El mundo es ancho y ajeno

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El mundo es ancho y ajeno
Ciro Alegría.JPG
Autor Ciro Alegría
Género Novela
Idioma Castellano
Editorial Ercilla (Santiago de Chile)
País Bandera de Perú Perú
Fecha de publicación 1941
Formato Impreso

El mundo es ancho y ajeno es una novela del escritor peruano Ciro Alegría, publicada en 1941, considerada como una de las obras más destacadas de la literatura indigenista o regionalista, y la obra maestra de su autor.[1] Mario Vargas Llosa, al hablar sobre la literatura de su país, ha afirmado que El mundo es ancho y ajeno constituye «el punto de partida de la literatura narrativa moderna peruana y su autor nuestro primer novelista clásico».[2] Cuenta con numerosas ediciones en castellano y es la novela más traducida del autor,[3] a más de treinta idiomas.

Esta novela es también la primera gran novela peruana de dimensión universal. Si bien existen novelas peruanas anteriores, estas no son sino en su totalidad intentos fallidos o imperfectos. Aun cuando en otros países de Latinoamérica se tenían notables ejemplos de novelas regionalistas, indigenistas y sociales (como Doña Bárbara, Don Segundo Sombra, Raza de Bronce o Los de abajo), en el Perú no existía hasta entonces una novela que pudiese compararse a aquellas.

La novela narra los problemas de la comunidad andina de Rumi, liderada por su alcalde Rosendo Maqui, quien enfrenta la codicia del hacendado don Álvaro Amenábar y Roldán, el cual finalmente les arrebata sus tierras. «Váyanse a otra parte, el mundo es ancho», dicen los despojadores a los comuneros. Estos buscarán entonces un nuevo lugar donde vivir. Pero si bien es cierto que el mundo es ancho o inmenso, siempre será ajeno o extraño para los comuneros. La experiencia trágica de muchos de ellos que van a ganarse la vida a otros lugares, sufriendo la más cruel explotación, padeciendo enfermedades y hasta la muerte, lo demostrará con creces. Para el hombre andino la comunidad es el único lugar habitable. Este es el mensaje último que nos trasmite la novela.

Publicación[editar]

Ciro Alegría se puso a escribir esta obra para presentarla al Concurso Latinoamericano de Novela convocado desde Estados Unidos por la prestigiosa Editorial Farrar & Rinehart de Nueva York y auspiciado por la Unión Panamericana de Washington.[4] Pudo dedicarse tranquilamente a esta labor pues un grupo de amigos acordaron pasarle una subvención mensual. Comenzó a escribir desde junio de ese año y entregó los originales de la novela terminada el día 15 de noviembre.

De acuerdo a las bases del concurso serían seleccionadas una novela por cada país latinoamericano, de entre las cuales saldría un ganador. La novela de Ciro fue seleccionada y enviada a Washington. Lo anecdótico fue que participara a nombre de Chile (el escritor, debido a su militancia aprista, se hallaba desterrado en dicho país), mientras que por el Perú fue seleccionada la novela Panorama hacia el alba, del escritor José Ferrando, un desconocido autor que desplazó a novelas como Yawar Fiesta del entonces joven escritor José María Arguedas.

El 28 de febrero de 1941 le comunicaron a Ciro Alegría su triunfo, invitándosele a ir a Nueva York, con una bolsa de viajes pagada. El premio consistía en 2.500 dólares que le fue entregado en un banquete que se le ofreció en el Hotel Waldorf-Astoria, el Día de las Américas, el 14 de abril de ese año.

La novela fue publicada ese año por la Editorial Ercilla de Santiago de Chile. A fines de octubre apareció su traducción al inglés (Broad and alien is the world) que fue ubicado por la prensa en el cuarto lugar de ventas. Sin duda se trataba de la primera gran novela peruana y universal.

Argumento[editar]

Faena agrícola en la sierra peruana.

El mundo es ancho y ajeno relata la vida de la comunidad de Rumi, ubicada entre las altas montañas de la Cordillera de los Andes, en el departamento de La Libertad (norte del Perú). Los indígenas que integran esa comunidad, encabezados por el alcalde Rosendo Maqui, se defienden de un déspota hacendado, don Álvaro Amenábar, quien, amparado por jueces corruptos y testigos falsos, quiere arrebatarle sus tierras para expandir su ya inmensa propiedad. Pero lo que en realidad más apetecía el hacendado era convertir a los comuneros en peones para que laboraran en una mina de su propiedad cercana a Rumi. Las tierras de cultivo tenían para él un valor secundario.

Debido a ello la comunidad de Rumi se encuentra permanentemente acechada por el despojo; cuando esto al fin sucede, los comuneros se trasladan a las alturas de Yanañahui, tierras pedregosas y de clima inhóspito, de escasa productividad, pero que al menos les permite mantener viva la comunidad. No obstante, muchos comuneros huyen en busca de un futuro mejor y se emplean en diversas partes del Perú, viviendo experiencias muy duras y hasta fatídicas. Varios capítulos de la obra se dedican a relatar las peripecias de algunos de estos comuneros, como Amadeo Illas, Calixto Páucar, Augusto Maqui, Demetrio Sumallacta y Juan Medrano.

Empero, las agresiones del hacendado continúan. Los comuneros, guiados por un abogado indigenista, apelan ante la Corte Superior para recuperar sus tierras, pero el expediente del juicio es robado por hombres contratados por Amenábar y termina en la hoguera. Algunos comuneros se unen a la banda del Fiero Vásquez, famoso ladrón, y se vengan a su manera de la gente de Amenábar. Rosendo Maqui es acusado de ladrón de ganado, de incitador de la violencia y de dar refugio a bandidos, entre ellos al Fiero Vásquez. El viejo alcalde es encarcelado y muere en su celda tras ser golpeado por los guardias.

Los años transcurren y una nueva perspectiva para la comunidad se abre con la llegada de Benito Castro, un antiguo residente de Rumi, hijo adoptivo de Rosendo, que retornaba tras 16 años de ausencia. Benito, que ha recorrido el país viendo las injusticias, y que además ha aprendido a leer y escribir, trae las ideas de la modernidad a la comunidad, la cual según su punto de vista debía abandonar supersticiones e ideas anticuadas que constreñían su desarrollo, aunque conservando lo mejor de ella, como era la ayuda comunitaria. Es elegido Alcalde y bajo su dirección, la comunidad, con sede en Yanañahui, resurge y empieza a prosperar.

Sin embargo, ante un segundo juicio de linderos interpuesto por el ambicioso Amenábar, los comuneros, por instigación de Benito, se levantan en armas para evitar el despojo. La sublevación es brutalmente reprimida por la guardia civil, aliada con los caporales de Amenábar. Los comuneros rebeldes son aniquilados uno tras otro cayendo bajo el fuego de la ametralladora. La comunidad desaparece así.

Escenarios[editar]

El caserío de Rumi, comunidad arquetípica de los Andes, se ubica en la sierra del norte del Perú. Está situado entre el arroyo Lombriz (que era el límite con la Hacienda de Umay, propiedad de don Álvaro Amenábar) y la quebrada de Rumi (donde partía la acequia que alimentaba de agua al poblado). Posee tierras muy fértiles donde se cultiva el maíz y el trigo. De otro lado, los guardianes tutelares de la comunidad son el cerro Rumi y el cerro El Alto. Estos cerros agrestes rodean la llanura de Yanañahui frente a la cual está la laguna del mismo nombre. Dicha pampa solía estar cubierta de agua en invierno, por lo que le hacía inapta para el cultivo; este era solo posible en las faldas de los cerros, pero solo de productos de altura y de baja calidad: quinua, papas

Pero Rumi, si bien es el principal escenario de los hechos, no es el único. En realidad la novela abarca múltiples escenarios: prácticamente están representadas todas las regiones o altitudes de la agreste y variada geografía del Perú, desde la costa hasta la selva.

Época[editar]

Los sucesos de la novela se desarrollan entre los años 1912 y 1929, aunque en el primer capítulo el autor hace algunas regresiones a las dos últimas décadas del siglo XIX, relatándose algunos episodios de la historia pasada de Rumi. También en capítulos posteriores se interpolan historias pasadas, como el relato de la rebelión de Pedro Pablo Atusparia (1885) y la masacre de los indios cashibos, en la selva peruana (1866).

En dicha época estaba en boga el gamonalismo, un sistema de explotación de los campesinos de las haciendas, caracterizado por su baja productividad, su baja rentabilidad, el derroche de fuerza de trabajo y la exclusión cultural de sus peones agrícolas. Los gamonales ostentaban un apreciable poder local y eran los más firmes propagadores de la tesis de la inferioridad racial del indígena, tachándola de vicios que ellos mismos procuraban mantener, como la ignorancia, el consumo de alcohol y de coca. Las comunidades indígenas seguían sin embargo subsistiendo pese a que los gamonales hacían todo el esfuerzo por engullir sus tierras y reducir al indio a la condición de siervo.

Por esa época surge también la corriente indigenista que agrupa a intelectuales que procuran la redención del indígena. Se funda en 1909 la Asociación Pro-Indígena, por Pedro Zulen y Dora Mayer de Zulen, que cuestiona al gamonalismo.

Políticamente es la última fase de la llamada República Aristocrática, que dio pase al Oncenio de Augusto B. Leguía (1919-1930), época en la cual se produjeron muchas rebeliones de indígenas con la subsiguiente represión.

Personajes[editar]

Podemos decir que el personaje principal de la obra es la comunidad de Rumi, cuyos miembros son llamados comuneros. La comunidad es el único espacio en el Ande en el que el campesino puede ser completamente feliz. Es un sitio privilegiado donde persisten los ideales de solidaridad y donde el hombre aún puede ser auténtico. Y es que todas las historias de los comuneros que salen de Rumi, incluyendo la de Benito Castro, no hacen más que confirmar que Rumi es el único lugar en el que se puede ser feliz y que el resto del mundo es «ancho y ajeno». Existe una estrecha comunión del comunero con su entorno natural, al punto de que en este mundo novelesco lo humano aparece determinado por la naturaleza: la tierra es, en este caso, ese elemento natural condicionante.

Pero por razones didácticas es necesario individualizar a los personajes y dividirlos en principales y secundarios. Son numerosos y solo mencionaremos a los de mayor relevancia.

