Español estándar

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El español estándar es la forma artificialmente elaborada (o forma estándar) por los organismos competentes (Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española), con carácter normativo, a partir del diasistema del español. Como en toda lengua estándar la estandarización sólo puede alcanzar ciertos aspectos del lenguaje, particularmente la fonología, el léxico, el códice y un buen número de prescripciones de gramática (quedando otros aspectos de la prosodia, la pragmática y ciertas sutilezas de la sintaxis fuera de la codificación).

Introducción[editar]

Contra la impresión habitual de que el español estándar es simplemente la "ausencia de modismos", es decir, una especie de núcleo común a todos los dialectos, podríamos denominarlo "supradialectal", en realidad es un lecto diferenciado por derecho propio, en el que se encuentran numerosas formas ausentes en otras variedades lingüísticas; por ejemplo, ciertos tiempos verbales —como el pretérito anterior— que virtualmente han desaparecido de la mayoría de variantes de español.

De todos modos, debemos descartar el dialecto como forma peyorativa, puesto que todos y cada uno hablamos uno distinto. La dificultad para percibir la distinción se debe en parte a la fuerte tradición prescriptiva centralizada de la Real Academia Española de la lengua —cuya normativa en materia sobre todo de gramática y estilo ha dominado históricamente la lengua escrita, jurídica y académica—, pero también al hecho de que el español estándar no sea un dialecto acotado geográficamente a una determinada región, sino una modalidad elaborada artificialmente, que muchos hablantes emplean más o menos regularmente, a la par con su geolecto o sociolecto propios, en situaciones formales o en la lengua escrita. El dominio del español estándar es con frecuencia un requisito socialmente importante para desempeñar correctamente algunas profesiones o actividades prestigiosas, como las profesiones liberales, la docencia o la comunicación mediática.

Español estándar y español neutro[editar]

No debe confundirse el español estándar (o español estándar normativo) con el español neutro. Este último término se refiere al modelo de lengua propio de ciertos medios de comunicación y entretenimiento (agencias internacionales de prensa, estudios de doblaje, productoras de telenovelas...) que operan en un área geolectal amplia y, que para ello, seleccionan y utilizan con preferencia aquellas formas léxico-semánticas y morfosintáticas más extendidas en todo ese territorio, así como modelos de dicción (estándares de pronunciación) elaborados, que buscan eliminar la identificación territorial. El español neutro es, como el español estándar, una modalidad elaborada a partir del diasistema del español. La diferencia es que en el neutro es una variedad deslocalizada, mientras que el estándar normativo presenta elementos geográficamente bien localizables.

Debido a que algunos son conscientes de que un español neutral para todos los hispanohablantes es imposible, se han establecido tres españoles estandarizados, en algunas traducciones y, más recientemente, en doblajes, por algunas compañías del sector: el ibérico (o europeo), para España; el rioplatense para Argentina, Paraguay y Uruguay; el mexicano para México, Estados Unidos, Canadá, América Central y el resto de los países de Hispanoamérica. El español ibérico estándar no es considerado como norma en América Latina, pues es en el que más se acentúan las diferencias entre los otros dos estándares.

Por ello, un español entendible por todos los hispanoparlantes se suele restringir al habla culta, pues usando lenguaje cotidiano o vulgar puede llevar a muchas confusiones, incluso, una misma palabra significar dos cosas completamente distintas según el país.

Historia[editar]

Orígenes[editar]

Históricamente, las formas estandarizadas de español estuvieron ligadas al dialecto castellano, fijado en su momento en la corte de Alfonso VI, que a cualquier otra de las variedades de la lengua. Esta preferencia sociolingüística se remonta a la organización política subsecuente a la Reconquista, en que la corona de Castilla fue la fuerza central del movimiento político que condujo a la formación de la España moderna. El origen de los miembros de la nobleza cortesana estuvo en la base de la primera estandarización de la lengua, la gramática publicada a fines del siglo XV por Antonio de Nebrija. El empleo de ésta en la enseñanza de la lengua en las colonias americanas mantuvo el carácter prestigioso del dialecto de Castilla— aunque, al ser la modalidad lingüística andaluza la más extendida entre los colonizadores,[1] el español del Nuevo Mundo adoptó rápidamente muchos fenómenos propios de ésta. Sin embargo, actualmente el peso demográfico del español de Castilla y su importancia en el español general es mucho menor, por lo que no debe asociarse el español estándar moderno con las variantes castellanas de Español.

