Güelfos y gibelinos
Los términos güelfos y gibelinos proceden de los términos italianos guelfi y ghibellini, con los que se denominaban las dos facciones que desde el siglo XII apoyaron en Alemania respectivamente a la casa de Baviera (los Welfen, pronunciado Güelfen, y de ahí la palabra «güelfo») y a la casa de los Hohenstaufen de Suabia, señores del castillo de Waiblingen (y de ahí la palabra «gibelino»). La lucha entre ambas facciones tuvo lugar también en Italia desde la segunda mitad del siglo. Su contexto histórico era el conflicto secular entre el Pontificado, que pasaría a estar apoyado por los güelfos, y el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, apoyado por los gibelinos, esto es, los dos poderes universales que se disputaban el Dominium mundi.
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[editar] Origen: la sucesión de Enrique V
En Alemania, tras la muerte sin descendencia del emperador Enrique V en 1125, los príncipes, a instancias del canciller imperial, Adalberto, arzobispo de Maguncia, eligieron al duque de Sajonia como Lotario II el mismo año 1125; sin embargo, estalló la guerra civil, puesto que los sobrinos y herederos de Enrique V, que eran Federico II, duque de Suabia y Conrado, de los Hohenstaufen, exigieron además de las tierras patrimoniales de los salios en Franconia renana, las tierras que la corona había ido adquiriendo. En eta situación, Conrado III fue elegido rey rival de Romanos en 1127, y en 1128 fue coronado rey de Italia con apoyo de Milán, pero no consiguió asegurarse allí una posición, ya que el papa Honorio II (1124–1130) se negó a reconocerle, así como las ciudades enemigas de Milán como Novara, Pavía, Cremona, Piacenza, o Brescia;[1] en cambio, el rey Lotario II, se aseguró el apoyo de Enrique el Soberbio, de la dinastía de los güelfos, que era duque de Baviera y también marqués de Toscana y de Verona, y al que le hizo yerno suyo en 1127.
Aunque la guerra terminó en 1135 con la sumisión de Conrado III, las tornas cambiaron en 1137 al morir el emperador Lotario II, y Conrado III fue electo rey de Romanos frente a Enrique el Soberbio, heredero de Lotario. La guerra se reinició entre Conrado III y Enrique el Soberbio, quien fallecido en 1139, la continuó su hermano Güelfo VI. Es en el asedio de Weinsberg en 1140 cuando los nombres de ambas facciones fueron establecidos por los gritos de guerra, güelfo (contrarios a los Hohenstaufen) y Waiblingen (el nombre de un castillo de los Hohenstaufen, que daría lugar al término gibelino). A pesar de adoptar un acuerdo de paz en 1142, tras el fracaso de la Segunda Cruzada, Güelfo VI reinició la revuelta, que de todas maneras entró en fase final con el fallecimiento en en 1150, de Enrique Berenguer, rey de Romanos e hijo de Conrado III. En 1151, Güelfo VI pactó con su sobrino Federico III, duque de Suabia (a la sazón también sobrino de Conrado III), la sucesión en el imperio a cambio de tierras, así, a la muerte de Conrado en 1152, fue elegido Federico I, con lo que Güelfo obtuvo tierras italianas, siendo designado como marqués de Toscana y duque de Espoleto.
[editar] Facciones en Italia
Con la elección a rey de Alemania de Federico I Hohenstaufen (llamado el Barbarroja) en 1152 y su posterior coronación en 1155, la facción gibelina triunfó en el territorio imperial. Dado que Federico deseaba reafirmar en Italia la supremacía imperial que las comunidades habían sustraído al imperio con el apoyo del papado, bajo su reinado (1152–1190) se verificó un desplazamiento de los términos güelfo y gibelino desde la zona alemana a la italiana, donde pasaron a denominar respectivamente a los partidarios del partido papal y a los defensores de la causa imperial. En Italia, por lo tanto, hubo ciudades como Florencia, Milán y Mantua que abrazaron la causa güelfa, mientras que otras como Forlí, Pisa, Siena y Lucca se unieron a la causa imperial.
La elección tenía varias motivaciones: en primer lugar, la búsqueda de la autonomía impulsaba a ciudades bajo el control del Imperio a buscar la alianza con el Papa (como pasaba en el caso de Milán) mientras que las ciudades bajo la influencia del papado buscaban la ayuda del Imperio (como era el caso de Forlí); en segundo lugar, se elegía un partido simplemente por oposición al partido a favor del cual se había declarado la ciudad rival (si Milán era güelfa, Pavía tenía que ser gibelina; si Forlí era gibelina, Faenza sería güelfa, etc.) siguiendo el viejo principio de que «los enemigos de mis enemigos son mis amigos».