Principales[editar]

  • Rosendo Maqui, es el alcalde de Rumi. Dirime con sapiencia todo conflicto que se origina al interior de la comunidad. Pero la prueba de fuego la tiene cuando el hacendado don Álvaro Amenábar entabla a la comunidad un primer juicio de linderos. La comunidad pierde el juicio, debido a que el hacendado compra testigos falsos y soborna a jueces y autoridades. Rosendo continúa la batalla legal, haciendo una apelación. Pero es apresado, acusado de ladrón de ganado. Se niega a fugarse de la prisión con el Fiero Vásquez y muere luego como consecuencia de los golpes que recibe de los carceleros, a los que no opone ninguna resistencia para evitar mayores sufrimientos a los suyos. Su muerte, por ello, lo transforma en un símbolo de la comunidad.
  • Don Álvaro Amenábar y Roldán, el ambicioso y desalmado hacendado de Umay, inmensa hacienda que ocupaba buena parte de la provincia. Su padre, don Gonzalo Amenábar, era quien había empezado a expandir la propiedad, enfrentando a otros poderosos hacendados de la zona, como los Córdova. Álvaro prosiguió el avance hasta chocar con las tierras de la comunidad de Rumi. Viéndo a esta como una presa fácil, le entabló un juicio de linderos, lo que ganó merced a sobornos y testigos falsos. Esperaba que los comuneros aceptaran convertirse en sus peones, pero ellos prefirieron replegarse pacíficamente a Yanañahui, zona alta y de clima agreste donde a duras penas sobrevivieron. No conforme, don Álvaro entabló un segundo juicio a la comunidad, que también ganó. Esta vez, los comuneros, encabezados por Benito Castro, tratarán de defender sus tierras con las armas y sucumbirán reprimidos por las fuerzas gobiernistas.
  • Bismarck Ruíz, un tinterillo contratado como «defensor jurídico» de Rumi durante el primer juicio de linderos. Era originalmente enemigo de los Amenábar y por eso aceptó el encargo, alentando a la comunidad pues aseguraba que era una causa ganada. Sin embargo don Álvaro lo soborna con 5.000 soles para que cometiera algunas omisiones durante el proceso, por lo que la comunidad pierde el juicio. Con el dinero ganado pretende huir a la costa acompañado de su amante, Melba Cortez, pero los bandidos le roban los caballos y debe regresar caminando hasta el pueblo. Melba fallece en sus brazos y a él no le queda sino regresar donde su esposa, a seguir su vida monótona de siempre.
  • El Fiero Vásquez, es un temido bandolero de la región. Su apelativo de «Fiero» no aludía a su fiereza, sino que en el habla local significa «el picado de viruelas», pues efectivamente, en su rostro tenía las marcas del mal. Era un mestizo de piel oscura y con una notoria cicatriz en un lado del rostro, provocada por un escopetazo. Iba siempre montado en un caballo negro y su vestimenta era del mismo color. Se dedica a saltear a los viajeros, pero en determinado momento se convierte en una especie de vengador que abraza la causa de la comunidad y combate con gran eficacia contra la gente de Amenábar. En su banda se incorporan muchos comuneros que, como él, pretenden defender los intereses de Rumi, vengándose de los culpables del primer despojo. Será apresado y confinado en la prisión pero logrará huir mediante una fuga espectacular. Poco después morirá en circunstancias misteriosas. Su cabeza aparecerá abandonada en unos matorrales.
  • Benito Castro, hijo de un montonero y de una comunera de Rumi, fue fruto de una violación. El esposo de su madre aceptó cuidarlo como si fuera suyo, aunque siempre recordándole que era un indio «mala casta». Rosendo y Pascuala, compadecidos del maltrato que recibía del padrastro, se llevaron a Benito y lo criaron como a un hijo. Cierto día su padrastro le amenazó con un cuchillo y Benito se defendió, matándolo. Tuvo entonces que abandonar la comunidad, para evitar ser juzgado y condenado a prisión. Así, vagó con poca suerte por diversas haciendas del Perú hasta llegar a Lima, donde desempeñó numerosos oficios. Sirvió también en el ejército, participando en una represión de guerrilleros en Cajamarca. Luego de pasar por esta triste y dura experiencia, Benito regresó a Rumi, tras 16 años de ausencia. Se enteró del estado del juicio con Amenábar, quien pretendía ahora también despojarlos de las tierras de Yanañahui. Benito, entonces, se convertirá en el conductor del destino de Rumi y en el representante de la nueva conciencia de los indios. Es quien lleva la idea del progreso dejando de lado las tradiciones y supersticiones que mantenían al indio en la pobreza. Pero finalmente enfrentará la codicia insaciable del hacendado blanco, quien apoyado por las fuerzas del gobierno, termina por apoderarse de las tierras de la comunidad, con el fin subsiguiente de esta.

Secundarios[editar]

Los comuneros y sus amigos[editar]

  • Pascuala, la esposa de Rosendo, fallece muy anciana, al principiar el relato.
  • Anselmo el tullido, un indio inválido que era un eximio tocador de arpa. Rosendo y Pascuala lo crían como a un hijo. Tras el traslado de la comunidad a Yanañahui no soportará el clima muy frío y fallecerá poco después.
  • Porfirio Medrano, regidor de Rumi. Era un montonero azul que se había avecindado en Rumi, casándose con una moza. Conservaba su viejo rifle Pivode, que usaba para cazar venados. Tras el primer despojo, sus adversarios encabezados por Artemio Chauqui logran que se le destituya de su cargo. Vivirá hasta ser testigo del último despojo de la comunidad y morirá defendiéndola.
  • Goyo Auca, regidor de Rumi, muy adicto a Rosendo.
  • Clemente Yacu, regidor de Rumi, se distinguía por su arrogancia y buen sentido, y por su conocimiento de los suelos propicios para determinados cultivos.
  • Artidoro Oteíza, regidor de Rumi. Era blanco aunque sus ancestros habían sido siempre comuneros, no habiendo noticias de mestizaje cercano. El narrador sostiene una posible y lejana ascendencia española.
  • Ambrosio Luma, regidor de Rumi, elegido en reemplazo de Porfirio Medrano. Era gran trabajador, muy sencillo y modesto
  • Artemio Chauqui, era descendiente del viejo Chauqui, un comunero que era recordado por su sabiduría. Sin embargo, Artemio no igualaba al brillo del ancestro. Se muestra adversario de Porfirio Medrano, a quien achaca ser un foráneo. También se opone a Rosendo defendiendo la opción de la resistencia armada tras el primer juicio de linderos. Tiempo después se opondrá también a los cambios implementados por Benito Castro. Representa la defensa de las tradiciones de Rumi frente a la modernidad.
  • Abram Maqui, hijo mayor de Rosendo Maqui. Era un diestro jinete. Su esposa era la Eulalia y su hijo se llamaba Augusto. Falleció durante la epidemia de gripe de 1921.
  • Evaristo Maqui, hijo menor de Rosendo Maqui, era herrero, oficio que aprendió en el taller de Jacinto Prieto. Alcohólico y relajado, murió intoxicado con ron de quemar.
  • Teresa, hija mayor de Rosendo Maqui, ella es la que da un discurso laudatorio durante el funeral de su madre.
  • Juanacha, hija menor de Rosendo Maqui, esposa de Sebastián Poma y madre del pequeño Rosendo Poma. Tras la muerte de su madre, la Pascuala, se traslada a vivir junto con su padre. Vivirá hasta ser testigo del despojo final de la comunidad.
  • Nasha Suro, la adivina o bruja de Rumi, quien predice la desgracia de la comunidad. Su padre había sido un curandero muy célebre, que había sanado a don Gonzalo Amenábar, el padre de don Álvaro, de una fractura grave en la cabeza. Los comuneros esperaban que con sus artes Nasha hiciera algún maleficio a don Álvaro, pero ella termina por confesar su incapacidad para realizarlo. Luego del primer despojo se instala en Yanañahui pero desaparece poco después. No se supo de ella durante mucho tiempo hasta que apareció por el distrito de Uyumi, enfrentando al cura don Gervasio Mestas. Debió morir en edad muy avanzada.
  • Don Gervasio Mestas, el cura del distrito de Uyumi, era un español treintón y locuaz, blanco y obeso. A él recurren Rosendo y los regidores para pedirle consejo ante el despojo sufrido. Don Gervasio se limita a aconsejarles que aceptaran la voluntad de Dios y guardaran sus mandamientos.
  • Arturo Correa Zavala, joven abogado, miembro de la Asociación Pro-Indígena. Aceptará defender a la comunidad durante el segundo juicio de linderos, no cobrando por sus servicios. Vive muy pobremente.
  • El vaquero Inocencio, comunero de Rumi, padre de Tadea.
  • Jacinto Prieto, el herrero de Rumi. No era originario de la comunidad, sino que había venido de otro pueblo, pero había arraigado y se sentía un comunero más. Se ofrecerá para testificar a favor de Rumi en el primer juicio de linderos, pero será provocado por un pleitista apodado El Zurdo a quien golpeará rudamente. Encarcelado por este hecho, tiene esperanza de la justicia y hasta envía una carta al Presidente de la República. Terminará decepcionado. Saldrá de la cárcel merced a un pago de mil soles, dinero que le obsequia el Fiero Vásquez.
  • Augusto Maqui, hijo de Abram Maqui y nieto de Rosendo Maqui, es un joven fornido e impulsivo. Se enamora de una pastora llamada Marguicha. Es enviado a espiar a la hacienda de Umay de don Álvaro, logrando escapar tras matar de un machetazo a un perro guardián. Tras el primer despojo partirá a trabajar a las caucherías de la selva seducido por la paga alta que le ofrecen. Allí será testigo del horrible abuso que los caucheros cometen sobre los nativos selváticos. Quedara ciego debido a un accidente y se unirá a una nativa llamada Maibí. No volverá más a Rumi.
  • Marguicha (diminutivo de Marga), es una joven pastora de Rumi, pareja de Augusto Maqui, con quien se une durante una noche de luna llena, durante la cosecha. Pero Augusto la deja, partiendo a trabajar a las caucherías de la selva. Al final Marguicha se casará con Benito Castro con quien tendrá un niño, a poco de ocurrir el segundo y definitivo despojo de la comunidad.
  • Doroteo Quispe, comunero de Rumi, «indio de anchas espaldas», que era un gran rezador. Se sabía muchas oraciones para determinadas ocasiones, siendo la que más recomendaba la «Oración del Justo Juez» que según él alejaban las desgracias a quien lo repitiera sin cometer el más mínimo yerro. Se hace amigo del Fiero Vásquez. Tras el primer despojo de Rumi se pliega junto con otros comuneros a la banda de dicho bandolero. Tomará venganza sobre Bismarck Ruíz, Zenobio García y el Mágico Contreras. Luego retorna a la comunidad instalada en Yanañahui y será uno de sus defensores durante el segundo despojo.
  • Paula, esposa de Doroteo Quispe. No era de Rumi sino que de otra comunidad lejana. Le acompaña su hermana Casiana. Ambas habían huido de unos patrones explotadores para quienes trabajaban pasteando ganado en la puna.
  • Casiana, mujer que al principiar el relato tiene unos 30 años. Es cuñada de Doroteo Quispe y soltera. Se convierte en amante del Fiero Vásquez. Con él tiene un hijo, llamado Fidel Vásquez.
  • Valencio, hermano de Paula y Casiana, quien junto con ellas se dedicaba al principio a cuidar ovejas en la altura, al servicio de un patrón explotador, quien solía azotarlo cuando se perdía algún animal. Cansado de los abusos, mató a un caporal y se internó en la puna, guareciéndose en cuevas, hasta que fue reclutado por la banda del Fiero Vásquez. Su aspecto era grosero y primitivo y su habla muy primaria. Sin embargo se destaca por su valor y arrojo. Finalmente se sumará a la comunidad instalada en Yanañahui, donde tomará por mujer a una india llamada Tadea. Luchará contra los guardias civiles durante el último despojo, sucumbiendo junto con los otros comuneros.
  • Fidel Vásquez, hijo del Fiero Vásquez y Casiana. Morirá durante el segundo despojo de Rumi, con apenas 15 años de edad y empuñando un arma de fuego.
  • Eloy Condorumi, comunero de Rumi, que junto con Doroteo se suma a la banda del Fiero Vásquez.
  • Jacinto Cahua, comunero de Rumi, uno de los opositores de Rosendo Maqui y partidario de la defensa violenta frente al primer despojo. Su posición es rechazada por la comunidad y junto con Doroteo se suma a la banda del Fiero Vásquez. Fallece poco después durante una lucha contra los gendarmes.
  • Mardoqueo, comunero de Rumi que se dedica a la fabricación y venta de esteras, abanicos y otros utensilios de totora. Enviado a espiar a la casa-hacienda de Amenábar, es descubierto y azotado. Se vengará haciendo caer una galga sobre la comitiva de don Álvaro, lo que causará la muerte al tinterillo Iñiguez. Descubierto, morirá abaleado.
  • Amadeo Illas, comunero de Rumi, que tiene la habilidad de contar fábulas y cuentos. Huye junto con su esposa para escapar de la pobreza de Yanañahui y se interna en la ceja de selva, empleándose como raumador en una plantación de cocales a orillas del río Calchis, atraído por la buena paga. Pero no se acostumbra a la fatigante labor y al mismo tiempo es testigo de la explotación del indígena de parte de patrones y caporales malvados. Su propia esposa es violada por los caporales mientras se hallaba ausente, pero ella no le cuenta nada. Endeudado, huye hacia otra hacienda, cuyo patrón acepta pagar la deuda a cuenta de su trabajo. Tiempo después, su amigo Demetrio Sumallacta le encuentra contando cuentos en la capital de la provincia. Las adversidades no amenguaron pues, su talento.
  • Calixto Páucar, comunero de Rumi, quien tras el primer despojo de Rumi partirá hacia el asiento minero de Navilca, para emplearse como peón de mina. Su llegada coincide con una huelga de mineros a raíz del cual muere víctima uno de los disparos realizados por los gendarmes. Es enterrado como desconocido.
  • Demetrio Sumallacta, joven flautista de Rumi, amante de las aves canoras, es quien incorpora en el relato aires poéticos. Huirá también de la pobreza de Yanañahui, instalándose en la capital de la provincia, donde vive junto con su mujer y su suegro, dedicado a la venta de leña y otros trabajos eventuales. Su encuentro con unos futres (petimetres o presumidos) es relatado en el capítulo XX.
  • Juan Medrano, comunero de Rumi, hijo del regidor Porfirio Medrano. Con su esposa Simona y sus dos hijos Poli y Elvira se traslada a Solma, en la ceja de selva, para emplearse como colono o aparcero de las tierras de un patrón ambicioso, que le requisa casi toda la cosecha dejándole solo la cantidad necesaria para su sustento
  • Simona, la esposa de Juan Medrano. Es una india recia, de caderas y senos prominentes.
  • Adrián Santos, hijo de Amaro Santos, un comunero de Rumi. Su padre era uno de los tantos comuneros que habían nacido fruto de las violaciones de los montoneros en las muchachas de Rumi. Adrián aparece en el capítulo titulado «El maíz y el trigo», todavía niño, sumándose al grupo de repunteros enviados a reunir el ganado. Años después, Adrián parte hacia la costa en busca de trabajo, dejando en Yanañahui a su mujer Casimira Luma. En Trujillo trabaja en obras de canalización.
  • Casimira Luma, llamada familiarmente Cashe o Cashita, es la esposa de Adrián Santos. Es una muchacha dulce. Espera con paciencia el retorno de su esposo, de quien recibe una carta esperanzadora.