Actualidad[editar]

La cuestión de la lengua estándar cobró una nueva validez con la difusión de los medios de comunicación de masas, al hacer por primera vez inmediatamente accesible a los hablantes nativos de distintos dialectos emisiones televisivas, radiales y —más recientemente— material electrónico procedente de regiones en las que se emplea una variedad distinta. El menor peso de la forma estándar en la lengua oral había hecho de ésta una cuestión marginal en otra época, un tema importante de debate.

La perdurable influencia del centralismo lingüístico ha llevado a algunos autores a afirmar que el problema no existe, y que basta con remitirse a la lengua culta. Gastón Carrillo Herrera, por ejemplo, repetía la doctrina de Menéndez Pidal al afirmar que

[p]uede que alguno o varios de estos medios de comunicación, en un momento dado, signifiquen motivo de preocupación por el empleo de las formas populares o vulgares. (...) [L]as necesidades sociales y las obligaciones culturales (...) exigen de su personal una mayor cultura, en la que está comprendida una elevación del habla a las formas estimadas cultas. Por lo tanto ellos, serán también, cada vez con mayor claridad, fuerzas poderosas que impulsen la elevación del idioma y su unificación.

Sin embargo, en el ámbito oral la cuestión ha resultado problemática desde al menos la década de 1950, cuando las exigencias comerciales impuestas a los estudios de doblaje vecinos a Estados Unidos incluían la elaboración de un español cuyo acento y sus características léxico-gramaticales no fuesen reconocibles como propios de algún país. Tal empresa se reveló rápidamente como quimérica: si bien la forma lingüística podía en ocasiones aproximarse a una forma inteligible universalmente, con ello se impedía a la vez que los tonos familiares, íntimos o cotidianos se transmitiesen. Varios autores han señalado el efecto de irrealidad o distanciamiento provocado por esa fórmula. Sin embargo, su uso duradero ha producido eventualmente un cierto grado de familiarización con esa fonética abstracta a lo largo de Latinoamérica; los doblajes para el mercado español, en cambio, se realizan invariablemente en España, empleando variedades de español europeo. Si bien no todas las películas exhibidas en salas españolas han tenido esta característica, como algunas de la factoría Disney (Robin Hood 1973 y muchas anteriores). Esto se debe a que existen modos de doblar o conseguir películas conocidos por la inmensa mayoría de todos los hispanohablantes en el castellano-español; al contrario de lo que ocurre, por ejemplo con el toscano-italiano y las distintas lenguas de Italia.

El I Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en 1997 en Zacatecas (México) dio lugar a bastante controversia al respecto. Algunos autores, como José Antonio Millán, abogaron por la elaboración de un «español común» compuesto por el mínimo denominador compartido por la mayoría de los dialectos; otros, como el director de Radio Exterior de España, Fermín Bocos, rechazaron de plano que existiese tal problema, dando por sentada la preeminencia del español culto frente a «extranjerismos» o «signos híbridos» en la línea más tradicionalista. Finalmente, la postura más mesurada de estudiosos de origen americano, como Lila Petrella, advertía que la elaboración de una lengua neutral sería quizá posible en textos ceñidos estrictamente a la descripción, pero que la variación de los aspectos pragmáticos y semánticos de la lengua entre dialectos hacen imposible la elaboración de una única variedad que tenga valor lingüístico equivalente para todos los hablantes. Cuando existen diferencias en sintaxis —como en el ya mencionado caso del voseo— la imposibilidad de realizar ciertas estructuras de manera neutral es más patente; el uso del «vos» resultará ajeno a los hablante tuteantes, y viceversa.

Debido a que algunos son conscientes de que un español neutral para todos los hispanohablantes es imposible, se han establecido cuatro españoles estandarizados, en algunas traducciones y, más recientemente, en doblajes, por algunas compañías del sector: el ibérico (o europeo), para España; el rioplatense para Argentina, Paraguay y Uruguay; el mexicano para México; y otro para el resto de los países hispanoamericanos incluidas las antillas .

En materia de mercado televisivo, debido a que todos los países Latinoamericanos de habla hispana son considerados como un solo territorio para efectos de distribución de programas de televisión o sindicación, los doblajes son realizados en un español neutro que evita el uso de modismos, acentos y de palabras que tengan alguna significación soez en alguno de los países hispanoamericanos al que llegará el programa doblado. Este español neutro usado en los doblajes utiliza:

  • En la segunda persona plural el 'ustedes' en lugar del 'vosotros' y las conjugaciones verbales de la tercera persona plural (por ejemplo: ¿Cómo están (ustedes)?).
  • El uso del 'tú' o el 'usted' se usa determinado según la relación que exista entre las personas que se comunican, utilizándose el 'usted' en relaciones de mayor respeto.
  • Tiende a una pronunciación homogénea de la s, c y z y la b con la v.
  • Sólo la letra "h" es muda, todas las demás se pronuncian.
  • El sonido palatal "sh", usado en las regiones australes se mantiene la "Ll".