En el interior de la ciudad se mantuvo la dicotomía de estos dos términos, pero superándose el significado tradicional de lucha política entre papado e imperio, y pasando a denominar también la lucha entre dos facciones por el control de la ciudad. Para acrecentar su fuerza tanto unos como otros se reunieron en ligas opuestas, y así, desde la segunda mitad del siglo XIII la güelfa Florencia presentó batalla a la liga gibelina de las otras ciudades toscanas (Arezzo, Siena, Pistoia, Lucca y Pisa) en un largo conflicto que tuvo como máximo exponente las batallas de Montaperti en 1260 y la de Altopascio en 1325.
Durante el siglo XIV, los partidos güelfo y gibelino se dividieron en facciones internas (güelfos «blancos» contra güelfos «negros»), perdiéndose la fuerza y la combatividad original. Los dos términos sobrevivieron en los siglos sucesivos para denominar las líneas políticas favorables y contrarias a la Iglesia, pero el escenario histórico en el que se habían forjado inicialmente estaba desapareciendo: divididas por los intereses particulares y las luchas civiles, la realidad de las comunidades cedía el paso a una nueva unidad de dimensión regional y ciudadana: las señorías.
Las principales ciudades gibelinas fueron Arezzo, Forlì, Módena, Osimo, Pisa, Pistoia, Siena, Spoleto y Todi, mientras que las principales ciudades güelfas fueron Bolonia, Brescia, Crema, Cremona, Génova, Lodi, Mantua, Orvieto, Rímini, Perugia y Florencia.
Hubo también ciudades que mantuvieron una adscripción variable a uno u otro partido, como Bérgamo, Ferrara, Florencia, Lucca, Milán, Padua, Parma, Piacenza, Treviso, Verona o Vicenza.
[editar] El Interregno
A la muerte del rey de Romanos Guillermo de Holanda en enero de 1256 se produjo un problema sucesorio por la elección del siguiente rey de Romanos. En marzo, la ciudad de Pisa envió una embajada al rey de Castilla Alfonso X ofreciendo su sumisión y apoyo como cabeza de la Casa de Suabia y cabaza del partido gibelino, opuesto al Papa, de esta manera Pisa compensaba los beneficios de su rival Génova. Por otra parte, el rey castellano también hizo su intención de ser elegido rey de Romanos, frente a lo cual, el rey de Inglaterra Enrique III propuso a su hermano Ricardo de Cornualles para ser elegido como rey de Romanos.
Tras gastar ambos grandes cantidades de dinero para sobornar a los electores, el 1 de abril, los partidarios de Alfonso, el arzobispo de Tréveris, y el Duque de Sajonia junto con los poderes otorgados por el margrave de Brandeburgo y el Rey de Bohemia Otakar I eligieron rey a Alfonso en Fráncfort, pero Otakar I, interesado en mantener la vacancia dio su voto a ambos candidatos. El rey castellano realizó grandes dispendios a sus partidarios para mantener viva su causa en Alemania; pero en Italia, el Papa Alejandro IV, se apercibió que la presencia de españoles favorecía la causa de los gibelinos. A pesar de todo, Alfonso X envió una embajada al Papa para lograr su legitimación, aquietando las suspicacias del Papa acerca de su gibelinismo, nada extremista.
A la muerte de Ezzelino da Romano (1259), los gibelinos tendieron ahora a unirse en torno a Manfredo, recientemente coronado como rey de Sicilia, sin que el Papa, suzerano del reino, estuviera dispuesto a reconocerlo, puesto que lo había vuelto a excomulgar de nuevo. En Toscana, una insurrección había traído de nuevo al poder a los güelfos en 1250, que emprendieron imponerse a los gibelinos toscanos, sometiendo las ciudades de Pistoia y Volterra, y hacer paces con Pisa, en 1258 expulsaron a los gibelinos de Florencia y tomaron refugio en la gibelina Siena, cuyo líder Farinata degli Uberti, se alió con Manfredo de Sicilia, a quien animó para proteger su reino que debía asegurar Toscana a los gibelinos, Manfredo dirigió sus miras al centro y norte de Italia, y conjuntamente con los gibelinos, derrotaron completamente a los güelfos (especialmente Florencia, Bolonia y Lucca) en Montaperti el 4 de septiembre de 1260, de forma que fue reconocido protector de Toscana por los florentinos gibelinos, y fue escogido senador de Roma por una facción de la ciudad, expulsando al Papa Alejandro IV. Además pudo nombrar vicarios en Toscana, Espoleto, Marca de Ancona, Romaña y Lombardía; mientras, los aragoneses hicieron acto de presencia, al acordar los esponsales del heredero del reino, Pedro, con la hija de Manfredo, Constanza.