Los despojadores y sus cómplices[editar]

  • Doña Leonor, la esposa de don Álvaro, quien criaba a sus hijas en la casa-hacienda.
  • Óscar Amenábar, hijo de don Álvaro Amenábar, inescrupuloso como su padre. Gana una diputación para el Congreso de la República y se traslada a Lima.
  • Ramón Briceño, el jefe de los caporales de don Álvaro, quien le guarda mucha confianza.
  • Melba Cortez, la amante del tinterillo Bismarck, era apodada «La Costeña», pues efectivamente, era de la costa. Físicamente era alta, blanca, de edad ya madura y algo gruesa. Había llegado a la capital de la provincia muy delgada y pálida, pues sufría de tisis, pero a decir de ella, el aire serrano la mejoró. Se convirtió entonces en una escaladora social, explotando sus encantos femeninos, y varios notables del pueblo fueron sus víctimas. El último resultó ser Bismarck Ruíz, quien le cedió una casa, ante la ira de su esposa. Convencerá al tinterillo de recibir el soborno de Amenábar, pero fallecerá durante el viaje frustrado de ambos a la costa, sin poder disfrutar del dinero.
  • Zenobio García, gobernador del distrito vecino de Muncha, «un cholo gordo y rojizo como un cántaro». Tenía una destilería de aguardiente y una hija muy bella, llamada Rosa Estela, a quien esperaba casar con un buen partido. Sirve como testigo falso durante el primer juicio de linderos contra la comunidad de Rumi. Por ello, un grupo de comuneros convertidos en bandoleros toman venganza contra él: atacan su casa, destruyen su destilería y violan a su hija. Zenobio perderá su puesto de gobernador pero conservará cierta importancia. Durante el segundo juicio de linderos de Rumi apoyará a los comuneros.
  • El Mágico Julio Contreras, era un mercachifle o comerciante, «cincuentón alto y huesudo, de cara larga y amarilla». Solía llegar a Rumi ofreciendo sus baratijas, telas y zapatos, entre otros artículos, siendo muy hábil para convencer al más regateador de los clientes. Su apelativo de «Mágico» se remontaba a su época juvenil, cuando era malabarista de una compañía de saltimbanquis que recorría el país promocionando su «salto mágico». De esa época lejana gustaba contar una anécdota suya sobre la manera en que engañó al mayordomo de la fiesta de un pueblo, comprometiéndose a dar una función de su salto mortal, para luego fugarse llevándose el dinero de las entradas, sin cumplir su promesa. Sirve como testigo falso durante el primer juicio de linderos contra la comunidad de Rumi. Doroteo Quispe lo captura y se venga arrojándolo a un pantano.
  • El tinterillo Iñiguez, «suma y compendio de los rábulas de la capital de provincia», servía los intereses de Amenábar contra la comunidad de Rumi. Tenía tercer año de derecho en la Universidad Nacional de Trujillo. Morirá con el cráneo aplastado por una galga, empujada por el comunero Mardoqueo, al momento de producirse la primera toma de las tierras de Rumi. Su muerte servirá para acusar a Rosendo como incitador de la violencia.

Otros personajes[editar]

  • Alemparte, secretario general del Sindicato de mineros de Navilca. Encabezará una huelga exigiendo mejor pago y seguridades en las labores. Morirá abaleado por los gendarmes.
  • Alberto, obrero del asiento minero de Navilca, quien se hace amigo de Calixto Páucar y se pliega a la huelga de mineros.
  • El viejo don Sheque, veterano minero que gustaba relatar en los salones de Navilca historias antiguas de la mina.
  • El gringo Jack, que trabajaba de mecánico en el asiento minero de Navilca. Influenciado por las ideas socialistas, se suma a la causa de los trabajadores.
  • Lorenzo Medina, sindicalista y propietario de una lancha llamada «Porsiaca». Trabaja en el Callao junto con Benito Castro. Tras explotar su embarcación consigue otro empleo y participa en el paro de obreros de Lima y Callao de 1919, en la cual es apresado.
  • El italiano Carbonelli, amigo de Lorenzo Medina y Benito Castro, pobre y desempleado que vivía en un callejón del puerto del Callao.
  • El loco Pierolista, bohemio cantor y poeta popular, que con sus versos improvisados ridiculizaba a las autoridades y mandones. Le decían «pierolista» pues solía dar vivas a Piérola, el caudillo y presidente del Perú del siglo anterior, aunque nunca pudo explicar el motivo de tal adhesión, ya desfasada para la época. Por recitar unas coplas burlescas contra los Amenábar es encarcelado por unos días.
  • El estafador Absalón Quíñez, uno de los presos de la cárcel en donde se halla Rosendo. Cuenta orgulloso haber sido ayudante de un colombiano falsificador de billetes y cómo en otra ocasión estuvo a punto de engañar a un cura con el cuento del entierro o tapado de tesoros, pero fue descubierto y por esa causa se hallaba en la cárcel. Poco después es soltado, y antes de salir dice en voz alta que la cárcel era solo para los sonsos.
  • Los «tres futres (petimetres o presumidos) raros», mencionados en el capítulo XX: un folklorista, un escritor y un pintor, que discuten sobre las cualidades de la raza india.
  • Etc., etc.

Resumen por capítulos[editar]

La obra se divide en 24 capítulos, titulados y numerados con dígitos romanos.

I. Rosendo Maqui y La Comunidad.[editar]

La novela empieza hacia 1912, cuando el alcalde Rosendo, de vuelta a Rumi, se tropieza con una culebra, lo que de acuerdo a la visión indígena es signo de mal agüero. Rosendo, machete en mano, busca infructuosamente al reptil. El narrador hace un alto en el relato y nos cuenta la vida de este personaje: cómo por su sapiencia y laboriosidad fue elegido primero regidor y luego Alcalde de Rumi. También nos cuenta sobre su esposa Pascuala y sus hijos. Luego pasa a describir la vida e historia de la comunidad. Nos relata como los gamonales, usando a su favor leyes que los indios no entendían, fueron expropiando muchas tierras de los comuneros. Don Álvaro Amenábar, rico propietario de la hacienda Umay, cercana a Rumi, llevó a juicio a la comunidad por un pleito de linderos. El tinterillo Bismarck Ruíz fue contratado como «defensor jurídico» de Rumi. En el pasado, según recordaba Rosendo, hubo una epidemia de tifo que mató a mucha gente. También años antes había estallado la Guerra con Chile y muchos indios fueron reclutados. «Diz que Chile ganó y se fue y nadie supo nunca más de él». Luego hubo una guerra civil entre los partidarios de Miguel Iglesias (los «azules») y los montoneros de Andrés Avelino Cáceres («los colorados»). Los «azules» ocuparon Rumi y los indios fueron enrolados a la fuerza a sus filas. La guerra civil llegó hasta el mismo pueblo. Ganaron los «colorados». Muchas mujeres sufrieron violaciones de los montoneros y tuvieron hijos; uno de ellos fue Benito Castro, quien fue criado como un hijo por Rosendo y Pascuala. Escenas muy logradas son las que describen la vida rural de Rumi. Un buey llamado Mosco era muy apreciado por Rosendo pero desgraciadamente murió al desbarrancarse. Otro episodio antológico es el duelo entre los toros Granizo y Choloque. Tras finalizar la descripción de Rumi, el narrador retoma el relato: Rosendo retorna al pueblo con un negro presentimiento. Efectivamente, se entera que su esposa Pascuala había fallecido.

II. Zenobio García y otros notables.[editar]

Todo el pueblo asiste al velorio de Pascuala. La hija mayor de la finada, Teresa, hace una apología de la fallecida. Uno de los más compungidos era el arpista don Anselmo, quien tenía las piernas tullidas; él había sido criado como a un hijo por Pascuala. Esa misma noche llegó a Rumi una comisión de vecinos de Muncha (distrito vecino), presidida por su gobernador Zenobio García. Traían aguardiente, su principal producto de venta, y las condolencias del caso. Un comunero, Doroteo Quispe, se puso a rezar; él tenía fama de decir de memoria una serie de oraciones según la ocasión. Seguido de un nutrido cortejo, el cadáver de Pascuala fue sepultado en el cementerio.

III. Días van, días vienen.[editar]

«Días van, días vienen…», es la frase típica de los narradores populares cuando intercalan historias separadas por espacios largos de tiempo. Tras la muerte de Pascuala fue a vivir a casa de Rosendo su hija Juanacha, junto con su esposo y su hijito, llamado Rosendo como el abuelo. En Rumi se construía una escuela primaria, aunque las autoridades no parecían interesadas en mandar a un maestro. Llegó de pronto don Álvaro Amenábar, montado a caballo, diciendo que los terrenos eran suyos y que ya lo había denunciado. Rosendo sintió odio por primera vez. Al día siguiente partió junto con otros tres comuneros hacia la capital del distrito, para encontrarse con Bismack Ruíz, el tinterillo contratado como defensor de la comunidad, quien vivía junto con su amante, la tísica Melba Cortez. Bismarck les recibió cordialmente, diciéndoles que no se preocuparan, que la justicia estaba de parte de ellos; solo les pidió un adelanto del pago de sus servicios. Alentados, Rosendo y sus acompañantes retornaron a Rumi. Luego el narrador se dedica a contarnos la vida del «Mágico» Julio Contreras, un comerciante de baratijas y prendas de vestir, ya viejo y con habilidad para convencer al más reacio de los clientes. Su apelativo de «Mágico» se remontaba a su época juvenil, cuando era un malabarista de una compañía de saltimbanquis que recorría el país promocionando su «salto mágico». Luego el narrador se ocupa de otro comunero de Rumi, Demetrio Sumallacta, un habilidoso tocador de flauta o quena.

