Encomendero

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Francisco Hernández Girón, encomendero español

Antiguamente, se llamaba encomendero al que por Merced Real tenía indígenas encomendados en cualquiera de las colonias españolas de América y Filipinas. El encomendero era la cabeza de parte de una institución colonial llamada encomienda. El encomendero tenía, en primer lugar, numerosas obligaciones,de las cuales las principales eran enseñar la doctrina cristiana y defender a sus encomendados, así como defender y ayudar a multiplicar sus bienes. En segundo lugar, la encomienda era un privilegio escasamente otorgado. Existen numerosas discusiones acerca de si la Merced de la Encomienda otorgaba o no automáticamente el estatus de hidalguía o nobleza a una persona; son pocos los que lo niegan, pero lo que está claro es que para recibirla había que probar la limpieza de sangre y honor del linaje, por lo tanto, sólo las personas con condición de hidalgos podían recibirla.[1]

Tradicionalmente, el encomendero era una persona con una enorme autoridad y poder en la sociedad colonial, pues las cantidades de tierra dadas para las encomiendas solían ser muy grandes y de gran productividad. Los indígenas encomendados tenían la labor de trabajar la tierra y producir.

Referencias[editar]

Véase también[editar]

Tomado del viejo derecho canónico y de la nomenclatura de las órdenes militares de la baja Edad Media, con el término encomendero se designaba a quien tenía una encomienda otorgada por el rey durante el proceso de la colonización española en América. La encomienda —la encomienda de indios, como en realidad se llamaba— era una institución que se inició con la conquista y que rigió en América durante los siglos XV al XIX. Consistía en el encargo que recibían ciertos colonizadores ibéricos para cristianizar e instruir a un grupo de indios, a cambio de lo cual se aprovechaban de su trabajo y de sus contribuciones tributarias. El encomendero era, por consiguiente, quien por merced real tenía indios encomendados. La Reina Isabel la Católica dispuso en 1501 que los indios de América se repartiesen entre los principales colonos españoles. Antes ya había autorizado a Colón, mediante carta-patente de 1497, que procediese a repartir las tierras conquistadas. Naturalmente que junto con las tierras se repartieron también los indios que en ellas habitaban. Después, una de las principales leyes de la Recopilación de Indias ordenaba que “luego que se haya hecho la pacificación, el adelantado, gobernador o pacificador reparta los indios entre los pobladores, para que cada uno se encargue de los que fuesen de su repartimiento y los defienda y ampare, proveyendo ministro que les enseñe la doctrina cristiana y administre los sacramentos guardando nuestro patronazgo, y enseñe a vivir en policía”. Las encomiendas de este modo establecidas se otorgaban generalmente por dos generaciones, o sea para el encomendero y para sus hijos, aunque en México se lo hizo por tres o cuatro. En realidad, sin embargo, las encomiendas fueron perpetuas. Los herederos de los encomenderos recibían tierras e indios. El encomendero prestaba juramento de proteger a sus indios, procurar su conversión al cristianismo y encaminarlos a la civilización. Le estaba prohibido alquilarlos o darlos en prenda, según leyes que, a la usanza de la época, se “acataban pero no se cumplían”. Al amparo de esta institución y de la lejanía de los reyes de España, los encomenderos cometieron toda clase de abusos con los indios: les sometieron a servidumbre, les explotaron inmisericordemente, les cobraron tributos, se beneficiaron con sus servicios gratuitos y con los de sus descendientes. Todo esto a pretexto de “enseñarles las cosas de nuestra santa fe católica”. Por extensión y analogía, se llama hoy encomendero a quien explota inmisericordemente a sus trabajadores y se enriquece con el esfuerzo ajeno. Es el hombre abusivo, de ideas retardatarias, falto de sensibilidad social. Esta palabra tiene una significación muy parecida a la de >gamonal.