En este momento, los gibelinos podían aspirar a la hegemonía sobre toda Italia y cualquier alivio a la terrible presión que éstos ejercían sobre el Papa era bien recibido: de ahí, que Alejandro IV acogiese bien a los embajadores castellanos prometiéndoles que en la querella imperial se atendría a la más estricta justicia. Tras una vacancia de tres meses, el patriarca de Jerusalén, Jacobo Pantaleón, de origen francés, es elegido en septiembre de 1261, nuevo Papa como Urbano IV (1261–1264), quien nunca pisaría Roma, y aunque mantuvo una teórica actitud de neutralidad entre los dos candidatos, el castellano y el inglés, no estaba dispuesto a que cualquiera de ambos candidatos pudiera sumar sus fuerzas a las de sus enemigos los gibelinos. Ante esto, ideó un arbitraje que le permitiera demorar su sentencia el tiempo que fuera necesario.[2]
Sin embargo, ante el avance arrollador de los gibelinos y a pesar de que Alfonso X intentaba ganarse a los güelfos manteniendo hostilidad hacia Manfredo, el Papa Urbano IV ignoró el acuerdo establecido por Alejandro IV con Edmundo, y se puso en manos de Francia, donde finalmente contó con la aprobación del rey Luis IX, para que su hermano Carlos de Anjou signara un acuerdo 15 de agosto de 1264, con el Papa por el que aceptaba la investidura del reino de Sicilia, y mientras, el Papa Urbano IV siguió dilatando su arbitraje sobre la disputa de la corona imperial. Carlos de Anjou inició una empresa implicando a la banca güelfa especialmente a Orlando Bonsignori, la cual se beneficiaría de los territorios del reino siciliano, con lo que esto iba en contra de los intereses catalanes.
Mientras el ejército angevino avanzaba por Italia con apoyo güelfo, el Papa Urbano IV falleció y fue elegido el también francés, Clemente IV (1265-1268), quien tampoco entró en Roma, bien establecido en Viterbo. Este Papa, mantuvo una actitud abiertamente favorable a Carlos de Anjou, y cuando éste alcanzó Roma por mar, fue elegido senador y coronado rey de Sicilia por los cardenales designados por el Papa, el 6 de enero de 1266. Cuando el ejército angevino llegó a Roma, Carlos emprendió la campaña contra Manfredo, quien salió de su letargo para encontrarse con los angevinos en la Batalla de Benevento, el 26 de febrero de 1266, donde el ejército siciliano fue derrotado y el propio Manfredo encontró la muerte. De esta manera, Carlos de Anjou logró hacer efectivo su control sobre todo el reino. Y de esta manera, se impulsó el güelfismo en Italia, como el establecimiento de Felipe della Torre en Milán, el marqués de Este en Ferrara, y en Florencia los gibelinos fueron de nuevo expulsados.
Por su parte, a pesar de que Alfonso X insistía en no favorecer al gibelinismo, con lo que se privó del único apoyo que hubiera podido disponer, los embajadores castellanos, aprovechando que el infante Enrique había apoyado la financiación de la empresa de Carlos de Anjou y puesto que estaba en la Corte pontificia, presionaron a Clemente IV para que pronunciase la sentencia a favor del rey castellano. Sin embargo, al haberse hundido la resistencia gibelina en Benevento, el Papa no consideró necesario mantener una postura contemporizadora con el rey castellano.