IV. El fiero Vásquez.[editar]

Un bandolero llamado el «Fiero Vásquez», solía llegar a Rumi, alojándose en casa de Doroteo Quispe. El Fiero dirigía un grupo de ladrones que asaltaban a los viajeros y tenían su escondite en las alturas o la puna. Conoció a Doroteo cuando éste iba a comprar fuegos artificiales para la fiesta de San Isidro. El Fiero le arrebató los cien soles que llevaba, pero después se hicieron amigos, devolviéndole casi todo el dinero, cuando Doroteo le prometió enseñarle una oración del Justo Juez, que, según decía, le protegía de la adversidad. El bandido quedó muy convencido y se esforzó en memorizar la larga oración. Doroteo vivía con su esposa Paula y su cuñada Casiana, ambas venidas de otra comunidad. Casiana, una india que pasaba de los 30 años, se convirtió en la amante del Fiero Vásquez. Ella se enteró por casualidad que su hermano Valencio pertenecía también a la banda del Fiero. Valencio era un bandido de aspecto grotesco y primitivo. Rosendo trató de aconsejar al Fiero de que cambiara su vida delictiva por otra más tranquila, dedicada al trabajo. El Fiero le respondió que ya lo había intentado pero que parecía que su destino era recaer en el mal. Relató enseguida su historia: en una ocasión, cuando ya era famoso ladrón, un desconocido le disparó en la cara. A duras penas, sangrante y sosteniéndose de su caballo, llegó a un pueblo, donde una señora muy amable, doña Elena Lynch (abuela de Ciro Alegría) le dio posada y le curó la herida. Don Teodoro, el esposo de Elena, se acercó a verle y le interrogó. El Fiero le contó que su desgracia había principiado cuando un vecino muy abusivo, don Malaquías, abofeteó a su madre, cuando ésta le reprochó que dejara suelto sus animales, los cuales habían causado destrozos en su chacrita que a duras penas mantenía con su hijo. El Fiero, todavía muy joven, no soportó el abuso y acuchilló a don Malaquías. Fue el inicio de su vida en permanente huida y dedicada al bandidaje. Pero agradecido con don Teodoro y su esposa, que le habían tratado con tanta bondad, prometió regenerarse. Convencido, Teodoro le dio un empleo en su hacienda. El Fiero se sentía orgulloso de su patrón que era un hacendado muy respetado en toda la provincia. Don Tedoro le dio tareas de mucha responsabilidad y el Fiero no lo decepcionó. Pasado algún tiempo, el Fiero pidió a su patrón que le dejara ir, para vivir junto con la Gumersinda, su pareja, en un terrenito que había comprado. Don Teodoro le concedió, pidiéndole solo que no recayera en el mal. El Fiero se lo prometió y vivió un tiempo feliz con su esposa y su hijo recién nacido. Pero poco después el hacendado tuvo que trasladarse a Lima al ser elegido diputado, y el Fiero se sintió desprotegido. Un día, estando en su chacra, El Fiero tuvo que matar a un desconocido, en defensa propia. Tuvo entonces que huir de la policía. A los seis meses regresó y encontró su casa vacía. Su esposa había sido encarcelada, acusada de cómplice, y su hijito había muerto víctima de la peste. A ella la violaron los gendarmes y para poder salir libre tuvo que trabajar de sirvienta en casa del juez. Herido profundamente, el Fiero volvió a la vida delictiva. Así terminó su relato. Muchos comuneros se habían acercado para oírle. Antes de partir de Rumi, El Fiero informó a los comuneros que Zenobio García y el Mágico Contreras andaban en conversaciones con Amenábar.

V. El Maíz y el Trigo.[editar]

Rosendo convoca a sus regidores a una junta para exponerles los avances del juicio de linderos y su temor de que Zenobio y el Mágico anduviesen en tratos con Amenábar. El regidor Goyo Auca es enviado donde Bismarck Ruíz para pedirle informes amplios. El tinterillo le da esperanzas de ganar la causa, diciéndole que ya había presentado el alegato al que todavía no respondían los demandantes; en cuanto a Zenobio y el Mágico, asegura que sería fácil anularlos hurgando sus antecedentes, en el caso de que fueran a testificar en contra de la comunidad. Ese mismo día empieza en Rumi la cosecha, lo que constituía una verdadera fiesta para la comunidad. Todos participan de la faena. La ocasión es propicia también para que los jóvenes busquen pareja y se unan. Se convoca también a un grupo de jóvenes repunteros para que arreen el ganado esparcido en las tierras de la comunidad, a fin de juntarlo para que comieran los rastrojos. Son llamados Cayo Sulla, Juan Medrano, Amadeo Illas, Antonio Huilca, entre otros. Adrián Santos, un chico de 10 a 12 años, consigue también a ruegos que lo sumen a la partida. Luego de culminada la tarea los jóvenes se reúnen a comer y uno de ellos, Amadeo Illas, les relata el cuento titulado: «Los rivales y el juez». Luego se narra la siega, el acarreo y la trilla. Se describe cómo se avienta el trigo con horquetas y palos de madera, hasta separar la paja del grano. Ya de noche, los jóvenes Augusto Maqui (nieto de Rosendo) y Marguicha se entregan al amor iluminados por la luna llena. Finalmente se hace el reparto de la cosecha entre los comuneros y el excedente es destinado para la venta.

VI. El Ausente.[editar]

Este capítulo relata la vida de Benito Castro, el mismo que había sido criado como un hijo por Rosendo y Pascuala, pero que tras cometer un crimen se había ausentado de la comunidad, dedicándose a recorrer el país. Se ganaba la vida como arriero y repuntero en las haciendas. Recorrió las serranías de Huamachuco y en una ocasión, durante una fiesta carnavalesca de un pueblo, ganó una competencia de carrera de caballos cuya meta fue atrapar un gallo enjaulado que colgaba de lo alto de un cordel; el premio consistía treinta soles en monedas, que se hallaban dentro en la misma jaula. Benito no quiso instalarse en pueblo alguno y siguió su vida errante, hacia el sur, llegando al Callejón de Huaylas. Allí los gamonales pagaban menos, a pesar que el trabajo era más duro. Trabajando en una hacienda, en una ocasión fue testigo de la tortura que sufrieron dos indios, acusados sin prueba de robo de ganado. Conmovido por este hecho, de noche liberó a los indios, y él mismo debió huir. En todo este andar le acompañaba su querido caballo Lucero. Llegó a un lugar llamado Pueblo Libre. Allí encontró a un agitador, apellidado Pajuelo, quien arengaba a la gente hablando a favor de los indios y contra los explotadores gamonales y autoridades. De pronto irrumpieron los gendarmes, se escucharon disparos y Pajuelo cayó muerto. Mucha gente fue arrestada bajo cargo de subversión, entre ellos Benito. Todos fueron quedando libres uno tras otro, menos Benito, quien por ser forastero no tenía quien lo defendiera. Luego de un tiempo lo soltaron, pero no le devolvieron su caballo. Benito se vio solo y sin ningún bien. La necesidad lo obligó a trabajar como peón en una hacienda. Allí, los indios le contaron historias de revoluciones pasadas, siendo la más recordada la de Pedro Pablo Atusparia (1885), que terminó en fracaso. Los indios esperaban algún día cobrarse la revancha.

VII. Juicios De Linderos.[editar]

El plan del hacendado Don Álvaro Amenábar era apoderarse de las tierras fértiles de Rumi y convertir en peones a los comuneros para que laboraran en una mina que pensaba explotar cerca de allí. Había planteado un juicio a la comunidad por un asunto de linderos, pero al ver el alegato de Bismarck, se enojó y se reunió con el tinterillo Íñiguez para reorientar su estrategia. Planearon sostener la tesis falsa de que el límite de las tierras de la comunidad no era el llamado arroyo Lombriz, sino la quebrada de Rumi, situada más adentro, y que el fraude estaba en que los indios habían cambiado los nombres de las torrenteras. Ello implicaba que las tierras de la comunidad eran más reducidas y se limitaban a las que se ubicaban en torno a la laguna Yanañahui, región pedregosa y menos fértil. Iñiguez sugirió comprar falsos testigos para que dijeran que los límites auténticos habían sido modificados por los comuneros en tiempos pasados. Don Álvaro dijo ya entenderse con el gobernador Zenobio García y el Mágico Julio Contreras, quienes serían excelentes testigos contra Rumi, junto con otros indios colonos, y que además ya tenía comprados al subprefecto y del juez. Por su parte, Iñiguez señaló que le preocupaba Bismarck Ruiz y sugirió que se le debía también sobornar; don Álvaro aprobó la idea. De acuerdo a lo planeado, Iñiguez respondió ante el juez el alegato de Bismarck. El Mágico Contreras, Zenobio García y otros más fueron los testigos en contra de la comunidad. Quedó pendiente la respuesta de la defensa de Rumi para días después. Mientras tanto, a Bismarck le llegó el soborno de Amenábar, de 5,000 soles; lo único que debía hacer era no descalificar a los testigos del hacendado. Bismarck aceptó. Mardoqueo, vendedor de esteras, fue enviado por Rosendo a espiar a casa de don Álvaro, pero descubierto, fue flagelado salvajemente. El narrador trata enseguida sobre Nasha Shuro, bruja y curandera de Rumi, única esperanza de la comunidad pues se creía que con sus artes podría acabar con Amenábar. Una noche Nasha se metió sigilosamente en la casa-hacienda de Umay y extrajo una fotografía de don Álvaro. Todo Rumi esperaba que de pronto don Álvaro enfermara o sufriera algún mal, pero nada de eso ocurrió. Entonces se empezó a dudar sobre los poderes de Nasha, y al final la bruja confesó que no le podía «agarrar el ánima». Volviendo al juicio de linderos, el juez escuchó la defensa de la comunidad por boca del mismo Rosendo; finalmente, el magistrado aconsejó al viejo alcalde que buscara testigos para que hablaran a favor de la comunidad pero que no fueran de Rumi. Los buscaron en varios pueblos y haciendas colindantes; pero nadie aceptó para no terminar peleado con don Álvaro. Entonces se ofreció como testigo Jacinto Prieto, el herrero Rumi, aunque natural de otro pueblo. Pero sucedió entonces que un tal «Zurdo» buscó pleito al herrero, quien ofuscado, le dio una paliza. Prieto fue por ello encarcelado, quedando así anulado como testigo. Para toda la comunidad era evidente que el «Zurdo» había sido enviado por Amenábar.

VIII. El Despojo.[editar]

Rosendo quiso dejar al sospechoso Bismarck, pero ningún abogado aceptó defender a la comunidad. El fallo del juez favoreció a Amenábar, disponiéndose que la toma de las tierras fuera el 14 de octubre. Bismarck, muy hipócritamente, dijo que había hecho todo lo posible y que ya no había más que hacer, pues el fallo era definitivo (lo que no era cierto pues existía todavía la posibilidad de la apelación, lo que el tinterillo intencionadamente no mencionó). Rosendo envió a su nieto Augusto a espiar a la hacienda de Amenábar. El muchacho escuchó a unos guardias que don Álvaro ya se alistaba para ocupar la tierra de Rumi y tenía 40 hombres armados; luego logró escabullirse con peligro de su vida, matando a un perro guardián que se le abalanzó. Viendo que ya el despojo era inevitable, Rosendo convocó la asamblea de la comunidad y expuso la situación. Uno de los comuneros, Artemio Chauqui, criticó su gestión y la de los Regidores. Quedaban dos opciones: resistir o replegarse a las tierras altas y pedregosas de Yanañahui. Se discutió. Gerónimo Cahua optó por la resistencia armada; otros preferían la retirada. Los comuneros llegaron a un acuerdo: no ofrecerían resistencia para evitar muertes inútiles, y se irían a Yanañahui antes del día 14. De paso reeligieron como alcalde al viejo Rosendo. Mientras discutían, Casiana salió sigilosamente en busca del Fiero Vásquez, quien había prometido ayudar a la comunidad en caso de peligro. Enterado El Fiero, marchó para defender a Rumi con veinte hombres armados, sin conocer todavía la resolución que había tomado la comunidad. Al llegar a Rumi se enteró de todo. En la plaza del pueblo y ante la presencia de don Álvaro, el tinterillo Iñiguez, el gobernador Zenobio García, el subprefecto y otros principales, resguardados por un regimiento de gendarmes, se procedió a la ceremonia de la entrega de las tierras de la comunidad. Rosendo rogó al Fiero que no se enfrentara, ya que habían optado por la retirada pacífica. El Fiero optó entonces replegarse con su banda, no sin antes hacer notar a Rosendo que el abogado Bismarck les había engañado pues quedaba aún la opción de apelar. Cuando don Álvaro y su comitiva se retiraban triunfantes, de pronto vieron venir sobre ellos una galga (piedra rodante), rodada por el indio Mardoqueo; el impacto de la roca mató a Iñiguez. Los gendarmes sacaron una ametralladora y dispararon contra el pobre Mardoqueo, matándolo. Al ver ello, uno de los bandidos del Fiero apodado el Manco alzó su machete y a galope se dirigió contra los gendarmes pero también lo ultimaron a balazos. La comunidad de Rumi continuó el camino del éxodo.