El español neutro latinoamericano antiguamente también era distribuido a España en algunos casos (películas Disney,...), pero en la actualidad ya no sucede.

Curiosamente otro motor de unificación del español nace de las grandes empresas multinacionales al adaptar el texto de sus manuales, programas informáticos, sitios web, etc., en inglés para producir textos y programas informáticos destinados al mercado mundial. En esos casos es más práctico producir una versión neutra de español que tratar de crear versiones diferenciadas por país o región; pues si se hace por país habría que producir una veintena, y si se hace por región es difícil definir qué países englobar en la misma región, y también resulta complicado desde el punto de vista de logística. El resultado es normalmente lo que se denomina en el entorno de localización un "español neutral". Una versión que intenta evitar términos que se puedan identificar con países determinados ("ordenador" es un término de España) o fenómenos lingüísticos regionales (el voseo latinoamericano) que se elabora mediante almacenes de datos que prescriben los términos preferidos y los términos vitandos. Es un fenómeno interesante y muy común en el ámbito informático, dado que el resultado abarata mucho los costes o costos de producción, y contribuye indirectamente a la unificación del español.

Colonialismo lingüístico[editar]

Las antiguas colonias y la RAE[editar]

Si bien algunos dialectos de Castilla conservaron su carácter de modelo canónico en la península hasta nuestros días —dando lugar al curioso fenómeno de que el habla de la capital estatal, Madrid, sea una variedad menos "prestigiosa" que la vallisoletana—, en América rápidamente perdió influencia sobre la lengua coloquial. Aún en los centros administrativos de Lima y México la fonética y la gramática de los dialectos americanos se modificaron de forma perceptible. Muy distinta fue la situación en lo que hace a la lengua escrita, donde debido a diversas causas las diferencias son menores. Entre estas causas se citan con frecuencia las peculiaridades del registro escrito, el predominio académico de las universidades peninsulares, y la centralización del lenguaje administrativo y jurídico en la autoridad metropolitana y el hecho de que la escritura apenas refleja los rasgos subfonémicos que constituyen gran parte de la variación lingüística.

En 1713, con la fundación de la Real Academia Española, la normalización del lenguaje era parte de su explícito propósito de

«fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza»

A lo largo de ese siglo elaboraría medios de estandarización, con la publicación entre 1726 y 1793 de un Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o motivos de hablar, los proverbios o refranes y otras cosas convenientes del uso de la lengua, en 1741 de una Ortografía de la lengua española y en 1771 de una Gramática de la lengua española. La lengua de las colonias sería registrada en diccionarios de "americanismos", sobre todo a partir del siglo XIX.

El colonialismo cultural[editar]

En la década de 1880, una situación política nueva y la independencia intelectual de las antiguas colonias llevó a la Real Academia Española a proponer la formación de academias homólogas en ellas. El proyecto contó con alguna oposición entre la intelectualidad local —por ejemplo, en Argentina la de Juan Antonio Argerich, que sospechando un intento de instauración cultural argumentó a favor de una academia autónoma y no de una que constituiría "una sucursal, vasalla del imperialismo español", o la de Juan María Gutiérrez, que rechazó un nombramiento de corresponsal—, pero finalmente fue aceptado, dando lugar eventualmente a la Asociación de Academias de la Lengua Española.

El celo con que estas insistieron en la conversación de una "lengua común" (basada, claro está, en el habla culta de la península, y no en la poderosa influencia que las lenguas amerindias y otros idiomas europeos, como el italiano, el portugués o el inglés, habían tenido en los léxicos y las gramáticas americanas) continuó a lo largo del siglo XX. Una carta de 1918 dirigida por Ramón Menéndez Pidal a la American Association of Teachers of Spanish, con ocasión de la primera publicación de su revista, sugería:

La enseñanza de la lengua debe tender a dar amplio conocimiento del español literario, considerado como un elevado conjunto; y de un modo accesorio debe explicar las ligeras variantes que se ofrecen en el habla culta en España y en Hispano-América, haciendo ver la unidad esencial de todas dentro del patrón literario (...) en el caso concreto de la enseñanza del español a extranjeros, no creo cabe vacilar en imponer la pronunciación de las regiones castellanas.