Tras la batalla de Benevento, Carlos puedo extender su influencia por Lombardía, desde Vercelli hasta Treviso, y desde Reggio hasta Módena, y con Oberto Pelavicino sometido y reducido a Cremona y Piacenza, sólo se resistían a Carlos, las ciudades de Pavía y Verona;[3] su poder estaba consolidado en Piamonte, donde los pequeños nobles se sometieron a él para no caer bajo los más poderosos condes de Saboya o los marqueses de Montferrato, y Toscana fue sometida con la resistencia de Pisa y Siena. Sin embargo, los gibelinos no se resignaron, y urgieron la venida de Conradino, el hijo de Conrado IV y sobrino de Manfredo, quien a pesar de ser excomulgado en noviembre de 1267, entró en diciembre en Verona,[4] prosiguiendo su campaña por Pavía y Pisa; el mismo Papa Clemente IV, pidió el apoyo a Carlos de Anjou para derrotarlo. Mientras, su pariente, el infante castellano Enrique (don Arrigo), ya senador en Roma desde julio de 1267, reclamaba la posesión del reino de Cerdeña como beneficio de su participación en la empresa angevina. Ante la negativa, se sublevó en Roma, y aprovechando la ausencia del Papa asaltó la residencia papal e hizo prisioneros a todos los cardenales presentes. Se había pasado al bando gibelino, y fue excomulgado el 5 de abril de 1268; y en julio de 1268, Conradino fue recibido con gran entusiasmo en Roma. Sin embargo, el 23 de agosto de 1268 la fuerzas gibelinas fueron derrotadas en la Batalla de Tagliacozzo, que supuso el aplastamiento de los gibelinos y el triunfo definitivo de Carlos de Anjou, y tanto don Arrigo como Conradino fueron capturados. Y el 29 de octubre, Conradino, fue decapitado, y con su muerte y la de su tío Enzo de Cerdeña años después, la descendencia masculina de los Hohenstaufen desapareció.
Carlos de Anjou se convirtió así en un soberano poderoso, cabeza del partido güelfo, además de ser rey de Sicilia, era conde de Provenza y de Anjou, y senador de la ciudad de Roma; el Papa Clemente IV le nombró vicario imperial en Toscana[5] durante el interregno, título con el que trató de beneficiarse de los derechos imperiales en las ciudades, y en el interregno de 33 meses siguiente a la muerte de Clemente IV intervino activamente en los Estados Pontificios, aseguró su poder en Toscana sometiendo a Siena y Pisa, lo que perjudicaba comercialmente a Génova, y se aseguró en la dieta lombarda de Cremona (1269) el control o el apoyo de las ciudades güelfas en el norte de Italia, así fue reconocido señor de Piacenza, Cremona, Parma, Módena, Ferrara, y Reggio, y estableció una alianza con las ciudades de Milán, Como, Vercelli, Novara, Alejandría, Tortona, Turín, Pavía, Bérgamo y Bolonia.[6] [7] Además a todo eso, tuvo sus miras puestas en recobrar el Imperio Latino, lo que produjo los temores del emperador Miguel VIII Paleólogo, quien propuso la unión de las iglesias romana y griega.
Alfonso X, sin embargo, seguía reclamando sus derechos al trono alemán a través de las reclamaciones jurídicas. Desengañado de su colaboración con los güelfos, y de acuerdo con su cuñado Pedro, hijo del rey Jaime I, envió a un embajador, Raimundo de Mastagii, para atizar la resistencia recreando una nueva liga urbana contra los angevinos y concertó el matrimonio de su hija Beatriz con el marqués Guillermo VII de Montferrato en 1271, a quien nombró vicario imperial en Lombardía. El rey de Sicilia emprendió un guerra con la gibelina Génova desde finales de 1273, de modo que la ciudad se alió con el rey castellano. Guillermo de Montferrato logró formar una liga gibelina con Pavía, Lodi, Parma, Novara, Piacenza, Mantua, Tortona, Génova, Verona, también su primo el marqués de Saluzzo Tomás I, e incluso su tradicional enemiga la ciudad de Asti, y con una exigua ayuda del rey castellano derrotó a los angevinos en la batalla de Roccavione (10 de noviembre de 1275), lo que deshizo la autoridad de Carlos de Anjou en Piamonte[8] [9] y el marqués Guillermo de Montferrato amplió temporalmente su poder e influencia en Piamonte y Lombardía, y encabezó una liga junto con Vercelli, Novara, Tortona, Alessandria, Asti, Como y Pavía, y apoyando a los Visconti,[10] siendo nombrado señor de la ciudad en 1278, hasta que fue expulsado por el mismo que lo había nombrado, el arzobispo Otón Visconti, en 1282.