IX. Tormenta.[editar]

Yanañahui, hacía donde los comuneros de Rumi emigran, era una zona situada en la puna, muy fría, pedregosa, dominada por los cerros Rumi y El Alto, y cerca de una laguna, que los indios creían encantada. Decían que allí vivía una mujer negra y peluda, que era el espíritu de la laguna. Cerca habían ruinas de un antiguo poblado, que estaba ubicado en un lugar adecuado, pero los comuneros tenían temor de asentarse allí pues decían que era la morada del Chacho, un ser maléfico en forma de enano. Prefirieron construir sus casas en las faldas del Rumi, aunque no era un buen lugar pues le azotaba directamente el frío viento de la puna. Siguiendo el consejo del Fiero, Rosendo intentó un recurso de apelación a la Corte Superior. Una comitiva fue a la capital del distrito y contrató a un joven abogado, Arturo Correa Zavala. Este les alentó a seguir el juicio y no les cobró sus servicios. En Yanañahui la vida cambió mucho por la aspereza del lugar. Solo se podía cultivar productos de la altura, como quinua, papa, oca, pero en menor cantidad y calidad. El ganado no se acostumbraba y muchos animales intentaron volver a Rumi llevados por la querencia; varios de ellos fueron capturados por los caporales de don Álvaro, quien los expropia. Se produce una gran tormenta en Yanañahui y algunos animales mueren, entre ellos «Frontino», el caballo querido de Rosendo, atravesado por un rayo. Un emisario de Zavala Correa llegó trayendo una mala noticia: habían asaltado el correo que transportaba el grueso expediente del juicio a la capital, lo cual era muy grave pues ya no se podría apelar al perderse hasta los papeles de reconocimiento legal de la misma comunidad. El expediente fue a dar a manos del hacendado, quien lo quemó en la chimenea de su casa. Algunos comuneros fallecieron, como Anselmo, el tullido. Otros abandonaron Yanañahui para probar suerte en lugares lejanos, trabajando en plantaciones o minas lejanas. Los comuneros Doroteo Quispe, Jerónimo Cahua y Eloy Condorumi se plegaron a la banda del Fiero Vásquez. Los tres fueron comisionados para matar a Bismarck y a su amante Melba, quienes montados a caballo iban a la costa para disfrutar del dinero que cobraron de Amenábar. Pero los comuneros no se atrevieron a ejecutar la misión: sólo se limitaron a robarles los caballos, aprovechando que la pareja habían hecho un alto para dormir en una cueva ubicada en medio de la puna. Bismarck y Melba debieron regresar al pueblo caminando muchos kilómetros, y debido al esfuerzo la mujer falleció poco después, de una pulmonía fulminante. El desolado Bismarck volvió al lado de su esposa y a la monotonía de su trabajo. Doroteo, Cahua y Condorumi se reunieron con los otros bandidos; uno de ellos, apodado el Sapo, se burló de los comuneros por no haber cumplido con el encargo. Doroteo y el Sapo se pelearon a cuchillo y venció el primero. Así, los tres comuneros se ganaron el respeto de los otros bandidos

X. Goces y penas de la Coca.[editar]

Uno de los comuneros, el joven Amadeo Illas, se fue con su esposa a trabajar a una hacienda de coca en plena ceja de selva. Un caporal lo recibió y lo instaló en una casa junto a una chacra. De acuerdo al contrato debía bajar cada tres meses a raumar (deshojar las hojas de coca) en el temple o valle situado al borde del río Calchis. Pasados algunos días fue notificado para empezar la labor y Amadeo marchó al temple. En el camino se encontró con otro peón o raumero, llamado Hipólito Campos, de quien se hizo amigo. La primera labor que se le encargó fue podar unos árboles bajo cuya sombra crecían los cocales. Luego empezó con la rauma. El trabajo, al principio, le pareció fácil; pero después le ardieron las manos y le salieron ampollas. Estas empezaron luego a sangrar. Le dijeron que era cuestión de acostumbrarse. Pero de todos modos era una labor muy fatigosa. Otro peligro más grave eran las víboras. A Hipólito le picó una en el pecho y a duras penas se salvó, tras ser cauterizada su herida con hierro candente. Pero quedó muy mal y lo enviaron de vuelta a su casa. Amadeo pensó en el contraste de que una hoja que tanto gozo daba al hombre andino se consiguiera con tanto sufrimiento. En fin, no pudo continuar en la rauma y pasó al lampeo. También esta vez le sangraron las manos. Para colmo contrajo las fiebres palúdicas y durante 30 días estuvo en cama. Su esposa debió ir al pueblo a comprar quinina. En total se adeudaron en 60 soles. No les quedó otra opción que huir lejos. Amadeo consiguió empleo de peón en la hacienda Lamas. Pero los caporales de Calchis lo persiguieron y lo encontraron. El hacendado de Lamas acordó pagar su deuda, pero a cuenta de su trabajo. Amadeo quedó así nuevamente amarrado a la tierra.

XI. Rosendo Maqui en la cárcel.[editar]

Rosendo Maqui no perdía la esperanza, pese a los sucesivos infortunios. La comunidad ya no tenía dinero para continuar el juicio. El ganado estaba diezmado, pues muchos animales iban hasta las tierras antiguas de Rumi y los caporales de don Álvaro los requisaban. Una vez un toro de labor se perdió y Rosendo fue decidido a rescatarlo. Pero al llegar a Umay, Amenábar se negó a entregarle el toro pues adujo que lo había comprado a Casimiro Rosas, cuyas marca de herraje eran similar a la de la comunidad de Rumi (C R). Rosendo insistió y el hacendado lo arrojó a fuetazos y golpes. El viejo alcalde no se quedó tranquilo y de noche ingresó sigilosamente al potrero del hacendado, pero los caporales lo descubrieron y lo tomaron preso. Rosendo fue a dar a la cárcel, acusado de abigeo, además de los cargos de azuzador de revueltas y de guarecer a los bandidos en su comunidad. En Yanañahui, los comuneros eligieron alcalde a Clemente Yacu. En prisión Rosendo se encontró con Jacinto Prieto, el herrero, y con otros personajes pintorescos como el loco Pierolista, y un estafador de nombre Absalón Quíñez. Otros presos le conmueven por sus tragedias personales, como un pobre indio llamado Honorio, acusado sin pruebas de ser ladrón de reses. Hasta la prisión llegó la noticia de que un piquete de gendarmes salía del pueblo para atrapar al Fiero Vásquez. Los días pasaron y Rosendo continuaba encarcelado.

XII. Valencio En Yanañahui.[editar]

En Yanañahui, Casiana esperaba un hijo del Fiero Vásquez; de éste no se sabía nada. Tampoco se sabía de Doroteo Quispe, el esposo de Paula, quien se había plegado a la banda del Fiero, junto con Cahua y Condorumi. Valencio, el hermano de Casiana, arribó al pueblo. Contó que se había producido un enfrentamiento de los bandidos con los gendarmes. Murieron varios de ambos bandos, pero El Fiero, Quispe y Condorumi seguían vivos, y solo Cahua había sido herido, pero no de gravedad. Valencio decidió asentarse en el pueblo y trabajar en las tareas comunales. Quiso tener mujer como todos y eligió a Tadea, la hermana del vaquero Inocencio. Construyó su casa ayudado por la comunidad y se dedicó a tejer esteras de totora y a hacer cal, productos que eran llevados al pueblo para venderlos, pero Valencio no aceptaba dinero sino costales de pan. También iba a la laguna a cazar patos, riéndose de las supersticiones de los comuneros. Le pareció que la vida en Yanañahui era feliz y que nadie debía quejarse.

XIII. Historias y Lances de Minería.[editar]

Un comunero, Calixto Páucar, partió hacia el asiento minero de Navilca, para emplearse como peón de mina. Allí fue recibido por un obrero llamado Alberto, quien le instaló en la barraca de los peones. Calixto se enteró que los mineros empezarían una huelga al día siguiente. Luego, junto con Alberto salió a dar un paseo, ya muy entrada la noche. Entraron a un salón donde había gente tomando y charlando. Uno de ellos era un viejo apodado don Sheque, quien charlaba con un periodista. Los presentes escuchaban atentos las historias de mineros que relataba el viejo. En una de ellas mencionaba al Fiero Vásquez, cuya banda había asolado la mina, entonces administrada por unos gringos apellidados Godfriedt. El viejo siguió contando sobre su propia experiencia en la mina y cómo en varias ocasiones salvó de morir, pero el periodista estaba más interesado en la huelga. De pronto ingresó Alemparte, el Secretario General del Sindicato de Navilca, quien había declarado la huelga. Esta empezaría al día siguiente. Los huelguistas reclamaban aumento del jornal de S/. 1 a 1.5, así como máscaras protectoras para los que trabajaban en los hornos y botas impermeables para los que laboraban en zonas inundadas. Calixto y Alberto volvieron a la barraca y se echaron a dormir. Al día siguiente vinieron muchos gendarmes al asentamiento. Se oyeron los gritos de: «¡Viva Alemparte!». Un gringo, llamado Jack, y que trabajaba de mecánico, se sumó también a la causa de los trabajadores. Alemparte, junto con otros más (entre ellos Calixto y Alberto) avanzaron resueltamente. Los gendarmes dispararon. Hubo ocho muertos: entre ellos Alemparte y Calixto. Al día siguiente los obreros enterraron a sus muertos. Jack y otro compañero desplegaron un trapo rojo y cantaron un himno que para el resto era desconocido. Decían que eran socialistas. Calixto fue sepultado como anónimo pues nadie sabía su nombre.

XIV. El Bandolero Doroteo Quispe.[editar]

Cuando nació el hijo de Casiana, Valencio encendió una fogata en la cumbre de un cerro, para dar aviso al Fiero Vásquez. Pero éste ya estaba preso y su banda diezmada. Solo quedaban Doroteo, Condorumi, El Zarco, El Abogao, y un tal Emilio Laguna. Todos enrumbaron al norte. Doroteo envió al Zarco a Muncha, el pueblo donde vivía Zenobio García, el gobernador, quien tenía una pequeña industria de fabricación de aguardiente, y una hija aun soltera para quien buscaba un buen partido. Zenobio tenía una cuenta pendiente con la comunidad de Rumi, pues había sido uno de los que testificaron contra ella. El Zarco entró a la tienda de Zenobio y pidió unos tragos; luego preguntó al empleado si necesitaban operarios para la destilería. Zenobio le respondió que no, y el Zarco se retiró. A medianoche los bandidos entraron al pueblo haciendo varios disparos. Zenobio huyó lográndose ocultar a duras penas en el descampado, pero la esposa, la hija y la sirvienta se quedaron en la casa. Los bandoleros destruyeron la destilería. Doroteo ingresó a la habitación de la hija y la violó. Cuando regresó a la casa, Zenobio se encontró con la destrucción provocado por los bandoleros: todo su esfuerzo de años se había perdido. Doroteo y el resto de los bandidos continuaron su camino. En uno de los senderos de la puna se tropezaron con el Mágico Julio Contreras, el otro de los testigos comprados por Amenábar. El Mágico rogó que no lo mataran, ya que enviaría a alguien para que fuera a traer un rescate en efectivo. Pero Doroteo no quiso arriesgarse y sentenció su muerte. El Mágico fue llevado hacia una zona inhóspita, poblada de pantanos. En uno de ellos fue arrojado, sufriendo así una de las más crueles formas de muerte.

