Grand Tour

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El interior del Panteón en el siglo XVIII, pintado por Giovanni Paolo Pannini.

El llamado Grand Tour era un itinerario de viaje por Europa, antecesor del turismo moderno, que tuvo su auge entre mediados del siglo XVII y la década de 1820, cuando se impusieron los viajes masivos en ferrocarril, más asequibles.

Antecedentes[editar]

Las actuales influencias culturales han hecho que el Grand Tour sea conocido sobre todo gracias a la literatura inglesa. En efecto, fue especialmente popular entre los jóvenes británicos de clase media-alta, considerándose que servía como una etapa educativa y de esparcimiento, previa a la edad adulta y al matrimonio. Su valor primario residía en el acceso tanto al arte clásico y Renacimiento como a la sociedad aristocrática (considerada de moda) del continente europeo. Un grand tour podía llevar desde varios meses a varios años, dependiendo del presupuesto.

La costumbre de realizar un grand tour parece ser que tiene sus orígenes en el siglo XVI. Su planteamiento como viaje formativo podría remontarse al renacimiento, cuando los intelectuales humanistas y los artistas realizaban viajes a Italia a fin de familiarizarse con la cultura clásica. La primera vez que un viaje de este tipo apareció referenciado como grand tour fue en una obra del jesuita y viajero Richard Lassels, que en 1670 recomendó un itinerario por Italia que llamó así en su Viaje al centro de la tierra.

Tras la Revolución Gloriosa, Inglaterra ganó en estabilidad, y se puso de moda viajar al continente para visitar territorios como Italia, hasta entonces lejanos a Inglaterra. La publicación de multitud de guías y la revalorización del arte clásico y del renacentista en detrimento del barroco, hizo que a partir de 1730 la costumbre de realizar un grand tour formativo estuviera plenamente arraigada entre las clases altas inglesas. Paralelamente, surgió una moda parecida en otras naciones de Europa como Alemania o los Países Bajos; en las naciones católicas, los grands tours se reservaban a los círculos ilustrados más selectos, pero la costumbre de hacerlo no estaba tan extendida.

Maximiliano E. Korstanje sugiere que existen elementos suficientes para confirmar que el Grand Tour es una institución derivada de la antigua mitología nórdica. En uno de sus viajes, Odín tuvo que sacrificar su ojo en el árbol de la sabiduría. Eso demuestra que todo conocimiento genuino del otro implica un sacrificio esencial. Odín, uno de los únicos dioses viajeros de las mitologías indo-arias, realizaba largos viajes disfrazado de animal para interiorizarse de las costumbres y hábitos de otros pueblos, para conocerlos y gobernarlos sabiamente como padre de toda la creación. Esa idea fue la que rescató el grand tour en la Inglaterra sajona. Por ese motivo, el especialista admite que el grand tour es una costumbre nacida en la Europa nórdica.[1]

Recorrido[editar]

Francis Basset, Ier barón de Dunstanville, durante su Grand Tour, por Pompeo Batoni, 1778. Museo del Prado.
Inglés en la Campagna, acuarela de Carl Spitzweg, ca. 1845.

El recorrido era muy variado, pero generalmente se consideraba obligatoria la visita a Francia e Italia; las motivaciones formativas, condicionadas por las modas del momento, hicieron ir variando el recorrido básico. Para un viajero inglés, el Grand Tour solía iniciarse bien en Calais, desde donde se partía hacia París, por aquél entonces el centro cultural de Europa; o bien en los Países Bajos, desde donde se visitaba Bélgica (Bruselas...), y posteriormente o bien se pasaba a París y Francia, o a Alemania. No obstante, también había quien viajaba en barco directamente a Italia, para luego regresar por tierra.