Gregorio X (1271–1276), el nuevo Papa elegido en septiembre de 1271, mostró una postura más contemporizadora con la unión de las Iglesias y reconciliadora con los gibelinos. Poco después de su coronación en marzo de 1272, murió el rey de Romanos Ricardo de Cornualles (2 de abril), y el Papa, nada favorable a las pretensiones de Alfonso X, posicionado entonces a favor de los gibelinos, y alarmado por el excesivo poder de la Casa de Anjou en Italia,[11] recomendó a los electores alemanes elegir un nuevo rey, el 1 de octubre de 1273 fue elegido Rodolfo I de Habsburgo,[12] finalizando así el interregno. Para obtener la aprobación del Papa, el nuevo rey de Romanos renunció a todos los derechos imperiales en Roma, los territorios pontificios y Sicilia, además de prometer emprender una nueva Cruzada. De este modo, Rodolfo de Habsburgo fue finalmente reconocido por el Papa, el 26 de septiembre de 1274, tras haber invitado a Alfonso a renunciar el 11 de junio. Sin resignarse aún, Alfonso se dirigió al encuentro del Papa en Beaucaire, donde no obtuvo concesiones, renunciando a sus derechos en mayo de 1275.
[editar] El fin de los poderes universales
La elección de Rodolfo de Habsburgo impulsó una reacción gibelina en el norte de Italia que enfrentó a Carlos contra Génova, Pavía, Mantua, Verona y Milán, que puso de manifiesto de nuevo, la inestabilidad política. Sin embargo, la autoridad imperial en el reino italiano, tras el fracaso de los Hohenstaufen en Italia, se desarrolló de forma marginal, otorgando legitimidad a los poderes que habían aparecido espontáneamente y establecido en las ciudades italianas. La manifestación de esta legitimación imperial se realizaba en forma de un vicariato imperial en favor del signore, como el que concedió Adolfo de Nassau a Mateo Visconti en Milán en 1294.[13] [14]
Los pontificados de Gregorio X (1272–1276) y Nicolás III (1277–1280) van a caracterizarse por establecer la unión de las Iglesias griega y romana, sancionada en el Concilio de Lyon II (1274), y por una tendencia contemporizadora en las luchas de güelfos y gibelinos favoreciendo el regreso de los exiliados a sus ciudades, como la misión mediadora del Cardenal Latino Malabranca en Florencia en 1279,[8] y este sentido Nicolás III frenó las ambiciones del rey siciliano, Carlos de Anjou, en el norte de Italia, al revocarle en 1278 su posición como Senador de Roma y como Vicario imperial en Toscana, incluso le comprometió a renunciar a las signoria de las ciudades italianas, así como contener su política agresiva contra el imperio bizantino. De esta forma, el Papa Nicolás buscaba un equilibrio de poder entre el rey de Romanos Rodolfo de Habsburgo, y el rey siciliano Carlos de Anjou, limitando a éste último al sur italiano. En mayo de 1280, el papa Nicolás posibilitó un acuerdo entre Rodolfo y Carlos, por el que este último aceptaba Provenza y Forcalquier como feudos imperiales, y se arreglaba el matrimonio de Clemencia de Habsburgo (hija de Rodolfo I) con Carlos Martel de Anjou-Sicilia (nieto de Carlos de Anjou).[15]
Y en cuanto a Rodolfo I, una vez reconocido como rey de Romanos por el Papa Gregorio X, se iniciaron negociaciones para su coronación, que se vieron interrumpidas por la muerte del pontífice en 1276, y por las muertes prematuras de los tres papas sucesivos. En su intervención en Italia, designó a Napoleón della Torre de Milán como vicario imperial en Lombardía.[16] Y sobre todo va a renunciar a los territorios pontificios: las negociaciones con el papa Nicolás III (1277–1280), van a dar lugar a realizar un concordato en 1278 por el que se garantizaba al Papa los territorios del Patrimonio de San Pedro (entre Radicofani y Ceperano), el ducado de Espoleto, la marca de Ancona, y la Romaña,[17] [18] [19] aunque sin alterar el gobierno de dichos territorios;[20] dicha renuncia de derechos imperiales y de fidelidad vendría sancionada por Rodolfo I el 14 de febrero de 1279.[21]
De nuevo interrumpidas las negociaciones durante el pontificado antialemán[22] de Martín IV (1281–1285), su sucesor Honorio IV (1285–1287), quien siendo cardenal ya había tratado este asunto en época del papa Adriano V (1276), estableció la coronación imperial en Roma para 1287, pero las disensiones y guerras internas en Alemania imposibilitaron el viaje para su coronación. Rodolfo de Habsburgo murió en 1291, y los electores alemanes eligieron rey a un noble con escaso poder en la propia Alemania, Adolfo de Nassau.