Carta de 1918, a la American Association of Teachers of Spanish

La prioridad de la lengua escrita sobre la oral y de la peninsular sobre la americana era la tesis central de este escrito; el "carácter barbárico de las lenguas indígenas americanas" impedía, en su opinión, que éstas hubiesen de ejercer influencia alguna sobre el español de América. La tutela de la Academia haría el resto. Con ello intentaba contrarrestar la previsión efectuada por Andrés Bello en el prólogo a su Gramática de 1847, que temía la profusión de variedades regionales que "inunda y enturbia mucha parte de lo que se escribe en América, y alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros"; para esta concepción, indisolublemente lingüística y política, sólo la unidad de la lengua "culta" garantizaría la unidad del mundo hispano. Por el contrario, el filólogo colombiano Rufino José Cuervo —que compartía el diagnóstico de Bello de la eventual fragmentación del español en una pluralidad de idiomas mutuamente ininteligibles, aunque celebrándola— advertía contra el empleo de la lengua escrita para medir la unidad del idioma, considerándola un "velo que encubre el habla local".

Esta problemática fue recogida de manera particularmente observada en el tratado de 1935 de Amado Alonso, titulado El problema de la lengua en América, y reiterado en 1941, cuando el académico Américo Castro publicó El problema argentino de la lengua. Para los autores de esta corriente, la deriva lingüística respecto de la forma culta castellana era un inequívoco índice de degradación social; Castro manifiesta expresamente que las peculiaridades del español rioplatense, en especial el voseo, son síntoma de "plebeyismo universal", "instinto bajero", "descontento íntimo, encrespamiento del alma al pensar en someterse a cualquier norma medianamente trabajosa". En su diagnóstico, la fuerte identidad de la variedad rioplatense se debe a la aceptación general de las formas populares en desmedro de las cultas, y le preocupa sobre todo la imposibilidad de percibir inmediatamente la clase social del hablante a partir de los rasgos de su habla; la falta de los "frenos e inhibiciones" que las clases superiores deberían representar le parece un inequívoco síntoma de locura social.

El texto de Castro es prototípico de una extendida concepción, que hace de la unidad de la lengua el custodio de la unidad nacional, y de las clases superiores los custodios de la ortodoxia de la misma. Buena parte de la obra de Menéndez Pidal estaría orientada a perseguir ese fin, recomendando el recrudecimiento de la persecución de los usos considerados incorrectos mediante "la enseñanza de la gramática, los estudios doctrinales, los diccionarios, la difusión de buenos modelos, el comentario de los autores clásicos, o bien inconscientemente, mediante el eficaz ejemplo que se difunde en el trato social o en la creación literaria". Esta forma de centralismo clasista —común por lo demás a otros idiomas coloniales, en especial el francés— ha influido duraderamente en el uso y enseñanza de la lengua; sólo recientemente algunas variedades lingüísticas han pasado a formar parte de la enseñanza oficial —como el voseo en Argentina— y de la lengua literaria, para lo cual el naturalismo de mediados de siglo representó un poderoso avance.

Referencias[editar]

  1. Penny, Ralph (2000). Variation and change in Spanish. Cambridge: Cambridge University Press, p. 139

Bibliografía[editar]

  • Alonso, Amado (1935). El problema de la lengua en América. Madrid: Espasa-Calpe. 
  • Bentivegna, Diego (1999). «Amado Alonso y Américo Castro en Buenos Aires : entre la alteridad y el equilibrio». Narvaja de Arnoux, E. y Bein, R. Prácticas y representaciones del lenguaje. Buenos Aires: EUDEBA. pp. 135-156. 
  • Borges, Jorge Luis (1974). Obras Completas. Buenos Aires: Emecé. 
  • Castro, Américo (1941). La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico. Buenos Aires: Losada. 
  • del Valle, José (2002). «Lenguas imaginadas: Menéndez Pidal, la lingüística hispánica y la configuración del estándar». Estudios de Lingüística del Español 16. ISSN 1139-8736. http://elies.rediris.es/elies16/Valle.html. 
  • Krashen, Stephen (1998b). «Language shyness and heritage language development.». In Krashen, S., Tse, L. y McQuillan, J. (eds.), Heritage language development. Culver City, CA: Language Education Associates. pp. 41-50. 
  • VV. AA. (1998). Actas del Primer Congreso Internacional de la lengua española. México DF: Siglo XXI. 

Enlaces externos[editar]