XV. Sangre de caucherías.[editar]

Extractor de caucho.

Augusto Maqui, el nieto de Rosendo, partió a las caucherías de la selva, cautivado por la elevada paga que le ofrecieron. Junto con otros aventureros llegó al puesto Canuco. Su trabajo consistía en internarse en el bosque, buscar los árboles de caucho y extraerles la savia o jebe. Don Renato era el jefe de Canuco. Se servía de indios sometidos, quienes tenían que entregar su cuota en bolas de jebe; de lo contrario eran castigados, sin distinción de edad y sexo. Augusto fue testigo de los abusos y atrocidades cometidos contra los indios. El narrador nos cuenta enseguida un hecho ocurrido en 1866, que graficaba muy bien la situación trágica del indio selvático: en esa ocasión, los nativos cashibos (que vivían en los márgenes del río Pachitea) fueron cañoneados por las fuerzas del gobierno venidas en buques de vapor desde Iquitos. Volviendo a nuestra historia, cada día menos indios iban a Canuco a entregar su cuota de caucho y don Renato decidió traspasar el puesto a Custodio Ordóñez. Augusto también quiso irse pero no lo dejaron pues se había endeudado. Escuchó fábulas propias de la selva, como la historia del Chullachaqui, un ser mítico con un pie de hombre y otro de venado, quien se enamoró de Nora, la esposa del cacique Coranke, e intentó llevársela consigo; pero Nora se negó y en castigo, el Chullachaqui convirtió a su pequeña hija en un pájaro, el «ayaymama», el cual en las noches de luna suele pronunciar un canto lúgubre que parece decir: «ay, ay, mama». Ordóñez tenía una amante, Maibí, una nativa de 15 años, a quien maltrataba de la peor manera. Augusto se conmovió al verla. Ordóñez era también muy cruel con los indios que estaban bajo su dominio. Una vez descabezó con machete a uno de ellos por no haber traído suficiente caucho. Hasta que ocurrió la desgracia para Augusto: mientras sahumaba una bola de caucho, esta explosionó saltándole en la cara. El accidente le provocó ceguera total. Como ya no venían indios a dar su cuota de caucho, Ordóñez preparó una expedición punitiva contra las tribus. Augusto se quedó solo en el puesto y Maibí se acercó para acompañarlo. La batalla entre caucheros e indios duró tres días. Los caucheros vencieron pero Ordóñez murió tras impactarle una flecha envenenada. Los vencedores retornaron a Canuco trayendo como prisioneras a 30 mujeres nativas. Augusto se quedó con Maibí y ambos se fueron a vivir en una cabaña a orillas del bosque. Maibí cultivaba en una chacra y Augusto tejía hamacas y petates de palmera para la venta.

XVI. Muerte de Rosendo Maqui.[editar]

Rosendo seguía en la cárcel. Un acontecimiento memorable fue cuando ingresó el Fiero Vásquez al presidio. Uno de los presos, el herrero Jacinto Prieto, escribió al Presidente de la República, seguro de obtener justicia. Recordemos que Jacinto estaba encarcelado por agredir a un provocador apodado el Zurdo. Jacinto recibió como respuesta una carta, donde se le informaba que el Presidente ya había tomado nota de su protesta. Pero después de eso no hubo más respuestas y Jacinto quedó decepcionado. Empezó a gritar lleno de rabia, pero de nada le sirvió. Los gendarmes lo torturaron. Al fin pudo salir gracias a los 1,000 soles que le obsequió el Fiero Vásquez, que los usó como soborno. A Rosendo Maqui lo pusieron en la misma celda que al Fiero, para dar a entender que ambos eran cómplices de sedición. El Fiero Vásquez propuso a Rosendo que le acompañara en su huida, que ya la tenía planificada. Rosendo lo pensó, pero no quiso seguirlo pues no quería ser un eterno fugitivo. El Fiero sobornó a dos gendarmes con 400 soles para que le facilitaran la huida. Luego abrió con una ganzúa el candado de su celda, salió al patio y allí mató a otros dos guardias. Ganó finalmente la calle, donde sus amigos bandoleros lo esperaban. Los gendarmes los persiguieron a tiros, pero el Fiero logró escabullirse. Otros gendarmes acudieron a la celda de Rosendo, a quien preguntaron por qué no había alertado al ver huir al bandido. Rosendo dijo que no pudo ver ni oír nada pues se hallaba dormido al producirse los hechos, pero los gendarmes no le creyeron, y acusándole de cómplice del Fiero, lo golpearon a culatazos, hasta dejarlo desmayado. Cuando horas después le llevaron el almuerzo, Rosendo ya no contestó: estaba muerto. El médico diagnosticó muerte por infarto y el juez levantó acta de defunción. El subprefecto mandó a los gendarmes que lo enterraran de noche para que los indios no armaran bulla, pues no quería desórdenes en el pueblo.

XVII. Lorenzo Medina y otros amigos.[editar]

El narrador nos traslada ahora hacia una cantina de Lima donde bebían y charlaban animadamente unos amigos. Uno de ellos es Benito Castro, quien trabajaba de ayudante en una imprenta. Benito le cuenta a su amigo, el tipógrafo Santiago, de su vida en las haciendas y la vez que domó a una mula. A la reunión se suma Lorenzo Medina, un líder sindical. La conversación deriva entonces en temas políticos y sociales, que a Benito no le atraían. Cada vez que le querían arrastrar a ese tipo de diálogos, solía decir que su comunidad era mejor. Lorenzo le ofrece trabajar como fletero en su bote pesquero, en el muelle del Callao. Benito acepta y se convierte en un fletero hábil. Lorenzo estaba al tanto de los problemas sociales y leía en voz alta las noticias de los periódicos sobre los sucesos de provincias, como la explotación de indígenas en las haciendas, en la construcción de caminos, ferrocarriles, etc. Todo lo cual empieza a interesar a Benito, pues le recordaban las injusticias que él mismo había sido testigo en su tierra. Un día, sumido en una angustia profunda le cuenta Lorenzo la razón por lo que había abandonado Rumi. Como ya dijimos, Benito era fruto de la violación que un montonero (guerrillero venido de lejos) cometió en una comunera de Rumi. Creció, pues, con el estigma de ser un indio «mala casta». Un día, su padrastro, muy borracho, le amenazó con un cuchillo, pero Benito se le adelantó, matándolo. A falta de cárcel, fue encerrado en un cuarto del alcalde Rosendo Maqui. Este y su esposa Pascuala lo querían como a un hijo y decidieron por ello soltarlo. Rosendo le entregó el caballo Lucero y le pidió que se fuera lejos. Benito obedeció, con el alma dolida. De eso ya habían pasado seis años y no había vuelto a saber nada sobre Rumi y sus habitantes. Pero ahora sentía nostalgia y quería volver a su comunidad; por lo pronto aprendía a leer y escribir. El bote de Lorenzo, llamado «Porsiaca», no producía mucho, debido a la competencia, pero al menos les daba para comer. Benito vivía en un callejón pobre del puerto. Una noche, mientras descansaba junto con Lorenzo, oyó una fuerte explosión que venía del puerto. Ambos corrieron a ver lo que sucedía. Una lancha cargada con dinamita había estallado, arrasando con muchas embarcaciones, entre ellas el «Porsiaca». Benito y Lorenzo quedaron en la miseria. Un día, un italiano apellidado Carbonelli, tan pobre como ellos, los llevó a la playa. Allí recogieron conchas y se comieron las almejas rociadas con zumo de limón y sazonadas con pimienta y sal.

XVIII. La cabeza del fiero Vásquez.[editar]

En los alrededores del distrito de Las Tunas, situada a legua y media de la capital de la provincia, una pastorcilla encontró entre unos matorrales una cabeza humana, ya en descomposición, pero con rasgos aun reconocibles. Se formó una aglomeración de campesinos en torno al hallazgo. Uno de los ellos lo identificó: era la cabeza del Fiero Vásquez. Llegaron el juez y el subprefecto, acompañados de muchos gendarmes. El juez confirmó que, en efecto, era la cabeza del bandido. Buscaron el cuerpo en los alrededores pero no lo hallaron. Llevaron entonces la cabeza a la capital de la provincia y lo exhibieron en la puerta de la subprefectura. Todo el pueblo acudió a verla. Pero no existía indicios de quién había cometido el asesinato. Se especuló mucho. Se atribuyó el hecho a los gendarmes, quienes habrían matado al Fiero cuando ésta ya se hallaba rendido. Se dijo también que la muerte lo había ordenado el mismo hacendado don Álvaro. Hasta se habló de la venganza de una mujer por celos. Pero examinadas cada una de esas teorías, ninguna parecía probable. La muerte del Fiero quedó en el misterio y fue todo un acontecimiento en la región, que marcó época.

XIX. El Nuevo Encuentro.[editar]

Juan Medrano, el hijo del regidor Porfirio Medrano, se fue con su familia a la lejana Solma, situada en la ceja de selva. Allí un hacendado, llamado don Ricardo, le arrendó un terreno para cultivar y donde construir su casa. Juan se instaló pues, junto con su esposa Simona y sus dos pequeños hijos, Poli y Elvira. De inmediato empezó a levantar su casa, y a sembrar la tierra, con la ilusión de obtener una buena cosecha. Cierto día llegó a Solma una mujer que dijo llamarse Rita, quien se dedicaba a hilar y tejer. Juan y Simona lo hospedaron y ella les ayudó en las tareas del hogar. Rita vendía sus tejidos a otros colonos y un día invitó a Juan y Simona a que lo acompañaran a un velorio. Así empezaron a relacionarse con otros campesinos colonos de la zona. Uno de estos era un tal Javier Aguilar, un indio reservado y sombrío, quien vivía con una mujer y dos hijos tenidos en un compromiso anterior. Otro era Modesto, un pastor que tenía fama de ser brujo, pues vivía únicamente acompañado con una culebra, que era la guardiana de su pequeña huerta; le acusaban de haber causado la muerte de la primera esposa de Javier. Pero volvamos a nuestra historia. Llegaron las lluvias y crecieron el trigo y el maíz. Juan realizó la cosecha ayudado por su familia y por Rita. Acabada la cosecha llegó don Ricardo, el patrón, quien de acuerdo al contrato se llevó la mitad de lo recogido, pero reclamó casi otro tanto por las facilidades prestadas. Los colonos se quedaron únicamente con los granos necesarios para su sustento. Pese a tamaño abuso, Juan pensó que cultivar la tierra era la mejor manera de ser hombre.