A la muerte de Nicolás III, el rey Carlos de Anjou aseguró la elección de Simon de Brie, uno de los cardenales que le coronaron rey de Sicilia, como Martín IV (1281–1285). Este Papa, hechura de Carlos, le repuso en su cargo de senador de Roma, entregándole el gobierno en los Estados Pontificios, también cesó la misión conciliadora del Cardenal Latino Malabranca (sobrino de Nicolás III) en Toscana, con lo que la paz entre güelfos y gibelinos se colapsó. Rodolfo de Habsburgo, el rey de Romanos, se apresuró a nombrar un vicario imperial, que animó a los gibelinos: Pisa, San Miniato, San Gimignano y Pescia le prestaron homenaje, mientras fracasaba una revolución gibelina en Siena en julio de 1281 y no fue admitido en las ciudades güelfas. Un pequeño ejército angevino invadió Piamonte en mayo de 1281 pero fue derrotado por el marqués de Saluzzo en Borgo San Dalmazzo, lo que supuso su práctica expulsión de Piamonte. También en Lombardía también se perdió a los güelfos, la derrota de los Torriani en Vaprio el 25 de mayo de 1281 frente a los Visconti mantuvo la hegemonía de los gibelinos, reconociendo la soberanía de Rodolfo de Habsburgo.[23] En otro frente, el papa Martín IV excomulgó al emperador bizantino el 18 de noviembre de 1281, con lo que invalidó la unión de las Iglesias griega y romana, y permitió al rey siciliano el reiniciar los preparativos para la campaña de conquista de Constantinopla y restauración del Imperio latino, proyectada para 1283. Pero en marzo de 1282 los ciudadanos de Palermo atacaron la guarnición francesa, en las Vísperas Sicilianas, y se destruyó la flota de la proyectada cruzada, esta revuelta se propagó por la isla de Sicilia, expulsando a los franceses, y el rey Pedro III de Aragón (yerno de Manfredo) fue proclamado rey de Sicilia: la participación del emperador bizantino Miguel VIII es fácilmente imaginable[24] puesto que la rebelión debió ser financiada con oro bizantino precisamente en el momento crítico de una nueva posible caída de Constantinopla. Los angevinos fueron relegados a la parte continental y mantuvieron el título de rey de Sicilia, con el apoyo de los papas sucesivos, como ejemplo, el papa Celestino V (1294) estableció la sede papal en Nápoles. Esto dio lugar a una larga guerra intermitente entre angevinos y aragoneses, pero la división entre el reino de Sicilia insular y el peninsular fue permanente, sin que el Papa pudiera impedirlo.
En Lombardía, proseguía el estado de guerra a causa de la disputa entre los Torriani y los Visconti, que polarizó a los numerosos señores de las ciudades alineándose de forma cambiante a uno y otro bando;[25] tras vencer a su rival güelfo Napoleón della Torre en la batalla de Desio en 1277, el arzobispo Otón Visconti obtuvo el gobierno de Milán, al que sucedió su sobrino nieto Mateo en 1287, sin embargo, la guerra con los Torriani continuó, el marqués Guillermo VII de Montferrato había sido designado señor de Milán por Otón Visconti, pero enemistado con él, el marqués fue expulsado en 1282, de modo que Guillermo VII, que era gibelino,[26] entró en alianza con los exiliados Torriani, que eran güelfos,[27] y así extendió su poder sobre Lombardía. En 1287, una liga de ciudades formada por Asti, Génova, Milán, Cremona, Piacenza y Brescia y el conde Amadeo V de Savoya, finiquitaron el poder del piamontés en 1290.[28] La posición de los Visconti aún no estaba asegurada, si bien el rey de Romanos, Adolfo de Nassau, le había nombrado vicario imperial en Lombardía en 1294,[14] confirmado por Alberto de Austria[29] [30] Mateo Visconti fue expulsado de Milán en 1302 ante una coalición de Cremona, Piacenza y Pavía, regresando los Torriani al poder milanés[31]
En Toscana, el 6 de agosto de 1284, los pisanos fueron derrotados por los genoveses en la isla de Meloria, lo que arruinó el poder marítimo de Pisa. Los pisanos entregaron el gobierno al conde Ugolino della Gherardesca, que logró detener la caída de Pisa de manos de una liga güelfa toscana (Florencia, Lucca, Pistoia, Volterra...); pero Ugolino, al practicar una política ambigua con güelfos y gibelinos en beneficio propio con el fin de perpetuarse en el poder, pereció en una insurrección gibelina en 1288. Esta insurrección llevó al poder al conde Guido da Montefeltro, el cual aseguró el poder de Pisa frente a una nueva liga güelfa toscana pactando la paz con las güelfas Florencia y Lucca en 1293. Mientras, en Florencia, la pacificación del cardenal Latino Malebranca (1280) había traído de regreso a los exiliados gibelinos, pero duró poco, una rebelión (1282) trajo al poder al rico popolo grasso, y debido a las querellas entre los nobles y entre ellos y el pueblo, en 1292 a instancias de Giano della Bella, la nobleza fue apartada completamente del gobierno, lo que se transmitió a otras ciudades toscanas como Lucca, Pistoia, Siena o Arezzo.[32] En Pistoia, la querella entre las dos ramas de la familia güelfa de los Cancellieri, conocidos como blancos y negros, provocó la entrega la señoría a Florencia, y la querella se introdujo en esta última ciudad.