La visita de Francia solía realizarse bajando al sur desde París, visitando el valle del Ródano (Lyon, Aviñón...) hasta la Provenza y el Languedoc. Las visitas a Suiza, sobre todo Ginebra, cerca de la cual, en Ferney, vivía Voltaire, se popularizaron en la década de 1760 y 1770. El propio Voltaire solía recibir a los viajeros ingleses que pasaban por allí, con lo que, dada su fama, atrajo a un número muy grande de jóvenes. Igualmente, tras la publicación de las Confesiones de Rousseau, se popularizaron los paisajes de Suiza y Saboya, que se convirtieron en una vía de entrada preferente a Italia.

El recorrido por Italia estaba muy influenciado por el helenista Winckelmann, que, a decir de Goethe, instituyó la costumbre casi obligatoria de convertir el viaje a Italia en un estudio de la Historia del arte renacentista y greco-romana. Típicamente, se visitaba Turín, Milán y Venecia, como centros culturales más modernos, y se bajaba al sur, a Florencia, a admirar obras del Renacimiento. Roma atraía a un gran número de jóvenes con aspiraciones artísticas, considerándola una visita obligada. La visita a Italia solía concluir en Nápoles, por aquél entonces la mayor ciudad de Italia, donde se admiraban también las ruinas de Pompeya. El escritor escocés Tobias Smollett descubrió para el público inglés la costa de Liguria y de la Toscana, que a partir de 1760 se popularizaron. Por su parte, Goethe, al publicar su Viaje a Italia a finales de la década de 1780, popularizó la visita a Sicilia.

El regreso desde Italia solía hacerse directamente en barco, desde Livorno o Génova, vía Francia, o bien cruzando los Alpes y entrando en Suiza, Austria o Alemania. El recorrido de Alemania se popularizó tras el fin de la Guerra de los Siete Años (1756–1763); se solían visitar las ciudades cortesanas, como Hanóver, Halle, Berlín, Dresde... La Revolución Francesa, que desaconsejaba viajar a Francia, y la creciente fama literaria de Alemania, gracias en buena medida a las obras de Schiller y Goethe, hizo que, a comienzos del siglo XIX, el viaje a Alemania se hiciera mucho más popular y extenso, visitándose ciudades balneario como Baden-Baden, amén de Weimar (donde se visitaba al anciano Goethe), Colonia, Fráncfort del Meno, Maguncia. En el caso de los viajeros ingleses, el retorno a Inglaterra se realizaba entrando en los Países Bajos, embarcándose en Hamburgo o entrando en Francia por la Alsacia (Estrasburgo...).

Aunque el Grand Tour fue popularizado por los viajeros ingleses, éstos no eran los únicos que lo realizaban. Las visitas a Italia eran cosa común para los jóvenes alemanes, franceses, españoles y suecos de buena posición. Con el auge de Rusia, muchos nobles rusos comenzaron a realizar su particular Grand Tour, que solían comenzar entrando en Alemania por Dresde (Sajonia), para ir luego a Francia o Italia.

A modo de recuerdos que los viajeros se llevaban de vuelta, se pusieron de moda las vistas de Venecia y Roma, de pintores como Canaletto y Giovanni Paolo Pannini, así como los grabados de ruinas romanas de Piranesi. Estas obras, junto con vestigios arqueológicos y demás objetos antiguos, se incluían en el equipaje de los jóvenes británicos y una vez en su país, incidieron en la evolución del arte inglés, tanto en la pintura como en la arquitectura y las artes decorativas de los siglos XVIII y XIX. La labor del alemán Winckelmann fue igualmente importante, al conseguir exportar un nuevo purismo en cuanto a la decoración y las formas arquitectónicas, que debían imitar de manera más exacta y sobria que el barroco los hallazgos en las ruinas italianas; esto se tradujo en la popularización del estilo neoclásico.

