávez Sánchez: La Verdad de Guadalupe. Ediciones Ruz 2008 ISBN 9786077617037

José Lucas Anaya: La milagrosa aparición de Nuestra Señora de Guadalupe de México. Estudio, edición y notas de Alejandro González Acosta. México: UNAM 1995.

Francisco de Castro: La octava Maravilla y sin segundo milagro de México, perpetuado en las rosas de Guadalupe y escrito heroicamente en octavas (1729). Estudio, edición y notas de Alberto Pérez Amador Adam. México: Fondo de Cultura Económica 2011.

José Antonio Villerías y Roelas: Guadalupe. En cuatro libros comprendidos en México 24 de marzo del año del Señor 1724. Transcripción, traducción castellana y notas de Ignacio Osorio Romero. México: UNAM 1991.

Enlaces externos[editar]

Coordenadas: 19°29′04″N 99°07′02″O / 19.48444, -99.11722