XX. Sumallacta y unos futres raros.[editar]

Uno de los comuneros de Rumi, Demetrio Sumallacta, el flautista, se había instalado en la capital de la provincia, donde vivía con su mujer y su suegro. Durante un día de fiesta, cuando el pueblo se hallaba lleno de visitantes, Demetrio reconoció una voz conocida que concentraba la atención de un grupo de personas. Al asomarse reconoció a su viejo amigo Amadeo Illas, quien relataba el cuento de «El zorro y el conejo». La fábula trataba sobre un conejo que con habilidad lograba constantemente burlarse del acoso de un zorro que quería devorarlo. Demetrio se enterneció al ver a Amadeo pero no se acercó a saludarlo, pues pensó antes cómo agasajarlo. Llevaba tres soles en su bolsillo, producto de la venta de leña que debía entregar a su esposa. Su suegro le reclamaba también diariamente una botella de cañazo y Demetrio le complacía a veces. Pero esta vez pensó gastar el dinero invitando a Amadeo y para tal efecto entró a una bodega para comprar dos botellas de aguardiente. Allí estaban tres futres (petimetres o presumidos): un folklorista, un escritor y un pintor, quienes discutían sobre el cuento que acababan de escuchar. El zorro, según interpretaba unos de ellos, representaba al mandón y el conejo al indio; pero el conejo, al igual que el indio, solía desquitarse. El pintor, al ver a Demetrio con su antara colgada del cuello, le pidió ser su modelo para una pintura; a cambio le daría dos soles diarios. Demetrio, sorprendido por tal oferta, aceptó y siguió a los tres futres hacia una habitación de hotel donde el pintor tenía su estudio. Observó dos cuadros del artista: uno representaba a un indio orando y otro a un maguey. Le impresionó este último, diciendo que él también tenía un maguey frente a su casa y que viéndolo así reproducido pictóricamente, recién entendía que el árbol podía mirar. Los futres celebraron lo dicho por Demetrio y discutieron entre ellos sobre las cualidades de la raza nativa. Al regresar a su casa Demetrio entregó los tres soles a su esposa y una botella de cañazo a su suegro. Les contó luego su encuentro con los tres futres raros que hablaban bien del indio, y cómo tras ver una pintura había entendido que el maguey tenía vida y podía ver. El suegro se burló de sus ideas pero Demetrio no le hizo caso y se durmió pensando en el maguey y sus cualidades, que lo hermanaban con el indio.

XXI. Regreso de Benito Castro.[editar]

Luego de muchos años de ausencia, Benito Castro decidió retornar a Rumi. Esperaba encontrar a Rosendo, a la Pascuala y a todos los comuneros, amigos suyos. Estaba lejos de imaginar lo peor. Pero antes de seguir el relato retrocedamos en el tiempo y volvamos en el momento en que Benito y Lorenzo se hallaban en el Callao, pasando hambre. Ambos lograron finalmente conseguir trabajo. Luego vinieron tiempos duros y se produjo el paro de obreros de Lima y Callao del año 1919. Lorenzo fue apresado y Benito huyó en un buque, que lo llevó hasta el puerto de Salaverry. Pasó a Trujillo y se enroló en el ejército. Ascendió a Sargento primero. Fue enviado con su regimiento a combatir al guerrillero Eleodoro Benel, quien controlaba varias provincias del departamento de Cajamarca. Benel fue encerrado en Chota, pero no lo pudieron atrapar, pues se escurría y atacaba por la retaguardia, ayudado por los campesinos lugareños. Hasta que un día el gobierno de Leguía decidió acabar de una vez con el problema. El regimiento de Benito fue movilizado. Corría el año 1925. Un centenar de campesinos fueron fusilados, acusados de benelistas. En una choza de un campesino encontraron escondidos muchas balas de rifle máuser; el indio, junto con su mujer y sus dos pequeños hijos fueron acusados de partidarios de los rebeldes y fueron fusilados en el acto. Antes de caer la mujer gritó: «¡Defiéndenos, Benito Castro!». Benito quedó sorprendido. No conocía a la mujer o al menos no la recordaba. Se limitó a explicar a sus soldados que la india le había confundido con su hermano. Pero su tropa empezó a desconfiar. Benito decidió licenciarse. Había ahorrado 300 soles. Se compró un rifle y decidió volver a su comunidad. Se compró un buen caballo y marchó hacia Rumi, donde llegó de noche. Se dio con la sorpresa de encontrar casas vacías y arruinadas; la casa de Rosendo estaba convertida en un chiquero o corral de cerdos. ¿Qué había pasado con la gente? ¿Dónde estaban? ¿Sucumbirían de la peste? Esto no era posible, pues luego de una epidemia siempre sobrevivía gente. ¿O acaso algún gamonal les habría desalojado? Y de ser así ¿hacía donde se irían todos? Temiendo lo peor, se sentó y se puso a llorar. Ya con la primera luz del día, se acercó a una casa frente a la cual se había detenido una piara de cerdos. Con su rifle en ristre gritó que salieran los que estaban dentro. Salió un hombre que se identificó como Ramón Briceño (uno de los caporales de Amenábar). Benito le interrogó y Briceño le respondió que su patrón don Álvaro había ganado un juicio de tierras a la comunidad y que los comuneros estaban en Yanañahui. Benito galopó hacia allá y llegó al caserío. Se encontró con Juanacha, la hija de Rosendo, quien pese al tiempo transcurrido lo reconoció y lo saludó abrazándole, muy emocionada. Benito preguntó por Rosendo y Pascuala; el gesto triste de Juanacha fue elocuente y Benito entendió lo sucedido. Fue hacia la casa del alcalde Clemente Yacu, quien estaba enfermo; éste le contó todo lo sucedido desde su partida. A la historia que ya hemos relatado solo agregaremos que don Álvaro Amenábar, aprovechando la desaparición del expediente de la comunidad, había vuelto a denunciarla exigiendo pruebas de sus derechos. Lo que el hacendado quería en realidad era peones para que trabajaran en una hacienda de cocales que había empezado a explotar. El juez falló en contra de la comunidad pero, por intermedio de Correa Zavala, se hizo una apelación ante la Corte Superior, que duraba ya años. Los comuneros tenían mucha esperanza de ganar el juicio. Contaban con el apoyo de los Córdova, los hacendados rivales de Amenábar. Benito se despidió de Clemente y se sintió tranquilo al notar que el espíritu de Rosendo animaba todavía a la comunidad.

XXII. Algunos días.[editar]

En los dos días siguientes Benito fue reconociendo a los antiguos comuneros y conociendo a los nuevos que se habían sumado tras su partida. Entre ellos a Valencio, cuya figura pintoresca le llamó mucho la atención. Muchos otros habían ya fallecido o se habían ido sin volver a saberse nada de ellos. Benito se alojó en casa de la Juanacha y mientras comía con su familia (el esposo de Juanacha era Sebastián Poma y su hijo mayor se llamaba Rosendo, como el abuelo), se presentaron ante él la joven Casimira y su madre, rogándoles que les leyera la carta que el esposo de la hija, Adrián Santos, les había enviado. Sucedía que nadie en la comunidad sabía leer y ya estaban enterados que Benito había aprendido las letras en Lima. Benito leyó la carta, donde Adrián Santos contaba a su esposa sus peripecias en Trujillo, donde se ganaba la vida como jornalero; al final prometía volver pronto. La carta estaba fechada un año atrás, pero aun así la Casimira siguió esperanzada con el retorno de Adrián. Benito fue a conversar con el doctor Correa Zavala, el abogado de la comunidad, quien le dio la noticia de que se podían quedar y cultivar las tierras que ocupaban, porque la Corte Superior de Justicia había fallado a favor de la comunidad. Benito regresó a dar aviso a todos, quienes festejaron la buena nueva. Al la mañana siguiente salió de caza con Porfirio Medrano. Mientras caminaban, Medrano le expuso los planes que tenía para mejorar la vida de la comunidad. Quería desaguar la pampa cercana a la laguna, para ganar más tierras de cultivo; deseaba también que los comuneros trasladaran sus casas al sitio donde se elevaban las ruinas de un pueblo viejo, situado al otro lado de la laguna, zona que estaba mejor protegida del viento. Para realizar todo ello se debía convencer a los comuneros a no creer en supersticiones, como la leyenda de la mujer negra y peluda de la laguna y la del Chacho o ser maléfico que supuestamente vivía en las ruinas. Medrano le anunció también a Benito que le propondría como regidor. Benito asintió. Como la costumbre imponía que las autoridades tuvieran mujer, Benito eligió a la Marguicha, la que fuera pareja de Augusto Maqui.

XXIII. Nuevas tareas comunales.[editar]

Benito Castro fue pues elegido regidor y todos quedaron a la expectativa de lo que haría. Se propuso ante el consejo llevar a cabo los planes de Porfirio Medrano. Clemente Yacu se opuso pues decía que se debía respetar la tradición, y Artidoro Oteíza arguyó que no era sensato asustar al pueblo, muy supersticioso. Artemio Chauqui también se oponía. Del lado de Benito estaban Ambrosio Luma, Antonio Huilca, y, naturalmente, Valencio, quien desde el principio se había reído de las creencias de los comuneros. Un día, Benito, junto con Porfirio Medrano, Rosendo Poma (el nieto de Rosendo Maqui) y Valencio taladraron el lecho rocoso de la laguna, para formar cauces por donde hacerla desaguar. Luego lo dinamitaron y el agua de la laguna empezó a bajar. Con la pampa ganada a la laguna se podía ya habilitar más tierras de cultivo. Luego Benito y sus amigos fueron a las ruinas del pueblo viejo donde pensaban levantar un nuevo asentamiento. Esta vez contaban con el apoyo del anciano alarife Pedro Mayta, quien empezó a demoler los muros, demostrando a todos que no existía ningún Chacho. Pero aun así muchos comuneros todavía estaban temerosos. El alcalde Clemente Yacu convocó a una asamblea para juzgar los actos de Benito. Artemio Chauqui encabezaba a los descontentos. Benito Castro se defendió: dijo que él era el único responsable de sus decisiones, y que sus actos eran para beneficio de la comunidad. Luego de una ardorosa discusión, la mayoría voto a favor de Benito. El tiempo le dio la razón. La pampa ganada produjo mucha cosecha, los comuneros construyeron casas más espaciosas, y no había ningún indicio de la maldición vaticinada. Clemente Yacu renunció a su cargo de Alcalde por enfermedad y Benito fue elegido en su reemplazo.

XXIV. ¿Adónde? ¿Adónde?[editar]

El relato empieza mostrándonos a los comuneros armados y en pie de lucha. Es el año de 1929. Sucedía que la comunidad había perdido la apelación y el ambicioso Amenábar se disponía una vez más a despojar de sus tierras a los comuneros. Seis caporales enviados por el hacendado Florencio Córdova (rival de Amenábar) llegaron para prestar auxilio a los comuneros, trayendo 20 rifles. Junto con otros rifles que guardaba Doroteo, sumaron una treintena de armas de fuego y los repartieron a los comuneros. El alcalde Benito Castro arengó a los comuneros explicándoles la situación. Al desalmado Amenábar no le importaba tanto las tierras sino lo que quería era convertir a los comuneros en sus peones para obligarlos a trabajar en los cocales del valle del río Ocros, donde sin duda enfermarían de paludismo y morirían. A las autoridades poco les importaba el abuso de los hacendados, si es que no estaban también en complicidad con ellos. «Váyanse a otra parte, el mundo es ancho», solían decir cuando los indios se negaban a abandonar sus tierras. Cierto que el mundo es ancho, explicaba Benito, pero a la vez ajeno. Una vez desarraigados de sus tierras, al indio no le quedaba sino trabajar en tierras de otros, expuesto a los abusos y al mal pago de su trabajo. La tierra propia, la tierra de la comunidad, era lo único propio que el indio poseía y esta vez estaban dispuesto a defenderla con su sangre. Los caporales de don Florencio, al ver el giro subversivo que tomaba la resistencia, quisieron regresar pero los comuneros los detuvieron, quitándoles sus armas y encerrándolos. Benito desplegó a los comuneros armados para emboscar a los hombres de Amenábar que venían apoyados por los guardias civiles. Un grupo de indios armados se ubicó en las peñolerías al pie del cerro Rumi y otro grupo se desplegó en la cima. Por el camino que bordeaba las faldas del cerro El Alto fue ubicado otro grupo y otro más en la cumbre del mismo. Valencio fue enviado de madrugada para observar el movimiento del enemigo. Regresó informando que los guardias, muy numerosos, se dirigían hacia el cañón de El Alto. Otro grupo, formado por los caporales de Amenábar, iba al cerro Rumi. Los comuneros esperaron. Cuando los guardias llegaron a El Alto, se produjo el tiroteo. Seis guardias murieron, aunque también de parte de los comuneros hubo bajas, entre ellos Porfirio Medrano y el joven Fidel Vásquez (hijo del Fiero). De otro lado, los caporales que subieron por la falda del Rumi, fueron recibidos también a balazos; al poco rato sintieron un estruendo y vieron venir sobre ellos piedras enormes resbaladas por los comuneros. Murieron muchos caporales y los pocos que sobrevivieron huyeron. La comunidad había ganado la batalla. Pero era solo el comienzo. Rumi fue considerado zona de rebeldía y Umay siguió su ejemplo. Las autoridades enviaron un batallón de guardias civiles (cuerpo que recientemente había reemplazado a la gendarmería), en camiones y armados con ametralladoras. La batalla fue desigual. Los comuneros fueron aniquilados uno tras otro. Algunos pocos heridos escaparon hasta el pueblo, rogando a sus familiares que partieran rápido, antes que llegaran los guardias. Entre ellos estaba Benito Castro, herido gravemente, quien rogó a Marguicha que se fuera con el hijito que tenían, de apenas dos años. Pero Marguicha, angustiada, se limitó a responderle: «¿Adónde iremos? ¿Adónde?»