Algunos viajeros decidían visitar lugares menos usuales. El biógrafo escocés James Boswell, por ejemplo, decidió incluir en su itinerario una visita a Córcega, donde trabó amistad con el general Pasquale Paoli, líder de los independentistas corsos; al publicar su Viaje a Córcega en la década de 1760, popularizó la causa corsa entre el público británico. El italiano Giuseppe Baretti, a instancias de su amigo Samuel Johnson, realizó un completo tour por España, por entonces un país muy desconocido para los viajeros, en la década de 1760, que relató en su Viaje a España; las visitas a España, sobre todo a Granada, Sevilla, Córdoba y el Levante español, se popularizaron con el Romanticismo. El francés Chateaubriand, en su particular Grand Tour, viajó a Grecia, Constantinopla, y llegó hasta Jerusalén, a comienzos del siglo XIX, lo que aumentó el interés por el Oriente Próximo. Los viajes de Lord Byron y otros a Grecia popularizaron la causa de la independencia griega frente al Imperio otomano.

Grand Tour de William Beckford, en rojo.

Influencia[editar]

Como se ha visto, los viajes realizados a menudo se plasmaban en obras literarias, como es el caso de Viaje sentimental, del inglés Laurence Sterne (1767). El estilo sentimental de esta obra, tremendamente popular, generó toda una moda de diaristas viajeros, sobre todo entre las mujeres, que al volver de su viaje publicaban sus experiencias e impresiones subjetivas; hasta entonces, los relatos de viaje solían adscribirse más bien a una descripción formal del lugar visitado. En esta moda se entronca por ejemplo Historia de una excursión de seis semanas, compuesta por los escritores románticos Mary y Percy Shelley, o en el Viaje a Italia de Goethe. Pero fue sobre todo en la arquitectura y la artes decorativas donde la influencia de arte grecolatino fue mayor: ejemplos como el edificio del Museo Británico, la Puerta de Brandenburgo, la Bute House, de Edimburgo, ciudad que entre los británicos incluso recibió el apelativo de "La Atenas del norte", reflejan dicha influencia en arquitectos de toda Europa, sobre todo la Europa germánica.

Costumbres[editar]

Cuando el viajero era un joven que salía por primera vez de casa, era habitual que, entre los más pudientes, lo acompañara alguien de mayor edad y de confianza. Entre los nobles ingleses era común que fueran acompañados por algún clérigo o conocido de su familia (como se ve en la novela Amelia de Henry Fielding o en las Cartas a su hijo de Lord Chesterfield). Con esto se trataba de refrenar sus posibles excesos y controlar su instrucción durante el viaje. Dentro de esta práctica era habitual que el joven fuera dejado a sus anchas al concluir el viaje, usualmente en alguna gran ciudad como París o Nápoles, desde la que su acompañante se despedía de él; esto pretendía ser un margen de confianza para el joven.

El caso de la Monarquía Hispánica: la prohibición de Felipe II[editar]

En el contexto de la Contrarreforma y los inicios del Barroco, Felipe II decidió prohibir la realización del grand tour por parte de los habitantes de su reino, impidiendo a su vez la llegada de nuevas ideas del resto de Europa en el territorio de la Monarquía Hispánica. Como consecuencia, las nuevas ideas del seiscientos entraron con muchísima dificultad de forma clandestina, o directamente no llegaron, provocando un fuerte retroceso en las ciencias de la España moderna. Newton, por ejemplo, será casi desconocido en España hasta el siglo XVIII. La idea del monarca era aislar a su reino de las "impurezas" de las nuevas corrientes científicas y filosóficas que estaban surgiendo el norte y centro de Europa. La prohibición se mantuvo hasta que fue finalmente revocada a inicios del setecientos con la llegada de los Borbones al trono español.

Referencias[editar]

  1. Korstanje, M. E. (2012). Examining the Norse mythology and the archetype of Odin: The inception of Grand Tour. Turizam: znanstveno-stručni časopis, 60(4), 369-384.

Véase también[editar]

  • Westmorland (navío), apresado de vuelta del Grand Tour y cuyos tesoros forman parte hoy de varias colecciones españolas.

Bibliografía[editar]

FLORISTÁN, A.(Coord.)Historia Moderna Universal Ariel, Barcelona 2007

Enlaces externos[editar]