Con el fracaso del emperador Federico II en dominar Italia, la península quedó sin impedimento dividida efectivamente en unidades políticas independientes y enfrentadas entre sí. En los años a caballo entre el siglo XIII y XIV, la guerra del rey Carlos II de Nápoles por recuperar la isla de Sicilia dejó sin cabeza al partido güelfo, y el partido gibelino tampoco contó con el apoyo de los soberanos alemanes, quienes tampoco hicieron acto de presencia en la península.
El papado de Bonifacio VIII (1294–1303) trató de recuperar la posición de la plenitudo potestatis, asumiendo un papel rector en Italia, intervino en contra del gobierno de los Blancos en la ciudad por juzgar a un Spini, una favorecido banquero del Papa,[33] [34] en 1301 nombró a Carlos de Valois como Pacificador de Toscana,[35] de lo que resultó la expulsión de los Blancos, Dante entre ellos. Su enfrentamiento con el rey Felipe IV de Francia acerca de la jurisdicción de la Iglesia supuso su final. En septiembre de 1303 el Papa fue prendido en la residencia papal por sus enemigos romanos, los Colonna, y por emisarios franceses del rey, conocido como el Atentado de Anagni, y aunque fue liberado poco después, falleció en un mes a este acontecimiento, de modo que sancionaba la derrota definitiva de los propósitos por establecer la teocracia pontificia. Tras el breve pontificado de Benedicto XI (1303–1304), el papa francés Clemente V (1305-1314), bajo presión del rey francés y temeroso de las querellas entre la nobleza romana decidió establecer la sede papal en Aviñón, en un entorno con buen clima y buenas comunicaciones, y que entonces era un territorio que pertenecía a los angevinos condes de Provenza, también reyes de Nápoles, quienes eran por aquel condado, feudatarios del Imperio. De esta forma, los papas, sin fuerza material propia para dirigir el partido güelfo, sino a través de extranjeros, terminaron por establecerse fuera de Italia sometidos a la influencia de Francia,
A comienzos del siglo XIV, se producen las últimas intervenciones imperiales que fracasaron al intentar imponer su autoridad.
Con el Papa instalado en Francia, y el rey de Romanos atado en el feudalismo alemán; en Italia, el rey Roberto I de Nápoles, era el personaje dominante en la península, favoreciendo a los güelfos y a los negros de Florencia en particular.
La expedición (Romzug) del rey de Romanos Enrique VII de Luxemburgo a Italia (1310–1313) para ser coronado emperador contó con el beneplácito del Papa Clemente V, y también pretendió pacificar y reconciliar a las facciones güelfas con las gibelinas, y recobrar sus derechos imperiales en Italia.