El conflicto entre el progreso y la tradición[editar]

La figura de Benito Castro es importante para comprender uno de los temas centrales de la novela: el conflicto entre progreso y tradición. El mayor aprendizaje de Benito consiste en entender que la comunidad no está sola en el mundo, sino que más allá de sus confines existe un mundo «ancho y ajeno», que es necesario conocer, precisamente para poder defenderse de su hostilidad. Su experiencia en las diferentes haciendas donde trabajó como peón y sobre todo en Lima, lo convierten en un líder, un «escogido» para salvar a su comunidad de las desventuras y encaminarla hacia el bienestar. En efecto, Benito piensa que la construcción de la escuela y el rechazo a todo lo relacionado con las supersticiones y brujerías (lo tradicional) son logros fundamentales para que la comunidad pueda encaminarse hacia el ansiado progreso. Sin embargo, Benito es también consciente de que no todo lo que existe en el mundo exterior es digno de ser asimilarlo pues afuera dominan la ambición y la corrupción. Asimismo, sabe que no todo lo tradicional es incompatible con sus ideales de progreso: la solidaridad comunal es una virtud que Rumi debe conservar.

Es interesante observar cómo el ansiado bienestar está finalmente determinado por la propiedad de la tierra. Así, en la novela queda claro que no habrá escuela, ni progreso posible, si antes no se soluciona el real problema indígena, el de la posesión de la tierra.[5]

Apreciación crítica[editar]

«Las virtudes descriptivas de Ciro Alegría, su poder evocativo, su aliento telúrico, su capacidad para crear personajes vívidos, un argumento interesante, una sabia conducción de los eventos narrativos, su talento para llevar el drama individual a una dimensión universal, hacen de El mundo es ancho y ajeno una novela espléndida y única dentro de la literatura peruana.» (Ricardo Silva-Santisteban).

«La novela atrae desde la primera página. Alegría emplea un estilo directo, sencillo, elegante y rico en vocabulario y sintaxis. Presenta sus escenas con prolijidad de cineasta.» (Luis Alberto Sánchez).

«El mundo es ancho y ajeno, la obra cumbre de Ciro Alegría, es una gran novela, ancha pero no ajena. Está escrita con una sensibilidad humana auténtica, pero desde el punto de vista indigenista, y no por un indígena.» (José Saramago).

«Como ha sido bien observado por la crítica, Ciro Alegría no escribe novelas de tesis. Su mensaje es muy simple y trabaja con profundidad. Aparentemente menos agresivo que Jorge Icaza, Alcides Arguedas o Miguel Ángel Asturias, el novelista peruano no grita pero convence. Su estilo sobrio, sensible e intenso parece hallarse cómodo junto al alma del indio, cuya fuerza poética logra transmitir en una inusual proeza de simpatía.» (Mario Benedetti).

«…El mundo es ancho y ajeno descuella por su espléndido título y su empeño totalizador, que, a la manera de las grandes novelas realistas decimonónicas, abraza todo el movimiento de una sociedad en un vasto mural narrativo.» (Mario Vargas Llosa)[6]

Análisis[editar]

La obra narrativa de Ciro Alegría se inscribe claramente en el ciclo latinoamericano de la novela rural o de la tierra. El mundo es ancho y ajeno, junto con sus anteriores novelas: La serpiente de oro (1935) y Los perros hambrientos (1938), revelan desde distintas perspectivas no solamente la complejidad de un mundo ajeno a la racionalidad occidental, sino también su dramático desencuentro con el centro de poder que alienta la modernidad.

A ello se debe que la lectura de la obra de Alegría vuelva a poner en el tapete, precisamente, la dicotomía barbarie/civilización, planteada por Domingo F. Sarmiento en Facundo. En este esquema de pensamiento, la barbarie está representada por el campo y la civilización por los núcleos urbanos, permeables a la influencia europea y con una marcada tendencia a asumir la idea occidental de cultura como principio rector de la sociedad.

Como consecuencia de esta imposición, el otro, el que habita el campo, tiene una concepción distinta del tiempo y la vida, apela al mito y al animismo para explicar su posición en el mundo, pasa a ser el blanco de la incomprensión y el desdén por parte del poder dominante, que se arroga la misión de modernizar a estas masas sin mostrar respeto alguno por sus creencias, su cosmovisión, en suma su cultura.

En El mundo es ancho y ajeno, el conflicto abandona la escena local para simbolizar el enfrentamiento de dos concepciones de comunidad, de vida nacional: la campesina, por un lado, y la del Estado, por otro.

En ese sentido, El mundo es ancho y ajeno, en comparación con La serpiente de oro y Los perros hambrientos, encierra un significativo cambio de perspectiva. Mientras que en sus dos primeras novelas el tiempo es presentado como la reiteración fluida de un acto esencial -es decir, un tiempo unívoco- o como una estructura circular basada en los ciclos naturales, respectivamente, en El mundo es ancho y ajeno, la lógica imperante en la temporalidad es la de la causalidad histórica.

El cambio de perspectiva, sin embargo, no le impide a Alegría plantear una vez más la inversión del dilema barbarie/civilización, tan esencial en otras novelas latinoamericanas. Y es que para Alegría está muy claro que la barbarie no está en el campo, sino en el egoísmo y la incomprensión de una clase dirigente cegada por intereses económicos; la civilización, en tanto, se halla en las comunidades campesinas, cuyos valores se presentan como superiores.

Pese a ello, la novela narra la desaparición de la comunidad de Rumi, una especie de emblema de las comunidades andinas tradicionales. El origen del conflicto está en un despojo de tierras logrado a través de un proceso judicial manipulado por el poder de los gamonales, lo que suscita la rebelión del alcalde Rosendo Maqui, que finalmente fracasará.

Sin embargo, Rumi está aún en pie, pero se presenta la amenaza de un segundo despojo, que será reprimido esta vez por el Estado, sellando la destrucción final de la comunidad. Este segundo levantamiento es liderado por el sucesor de Maqui, Benito Castro, un mestizo que representa la opción modernizante y en cuyo mensaje entendemos que si la comunidad no se transforma, sin traicionar su identidad, no podrá sobrevivir. La terrible sanción que enfrenta el lector, sin embargo, es que ambas opciones, la tradicional de Maqui y la modernizante de Castro, fracasan.

A pesar de la derrota, en la novela subyace un elogio abierto a las virtudes de la vida comunitaria, como apunta el crítico Antonio Cornejo Polar, lo que complementa una idea de Tomás Escajadillo, otro gran estudioso peruano de la obra de Alegría: que la comunidad es el único espacio en el que el indígena puede vivir plena y dignamente. Al desaparecer este espacio por obra de un despojo violento, El mundo es ancho y ajeno puede leerse como la despedida de un universo hoy casi extinto debido a la modernización avasalladora que ha transformado el rostro del Perú, y al mismo tiempo, como un severo llamado de atención a los sectores dominantes, bajo la forma de una defensa ética y cultural de una conciencia que el poder occidental no admite como válida.

Con El mundo es ancho y ajeno, Alegría logra un vasto fresco social que, en sus referentes, ha quedado inscrito en la historia peruana como un período trágico en el que se perfilaron, dolorosamente por cierto, agudos conflictos sociales y escisiones que, de alguna manera, tienen todavía un latido de actualidad.[7]

Influencia política y social[editar]

Como muchas obras de la literatura mundial, El mundo es ancho y ajeno ha tenido una influencia que va más allá del plano estrictamente literario. Con la frase «la comunidad es el único lugar habitable», Alegría expresaba que solo en ella el campesino se sentía feliz y por ello debía protegerse a la comunidad, célula del agro andino. Este deseo de cambiar el mundo, que subyace en las intenciones de Alegría, se considera un logro, ya que El mundo es ancho y ajeno fue un importante estímulo para que no se destruyera a las comunidades indígenas o campesinas del Perú.

En 1949 el gobierno peruano intentó mejorar las condiciones de los pobladores de la sierra y de los inmigrantes serranos en Lima, aunque con sentido paternalista, a través de la creación del Ministerio de Trabajo y Asuntos Indígenas y la preparación del Código de Trabajo y el Estatuto del Empleado. También a partir de la década de 1940 se controló la malaria, mal que atacaba a los inmigrantes serranos que bajaban a la costa. No obstante, el éxito de esta campaña radicó en la enseñanza de métodos de prevención.[8]

Referencias[editar]

  1. El indigenismo y las novelas de Ciro Alegría Artículo publicado en Anales de literatura hispanoamericana dependiente de la Universidad de La Rioja de España en su versión electrónica

    El mundo es ancho y ajeno, la tercera y última novela de las tres escritas por Alegría, es la que ha alcanzado mayor difusión. Generalmente se la considera como la cumbre de la novela indigenista contemporánea y la obra maestra del autor. Con ella consigue el primer premio del concurso para novela hispanoamericana convocado por la editorial Farrar & Rinehart, de Nueva York. El mérito obtenido por Ciro Alegría es el de encerrar en una novela de prosa sencilla, diáfana y poética todo un mensaje socio-político.

  2. * Alegría, Ciro (1976). Mucha suerte con harto palo. Buenos Aires: Losada. 
  3. Martos, Marco: La narrativa comunal de Ciro Alegría, artículo del portal educativo peruano Educared
  4. Palabras del autor: «Cuando la editorial Farrar and Rinehart de Nueva York anunció su Concurso Latinoamericano de Novela, Enrique Espinoza me incitó a presentarme.» Mucha suerte con harto palo, capítulo XIX, página 188
  5. Jéssica Tapia Soriano, Guía de lectura de El mundo es ancho y ajeno, 2002.
  6. Vargas Llosa 1996, pág. 116.
  7. Alonso Rabí Do Carmo, prólogo de El mundo es ancho y ajeno, 2005, pp. 5-8.
  8. El siglo XX de El Comercio, tomo V, pp. 58-59.

Bibliografía[editar]

  • Alegría, Ciro: El mundo es ancho y ajeno. Gran Biblioteca Universal de El Comercio, con guía de lectura. Lima, PEISA, 2002. ISBN 9972-40-246-0 / Biblioteca de El Comercio: Peruanos imprescindibles. Lima, Orbis Ventures S.A.C., 2005. Con prólogo de Alonso Rabí Do Carmo. ISBN 9972-205-90-8
  • Cornejo Polar, Antonio: Historia de la literatura del Perú republicano. Incluida en Historia del Perú, Tomo VIII. Perú Republicano. Lima, Editorial Mejía Baca, 1980.
  • Sánchez, Luis Alberto: La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú, tomo V. Cuarta edición y definitiva. Lima, P. L. Villanueva Editor, 1975.
  • Vargas Llosa, Mario: La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. ISBN 968-16-4862-5
  • Varios autores: El Siglo XX de El Comercio. Tomo V, 1940-1949. Plaza & Janés Editores S.A. Edición de Perú, 2000. Impreso en los talleres de Empresa Editora El Comercio S.A. ISBN 9972-617-18-1
  • El mundo es ancho y ajeno. Edición de Carlos Villanes. Ediciones de la Torre. Madrid, 2000.

Enlaces externos[editar]