Enrique VII apareció en Italia en octubre de 1310. Inicialmente la expedición fue exitosa, donde los regímenes güelfos se habían mostrado cooperativos, y se había posibilitado el regreso de los exiliados a sus ciudades. Enrique de Luxemburgo designó a vicarios imperiales y podestàs en las ciudades para encargarse de los gobiernos comunales,[36] pero que no actuaron de forma imparcial. En Milán se vio envuelto en las querellas de los güelfos, encabezados por Guido della Torre y gibelinos, por Mateo I Visconti, y como los güelfos habían empeñado la corona férrea,[37] [38] y tuvo que ser coronado con una nueva en la Epifanía de 1311. Unas semanas después designó al conde Amadeo V de Saboya como vicario general de Lombardía[39] y reclamó una contribución de 300.000 florines anuales entre las ciudades, lo cual inició la rebelión, en febrero, en Milán gobernado por los güelfos Torriani, y se extendió en Lombardía atizada por las ciudades güelfas. Necesitado de apoyos tanto financieros como militares, los buscó en en señores locales: en Milán se produjo la expulsión de los della Torre, y el Rey de Romanos aceptó el retorno al poder milanés del gibelino Mateo Visconti vendiéndole el título de vicario imperial (julio de 1311),[14] algo que también hizo a güelfos oportunistas como Riccardo da Cammino de Treviso (mayo de 1311). El Rey de Romanos, con el apoyo de los gibelinos, sometió a las ciudades de Cremona y Brescia, y obtuvo la sumisión de Parma, Vicenza, Plasencia y Padua; pero el éxito pírrico en el sitio de Brescia (mayo a septiembre de 1311) reveló la precariedad militar y financiera de Enrique de Luxemburgo. No obstante, el papa Clemente V sintió la presión del rey Felipe IV de Francia y de los güelfos, y dio apoyo a la oposición güelfa.[40] Tras mantener una dieta imperial en Pavía en octubre de 1311, fue recibido favorablemente en Génova, admitiendo un vicario imperial, Uguccione della Fagginola; y por su apoyo, Cangrande della Scala fue reconocido vicario imperial de Verona en 1311 y de Vicenza en 1312.[41] [42] Por mar se trasladó a Pisa, reiniciándose con apoyo florentino la revuelta en Lombardía: Lodi, Reggio, Cremona, Piacenza, Parma, Pavía, Padua, Brescia, Treviso, Asti, pero Enrique VII contaba con el apoyo de Mateo Visconti y de Cangrande della Scala, y designó al conde Werner de Homburgo como capitán general en puesto del vicario general para dirigir la acción militar.[43]
De Pisa se trasladó a Roma, donde tuvieron que luchar con las tropas napolitanas, mandadas por Juan de Durazzo, hermano del rey napolitano, y sus aliados los Orsini. En junio de 1312, fue coronado emperador de manos del cardenal obispo de Nicolás de Ostia, en Roma, entre luchas de los Orsini güelfos y los Colonna gibelinos. Después partió para Toscana, sometiendo Perugia y ciudades toscanas, pero el asedio Florencia falló. Contando con la oposición del Papa Clemente V, que apoyaba al rey Roberto I de Nápoles, legado papal, el Emperador convocó una Dieta en Pisa, a la que no que asistió el rey napolitano, feudatario suyo por Provenza, fue declarado enemigo del imperio y depuesto, y acordó una alianza con el rey de Federico II de Sicilia para invadir Nápoles. Con un nuevo ejército camino de Nápoles, marchó hacia Roma para expulsar de allí a los napolitanos, pero la muerte le sobrevino por malaria en Buonconvento, cerca de Siena, en agosto de 1313 quebrando así, las esperanzas de los imperialistas para siempre.
Las postreras intervenciones imperiales Luis IV (1327–30) y Carlos IV (1354–55, 1368–69), no venían asociadas a un monarca universal, sino como breves participantes de la escena política que buscaban beneficios limitados como la coronación imperial en Roma y la recaudación de tributos. Aunque ya había desaparecido cualquier autoridad central imperial en Italia, no obstante, los emperadores mantuvieron sus pretensiones formales de jure de autoridad. Y en su lugar, quedó una diversidad de poderes locales rivales oscilando entre alianzas y hostilidades.
La estancia de los papas en Aviñón, dejó a los Estados Pontificios en anarquía, donde tiranos locales arrebataban el poder a los funcionarios papales. El cardenal Gil de Albornoz como legado del Papa (1353–63), lograría un cierto orden, estabilidad y sumisión al Papa, que se echaría a perder durante la guerra contra Florencia (1375-1378) y durante el Gran Cisma (1378–1417).
[editar] Almenas güelfas y gibelinas
Se usa para nombrar el estilo de las almenas de los castillos: almenas o merlones güelfos si se terminan rectas o gibelinas si lo hacen en cola de golondrina.
[editar] Referencias
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